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La ciudad mercancía

 

 

En el Etcétera nº 35 de junio del 2001 escribíamos sobre cómo la sociedad capitalista es eminentemente urbana. Actualmente de los 7.400 millones que constituyen la población mundial el 58% ya vive en las ciudades, porcentaje que aumenta al 80% en el caso de América Latina y el Estado español; en la UE el 75% de su población vive en núcleos urbanos.

Asimismo en el nº 37 de Etcétera (junio 2003) constatábamos cómo propagandísticamente, esta «ciudad de los prodigios» que es Barcelona era: la ciudad más grande del mundo. Los publicistas siempre exageran lo que les interesa a los que les pagan y callan lo que creen que les perjudica. En lo que sí Barcelona es una de las mayores ciudades del mundo es en densidad de población, solo aventajada por su vecina L’Hospitalet de Llobregat que es la ciudad más densamente poblada de la Unión Europea. En el Área Metropolitana de Barcelona se concentra más de la mitad de la población catalana. Además Catalunya con 7 millones de habitantes recibió en un año 17 millones de turistas de los cuales 9 millones vinieron a Barcelona. Volvemos ahora a retomar el debate sobre la ciudad en el actual contexto cambiante al que dedicamos de nuevo una mirada.

El Capital en su tendencia a convertirlo todo en mercancía llega hasta el espacio mismo. A través del espacio modificado por el trabajo humano circulan los diversos flujos económicos. El es

pacio se ha convertido en un bien estratégico para los negocios del capital. Los flujos de energía circulan por medio de las torres eléctricas construidas en campos, bosques o salvando montañas, el petróleo mediante los oleoductos que atraviesan desiertos o inmensos territorios helados. Los flujos de materias primas y mercancías o de mano de obra fluyen a través de carreteras, líneas de ferrocarril, aéreas y marítimas. Los flujos monetarios del capitalismo financiero circulan a gran velocidad a través de redes espaciales controlados por satélites u otros medios ubicados en distintos puntos del globo. Todos los flujos parten o se encuentran en determinados puntos espaciales. La construcción y el mantenimiento de dichos puntos y redes dan grandes beneficios al capitalismo, la gran mayoría pagados con el dinero que los Estados recaudan mediante impuestos a los habitantes del planeta. Por lo tanto el control, la posesión y planificación del espacio para su beneficio se ha convertido en cuestión prioritaria para el Capital.

También el espacio de la ciudad, el suelo urbano ha adquirido una importancia creciente para los negocios capitalistas. Los flujos de capital excedente se invierten especulativamente en el sector inmobiliario y urbanístico. Las inversiones en terrenos, la compra y venta de suelo construido y sin construir así como sus sucesivas recalificaciones, su urbanización y la construcción y la especulación que todo ello genera da enormes beneficios al flujo de capital especulativo que circula por el mundo entero, parándose allí donde más le interesa en cada momento. Pero no solo ha sido urbanizado el espacio de las ciudades también las poblaciones del mar y sus costas, las montañas y el campo con la industria del turismo y el ocio. Una gran parte del espacio planetario se ve acosado por estrategias especulativas. El espacio, el suelo de la Tierra no es contemplado por el Capital como un bien de uso sino como un valor de cambio.

Hace décadas que la economía productiva, la fábrica, ha abandonado la ciudad quedando ésta dominada económicamente por el sector terciario, el de los servicios , actividades financieras y la construcción, igualmente como centro de la industria del consumo y el ocio (turismo, cultura, etc). La ciudad desindustrializada ha transformado profundamente su estructura social y territorial, ha posibilitado la deriva financiero-especulativa de su espacio urbano. Se ha metamorfoseado en la ciudad-mercancía, lo que según Henri Lefebvre señala «el paso de la producción en el espacio a la producción del espacio». También significa el dominio total del espacio como mercancía, o como lo definió el mismo Lefebvre «el espacio abstracto», disponible para la especulación y la extracción del máximo beneficio,  lo que lo hace contrapuesto al «espacio vivido» y hecho habitable por la cotidianidad de sus vecinos, es decir, los habitantes vinculados al barrio.

La ciudad como mercancía produce el espacio como valor de cambio, impidiendo su realización como valor de uso e imposibilitando, de esta manera, la satisfacción de las necesidades de sus habitantes. Según Harvey los capitalistas necesitan invertir constantemente el excedente de capital que genera la plusvalía. Por ello estos capitalistas, actualmente bajo la tapadera de fondos de inversión, invierten su capital comprando suelo e inmuebles en espera de futuras ganancias. De esta forma el suelo urbano se ha convertido en un activo financiero que actúa como capital ficticio. Ya durante el proceso de remodelación de París, llevado a cabo por Haussmann entre 1852 y 1870, Balzac advirtió que se encontraba bajo la amenaza de la «espada de Damocles de ese monstruo que se llama especulación» y «bajo el látigo de una diosa sin piedad: la necesidad de dinero». Este proceso especulativo se ha acelerado mucho más a partir de la última mutación capitalista (el llamado neoliberalismo) pero principalmente como consecuencia del determinismo técnico y de la aplicación de las nuevas tecnologías que permiten no solo mover grandes masas dinerarias a una mayor velocidad sino también un tratamiento o visión del espacio a gran escala.

El suelo de la ciudad, el espacio urbano como mercancía de la que se espera una plusvalía, es una forma ficticia de capital cuyas rentas rendirán cuentas en un futuro. En esto comparte la misma ficcionalidad que el mercado del arte o el llamado mercado de futuros: fondos de inversión que compran cosechas enteras antes de plantarlas con el objetivo de acapararlas y hacer subir los precios haciendo negocio con el hambre. No es extraño que se tiren al mar los frutos de la tierra si ésta ha sido generosa y su abundancia baja el precio del producto señalado con antelación. El proceso de especulación urbanística es discontinuo y no se da al mismo tiempo en todos los lugares del mundo pero sí que tiene una misma característica: la desposesión y expulsión de las gentes de los lugares donde habitan y de su condición de vecinos de los barrios en que viven. Lo que ha hecho habitables las ciudades es el hecho de vivir cotidianamente, lo que la especulación mercantil impide mediante el proceso de «acumulación por desposesión» (algunos académicos denominan a este proceso con otros nombres como por ejemplo gentrificación).

Los especuladores y los urbanistas quieren una ciudad sin ciudadanos y sin contar con ellos planifican su destrucción y reconstrucción. Los habitantes son unos objetos más que forman parte del «proceso urbanístico» y si plantean problemas hay que solucionarlos. Por lo tanto, en la especulación inmobiliaria se recurre a cualquier estratagema, violencia o confabulación para controlar el precio del suelo o del inmueble. Los barrios se dejan degradar y se cambian las leyes para que los especuladores puedan comprar barato. Sin embargo, en otras ocasiones se controla al mercado, esa entelequia que todo lo encubre. Por ejemplo, para salvar a los bancos de la quiebra en el momento de la explosión de la burbuja inmobiliaria se inyectan inmensas cantidades del dinero del Estado al sistema financiero. Aunque haya pisos vacíos, como los 80.000 de Barcelona, se permite que su precio de venta o alquiler así como el del suelo que es el más importante se mantenga o baje un poco, lo que aprovechan los especuladores financieros para comprar pues saben que en poco tiempo seguirá subiendo.

La ciudad-mercancía produce el espacio como valor de cambio. Su valor de uso es una simple coartada para su valor de cambio, el único realmente importante para el capitalismo. Por lo tanto, el hacer una ciudad habitable para los ciudadanos cuyas vidas son realmente las que la conforman, el satisfacer sus necesidades no es prioritario para el sistema capitalista ni para sus políticos municipales que gobiernan la ciudad y la gestión de su suelo. La ciudad-mercancía puede verse como un gran receptáculo, una inmensa mercancía, dentro del cual se organiza el acceso de la gente (de los individuos) al resto de mercancías. La ciudad-mercancía es un sistema espacial y económico complejo con sus dinámicas propias, sectores al servicio de la clase dominante ponen el espacio a su servicio, lo que les permite la acumulación de enormes beneficios y seguir dominando el proceso de destrucción-reconstrucción de la ciudad que los capitalistas consideran exclusivamente suya para sus negocios. En el reverso de la moneda, se encuentran los ciudadanos, que si bien su actividad cotidiana conforma la ciudad, son para el Capital un objeto sobrante: somos la mayoría que sufrimos las consecuencias generadas por el sistema económico-político capitalista. Topamos aquí con la mayor contradicción del modo de producción capitalista basado en el trabajo asalariado y que sin embargo no puede dar trabajo al obrero que necesita en la producción (de valor) y en la realización (consumo). Si los ciudadanos queremos volver a ser vecinos y habitantes de la ciudad sólo nos queda conquistar el derecho a la ciudad por nuestros propios medios.

Toda mercancía tiene que dotarse de un relato glorioso para incrementar su fetichismo y así poder venderse en las mejores condiciones. Toda ciudad-mercancía construye su relato mediante la propaganda y a través de ella publicita su imagen de ciudad-simulacro: donde la apariencia representada pretende encubrir la realidad. Hay partes de verdad en todo relato propagandístico. Lo más importante de este relato y de la información en él vertida no pretende tanto cambiar la opinión de la gente sino generar una práctica, provocar una acción sin pasar por la reflexión, hacernos reaccionar de manera automática como objetos pasivos y mercantilizados. En este relato de la ciudad-mercancía la cultura juega un papel determinante, toda ciudad tiene sus escritores y artistas paradigmáticos, sus monumentos y sus edificios singulares, sus rincones elegidos. Así todos repetimos los mismos eslóganes que los publicistas han «creado» para la ciudad. Todos los turistas vamos a los mismos lugares en cualquier ciudad y son los lugares que aconseja la agencia de viajes, la guía turística, el Ayuntamiento de la ciudad. Incluso dejamos que las agencias de viajes nos preparen una ruta «de aventura peligrosa» de una hora por los barrios peligrosos de las ciudades (como sucedió en Rio de Janeiro antes de las Olimpiadas con la ruta por las Favelas). No hay tiempo para más en la ajetreada vida del turista, la visita turística se realiza a la velocidad de la luz. Pero toda ciudad debe tener un relato aunque para todas sea un relato similar. Barcelona empezó a construir su actual relato «mítico» de la botiga més gran del món (la tienda más grande del mundo), con los eventos de 1992.

Son los políticos los que han construido y siguen construyendo este relato fantasioso de la ciudad con la ayuda de intelectuales y periodistas. Siempre al servicio de unos determinados intereses de la clase dominante. Ellos han montado esta imagen de la ciudad-simulacro donde la realidad nada tiene que ver con la apariencia y su relato lleno de simulaciones y confusiones, incapaz de distinguir entre realidad y fantasía. También han sido los políticos los que han dictado e impuesto las leyes que permiten y alientan esta especulación urbanística desaforada, siempre con el nombre del pueblo y el ciudadano en la boca pero implantando un estado de derecho al servicio de la minoría capitalista y contra la mayoría de los ciudadanos. Asimismo ellos con sus arquitectos han pensado y ejecutado los más dispares y a veces disparatados planes urbanísticos, siempre ajustados a «derecho», siempre ajustados a sus servicios y corruptelas varias. Una misma idea une a los políticos y a los urbanistas (ingenieros o arquitectos) es la vieja idea del despotismo ilustrado: dicen que todo lo hacen para el pueblo pero no quieren ver al pueblo ni en pintura.

La ciudad-mercancía está marcada por el determinismo de la técnica. En las ciudades se aplica la técnica en su máximo desarrollo, es un campo de pruebas para la investigación y aplicación de las tecnologías, sobre todo las de control y vigilancia. La técnica también ha permitido una aceleración en los procesos urbanísticos de las ciudades, la aceleración del tiempo es fundamental para la sociedad capitalista. Las nuevas tecnologías facilitan la fragmentación de la ciudad, lugares acotados prohibidos a la mayoría. También una ciudad vigilada, tan controlada como llena de temores, donde el miedo es el mensaje. Una ciudad polarizada y marcada por la opresión y el encierro, la precariedad, la presión económica y policial. Controlar y prevenir pasa a ser objetivo prioritario de la ciudad-mercancía. Para poder aumentar el control ha de circular un peligro contra el que pedir seguridad así el Estado pasa a ser un Estado policial. También la prevención se convierte en una petición de seguridad: hacer la guerra por si acaso nos atacan… la policía de barrio…

«La ciudad es esencialmente una creación humana», escribe David Harvey en su libro «Ciudades rebeldes». Ya en 1964 María Zambrano había escrito en su artículo «La ciudad creación histórica»: «Pocas cosas hay en la humana historia que tengan más carácter de creación que la ciudad (...) La ciudad es lo más creador entre las estructuras de humana  convivencia»... ¿Dónde queda el sentido de estas frases ante el empuje salvaje de la ciudad-mercancía del capital contra sus habitantes? quizás debamos volver a encontrar el deseo de ser ciudadanos libres.

La industria turística y la especulación urbanística en el estado español 

El sistema industrial español siempre ha sido débil, ligado al Estado y al sistema financiero. Bajo la larga dictadura militar-católica franquista el sector productivo continuó siendo débil dominado por las pequeñas y medianas empresas. Las empresas del automóvil o siderúrgicas como no tenían proyectos de investigación y desarrollo pronto quedaron obsoletas o dependientes de sus matrices europeas o americanas. El estado dictatorial potenció una serie de empresas de servicios: electricidad, agua, gas, petróleo, telefonía, de carácter monopolista y ligadas totalmente al oligopolio financiero de bancos y cajas de ahorros (en la actualidad reconvertidas también en bancos). Esos monopolios realizaron una gran acumulación de capital. Junto a ellas surgieron una serie de empresas constructoras e inmobiliarias también muy ligadas al sistema financiero y al estado que les daba las obras públicas, sobre todo pantanos, carreteras, puentes etc. y la construcción de polígonos de viviendas de mala calidad para cubrir el déficit de viviendas de las ciudades que recibían la avalancha de campesinos que huían de la pobreza y el terror que terratenientes y caciques, los dueños de la tierra, habían impuesto en sus pueblos.

También se creó la industria turística que unió los intereses de constructores, hoteleros o futuros hoteleros y el sistema financiero. De hecho, en el paso por la transacción política de la dictadura a su continuación monárquica, después del desmantelamiento de los anacrónicos sectores productivos como condición previa para entrar en la EU, sólo quedaron estas grandes empresas de servicios y las constructoras, muchas de ellas fusionadas y con otro nombre y por supuesto el sistema financiero, con un carácter mayor de oligopolio. También quedó la industria turística que se ha convertido en una de las más importantes y en muchas partes es casi un monocultivo. La industria del turismo está muy ligada a la construcción y a la urbanización de enormes extensiones de terrenos. Tan solo hay que recorrer los largos kilómetros de costa y ver la destrucción y aberración que se ha hecho en ella para darse cuenta que el Turismo es la primera industria. Las costas están urbanizadas aglomeradamente hasta primera línea de mar.

Los políticos españoles a partir de los años 1982, los socialistas González, Guerra y Boyer, sentaron las bases legislativas para propiciar la gran oleada especulativa inmobiliaria que se dispararía después de Maastricht, con los gobiernos de Aznar y el partido popular y de la entrada del euro como moneda única para la UE. Los políticos municipales se sumaron desaforadamente a la invitación recalificadora y hasta el 2008 se vivió una locura especulativa en la que el oligopolio financiero de los bancos españoles jugó un papel determinante. Se destruyeron barrios enteros en varias ciudades, se reconstruyeron o se levantaron nuevos, mayoritariamente aglomerados, bajo mandatos de alcaldes como Maragall o Clos, Tierno Galván, Manzano, Gallardón o Botella. Proliferó la corrupción, el lavado de dinero, los créditos, las hipotecas.... El sector financiero español a partir de Mastrich (1992) atrajo un notable flujo de capitales del mundo dirigidos hacia el sector inmobiliario. Flujos de capital, una gran parte de los cuales provenían del negocio de la droga o de la venta de armas,  que buscaban y encontraron su lavado y blanqueo. Todo esto estalló en 2008 con la crisis de la burbuja inmobiliaria y la quiebra y el rescate por el Estado de una parte del sistema financiero.

El problema especulativo del suelo urbano en España se debió principalmente al encarecimiento del suelo que repercutió en la subida del precio de la vivienda. Pero es la «especulación primaria», aquella que tiene lugar en el proceso de producción originaria del suelo urbanizable, la que ha marcado y sigue marcando la pauta en el proceso especulativo español.

La industria del turismo representa desde hace décadas un sector en auge continuo en los territorios del estado español. Como siempre el valor importante es cuantitativo: el número de turistas y las cantidades de dinero que gastan, éstos parecen ser los únicos indicadores que les importan a los empresarios turísticos. Y desde hace décadas estos indicadores no paran de subir año tras año y esto es lo que resalta el relato del «éxito» de la industria del Turismo. Si en 1998 vinieron  casi 42 millones de turistas internacionales «en el año 2012 el turismo internacional rompió la barrera de los 60 millones». En el 2015 llegaron más de 68 millones lo que según las estadísticas representa un 9% más que el 2014, y dejaron más de 48.300 millones de euros. En el 2016 «llegaron 75’3 millones de turistas extranjeros lo que representó unos ingresos de 77.000 millones de euros. El gasto medio por turista estaría en 1.023 euros», aunque debido a que las estancias fueron más cortas el desembolso medio por turista descendió un 2’1% respecto al 2015. Preventivamente hay que poner en duda la realidad de estos datos, en la estadística como en la economía hay mucho de «creatividad», siempre hemos de pensar que responden a unos intereses determinados.

Sin embargo, la industria del turismo que se considera «fundamental para el desarrollo de España» y que tanta propaganda oficialista genera, apenas supone el 12% del PIB y tan solo da ocupación al 9% de la población activa. La mayoría de trabajos son de una gran precariedad,  con contratos cortísimos o en «negro», los sueldos bajísimos y el trabajo duro y estresante. Esta explotación laboral extrema ya ha llevado a que las camareras y limpiadoras de hoteles se organicen en el colectivo Las Kellys para hacer frente a esta precariedad de sueldos y trabajos. Es un hecho que esta industria del turismo genera una gran destrucción medioambiental (cruceros) y que ha arrasado el paisaje de las costas y parte de las montañas. Los millones de turistas tienen necesidad de grandes cantidades de infraestructuras, energía y gasto de agua. Así que el beneficio que dicen que genera el turismo se queda en manos de unos pocos y para la mayoría nos queda la precariedad y la desposesión. Por otra parte no se puede olvidar que el turismo no es una industria productiva sino de servicios y que está condicionada por su gran volatilidad; por ejemplo, en las últimas décadas el turismo ha aumentado en el estado español en parte debido a diversos factores geopolíticos que han afectado al Mediterráneo: primero fue la guerra de los Balcanes y la desmembración de Yugoslavia y después la inestabilidad generada por el estado de guerra inducido por las potencias occidentales en el norte de África y Oriente Próximo.

Barcelona es más que una ciudad, es un negocio

El hilo azul del urbanismo de la burguesía barcelonesa se puede seguir desde la demolición de las antiguas murallas, la construcción del Eixample, las Exposiciones Universales de 1888 y 1929, el franquismo y sus eventos, como el Congreso eucarístico de 1952, hasta las Olimpiadas de 1992 y el Forum de las culturas del 2004, pasando por el 22@ y llegando hasta la especulación inmobiliaria y turística actual.

El ingeniero y urbanista Albert Serratosa, que trabajaba en el Ayuntamiento franquista de Porcioles desde que éste fue nombrado alcalde por Franco en 1957 y que entre otros muchos cargos fue el director del Plan General Metropolitano en 1965, colocó a Pascual Maragall como economista en el departamento de urbanismo del Ayuntamiento, donde llegó a ser responsable del estudio económico y financiero del plan metropolitano. No en vano el alcalde olímpico le dedicó numerosas alabanzas al alcalde franquista Porcioles, la más sentida en el día de su muerte recién pasados los eventos del 92. También emplearía en el ayuntamiento franquista de 1968 al político y urbanista Jordi Borja con responsabilidades en el gabinete de ordenación urbana de la ciudad. Serratosa, el valedor de ellos, será después director del Plan Territorial de Barcelona (1988-2000) y asesor del conseller de política territorial de la Generalitat, así como presidente de l’Institut d’Estudis Territorials de la Generalitat (2004). Si a todo esto unimos la figura clave en el inicio de la era de los actuales eventos, el fascista Samaranch, para conseguir las Olimpiadas del 92 y todo el chaqueteo que le hicieron Maragall y los suyos y las alabanzas que de él cantaron… se puede seguir el rastro del hilo azul, grueso y claro y sin romperse desde la dictadura hasta la transacción «democrática».

A qué nivel de obscenidad social se ha de llegar para que los trabajadores de las inmobiliarias cuando han de vender un inmueble con inquilinos los califiquen de «bichos», «se vende inmueble con bichos» escriben en sus agendas o se lo comunican mediante esta jerga a otros colegas del ramo o a posibles compradores. A partir de aquí todo es admisible y posible: el hostigamiento a los inquilinos, las amenazas, las agresiones, las empresas de matones... todo parece estar permitido. Ya en el 2007 el Taller contra la violencia inmobiliaria y urbanística denunciaba el mobbing y diez años después el acoso en grupo a los vecinos ha aumentado en cantidad y brutalidad.

Tenemos ejemplos todos los días y en cualquier barrio, no solo en el Raval, la Ribera o el barrio Gótico, en el Eixample, en Pueblo Nuevo, en Sants o en la Barceloneta... se compran bloques enteros por fondos de inversión y se vuelven a revender de unos especuladores a otros, en lo que en su jerga llaman «pases», haciendo aumentar artificialmente el precio y generando enormes plusvalías. Un ejemplo lo tenemos en los hoteles de les Drassanes, donde el primer especulador que lo compro fue el sindicato UGT por 588.931 euros para construir pisos sociales y después de que el ayuntamiento modificara el PERI lo vendió por 2’3 millones de euros, tras varios «pases» especulativos termina en un macro-complejo hotelero horrible delante de las Atarazanas medievales que para esto no son ni bien patrimonial ni nada parecido. En la actualidad Daniel Mòdol, concejal de arquitectura, paisaje urbano y patrimonio del actual gobierno municipal se muestra «absolutamente de acuerdo» en la construcción de los hoteles y califica el proyecto de «ejemplar en la vertiente social». No es extraño que los vecinos acusen al ayuntamiento de Barcelona de Colau de maniobras poco claras y ocultación de datos. La política del nuevo ayuntamiento sigue alimentando la inercia especulativa mientras la regiduría de Ciutat Vella se hace propaganda en los medios de comunicación con una supuesta cruzada contra la gentrificación, sin embargo en la práctica se siguen multiplicando los proyectos especulativos.

Así podemos citar varios proyectos en toda Barcelona. Solo por ejemplificar, en los alrededores de la plaza Espanya un fondo especulativo acaba de comprar tres inmuebles enteros con «bichos» y sin haberlos pagado, solo depositando una fianza, ya los está ofertando como pisos de alto estanding. Esta burbuja especulativa seguirá hinchándose artificialmente hasta que el dinero encuentre un nuevo lugar y tras él quedará todo nuevamente arrasado.

 

En Poblenou, en la calle Llacuna y junto a tres grandes hoteles en funcionamiento, se construyen dos monstruos hoteleros más que han puesto en peligro de derrumbe las antiguas casas que los circundan (manzana de La Vanguardia, del Conde de Godó). Los permisos fueron concedidos a la carrera una semana después del cese del alcalde Trias con visos de irregularidad. Otro ejemplo emblemático de esta contradicción se da en las calles de Lancaster y Arc del Teatre donde recientemente el ayuntamiento ha descongelado un macro proyecto urbanístico del año 2002 denominado con el eufemismo de «Plan de Mejora Urbana», un proyecto opaco para los vecinos que abarca casi una hectárea del barrio. Este Plan, por increíble que parezca, deja totalmente la planificación urbanística en manos de la iniciativa privada y sigue promoviendo derribos de vivienda popular para hacer un esponjamiento que se convertirá en una plaza próxima a la Rambla, siguiendo la línea de diseñar espacios para los turistas en lugar de construir vivienda de protección social. Este nuevo ayuntamiento trabaja en silencio a través de su empresa pública Bagursa (Barcelona Gestión Urbanística S.A con el 100% de capital municipal) para dar paso a un proyecto contradictorio de inversión privada con un gran apoyo de dinero público, mientras la patética cantaleta de esta nueva regiduría consiste en el «no podemos hacer nada pero nos gustaría, deberíamos informar a los vecinos, desafortunadamente esto ya estaba programado y hay que terminarlo»… pretextos para lavarse las manos, colaborar con el sistema y finalmente consolidar otro gran epicentro de especulación que promueve la expulsión de cientos de vecinos en el entorno de este proyecto. A pesar de tanto discurso de lo común y lo social los hechos acaban desenmascarando aquello que pertenece a la ideología y la propaganda de la política real.

 

Que Barcelona es una ciudad-simulacro lo demuestra que el barrio gótico es una invención de la Lliga Regionalista de principios del siglo XX construido como parque temático. Se destruyeron casas, se abrieron plazas, se remodelaron palacios o se hicieron de nuevo aprovechando los restos de los destruidos  con la obertura de la Via Laietana.  La fachada «gótica» de la catedral se construyó entre 1887 y 1912 y la pagó el banquero y político Manuel Girona que a cambio fue enterrado en su interior. El centro excursionista de la calle Paradís es obra del arquitecto Domènech i Muntaner de 1922. El símbolo del barrio, el puente «gótico flamígero» de la calle del Bisbe, fue diseñado por el arquitecto de la Diputación Joan Rubio y construido en 1929. El palacio Pignatelli sede del círculo artístico fue terminado en 1970. El espacio bombardeado por los franquistas que ocupa la Plaça Sant Felip Neri fue edificado sobre un antiguo cementerio que había delante de la iglesia y se terminó de construir después del 1950. El famoso palacio del Museu del Calçat fue edificado aprovechando restos de palacios destruidos al abrir, también en aquellos años, la Avenida de la Catedral. El barrio judío, el call, fue destruido en el gran

 progrom contra los judíos barceloneses de agosto de 1391, cientos fueron asesinados y los supervivientes expulsados, la gran mayoría de los edificios se quemaron incluidas las sinagogas. Los terrenos y los edificios y bienes que quedaron fueron confiscados por la corona, su señalización actual no deja de ser un recordatorio de una siniestra e interesada desmemoria. «Aunque el turismo es una actividad dedicada exclusivamente al consumo, en realidad depende de la producción de espacios para que sean consumidos y, en Barcelona, el Barrio Gótico fue el primer espacio planificado en cuanto tal» (A. Cócola). De esta manera el invento del barrio gótico por parte de la Lliga Regionalista y su Sociedad de Atracción de Forasteros (SAF-1908), y su finalizada remodelación durante el franquismo, conecta en lo fantasioso con la Barcelona espectáculo de 1992, de las olimpiadas, forums, festivales, congresos y salones, cuya realidad precariza, dificulta la vida y castiga a los vecinos de la ciudad.

Desde 1997 hasta ahora el precio de la vivienda en Barcelona ha aumentado más de un 150% mientras que la subida de los ingresos netos salariales no llega al 35%. El precio medio de los alquileres subió de 355 euros en el año 2000, a 625 en el 2004 y más de 800 actualmente. Barcelona es una de las ciudades más caras de Europa, una de las que más paro sufre, una de las que tiene mayores índices de pobreza y exclusión, donde hay ayores desigualdades y menos vivienda protegida, donde existe más precariedad laboral y sueldos más bajos.

¿Qué significa cuando en estos momentos desde el ayuntamiento de Barcelona se nos bombardea con consignas como Ciudad Refugio o Ciudad sin murallas? Tan solo frases vacías, mera propaganda en el espectáculo, en el marketing de la ideología politiquera institucional. Frases sin contenido mientras las personas siguen siendo bombardeadas, asesinadas y violentamente expulsadas de sus lugares de origen en Libia, Siria, Yemen, Irak, Afganistán, etc..., por largas y terribles guerras impuestas por intereses político-económicos por los estados capitalistas occidentales. Mientras al mismo tiempo los habitantes de ciudades como Barcelona son expulsados de sus barrios debido al hostigamiento de la agresiva guerra económica que desde hace años nos arrasa. Desde las instituciones, los políticos, continúan hablando de cara a la galería con su lluvia ácida de palabras huecas, borrándoles el significado y dejándolas reducidas a simple palabrería o jerga.

La práctica urbana que nos une, contra el urbanismo que nos separa

La práctica urbana (los movimientos sociales urbanos) como toda práctica social está abierta a lo posible. El urbanismo, por contra, cierra todo posible al ser urbanismo de Estado, urbanismo de clase. La práctica urbana tiende a acabar con todas las separaciones mientras que el urbanismo las instaura inscribiendo la separación en la geografía misma.

El urbanismo bloquea y orienta el desarrollo urbano, construye la ciudad  según las necesidades del capital. El urbanista dice saber nuestras necesidades y deseos y organiza nuestra felicidad construyendo así un universo concentracionario: la Autoridad  sabe lo que necesitamos, no por azar Le Corbusier dedicaba a la Autoridad su libro, La Cité Radieuse.

El urbanismo nos separa. En Barcelona, por ejemplo, la diferencia de esperanza de vida entre los habitantes de los  barrios de Pedralbes y de Nou Barris es de diez años a favor de los primeros. La cuestión urbana también está atravesada por la lucha de clases. El urbanismo es urbanismo de Estado. El espacio urbano es pues el lugar del conflicto. Conflicto y lucha a partir de la cual podemos inscribir una relación social entre iguales, no jerárquica, donde las diferencias no se traduzcan en desigualdad.

No queremos quedarnos en la denuncia del urbanismo aunque sea  el paso obligado para desarrollar una práctica urbana. En su contra queremos levantar otras ciudades donde no impere la desigualdad, donde el derecho a la vida supla a la impuesta supervivencia,  y que hagan posible una cotidianidad creativa (poética).

Venimos de una ciudad, Barcelona años 1930, 40, 50, donde el lazo social se expresaba de distintas formas: La calle, lugar público donde alimentar la vida social (cuando se liquida la calle —Le Corbusier— se liquida la vida social, se convierte la ciudad en dormitorio), prolongación de la casa, habitada  las noches por las vecinas, lugar de juego de los críos, hoy destruida por el coche, por su lobby. Las pequeñas tiendas, lugar de socialización de las mujeres, destruida por los supermercados. Las tabernas, lugar de socialización de los hombres, destruidas por la Televisión. El ocio popular realizado en los barrios, hoy mercantilizado en espacio lucrativo (gimnasios, fitness...) y donde se potencia el individualismo y la competitividad.  Recordar este pasado no es por nostalgia ni para volver a él —demasiado sabemos de las imposturas que lo recorren: pobreza, religión, patriarcado, sumisión…— sino para entender  dónde estamos y construir ahora y aquí otra relación social entre iguales fuera de la relación social que el capital construye consecuencia de su modo de producción de mercancías.

Venimos de una ciudad, Barcelona 1936, donde el lazo social reforzándose desde los años 1930 explota en intensidad. Los obreros se adueñan de la calle: la fiesta revolucionaria, lo inaudito: la poesía gana la calle y establece otro orden social. La cuestión social invade la cuestión urbana, por poco tiempo pero con una intensidad tal que se hace difícil no recordarlo.

Hoy Barcelona va dejando de ser una sociedad y se va convirtiendo en una mercancía. Se vende bien. Algunos la

 querrían vender a un mayor precio con lo que de lucro esto significa. Y lo hacen. Otros quieren hacerla común, okuparla. Y lo hacen. Conflicto inevitable. Si desde la Administración no se tolera la okupación no es tanto por okupar unas casas como por okuparnos de nosotros mismos, dejando pues a la Administración sin quehacer.

Reapropiar la calle, los objetos urbanos sin la mediación del dinero, lo que ahora se hace a través de la compra-venta. La calle, lugar de encuentro, de no separación, de información y comunicación, espacio lúdico y simbólico, lugar de la palabra y de la escritura sobre el muro que la limita. Reapropiamos así su valor de uso liquidando su valor de cambio

Ejercer el derecho a la ciudad no solo reapropiando objetos y servicios sino reapropiando nuestras propias vidas en el espacio urbano. Reapropiación  que ayude a desplegar lo que de más humano hay en nosotros. Diseñar la ciudad de acuerdo a nuestras necesidades, a nuestra vida, para no tener que ajustar nuestra vida a la ciudad de los urbanistas. En el camino de la exigencia de ejercer el derecho a una sanidad que respete la vida por encima del dinero, el derecho a una enseñanza no competitiva y libre, el derecho a un transporte público por encima de los intereses privados, el derecho a una vivienda que soporte necesidades y deseos. Todo ello sin la mediación dineraria, fuera del lazo comercial. Construir otra ciudad, otra economía, otra política, otra información, todas atravesadas hoy por la Técnica y por el capital. Una calle sin coches, una casa sin televisión y un individuo sin pantallas, los tres objetos mayores del actual espacio urbano.♦

 

Etcétera, junio 2017

 

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