Razones de imperios

Entrevista a Yann Moulier-Boutang

Destruyendo el símbolo del comercio mundial, los atentados del 11 de septiembre han alcanzado igualmente a todos aquellos que pretenden reglamentarlo. ¿Se transformará el movimiento antiglobalización bajo los golpes de los "daños colaterales"? Después de 1995, con la eclosión de un movimiento social en Francia, la emergencia mediática de Chiapas, el encarnizamiento de los manifestantes contra las cumbres internacionales, el "pueblo de Seattle" llevaba bien alto las reivindicaciones contra la globalización neoliberal. ¿Qué hacer hoy con ese deseo de otra política, expresado incluso contra la violencia policial desplegada en Génova el pasado julio? En Le Monde del 21 de septiembre, un profesor de la universidad Dauphine fustiga a los contestatarios que "hacen el juego a los que no sueñan más que con el caos y la destrucción". Amalgama, crítica abusiva. ¿Qué espacio hay en el mundo después del 11 de septiembre para una crítica de los excesos de la globalización? ¿Y qué responder a los que quieren, desde ya mismo, desacreditarla?

Una vez superada la conmoción, ¿qué primer análisis político podemos intentar hacer de los atentados del 11 de septiembre?

Aunque no es mi caso, si miramos las cosas objetivamente desde un punto de vista geoestratégico, podemos decir dos cosas crueles: en primer lugar, va a ser muy bueno para la investigación porque despedirán a toda una serie de gente incompetente que alimenta los estudios del Pentágono de una montaña de academicismo y de consideraciones más o menos estereotipadas sobre el tercer mundo, la potencia americana, los aliados...; en segundo lugar, los americanos están en vías de volverse europeos: todos los europeos han conocido, experimentado, la destrucción de una ciudad, Londres en 1966 por un incendio, el Berlín arrasado de la posguerra, París desolado bajo el fuego de los voluminosos tanques Bertha. Todas las ciudades de Europa han conocido el terrorismo en sus diferentes formas. EEUU descubre ahora que cuanto más se sofistica, complejiza, enormiza, más frágil se vuelve por otros lados. Se dice que el terrorismo que se ha manifestado en Estados Unidos es de una monstruosidad sin precedentes, nunca conocida en Europa. Pero no es cierto. Tenemos muy mala memoria. El secuestro de Aldo Moro fue un trauma más importante porque jugaba sobre contradicciones internas. En el caso del 11 de septiembre del 2001, los Estados Unidos hicieron frente a una enemigo que venía del exterior. No se escenificó la guerra civil como han hecho tantos actos terroristas en Europa Occidental y siguen haciéndolo en Irlanda, el País Vasco, la exYugoslavia, Chechenia, etc. Destaca, asimismo, el carácter anti-ciudad del ataque terrorista del 11: al igual que en la exYugoslavia, con la destrucción de Mostar y de Sarajevo, está impregnado de una voluntad binaria de destruir el multiculturalismo inasible, inasignable, desterritorializado. Nueva York es un oasis, una ciudad-mundo.

¿Qué va a cambiar el ataque del 11 de septiembre?

En primer lugar, insisto sobre el hecho de que no fue un acto de guerra, sino una imitación de la guerra civil que entrañará efectos desastrosos sobre la globalización. La operación de Nueva York no se inscribe en el tiempo, no pasa por una ocupación del territorio. Fue una destrucción pura y simple. Tampoco tiene parangón posible con Pearl Harbour, porque detrás de los 28 aviones que destruyeron la flota estadounidense los japoneses tenían una potencia gigantesca. Pero en nuestro caso no había detrás ni Estado ni capacidad de durar. Fue un golpe instantáneo, psicológico, con enormes daños colaterales. Tenemos ahí el esbozo de una especie de terrorismo en su máxima expresión, más que "hiperterrorismo". Ese partido del terrorismo es también un partido de la opinión. Con toda verosimilitud, un tercio del planeta ha debido considerar los ataques sobre Nueva York y Washington con total indiferencia.

¿Se puede considerar que este terrorismo en su máxima expresión está hecho a la medida de la potencia americana?

Mucha gente analiza la mundialización neoliberal como un verdadero movimiento, una estrategia estadounidense deliberada, impulsada por las políticas del FMI y del BM. Se trata de una visión equivocada. En realidad los estadounidenses y las instituciones internacionales reaccionan a un movimiento más complejo de globalización: lo que llamamos globalización de las multitudes. Asistimos al avance de formas que ya no son controlables a escala de un Estado-Nación, lo que explica ese impulso hacia los Imperios. Europa está en trance de unirse. Los Estados Unidos están en vías de unirse y de estibar a Méjico y Canada, e incluso de lanzar una licitación sobre América Latina, que trata por su cuenta de organizarse también. Asistimos a la formación de enormes bloques porque ya no es posible controlar la metropolización del mundo. Se trata de procesos gigantescos con muchedumbres, multitudes entre las cuales los saberes se cuentan por millones. Ya no hay unas elites que gobiernan masas analfabetas: tenemos elites masificadas, por tanto multitudes, por tanto divergencias. Es en este sentido que los desequilibrios llaman a la formación de un tipo de poder que Negri y Hardt han llamado Imperio, que ya no es el imperialismo americano tradicional.

Progresivamente, aparece una multipolarización de la contestación bajo todas sus formas... Después del rechazo de la OMC, los avances sobre el genoma humano, los OMG, Terminator, los medicamentos genéricos, los EEUU han tenido que recular.

¿Cuál es la incidencia de la respuesta americana a los ataques sobre los que se oponen a la globalización neoliberal.

Este conflicto conduce a EEUU a europeizarse en el mal sentido de la palabra: a considerar que los inmigrantes ya no son bienvenidos. Existe el riesgo de que se abandone el derecho de instalación en EEUU, de que se abandone la idea de nación constituyente en beneficio de la idea del bloque que se cierra sobre sí mismo: cuando Fukuyama habla de "Estado Unido" en una tribuna publicada por Le Monde, en lugar de "Estados Unidos", es para echarse a temblar. Se trata de una europeizació n con un viejo lado hegeliano, el Estado unificado, el abandono del Estado federal. Aquí el imperio redeviene estadounidense.

Otro peligro: que todo el espacio de la contestación de la globalización corre el riesgo de ser acusado de prototerrorista o de proteger a los terroristas "de ser, según una vieja teoría anti-guerrilla, el pantano que hay que desecar. El riesgo es que gran parte de los militantes antiglobalización se queden mudos y que caiga sobre ellos el reproche de haber armado, por cierta ideología del pensamiento antiglobalización, al islamismo más delirante. En realidad, no existe una relación directa, pero sí una resonancia. Le Monde Diplomatique se lee en el mundo entero. Esa ideología puede servir de fachada, como la lucha de clases sirvió de fachada a las Brigadas Rojas. Temo que el movimiento antiglobalización se quede encajonado de una forma feroz y estúpida en las cumbres, que cada encuentro oficial se convierta en una prueba de fuerza y que la policía habitúe al movimiento a las similitudes de una guerra civil, lo cual lleva a la gente a pensar en términos militares y binarios. Existe, por lo tanto, el riesgo de una binarización de las multitudes.

En esta nueva situación mundial, a falta de que se diseñe un nuevo orden mundial, ¿cuáles son los escollos a sortear por el movimiento globalización?

El talón de Aquiles del movimiento antiglobalización está en los viejos residuos de socialismo real, en los viejos restos moralizadores, en cierto populismo antifinanciero que entra en resonancia, en particular en el tercer mundo, con un odio a las potencias del dinero, sean las que sean, un odio a los banqueros. Se favorece la idea de que el poder del capitalismo reside en los banqueros, los comerciantes. Cuando se mete eso en la cabeza de millones de personas, que viven mal, hartas, oprimidas, explotadas, dominadas, se termina pensando que ajustando cuentas con los banqueros se arregla el problema. Los tipos que sacrificaron su vida en los aviones pensaban realmente que decapitando el World Trade Center, tocarían el corazón del Estado, el comercio mundial. Pero ese comercio es inmaterial, inasible. Las compañías tenían sus archivos en otros sitios. Han retomado su actividad al momento. A un cierto nivel, se trata de algo completamente naïf. Cuando Bové y otros arrancaban los OGM, yo no pensaba que fueran reaccionarios. Son gente sin confianza alguna en el Estado y sus garantías de seguridad. Y tienen razón: se han enterado por un pequeño texto en Le Monde que si un avión cae en La Haya sobre una sola piscina de refrigeración, provoca algo comparable a 67 veces la catástrofe de Chernobil (en una zona que es de las más pobladas del mundo). El problema es que toda una parte del discurso del movimiento antiglobalización conduce a un impasse, deudor de una antiamericanismo franco-francés. Cuando Europa, en cuanto a barbarie, no tiene ninguna lección que dar a EEUU.

Las medidas tomadas a partir de los atentados del 11 de septiembre, ¿están amenazadas las libertades públicas?

Asistimos a un estrechamiento de las libertades. Desde hace cinco años, EEUU intenta desesperadamente poner la red bajo control. Ahora corremos el riesgo de que se desarrolle un discurso muy peligroso: "el riesgo es demasiado grande para dejar en manos de las multitudes medios que pueden convertirse en medios destructores. Por tanto, la free net no es posible. Internet vale, pero que el gobierno tenga las claves de encriptación". Asistimos ya a un tipo de movimiento en las empresas dirigido a reducir internet a una intranet, el PC a una terminal de sentido único. Se trata de una unilateralización de la información, un empobrecimiento. El proyecto free net hace irrastreables los mensajes: es uno de los principales elementos que impide el ejercicio del derecho de propiedad privada en el reino de lo virtual y de la red. Temo también una guetización de ciertos intelectuales radicales americanos que quieren criticar la reacción de su país y se encuentran en un aislamiento horroroso. Y las consecuencias pueden ser terribles. Del tipo que provocaron las BR en Italia: liquidación del movimiento social antiparlamentario, contestatario, con millones de exiliados, derrota de la izquierda sindical, desmantelamiento del PC, explosión de la democracia cristiana... Sólo el sondeo que muestra que el 75% de los franceses están a favor de una intervención estadounidense debería hacernos reflexionar. Y lo más impresionante es que los países que son más favorables a la intervención americana son los más multiculturales, multinacionales, cosmopolitas. Cuando las multitudes de las grandes metrópolis multiculturales se pronuncian así, es que algo pasa. Después del muro de Berlín, ha caído otro muro...


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