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Reseña aparecida a propósito de la
edición argentina de este mismo libro en el diario Clarín (Buenos
Aires) el domingo 10 de septiembre de 2000. Siloquios, superloquios e
interloquios de patafísica |
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Desopilantes textos de Jarry Marcelo Cohen Hace unos años hubo en la televisión de otro país una publicidad donde, en un rito funerario exultante, una familia destrozaba su auto a martillazos porque un dios financiero le regalaba un modelo nuevo. Esta pieza idiota le habría interesado a Alfred Jarry, el padre del innoble Ubú; y no por "creativa", sino porque presentaba un mecanismo real cuando creía ser un chiste. Pero no, habría dicho Jarry, nada de eufemismos. Fíjense en el varón que denuncia la cercanía de una mujer emitiendo una señal soez. Vean al anciano que diariamente ahoga en un vaso de agua un artefacto que se extrae de la boca. Vean cómo esa horda de cazadores apostados junto a una cinta deslizante se abalanza sobre una hilera de inofensivas valijas, para atraparlas con violento amor, eviscerarlas en casa y recluirlas en oscuros calabozos. ¿Chistes? Es cierto que estas descripciones son arbitrarias e insignificantes. Pero en la impávida dramatización de cada mecanismo se entrevé que también es arbitraria la forma habitual de pensarlo -aquí un muchacho piropero, aquí gente en un aeropuerto-, de lo que sigue que la acción misma podría ser arbitraria, o maquinal, y tal vez insignificante. Con esta convicción Alfred Jarry (1873-1907) analizó la guerra como desafortunado choque de partidas de caza en pos de animales flameantes (las banderas), y el calvario de Cristo como carrera de obstáculos cuesta arriba. "No veo qué diferencia hay", dijo, e hizo escuela. Al método de razonar sobre un hecho usando todo lo que venga a la cabeza, para sacarlo de la cadena de relaciones que lo petrifican y nos maniatan, Jarry lo llamó patafísica. Pero no sólo a eso: también a la valoración precisa de la máquina, ese objeto banalizado por el uso y temido por los poetas, pero asombroso si se considera su virtualidad, su potencia a la espera, cuánto extiende el cuerpo humano. Por algo a Jarry le gustaba la bicicleta, una cosa simple capaz de multiplicar los espacios mediante el mero auxilio de dos pies, y no lo habría dejado indiferente el señor que lustra su auto como si fuera un caballo. Basta considerar la máquina como un ser para que el humano parezca automático, misterioso, y su juicio algo ridículo. Ni la máquina es desalmada ni el alma es tan natural. Jarry no idolatraba la naturaleza. Quería encontrar relaciones desatendidas pero estrictas entre hechos de diverso orden y, "a través de la influencia ejercida sobre pequeños objetos, inducir la probable obediencia del mundo". Era un anarquista de derecha (como Borges, el de Tlön). Inutilizar los dispositivos que dirigen la experiencia es, si se piensa, una operación muy violenta, y sólo puede consumarse en el lenguaje. Jarry inventaba palabras y recogía de los diarios noticias horrorosas (el "castigador ortomático de mujeres"); después ensamblaba las piezas siguiendo una lógica "más irrefutable que la del loco o la del viejo chocho". Subrepticia pero incesante, su ciencia patafísica ha venido combatiendo nuestra denigrante adicción a inflexibles líneas de palabras. Así el eximio discípulo Marcel Duchamp, que se propuso desmontar la noción de obra de arte, tomó dos cables, los dejó caer en el suelo y con la forma ondulante que habían cobrado los mostró en un estuche de madera. Esa obra se llama Azar enlatado, pero parece que sólo una vez leído el título el ojo puede empezar a descondicionarse y acceder, si se presta, a un sinnúmero de posibilidades nuevas -o a ninguna. No mucha gente sabe que en el mundo existe un Colegio de Patafísica. Tiene una elaborada jerarquía de funcionarios, un calendario propio, una administración perezosa y produce símbolos y objetos. Abarca todo el mundo concebido por sus miembros, algunos que fueron ilustres (Max Ernst, Boris Vian, René Clair), y hasta argentinos (tal Esteban Facio, inventor de una máquina para leer Rayuela). Pero la patafísica nació en unas piecitas de teatro representadas por los alumnos del liceo bretón en donde Jarry estudió entre 1888 y 1891. Los muchachos llamaban así a las incesantes monsergas de su profesor de física, un pelmazo, pero Jarry se apropió del método y lo adjudicó a diversos personajes suyos. Cuando estrenó Ubu rey, algunos maestros de su tiempo se alarmaron. "Después de nosotros, el dios salvaje", tembló el bardo W.B. Yeats la noche que vio la obra. Con el tiempo Jarry afinaría las definiciones, algunas de las cuales hoy tienen cierta fama: "La patafísica es la ciencia que se sobreañade a la metafísica, sea en sí misma, sea fuera de sí, y se extiende tanto más allá de ésta como ésta se extiende más allá de la física". Lo real, quiere decir, no es la pura materia, pero tampoco una sustancia trascendente que nos regala el ser. Lo verdaderamente real es la posibilidad incesante. "La patafísica es la ciencia de las soluciones imaginarias." Jarry se hizo popular con Ubú, catastrófico burgués caprichoso, luego ídolo del dadaísmo, tirano del humor negro. Pero donde mejor cumplió el plan de analizar objetos y deducir "por sus lineamientos" fenómenos que se pasaban por alto (el peatón atropellador de autos, por ejemplo) fue en las crónicas que escribió para una revista, la Revue Blanche, entre 1905 y 1906. El libro que se comenta aquí consta de veintidós de esas crónicas, elegidas en su momento por Jarry y muy bien traducidas ahora por Víctor Goldstein. En algunas, como "Costumbres de los ahogados" o "Antropofagia", el método de mirar sucesos cotidianos con un ojo "poliédrico infinito" cuaja en el "carbón diamante" que debía ser para Jarry el poema en prosa. La patafísica ensambla precisos dispositivos de realidad provisional con el solo fin de señalar qué chapuza son las realidades inmutables. Lo que más le importa es que la vida se quite de encima el fardo de la idea, dar frescura a la mirada. Pero este método loco es muy delicado. La patafísica no se inmuta, no conquista, no hace magia. Cualquier alarde de arrobo esencial o distinción poética, el pretencioso cae de nuevo en lo inmutable por el lado de la cursilería. Esto explica que entre las secuelas de la patafísica estén la Zazie de Raymond Queneau, las máquinas suicidas de Tinguely, Eleanor Rigby, John Cage, Thelonius Monk y las "Instrucciones para subir una escalera", pero también la atroz La doble vida de Verónica, El lado oscuro del corazón y la plaga mundial de pseudocronopios. El rigor patafísico es inclemente; no cesa de maquinar. Ubú lo advirtió en su momento a los falsos aliados: "No lo habremos demolido todo si no demolemos incluso los escombros. Y no veo otro procedimiento para hacerlo que levantar con ellos hermosas estructuras bien ordenadas". 0 sea que ya podemos prepararnos para discutir de nuevo qué es lo hermoso.
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