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Una editorial con
menos proyección que un cinexín Michael Landon |
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La editorial Pepitas de Calabaza (pepitas@pepitas.net), faro de los pueblos ibéricos que nos ilumina desde el apartado de correos nº 40, Logroño, (La Rioja), viene labrándose una sólida reputación entre públicos muy diversos. Cómo lo consigue es algo que sólo se entiende a la luz de los absurdos tiempos que nos toca vivir. Incluso quienes no pierden ocasión de ningunear –cierto que de forma más bien oblicua– el contenido de algunos títulos publicados, se curan en salud alabando la exquisita presentación y el grafismo de los mismos. Nos consta que los responsables de Pepitas han hecho cuanto estaba en sus manos por granjearse la animadversión de amplios sectores del público, pero al parecer nadie osa poner en evidencia su incultura, su falta de elegancia o sus veleidades de esteta exponiéndose a realizar un ataque frontal y sin medias tintas, ni siquiera los últimos y más obtusos representantes del neomilitantismo izquierdista. Es una verdadera lástima que en los tiempos que corren, nadie esté dispuesto a llamar gamberrismo cultivado e inteligencia manifiesta a lo que no puede denominarse de ninguna otra manera. Vergüenza debería darle a más de uno, pero en la actualidad parece que sean mayoría los que sólo exigen la verdad antes de votar, y aún eso lo hacen sólo en circunstancias tristemente excepcionales. No cabe esperar, por lo tanto, que el último título publicado, La revolución del arte moderno y el moderno arte de la revolución, (Sección inglesa de la Internacional situacionista), saque de su solapada inquina a la fracción del público consumidor que debiera sentirse legítimamente ofendida, a saber, compadres del artisteo y truhanes de la inframilitancia, más si tenemos en cuenta la boga creciente en dichos círculos de la I. S. y de su principal animador, Guy Debord, en parte por méritos propios e irrefutables de éste y también porque la condena explícita redunda en mayor desprestigio de quien la efectúa que rendirle pleitesía de boquilla y ajustar cuentas de poca monta en la sombra. El ensayo que da título al libro data del año 1967, y permaneció inédito durante más de veinticinco años porque sus autores fueron expulsados de la I. S. (expulsión de la que se da cuenta –otra cosa es que la explicación satisfaga a todos– en el nº 12 de la revista del mismo nombre, publicada en castellano por Literatura Gris). Aborda la crisis del arte moderno provocada por la irrupción de las vanguardias del período 1910-1925 y la subsiguiente pérdida de toda capacidad subversiva del mismo, hasta llegar a las funciones francamente represivas y confusionistas que asume en la década de los sesenta, y que el panfleto resume así: «Hoy, cuando a todo el mundo ya sólo le falta morir de aburrimiento, el espectáculo es esencialmente un espectáculo de la rebelión. Su función consiste pura y simplemente en distraer la atención de la única rebelión real: la rebelión contra el espectáculo. Y salvo en este punto, cuanto más extremista el escándalo, mejor.» Puede apreciarse hasta qué punto los popes de la política y de la publicidad han aprendido y aplicado la lección de entonces a esta parte. Un poco más adelante, profetizan con idéntico acierto: «La decadencia ha llegado a un grado en el que hay que hacerla atractiva por derecho propio. Si nada tiene valor, entonces nada debe llegar a tenerlo.» Se preguntarán ustedes: ¿es que esta gente no tiene alternativas positivas que ofrecer? Pues… sí y no. Sugerencias no faltan, pero los ayunos de ideas propias no hallarán aquí receta alguna para guisos alternativos que llevarse a la boca. Sirva de muestra un botón: «La creación de la experiencia inmediata como disfrute puramente hedonista y experimental sólo puede expresarse mediante una forma social, el juego, y es el deseo de jugar lo que toda revuelta real contra la pasividad uniforme de esta sociedad de la supervivencia y del espectáculo ha afirmado. El juego es la forma espontánea de enriquecerse y desarrollarse a sí misma la vida cotidiana; es la forma consciente de la superación del arte y la política espectaculares. Es la participación, comunicación y autorrealización, resucitadas en la forma que les corresponde. Es el medio y el fin de la revolución total.» Quizá suene un tanto vago e indefinido, pero no se puede negar que seduzca más que el deporte para todos, el fin de semana total y los juegos de azar que parecen constituir el insuperable umbral lúdico de nuestro presente ordenamiento social. Continúa este pequeño volumen con un hermoso tributo rendido por Asger Jorn a su amigo, titulado Guy Debord y el problema del maldito, y publicado originariamente como prólogo a un libro que reunía los guiones de las tres primeras películas de éste gracias a los buenos oficios del Institut Scandinave de Vandalisme Comparé. Sin comentarios. Debord, mucho más conocido como el autor de La sociedad del espectáculo (bautizado en 1968 como «El capital de las nuevas generaciones») comparece aquí, entre otros delitos, como acusado de ser «la gran inspiración secreta del arte mundial –desde el silencio introducido en la música moderna por John Cage unos años después de Aullidos a favor de Sade hasta la moda de comunicarse mediante viñetas de cómic sacadas de contexto, convertida en lo más puntero de la nueva pintura americana», y también como «uno de los mayores innovadores de la historia del cine» sin cuyas películas «uno tiene pleno derecho a preguntarse si, siete años más tarde, habrían podido realizarse y alabarse películas como Hiroshima mon amour», de Resnais. Jorn explica la notoriedad clandestina de Debord como conjunción de la voluntad deliberada de éste aunada a este pequeño pero significativo detalle: «Así pues, no es que a Debord se le conozca mal en la cultura moderna: es que se le conoce como el Mal.» Cierra el volumen un ensayo del traductor titulado Cultura y entropía, que puede considerarse como una ambiciosa puesta al día, en un lenguaje crítico más clásico, de las ideas expuestas en el primer ensayo, unida a un resumen de las aportaciones más destacadas de la I. S., todo él aderezado con abundantes coscorrones dialécticos, a repartir entre George Steiner, Theodor Adorno y el colectivo Luther Blisset, por citar algunos. Con éste último se despacha en estos términos antes de finalizar el primer párrafo: «Cuando Luther Blisset hace saber que Guy Debord le aburre, yo saco a relucir el fiambre de Joseph Goebbels, quien, interpelado acerca de los primeros pogromos nazis, salió del paso con la chusca gracia de que al menos los nacionalsocialistas no eran aburridos. No resulta muy divertido, pero da que pensar. Y tras el pensamiento, cuando es certero, anida siempre un fondo placentero.» Juzguen ustedes mismos. Acerca de la situación actual de agonía de las artes nos dice: «Tan incapaz de conservar herencia cultural alguna como de promover la menor innovación liberadora, el poder moderno distribuye sus faenas entre sus servidores atendiendo a sus incompetencias respectivas. Los falsos conservadores no pueden frenar la ruina de la cultura ni los progresos del neoanalfabetismo, porque la defensa de las condiciones existentes les impone la renuncia a sus propios conocimientos. Los falsos innovadores no quieren frenar la cultura de la ruina, pues la difusión de la degradación y la ignorancia –la defensa de las condiciones existentes– no sólo constituye el pilar que sostiene la novedad insustancial y la crítica amañada, sino también las bases de la capilla donde la congregación posmoderna abjura del culto a lo efímero y comulga con la alineación más enranciada.» La revolución del arte moderno y el moderno arte de la revolución está acompañada de un meritorio e irreverente índice de imágenes correspondientes a momentos sobresalientes de arte y de la subversión modernas. A quienes hayan abandonado toda otra esperanza se les puede recomendar lecturas como ésta; al resto de la humanidad, cautela.
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