Ensayando nuevos modelos de desarrollo rural

La colonización capitalista de lo rural supuso el paso del modelo económico-ecológico campesino, que buscaba la máxima producción para asegurar la supervivencia, a otro modelo que persigue el máximo rendimiento monetario; lo que ha tenido graves consecuencias ecológicas y socioculturales como la despoblación de miles de núcleos rurales y la desaparición de un modo de gestionar los ecosistemas y de entender la vida.

Actualmente, en las sociedades desarrolladas lo rural es cada vez más urbano. El ámbito laboral o las pautas en el desplazamiento así como los hábitos de consumo apenas pueden distinguirse de lo que encontramos en las zonas metropolitanas. En este contexto, los pequeños agricultores se mantienen todavía en la actividad agraria sólo gracias a su capacidad de resistencia puesto que sus explotaciones quedan fuera de la lógica de la rentabilidad y la competitividad, cuando no quedan también fuera de la vigente legalidad -producción artesana, venta directa, etc. Deben resistir también a la creciente dependencia respecto a la agroindustria que les mantiene en las posiciones más marginales del sistema económico agroalimentario: obligados a consumir los paquetes tecnológicos de las multinacionales y alejados del consumidor por una ristra de intermediarios que se quedan la tajada más grande del pastel.

Son muchas las voces que se levantan para medir mejoras en el campo pero en plena Europa del capital se hace difícil encontrar propuestas que vayan más allá de la actividad agraria subvencionada, industrializada y plenamente integrada en la red mercantil global. Las organizaciones que tratan de paliar los efectos más nocivos que acechan el medio rural protestan enérgicamente por el injusto reparto de los beneficios en el sector agroalimentario y proponen modelos de desarrollo más sensibles con las poblaciones locales y con el medio ambiente, gestionados por administraciones que habrían dejado de funcionar al servicio de determinados intereses lucrativos para servir al bien común. Pero si creemos que la solución a la crisis del medio rural no puede brotar de las mismas fuentes de las que mana la destrucción, tendremos que encontrar nuevas fórmulas y explorar nuevos caminos.

Núcleos rehabitados y autoabastecimiento

La concentración urbana que requería el desarrollo industrial vació el campo, siendo las zonas de montaña las que más padecieron el estrago de la despoblación. En la Península ibérica son más de 1500 los pueblos e incontables los cortijos, masies y caseríos abandonados. Precisamente en estos espacios más castigados por la Historia es donde encontramos varias experiencias que tratan de subvertir la dirección del desarrollo neoliberal, poniendo en práctica nuevos modelos de manejo y regeneración de los ecosistemas de montaña. Desde hace tres décadas son centenares los grupos que han emprendido la repoblación de núcleos de montaña abandonados, pero entre todo el conjunto de “neorurales” son una minoría los que optan por proyectos de producción agropecuaria y aún menos los grupos que escogen el camino del autoabastecimiento como modelo económico.

Por la cordillera pirenaica se encuentran algunas experiencias que centran su actividad en el autoabastecimiento de alimentos y otros bienes a partir de los ecosistemas locales. No se trata de aislarse del mundo ni de buscar la autonomía total sino de ir descolonizando progresivamente ciertos aspectos de las actividades cotidianas. Para ello se recupera buena parte del conocimiento tradicional y, como sucede en el modelo campesino, el “objetivo buscado es la reproducción de la unidad doméstica y no la producción de mercancías, intentando construir una unidad de producción, consumo y reproducción1. La mayor dependencia respeto los ecosistemas locales introduce la necesidad de no degradarlos ni sobrexplotarlos: producción y conservación se nos muestran así como aspectos inseparables. Por otro lado, se intenta trasladar el mínimo de nocividad -ecológica y social- a otros lugares mediante una revisión de las pautas de consumo individuales y colectivas, el uso de materiales y maquinaria o la gestión de los residuos. El cambio de necesidades, valores y preocupaciones y el continuo aprendizaje que se vive en estos espacios les convierte en algo así como escuelas de campesinado y de autogestión.

Pero no son pocos los contratiempos que sufren estas experiencias. Los conflictos personales son la causa principal de abandono y malestar, aunque tampoco faltan las agresiones externas -hostilidad de los paisanos, desalojos de pueblos okupados, multas, etc. Hasta el momento los intentos de coordinar esfuerzos en la productivo y en lo político entre varios núcleos han encontrado serias dificultades, lo que está retrasando la aparición de economías autoabastecidas a escala regional y, por otro lado, de un movimiento social vinculado a la okupación rural. Ahora que el capitalismo verde empieza a mirar hacia las montañas, se hace necesario dar a conocer que son muchas las personas que llevan adelante este tipo de experiencias y que no todo el monte son yuppies desestresándose, hippies en su burbujita, centros eco-místico-elitistas o casa de turismo rural.

Más allá de la agricultura ecológica

Hoy día el concepto de “producción ecológica” ha quedado reducido a una producción sin tóxicos que funciona según las pautas comerciales neoliberales y que se basa en las técnicas más modernas para lograr mantener su nicho de mercado -ubicado entre los estratos sociales más pudientes. A pesar de esto, existen varias experiencias de producción cooperativa que subvierten la norma adaptando criterios agroecológicos para el diseño y manejo de las fincas con el objetivo de desvincularse de las ataduras del sistema agroindustrial, organizándose asambleariamente y manteniendo estrechas relaciones con las luchas locales y coordinaciones regionales. Se trata de agricultor@s y ganader@s que compaginan la actividad productiva de su cooperativa con una vida militante bastante activa, lo que requiere un ritmo de actividad impresionante.

A pesar de valorar positivamente la existencia de un sistema público de regulación y certificación de la producción ecológica, estos grupos apuestan por otro sistema de certificación basado en la relación directa productor–consumidor. De esta manera, se eliminan los intermediarios y se refuerza la confianza y la cooperación mutua. El productor se asegura bastante la venta al mismo tiempo que el consumidor puede adquirir productos ecológicos a un precio asequible.

La tarea de estas cooperativas ha sido fundamental para extender la agroecología, los grupos de consumo o la lucha contra los transgénicos hacia sectores de población que difícilmente se acercarían a los círculos del ecologismo o la autogestión. Casos como el de la Cooperativa La Verde -Villamartín, Cádiz- muestran que con mucho ahínco se pueden desarrollar proyectos a largo plazo. Surgida de las ocupaciones de fincas al amparo del SOC -Sindicato de Obreros del Campo- la Verde ha abierto nuevos caminos sin dejar de ser “realistas”. Produce hortalizas y no renuncia a la distribución a gran escala de sus productos pero los proyectos educativos y sociales que emprende, su papel pionero en la investigación y promoción de la agroecología, su papel determinante en la formación de grupos de consumo en algunas ciudades, los esfuerzos que han dedicado a la recuperación y promoción de las variedades locales y su activa participación en los movimientos sociales la sitúan entre las experiencias que, desde lo productivo, tratan de desviar el curso del desarrollo rural. Otras cooperativas agrícolas optan por el terreno de la alegalidad y llevan adelante experiencias menos conocidas pero que también dejan huella en el entorno local: distribución mediante canastas básicas semanales a los grupos de consumo, venta directa de carne, huevos, leche, queso, etc. Paralelamente, son muchos los productores que realizan trueques o tratos con vecinos y amigos: cooperación en algunas tareas, compartir maquinaria, intercambio de productos y servicios,…

El reto al que se enfrentan este tipo de experiencias no es tanto sacar adelante las fincas –tarea nada fácil en si misma- sino el de mantener una sintonía entre la ideología que las inspira y la realidad que les toca vivir en plena eclosión de la agricultura ecológica de masas.

1 Arguments de l’agricultura ecològica; J. Roselló, Grup Arrels; València, 2002.

Red de semillas

Sembrando y intercambiando

Formada el verano del 2.000, aglutina y coordina grandes organizaciones como Plataforma Rural o COAG, y por otro lado una serie de pequeñas empresas de semilla ecológica, centros de investigación agraria, cooperativas de productores, colectivos ecologistas y graneros autogestionados que desde situaciones bien distintas trabajan en la recuperación y promoción de la biodiversidad agraria y más en concreto en las variedades agrícolas locales o “tradicionales”.

Pero la situación en que se encuentran las variedades locales es crítica. La mayoría han desaparecido a lo largo del s.XX y continuan sin ser reconocidas por los organismos oficiales. En este sentido, la Red intenta mantener las variedades y razas locales: un patrimonio que hemos legado de las generaciones anteriores y una pieza clave para cualquier proyecto agroecológico.