"Una mujer entra en una
habitación... Pero los recursos del idioma inglés serían
duramente puestos a prueba y bandadas enteras de palabras tendrían que
abrirse camino ilegítimamente a alazos en la existencia para que la
mujer pudiera decir lo que ocurre cuando ella entra en una habitación.
Las habitaciones difieren radicalmente: son tranquilas y tempestuosas; dan al
mar o, al contrario, a un patio de cárcel; en ellas hay la colada
colgada o palpitan los ópalos y las sedas; son duras como pelo de
caballo o suaves como una pluma. Basta entrar en cualquier habitación de
cualquier calle para que esta fuerza sumamente compleja de la feminidad le
dé a uno en la cara. ¿Cómo podría no ser
así? Durante millones de años las mujeres han estado sentadas en
casa, y ahora las paredes mismas se hallan impregnadas de esta fuerza creadora,
que ha sobrecargado de tal modo la capacidad de los ladrillos y de la argamasa
que forzosamente se engancha a las plumas, los pinceles, los negocios y la
política. Y debe concluirse que sería una lástima terrible
que le pusieran trabas o lo desperdiciaran, porque es la conquista de muchos
siglos de la más dura disciplina y no hay nada que lo pueda sustituir.
Sería una lástima terrible que las mujeres escribieran como los
hombres, o vivieran como los hombres, o se parecieran físicamente a los
hombres, porque dos sexos son ya pocos, dada la variedad y vastedad del
mundo..." (Virginia Woolf, Una habitación propia)
espacios okupados por mujeres, mujeres en espacios
okupados
Apenas iniciada la experiencia Lavapiés
15 —centro
social autogestionado en el barrio de Lavapiés— han surgido un
buen número de cuestiones relativas a la presencia femenina en un
espacio circunscrito. Desde el primer momento de la okupación, las
mujeres reclamamos e hicimos nuestro un piso del edificio con el fin de
construir un territorio social para mujeres en el que se pudieran poner en
marcha todo tipo de proyectos impulsados por éstas: reuniones de
colectivos ya existentes, talleres, jornadas, exposiciones, proyecciones,
autodefensa, debates feministas, actividades con inmigrantes y toda clase de
iniciativas políticas que implicaran a las mujeres que habitan o paran
por el barrio. La autogestión de la especie de espacio, espacial,
especial y espacioso para mujeres (e.e.e.e.e.m) corre a cargo de una asamblea que trata de
la política de las mujeres y toma decisiones sobre la
organización del espacio, empezando por su rehabilitación. Las
okupantes somos parte del centro social en su conjunto y cooperamos y
circulamos por todos los espacios haciendo visible la alianza entre mujeres.
En cierto modo, la experiencia de
un espacio propio es novedosa dentro de las okupaciones pues si bien
había surgido alguna iniciativa de hacer una okupación de mujeres
—proyecto que algunas imaginamos con auténtica
pasión— no existen casas en las que las mujeres gestionen
separadamente parte del territorio. Algunas mujeres de David Castilla y de la
Guindalera, se han pasado por Lavapiés y se han mostrado interesadas en
intercambiar ideas sobre este asunto.
El espacio de mujeres está
por construir; en realidad, siempre estará por construir. Sin embargo, este
es un buen momento para plantear la cuestión de si existe o puede
existir un vínculo específico entre el espacio —en el
sentido doblemente material y subjetivo— y las mujeres que lo habitan.
Dicho de otro modo, ¿mantienemos o deseamos mantener las mujeres una
relación específica con el entorno espacial en una okupa? En
último término, se trata de hablar de las relaciones entre
mujeres con la mediación de una habitación propia.
las habitaciones difieren
radicalmente
El sentido que Virginia Woolf daba
a la recomendación de tener una habitación propia como lugar de creación
femenina surge al hilo de una historia de reclusión cuyo guión
sitúa a las mujeres entre las cuatro paredes de la estancia común.
Un espacio determinado por la organización de la familia nuclear patriarcal
y en el que las mujeres se encargaban en todo momento, es decir, sin ningún
tipo de discontinuidad espacial y/o temporal del trabajo de
reproducción. El entorno doméstico, por ejemplo en la cocina o en
la sala de estar ha sido y sigue siendo para muchas el único lugar donde
desarrollar iniciativas de creación. Allí, entre las
interrupciones constantes, las faenas caseras, la atención a los familiares
y la verguenza de tener una pluma entre los dedos escribieron sus novelas
Charlotte Brontë, Jane Austen y tantas otras. Virginia Woolf traza las
contradicciones de este hecho y observa, por un lado, las limitaciones del trabajoso
encierro doméstico y, por otro, las posibilidades inventivas que da la permanencia
en una estancia, incluso en una estancia expuesta a las intrusiones y
requerimientos ajenos.
La oportunidad de habilitar una
estancia privada desligada de las obligaciones domésticas y de circular libremente
por el mundo, por no hablar de la independencia económica, son para
Woolf condiciones esenciales de las que carecían nuestras antepasadas. El
espacio simbólico que representaba observar, meditar, imaginar y sacar
unos folios en silencio y a escondidas suponía una presión
demasiado fuerte para cualquier mujer que tratarse de expresarse
autónomamente.
El sentido de seguir habilitando
estancias propias responde, además, a otras motivaciones que tienen que
ver con la naturaleza patriarcal del espacio y, por ende, con el tiempo, con
los cuerpos que lo atraviesan y los deseos que en él se expresan.
Habilitar una estancia propia sigue
siendo una necesidad y un deseo para muchas de nosotras. La mirada de los
hombres, su realidad corporea y lingüística, su sensibilidad, sus
formas de vivenciar el espacio y el tiempo y, más allá, su
participación en un orden simbólico del que, en ocasiones, se nos
invita a participar sigue haciendo precisa nuestra distancia y, en
último término, la afirmación experimental de la diferencia
sexual. El desplazamiento al margen de la heterorealidad, la articulación
cooperativa de las iniciativas de todas, el intercambio y valorización de
nuestros conocimientos y la atención a nuestra diversidad nos empujan hacia
otros extremos.