"LAS VOLADORAS"

o

De la migración internacional de mujeres latinoamericanas

 

 

 

 

Soy la mujer de la limpieza, si no limpio aquí, ¿qué

otra cosa puedo hacer? En mi país era Ofelia.

Y yo, cadáver de agua, he llegado a un jardín verde.

Ahogada como Ofelia en mi país y vuelta a la vida en Alema­nia

como mujer de la limpieza.

Cabellos negros y bolsa de plá­sti­co blanca,

eso bastaba. [...]

Yo, como mujer de la limpie­za -Alema­nia queda limpia, [...]

Allí había un perro. Vestido de negro y blanco,

con los dientes limpios y el pelo corto.

La nariz limpia, no húmeda. Seguí a aquel príncipe.

Mi trabajo era fácil. El príncipe cagaba en el bosque y

yo corría detrás de él, recogía la mierda en una bolsa de plást­ico blanco y la traía a casa, al salón del guardabosque.

(Sevgi Özdamar, Emine. Carrera de una mujer de la limpieza)  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Presentación

 

En francés, la palabra “monde” significa “mundo”, pero también “gente, multitud”. ”Il y a beaucoup de monde” se traduce “hay mucha gente” (y no “hay mucho mundo”). Al elegir una misma palabra para designar dos conceptos distintos, inevitablemente la lengua los relaciona y se puede deducir que, a un nivel profundo, el francés supone que el mundo es la gente y viceversa, que el mundo sin gente no existe, que si no hay quien lo piense, el planeta no tiene sentido. Es la gente con su que hacer, con sus vidas, sus lenguas y sus culturas, la que va haciendo, creando el mundo.

                       En castellano tenemos un uso parecido de la palabra cuando decimos, por ejemplo, “estaba todo el mundo”, queriendo significar que estaban presentes todas las personas que el hablante considera importantes en un determinado ámbito.

                       El mundo, el planeta Tierra, circula en el espacio. Y las personas circulamos en la Tierra. La gente que se desplaza de un lugar a otro, no va desnuda, no puede hacer tabula rasa de su cultura cuando cambia de espacio, sino que su mundo va con ella.

                       Trasladarse en busca de tierras más prósperas es algo que existe desde que el mundo es mundo, es decir, desde que hay personas sobre el planeta para contarlo. Porque trasladarse comienza siempre por un acto verbal, una narración sobre un lugar distinto del conocido (cuántos cuentos infantiles empiezan “en un lejano país...”) que invita, por su diferencia y/o riquezas, a soñar. En el pasado, la mayoría de la gente se contentaba con escuchar o leer sobre lejanos países. Sólo una relativamente pequeña proporción de los habitantes del globo se atrevían a hacer sus maletas y partir en busca de un mundo mejor. Porque partir –en barco, en tren- significaba la mayor parte de las veces un adiós definitivo al lugar de origen. Era muy difícil volver a atravesar el océano para visitar los parientes, los amigos. Emigraban sobre todo los que ya no tenían nada que perder. Viajaban por placer los muy ricos.

                       Es a partir de la invención del avión y, sobre todo, de la creación y proliferación de líneas aéreas de pasajeros, que empieza una circulación masiva de gente a escala planetaria. La clase media que, por definición,  es o debería ser el sustrato mayoritario de una sociedad, la que da la norma a esa sociedad, empieza a desplazarse.

                       El límite del viaje ya no es la distancia sino el dinero. Viaja quien puede pagarse un pasaje de avión. En las últimas dos décadas los pasajes han ido abaratándose progresivamente –sobre todo en el Norte, por la gran cantidad de oferta-. La clase media europea (y una minoritaria clase alta latinoamericana) elige destinos exóticos para sus vacaciones.

                       En Latinoamérica una clase media empobrecida a causa de los ajustes estructurales impuestos por el neoliberalismo, aplicado a rajatabla- empieza a desplazarse hacia el Norte (Europa, Estados Unidos) en busca de la vida mejor de la que tanto ha oído hablar. Juntar dinero para el pasaje es difícil pero no imposible, sobre todo si en pos del sueño colabora toda la familia. Además partir se hace más fácil porque –al menos en teoría- es más fácil volver, y volver con los bolsillos llenos.

                       A partir de los años noventa, de Colombia, de Ecuador, de Perú, de Chile... vienen a trabajar a los países del Norte en su mayoría mujeres solas (como a principios de siglo solían ir a América hombres solos para hacer dinero y después mandar llamar a la familia).  Corajudas, acostumbradas a trabajar duro para mantener a la familia, se vienen ilusionadas de hacer una pequeña fortuna porque les han dicho que el trabajo doméstico aquí se paga muy bien. La idea de la mayoría es juntar dinero para volverse y vivir mejor allá, una años de sacrificio y después..., una especie de nomadismo moderno, trasladarse temporalmente hacia donde las condiciones de vida son mejores.

                       Pero no cuentan las mujeres migrantes con que –salvo raras excepciones- van a ser ilegales en los países del Norte. Es decir que van a estar en la tierra privilegiada, pero sin derecho a ningún privilegio. Sin acceso a la seguridad social, a la educación (para ellas o para sus hijos, si han venido también), a un trabajo legal, excesivamente dependientes de los trabajos en negro que puedan conseguir (limpiar, cuidar niños, también prostituirse) y del dinero que con ellos puedan ganar, sin derecho a enfermarse, con el temor constante de que las pesquen y las envíen de regreso a su país.

Hoy en día residir en un país de la Unión Europea sin los documentos que autoricen a la persona a hacerlo, es considerado delito y, como tal, penado por la ley, con la prisión o la expulsión. Pero, aún sin llegar tan lejos, las ilusionadas migrantes ignoran que, en la sociedad europea, van a desempeñar el triste rol de la invisibilidad: los “sin papeles” no existen, carentes de documentos, de palabras que los designen, no hay cómo nombrarlos, no hay por qué nombrarlos en la esfera pública, en el espacio político europeo –esencialmente masculino y blanco-, donde no tienen la más mínima cabida puesto que no son siquiera ciudadanas. E pur si muove. Y, sin embargo, se mueven, hacen, actúan... en un mundo subterráneo, con sus propias redes de solidaridad, su vida social, aunque –admitámoslo- a menudo triste y solo.

                       Porque tampoco cuentan las mujeres migrantes con que trasladarse, cambiar de país, por más que sea temporario y sólo para ganar dinero, no es neutro, implica el encuentro, el choque, entre el mundo de una y el mundo de los países del norte. La vida, la cultura, la lengua, todo es diferente y una no puede permanecer impermeable ante semejante cambio de entorno.

                       La contradicción entre los dos factores, la necesidad de integrarse en la cultura en que una está viviendo y la imposibilidad o dificultad inmensa de hacerlo dadas las condiciones ilegales, lleva a las migrantes a situaciones límite, por lo que muchas acuden a la asistencia social o a la terapia psicológica. Estas ayudas, aunque positivas, son limitadas, pues es la condición misma de ilegalidad la que impide a menudo la realización de las soluciones.

                       Abramos, sin embargo, una ventana en este panorama tan oscuro. Creemos que el conocimiento es el primer paso en la búsqueda de soluciones. Es el discurso de las propias mujeres migrantes el que va a guiarnos, pues ellas, por su condición de ciudadanas migrantes en situación irregular, están ubicadas en los márgenes de las estructuras del capitalismo, con una posición privilegiada para lanzar –a través de sus contradiscursos- críticas a los procesos de modernización y globalización de la economía. Una conscientización de la propia situación, la posibilidad de hablar de ella, por parte de las mujeres migrantes, la visibilización y sensibilización al fenómeno migratorio, por parte de la sociedad europea, una mayor comprensión de esta realidad social por parte de todos los actores implicados (la gente y los gobiernos del norte y del sur), permitirán crear las vías para hallar soluciones a nivel individual y, sobre todo, global. Este proyecto pretende ser modestamente una ventanita.

 

Cómo surgió este proyecto

 

Un grupo de mujeres “ilegalizadas” expresó la necesidad de trabajar sobre la propia identidad y les propusimos una serie de talleres titulados “Género, identidad y migración”. Por qué ese nombre? El pedido de las mujeres era claro: “No sabemos quiénes somos”. La respuesta, compleja. Pensamos que la identidad de la mujer migrante está intrínsicamnte vinculada con:

-el proceso de migración, o sea la decisión y el viaje por los que una persona deja su propio país y se instala en otro, con todos los cambios que ello implica,

-una historia migratoria en el propio país y que a menudo se remonta una o dos generaciones atrás,

-el género, es decir las diferenciaciones sexuales que la sociedad determina.

La mujer latinoamericana tiene un rol más o menos claro en su sociedad de pertenencia, un rol que se ha ido construyendo históricamente a partir de la conquista y el mestizaje. Este papel (lo que la sociedad supone que debe hacer y debe ser una mujer) es distinto en la sociedad de acogida (Bélgica, Europa). La migración implica una adaptación desde el punto de vista del género.

Migrar no es entonces simplemente cambiar de país, sino resituarse frente a la sociedad: ¿quién era yo antes? ¿quién soy yo ahora, en este país nuevo? Esta problemática se intensifica cuando se trata de migrantes ilegales, pues sus libertades (de movimiento, de estudio, de trabajo...) se ven restringidas, con la consecuente frustración que ello implica.

Los talleres entonces se propusieron crear un espacio de expresión para las mujeres migrantes, recuperando lo más esencial, lo más propio, lo que nadie puede quitarnos, el equipaje que siempre llevamos a cuestas: nuestros cuerpos y nuestras historias. Y los cuerpos y las historias se explayaron, e hilvanando discursos las mujeres intentaron elaborar un proyecto de vida.

Por diversas circunstancias esos primeros talleres no se sistematizaron, pero tiempo después el grupo Anacaona presentó al Ministerio de Trabajo e Igualdad de Oportunidades de Bélgica, el proyecto “Trabajo doméstico y mujer migrante latinoamericana”, que para nuestra sorpresa y alegría fue aprobado en octubre de 1997. Desde entonces y durante todo el año 1998 realizamos este estudio, basándonos en el mismo taller. Es decir, que toda la información de la que dispusimos para la investigación, la recogimos en los talleres.

Este método de trabajo puede ser discutible. El discurso de las participantes (41, en total), al hablar de sus propias vidas y las de sus familias, recreando su origen y genealogía, es inevitable y enriquecedoramente subjetivo y emocional. Lo que no impide, sin embargo, que el análisis de esos discursos haya sido racional y sistemático. Creemos además que no es posible separar tajantemente lo emocional  de lo racional puesto que son dos aspectos que conviven interrelacionados en cada persona. Así, la decisión de migrar conlleva elementos racionales, mensurables –una realidad económica difícil- y emocionales, en cierta medida inconscientes –qué hace que ante una misma situación, una persona elija migrar y otra quedarse?-. Es por eso que es muy importante recuperar el discurso de las mujeres TAL COMO FUE DICHO. A diferencia de las encuestas, que inevitablemente guían las respuestas del encuestado, este método tiene la ventaja de tomar a la persona en totalidad, por supuesto, en la medida en que es posible hacerlo.

En un primer momento, las capacitadoras realizamos para nosotras mismas el taller con el fin de integrar en el estudio nuestra propia trayectoria migratoria y nuestra subjetividad de género como instrumentos metodológicos y políticos. Luego se realizaron los talleres, en grupos de dos, tres y hasta seis personas.

A través de juegos corporales y vocales y, sobre todo, a través de los relatos, el silencio y el encierro en que viven/vivimos las mujeres migrantes dio paso a la expresión y a la apertura; pudimos ponerle palabras al silencio. Los relatos permitieron además proyectarse hacia el futuro e imaginarse un proyecto de vida.

Algunas participantes en los talleres decidieron también incorporarse al trabajo y aportaron cada una sus talentos. Así, algunas crearon animaciones para sensibilizar al público belga al fenómeno migratorio, y otra de ellas realizó unas hermosas fotografías sobre los rostros de la migración, que se usaron en animaciones, exposiciones y afiches;

Creemos que la mayor riqueza de este trabajo es la presencia de muchas voces y la recuperación de muchos saberes de mujeres migrantes, casi siempre invisibles y desvalorizados por ellas mismas.

                      

 

Género, identidad y migración. Un proyecto para las mujeres migrantes en Bélgica

 

Las reflexiones de esta investigación acción se sitúan en cuatro niveles. El primero intenta buscar explicaciones al fenómeno actual de la migración internacional de mujeres; el segundo ofrece propuestas con respecto al origen de la fami­lia de las mujeres migrantes, encontrando indicios de una explica­ción del por qué las mujeres migran actualmente.  No nos hemos apoyado en teorías hechas de organismos internacio­nales sobre la actual migración porque queremos buscar otros caminos dentro de la lógica migratoria de las mujeres latinoa­mericanas.  El tercer nivel analiza esa relación vieja y siempre nueva entre la patrona y la empleada, partiendo, por supuesto, de la perspectiva de la inserción en el trabajo de "femme de menáge"[1] en Bélgica y el cuarto constituye, a manera de conclusión, una ojeada sobre la evolución que se dio en las mujeres luego de su migra­ción.

 

1.                ¿Quiénes son las mujeres migrantes?

 

                       "Vea... le voy a decir lo que me hace falta... lo que me falta es esa magia de todos los días para hacer las cosas.  Por ejemplo, para cocinar.  Allá la gente se da tiempo para hacer todo. Yo recuerdo a mi mamá cómo entraba en la cocina.  Parece que le hablaba a todo.  A los muebles, a las ollas, a toda la comida que iba preparando.  Pues ella tenía su tiempo para hacer las cosas de la casa.  Como mi papá trabajaba, ella se quedaba en casa.  Si viera cómo mi mamá hacía .  Todo lo hacía con una finura que usted no puede imaginarse.  Las cebollas, las hierbas, pues, el cilantro, el perejil... todo lo hacía fino.  Y la casa quedaba llena de aromas.  Parece que huelo hasta ahora. [...]."

                       "Pues, cuando empecé a trabajar, alguien me habló de Bélgi­ca.  Me dijo que podría venir y ganar bastante dinero.  Eso para mí era como un sueño. Imaginaba todo lo que podía hacer."

 

                       Así relató una mujer latinoamericana su sentimiento de nos­talgia y desarraigo frente a la migración.  Trabaja como empleada doméstica en la casa de una familia belga desde hace muchos años. Aseveró que está temporalmente en Bélgica. ¿Pero podríamos considerar como temporal a una estadía de más de ocho años?

                       Ella y muchas otras nos enfrentaron a esa nueva oleada migra­toria que constituye hoy la migración internacio­nal de mujeres en busca de traba­jo domést­ico.  Esta migración comenzó a finales de los  años setenta, pero se realizó silencio­sa­mente sin que ningún estudioso ni los movimientos feministas hubiesen repa­rado en ella.

                       La llegada de los años noventa trajo aparejada la brutalidad eco­nóm­ica del neolibe­ralismo, cuyos intentos de reactivación económica y modernización de los Estados latinoamericanos, no sólo no han logrado frenar el aumento de la pobreza y de la pobreza extre­ma, sino que, al imponer la reducción del gasto social, han provocado que las familias de esos países se reacomoden frente a la crisis, buscando alter­nativas como la migra­ción inter­nacio­nal, en tanto que estra­tegia de sobreviven­cia. Sin embargo, estos nuevos movimientos migra­torios, se caracteriza por estar liderados por mujeres jefas de hogar.

                       Tratándose de un fenómeno de actualidad, las mujeres latinoa­mericanas congregadas en la asocia­ción Anacaona[2], nos intere­samos por esta situación, con el fin de partir de nues­tra propia experiencia y tratar de entender la nueva lógica de los proce­sos migratorios, en los cuales se cruzan aspectos econó­micos y políticos, sociales y psicológi­cos, antropológi­cos y etnológi­cos.

                       Sin pretender abarcar todas estas áreas, realiza­mos una investigación-acción-educación sobre esta problemáti­ca, en la cual mostramos aspec­tos relevan­tes sobre la trayecto­ria migra­toria de 41 mujeres que trabajan en el servicio doméstico en Bruselas, y que viven en situación irregular -sin estatuto jurídico que les permita instalarse legalmente en Bélgica- desde hace más de cinco años. Estas mujeres proceden de Ecua­dor, Colombia, Perú y Chile.

                       En el taller "Género, identidad y migración", base de nuestra investigación, nos propusimos com­pren­der:

1.                ¿quiénes son las mujeres que migran? Causas y lógicas de la migración internacional de mujeres y sus estra­tegias de supervivencia, antes y durante el proceso migratorio;

2.                                 el encuentro viejo, pero siempre inédito, de dos mujeres que provenientes de mundos diferentes se buscan por nece­sidades distintas pero convergentes, estableciéndose la relación patrona blanca/empleada doméstica del Tercer Mun­do. Con lo cu­al, el tra­bajo de la inmigrante clandesti­na y sin papeles se convierte en la metáfora del trabajo doméstico, siempre invisible pero indispensable para el mantenimiento de la vida.

 

                       Sus historias y genealogías nos mostraron que las mujeres clandestinas, sin pape­les, ilegales, indocumentadas, son originarias de ciuda­des gran­des o de regiones urbanizadas de América Latina. Todas tienen un buen nivel de estudios, proce­den de secto­res medios y tienen entre 20 y 30 y 30 y 50 años. Las más jóvenes migra­ron para encontrar una fuente de traba­jo y miti­gar la economía precaria de sus familias. Las otras -entre 30 y 50- (el 40% de una muestra de 41) para asombro nuestro, son, en su mayoría, casadas, cuyos hijos y maridos se quedaron en América Latina. Ellas también migraron en busca de alterna­tivas econó­micas para aliviar el auge del desempleo y "poder enviar algo de di­nero a la familia para educar a los hijos".  Muchas perma­necen solas en Bélgi­ca, con el dolor que esa situación implica; otras invitaron a sus maridos e hijos para que vinie­sen a este país.

                       Su infancia estuvo marcada por el trabajo temprano, la responsabi­lidad frente a la fami­lia, la presencia de una figura mater­na res­ponsable de lo cotidiano y soporte económico para el con­junto de la unidad doméstica, contrapuesta a la ausencia casi perpetua del padre. Si éste estaba presente, en muchos casos, lo describen como alcohóli­co, violento, irres­ponsable e incapaz de expresar afecto.  Las mujeres nos en­señaron, que en lugar del padre y de la madre, había muchas ve­ces la pre­sencia benéfica de una abuela, una tía o una vecina.  En todo caso siempre fue (o es) una mujer quien sustituye a la madre en mil y una circuns­tan­cias. Escu­chemos lo que nos dijo una de ellas:

                       "Vengo de una familia de siete hermanos. Soy la mayor de todos y siempre estuve obligada a ser responsable de las tareas de la casa.  Desde que era guagüita tuve que cuidar a mis herma­nos. Ayudar en la cocina. Tenía que limpiar la casa.  Igual hacía con mamita. [...] Cuando mi mamita no estaba era siempre una hermana soltera que se quedaba con nosotros.  Sino, solitos estábamos."

                       Estas mujeres migraron por su propia voluntad y no llega­ron a Bélgica a través de grupos mafiosos.[3][N1]  Fueron invitadas por amigas o conocidas que les mostraron las ventajas de "trabajar en Europa", las mismas fueron las que las recibieron al inicio de su viaje e intro­duje­ron en el mercado laboral belga.

                       En todo caso, para salir de sus países utilizaron tres alter­nativas:

 

1.                El 72% de estas mujeres utilizaron el denominado “de boca en boca ”, esto es: realizaron el viaje porque un amigo o un pariente (en general, otra mujer) las invitó a viajar a Bélgica para traba­jar, haciéndolas soñar con un buen trabajo y buenos ingre­sos.

2.                Las mujeres jóvenes que llegaron con un estatuto temporal: de niñera (baby-sitter) (23%) o estudiante (2%), que luego de termi­nado su permiso de residencia, se quedaron en Bélgi­ca, sin ninguna protección jurídica.

3.                                 Aquellas que migraron en compañía de un europeo (3%) que conocieron por azar en su país.  En este caso, en nues­tro estudio, comprobamos que cuando llegaron a Europa, el hombre olvidó su intención de matrimonio y la mujer se quedó en la calle sin ninguna protección.

4.                                  

                       En general, su proyecto fue una decisión colectiva -tomada en familia- para contrarrestar los efectos nefastos de la situa­ción económica de sus países. Para viajar, tuvieron que endeu­darse, hipotecar casas o terrenos, vender bienes o buscar el apoyo de toda la familia. A cambio, ellas tendrían que enviar regularmente remesas de dinero para cubrir los gastos del viaje.

 

2)                                ¿Es lo económico el único motivo de migración?

 

Cuando hurgamos en sus historias nos encon­tra­mos con  que no son sólo los aspectos económicos los que las inci­taron a tomar el camino de la migración. Comprobamos, a través de sus testimonios que la mayor parte de estas muje­res era responsa­ble de hogar, era la hija mayor (o menor), provenía de familias amplia­das donde predomina la unión libre, con jefatu­ra femenina, aunque el nombre, es decir la nomenclatura de los hijos la daba (y la da) el padre.  En la historia de su fami­lia había ya una historia de migración.

                       Otras inves­tigaciones y nuestras reflexio­nes, aunque un tanto azaro­sas, nos han lleva­do a comprobar que la migra­ción inter­na­cional de mujeres no es un fenómeno tan nuevo como se cree. Simplemente, hoy existe una serie de circunstan­cias -como las crisis econó­micas y políti­cas del conjunto del conti­nente, desde hace varias décadas- que han facilitado la búsqueda de alternativas. Por eso hemos esbozado algunas pistas de reflexión para intentar comprender el actual fenómeno migratorio.

 

1.                Esta migración es la respuesta a la migración original de sus familias de origen.  Aunque las mujeres proce­den de diferentes países, con las dife­rencias que existen entre ellos, sin embargo el fenómeno migrato­rio del campo a la ciudad no es nuevo, pues según sus historias y genea­logías, sus bisabuelos, abuelos y padres migraron de sectores rurales a urbanos desde los años 30.  En realid­ad, fue la respu­esta a los procesos de descompo­sición del ámbito rural [y el fracaso de las reformas agrarias en la mayor parte de los países Latinoamericanos] que en las décadas pasadas origi­naron ya los primeros despla­zamientos del campo a la ciudad.  Por lo tanto, el camino de la migra­ción interna­ci­onal estaba preparado para que estas muje­res, que ya agotaron todo tipo de búsqueda en sus países de ori­gen, se lancen a conquistar un espa­cio nuevo: el inter­nacio­nal.

2.                Según va­rios est­udi­os, la mi­gra­ción de mu­je­res en América Latina es vieja como la Conquista.  Al inicio mismo de la ocupación española, las mujeres indias, mestizas y blancas pobres  migraron de un país a otro siguiendo a sus mari­dos, amantes (y/o patrones).  Ellas se ocupaban de la limpieza, cuidado de niños, de la cocina, del lavado de ropa... Esta situación era bastante generaliza­da tanto en los Andes, como México y el Cono Sur[4]. Igualmente el trabajo de las mujeres latinoamericanas no es tampoco un fenómeno nuevo.  Según varios investiga­dores las mujeres de los sectores empobrecidos, tanto de las áreas urbanas como rurales, han traba­jado desde siempre produciendo con sus ventas en el merca­do, como sir­vientas, costureras[5], ayudando de esta manera al sostenimiento de su familia y de ellas mismas, y al ofrecer estos servicios se convertían en un elemento indispensable de la economía local. Esta situación ha traído apare­jado el fenó­meno de las mujeres jefas de hogar y el nacimiento de muchos hijos ilegí­timos, lo cual consti­tuye la base de las familias monoparentales dirigidas por mujeres desde los siglos anteriores.[6]

3.                El hecho de que sean mujeres las que migran, nos puso sobre la pista de que en la historia de América Latina hubo -y continúa habiendo- un gran porcentaje de mujeres responsables de la familia, producto de la histo­ria misma del conti­nente, que ha hecho que se crearan familias cen­tra­das en las figuras femeninas.  Desde hace muchas déca­das, en las familias urbanas y rurales empobrecidas, es fácil encon­trar al padre ausente. Éste partió como migran­te, tiene dos o tres hogares o simplemente renunció a sus responsa­bilid­ades y delegó la asunción del hogar a la mujer.

                       Recordemos que la conquista de América fue una hazaña de hombres solos. El conquistador llegaba, amaba o violaba, y la mujer se quedaba sola responsable de toda su prole para educar y mantener.  A lo mejor ¿los primeros modelos de funcionamiento se enraízan en la conquis­ta? Tal como lo dice Montecino "las circunstancias experimentadas por nuestros pueblos condujeron a una gama de situaciones que se sintetizan en la formación de una identidad en donde el abandono, la ilegitimidad y la presencia de lo maternal femenino componen una trama de hondas huellas en el imagi­nario social.  Los perfiles de la mujer sola; del hijo procreado en la fugacidad de las relaciones entre indíge­nas o mestizas con hombres europeos, del niño huacho arrojado a una estructura que privilegia la filiación legítima de la descendencia; de la madre como fuente del origen social, surgen como ademanes reiterados en el devenir del territorio"[7].

 

                       La familia urbana empobrecida, de los países de nuestro estudio, gira en torno a la madre o la mujer que hace las veces de madre. Ella ha sido, ances­tralmente, la gestora de las estrategias de sobrevi­vencia y ha estado siempre frente a la lógica del rebus­que. Ergo, esta nueva migración no es más que un eslabón en la cadena de responsabi­lidades de las muje­res empobrecidas.  Si las estrategias que desar­rollaron, en sus países, no bastaban, ahora la salida es la migración interna­cional.

                       Es importante recordar que las mujeres han adquirido la jefa­tura de familia porque no había -y no hay- otra alternati­va.  Se han visto obligadas a trabajar desde siempre para cubrir sus propias necesidades y las de sus hijos.  La presen­cia femenina y la ausencia masculina se articulan en la vida de nuestras migrantes dando origen a identidades genéricas marca­das por una familia cuyo eje afectivo y económico, era (y sigue siendo) la figura materna y como contrapartida las masculina ausente. Entonces, dadas estas circunstancias nuestras mujeres asumie­ron de forma precoz la responsabi­lidad de las tareas de la casa: cuidar a hermanos menores, cocinar, limpi­ar y en muchas ocasiones ayudar a la madre en trabajos de orden reproductivo:

                       "Pues vea, yo estoy acostumbrada a trabajar desde muy chiquit­a.  Ibamos a la escuela y volvíamos a la casa a ayudar y a hacer de todo...  Mi mamita tenía un puesto de frutas cerca de la puerta de la casa.  Viera cómo vendía.  Allí mismo tra­bajábamos mis hermanitos y yo".

                       "Mi historia es trabajar y trabajar.  Desde que me acuer­do.  Escuela y después a trabajar.  Y llegar a la casa y ver a mi papá pegar a mi mamá, gritar y después ir nueva­mente a la calle en busca de más alcohol.

                       Este fenómeno de la jefatura femenina de hogar, que se repite desde hace muchas generaciones en 72%),, corresponde a un rasgo de carácter estructural.  En éste se fusiona tanto lo estructural-económico como lo cultural-psi­cológico, que va a la par con la irresponsabilidad y abandono del hombre -también estructural- creando modelos de funciona­miento donde no existe la pareja parental (¿????) y por ende ni diálo­go, ni cooper­ación mutua, aun peor responsabilidades compartidas.  En estas mujeres [y en muchas otras también] se produjo un ciclo de inevitables [e infini­tas] repeti­ciones porque introyectaron un modelo de funciona­miento donde la mujer como sexo es la que pare, recibe aman­tes, procura placer al hombre y como género, es la madre que vela por el buen funcionamiento del hogar, mientras tanto, el hombre parte en busca de nuevas correrías, y por qué no, de nuevas mujeres si la ocasión se le presentara.

                       Puesto que esta migración se inicia como tabla de salvación para resolver la situación crítica de sus hogares y se inserta dentro de la lógica familiar: la mujer migra como delegada de la familia (de los padres, hermanos e incluso del marido), con­tinúa así en la lógica femenina iniciada hace generaciones, donde la responsabilidad económica y otras cae en manos de la mujer. Ella llega a Europa, busca un trabajo -en nuestro caso- de limpieza, trae a sus hijos y se crea una familia monoparen­tal, donde solo la figura femenina es la responsable absoluta del manejo del hogar

                       Pero también podríamos preguntarnos si esta migración no constituye una estrategia de género que permite que las muje­res busquen su emancipación.  No obstante, podemos encontrar aspectos paradójicos, porque debido al envío de divisas a la familia, al hecho de ser la única res­ponsable de hogar en Europa, podríamos compro­bar que la fami­lia (padres, marido, hermanos) de la mujer migrante se apropia del salario, siendo así explotada en varios niveles:

-                    como mujer que continúa a realizar la reproducción diaria, como madre, esposa e hija; y como fuente de ingresos regulares para abastecer a los que quedaron al otro lado del mar y velar ella misma por sus necesi­dades;

-                    como mujer, procedente de un país del Sur, que llega a realizar tareas humillantes en una sociedad rica, donde se convierte en sujeto de explotación por parte de empleado­res u otros.

 

3)                                El trabajo, el aporte económico de las migrantes y las patronas

 

En la tercera parte de nuestro estudio recogimos una serie de reflexiones sobre la situación laboral de las domésticas, su aporte a las economías de los países desarrollados y su vínculo con las patronas.

                       Recordemos que el concepto sirvienta[8] es "la denominación de un estatuto político. Las sirvientas son entes infe­riores, ajenas a las leyes que regulan el trabajo; ajenas al contrato: son quienes sirven en condiciones de subalternas frente a los otros[9].  Lagarde las llama madres-siervas porque en ellas hay dos hechos nega­dos: son madres de los otros, por sus funciones y siervas por el tipo de relación política que se establece como servidumbre asalariada. Enton­ces la condición de inferio­ridad es doble: de género y de clase, es decir, de mujer y trabajadora.

                       En todo caso, la sirviente, la empleada, la "femme de menáge" son mujeres que se definen históricamente por ofrecer sus servicios a personas de clases acomodadas.  Cuando habla­mos de ellas, hay  que recordar que íntimamente ligado a su estatuto está el trabajo cotidiano, monótono y repetitivo.

                       "Se busca empleada todo oficio: cuidar niños de dos a seis años.  Lim­piar la casa, lavar, planchar.  Ayudar en el jardín.  Buena remuneración por hora". Éste es uno de los innumerables anun­cios que se encuentran en los periódicos belgas con el fin de reclutar a la "femme de menáge" que limpiará una casa, prepa­ra­rá los alimentos, cuida­rá de los hijos de la patrona y que será, en muchos casos, la confiden­te y "rompe monotonía" de la señora de la casa:

                       "Yo encontré el trabajo por amigas. Pero ellas me decían que encontraron, al principio, anuncios en los periódicos. Eso ahora es más difícil."

                       "Algunas limpiezas las encontré por el periódico. Eso me ha funcionado bien. Así yo no hago saber a nadie de dónde me saqué mis trabajitos."

                       "Encontrar un trabajo es difícil ahora. Pero yo lo busco a veces por los anuncios. A veces funciona, a veces no. Lo que pasa es que con los anuncios a veces se puede topar una con sorpresas, como que le dan más trabajo del anunciado.  Eso no es agradable y uno por las circunstancias está obligada a callarse y hacer de mula."

                       Limpiar, frotar, aspirar, planchar, cambiar de sitio los muebles, coser, remendar, zurcir o lavar la ropa de casa (cortinas, sábanas, edredones y "toda la ropa íntima”, según sus decires), cocer los alimentos, preparar fiestas y cumplea­ños, recoger las hojas secas en in­vierno, trabajar el jardín en verano, limpiar las malezas del jardín, regar las plan­tas; además, en la mayor parte de los casos, buscar a los niños en la escuela a las cuatro de la tarde, darles su colación (merienda?) y luego continuar con mil faenas, cuya enumeración es infini­ta como infi­nito es el cansan­cio que sienten estas mujeres.  Esta situación es obvia cuando las escucha­mos:

                       "El trabajo es pesado.  Sí, me canso mucho.  A veces me duele la espalda.  Pero el doctor dice que es solamente del trabajo. Me dieron unos ejercicios para eso.  Ni parece que sir­ven los dichos ejercicios.  Tengo que seguir trabajando, entonces ¿cómo quiere que me pase el dolor?  La cabeza también me duele.  Y cuando me pongo a pensar en mis hijos siento que me duele el pecho.  El doctor dice que es depresión.  No tengo nada en el corazón. ...".

                       Cada semana el trabajo es similar, repetitivo, sin sorpre­sa. En general son contratadas para un determinado tipo de tarea: como limpiar la casa y planchar; pero cada vez hay algo más que hacer, limpiar una ventana, lavar las cortinas del salón, arreglar los armarios, lustrar los zapatos.  Los queha­ceres se multiplican y deben hacerlos en el mismo tiempo porque, en general, no cuentan con horas extras cuando se añade más trabajo. Si hubiera que des­cribir la función de "femme de menáge", espinoso sería el oficio porque descubri­ríamos labo­res invero­símiles que otrora no las hubiésemos imaginado:

                       Es decir que para ganarse la vida, la empleada utiliza una herramienta práctica -el trabajo doméstico- que se basa en una serie de reglas de orden y limpieza [convirtiéndose en símbolo, comprensible solamente a través del lenguaje -que ordena y propone y a través de la práctica, que da sentido], cuyo principal propó­sito es la organización de la reproducción material. Por lo tanto, en lo doméstico-cotidiano no existen definiciones arbitrarias de lo que va a hacerse, sino que todo el ritual se deriva de la función que desempeñan en la vida práctica.

                       Las jornadas de las muje­res de nuestro estudio las ocupan entre ocho y diez (a veces hasta catorce) horas diari­as y son contratadas bajo diferentes esta­tutos: puertas aden­tro o "internas", para el fin de semana o por horas en el 90% de los casos.

                       La mayoría de estas mujeres trabaja un promedio de cua­renta y cinco horas semanales: las internas con un salario fijo de 30.000 francos -sin seguri­dad social[10]- con fines de semana libres, salvo en ocasiones, como en las fiestas famili­ares (navidad, fin de año, cumpleaños), época en que tienen que ayudar a la familia a preparar banquetes de fiesta, sin que esto implique pago extra o alguna gratifi­ca­ción. Es decir, que la patrona la remunera, pero olvida que durante los feria­dos y fines de semana la hora de trabajo cuesta el doble de lo que se paga en la sema­na. Ade­más, durante las vacaciones, esta mujer no recibe salario porque supuestamente "no trabaja" ya que sus patrones se encuentran ausentes.

                       Las mujeres que trabajan por horas reali­zan múltiples tareas en pocas horas, tienen que despla­zar­se de una casa a otra, ya que en la mayor parte de los casos, traba­jan en dos, a veces hasta en tres, o más, casas por día.  Este ajetreo implica organizar la tarea rápi­da­mente, arreglar­se para el desplazamiento, es­truc­turar el tiempo para terminar eficazmen­te en el uno y comenzar a tiempo en el otro.

                       Muchas de las muje­res com­pletan su traba­jo por horas con los "jobs de week-end" con el fin de re­don­dear sus ingresos.  Comienzan el viernes entre las seis y las ocho de la noche y terminan el lunes entre las seis u ocho de la mañana.  Éste es, en gene­ral, servi­cio a personas ancianas a quienes las familias dejan solas durante el fin de semana.  Buscan muje­res, en muchísi­mos casos extran­jeras, para que hagan de damas de compañía, más los otros traba­jitos de casa: es decir, cocinar para la seño­ra, charlar y acompañar­la; limpiar, orde­nar, arreglar el jardín, vigilar que tome sus medicamentos -pues de viejitas se trata-.  Si la dama estu­viese enfer­ma, la mujer deberá perma­necer vigilante duran­te la noche y dormir en la habita­ción de la señora para preve­nir acciden­tes o cual­quiera otra molestia propia de las perso­nas de edad.

                       La mayoría señaló estar bien remunerada, con horas pagadas de 250 a 350 francos belgas. Está sobreentendido que estos costes no consi­deran la seguridad social, pensión de vejez, subsidios famili­ares para los niños, accidentes de trabajo y vacaciones paga­das. De cualquier manera sus ingresos pueden situar­se entre treinta y cincu­en­ta y cinco mil francos por mes, lo que indica, según la hora/de trabajo (entre 250 y 350) que estas mujeres trabajan entre cuarenta y cin­cuenta, en algunos casos hasta sesenta o setenta horas semanales.  Por lo tanto, care­cen de días de descanso, convirtiéndose en "muje­res-doble­men­te-invisi­bles-para producir", porque después de su trabajo tienen que continuar con los quehaceres de su hogar; las que tienen hijos deben, además, apoyarlos en las tareas escola­res.  Llegan a sus casas entre las seis y siete de la noche, lo que muestra que apenas tienen tiempo para reposar y recomenzar al día siguiente:

                       "Qué le digo si le cuento de todas las casas que he visto.  Es interminable la tarea. En­trar a las ocho de la mañana y empe­zar a lim­piar rincón por rincón.  Limpiar todo.