LA ECONOMÍA DESDE EL FEMINISMO: TRABAJOS Y CUIDADOS*

 

Amaia Pérez Orozco

Sira del Río

noviembre 2002

 

* Publicado en la revista Rescoldos, de la Asociación Cultural Candela,

en el número dedicado a "Mujeres".

 

El discurso económico y la comprensión general de la economía están

plagados de sesgos reflejo de actuales relaciones de poder. Lo que

entendemos por economía, lo que vemos como hechos o problemas económicos

y, por tanto, las políticas económicas que se proponen, no son verdades

objetivas ni son el total dibujo de la realidad. Decir esto no es nuevo.

El marxismo desveló hace ya tiempo los sesgos de clase de las

concepciones liberales y neoliberales de la economía. Entender el mundo

de una manera distinta a la hegemónica es un proceso de resistencia

crucial. El/los (neo)marxismo(s) siguen en pie. Nuevas corrientes de

pensamiento económico rebeldes surgen: La economía ecológica, que

intenta devolver al sistema económico a su sitio, la economía como

subsistema del sistema ecológico global y no los recursos naturales como

un elemento más dentro de nuestro análisis de costes y beneficios, de

ofertas y demandas. Concepciones alternativas del desarrollo que rompen

con las visiones etnocéntricas de desarrollo como crecimiento del PIB

(producto interior bruto) e industrialización; frente a la imposición

global de un modelo único a seguir, fomentar la capacidad local de

decisión de los caminos a recorrer o los lugares en los que

instalarse... Nuevas visiones del mundo, de lo económico, con o sin

etiquetas, que se rebelan contra mundos opresivos y contra las formas de

entenderlos. Y, desde el feminismo, también surge la disidencia. Estamos

creando otra forma de ver la realidad y afirmamos que, si no se nos

escucha igual que nosotras escuchamos, esos otros mundos por los que

peleamos no son tan/verdaderamente posibles.

 

En este texto, nuestra intención no es más que colaborar en el actual

debate sobre la economía y el feminismo: qué tiene que ver el sistema

económico con las mujeres, qué cosas nuevas se están diciendo desde el

feminismo, comentar algunos de los puntos de mayor discusión. Y,

partiendo de ahí, extendernos en uno de los temas que consideramos

cruciales actualmente, la que denominamos crisis de los cuidados. Crisis

que creemos es un grave problema que afecta al conjunto de la sociedad,

pero en el que el feminismo ha de tener una voz protagonista.

Pretendemos, por tanto, exponeros algunas ideas, algunas discusiones,

tanto a nivel práctico -lo que está ocurriendo en el estado español-

como a nivel teórico y, si es posible, animar a quién aún no esté

animada a sentirse implicada y protagonista en el debate económico, eso

que aún hoy a veces nos suena tan ajeno, tan a cifras incomprensibles

-tipos de interés, PNB, inflación, déficit...- o tan limitado al mundo

sindical.

 

Decir que trabajo no es sólo trabajo asalariado, así, simplemente,

parece una obviedad o un mensaje demasiado manido y ya sin fuerza. Sin

embargo, creemos que tiene un potencial transformador no sólo

desaprovechado, sino, a veces deliberadamente, negado. Decir que trabajo

es mucho más que trabajo asalariado desde un posicionamiento feminista

implica hablar de invisibilización de trabajos de las mujeres,

invisibilización de las mujeres mismas, apropiación de sus experiencias,

negación de la complejidad de sus vivencias de subordinación y

resistencia y negación de sus diferencias, infravaloración de la

responsabilidad de los mercados en la re-creación de jerarquías

sociales... e implica seguir dirigiendo nuestra atención a un proceso de

acumulación, en lugar de ponernos a nosotras mismas, nuestras

necesidades y deseos en el centro de mira (1).

 

1. EMPEZANDO POR DISCUTIR LOS TRABAJOS

 

Así que, ¿por qué no? Empecemos por ahí, por decir que trabajo es mucho

más que trabajo asalariado. Al fin y al cabo, es sólo una excusa, como

muchas otras, para debatir tantas cosas... Si hablamos de una idea más

amplia de trabajo, probablemente a mucha gente nos asaltará

inmediatamente la imagen del trabajo doméstico. Y, efectivamente, la

reivindicación del trabajo doméstico como trabajo fue una de las

primeras ideas que dieron forma a esa intuición de que la subordinación

de las mujeres iba mucho mas allá de la experiencia individual, que

tenia dimensiones materiales junto a las ideológicas (2) y que estaba

enraizada en el día a día mas allá de los lenguajes formales de la ley y

el derecho (3). Existe todo un mundo de actividades humanas fuera del

terreno iluminado de los mercados. Aún no sabemos cómo llamarlas. Cuando

decimos trabajo doméstico nos referimos a aquél que tiene como límites,

más o menos, a los hogares. Y aquí viene otro problema, ¿cómo definimos

los hogares? Hogares, quizás mejor grupo doméstico, como conjunto de

personas que conviven, que comparten estrategias económicas; huyendo del

termino familia por su asociación con la familia nuclear tradicional,

huyendo un poco de algunas de nosotras mismas que durante tanto tiempo

hemos hablado sólo de familia, refiriéndonos a la familia occidental,

blanca, burguesa, heterosexual... creyendo que nombrábamos a todas las

mujeres. En todo caso, grupo doméstico/hogar, como espacio propio del

trabajo doméstico. Y el término trabajo doméstico enfatizando la

componente material de esas actividades gratuitas (limpiar la casa,

hacer la compra y la comida, lavar la ropa...). Frente a esa

"materialidad", se sitúa la idea de trabajos de cuidados, donde

enfatizamos una componente afectiva y relacional, el cuidar de otras/os,

atender sus necesidades personales, materiales e inmateriales (ayudar a

un/a niño/a a hacer la tarea, acompañar a tu pareja al la médico...) y

con límites más amplios que el grupo doméstico (también puedes acompañar

a la médica a tu vecina). Y luego vino el trabajo familiar, en respuesta

a ese complejo mundo de instituciones con las que hay que lidiar -la

escuela, los servicios sociales, la seguridad social, el banco, el

seguro...- y a las que hay que dedicar tanto tiempo (¡los papeleos!) y

esfuerzo mental. Así que, ahora, no sabemos muy bien como nombrarlo:

trabajo doméstico y de cuidados, trabajo familiar doméstico, o

cualquiera de las posibles combinaciones con estos (u otros) términos

(4).

 

En un intento de dotarnos de nuevas palabras con las que referirnos a lo

que, durante mucho tiempo y aún hoy en día en muchos espacios, ha

permanecido en el limbo del no-trabajo, no-producción, no-valor, hemos

llegado a dedicar mucho tiempo a discutir, no ya el adjetivo

(¿doméstico?, ¿familiar?, ¿reproductivo?) sino el sustantivo en si: ¿qué

es trabajo?. Entonces, hay quien diferencia trabajo productivo e

improductivo, quien asegura que la clave es la producción de valor,

quien dice que también cuentan los valores de uso y no sólo de cambio,

quien enfrenta trabajo productivo a reproductivo... Las fronteras entre

trabajo y no-trabajo, económico y no-económico son, como toda frontera,

móviles. A veces, es situada en el hecho mismo de que implique

intercambio monetario, pero es esa misma frontera la que estamos

criticando. Otras veces, la característica del trabajo es que lo pueda

hacer otra persona diferente a quien consume su resultado y, entonces,

establecemos una ruptura insostenible: si cocino durante una hora para

mí y para mi familia, ¿debo decir que he trabajado tres cuartos de hora

(en mi familia somos cuatro)?. Hay quienes aseguran que el límite del

trabajo es que sea una tarea con un sustituto en el mercado y, entonces,

el mercado vuelve a ser el referente central... En definitiva, no hay

conclusiones sólidas. Frente a estos intentos de crear límites nítidos,

hay feministas que afirman que "es más fértil un concepto con límites

ambiguos, pero ajustado a la realidad, que una noción muy precisa del

fenómeno, pero poco útil para el análisis" (2000:5). Sin dar un concepto

ajustado, nos importa llamar trabajo a muchas más cosas, y nos importa

recuperar las actividades invisibilizadas, resaltar las características

de "el otro trabajo / los otros trabajos", nombrar a sus protagonistas,

rechazar los mercados y lo monetario como el eje del análisis, poner en

su lugar el mantenimiento de la vida y el tiempo de vida (¿y/o el tiempo

de trabajo?), hablar de las relaciones de poder envueltas en el reparto

de los trabajos y sus frutos, las riquezas... Pero vayamos por partes.

 

2. CARACTERÍSTICAS DE ESE OTRO TRABAJO E INVISIBILIDAD

 

Volviendo a ese trabajo, ¿cómo llamarlo?, en este texto optamos por el

término trabajo de cuidados. Lo hacemos porque así hablando de trabajo

de cuidados, rompemos con los límites del espacio doméstico y nos

alejamos de la componente más material de los trabajos, para resaltar la

inmaterial (sin excluir el resto) y, en ambos sentidos, rompemos con los

paradigmas existentes (el hogar como único lugar de trabajos propios de

las mujeres y el trabajo como una actividad que se puede delegar, el

trabajo asalariado) (5). Volviendo, otra vez, a él, ¿qué cosas,

normalmente no explicadas, sabemos del trabajo de cuidados? En primer

lugar, es un trabajo mayoritariamente hecho por mujeres, por ejemplo,

por si todavía alguien nos pide algún dato: en el estado español, las

mujeres realizan un trabajo de cuidado de personas mayores equivalente a

dos millones y medio de empleos; para el caso de cuidados a menores,

esta cifra asciende a los casi nueve millones de empleos (Durán, 2001)

(6). En segundo lugar, es un trabajo que se guía por una lógica del

cuidado, es decir, su objetivo directo es la satisfacción de

necesidades. Su participación en este proceso de satisfacción no esta

mediado por ningún objetivo intermedio (contrariamente a los mercados

que satisfacen necesidades, cuando lo hacen, pero porque, en el ínterin,

se producen beneficios). Además, es un trabajo que implica una fuerte

componente afectiva y relacional; no se trata únicamente de prestar un

servicio, sino que se presta un servicio a alguien, se crean redes

sociales, hay emociones implicadas. Esta fuerte componente inmaterial,

hace muy difícil o imposible encontrar un sustituto de mercado para este

trabajo, o para ciertas dimensiones de él. Con todo esto no queremos

decir que el trabajo de cuidados sea un trabajo "hecho por amor". La

retórica del altruismo en el hogar ha servido para maquillar las

relaciones de poder envueltas, lo rutinario de muchas tareas, las

dimensiones de la obligatoriedad y la coacción. Queremos resaltar la

componente afectiva porque queremos desmarcarnos de visiones

materialistas del bienestar, queremos valorar eso "que no se puede

comprar con dinero" (por muy cursi que suene), a la vez que llamamos la

atención sobre los juegos de poder (7). Además de por la componente

afectiva y relacional, es un trabajo que se caracteriza por la

realización de múltiples tareas al mismo tiempo, por una componente de

gestión constante de tiempos y espacios y por la polivalencia de los

conocimientos necesarios. Es un trabajo donde la diferenciación entre

tiempo de vida y tiempo de trabajo es sumamente dificultosa, más aún

cuando se combina con diferentes formas de trabajo remunerado. En todos

estos sentidos, se caracteriza por la transversalidad. Además, el sujeto

protagonista no es individual, sino colectivo. Aunque hablaremos luego

más del protagonismo de las mujeres, mencionemos ya que no son mujeres

individuales, sino las mujeres como colectivo. Mujeres integradas en

diversas redes de cuidados, redes en las que se conectan mujeres de

diversas generaciones, clases, lugares de procedencia... lo cual

implica, también, la operación entre ellas de relaciones de poder. Redes

en torno al tercer sector (8), a las familias extensas, a las familias

transnacionales... Protagonismo de las mujeres, lógica del cuidado,

afectos, transversalidad y redes. Características a las que hemos de

añadir otras cruciales: su gratuidad e invisibilidad (¡que no por

casualidad van juntas!). Pero antes de pasar a hablar algo de ellas, no

podemos olvidar un asunto fundamental.

 

Pasar de decir que trabajo no es sólo trabajo remunerado a hablar de

trabajo doméstico encierra una reducción enorme. Entre los trabajos no

remunerados, hay muchos más que aquello a lo que nos hemos referido. Hay

un trabajo gratuito, no reconocido, de ayuda a los negocios familiares

Hay toda una serie de trabajos comunitarios de múltiples tipos. Desde el

"voluntariado" y las ONGs, hasta proyectos autogestionados de todos los

colores, pasando por la participación en partidos políticos,

asociaciones etc. Ni siquiera el trabajo mas circunscrito al hogar se

limita a las dimensiones apuntadas. En países de la periferia, por

ejemplo, la agricultura de subsistencia es un elemento de importancia

extrema (9). En todos los casos, tampoco queda claro el límite entre los

hogares y el resto de redes comunitarias (10). De nuevo, los límites son

difusos y no tienen ningún sentido fuera de un contexto histórico y

cultural concreto. No queremos caer en la trampa de las visiones duales:

frente a trabajo asalariado, trabajo de cuidados, que tan fácilmente nos

lleva a oponer a un trabajador asalariado con el ama de casa, el mercado

frente a la familia, sin imaginar otras formas colectivas de

organización y esa misma transversalidad de las vivencias. Sin embargo,

estamos centrando nuestra historia en torno al trabajo de cuidados. ¿Por

que? Porque, en nuestro contexto del estado español, es el más

relevante, al menos en términos cuantitativos. Pretendemos que esto se

entienda como una muestra de la parcialidad de todo discurso, incluido,

claro está, el nuestro, como una limitación que se opone a los intentos

de abarcar "la realidad", como una invitación a hablar de todo lo que

aquí no se dice.

 

¿Y por qué aseguramos que otro de los factores definitorios es la

invisibilidad? (11). Pongamos ejemplos. El trabajo de cuidados no es

invisible en términos individuales. Casi todo el mundo (quizás seamos

muy optimistas, dejémoslo en mucha gente) reconocería que el trabajo de

su madre en casa es importante. Pero probablemente no se indignaría

porque su madre no tenga derecho a la seguridad social a raíz de esa

labor tan crucial de haberle amamantado. Es decir, es la significación

social, para el conjunto del sistema socio-económico, la que se

invisibiliza. Tampoco es un trabajo invisible para el OPUS Dei u otros

discursos fundamentalistas católicos. Es más, la figura del ama de casa

se ensalza, pero dentro de unas concepciones sumamente estrictas de lo

que es o debe ser la mujer-mujer. Son las relaciones de poder intra

familiares que generan una transferencia directa de bienestar desde las

mujeres hacia "sus esposos" (hijos, suegros, etc. etc.) las que se

invisibilizan. Ni siquiera en el discurso económico oficial el grupo

doméstico ha sido siempre totalmente invisible. Es más, se enfatizaba el

hogar como paraíso de amor (home, sweet home), donde se satisfacían las

necesidades afectivas que mantenían el equilibrio emocional de los

trabajadores, donde se invertía en o consumían niñas/os (¡!). Pero

siempre dentro de una concepción que establecía unos estrictos límites

(¿cognitivos?, ¿reales?, ¿imaginarios?) entre lo público y lo privado.

En lo público tenían lugar las actividades económicas, la verdadera

producción, el trabajo asalariado de los hombres. Ahí actuaban los

agentes económicos racionales -el homo economicus- que, operando

libremente en los mercados, guiados por el egoísmo y buscando su propio

bienestar, lograban resultados sociales óptimos. La famosa mano

invisible del mercado conseguía transformar los millones de egoísmos

individuales en el máximo bienestar común. El espacio de lo privado, el

de las mujeres, donde brillaba el amor, donde se delegaba la

responsabilidad de traer cada día al mercado a los agentes económicos

racionales lavados y planchados, no era realmente relevante para el

análisis económico. Y así, el homo economicus dejó de llegar al mercado

desde su hogar para nacer espontáneamente en el mercado como si de un

champiñón se tratara (12). Y la verdadera mano invisible, no la del

mercado, sino la de los cuidados (o, como prefieren otras llamarlo, el

corazón invisible), se volvió auténticamente fantasma (13). El conjunto

de la organización social se estructuró con los mercados como epicentro,

y la cotidiana, crucial y difícil responsabilidad de mantener la vida se

delegó, sin un solo gesto de reconocimiento colectivo, a la esfera de lo

gratuito, de lo invisible, del espacio privado de las mujeres (14).

 

3. LOS MERCADOS COMO EPICENTRO DE LA ORGANIZACIÓN SOCIAL

 

¿Qué significa decir que los mercados se sitúan como epicentro de la

organización social? Hablar de los mercados -capitalistas- como centro

de la organización social significa decir muchas, muchísimas cosas: el

dinero como única medida de valor, fomento del individualismo y el

consumismo... Pero destaquemos una de ellas, no tan comúnmente señalada

y que tiene mucho que ver con esos trabajos invisibles de los que

hablábamos. Los mercados capitalistas se rigen por una lógica de

acumulación, por el objetivo único de obtener beneficios, de expandirse.

Situarlos como epicentro implica que todo otro objetivo social se

subordina al de los mercados. Es la lógica de acumulación la que dirige

el funcionamiento social, la que rige las decisiones sobre cómo

estructurar los tiempos, los espacios, las instituciones legales,... el

qué, cuánto y cómo producir: "[...] en la sociedad capitalista no se

produce lo que necesitan las personas -da igual producir medicinas o

bombas con tal de que originen beneficios" (Del Río, 2000). Poner en el

centro la lógica de acumulación hace imposible la existencia de una

autentica responsabilidad social en la reproducción. ¿Qué queremos decir

con esto? Desde el feminismo aseguramos que economía es el proceso de

satisfacción de necesidades, de mantenimiento de la vida. Si la lógica

de acumulación prima, la sostenibilidad social no es una prioridad. Es

una responsabilidad que se delega a los hogares y, dadas las relaciones

de poder existentes en ellos y en el conjunto de la sociedad, a las

mujeres. Ni los mercados, ni el estado, ni los hombres como colectivo

son responsables del mantenimiento último de la vida. Por tanto, son las

mujeres, organizadas en torno a redes, en los hogares más o menos

extensos, las que responden y las que, finalmente, actúan como elemento

de reajuste del sistema económico. Ellas son el colchón del sistema

económico, frente a todos los cambios en el sector publico o privado,

cambios motivados por una lógica de acumulación, ellas reajustan los

trabajos no remunerados para seguir garantizando (¡en la medida de lo

posible!) la satisfacción de necesidades, la vida.

 

Esta centralidad de los mercados opera, claro está, en nuestra manera de

entender la realidad. Las mismas categorías que usamos para comprender

la economía tienen unos claros sesgos mercantiles y androcéntricos.

Usemos el ejemplo de las variables con las que se mide la implicación

económica de una persona, es decir, su trabajo, es decir, su trabajo

asalariado: activa, inactiva, parada, ocupada. El par actividad -

inactividad es otra forma de nombrar al par presencia - ausencia.

¿Durante cuánto tiempo se ha considerado a las mujeres ausentes del

terreno económico? Hasta que empezaron a entrar en el mercado de

trabajo, una ausencia (inactividad) histórica que comenzaba a finalizar.

Pero nosotras nos hemos considerado ausentes hasta que hemos visto que

realmente estábamos presentes, en otra esfera, en la invisible; hasta

que hemos visto que los hombres estaban ausentes en esos trabajos

gratuitos. Hasta que hemos visto que la participación económica es un

continuo juego de presencias y ausencias, simultáneamente y a lo largo

del ciclo vital, en el conjunto de esferas económicas. Así, afirmamos

que el 92% de los hombres en el estado español están ausentes (15),

ausentes del trabajo que tiene como objetivo directo satisfacer

necesidades (16). Estas cifras serían insostenibles, pero no se cuentan.

Así como el dueto actividad - inactividad nos ha pintado largamente como

mayoritariamente ausentes, tampoco ideas como las de ocupación y

desempleo o paro reflejaban nuestras experiencias. La categoría

ocupación, atendiendo sólo al trabajo remunerado formalizado, deja de

lado toda la serie de trabajos remunerados informales, donde las mujeres

son pieza clave (17). Y ya no tanto porque las mujeres sean mayoría en

esta esfera (los datos no son claros, depende de lugares de qué se

considere como trabajo informal...), sino porque hay elementos cruciales

en la comprensión de las relaciones de dominación / subordinación de

género que desaparecen cuando no se atiende a la economía informal.

Fundamentalmente, el trabajo doméstico por cuenta ajena y las

trabajadoras del sexo. Por otra parte, tampoco el paro cuenta nuestras

historias de falta de empleo adecuado: ¿dónde está el subempleo, el

trabajar remuneradamente menos horas de las deseadas?, ¿o desempleo

oculto, quienes, de puro darse contra la pared, ya no "buscan

activamente" empleo, pero estarían deseosas de encontrarlo?, ¿o aquellas

mujeres que quieren y buscan empleo, pero que no están inmediatamente

"disponibles" porque tienen otra responsabilidad encima, por ejemplo,

cuidar a un familiar? Las categorías creadas para medir la participación

económica sólo se preocupan del mercado de trabajo, pero ni siquiera eso

lo hacen reflejando la experiencia femenina. Ahora, con la feminización

del trabajo (18), cada vez reflejan menos las experiencias masculinas, y

por eso empiezan a replanteárselas.

 

También hay quien comienza a replantearse el estado del bienestar en el

sentido de que ya no responde a las necesidades de los ciudadanos (y el

masculino es aposta). Tener todo un sistema de prestaciones públicas que

requieren de previas y continuadas cotizaciones, cuando el empleo es tan

inseguro, tan precario, ya no sirve para garantizar el bienestar social.

Sin embargo, el que nunca ha servido para garantizar el bienestar de las

mujeres, que nunca ha reconocido sus trabajos, que les ha relegado

siempre a derechos derivados y no contributivos, peores en cualidad y

cuantía que los directos y contributivos (los que mayoritariamente

recibían los hombres) y que conllevaban una enorme injerencia en sus

vidas, que el funcionamiento del estado del bienestar era, en ultima

instancia, un lavado de manos que dejaba que la verdadera

responsabilidad en el cuidado de la vida recayera en los trabajos no

valorados -gratuitos- o mal valorados -las mujeres como empleadas del

sector público con cualificaciones no reconocidas... Todo esto no se

incluye en muchas de las críticas a los estados del bienestar (19).

 

4. PATRIARCADO Y CAPITALISMO

 

Pero tanto hablar de trabajos, de esferas económicas, de invisibilidad,

de mujeres, de hombres... ¿Cómo articulamos todo esto en un discurso

coherente? ¿Cómo vamos a utilizar los siempre presentes términos

capitalismo y patriarcado? Efectivamente, mucho del debate en torno, de

una manera u otra, a la economía y el feminismo, ha pretendido aclarar

la relación entre estos dos sistemas. Las propuestas son muchas y las

conclusiones, o los acuerdos, pocos (¿o ninguno?). De manera muy

resumida, y, por tanto, burda, podemos diferenciar a quienes hablan de

un único sistema, de sistemas duales y de sistemas múltiples. Al hablar

de un único sistema, generalmente se considera uno como efecto del otro:

el patriarcado como parte del capitalismo, existe porque es funcional

para el capital, de múltiples y cambiantes maneras (20); o el

capitalismo como resultado del patriarcado (21), o como un tipo de

patriarcado concreto. Otra visión distinta aseguraba que eran dos

sistemas diferentes que se llevaban tan bien, que terminaron por ser uno

solo (22). Sin poder dedicar una atención suficiente, digamos que

numerosos problemas con la concepción de un solo sistema, destacando el

que, en general, finalmente, se privilegiaba al capitalismo y las

relaciones de clase por encima de los conflictos de género, llevaron a

la idea que la realidad se comprendía y nombraba mejor en torno a dos.

Es decir, que eran sistemas diferentes que coexistían, interaccionaban,

a veces con problemas, en general, reforzándose (23). Pero entonces

arreciaron las criticas al feminismo de las mujeres blancas y

occidentales, y se exigió la toma en consideración de otros sistemas. Se

comenzó a hablar de múltiples sistemas. Y en esas estamos, introduciendo

más y más sistemas a medida que vamos siendo coherentes con la

percepción de que las mujeres somos diferentes y vamos constatando la

existencia de más y más formas de diferencia. Sin pretender dar

soluciones, comentemos algunas de las cosas que parece van quedando

claras a medida que sigue el debate.

 

En primer lugar, que ya no queremos una teoría que nos nombre

objetivamente el mundo. No creemos ya en la objetividad, entendida como

la creencia de que hay una verdad indiscutible que hay que descubrir.

Cada cual ve/entiende/nombra el mundo desde su propia situación. Los

instrumentos que utilice para mirar, su localización en los complejos

ejes de dominación y subordinación, sus valores... todo ello tiene una

influencia inevitable en la forma en que vemos "la realidad" (24). ¡Pero

esto no es malo! Saber que nuestras visiones son siempre parciales, nos

permite dialogar, conversar, en lugar de tratar de imponer nuestra

verdad. Y el que las visiones sean siempre parciales, además de que

están sesgadas, significa también que ya no queremos teorizar el mundo

en nombre de los Sistemas Globales. No queremos teorías que nos

expliquen en abstracto los sistemas y que luego podamos aplicarlas a

cualquier tiempo y lugar. Sino que queremos entender cómo funcionan

el/los sistema/s en este lugar, ahora. Cómo opera el "'Patriarcado

Capitalista Blanco' (¿cómo deberíamos llamar a esta escandalosa Cosa?)"

(Haraway, 1995) (25).

 

Por otra parte, la idea de los múltiple sistemas nace de y nos hace ser

conscientes de las diferencias entre mujeres. Y esto, en el terreno

económico, es fundamental, porque no todas tienen la misma relación con

el mercado de trabajo, ni con el trabajo de cuidados, ni el mismo riesgo

de empobrecimiento,... ni siquiera todas están instaladas en la

precariedad -precariedad con respecto a los trabajos, a los ingresos, a

los tiempos de vida..-, aunque la precariedad es hoy uno de los nexos

fundamentales, en sus distintas dimensiones y grados, entre muchas

mujeres. Y si las diferencias entre mujeres siempre han sido un factor

crucial, con el aumento de la inmigración a los países del centro

-nuestro contexto- es, si cabe, todavía más ineludible.

 

Y, por último, la idea de los múltiples sistemas supone un reto clave a

las divisiones económico / no-económico, que tan asociadas han ido a los

pares capitalismo / patriarcado, clase / género, material / cultural

etc. Es decir, nos hace introducir en el análisis económico cosas que

habían permanecido desterradas de él, en el limbo de lo cultural e

ideológico: los cuerpos, las sexualidades, las subjetividades. Las

concepciones de lo económico siempre han operado mediante una clara

exclusión de todos estos factores, exclusión mediante la cual lo

público, la economía, se ha construido como el terreno masculino en

oposición al terreno femenino y sus características asociadas: la

corporeidad, lo natural, los sentimientos... Intentar reconstruir el

significado y la visión de lo económico desde el feminismo implica

integrar todos estos elementos, comprender cómo operan y se re-crean los

cuerpos sexuados, las identidades individuales y colectivas en el

conjunto de las esferas económicas, no sólo en los mercados, aunque

también. Por eso no nos sirve intentar extender los paradigmas

existentes -economía neoclásica, marxismos...-, porque su están creados

sobre la exclusión. Y, aunque puedan sernos herramientas útiles en casos

concretos, ya no nos nombran el mundo (económico), sino que comenzamos a

nombrarlo con nuestras propias, nuevas palabras.

 

5. PARTIENDO DE UNA NUEVA PERSPECTIVA

 

Queremos empezar a mirar y a nombrar la realidad de una forma nueva,

diferente, intentando trazar nuevas líneas trasversales que alcancen

(porque alcanzan) a todos aquellos espacios sociales que se nos muestran

desarticulados, escindidos, sin conexión. Queremos aportar algo de luz a

la confusión reinante en el uso de términos como "políticas de igualdad"

o "conciliación de la vida familiar y laboral", porque tras esos

términos suelen esconderse los viejos discursos, vestidos para la

ocasión con lo "políticamente correcto", pero sin variar prácticamente

un ápice el lugar al que miran y desde el que nombran: público,

mercados, masculino, occidental, blanco, heterosexual. Con los mercados

situados como epicentro de la organización social, en un mundo que nos

hace imaginar un espacio público y otro privado, nosotras queremos

distanciarnos de los análisis que tienen a los mercados como objeto de

interés preferente (aunque sea desde una posición antagonista).

 

Afirmar la primacía de la satisfacción de las necesidades humanas y la

sostenibilidad social como objetivo básico de la sociedad, nos obliga

iluminar el lugar social prioritario en el que se realizan dichos

objetivos: el grupo doméstico. Entendiendo por tal una red de afectos,

de fidelidades, de responsabilidad y de interdependencia, pero también

una red de juegos de dominación y subordinación, que tiene límites poco

precisos y a la que todavía no sabemos dar otro nombre. Una red de

atención y cuidados tendida a través de la sociedad, que se extiende y

se ramifica, pero que a veces también se contrae o se rompe y se re-crea

buscando nuevas formas e itinerarios para cumplir su papel de

infraestructura básica de la vida humana. Queremos poner en el centro de

la cuestión los requerimientos del grupo doméstico para resolver las

necesidades materiales e inmateriales de las personas que lo integran,

porque consideramos que es desde estos procesos desde donde se debe

partir para mirar y nombrar la realidad social en la que vivimos. En

este caso, pretendemos iniciar brevemente algunas líneas de análisis

sobre las contradicciones del trabajo de cuidados con el mercado laboral

y las políticas que pretenden solucionarlas. Empezaremos por señalar

algunos rasgos del grupo doméstico en nuestro entorno más cercano y de

su situación actual.

 

6. CAMBIOS EN EL GRUPO DOMÉSTICO Y DISTRIBUCIÓN DE LOS TRABAJOS

 

Hablábamos antes del grupo doméstico, como lugar de convivencia, como

articulador de estrategias para la vida, como espacio del trabajo de

cuidados y del afecto, pero también de su relación con el mundo exterior

(los mercados, las instituciones) y, como no, de sus amplios límites que

van más allá de las personas que componen la unidad familiar. Ahora

vamos a ver algunas de las características de este grupo doméstico.

 

En el estado español hasta hace poco más de treinta años el escenario

familiar era bastante distinto al actual. Esto no quiere decir que no

hayan sobrevivido algunas de sus lacras y de sus virtudes. Este proceso

de cambio, común a todo el denominado mundo occidental, ha tenido y

tiene unos rasgos peculiares en nuestro país. En el franquismo la

familia fue un pilar fundamental de la estructuración social (familia,

municipio, sindicato). Se trataba de una familia extremadamente

jerárquica, donde el marido / padre ostentaba explícitamente el poder

(26). En ella se daba un rígido reparto de funciones entre hombres y

mujeres.  "Traer el dinero a casa" era un importante atributo masculino

que ocultaba no sólo el enorme esfuerzo añadido que tenían que hacer las

mujeres para sacar adelante a la familia, sino el trabajo remunerado que

muchas de ellas también realizaban, aunque fuera estrictamente por

necesidad. Las "virtudes" de la familia (sobre todo de las numerosas)

eran exaltadas por todas las instancias públicas y desde las

instituciones, el púlpito y los medios de comunicación se insistía

machaconamente en el modelo a cumplir por las mujeres: paciencia,

abnegación, entrega total... (ya lo decía la señora Francis... si te

pega, hija mía, aguanta, ten paciencia... piensa en tus hijos).

 

El modelo fordista de familia (27), totalmente funcional para el mercado

en este contexto, suponía la existencia de un cabeza de familia,

trabajador asalariado con disponibilidad total para el mercado laboral y

único proveedor de ingresos monetarios. Este varón protagonista estaba

acompañado -necesariamente- por una mujer dedicada en cuerpo y alma al

trabajo doméstico y al cuidado familiar (y extra-familiar). Madres,

cuñadas, abuelas, nueras, hijas, vecinas, amigas... establecían las

redes necesarias para abarcar las múltiples tareas derivadas de atender

a los hombres-fuerza de trabajo (que no cuidaban ni de sí mismos) y a

todas aquellas personas de su entorno que lo necesitaran. Un enorme

esfuerzo invisible y gratuito de las mujeres, cuya desvalorización (28)

permitía ocultar la dependencia de la economía de mercado respecto a

este "no-trabajo", sin el que no podría sobrevivir.

 

Con la transición política española este escenario sufrió cambios de

forma acelerada. Las mujeres, sobre todo las jóvenes, comenzaron a

introducirse cada vez más masivamente en el mercado laboral. Muchas ya

no lo hacían porque el salario del marido o del padre no fuera

suficiente, sino porque querían tener sus propios ingresos. La

independencia económica era necesaria para posibilitar la autonomía y la

capacidad de decisión de las mujeres sobre su propia vida, pero un

empleo era algo que iba a limitar el tiempo y la dedicación que requería

la tradicional profesión de las mujeres: "sus labores". Pero, además,

¿qué era eso de "sus labores"? En ese momento el trabajo doméstico, con

todos sus sambenitos, y entendido entonces en su faceta más material, se

veía como una atadura del pasado de la que había que huir lo más deprisa

posible.

 

Sin embargo, no era un trabajo que pudiera dejar de hacerse. Se podía no

tener la casa como los chorros del oro, incluso alardear de ello para

epatar a las más "antiguas", pero las necesidades seguían ahí. Había que

seguir comiendo, habitar un lugar con una mínima higiene, vestirnos...

pero también había que cuidar a las criaturas, a quienes enfermaban o a

las personas ancianas incapacitadas para cuidar de sí mismas. Pero, aún,

había más: todas estas tareas estaban cargadas de emociones, de

sentimientos, cuyo valor no se había tenido suficientemente en cuenta y

que, además, representaban una tensión añadida: la culpabilidad.

 

Muchas nos hemos preguntado "pero, ¿la liberación era esto?". Habíamos

salido de la sartén para caernos en el cazo salarial (con la sartén

incluida). Y ya en el cazo laboral (discriminadas y en muchos casos

precarias) las mujeres tuvimos que seguir haciendo el trabajo "de la

casa" porque se entendía que era un asunto "nuestro". La mayoría de los

hombres siguieron considerándose ajenos a estas tareas a pesar de que

las mujeres intentásemos (y no con poco esfuerzo) que las compartieran

(todavía hoy la tele da clases de técnicas de resistencia pasiva (29)).

Desde las instituciones, las ayudas eran más bien escasas y su lógica

era facilitar que, ante las empresas, nos pareciéramos  lo más posible a

los hombres (a su forma de vida, a su disponibilidad) para que no te

discriminaran por ser mujer. Vamos, que al trabajo (asalariado, claro)

no se puede ir acompañada de los problemas de atención familiar.

 

Una mujer, si quiere un empleo, tiene que disponer de una

infraestructura suficiente (familiar, pública o privada) que la

sustituya durante su jornada laboral, determinada exclusivamente por las

exigencias organizativas de la empresa. Esto es una muestra de la

centralidad del mercado en la organización social y de cómo sus

imperativos se consideran inflexibles frente a la necesidad de atender

al cuidado de las personas, algo realmente esencial para la

sostenibilidad social. Las mujeres nos incorporamos y permanecemos en el

mercado laboral como una anomalía (y debemos seguir siéndolo (30))

porque es una estructura pensada para personas que no tienen que cuidar

de nadie. Esta paradoja insostenible constituye la "normalidad" desde la

que se construyen las retóricas de igualdad y conciliación.

 

La etapa posterior al franquismo también trajo otras transformaciones en

la organización familiar. El grupo doméstico al que podemos referirnos

hoy tiene muchas formas. No sólo se ha llenado de otras voces que han

llegado de todas las partes del mundo, sino que está compuesto por

múltiples combinaciones: personas ancianas que viven solas (31),

familias monomarentales y minoritariamente monoparentales, amigas/os que

viven juntas/os, parejas homosexuales o heterosexuales con o sin

hijas/os, jóvenes que comparten piso cómo única forma de independizarse,

familias que comparten piso como única forma de sobrevivir... Estas

combinaciones se entrelazan entre sí para poder conjugar los afectos y

los desafectos, las necesidades materiales e inmateriales y, como no,

para enfrentarse a una vida cada vez más marcada por las inhumanas

exigencias de la globalización. Redes para la sostenibilidad de la vida,

donde las mujeres siguen teniendo un papel esencial, ya que siguen

siendo las que mayoritariamente las mantienen y las nutren, todavía hoy,

desde la invisibilidad.

 

Sin embargo, no podemos olvidar que, aunque también ha sufrido cambios

en sus relaciones internas, la forma más generalizada de organización

sigue siendo todavía la denominada familia nuclear. Quizá el cambio más

determinante proviene de la nueva posición de las mujeres, que se

rebelan contra el papel social que se les había asignado y quieren ser

protagonistas de sus propias vidas. Este cambio está suponiendo fuertes

tensiones en las relaciones de poder intrafamiliares (32) y, entre otras

cosas, avanzar (muy lentamente) hacia una forma de familia más

igualitaria, aunque no sin una gran resistencia masculina. En los casos

más extremos, el desafío que supone para algunos hombres esta nueva

libertad de las mujeres y la pérdida de poder y control que lleva

aparejada, son intolerables. Su respuesta es la violencia, una enorme

violencia que comprobamos cotidianamente (33).

 

LA CRISIS DE LOS CUIDADOS

 

Con la quiebra del modelo de familia fordista, en la que la

infraestructura social doméstica y de cuidados se resolvía mediante la

dedicación exclusiva de las mujeres a este trabajo gratuito, nos

encontramos ante un nuevo escenario, que supone también la quiebra de la

antigua estructura de cuidados, en la que la reciprocidad diferida

garantizaba que las personas que eran cuidadas en su infancia y en su

juventud, serían en el futuro cuidadoras de sus mayores. Pero, aquí

también hay que hablar en femenino. Hasta hace treinta años era obligado

que una hija-esposa-madre se dedicara en exclusiva a la familia para

cuidar, dependiendo del ciclo vital, a su esposo e hijas/os y a sus

padres cuando fueran ancianos. Estas tareas también se extendían a las

personas de su entorno que pudieran necesitarlo de forma puntual. Ahora,

nos encontramos ante un nuevo marco social donde las personas

dependientes encuentran cada día más dificultades para que sus

necesidades sean atendidas. Con la inversión de la pirámide poblacional,

el problema se agudiza sobre todo en el caso de las personas ancianas

(34). Sin la corresponsabilización de los hombres, sin servicios

públicos suficientes, con una organización social estructurada en torno

a las necesidades de los mercados y no a las de los seres humanos, las

mujeres seguimos cubriendo las necesidades del grupo doméstico, a menudo

de forma simultánea a nuestra participación en el mercado laboral. Las

dobles y triples jornadas, la doble presencia, la presencia / ausencia,

son términos que se han ido acuñando desde el feminismo para poner

nombre a esta nueva realidad, que no sólo es terriblemente injusta con

las mujeres, sino que es a todas luces insuficiente para resolver las

necesidades sociales de trabajo de cuidados.

 

Esta situación se despliega sobre un mundo globalizado por unas

políticas neoliberales que generan precariedad laboral, incrementan la

presión sobre el trabajo de cuidados y propagan la mercantilización de

todos aquellos aspectos de la vida que pueden ser transformados en

dinero, difundiendo un individualismo cada vez más feroz. La lógica de

los beneficios se apodera también de esta necesidad social para

convertirla en una nueva fuente de negocios. Mercados de servicios para

aquellas mujeres que puedan pagarlos y mercados de empleo precario para

las mujeres más desfavorecidas. La globalización, y sus efectos sobre

países de la periferia, está produciendo fenómenos como la inmigración

que terminan relacionándose con el trabajo de cuidados. Las condiciones

de vida en sus países de origen obligan a muchas mujeres a abandonar a

sus propias/os hijas/os, dejándoles al cuidado de alguna mujer de la

familia,  para venir aquí a cuidar a nuestras/os hijas/os o a nuestras

personas mayores a cambio de un salario, lo que habitualmente se produce

en condiciones abusivas, debido a su estado de necesidad. De la misma

forma que el mundo occidental se ha apropiado de las materias primas de

otros pueblos y de sus trabajos, ahora parece que pretende también

apropiarse de sus afectos. Se genera así lo que se empieza a denominar

la "cadena de cuidados global", una cadena de mujeres que, desde el

trabajo doméstico no remunerado o remunerado, se encarga de solucionar

esta necesidad social. Esta cadena está llena de tensiones. Las

diferencias entre mujeres crecen y antiguas relaciones de poder (señora

- criada) vuelven a manifestarse bajo nuevas formas.

 

Pero, ni siquiera estas fórmulas son suficientes para resolver el

déficit de cuidados. Lo serán menos en un próximo futuro. El problema es

de una enorme magnitud y se manifiesta de manera cada vez más aguda.

Como respuesta se han ido poniendo en marcha alternativas, desde

distintas perspectivas políticas, que tienen como ejes la "igualdad de

las mujeres" y los problemas para atender a las necesidades sociales de

cuidados, pero que, en ningún caso ponen en tela de juicio la

centralidad de los mercados en la organización social. Partiendo de esa

base, estas alternativas no pueden ser más que simulacros que

acrecientan, aún más, la confusión reinante, en la que siempre queda

oculta la incompatibilidad del funcionamiento y de la lógica del mercado

laboral con la atención a las necesidades humanas y la lógica del

cuidado. Aunque un análisis pormenorizado de las alternativas que se

plantean tanto desde el ámbito de las instituciones estatales, como

desde otros ámbitos políticos y sociales, excede el objetivo de este

texto, queremos señalar algunas de los ejes del discurso oficial. De los

múltiples ejemplos que podían citarse, hemos elegido la Ley para la

Conciliación de la Vida Familiar y Laboral de las Personas Trabajadoras,

aprobada en el año 1999, ya que es un claro exponente de la lógica

oficial, que, por otro lado, no ha sido impugnada como tal por lo que

podemos englobar en el término "la oposición". Las críticas a esta Ley,

que han sido muchas, se han centrado en la mayoría de los casos en

aspectos concretos de su articulado, pero no en su lógica interna.

 

En su Exposición de Motivos, la Ley alude, en primer término a tres

preceptos constitucionales. En primer lugar, al derecho a la igualdad

ante la ley. En segundo lugar al deber de los poderes públicos de

asegurar la protección social, económica y jurídica de la familia. En

tercer y último lugar al deber de los poderes públicos de promover las

condiciones para la participación de los ciudadanos en la vida política,

económica y cultural. Es decir, empieza por vincular varios temas que,

efectivamente, lo están: la igualdad de las mujeres y su derecho a

participar en la vida económica y la protección a la familia, o lo que

es lo mismo: el derecho (formal) de las mujeres a tener un empleo y como

los efectos que esto puede producir sobre la institución familiar. Su

preocupación no carece de sentido. La Ley continua señalando que la

incorporación de las mujeres al trabajo (35) ha motivado uno de los

cambios sociales más profundos de este siglo, lo que hace necesario

configurar un sistema que contemple las nuevas relaciones sociales.

Inmediatamente después se aborda la necesidad de conciliación del

trabajo y la familia (que, por lo que se ve, no da ningún trabajo). Pero

¿de configurar qué nuevo sistema se está hablando? ¿qué tipo de

conciliación?

 

Antes de seguir, es conveniente indagar acerca de las causas por las que

la incorporación de las mujeres al trabajo asalariado ocasiona estas

dificultades, especialmente para atender la necesidad social de cuidado

de las personas dependientes. Una de las más importantes es el propio

mercado laboral, que con su organización autorreferente no contempla más

que sus propias necesidades, y donde una persona que tiene un empleo

está obligada (legalmente) a priorizar sus requerimientos si no quiere

perderlo. Si esta lógica es inapelable ¿de qué conciliación estamos

hablando? Las exigencias del mercado laboral impiden cumplir el

prioritario objetivo social de los cuidados (36). Un verdadero nuevo

sistema sólo es posible si el eje de la organización social son las

necesidades de las personas y no el mercado laboral.

 

Sin embargo, no parece que vayan por ahí las cosas. Basta citar este

párrafo de la Ley: "Con la finalidad de que no recaigan sobre los

empresarios los costes sociales de estos permisos, lo que podría

acarrear consecuencias negativas en el acceso al empleo, especialmente

de la población femenina,..."

 

ALGUNA CONSIDERACIÓN FINAL

 

No es necesario un análisis exhaustivo de la ley de conciliación para

apreciar que la lógica de la organización social permanece, no sólo

inamovible, sino sin cuestionar. Los mercados siguen entronados y todo

aquél trabajo o situación vital que imponga límites o condiciones sigue

viéndose como una anomalía, una desviación. Sin embargo, todas estas

políticas utilizan cierta retórica apropiada del feminismo. Se están

produciendo cambios sociales fundamentales, en los que un antiguo status

quo -un modelo de trabajador asalariado a tiempo completo, con todo un