APUNTES FEMINISTAS
DESDE Y MÁS ALLÁ DE LOS CENTROS SOCIALES OKUPADOS.
Junio 2005
Los centros sociales
ocupados han supuesto una parte fundamental del lugar de la política de los
últimos tiempos. Cuando el modelo de representación democrática entraba en
crisis y las reestructuraciones producidas por las dinámicas del neoliberalismo
modificaban tanto las formas de vida como los territorios de intervención
política, las miradas críticas se
dirigían hacia las nuevas alianzas entre
lo económico y lo cultural. Precisamente, cuando el lugar de la política
se difuminaba y perdía su arraigo en territorios concretos (ya no en la
fábrica, ya no en los barrios, ya no en la universidad), los centros sociales
fueron enclaves privilegiados desde los que experimentar la creación de nuevas
subjetividades y formas de vida política que interpretasen de nuevo las
interrelaciones económico- políticas- culturales, así como espacios desde los
que pensar y redefinir la conformación de los territorios a través de una
Œdedicada¹ reapropiación material y simbólica de los mismos. Los centros
sociales ocupados consiguieron dar forma y hacer real una de las más potentes consignas: que lo cotidiano fuese
político. Ésta tenía la capacidad de reunir a la vez, de enlazar y de
retroalimentar en su interior discurso, práctica y una gran capacidad
propositiva. Pensar cuáles han sido algunos de los engranajes fundamentales que
han conformado buena parte de este nuestro devenir político y nuestro deseo
feminista, nos permite pensar dónde estamos ahora desde una perspectiva crítica
y reflexiva: paso indispensable para entender cómo movernos y cómo construir
nuevos espacios de lo político en este mundo cambiante y de complejas
transformaciones.
Los centros sociales
han habitado entre por un lado los últimos coletazos de unos movimientos
sociales basados en políticas de la identidad (posibilidad de reafirmación,
estrategias de visibilidad y de confrontación), con capacidad de cohesión y
aglutinación (movimiento feminista, movimiento ecologista, movimiento vecinal,
movimiento antimilitarista) y por otro lado en la crisis de los modelos clásicos de movilización (desidentificación, falta
de referentes, dificultad para construir y pensar un sujeto de conflicto).
Habitar, y habitar en la dificultad ha significado también construir otras
formas de hacer política en un terreno incierto y ambiguo entre las políticas
de la identidad en su último ocaso y
la necesidad de repensar los parámetros de los análisis y las prácticas
políticas en un contexto de cambio acelerado. De un lado una potentísima
experimentación colectiva en el terreno de la producción de las subjetividades
y los posibles desplazamientos del mundo devenido mercado, de las instituciones
trasnochadas y de una administración sorda; de otro lado, sin embargo la
imposibilidad de romper con el imaginario de Œoposición¹ de ciertas
posiciones identitarias (no en
sentido estratégico y referencial, sino esencializador y autorreferencial) y de
las dinámicas de acción- reacción. Este imaginario y otros factores, creo que
han supuesto el bloqueo de la profunda riqueza que han producido en muchos
casos los centros sociales. Esta riqueza tuvo que ver con la emergencia de un
discurso y unas prácticas que fueron capaces de hacer converger y reunir, de
colocar en el centro y de repensar fundamentos con un carácter fuertemente
propositivo de transformación colectiva.
Recorrer parte de
estas piezas fundamentales, significa tanto reconocer el territorio político en
el que nos movemos y que hemos ido construyendo desde los centros sociales
okupados a través de diferentes apuestas, como abrir interrogantes que señalen nuevos y antiguos lugares de
problematización. Algunos de estos fundamentos son:
En primer lugar, se
recoge la tradición de no separación entre vida y política. Difuminadas las fronteras entre ambas, otro
tipo de dicotomías como pueda ser la de teoría /práctica quedan también en
entredicho: ¿Cuál podría ser el
lugar diferenciado de la teoría o la práctica cuando la vida se decide a ser
politizada y a ponerse por
completo y sin trabas patas arriba?
En segundo lugar, se
coloca el deseo en el centro, no como deseo individual o fuerza motor
intencional de la fórmula Œyo
quiero que...¹ sino por un lado como inquietud por entender la subjetividad y
la relación con el mundo más allá de la lógica dual y de la relación sujeto
objeto; y por otro lado como expresión de los flujos colectivos determinados
por la capacidad deseante- transformadora de los sujetos. La hazaña de pensar
una política del deseo consiste precisamente es su capacidad para desbarajustar
la idea del yo, entenderlo como continuidad ineludible entre el adentro y el
afuera, y pensar lo colectivo desde su potencia transformadora. El Œmovimiento
hacia¹ es siempre un Œdeseo de¹ que se
conforma en el telar de lo compartido: hagamos entonces una reflexión,
un desvelamiento de los dispositivos que producen ese deseo para poder transformarlo en potencia colectiva. El
deseo de este modo, como centro de la política pone el acento en varios
elementos muy interesantes:
- En la imposibilidad de como hemos dicho distinguir entre un adentro
y un afuera del yo;
- El carácter procesal de la subjetividad
producida en un campo social determinado espacio- temporalmente;
- La articulación del
deseo a partir de determinados dispositivos históricos y localizados;
- La propia naturaleza
colectiva del deseo, el cual siempre es deseo agenciado dentro de un conjunto
de devenires sociales.
En este sentido,
creo que los centros sociales han realizado una profunda apuesta por
indagar en y experimentar desde lo colectivo: desde ahí, desde lo colectivo
como una dimensión a potenciar en coordenadas de cooperación, ha sido desde donde se ha pensado la
posibilidad de generar nuevos agenciamientos y nuevas significaciones. El impulso de transitar, repensar y
redefinir los territorios nunca parte de la soledad (estos ya son condición de
lo común) siempre parte del Œcomponerse con¹, de producir un común que ya es
(en el deseo, en la propia vida social) y que a la vez siempre está por venir
(ni el deseo, ni la vida como tal tienen necesariamente una forma politizada ni
de inquietud crítica). Por ello pensar el deseo y lo colectivo como motores del
devenir social suponen un ejercicio de escucha y de impulso a la vez, de
sabernos como subjetividades compuestas por esa capacidad de afecto y de
dejarse afectar. Escucha y andadura; tránsito y pregunta; irrupción de una
fuerza en la corriente que es capaz de producir nuevos significados porque es
capaz de pararse a pensar, reflexionar y detectar los dispositivos de poder que
operan en la configuración de las subjetividades y las formas de vida para promover el impulso de su
transformación. Lo colectivo es de este modo, una perla preciosa que no tienen
que ver con la suma de las individualidades, sino con esta fuerza en la
corriente que negocia y renegocia su propia posición.
En cuarto lugar, esta
idea del deseo se mezcla con la idea del placer recogida de las
reivindicaciones feministas: cuando la política parecía que sólo podía ser
pensada en código de la política Œdura¹ de partido, cuando el sacrificio y el
heroicismo eran valores imperantes heredados de la idea de la Revolución con
mayúsculas que está por llegar, muchas feministas prefirieron apostar por revolucionar los micro elementos que
ordenan la vida existente para procurar espacios que ya, de por si, lejos de
ser un medio para un fin mejor, produjesen espacios de placer. La política no
tiene por qué ser la política del punto y aparte arduo y en muchos casos
desmaterializada y desarraigada de los procesos cotidianos y de las inquietudes
más inmediatas; la política tiene que ver con nosotras, con nuestras vidas, con
nuestros cuerpos, con el placer del hacer más nimio. Esto implicaba una
responsabilidad distinta: para muchas significaba la necesidad ineludible de
politizar lo micro: ser capaces de detectar en las pequeñas cosas neutralizadas
que pasan desapercibidas implicaciones de procesos globales. Y la revolución
con Mayúsculas no tenía tiempo para estas escaramuzas. Las feministas recobran
así la materialidad de la política para pensarla como continúo: no disociar y
revalorizar los elementos que juegan en un sentido amplio y profundo un papel
importante en la propia vida. De ahí el empeño por pensar cuestiones que
generalmente se pasaban por alto y que tienen que ver con la educación, con la
sexualidad, con la conformación de los cuerpos tanto en el sistema sexo/ género
/deseo como en el imaginario social, con el cuidado, con la sostenibilidad de
la vida, con el propio ocio.
De alguna forma este
fue el espíritu que impregnó parte de los centros sociales durante un tiempo:
los grupos de mujeres que los habitaban insistían fuertemente (a través de sus
propias prácticas y a través del contagio a otros grupos) de la imposibilidad
de una política que no tuviese en cuenta la condición transversal de cuestiones
como la sexualidad, la educación, los comportamientos cotidianos o las
relaciones afectivas. De ahí también la proliferación de grupos de aprendizaje
colectivo, de autovalorización (recogiendo la experiencia de los grupos de los
setenta), de iniciativas que cuestionaban las posiciones de poder, que
impulsaban su reconfiguración y de promover, por ejemplo, otro tipo de
ocios. Colocar el placer en el
centro suponía: por una parte cuestionar procesos que aparentemente no eran
visibles (atender a los microprocesos y a su continuidad ); por otra parte revalorizarlos y
dotarlos de un nuevo significado que permitiese vivir lo cotidiano de forma placentera
(hacer política desde la alegría y no desde el sacrificio ); y por último,
pensar el carácter subversivo de este placer politizado.
Estas ideas calaron
fuertemente en un principio, pero en seguida se vieron prestadas a cierta
lectura que las relegaba a la mística de la feminidad donde el Œyo quiero¹ o el
Œyo siento¹ se podía convertir en un argumento. Esta lectura individualizada
del deseo (querer, sentir, no como deseo agenciado sino atomizado extrañamente
en una individualidad) fue la que conllevó una lectura fácil del placer (no la que se cuestiona
cuáles son los mecanismos de producción del deseo ni cuáles las posibles
subersiones colectivas del mismo que realmente ponían en tela de juicio todo un
universo complejo construido en torno al placer), que a su vez animó a
desvalorizar el contagio que el feminismo estaba produciendo en la forma de
entender la política en otros espacios y
a que se desplazasen sus propuestas hacia el terrible formato tipoŒ la
cuestión de la mujer¹ o Œel tema de la mujer¹. Síntoma claro de un haber dejado
de tomar en serio al feminismo. Este desplazamiento convivía
paradójicamente con una inquietud
real de los nuevos movimientos sociales de pensar la política desde lo
personal, aprender formas de subversión desde el placer y cuestionando el
placer, interpretar las conexiones de lo micro con lo macro, de lo local con lo
global, de colocar el acento en la importancia de la generación de nuevos modos
de vida.
En quinto lugar, la
idea del poder como poder difuso y deslocalizado permitía pensar la ciudad como conjunto complejo de
relaciones de poder en el circuito empresa- consumo- cultura, desde el que
plantear un nuevo escenario político: un territorio por redefinir a partir de
todo un entramado de relaciones de poder, de nuevas jerarquizaciones sociales y de nuevas fronteras por descifrar. Los
centros sociales, pensados desde su capacidad para generar contrapoder y
situados en el contexto de esta redefinición de la ciudad, podían irrumpir en
varios sentidos.1. Como desviación del circuito integrado de producción, reproducción
y consumo, a través de una práctica absoluta de producción política, de la
construcción de otros modos de vida capaces de desafiar la reproducción de la
subjetividad y las formas de ordenamiento social, así como de dar respuestas
colectivas a demandas individuales. 2. Como reapropiación del espacio público
en plena efervescencia del modelo de privatización y de tendencia del final de
la idea de Œla plaza pública¹. 3. Como espacio desde el que procurar alianzas y
redes sociales que por un lado permitiesen crear nuevos mapas del territorio
(con especial atención a los procesos migratorios - sin mucho éxito, todo hay
que decirlo) y por otro lado
desafiar el ordenamiento social a través del afianzamiento de estas alianzas
políticas (por ejemplo, contra la ley de extranjería, o contra la atomización
de la existencia y el aislamiento social a través de categorías reformuladas
como la de Œcomunidad¹).
En sexto lugar, la
idea de reapropiación del tiempo de vida: cuando la vida ha devenido tiempo
imparable e inagotable de producción; cuando no hay resquicio para respirar en
esta corriente vertiginosa del capitalismo global donde el tiempo de trabajo no
se distingue de la propia vida y donde el continuo entre lo privado y lo
público lo es a costa de la expropiación de lo privado y de la privatización de
lo público en una simbiosis de homogeneización absolutamente mercantilizada;
cuando hasta el ocio es una suerte de vaivén entre el consumo, el strés y las
cuentas de mediados de mes que ya no llegan al fin, la okupación se convierte
en una potente herramienta contra la precariedad y la posibilidad real de dar
esquinazo a la explotación laboral para reinvertir el tiempo de vida en otras
cosas. En un tiempo en el que la jornada laboral se ha ampliado de forma alarmante,
el mercado se ha flexibilizado, los derechos han desaparecido y los contratos
en general precarizados, la okupación posibilita una solución colectiva que
irrumpe directamente en este círculo sin fin de vida- trabajo. Sin embargo,
pese a la potencia de esta experiencia material de reapropiación en un sentido
muy amplio y profundo y de rechazo al trabajo, los límites han sido muchos y se
encuentran patentes en el propio desenvolvimiento de la historia de la okupación. Más adelante
entraremos en esto.
Por último, la idea de
la autogestión vinculada a la de autonomía ha vertebrado la experiencia de los centros sociales. Su
potencia ha llevado a pensar la
participación y la organización social con mayor o menor éxito, pero con la
convicción de la necesidad de experimentar formas de democracia directa que
dotasen a los sujetos de la capacidad de decisión sobre sus vidas: la cuestión,
cómo hacer extensible la participación, qué tipo de herramientas desarrollar y
como hacer que esto signifique más allá del plano discursivo, tenga la forma de
procesos reales y repercuta en las decisiones políticas.
Cuando desde la
Eskalera Karakola nos planteamos abrir un proceso de negociación partíamos de
todas estas experiencias, revisadas también desde la práctica feminista (qué
significaba la participación para las mujeres, la autogestión, la autonomía y
la experimentación de las relaciones entre mujeres, cuáles eran las nuevas
articulaciones de las relaciones de poder en el capitalismo global y las
redefiniciones del patriarcado que producía, cuáles podrían ser las alianzas
políticas que quisiesen pensar el cuerpo como espacio privilegiado en el que
leer los procesos sociales y no lo pasasen por alto (el cuerpo de la
trabajadora hipersexualizado, el cuerpo de la moda, el cuerpo del ama de casa,
el cuerpo lesbiano, el cuerpo queer), la ocupación de las mujeres del espacio
público como espacio a reclamar o la revisión feminista de la crítica
urbanística.
Si de poner el cuerpo
se trataba, del cuerpo hemos hablado mucho en los últimos tiempos. Curiosamente
cuanto mayor ha sido la necesidad de pensar el cuerpo impulsada por las
transformaciones sociales que se han ido produciendo de una forma velocísima,
menos se ha ido tomando el cuerpo concreto en serio en los movimientos
sociales. Curiosamente si
bien el feminismo incide
directamente sobre la necesidad de pensar el cuerpo tomando como punto de
partida aquello de Œlo personal es político¹ de una forma concreta que invita a
una revisión de las relaciones de poder y de los dispositivos que operan y se
inscriben en el propio cuerpo produciendo Œcuerpos de¹, actualmente, el cuerpo
desde el que se piensa y se teoriza es un cuerpo abstracto. Es el Œcuerpo
político¹, Œes el cognitariado social¹ Œes el precariado¹ o Œel cuerpo
migrante¹. Resulta difícil encontrar en estas categorías relaciones de poder
que visibilicen las diferentes formas en las que los Œcuerpos de¹ se encaran
con el capital y muchas veces se
pasa por encima de cuáles son los mecanismos que operan en la producción de los
cuerpos. Porque no es lo mismo el cuerpo- mujer ama de casa, que el cuerpo-
mujer- profesora, que el cuerpo mujer- migrante- sin papeles. Ni es lo mismo,
como se decía en otro lado, traducir un texto que hacerle una paja a un
cliente.
Pensar el cuerpo ha
sido todo un reto. Un reto que consistía en hacer converger muchas cosas que se
empeñan en aparecer disociadas: primero, ya lo hemos dicho, en términos
generales la vida con la política, lo cotidiano con la política, lo personal
con la política. Pensar desde ahí,
en el momento en el que distinguir entre los espacios de trabajo y vida es
prácticamente imposible por las propia tendencias del capitalismo global, es
posibilitar una intervención directa en un terreno de continuidad (trabajo, no-
trabajo) que normalmente aparece incuestionado. Segundo, en términos más
concretos pensar el cuerpo significaba visibilizar cuáles son los dispositivos
de poder que operan en la construcción de las diferentes corporeidades: cuáles
son los lugares predeterminados pero no determinantes que se constituyen en lo
social. En este sentido el feminismo ha sabido estar muy atento para detectar
los ejes de poder que atraviesan los cuerpos concretos: el sexo, el género, la
raza, la clase, la etnia, la edad y deconstruir los conceptos homogeneizantes
que intentan erigirse en términos absolutos. La cuestión: cómo partir del
cuerpo y ser a la vez capaces de construir un común, partir de las diferencias
y buscar nuevos espacios de alianza.
En el primer sentido
los centros sociales se han consituido en espacios privilegiados de una
politización constante de la vida y por tanto como espacios que se pensaban
desde la continuidad ineludible (trabajo- no trabajo). También han sido capaces
de dotar a las cuestiones políticas y al activismo en general de una dimensión
existencial preciosa en la que el mínimo gesto era convocado a pensarse desde
lo común.
Sin embargo, los
centros sociales se han topado con límites en muchos casos infranqueables.
Rastrearlos, reflexionar en torno a ellos supone dotarnos de herramientas para pensar la posibilidad de
construcción de nuevos espacios y formas de conflicto:
1. Si bien el carácter
y el deseo de las formas de organización de los centros sociales han partido de
una apertura total (apertura tanto en los espacios de intervención política
como en su composición), ha sido difícil y en muchos casos imposible que esta
apertura no acabase siendo de hecho un cierre determinado en una estructura
central (asamblea gestora), constituyéndose en una identidad difícil de
atravesar, que limitaba tanto los deseos iniciales de agregación colectiva como la posibilidad de componerse con
gentes más allá de quienes tenían la capacidad de habitar en ese centro.
2.La ardua tarea de
gestión de un espacio pluriforme al que le costaba romper con la división entre
gestores y usuarios ha llevado a en muchos casos a una espiral agotadora en la
que la producción política se limitaba a las tareas necesarias de gestión de
las que un grupo (generalmente el grupo promotor) se hacía cargo.
3.La indeterminación y
la espontaneidad que por una parte ha supuesto una forma fundamental de
experimentar desde lo colectivo,
por otra parte ha restringido la participación y ha seguido apuntando a un
centro, que ha cargado como decimos con la gestión del espacio y con su propia
imposibilidad de abrirse más allá de lo inmediato y de las actividades
programadas.
4.La
autoreferencialidad, que ha conseguido crear todo un universo propio de sentido
que sólo se basta a si mismo para sobrevivir y retroalimentarse. Una especie de
espejo de si mismo de mirada incuestionada.
5.El límite en el
tiempo marcado por la dinámica de okupación /desalojo, pese a querer superarse
a través de la idea de permanencia de los diferentes proyectos más allá de los
muros del inmueble okupado, ha supuesto una ruptura constante de los proyectos
con una difícil y posterior reconstrucción.
6.El deseo de
constituirse hacia fuera ha llevado a la trama de un sin fin de intervenciones
en lo público. Esto ha formado parte de la expresiónd e una gran variedad y
riqueza políticas. Sin embargo es difícil saber todavía como se resuelve la
tensión entre ese intervenir hacia afura y mantener por otro lado el proyecto
propio del centro social. Si la potencia reside en fortalecer el proyecto
interno para realmente ser motor de contagio y punto ineludible de referencia,
o si por el contrario las intervenciones en lo público pueden generar una
irrupción en el imaginario colectivo que produzca transformaciones igualmente
potentes. Ambas cuestiones son vitales, cómo compaginarlas, o cómo conectarlas
en una línea de continuidad, todo un reto.
7.Los centros sociales
de alguna forma han seguido atrapados en el imaginario que les colocaba como
espacios de realidad alternativa capaces de escapar de las leyes y la moral del
orden social. Este imaginario ha conseguido bloquear muchos procesos que
intentaban pensar más allá de la autorreferencialidad y la espectacularización,
ahondar en los proyectos políticos y crear otro tipo de alianzas. El miedo a la
Œcontaminación¹ ha minado realmente posibilidades de cooperación colectiva que,
paradójicamente se encontraba potenciadas en los propios fundamentos de los
centros sociales.
8. Este tipo de
dinámicas (y otros factores) han producido una composición muy homogénea en los
centros sociales (jóvenes, blancos, heterosexuales, y con mayor presencia
pública masculina).
9. Falta de recursos y
cierta idea de que los mismos son sinónimo de dinero que son a su vez sinónimos
del mercado capitalista y que como
tal son tachados de malos o de privilegios excepcionales y en general poco
cuidados y valorados.
Nuestros tránsitos
feministas y la apuesta de la Eskalera Karakola de abrir un proceso de
negociación para regularizar la situación ilegal del proyecto, tiene que ver
con una revisión de todas estas cosas.
En primer lugar, un
deseo de pensar la agregación colectiva no desde una composición homogénea y
fácilmente identificable, sino desde las diferencias. Esto, que más que una
realidad ha sido eso, un deseo frágil en el mundo de dispersión y de trabas
legales en el que vivimos ( pensemos por ejemplo en la Ley de Extranjería),
tiene que ver con la necesidad de tensar esa cuerda de cuestionamiento de lo
personal y del cuerpo como campo donde leer las relaciones de poder: El poder
se distribuye creando diferentes
parcelas a habitar, jerarquizadas socialmente, constituidas a través de
fronteras arraigadas en el imaginario social y en la realidad, ¿cómo conseguir
saltar de una composición más o menos homogénea, es decir, desafiar esas
fronteras, trazar un común que nos permita diseñar intervenciones políticas que
visibilicen y tomen en serio las diferentes realidades? De por si, un espacio
como un centro social okupado es difícil de habitar, por sus condiciones
materiales, por su invitación a la autogestión muchas veces entendida desde la
política del Œdo it yourself¹ que se convierte más bien en una proclama vacía
que no lleva a la participación sino a la desmotivación, a la dificultad de
enganche y a la invitación de permanecer en el espacio a través de un empeño más que
considerable que no todo el mundo es capaz de llevar a cabo. La inconsistencia
de muchos de los proyectos que habitan en una dificultad extrema de
precariedad, contribuyen además, a que las pequeñas redes que se tejen se
pierdan con el tiempo, la imposibilidad de evolución o de llevar a cabo otro
tipo de propuestas. Esta no es ni mucho menos la única causa del por qué de la
dificultad a la hora de tejer redes fuertes capaces de intervenir en la
realidad, pero desde los centros sociales en general y desde la experiencia de
la Eskalera Karakola en particular, ha sido una de las piedras clave. ¿Podría
un proyecto no amenazado ni por la ruina ni por su situación de ilegalidad
promover proyectos más consistentes, capaces de arraigar en el tiempo y en el
espacio, capaces a su vez de persistir hilando contagios, nudos y
desafíos?
En segundo lugar, pensar la participación directa, no como un
presupuesto desde el que partir, sino más bien como un reto. Las mujeres han
sido relegadas históricamente a lo privado, a un espacio despolitizado, no
cuestionado ni problematizado. Esto trae un montón de fantasmas a la hora de
entender un proyecto feminista como el de la Eskalera Karakola que ponga en primer
plano la necesidad de intervenir en lo público y desmantelarlo como esfera
opuesta a lo privado: no se trata de estar en lo público, sino de
desestabilizar los fundamentos que crean y construyen esta oposición. Cómo
participar y cómo constituirnos como interlocutoras válidas en el plano de lo
político desmoronando a su vez qué sea eso válido de lo político. Pese a haber
indagado algunas fórmulas cómo la crítica urbanísitca a través de la cual se
ligaba el espacio urbano con la forma de vida, las decisiones de planificación
urbana unilaterales con la falta de herramientas de toma de decisión
individuales y colectivas, el diseño de las ciudades y de los espacios con una
mirada machistas y autosuficiente (sólo hay que pensar en la imposibilidad de
subir con carrito de la compra en los buses o con la falta de aceras en
condiciones para que quepa simplemente el carrito de los niños, o la falta de
espacios verdes, de parques, de rampas, de ascensores, etc). Pese a haber indagado en este tipo de
fórmulas, decíamos, no hemos
logrado tirar del hilo de la participación ciudadana en general y de las
mujeres más en concreto, pese a que los diagnósticos como el documento de ŒLas
mujeres y el barrio¹ elaborado conjuntamente por grupos y mujeres individuales
en el barrio de Lavapiés han puesto el dedo en la yaga de una forma de muy sugerente en las posibilidades de
hacer ciudad entre mujeres con un eje claro centrado en la participación
directa, la democracia y la toma de decisiones.
En tercer lugar, la idea de la reapropiación del tiempo de vida, si
bien daba en la clave para pensar tres elementos fundamentales como son: las
relaciones entre las esferas de producción, reproducción y consumo; el continuo
entre trabajo no trabajo y las categorías de lo privado y lo público, y si bien
a través de los centros sociales se producía un verdadero desbarajuste y un
fuerte cuestionamiento a través del rechazo al trabajo posibilitada por la reapropiación de viviendas,
de espacios de cooperación, de recursos en general y de un deseo fuerte de
crear socialidad y comunidad, sin embargo, no se ha tensado la cuerda para pensar qué significa esto hasta
sus últimas consecuencias.
Por una parte, una de las cuestiones centrales: la vivienda y los
espacios públicos, se ha visto limitada en el tiempo no sólo porque la dinámica okupación /desalojo se ha vuelto
insostenible para muchas y muchos,
sino también porque los propios inmuebles propicios para albergar comunidades
como las deseadas, han dejado de existir pasto de la especulación inmobiliaria
y en muchos casos como defensa a la propia okupación (derrumbes precipitados,
vigilancias privadas, construcción de verdaderas fortalezas anti- okupas). Años
de reivindicaciones y propuestas sobre otros modelos de vida y de comunidad no
han llevado sin embargo a ningún logro real. Esto se ha convertido para muchas
en verdadera frustración y agotamiento. Para más inri, este final de un ciclo
de ocupaciones y de centros sociales coincide con el auge y la subida
espectacular del mercado inmobiliario: irónicamente, ¿lo hicimos quizás al
revés en el tiempo?
En una subida generalizada de la vida y de los recursos básicos
(vivienda, alimentos, medicamentos, transporte, ocio), junto con la
flexibilización y precarización total del mercado laboral, la privatización y
el desmantelamiento de lo público (entendido como el conjunto de procesos y
relaciones sociales que van más allá de los estrechos canales administrativos e
institucionales), y una falta cada vez mayor de derechos y sobre todo de
capacidad colectiva para inventar otros nuevos, es difícil, pensar cómo llevar
a cabo una práctica real del rechazo al trabajo . ¿Cómo reapropiarnos de nuestro tiempo de vida, cómo producir
desviaciones en el circuito de producción capitalista cuando la intensificación
del mismo reclama nuestro cuerpos sin darles apenas tregua en una experiencia
de vida sumida entre las incertidumbres, el abanico abierto de posibilidades de
competencia del libre mercado, y la falta de respaldo social? Cooperativas de
trabajo, construcción de redes, comunidades de gestión de recursos,
cooperativas de viviendas, no pueden sostenerse, más allá del momento, en los
límites de los espacios ocupados si realmente quieren irrumpir en esta
tendencia general del capitalismo global para producir formas de agregación
colectiva que tengan en cuenta las actuales transformaciones de lo social.
Por otra parte, el discurso del rechazo al trabajo, ha sabido salir de
las estrecheces de una crítica al mercado laboral y ha visibilizado la
importancia de toda un esfera cultural vinculada al trabajo inmaterial y al
auge de las nuevas tecnologías; sin embargo, no queda tan claro que tal
revisión haya pensado esa esfera cultural en sentido amplio de reproducción de
la vida, de creación de socialidad, vinculado a la materialidad y relaciones de
poder muy concretas donde las categorías de sexo- género- raza- etnia- edad,
son imprescindibles a la hora de pensar la jerarquización social y la
asignación del continuo sexo- atención- cuidado. Hemos pensado que el trabajo
era mucho más que el empleo, pero no hemos pensado qué es lo que hay en ese
terreno y cuáles son las estratificaciones sociales que se producen. Hay qué
pensar, recogiendo una vez más las reflexiones del feminismo, que el cuidado en
general (trabajo doméstico, cuidado de las personas dependientes, trabajo de
escucha y atención, reproducción de vida en general), es de vital importancia
para pensar la complejidad social. De este modo, la vida política en los
centros sociales es difícil de pensar más allá de determinada edad, de
determinadas necesidades de cuidados o con cargas familiares. Y esto, que se
convierte en un problema de la vida en general (¿quién se hará cargo de
nosotras cuando seamos mayores, cuando caigamos enfermas, en la actual coyuntura
de crisis de los cuidados y de desmantelamiento de lo estatal?), pero también
de la militancia, en los centro sociales se acrecienta por la intensidad que
produce esa riquísima no separación entre vida y política. ¿Cómo pensar entonces modos de hacer
política que sigan manteniendo la potencia de una crítica a la ordenación de la
vida en general, que sean capaces de irrumpir en el terreno de la reproducción
de la vida pero en un paso más allá, donde la posibilidad de producción de
nuevas subjetividades debe ligarse a la materialidad de los cuerpos? No podemos
pensar la reproducción sin la materialidad. Y la primera materialidad es la de
los cuerpos construidos, ordenados y limitados por las categorías de sexo,
género, raza, etc. Por ello las críticas feministas y antirracistas de las
relaciones entre el heteropatriarcado, el racismo y el capital, son
fundamentales para lanzarnos a una crítica radical de la ordenación social y
del trabajo de producción y reproducción.
En último lugar, la potencia del movimiento feminista se ha visto
mermada por la domesticación y el apaciguamiento. De un lado, su introducción
en las instituciones y en la academia manteniendo fuertes tensiones en su seno,
pero no para producir discurso y cuestionarlas, sino para anclarse en debates
interminables acerca de si se produce o no exclusión y marginación en esos
espacios y si hay que seguir peleando o no para alcanzar cuotas mayores de
poder. La viveza, la autonomía y
la tensión política que el movimiento feminista supo crear de forma tan
inteligente, se han bloqueado en los muros institucionales y en la idea de los
logros y los avances conseguidos. Paridad, igualdad, conciliación, ley integral
de violencia de género, matrimonio homosexual, son momentums mediáticos y
representaciones reales de una política que sigue manteniendo intactas cuestiones estructurales que han sido
objeto de la crítica feminista y que hoy cuesta repensar: la familia, el
matrimonio, el cuidado, la violencia, y en general el orden heteropatriarcal-
capitalista y sus nuevas articulaciones.
Por otro lado, la necesidad de pensar desde el feminismo en este momento
en el que procesos como la feminización del trabajo, la sexualización del mismo
y la feminización de la pobreza son claves para entender la complejidad social,
es patente e impregna la inquietud de los grupos de mujeres, su necesidad de
reavivarse y de buscar un común desde el que pensar.
La apuesta que la Eskalera Karakola comenzó hace casi cuatro años por
negociar la regularización de un espacio tiene que ver con todo esto:
exploración de límites, deseos de apertura y de composición política feminista
nueva. Entre el espacio no okupado y el nuevo centro social legalizado nos
dejamos un cuerpo distinto: aquél de la ilegalidad, de la ruina, y también el de
la espontaneidad, lo imprevisible, lo inédito y el por llegar. Una apuesta por
proyectos que arraiguen, perduren en el tiempo, se doten de recursos y que
incluso puedan devolver la potencia de ideas de la reapropiación del tiempo de
vida expresadas en una producción desviada y canalizada en producción política. Que tome en serio
la transformación social más allá de la espiral autorreferencial, teniendo en
cuenta la actual coyuntura económica, social, y cultural; que siga produciendo
discursos y prácticas feministas, que pueda romper con barreras de
composiciones sociales homogéneas (siempre fue un reto) y que pueda redefenir,
aunque de forma parcial, el espacio de un común.
Las dificultades tanto de gestión cómo a la hora de dar una respuesta
real a la forma de habitar las tensiones entre lo individual y lo colectivo
acrecentadas por la tendencia a una cada vez mayor precarización de la
existencia, no están ni mucho menos resueltas definitivamente. Intuimos y
lanzamos pequeños trazos del camino; contamos con la potencia y el deseo de construir espacios que
sirvan para pensar la movilización política y feminista sin evitar la gran
complejidad de esta tarea, y partimos de la certeza de la necesidad de realizar
un ejercicio de pregunta, de problematización y de empuje para construir
realmente espacios de transformación y de agregación colectiva.