repensándonos: de lo que excede en estos días

27 marzo 2003

 

Lo que excede a raudales en todos los niveles, en todos los acontecimientos que han recuperado las calles de Madrid de este fin de semana, ha supuesto un colocarnos y posicionarnos más allá de la dicotomía típica a la que el discurso hegemónico nos ha relegado en estos últimos tiempos: terroristas/no terroristas; violentos/no violentos; buenos y malos, son estructuras simples que y sobre todo tras el 11 de septiembre nos han sujetado en campos más de las veces un tanto peligrosos, que nos han sujetado y a la vez empujado a la tarea de pensar y repensarnos desde otra perspectiva política que posibilitase la apertura y la subversión de tales dualismos, generar nuevos campos creativos, amplios y complejos que en su interior rechazasen de por si el discurso simplificador que nos enfrenta con una lógica de guerra que como tal sólo podía invisibilizarnos y criminalizarnos. La tarea: cómo abrir nuevas formas de expresión, cómo combatir ese ‘estar sujetadas’, escapando (o quizás adelantándonos) a la reapropiación del discurso de legitimación de este nuevo orden mundial. Una vez más, tras las primeras expresiones espontáneas y originales contra la guerra (aunque l@s artistas hayan creado cierto clamor popular a partir de los goya, aunque no tengamos ni idea por qué ahora – aunque si algunas pistas- nadie incitaba a la creación propia de pancartas, lemas, salidas de los recorridos pactados...más que una conciencia que está dispuesta a recoger abiertamente nuevas aportaciones, que mira a quien tiene al lado, escucha y presta atención a los detalles), tras estas expresiones, decía, el gobierno del PP ha vuelto a intentar utilizar sus armas consagradas: dividir entre violentos y no violentos, entre quienes realizan recorridos legales y quienes actúan ‘fuera de la ley’, entre jóvenes radicales, y la ciudadana ‘normal’, para poder criminalizar un movimiento que se les va de las manos. Se les va de las manos en el momento en el que cientos de estudiantes se sientan en la calle para contener a la policía. Y no se mueven. En el momento en el que marchamos hacia el Congreso haciendo frente al cordón policial y poniendo nuestros cuerpos como verdaderas marcas de posiciones complejas que se reapropian de las calles, se reapropian del derecho de participar, de decidir, de hablar, gritar y expresar, lo que pasa y va constituyendo el tránsito del NO A LA GUERRA, al QUE NO NOS REPRESENTAN, y su consecuente reclamo del DERECHO LEGÍTIMO DE EXPRESIÓN Y MANIFESTACIÓN, que culmina en la ocupación masiva de las calles, del espacio público que pasa a reinventarse desde nuevas formas donde nos constituimos como verdaderos sujetos políticos. Y ponemos el cuerpo. Y entonces se suceden las cargas. Pero la gente se sigue reagrupando. Y la cara de al lado, la mía, la de todas y todos es totalmente anónima, anónima y por eso mismo imposible de sujetar, imposible de definir (definámonos de mil formas entonces!), la creatividad no tiene así límites, ni prejuicios. Solo la conciencia colectiva extensible de una multitud que se va creando así misma en cada momento. En ese pasar de la Embajada de EEUU a la Castellana en un movimiento espontáneo. En ese volver a encontrarnos tras la sabida represión, en Sol, y seguir, seguir, gritando que se vayan, que las calles son nuestra y no de ellos. En ese poner las manos en alto en Sol, rodeadas por botes de humo y exigir al grito de fuera que no les queremos... que han perdido toda legitimidad social y que quienes estamos ahí ahora somos nosotras, las mismas, pero distintas, múltiples, cambiantes. Hemos puesto el cuerpo, en cada instante de euforia y de miedo. Un cuerpo en el que se inscribía la complejidad de una multitud imposible de ser reducida. Un cuerpo singular que conseguía expresar miles de diferencias (y tantas!) a la vez que se entendía dentro de un campo común que se va entretejiendo con cada apuesta colectiva (cuáles son esos noes que gritamos, hasta donde pueden- pretenden llegar, qué discursos se hacen posibles y cuáles resulta preciso activar). Esa es tal vez la tarea que se abre ahora, atendiendo a ese cuerpo (reescritura de políticas), de escuchar, participar y decidir pero siempre atentas a ese exceso que con creces a conseguido resignificar el sentido de lo público, de la política del aquí y ahora, de la interposición, de la comprensión espontánea, del situarnos y marcar nuestros propios territorios, de redefinirlos y reapropiárnoslos....que no es sino lo que ha hecho posible el estallido de los dualismos limitadores en una infinidad de prácticas insostenibles para un poder en quiebra. Hemos puesto el cuerpo en un espacio com- partido, esto es, tomando partido con l@s otr@s, y se ha abierto una brecha que marca, por fin, una verdadera línea de fuga y reactiva la pasión política.

 

Insistir en este escuchar, se torna necesario cuando desde las posiciones ‘militantes’ cierta sorpresa ante los acontecimientos, nos desborda. Y es entonces cuando surge la necesidad (a mi parecer innecesaria) de inscribirnos en el conflicto con papeles más o menos definidos : intentar defender la manifestación, como se pretendió el sábado, aunque es cierto que teóricamente con cierta humildad, es colocarse en una posición distanciada, una posición- otra que no entiende que la cosa va tanto más allá como que no necesita ser defendida por nadie. Y así los acontecimientos del sábado resulta que tienen una lectura un tanto distinta. ¿Alguien se dio cuenta de que la policía no cortaba la manifestación, sino que impedía el paso hacia Cibeles y que la gente tranquilamente se dirigía a Sol? Podíamos haber considerado que su presencia cortando el paso constituía en si mismo un acto de agresión hacia la mani. Por una parte, no es nada extraño que la policía intercepte las calles por las que no quiere que la mani transcurra (ocurre siempre); por otra parte, si hubiésemos pensado necesario el hecho de avanzar, pero avanzar con la gente, escuchando y siendo receptivas a un posible momento de demostración de fuerza, hubiese sido totalmente válido, como lo había venido siendo en los días atrás. Pero no fue así. De hecho un cordón espontáneo de gente más o menos mayor se interpuso entre la policía y la manifestación para impedir provocaciones por ambas partes. Pero las provocaciones se dieron durante más de media hora. Mientras, la mani seguía hacia sol, de tal forma que cabía la posibilidad de elegir entre quedarte a una carga más o menos garantizada (sabemos de sobra como acaban estas cosas), o seguir con el resto de la gente. La cosa se ponía cada vez más tensa, y cuando se tiran las bengalas y algún que otro litro, los antidisturbios ya se han puesto los cascos. Pero también ha llegado a la altura de la intersección de gran vía con Montera el cortejo desobediente. Los ploters, que resultaban ser escudos defensivos simbólicos pero bastante útiles, aparecen de repente frente a la línea policial. Mucha gente de dicho cortejo piensa que la policía está cortando la manifestación y se detienen de forma que impiden que la marcha siga hacia Sol como había estado ocurriendo hasta entonces. La cuestión no es la de si la carga se podría haber evitado o no (podría haber sido perfectamente en otro momento con cualquier otra excusa, la política del gobierno era claramente la de dividir un movimiento espontáneo), sino más bien, ese cómo nos colocamos, como nos posicionamos , nos situamos y qué papeles tomamos frente a un flujo de acontecimientos que nos exceden positivamente.

 

La necesidad de ese escucharnos, co-participar y actuar tiene que ver con esto. Colocar nuestros cuerpos, con toda su complejidad debe partir de un sentir común que se debe ir tejiendo abandonando toda identidad en sentido fuerte para poder redefinirse en nuevos momentos y a partir de nuevos gestos que han sido los que, entre otras cosas, han posibilitado la multiplicidad de juegos creativos y excesos varios de estos días. Buscar la crítica de ese común (como se decía en otro texto), pero ir andándolo desde otra perspectiva con los ojos bien abiertos, atentas y atentos, con herramientas que ya tenemos construidas, otras que habrá que elaborar (extender otros lemas, hacer frente a los ya consabidos que te devuelven como en un flash a un campo de fútbol, conectar el discurso de la guerra con nuestra realidad social- precariedad, privatización, militarización, migración y libre circulación, lucha feminista...- esto es enriquecerlo, crear tal vez, símbolos que puedan hacerse extensibles con un discurso amplio reconocible ...), para poder seguir atendiendo, que no es sino ‘tender a’ de forma activa, pero un ‘tender a’ en el que resuenan los ecos propios de la escucha de quien atiende y se tiende atendiendo.

 

 

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