23 marzo 2003
Por si cabía alguna duda, ayer
nos quedó definitivamente claro cuál es el diseño con el
que el PP se plantea romper este movimiento masivo de la población
contra la guerra.
¿Cuál?
Pues ni más ni menos que el de siempre, el que se activa cada vez que un
movimiento social crece en volumen y creatividad: tratar de escindirlo,
provocar por medio de la policía un ánimo de crispación
entre quienes asistimos a las movilizaciones, de sospecha y
extrañamiento hacia quien camina a nuesto lado, producir un sentimiento
de inseguridad y fragilidad, de miedo, una escenificación
céntrica del desorden, una militarización de la ciudad, tomada en
defensa de quienes la gobiernan, una espectacularización codificada de
la violencia en los medios, acrecentar una escalada de presión sobre
ciertos sectores –fundamentalmente sobre el PSOE e IU– para que
éstos se plieguen una vez más al indiscutible marco de consenso
que en lo simbólico representa la violencia vs. la seguridad –simbólico
constantemente acechado por la sombra (consensuada afanosamente durante los
últimos años) del terrorismo–, y que en lo material (por
llamarlo de algún modo) se esconde el secreto deseo, mejor o peor
guardado, de que nada cambie sustancialmente, que los sectores del capital que
representan algunas de estas fuerzas no se sientan amenazados, que reine el
orden democrático tal y como lo conocemos, que se mantengan los canales
de representación (hoy tan vapuleados), que sigamos en la
producción, que se respeten las formalidades (aunque algunas sean tan
redundantes como la propia ONU), que no haya motivos para que nos portemos mal
(tal y como expresa maravillosamente el preámbulo de la
Declaración de los Derechos Humanos), etc. Toda protesta que se salga de
tono, es decir, que no pueda ser gestionada (por unos u otros) será
tachada de antisistema y el sistema, siempre en nuestro horizonte antagonista,
será la excusa y el motivo que limite cualquier sueño de una
ciudadanía soberana.
Un amigo
latinoamericano me dijo el otro día en Colón que esto
parecía un «estado preinsurreccional». No sé, acaso
no sabría reconocerlo, no lo he visto ni de cerca y en Europa ya no
pasan esas cosas... Lo cierto es que hemos abierto una crisis de legitimidad
seria que les trae de cabeza, algo que sólo se abre en
compañía y después de un recorrido rico en reflexiones,
puntos de ataque y nuevas formas de lucha. Este es el recorrido que venimos
trazando, en el movimiento de resistencia global, en la huelga general, en la
cotidianeidad que afirma testaruda otras vidas y, desde hace mucho, mucho
más tiempo, en una senda zigzagueante de confluencias no totalizadoras y
contradictorias empeñadas en comprender la conectividad no declarada de
lo que son hoy los sitemas de opresión.
Y luego
está ese estar en la calle alegre. Esa vibración de los cuerpos
que se descubren aferrados al asfalto. Y ver a la policía de frente
haciendo el sandwich. Son tan frágiles, los miramos, son pocos,
están asustados y mirán en todas direcciones. Temen que los
veamos, desnudos ante nuestras pasiones, sin casco, sin nada. Y así les
vemos cuando nos acercamos por detrás para rodearlos, con las manos en
alto para representar nuestras armas y les gritamos fuerte que se vayan.
Lo que tenemos
en el cuerpo es la interposición, la movilidad y el anonimato. La
interposición es la presencia, la afirmación de un cuerpo que
persiste, que no se va, que piensa lo público como un espacio propio e
inalienable, que vuelve una y otra vez para ponerse en el centro de la plaza.
La movilidad es un tránsito permanente, un desplazamiento que extiende
el cuerpo hasta abarcarlo todo, como cuando arrancamos el otro día y
bajamos por la Castellana, espaciándonos después de sentir
estrangulado nuestro sentido expresivo en la embajada de EEUU. Hablamos
aquí y nos largamos, nos fugamos del escenario policial… urban
wanderers más interesadas en la ampliación del campo, en la
comunicación con quienes se acercan curiosos que en la machacona y
machacante interpelación policial. El anonimato cobra hoy un nuevo carácter.
No es posible reconocernos; somos personas diferentes, diversas y actuamos con
naturalidad. Por eso la policía da palos de ciego en Sol un viernes por
la noche. Porque no se puede contener el fluir de lo social en la ciudad
instaurando el estado de excepción. Porque la gente se reune, se busca,
se acerca, pregunta qué es lo que pasa, se pone a dialogar, no piensa
que le van a abrir la cabeza y se aproxima a la cabina, lo piensa porque se
acuerda de Franco, se indigna y pide explicaciones, no conoce los lenguajes e
intenta descifrarlos, ha quedado y tiene prisa, merodea y se entretiene. Nos
confundimos en este fluir constante y las estrategias militares no son
más que parodias de lo imposible, representación del sinsentido
de disuadir a los viandantes negándoles su derecho a la circulación,
ilegalizando su ser social. Desarmar a la policía con la rotundidad de
lo imprevisible, con la fuerza del desplazamiento constante del conflicto, con
la fuerza del deseo cotidiano de ocupar la ciudad que practican miles y miles
de personas todos los días sin que le dediquemos el apelativo de
política, de práctica de resistencia. Nos ponemos a cubierto e
insistimos, todo en un único movimiento.
Y ahora
qué. Es preciso afirmar estas pasiones, con todas las personas que las
han expresado en estos días y que están dispuestas a seguir
expresándolas frente al miedo y a los chantajes que intentan convertir
este escenario de alegría en otro de tristeza en el que prevalezca el
miedo y el cierre burocrático.
No plegarse, no
desmarcarse, sostener conjuntamente esta tensión, empujar los
límites, esperar-exigir la valentía y el compromiso de quienes
capitulan cayendo en el consabido juego del orden y la ley (esa lección
ya la conocemos, cómo vais a explicar/pagar luego esta deserción),
buscar la alteración «natural» del cotidiano (¡esa
huelga social!), perderse en lo común para cuestionarlo (como hacemos
con el sexismo y la homofobia que jalonan no pocos de los lemas que se gritan
estos días), cortocircuitar el vanguardismo que desprecia nuestro
físico y nuestra inteligencia, establecer un hilo histórico con
quienes saben y reconocen lo que nos juga(ba)mos. Amar lo tienes en el cuerpo.
Sigue el debate en ACP/Indymedia
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