Entre el 17 y el
23 de marzo se ha celebrado en el Aula del Rectorado de la Universidad
Internacional de Andalucía (UNIA) el seminario Retóricas del
género / Políticas de identidad donde se ha analizado la re-definición de
género en términos de performance postulada por las prácticas y
teorías queer que
comenzaron a desarrollarse a principios de la década de los 90. Dirigido por Beatriz Preciado, autora del
libro Manifiesto contrasexual, el seminario profundizó en el origen multidisciplinar y
transversal y en las múltiples implicaciones políticas y sociales
de esta redifinición de la identidad de género que se opone tanto
a la imposición normativa de ciertas formas de masculinidad y feminidad
como a la concepción del feminismo clásico que cree en la
existencia de una verdad pre-discursiva de la diferencia sexual.
¿De qué hablamos
cuando hablamos de género?
Para explicar y contextualizar el
profundo "giro performativo" que ha supuesto este cambio en la
noción de género, Beatriz Preciado analizó durante la
primera jornada de este seminario la transformación histórica que
ha experimentado el concepto de sexualidad. "El sentido del título
de este curso, señaló Beatriz Preciado, hace referencia a la multiplicidad
de caminos y discursos teóricos (retóricas) que han contribuido a
pensar y reflexionar sobre el género". El feminismo clásico
y esencialista (una de esas retóricas) se estructura a partir de una
especie de ontología biológica de la diferencia sexual que
defiende la existencia de una línea de continuidad entre tres nociones
diferenciadas: sexo, género y orientación sexual. Desde esta
perspectiva teórica, el sexo sería algo natural, un imperativo
biológico que se identifica con los genitales, mientras la diferencia de
género derivaría de una construcción social y
simbólica vinculada a un proceso dialéctico de dominación
y opresión (en el que los opresores serían los hombres y las
oprimidas las mujeres). Beatriz Preciado considera que esa visión no se
puede entender al margen del periodo histórico y de la tradición
teórica y científica en la que se gesta.
En su intento de
aproximación analítica al concepto de género, Preciado
recurre a la tipología de Foucault que establece una diferencia
histórica entre sociedades soberanas, disciplinarias y de control.
Según Foulcault en las sociedades soberanas (hasta el SXVIII) hay una
equivalencia jurídico-simbólica entre el crimen y el castigo, y
el poder (un poder negativo puesto que sólo puede decidir de la muerte)
se articula en torno a la figura de un soberano único que decide sobre
la muerte de sus súbditos. Por el contrario, en las sociedades
disciplinarias y de control, el poder depende de la capacidad de producir la
vida (demografía, políticas de control de la
reproducción,...), no en darla o quitarla, el soberano se transforma en
una instancia colectiva y desaparece la equivalencia directa entre la falta y
el castigo. En estas sociedades que tienen su origen en la revolución
francesa, hay una dinámica institucional de corrección y
regulación sistemática de los espacios (por ejemplo, la
prisión, el hospital, la escuela, la caserna militar, etc.), cuyo
objetivo es la regulación del cuerpo y la transformación de los
hábitos de conducta.
Según Beatriz Preciado se
puede realizar una correspondencia entre estas formas de división del
poder y un análisis histórico de los regímenes de
producción de la sexualidad en la civilización occidental. En
este sentido Preciado considera que se podría hablar de una sexualidad
premoderna, moderna y posmoderna. Las fronteras entre los distintos periodos
de esta historia de la sexualidad
son difusas, aunque para la autora de Manifiesto contrasexual sí existen algunos puntos de inflexión
(marcados por una serie de "fechas-fetiches") en los que se producen
cambios muy significativos que determinan la transformación de las
identidades de género.
En este sentido, Thomas Laqueur
señala en su libro Making sex que
hasta el siglo XVII existía un sólo sexo, el masculino, con una variable
débil y decadente que se asociaría a la feminidad. Esta certeza
era fruto de los estudios médicos de la época que creían
en la existencia de una especie de órgano sexual universal que se
representaba en forma U (derivando en
masculino si estaba para afuera y en femenino si se encontraba hacia adentro).
Posteriormente apareció un nuevo régimen visual de la sexualidad,
un nuevo paradigma epistemológico, para el que los órganos
genitales constituían el elemento clave de la diferencia sexual.
"Hasta entonces, recuerda Beatriz Preciado, el criterio que determinaba la
feminidad o la masculinidad de una persona era la capacidad reproductiva y no
se consideraba importante la morfología de los genitales". La
diferencia sexual y la diferencia entre homosexualidad y heterosexualidad son
regímenes de representación de la sexualidad relativamente
recientes. No es hasta el siglo XVII cuando la representación
médica de la anatomía sexual produce la diferencia sexual entre
lo masculino y lo femenino. Del mismo modo que no es hasta finales del siglo
XIX, cuando diversos estudios asociados a la ciencia médica fijaron por
primera vez la distinción lingüística y conceptual entre
homosexualidad y heterosexualidad, entre perversión sexual y normalidad.
Los "sujetos sexuales" aparecen así como una invención
moderna que comenzará a cuestionarse hacia mediados de 1950.
A mediados del siglo XX,
comenzó a gestarse una noción de la sexulidad que ponía en
duda la relación causal entre sexo y género, esto es, que
cuestionaba la idea de que el sexo es una instancia biológica
predeterminada y fija que sirve como base estable sobre la que se asienta la
construcción cultural de la diferencia de género. Según
Beatriz Preciado, si extendemos los análisis del poder y la sexualidad
de Foucault al siglo XX, podemos señalar un punto de inflexión
fundamental (otra fecha-fetiche) en torno a 1953, coincidiendo con la
aparición pública de Christine Jorgensen, la primera transexual
mediática estadounidense. Ese año, John Money, un pediatra
norteamericano especializado en el tratamiento de niños con problemas de
indeterminación de la morfología sexual, utilizó por
primera vez la noción de género (palabra castellana que deriva
del término anglosajón gender) para referirse a la posibilidad quirúrgica y
hormonal de transformar los órganos genitales durante los primeros 18
meses de vida. "Esto suponía un cuestionamiento absoluto,
subrayó Beatriz Preciado, del régimen sexual bipolar de la
modernidad, de la epistemología visual sobre la que se había
construido el conocimiento de la sexualidad". Además para Preciado
es muy significativo el hecho de que el concepto de género no
apareció en el ámbito de los estudios sociológicos y
humanistas, sino asociado a la medicina y a las tecnologías de
intervención de la sexualidad.
John Money justificaba estas
intervenciones quirúrgicas en los bebés con problemas de
indeterminación sexual como el único medio para posibilitar su
adaptación a la vida familiar y a la lógica productiva de la sociedad.
Lo llamativo es que esta práctica (que supuso la aplicación
artificial y cruel de un proceso de selección sexual de corte
darwinista) sólo comienza a ponerse en cuestión hacia finales de
los años 90 cuando se constituyeron las primeras asociaciones de
intersexuales en los EE.UU que exigían poder acceder a sus historiales
médicos y reclamaban el derecho de todo cuerpo a elegir las
transformaciones que se lleven a cabo sobre su morfología genital. Para
Preciado este hecho ilustra como los dispositivos institucionales de poder de
la modernidad (desde la medicina al sistema educativo, pasando por las
instituciones jurídicas o la industria cultural) han trabajado
unánimemente en la construcción de un régimen
específico de construcción de la diferencia sexual y de
género. Un régimen en el que la normalidad (lo natural)
estaría representado por lo masculino y lo femenino, mientras otras
identidades sexuales (transgéneros, transexuales, discapacitados,...) no
serían más que la excepción, el error o el fallo,
monstruoso que confirma la regla.
Las teorías y
prácticas queers
"Las teorías queers, subrayó Beatriz Preciado, ponen en cuestión
la distinción clásica entre sexo y género, haciendo
hincapié en el hecho de que la noción de género
apareció en el contexto del discurso médico como un
término que hacía referencia a las tecnologías de intervención
y modificación de los órganos genitales y cuyo único
objetivo era llevar a cabo un proceso de normalización sexual".
Para Preciado es necesario y urgente desde un punto de vista político
re-pensar el auténtico sentido de la dicotomía sexo-género
(presentada convencionalmente como una relación natural), y entender
dicha dicotomía como el resultado de aplicar un conjunto de dispositivos
políticos e ideológicos. La sexualidad no sería algo
biológico, sino una construcción social, una tecnología, y
sólo trascendiendo la dicotomía entre sexo y género se
puede articular un discurso y una acción política que rompa con
la labor normalizadora y mutiladora de la diferencia sexual.
Queer en sentido literal significa maricón, bollera,
aunque por extensión designa todo lo que sexualmente no es normativo
(desde l@s trabajador@s sexuales a los sadomasoquistas). El movimiento queer apareció a principios de los 90 en el seno de la
comunidad gay y lesbiana de los EE.UU. En ese contexto, una minoría (no
en su connotación cuantitativa, sino en el sentido que este
término adquiere en el pensamiento de Gilles Deleuze como potencial
revolucionario frente a la norma institucionalizada) decidió
autodenominarse con este término despectivo para diferenciarse
(establecer una distancia política) de las iniciativas que buscaban la
construcción de una identidad estable (una normalización) para
los gays y lesbianas. "Unas iniciativas, recordó Beatriz Preciado,
que con frecuencia se olvidan del resto de las variantes posibles de la sexualidad
y terminan limitando su lucha a la obtención de derechos y
privilegios".
La cultura queer (que engloba a grupos como Queer Nation, Radical Furies o
the Lesbian Avangers) plantea una posición crítica con respecto a
los efectos normativos de toda formación identitaria, no sólo la
sexual sino también las referidas a la raza o a la clase. Así,
frente a los análisis feministas clásicos y de los grupos de gays
y lesbianas más liberales que aplican un enfoque dialéctico para
valorar la opresión, las teorías queers consideran como su objetivo prioritario llevar a cabo un
acercamiento transversal a los dispositivos sociales de sumisión y
dominio.
Se trata de un movimiento
postidentitario, pero que ante una situación de opresión concreta
decide poner en marcha estrategias hiperidentitarias que hagan visible la
posición de ciertas minorías. "Pero siempre,
señaló Beatriz Preciado, desde la conciencia de que la
configuración de esa hiperidentidad no es fruto de un proceso natural
sino algo construido que además puede generar exclusión". Es
decir, las teorías queers deben
enfrentarse y resolver ciertas paradojas ya que al mismo tiempo que reivindican
una identidad propia, critican la supuesta naturalidad de las identidades. Por
ello no tratan de crear espacios de dualidad y dicotomía (en los que el
enemigo y el objetivo a alcanzar está claro) sino de aplicar un
análisis transversal y cruzado que complica mucho las estrategias
políticas a desarrollar pero dotan a su acción discursiva de una
gran complejidad teórica y de un enorme potencial subversivo.
Según Beatriz Preciado el
movimiento queer converge con el
postfeminismo al implicar una revisión crítica de las luchas
feministas. Frente al feminismo liberal, heterosexual y de clase media que
busca la igualdad del sujeto político mujer con el sujeto
político hombre (la normalización), el postfeminismo incorpora
otros elementos identitarios como las reivindicaciones de clase y raza. Frente
al feminismo de la diferencia que ya integra la noción de cuerpo pero
define a la mujer en clave esencialista (y habla de una identidad femenina
natural con una serie de rasgos intrínsecos: instinto maternal,
sensibilidad,...), el postfeminismo concibe el cuerpo (y no sólo el
cuerpo de la mujer) como el efecto de un conjunto de tecnologías
sexuales.
Pero las teorías y
prácticas queers no representan
un movimiento de emancipación que pide la adquisición de derechos
en vías de un reconocimiento social y de un progreso económico
(principal y casi única reivindicación de muchos movimientos
feministas y de homosexuales), sino que plantean una contestación
integral de la categoría de sujeto de la modernidad. "Por ello,
subrayó Beatriz Preciado, para la teoría queer es necesario no asumir los discursos/dispositivos de poder
de la hegemonía". Por el contrario, debe intentar reapropiarse de
nociones abyectas (como el propio nombre que designa al movimiento) que no
pueden ser asimiladas con rapidez por el sistema capitalista.
Perfomances de género en
el feminismo radical de los años 70
A partir de los trabajos de Teresa
de Lauretis, Judith Butler o Eve K. Sedgwick, las teorías queers cuestionan la idea de un sujeto político mujer (y
de un sujeto político homosexual) para poner el acento en la idea de
subjetividad performativa. En El género en disputa, Butler utiliza la noción de performance para
desnaturalizar el género y mostrar que el sexo es un efecto performativo
(realizativo en una traducción más literal) de los discursos de
la modernidad (desde la medicina a la institución educativa). Es decir,
la noción de performance adoptada
por la teoría queer cuestiona el
origen biológico de la diferencia sexual.
Según Beatriz Preciado los
antecedentes de la apropiación del concepto de performance para
explicar, re-pensar y parodiar la identidad de género hay que buscarlo
tanto en las primeras apariciones de las Drag Queens como en las intervenciones en los espacios públicos
a través del cuerpo de una serie de grupos feministas radicales
norteamericanos de la década de los 70. Algunas de estas intervenciones
están recogidas en el filme Not for sale de Laura Cottingham (proyectado durante la primera y
quinta jornada del seminario), un documental que se acerca al arte feminista y
lesbiano de los EE.UU con imágenes de propuestas de colectivos como Woman
House Project y artistas como Adrian Piper, Nancy Buchanam, Ana Mendieta o
Martha Rosler.
Hay dos técnicas
fundamentales en el discurso estético-político de este grupo de
artistas feministas:
- Las performances del cuerpo que
se conciben como un medio para llevar a la práctica el eslogan "lo
privado es político". Para estas creadoras, el cuerpo y la
experiencia personal es el espacio político por excelencia, por ello sus
performances no tienen como objetivo producir una representación para
que el espectador la vea de forma pasiva, sino generar una
"experiencia" que posibilite la transformación social y
personal, una experiencia que el feminismo de los años 70 concibe como
un proceso de aprendizaje, un modo de producción de conocimiento que
hace posible la acción política.
- La "toma de
conciencia" como método de acción política que
consiste en sacar al espacio público la palabra que hasta ese momento
había quedado relegada al espacio privado (algo parecido a lo que quiso
hacer el psicoanálisisa principios del siglo XX). En este sentido
resultan muy significativas las propuestas de Sarachild que dotan a estas
prácticas de un valor terapéutico y político. Son
proyectos de carácter colectivo en el que grupos de mujeres se reunían
haciendo circular la palabra unas veces sobre asuntos aparentemente banales
otras relacionadas con la intimidad, o el cuerpo, mientras algunas de las
participantes realizaban una teatralización de lo que se estaba
contando. "Gracias a esta escenificación, indicó Beatriz
Preciado, se producía una especie de liberación colectiva, una
auténtica catarsis política cuyo objetivo era modificar las
estructuras de conocimiento y de afecto. En definitiva, se trataba de producir
un nuevo sujeto político".
Woman House Project surge de un grupo de trabajo que se formó en el
Fresno College (California) en torno a Judith Chicago y Mryam Shapiro para
luchar contra las implicaciones sexistas de los sistemas de producción,
distribución y representación del arte. El contexto social y
político de la época hizo posible que Judith Chicago y su grupo
de trabajo pudiese disponer durante un breve periodo de tiempo (6 meses) de una
casa con 16 habitaciones donde podían producir y exhibir arte sin
ningún tipo de mediación ni control. A través de
instalaciones (transformaron integralmente todas las habitaciones de la casa),
sesiones de tomas de conciencia (las propuestas de Sarachild), performances que
muestran el trabajo doméstico como un proceso de repetición
regulado (por ejemplo, una escenificación de un planchado a tiempo real)
o representaciones ritualizadas que releen la vida de la mujer en
términos de espera pasiva (Waiting
de Faith Wilding), estas artistas feministas articularon una profunda
crítica de las estrategias de territorialización del
género que asocian lo femenino con el espacio doméstico, privado,
interior, cerrado y lo masculino con el espacio político,
público, profesional, exterior.
Una de las performances del Woman
House Project que mejor conecta con el análisis de género de la
teoría queer es The Cunt and
Cock Play en la que los órganos
genitales representan por metonimia todo el cuerpo masculino y femenino a
través de la escenificación de un desconcertante e irreverente
diálogo entre una polla y un coño. "En esta performance,
aseguró Beatriz Preciado, se lleva a cabo una deconstrucción no
sólo del género sino también de la sexualidad al
presentarla como un proceso de repetición regulado, lo que conecta
directamente con los planteamientos de la teoría queer". En esta misma línea de politización
del espacio doméstico se sitúan las propuestas de otras artistas
estadounidenses de la época como Martha Rosler (su performance Semiotic
of kitchen descoloca a los espectadores
invirtiendo el uso aparentemente natural de una serie de útiles de cocina)
o Ilene Segalove (su obra Advice from home pone de manifiesto la existencia de unos métodos y de un saber
doméstico que atesoran las mujeres pero que socialmente no se valora
como una fuente de conocimientos).
La feminidad como mascarada en
la interpretación psicoanalítica de Joan Rivière
A partir de las reflexiones de
Ernest Jones sobre la sexualidad femenina, Joan Rivière, una de las
primeras mujeres que consiguió hacerse un hueco en los círculos
académicos psicoanalíticos, publicó en 1929 un artículo
(Womanliness as a Mascarade) en el que
definía la feminidad como mascarada. E. Jones había establecido
un esquema de desarrollo de la sexualidad femenina subdividido en dos grandes
grupos - homosexual y heterosexual - a los que Jones añadía
perplejamente varias formas intermedias. De esas formas intermedias
había una que interesaba especialmente a Joan Riviére: la de
aquellas mujeres que, pese a su orientación heterosexual, presentaban
rasgos marcados de masculinidad (y a las que denominaba "mujeres intermedias").
"Un tipo de mujer hetero-masculina, puntualizó Beatriz Preciado,
que rompía con la causalidad aparentemente natural que enlaza sexo,
género y orientación sexual."
Para el psicoanálisis de
aquella época, la diferencia entre desarrollar una orientación
homosexual y heterosexual estaba determinada por el grado variable de la
angustia. Tomando como referencia la idea de S. Ferenczi de que ciertos hombres
homosexuales luchan contra su orientación exagerado su heterosexualidad,
Rivière cree que estas mujeres intermedias utilizan la máscara de
la feminidad para "alejar la angustia y evitar la venganza de los
hombres". En este sentido se refiere a un tipo específico de mujer
heterosexual que intenta abrirse camino en ámbitos académicos y
profesionales (espacio público y político reservado a los
hombres) y a la vez participa de los roles clásicos de la feminidad
(buena ama de casa, esposa atenta, marcado instinto maternal,...). Y toma como
ejemplo el caso de una paciente (donde podemos encontrar una evocación
narrativa de su propia biografía) que debe utilizar el habla y la
escritura (algo impropio de las mujeres de su época) en el desarrollo de
su labor profesional. La angustia de esta paciente se manifestaba tras sus
intervenciones en el espacio público y le llevaba a sentir un deseo de
coquetear histéricamente con todos los hombres que podía
(especialmente con aquellos que le recordaban a su padre).
Según Riviere esta paciente
pertenecería al grupo de mujeres homosexuales, aunque no estuviera
interesada por otras mujeres. Es decir, una mujer cuya orientación
sexual sería la homosexualidad, pero no así sus prácticas
sexuales. "Siempre teniendo en cuenta, aclaró Beatriz Preciado, que
hasta mediados del siglo XX la homosexualidad se entendía como
inversión de género y no como relación entre individuos
del mismo sexo". Esta inversión le generaba a su paciente una
terrible angustia (pues provocaba la censura del resto de los hombres) que
sólo lograba sortear si utilizaba la feminidad como una máscara,
como un disfraz que camuflara sus rasgos marcados de masculinidad y evitara las
represalias de los hombres por haber entrado en su territorio (el ámbito
público, el espacio político y de la palabra).
Esta noción de la feminidad
como máscara formulada hace más de 70 años nos remite ya,
como puso de manifiesto Butler, al concepto de performance, a la idea de que el
género es una construcción cultural, una elaboración
política y no algo natural. Pero Rivière y todo el aparato
discursivo psicoanalítico posterior mantiene la dicotomía entre
masculinidad y feminidad, otorgando a lo masculino un valor originario
(natural) y subrayando de lo femenino su carácter de máscara.
"La cultura queer, aseguró
Beatriz Preciado, va mucho más
allá, al plantear que no existe tal dicotomía, ni siquiera
diferencia entre una feminidad/masculinidad verdadera y otra impostada, sino
que toda identidad de género es una perfomance, una mascarada".
Performances de género y
políticas del performativo: la aportación de la teoría queer
Una definición
genérica de performance como proceso de repetición regulada (que
abarca desde el ritual a la mascarada, pasando por el travestismo o las
representaciones paródicas) permite asociar este concepto con la idea de
performatividad como acto lingüístico y a su vez evitar la excesiva
estetización que ha adquirido el término en el mundo del arte
(donde se ha neutralizado su carga política). Las teorías queers, que nacen de un cruce metodológico y
disciplinario, han explicado el género en términos de performance, una tesis que en los textos fundacionales de Judith
Butler se desarrolla a partir del análisis de la cultura Drag Queen.
"Pero Judith Butler,
indicó Beatriz Preciado, se basa exclusivamente en el análisis de
las performances de la feminidad, y se apoya todavía en el discurso
psicoanalítico que concebía la feminidad como mascarada y la
masculinidad como algo natural". Para la autora de Manifiesto
contrasexual las teorías queers deben articular una visión sobre el amor, el placer
y la sexualidad completamente alternativa al psicoanálisis, una
disciplina que surge de una cosmovisión burguesa y fundamentalmente
colonial y que se sustenta sobre la noción del sujeto (masculino) de la
modernidad. Según Beatriz Preciado, a partir de los años 60 se ha
abierto un espacio político y social en el que los presupuestos
psicoanáliticos no encajan.
Uno de los problemas de la
teoría queer, al menos en su
formulación butleriana, es que intenta conciliar dos planteamientos
filosóficos distintos sobre el sujeto y el poder. Por un lado, los
textos psicoanalíticos que describen el poder como censura, como
instancia de represión, y ven la relación entre el sujeto y el
discurso en términos dialécticos (planteando que existe un deseo
que antecede al sujeto, una pulsión anterior al lenguaje y al discurso).
Por otro lado, los análisis de Foucault sobre la sexualidad (que
Preciado completaría y matizaría con las reflexiones de Monique
Wittig y los trabajos de Deleuze y Guattari) en los que se concibe el sujeto
como producto del discurso y el poder como producción.
En su libro The straight mind (1980) Monique Wittig, activista y ensayista lesbiana
fallecida recientemente, definía el sexo y el género como una
construcción y consideraba las actividades asociadas a lo femenino (la
reproducción, el matrimonio, el cuidado de los hijos,...) como elementos
de una cadena de producción social y demográfica destinada a la
reproducción de la vida. Wittig calificaba la heterosexualidad no ya
como una práctica sexual sino como un régimen político (un
sistema de producción capitalista), un análisis que conecta con
la noción foulcatiana de biopolítica. Para Wittig, que sustituye
la dualidad dialéctica de la opresión hombre/mujer por la de
hetersosexualidad/homosexualidad, "la mujer" no es una identidad
natural, sino una categoría política que surge en el marco de un
discurso heterocentrado. En este sentido la autora de The straight mind consideraba que las lesbianas no son mujeres, ya que no
participan en el régimen político (productivo y reproductivo) de
la heterosexualidad.
Desmarcándose de la
dialéctica binaria de la opresión marxista y en continuidad con
el pensamiento de Foucault y de su coetánea Monique Wittig, las
teorías queers hablan de un
poder productivo, transversal, complejo. "Frente a una estructura de
dominación vertical y sin fisuras, puntualizó Beatriz Preciado,
donde a un lado están los hombres y al otro las mujeres (o a un lado los
poderosos y al otro los oprimidos), las teorías queers piensan que existe un sistema complejo que pone en marcha
múltiples relaciones de poder y en el que, por tanto, es siempre posible
intervenir, crear espacios de resistencia y desarrollar una lucha
política".
En los textos teóricos queers es muy importante la reflexión sobre el sujeto de
la enunciación. En la película Paris is burning (proyectada parcialmente durante la tercera jornada del
seminario) el sujeto de la enunciación es Jeannie Livingstone, una
persona blanca, judía, neoyorquina y de clase media-alta (lo que
determina su mirada e interpretación de la realidad) que dirige un filme
sobre transexuales, travestíes y trabajadoras sexuales de clase baja (en
su mayoría chicanos, negros o white trash) participando (como autores o como espectadores) en
actuaciones de Drag Queens. El filme
presenta las performances de género de estas Drag Queens no como una mera representación escénica
(para la que bastaría colocarse una peluca y un traje) sino como el
resultado de un proceso de aprendizaje performativo muy determinado por una
serie de condiciones personales, materiales y sociales.
"Pero lo interesante de Paris
is burning, subrayó Beatriz
Preciado, es que no sólo articula un sugerente análisis del
género, sino que además lleva a cabo una exploración de
las políticas de identidad en el mundo capitalista al mostrarnos los
accesorios de las Drag Queens como
productos de consumo que simbolizan todo un conjunto de roles económicos
y políticos". Gracias a la creación de un espacio
performativo donde se sienten respaldadas, estas drags marginales pueden acceder a la cultura y a los sistemas de
representación consumistas a través de performances que les
permiten realizar no sólo la performance de la feminidad, sino
también la performance del hombre de negocios o del alumno de un colegio
privado (identidades que no pueden o no han podido desempeñar por un
conjunto de imposiciones políticas de género, clase y raza). En
este sentido, las parodias de los habitantes del mundo paralelo del Ball Room
de Paris is Burning, ponen de
manifiesto la producción performativa no sólo del género,
sino también de la clase y de la raza.
RETÓRICAS
DEL GÉNERO/ POLÍTICAS
DE IDENTIDAD:
performance,
performatividad y prótesis
Dirección:
Beatriz Preciado
Dirección
grupos de lectura y discusión: Mª José Belbel, Azucena
Vieites, Fefa Vila
Sede: Aula del
Rectorado de la Universidad Internacional de Andalucía (UNIA) y Sala
Endanza
Fecha: 17-23 de
marzo de 2003
Invitadas:
María José Belbel, Azucena Vieites y Fefa Vila (dirección
grupos de lectura y discusión); Judith Halberstam,
Marie-Hélène Bourcier, Myriam Marzouk.
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