TRANSGRESION DE MUJER

Laura Kipnis

 

 

Hacia el final de la película Los Doors de Oliver Stone, Jim Morrison, ese dios del rock-and-roll militante de su propia destrucción y prototipo del deseo de los años sesenta, al que las drogas, la bebida y la fama habían reducido ya a la impotencia y a los juegos con la muerte, se da cuenta de que la única manera de poder cantar sin desafinar durante una sesión de grabación consiste en que su novia se ponga de rodillas y se la chupe en la cabina mientras canta un solo.  Estar de rodillas, por supuesto, es la forma típica en la que suelen aparecer las mujeres en las películas de Stone.  Mientras, película tras película, el director acota su proyecto cada vez más épico de definir para el mundo la experiencia americana de los años sesenta, la política exterior e interior de EE.UU. durante dicha década, éste también nos presenta en la película antes mencionada esa cultura y esa experiencia americana, no hace falta  ni decirlo, como centralmente fálica.  “El rock es polla, baby”, una de las personas de su entorno le dice a Morrison, justo en el momento en que parece que su voz y su miembro se están desentumeciendo.  La cercana identidad que existe entre la forma cultural más destacada de una generación y la sexualidad fálica triunfante, se hace evidente tanto por el guión y la puesta en escena, como por los numerosos episodios de la trama que giran literalmente en torno a la polla de Morrison, con sus subidas y bajadas, sus viajes y trabajos, y que Stone transforma en un icono de la época. Cuando finalmente Morrison se la saca y se la sacude por todo el escenario (si bien aparece discretamente desenfocada en la velada dirección que Stone hace de esta escena), su acción es un acto protorevolucionario, una confrontación con el poder del estado representativa de la política contracultural de una década, mientras que, a la vez, representa su condena: este acto precipita la caida final de Morrison en un largo enjuiciamento penal en los juzgados del sur de EE.UU. y acelera también en esta película el final efectivo de los años sesenta.  (Y para beneficio de izquierdistas nostálgicos, Stone llama a defender la exhibición fálica al mismo William Kunstler, último icono superviviente de la justicia contracultural de los sesenta.)

                  Si el rock es polla, lo que Los Doors también nos dice, recreando los rollos de películas documentales con omnipresentes fans chillonas que los esperan cada vez que se bajan de su limousine, en todos los hoteles en los que se hospedan y en todas las puertas de salida al escenario, es que las mujeres querían un trozo del pastel, aunque la forma en la que podían acceder a él era desempeñando el papel de aduladoras, groupies y musas.  Mientras Morrison se pavonea y se pone poético, Stone nos muestra escenarios ilimitados de mujeres enloquecidas, fuera de sí de deseo, encendidas de lujuriosa histeria.  No estoy discutiendo la veracidad histórica del mensaje de estas imágenes: que la posición ofrecida ,(y aceptada), por las mujeres en el rock and roll de los sesenta estaba organizada en tono a la sexualidad masculina.  Más bien, me veo obligada a preguntarme: ¿Qué habría sido de los años sesenta si Jim Morrison no hubiera tenido polla?  Esta es la vulgar, sorprendente y subversiva pregunta que nos hace el video A Spy (Hester Reeve does the Doors) de Suzie Silver (1991).  ¿Cómo sería la cultura si esta misma reconociera el grado en el que tanto la representación como sus diferentes industrias culturales giran en torno a cuestiones de diferencia sexual y poder fálico y no renunciara al placer, como dictaban las primeras feministas?  ¿Y cuál sería el papel de las mujeres, cómo sería la sexualidad de las mujeres, cómo sería el deseo de todas esas fans gritonas, si no estuviera fundamentalmente organizado en torno al falo?

                  Sin embargo, el video de Silver, como el reciente trabajo de un buen número de mujeres jóvenes (lesbianas en su mayoría) cuyos videos abordan temas de sexualidad y representación, evitan el tradicional análisis feminista, evitan los dictados de la teoría fílmica feminista sobre el placer visual y la mirada masculina, y simplemente (aunque no tan simplemente) producen cataclismos culturales. Hacen la vista gorda (o quizás hacen un guiño) a representaciones feministas reconocibles tales como el opresor/la víctima, el sujeto que mira/el sujeto al que se mira, la pornografía masculina/el erotismo femenino y en su lugar, inventan nuevas formas políticas y avanzan a tientas  hacia nuevas formas de conocimiento y nuevos temas políticos.

                  A Spy, apropiándose  de la forma del video musical, describe a la artista Hester Reeve como a un Jesucristo travestido femenino, cantando en play-back “The Spy” la melodía erotomaníaca de los Doors frente un fondo falsamente psicodélico de películas porno de los años sesenta, -en las que mujeres desnudas retozan en orgías de amor libre hippy frente a los espectadores masculinos-, junto a otro tipo de imaginería irónicamente extraña.  Con barba, vestida sólo con un taparrabos suelto, luciendo una corona de espinas y una expresión pía, con cada pecho pintado como si fuera la cara guasona de una ángel,  Reeve convierte la letra de Jim Morrison en una transgresión femenina de esos cultos centrales del escenario masculino que son el rock y el cristianismo, reivindicando para sí misma los atributos del culto, la tragedia y la omnisciencia.  Mientras que el Cristo de Hester entona “Soy un espía en la casa del amor/ Conozco el sueño que estás soñando“, con la voz de Morrison, las resonancias religiosas, sexuales, patriarcales y psicopaternales de la letra se desvelan una a una, a través de la inserción transgresora de una mujer en el culto a Cristo y al dios del sexo del rock,  Morrison.  Es una apropiación que transforma las posibilidades de una posición femenina, de suplicante a sujeto, transforma el tener que ponerse de rodillas de forma literal y figurada.  Una política que empieza por el cuerpo, el cuerpo de la mujer.  Para una mujer, hacer de Cristo, mostrando sus pechos al aire, mofándose de lo divino desde la posición de mujerzuela, es una manera de representar  una política del cuerpo más sofisticada y transgresora que, pongamos por caso, meter una cruz en orina (como la contribución a la guerra de la NEA (*) que ha hecho el artista Andrés Serrano), porque insiste en el carácter central del género en el complejo cuerpo social iglesia-estado, que la polémica sobre la obra de Serrano significativamente ignora.

                  Si el video de Silver representa un tipo de replanteamiento que está teniendo lugar en el video realizado por mujeres, uno de los primeros temas que se está replanteando es la cuestión del placer.   El ensayo de Laura Mulvey “Placer visual  y cine narrativo” definió los temas a tratar por una generación de teóricas feministas del cine, en su análisis de cómo el cine de Hollywood sitúa a las mujeres  a través del régimen de la escopofilia y también llamó a su vez a aquellas que lo practicaban a crear productos visuales alternativos que destrozaran el placer de las formas dominantes.  Uno de los mayores problemas de las normas de Mulvey consistía en que demandaba y producía un cine alternativo modernista y elitista que funcionara como un antídoto al poder de la mirada masculina, mirada cuyo público estaba constituido solamente por el público tradicional de la alta cultura.  Su ataque a los placeres de la cultura popular también era un ataque implícito al público de la cultura popular, a la masas para las que sería una tortura sentarse a ver Riddles of the Sphinx.  Políticamente, compartaba el proponer el liderazgo de una élite vanguardista (o avantgarde) que conduciría a la plebe a una auténtica conciencia, mientras que de paso reformaba su imaginación y sexualidad.

                  La primera generación de video feminista compartió y reflejó  en su trabajo el ataque de Mulvey al placer que el cine proporciona y al placer de mirar.  Eran obras -que aparecieron a la vez que el ensayo de Mulvey- y que se propusieron como tarea el criticar y reformar la manera en la que la cultura y la representación dominante oprimían a las mujeres y sus planteamientos tácticos también comportaban  el renunciar a la forma dominante y el subvertir el placer de mirar, mediante el ataque o la negación.  Como ejemplo paradigmático de sus posiciones se encuentra el video Vital Statistics of A Citizen Simply Obtained realizado por la artista Martha Rosler en 1977, en el que una pasiva Rosler se desnuda, su cuerpo es  medido sistemática y exhaustivamente y dos tecnocrátas de sexo masculino vestidos con batas de laboratorio anotan sus medidas.  A través de esta penosa experiencia, la voz sobrepuesta de Rosler se extiende en un análisis sobre el acto de medir como una forma de control social, concretamente sobre el terrorismo no cuestionado que la antropometría, es decir la medición del cuerpo humano, lleva consigo.

                  A pesar de no compartir directamente las preocupaciones de Mulvey sobre el cine o el inconsciente, el video de Rosler también aborda la cuestión del lugar en el que la mirada masculina sitúa a las mujeres (aunque los aspectos específicos de esta mirada difieren de los de Mulvey), y también comparte, como una estética política,  la táctica de negar y aniquilar el placer.  Rosler no describe la mirada como específicamente masculina sino como un complejo entramado de poder en el que incluye al estado, la ciencia y todo tipo de mediciones, la burocratización y la racionalidad técnica, factores todos ellos dirigidos contra los cuerpos de las mujeres en primer lugar (y que una vez internalizados por las mismas pasan a constituir un componente primordial de la subjetividad femenina).  Todo tipo de medición -y los cuerpos de las mujeres, que están sometidos mas que nada a mediciones de tipo normativo- se relaciona con la ingeniería burocrática de la vida cotidiana, que a su vez se relaciona con la falta de poder y el masoquismo femenino, así como  parece relacionarse con todo tipo de deshumanización y maldad, con comentarios que parecen de alguna manera inspirados en la Escuela de Frankfurt.  El análisis que hace Rosler sobre este todopoderoso escrutinio científico es incluso más radical que la descripción que Mulvey hace de la mirada escopofílica: para Rosler, el escrutinio y su sirvienta, la medición, son centrales no sólo en el feminicidio, término acuñado por ella misma, sino también en el racismo, el colonialismo y el holocausto.

                  Este video ha sido piedra angular del video feminista, de gran importancia en el momento en que se hizo y también posteriormente asimismo es un video que resume la posición  contra la que reaccionan videos posteriores realizados por mujeres como por ejemplo A spy.  Si lo contemplamos después de quince años, Vital Statictics es un experimento en displacer radical, tanto por su carácter polémico como por su estrategia formal.  Al utilizar su propio cuerpo desnudo como un gámbito, la voz implacable de Rosler se esfuerza no sólo en desproveer la experiencia de mirar de cualquier interés, placer o curiosidad, sino que también estigmatiza cualquier rastro de tal experiencia en el espectador.  Sin embargo, el placer y la curiosidad son expectativas que están indisolublemente ligadas a mirar una pantalla de video o cine, y un cuerpo desnudo siempre ofrece suficientes estímulos emocionales para levantar cuanto menos algún pequeño interés por sí mismo: y es precisamente por eso por lo que artistas de video y performance se quitan la ropa. Aquí, sin embargo, el interés inicial de alguien por participar en la experiencia de mirar el video somete a juicio al desafortunado espectador, al prepararle una encerrona con un perfecto dilema: a través de una cadena de asociaciones hechas por la voz sobrepuesta que da la conferencia se nos implica en una imponente colección de horrores, que abarcan, los tests de inteligencia racistas, los crímenes contra l*s nativ*s american*s y llegan hasta la exterminación en masa de los seres humanos.

                  A pesar de que el tipo de visión evaluadora que el video implica fundamentalmente proviene de una mirada masculina, no podemos decir que las mujeres como espectadoras no miramos a los cuerpos desnudos sin evaluarlos ni tampoco sin curiosidad, independientemente de la sexualidad de cada cual.  (A pesar de que la sexualidad y el placer han sido completamente eliminados de este video).  ¿Me gusta este cuerpo, qué me produce, me excita sexualmente, cómo son sus pechos, cómo es su cuerpo comparado con el mío?  Pero cualquier tipo de respuesta a este cuerpo desnudo, -evaluativa, curiosa, sexual-, desaparece ante otra forma de dominación que hay que sumar a cualquier tendencia que la espectadora tenga a autoevaluarse o medirse el cuerpo, o incluso a llevar maquillaje.  Aunque la voz del video permite pensar que a las mujeres se nos imponen cosas tales como la automedición como víctimas que somos,  también se nos implica en nuestra propia victimización, ya que, lo sepamos o no, el participar nos hace culpables.

                  La lectura que ofrece el video de Rosler da la impresión de ser, por un lado autocensuradora y por otro negadora de aspectos de la realidad, (es decir, politicamente correcta, que es otra manera de mantener las apariencias).  ¿Yo?  Yo no pienso/ hago/ disfruto de cosas de este tipo.  El problema  es que eso no es verdad a uno u otro nivel,  ni para mí ni para la mayoría de las mujeres.  Aunque supongo que lo que Rosler tenía en la cabeza como respuesta a su video era algo del tipo de un rechazo radical a las formas de representación dominantes, siempre fue una falacia de la izquierda y del feminismo de los años setenta el pensar que se puede intimidar a la plebe a fin de convertirla en ilustrada, acusarle de sus placeres, regañarle por sus fallos morales, no ofrecerle nada en el terreno de la mirada y de la utopía, y además esperar a que se someta obedientemente. Lo que Rosler propone, aparte de hacer que el espectador o la espectadora se sienta mal es la autoridad de su propio análisis, es decir, más autoridad.  Tal análisis es completamente antidialéctico, y en buena medida ahistórico.  (Es evidente que siempre ha habido en las ciencias sociales un aspecto progresista, tanto en sus principios como en su práctica, y que incluso las estadísticas y l*s profesionales que las realizan, que suelen ser especialmente criticad*s, en la práctica son herramientas esenciales para la izquierda, asimismo el único tema feminista en torno al que la mayoría de las mujeres pueden unirse hoy en día es la equiparación salarial con los hombres, y para ello se necesitan las estadísticas sobre la diferencia salarial) (1).  Lo que parece que Rosler no ha tenido en cuenta es cómo la voz sobrepuesta que regaña a la plebe comparte formas de dominación similares formalmente a aquellas que está criticando, o que ese ataque al poder es simplemente substituido por una nueva versión del poder.  Cómo la voz sobrepuesta nos dice repetidamente, “esta obra trata de la coerción”.  Y aunque la intención de Rosler debe haber sido expresar sus puntos de vista de forma coercitiva, es imposible imaginar un espacio fuera de lo coercitivo: mientras el video critica la crueldad  de científicos e intelectuales, es en sí mismo cruel.  Es una estrategia estética que hace todo lo posible por reafirmar esa sabia sospecha y ese miedo que la gente expresa con frecuencia, que la izquierda tiene un talento especial para el autoritarismo.

                  Pero bajo este análisis nos encontramos con dolor, dolor compartido por las mujeres con respecto a la degradación inflingida sobre sus propios cuerpos y psiques, pero no existe un lenguaje mediante el que acceder al dolor fuera del lenguaje de dominio intelectual de la propia Rosler que va demasiado lejos (2).  Su rechazo al dolor aparece ligado a su rechazo al placer: lo que queda es intelecto y corrección política.  Ninguno de los dos, sin embargo, parece suficiente, (o quizás incluso necesario), desde un punto de vista actual, en relación a una estética de transformación política que aspire a ser a la vez radical y democrática.

                  Lo que Rosler aporta de forma inequívoca a su trabajo es una política articulada, una clara percepción de que, políticamente hay opresores, crímenes, enemigos y que es tarea del videoarte político nombrarlos. Posteriores preocupaciones del video que tratan de reformular políticas sobre el placer y el género, sobre la mirada y la sexualidad, obras que responden implícitamente a Mulvey y a los primeros trabajos de video feminista, son con frecuencia menos explícitos desde un punto de  vista político, trabajan más para atraer que para distanciar.  Las tácticas que se utilizan generalmente conllevan una reapropiación de la narrativa, del humor y  del placer visual.  El video A Spy in the House that Ruth Built realizado por Vanalyne Green en l989, se cita con frecuencia como un video que trata de darle la vuelta al régimen de la mirada masculina, un ejemplo de una mujer que invierte el papel de objetos al que las mujeres se ven convertidas por los hombres.  Es un trabajo que incorpora con desparpajo la teoría feminista mientras que rara vez utiliza un lenguaje teórico, uno de sus puntos fuertes reside en que es sencillo y sofisticado a la vez.  (Normalmente son o lo uno o lo otro).  También es placentero en extremo.  El video es presumiblemente autobiográfico, es decir, está narrado en primera persona con Green como protagonista, aunque yo tiendo a pensar que todas las asunciones autobiográficas deben de contemplarse con escepticismo, ya que la autobiografía siempre se basa en técnicas de ficción (y requiere una amnesia selectiva).  El tema es, a un nivel manifiesto, la relación de Green con el mundo masculino del béisbol, que durante un periodo de tres años de su vida alcanzó todas las características de una obsesión.

                  El béisbol funcionaba para ella como una parábola, una metáfora y un terreno para la experiencia  de un conjunto de deseos -sexuales, familiares y culturales-.  También nos propone un medio para  que aparezcan una multitud de fantasías transgresoras, la mayor parte de las cuales se centran en torno al deseo de querer follarse a jugadores de beisbol.  (Su miedo a parecerse a una que quiere follarse a un jugador de béisbol sólo es equiparable a su miedoso deseo de hacer eso exactamente).  El esplendor del video reside en la forma en que el béisbol, nuestro deporte nacional, se transforma en una especie de trinchera feminista de guerrilla semiótica, en un terreno de rehenes, a través de cuyos personajes cautivos, campo de juego y la jerga propia de este deporte, Green analiza la complejidad de la sexualidad femenina: la forma en la que el deseo femenino se arropa con frecuencia en ambivalencia y desilusión, y las contradicciones de aquellas (destinadas a la heterosexualidad) entre rechazar y desear a los hombres.  Al pisar este dominio tan masculino y al atreverse a apropiarse de sus metáforas, su video es en sí mismo un acto transgresor, igual que el video A Spy de Suzie Silver, y de la misma manera Green también es una autoproclamada espía.  Y en el proceso introduce una posicion de sujeto nueva (o de la que se ha oido hablar muy poco): la mujer voyeur.

                  Sus fantasias sexuales alcanzan visos de hacerse realidad cuando recibe unos pases de prensa que le permiten llevar su cámara de video al terreno de juego y dirigirla a los jugadores.  “¿Sabrían ellos decir hacia dónde estaba dirigiendo la cámara?” pregunta mientras que un prominente paquete, o un trasero bien redondeado, aparece en pantalla, o mientras que la cámara  recorre los musculosos muslos de un jugador.  Green utiliza la cámara de una forma que rara vez han utilizado las mujeres, al imponer su deseo sobre nosotr*s   -un deseo que a ella, sin embargo, le cuesta menos proclamar que llevar a la práctica-.

                  La artista se lamenta de que su técnica es evidente y que necesita trabajarla más, aunque sus entrevistas con los jugadores  y directivos en el terreno de juego muestran divertidísimas escaramuzas sobre la cultura de los géneros.  ¿Tienen que lavar los jugadores sus propios uniformes? quiere saber la autora.  ¿Qué tipo de comida te gusta cocinar?  le pregunta a otro.  Y cuando le explica de forma solemne a un jugador poco importante, que la mira con expresión desconcertada, que su interés por el béisbol radica en que se piensa que el origen del juego parece estar ligado a rituales prehistóricos de la fertilidad, su perplejidad y falta de comprensión sobre lo que ella dice, hace que Green se dé cuenta de que si quiere llegar a algún sitio con esos jugadores va a tener que encontrar una forma diferente de acercarse a ellos.

                  Pero la tragicomedia de la historia reside en que Green (o para ser más precisa el personaje de Green) tiene demasiadas inhibiciones y su deseo está demasiado arropado intelectualmente para conseguir lo que piensa que quiere de estos cuerpos masculinos, que ella desea de forma tan voluble, o para responder afirmativamente cuando uno de ellos (de forma un tanto grosera) la aborda (una respuesta de la que luego se arrepiente), y también le falta capacidad para convertirlos en objetos.  Green envidia el exhibicionismo poco consciente de los tíos, pero por mucho que intenta cosificarlos, no puede evitar el que le den pena mientra que los crucifica con lo que ha averiguado de ellos.  Por mucho que intente darle la vuelta a la tortilla, ella nos muestra a unos jugadores demasiado humanos, demasiado conmovedores, demasiado preocupados y ansiosos por sus carreras deportivas, desengaños y lesiones para ser meros objetos de deseo sexual.  No sé si en este video nos encontramos con una lección sobre la diferencia de género cuando se trata de la mirada sexual, (otros testimonos femeninos dicen lo contrario) y su incapacidad de llevar a cabo esta cosificación está ligada al otro nivel narrativo que subyace en el video.

                  La comicidad que con frecuencia explicita Green sobre su deseo sexual por los jugadores de béisbol (un jugador se coloca frente a ella a una distancia perfecta para que se la chupe, mientras que ella se transporta en una  ansiosa ensoñación

sobre sus grandes muslos) contrasta con una velada reticencia a explicitar el subtexto de la cinta, referente a una sexualidad familiar probablemente de origen incestuoso, al que se refiere repetidamente pero que permanece misteriosa y poco explícita.  El béisbol, que se apodera de nuestra atención por completo, termina funcionando no tanto como metáfora sino como desplazamiento.  El carácter transgresor del deseo femenino que habla a un nivel distrae nuestra atención  de los deseos sobre los que cuesta más trabajo hablar o nombrar: la sexualidad infantil, y el deseo de la hija por el padre -deseos que pueden haber sido recíprocos o no-.  Green hace referencia a su propio padre a lo largo del video y a una situación familiar de triángulo, ofreciéndonos ideas del tipo “las hijas tienen deseos sexuales por sus padres y yo soy una hija”. Hay un momento en el que ella deja que la cámara se fije durante un rato que se hace incómodamente largo, sobre una niña, de cuatro o cinco años, sentada en el regazo de su padre viendo un partido de beisbol de una liga de segunda categoría.  Mientras que esta pequeña y rubita ninfa se retuerce con adoración en el regazo de su padre, en una inconsciente puesta en escena que nos recuerda las tiras de comics de Vargas publicadas en antiguos números de Playboy, en las que aparece la tentadora y maciza secretaria sentada en el regazo del jefe, todos nuestros prejuicios culturales y todo nuestro rechazo a aceptar la sexualidad infantil se hacen patentes.  Parece que el video lucha por asociar su carácter transgresor al que una mujer se atreva a nombrar su propio deseo (es decir, su deseo de follarse a los jugadores de béisbol) con otra transgresión de mayor envergadura, que al final no se muestra completamente por resultar demasiado dolorosa o amenazadora.

                  El video finalmente se resuelve eliminando el riesgo de forma inesperada: el argumento se transforma y ella es la que debe reformarse.  Hablar del deseo es un acto trasngresor. Green rápidamente nos confirma al final del video que el haber tomado conciencia y adquirido un mayor conocimiento del deseo masculino y de su hogar le ha permitido renunciar a sus propios deseos.  Y a partir de ahí, deja de querer follarse a jugadores de béisbol.  El viaje del video termina con una victoria sobre el deseo trangresor y el retorno narrativo de la buena chica.  Quizás si hubiera trabajado de forma más completa esa narrativa más subterránea e “infantil”, el video no habría terminado de esa manera tan rotunda y, en mi opinión, deprimente, bajo la insistente bandera de la “madurez”.  Para una niña, el deseo edípico y la sexualidad incestuosa -llevada a la práctica o no- significa encontrarse atrapada en una alternancia entre dos papeles: la chica mala pavoneándose (en realidad yo sí lo deseaba), y el rechazo de una buena chica (yo nunca lo deseé), y la misma cinta parece que está atrapada alternativamente en esos dos papeles.  La inteligencia del video de Green reside en la manera en que consigue ligar el deseo edípico femenino con la propia cultura masculina, es decir, con nuestra cultura nacional.  Lo que este video deja claro es que, para una mujer, la conexión con la cultura dominante siempre es edípica, el deseo por el padre.  Experimentar tal deseo significa invariablemente estar atrapada en sentimientos de terror y peligro, de abyección y humillación, de rechazo y traición.

                  Una vez dicho esto, conviene decir que las chicas buenas, la madurez y la renuncia al deseo tienen algo de aburrido.  Quizás haya algunas cualidades deseables asociadas a la madurez en un mundo en el que hay que pagar facturas, conseguir trabajo y demás cosas mundanas, pero ¿no puede el arte ser todavía el lugar donde reine la transgresión?  Si el personaje autobiográfico fuera más bien una rockera punki, una paracaidista de vuelo libre, si quizás Green, la autora, permitiera que su narrativa se resolviera con más abandono y menos sobriedad, aún podría haber un reino de transgresión que permaneciera en su lugar como un desafio a “ la casa que Ruth construyó”.  Uno de los problemas de la construcción de una primera persona autobiográfica reside en el deseo, fácil de comprender, de despertar admiración y respeto por la propia persona como forma de autoprotección.  Arriesgarse a no gustar, o a que se rechace lo que una hace, o a ser una mala chica a escala nacional -la postura que mantienen  artistas que hacen performance como Karen Finley o Holly Hughes- es, sin duda, peligroso a varios niveles.  Sin embargo, la forma en la que el video alcanza su final narrativo no disminuye sus logros en su manera de dirigirse al público ya que consigue ser popular y llevar a cabo un análisis crítico, cuestionar la cultura y las convenciones dominantes sin sentar en el banquillo de los acusados al placer y al deseo, o al público.

                  Ocurre también que es un acto de equilibrio difícil para el deseo femenino ser a la vez heterosexual y transgresor, en especial en el panorama político actual.  Es interesante señalar que el trabajo reciente de un buen número de artistas lesbianas incorpora aventuras amorosas (She Don’t Fade de Cheryl Dunye, 1990 y It Wasn’t Love de Sadie Benning de 1992, entre otros):  con el interrogante de si hablar del deseo desde una identidad no heterosexual es una política en y por sí misma.  En el clima político actual -tras las recientes guerras con la NEA y la convención republicana de 1992- quiero responder que en parte sí.  Pero mientras que trabajos tales como Dry Kisses Only de Jane Cottis y Kaucyla Brooke de1990 y War on Lesbians de Jane Cottis de 1992 se dirigían hacia fuera para cuestionar las construcciones conscientes e inconscientes de la identidad “lesbiana” y la nerviosa circulación en los medios y en la polis del deseo “lésbico”, otros trabajos que son contrapartida a estos, que son introspectivos y que se dirigen hacia el yo, la vida interior y las aventuras amorosas, no indican necesariamente el mismo interés por cuestionar las categorías que construyen la identidad, por ejemplo, las ideologías que rodean a las aventuras amorosas o a la identidad sexual en sí misma.  La brillante excepción la constituye por supuesto la  continua investigación que Julie Zando hace de la carga sadomasoquista que se encuentra en toda sexualidad y deseo,  acercándose a ello en una serie de videos que exponen de forma intrépida las imbricaciones entre la sexualidad infantil, la verguenza y los deseos adultos.  Su último video Uh-Oh! consiste en una relectura de La Historia de O -reinterpretada ahora en clave de película del oeste y con un reparto exclusivamente femenino-, no es simplemente una refundición del S/M como una posibilidad pervertida para l*s hastiad*s del placer, sino que se apropia de forma vigorosa de un texto clásico para narrar las desigualdades en relación al poder que subyacen en todas las parejas.  El sadomasoquismo, nos dice, es el sucio secretito que se encuentra en el centro de toda relación amorosa.

                  Una de las técnicas que sirve para subvertir las identidades fijas y las certezas absolutas es la inversión, un término que el estamento psiquiátrico utilizó en cierto momento histórico para referirse a la homosexualidad y no de forma irónica precisamente.  Y sirve porque precisamente se niega a constituirse en una nueva norma.   Es interesante considerar que dos aspectos de la obra reciente hecha por mujeres se vale de la inversión como táctica privilegiada desde un punto de vista estético y político.  Hay cada vez un mayor número de videos influidos por políticas queer que invierten la heterosexualidad de forma agresiva y mantienen la diferencia de forma precaria.  (De forma precaria porque la diferencia en un contexto de pluralismo liberal siempre es arriesgada, o quizás demanda la incorporación de nuevos elementos, que aparecen con frecuencia como innovación estilo). El video It Wasn’t Love que Sadie Benning hizo con 19 años me interesa especialmente dentro del contexto del trabajo de aquell*s artistas que proclaman lo queer como una identidad político-sexual.  Benning lleva haciendo videos, en su habitación, desde que tenía 16 años y este es con diferencia su mejor trabajo hasta la fecha.    El argumento trata básicamente de un flechazo con una mujer mayor que ella y un enloquecido plan para ir en coche desde Milwaukee a Hollywood que nunca tiene lugar, (en vez de eso se pelean en un aparcamiento de comida rápida), el video es rebelde y melancólico a la vez. Abrazar lo queer como bandera permite a Benning emplear muchos recursos proscritos, y su actitud de chica mala en vez de una plataforma reivindicativa feminista tradicional que promueva la participación y la igualdad es la fuente de toda su energía y entusiasmo.  (Aunque es evidente que la existencia, exhibición y distribución de este video está en deuda con el feminismo y con las incursiones realizadas por el video feminista).  El género se convierte en una forma  de juego más que en una forma de opresión (ella se hace la mujer fatal delante de la cámara, travestida como un chico y una chica) y  las estrategias queer le proporciona el contexto teórico para poder hacerlo.   Es un video que rechaza el papel de víctima, proclama la propia integridad del deseo y utiliza el sexo para abrir una esfera de libertad.  La ironía de Benning sobre el género y su agradecimiento al final del video a “las chicas malas de todas partes” ofrece una salida en relación a algunos de los aspectos más restrictivos de las políticas de video feminista anterior, cuando la acusación  de “no es lo suficientemente feminista” era frecuente.  (Aunque he oído que la acusación correspondiente “no es lo suficientemente queer” también se hace ahora).   Este es un video que dirige un dolorido “anda y que te follen” a los heterosexuales, a los padres, a las autoridades, y demás tristes de la vida, y también a las personas que quieren normativizar la corrección política y el placer ya sea social o sexual, el repertorio de técnicas formales y recursos estilísticos, en particular el trabajo de cámara que hace con su  barata Fisher-Price Pixelvision, con la que obtiene una imagen de baja calidad a través de la cual consigue crear un placer visual único y revivir de paso incluso el carácter utópico de rebelde sexual al estilo de los años sesenta.  El carácter expansivo del video y la generosidad con el público que lo lee como una resfrescante llamada a una política de inclusión más que de asimilación, y la invitación que Benning nos hace de que nos reunamos con ella en su habitación y a que nos divirtamos en los márgenes hace que muchos videos políticos parezcan pálidos y  tristes en relación a éste.

                  La inversión también aflora como una técnica privilegiada en lo que podría llamarse estética de lo grotesco, que celebra lo marginal y el exceso, la parodia y la exageración, y que muestra con regularidad una escandalosa exposición del cuerpo, mascaradas de género, y sitúa en el centro de atención todo aquello que la sociedad educada considera inapropiado comentar  o mostrar en público.  Lo grotesco se opone a las normas de la sociedad burguesa y del cuerpo burgués, o a lo que Mijail Bahktin denomina “el cuerpo clásico”, un cuerpo como debe ser, refinado, sin orificios, sin olores y laminado. Lo grotesco se ha convertido en un asunto de renovado interés como estética política en la teoría literaria académica, especialmente a partir del ensayo que Bakhtin escribió sobre Rabelais, y este hecho, combinado con un movimiento historiográfico hacia la vida cotidiana, la cultura popular y las clases populares y marginalizadas como tema, ha dado lugar a un creciente canon de investigaciones históricas y teóricas sobre el carnaval, la baja cultura, la transgresión y los márgenes (3).  El interés de las teóricas feministas se dirige actualmente a las posibilidades de lo grotesco como una estrategia estética feminista y al poder de lo femenino grotesco  como una figura política emergente (4).  No es sorprendente que el mismo tipo de emociones se aprecien en el terreno estético, ya que al fin y al cabo, la estética se mueve en el terreno de la historia y la  política.  Y obviamente lo grotesco ha sido un motivo estético recurrente que se ha reavivado y reformulado en diferentes momentos de tensión histórica y política con propósitos diversos.

                  La transgresión femenina como estrategia y espectáculo ha sido utilizada intensamente en  la  performance, sobre todo por Karen Finley y Annie Sprinkle, y lo femenino grotesco es un terreno cuyas posibilidades se han empezado a investigar.  Finley, que a veces se unta de chocolate, yema de huevo y lentejuelas, escupe y gruñe, y también se llena de tubérculos los orificios del cuerpo, utiliza el desafío como aspecto central de su trabajo, transgrede todo el decoro, todos los límites y normas del cuerpo.  Al transformarse a sí misma en una mujer grotesca, sus largas y poéticas críticas acerca de la violencia que la sociedad ejerce sobre los cuerpos de las mujeres, parecen salir directamente de su cuerpo, un cuerpo al que su carácter social ha liberado de ataduras.  Es una voz que reivindica, a través del poder de lo grotesco, una forma de autoridad peculiar para hablar de lo nunca escuchado y nombrar lo innombrable y a la que sorprendentemente se ha escuchado, (parece que con demasiada claridad, dada la respuesta del gobierno a través  del NEA).

                  El video de Erika Beckman y Mike Kelly Blind Country realizado en 1989, trabajo completamente idiosincrásico, se apodera de lo grotesco para cartografíar las verguenzas del cuerpo masculino.  El sometimiento del cuerpo masculino a la lógica de un lenguaje de sueños infantiles produce una nueva forma corporal y un tipo de espectáculo del cuerpo masculino jamás visto anteriormente, un cuerpo masculino no sólo desposeído de racionalidad sino desprovisto también de autoridad fálica mediante su vuelta forzada a un estado infantil.  El video A Spy de Suzie Silver, al que nos hemos referido antes, también se vale de lo grotesco mediante la estrategia del exceso y de la vulgaridad e invita a que no se deje de mirar, en contraposición a la estrategia de criticar o subvertir el placer visual: su parodia del género, su  provocación a la religión, su carácter de personaje grotesco femenino rocanrolero materializado por Hester Reeve que se desata en un cuerpo paródico ingobernable -un cuerpo de mujer travestido, ingobernable y transgresor- y lo dirige hacia una  confiada cultura.

                  Pero la videoartista que más seriamente practica la estrategia de lo grotesco probablemente sea Cecilia Condit.  Sus primeros videos Beneath the Skin de 1981 y Possibly in Michigan de 1983, son fantasías narrativas sobre lo mórbido, lo macabro, la violencia y la muerte, que sondean tanto la materialidad del cuerpo como lo que el inconsciente hace de ello.  En Not a Jealous Bone de l987, Condit se inventa un cuento de hadas gótico sobre el envejecimiento, la decadencia física y la muerte: nuestra heroína, Sophie, que tiene ochenta y tantos años se encuentra un hueso mágico que contiene el secreto de la juventud, que, como en todo cuento de hadas que se precie, pierde y lucha por volver a conseguir, hasta que por fin lo logra.  “L*s viej*s quieren vivir y l*s jóvenes  no quieren crecer”, nos dice el video, probablemente la idea más benigna que comunica mientras que Condit manipula magistralmente la respuesta de los jóvenes frente al proceso de envejecimiento y decadencia física: la negación de la misma.  “No importa lo que te digan, tu no eres nunca quien envejece”, dice la artista riéndose de nosotr*s, y después nos da un codazo para recordarnos lo que significa esa negativa, la resistencia a admitir de forma consciente el hecho ineludible de que estar viv* es una marcha inexorable hacia la muerte.  Condit utiliza la cámara para hacer inventario del cuerpo de Sofía envejecido y con las carnes flojas, realizando tomas de la carne marchita, de las tiritas en los callos, y de los dientes que unas veces sonrien desde un espejo y otras hacen ruido al comer justo enfrente del objetivo de la cámara.  De forma paralela la banda sonora está compuesta de canciones de cuna burlonas, que tratan sobre las afrentas que comporta el envejecimiento de la carne y cuyas infantiles cadencias sólo sirven para magnificar la crueldad de las letras:

 

          Quizás cuando tenga ochenta y cinco, tendré un infarto y me moriré

            Quizás cuando tenga ochenta y seis, me caeré y me romperé las caderas

            Quizás cuando tenga ciento dos, me haré un lifting y pareceré nueva

            Quizás cuando tenga noventa y tres me las apañaré para aguantar el pipí.

 

                  El video se sitúa en una posición estrátegica sorprendente, poco “política” y maleducada respecto al proceso de envejecimiento, sorprendente porque se niega a ofrecernos un discurso velado por la educación y la sentimentalidad al que generalmente estamos acostumbrad*s en las discusiones públicas sobre el proceso de envejecimiento, y cuyo propósito es enmascarar el miedo y la repulsión con la que se habla de este tema, por lo menos en nuestra cultura.  Después de confrontarnos con la inevitable materialidad del cuerpo, de nuestros cuerpos, Condit  convierte el horror del envejecimiento en el de la tragedia de la infancia perdida.  Sofía no sólo busca la juventud perdida sino también a su madre, a la cual todavía echa de menos a pesar de que su propia muerte también se acerca. Condit nos dice que incluso cuando tengamos ochenta y cinco años, incluso en nuestro lecho de muerte, todavía estaremos deseando y nunca encontraremos, la plenitud maternal.  La vida es fría y cruel, la muerte viene antes de lo que quisiéramos pensar, y a pesar de ello, todavía tenemos un inevitable deseo de vivir.

                  La franqueza de Condit con respecto a las servidumbres del proceso de envejecimiento contrasta fuertemente con otro video sobre ancianas, Whisper, the Waves, the Wind realizado en 1986 por Suzanne Lacy.  Lacy, una artista feminista de video y performance de primera generación, hizo este video para documentar una performance de gran envergadura que ella creó: propuso a 154 mujeres de edades comprendidas entre los 60 y los 99 años que se vistieran totalmente de blanco y  las llevo en autobús al océano, una vez allí pasearon por la playa, se reunieron en grupos y hablaron sobre sus vidas (mientras que el público las miraba desde lo alto de los acantilados).  El sonido de la película rinde homenaje a las mujeres que envejecen, y “las eleva a la categoría de diosas, oráculos y voces de la experiencia”, reitera su belleza física y afirma con valentía que “anciana” no es una término negativo.  Lacy responsabiliza del fracaso en apreciar la sabiduria y la belleza de las mujeres mayores a una sociedad tan proclive a discriminar, adopta una postura que sigue la tradición de ofrecer imágenes positivas y defiende que tales imágenes positivas, junto con la educación, la toma de conciencia y la sensibilidad  pueden reformar los estereotipos negativos.

                  Lo que el video no tiene en cuenta es el inconsciente, la irracionalidad y el miedo que forman parte de nuestra respuesta al envejecimiento y a la perspectiva de morirnos, y de la ambivalencia que en particular experimentamos frente al cuerpo materno.  Parece que la autora piensa que el horror a envejecer es lo suficientemente superficial para que la razón se pueda desembarazar de él.  Pero mientras que las políticas públicas deben de preocuparse por los derechos de las personas mayores, luchar contra la discriminación que éstas sufren y otorgarles subsidios, está claro que el llamamiento de Lacy se dirige a las políticas privadas, que son mucho más difíciles de reformar.  Los “debería” no afectan mucho al inconsciente.  Y los enfoques dirigidos a dar imágenes positivas a menudo se han tenido que enfrentar con el problema de que los estereotipos siempre tienen una parte de verdad de indudable poder, aunque se nos presenten bajo un falso ropaje.  Los estereotipos se apoderan y se siguen apoderando de nosotr*s porque muchas veces consiguen condensar elementos de verdad, miedos reales de los que con frecuencia no se habla, pánicos enterrados pero sin duda alguna profundamente llenos de significado, aunque se nos presenten como ahistóricos y descontextualizados.  La insistencia en la belleza de las mujeres ancianas, en los mensajes entusiastas y positivos, se olvidan por completo de la parte de verdad que se encuentra en los estereotipos, que es lo que Condit nos obliga a mirar de frente a través de un lenguaje simbólico y no literal: que el rechazo que la gente joven tiene por la mayor está inseparablemente ligado al rechazo a la muerte y al proceso de envejecimiento, y que todos los movimientos de reformas que se quieran emprender en el mundo siempre afectarán poco a este rechazo, porque el rechazo visceral al envejecimiento y a la carne marchita es literalmente una cuestión de vida o muerte.

                  Not a Jealous Bone se niega a hablarnos de forma educada y a ofrecernos imágenes positivas.  En este video, la muerte nos llama desde todas partes, desde las imágenes de televisión, desde debajo de las tapaderas de las cloacas, desde los repentinos estallidos de violencia que interrumpen nuestra vida cotidiana, desde las memorias obsesivas de nuestr*s padres y madres muert*s, desde la traición de nuestro propio cuerpo que envejece.  Y mientras que educadamente estamos de luto por nuestros muertos, no podemos evitar jactarnos de que los muertos son ell*s, no nosotr*s.  Cuando Condit se atreve a dar voz al triunfante cacareo de los vivos, que es tan poco “político” y al que la educación y la censura interna nunca dejarían hablar, nos obliga a zambullirnos directamente en nuestra propia negación de la muerte:

 

Mala suerte mamá,

Pobre mamá.

Tu estás muerta pero yo estoy viva todavía

Puede que yo sea vieja pero-

Tu estás muerta.

No dejes que se te suba a la cabeza-

El  que estés muerta.

Qué pena que tuvieras que morirte tan joven.

Tu estás muerta pero yo estoy viva todavía.

 

                  Me parece que la falta de afán reformista de Condit, su rechazo a pasar de puntillas educadamente sobre el tema más difícil de todos, tiene al final un mayor potencial reformista, ya que nos obliga a enfrentarnos al miedo que el cuerpo de Sofia nos inspira en vez de negar dicho miedo, como ciudadan*s educad*s, como buenas chicas.  La artista utiliza lo grotesco como un vehículo para decir lo que no se dice y lo que no se puede decir, para llegar a una forma de conocimiento al que nunca llegan ni los sermones ni las buenas intenciones.  Este video reconoce las innombrables crueldades de vivir,  mientras que a la vez nos envía un mensaje sobre la belleza de la vida, una belleza que resulta más conmovedora al no basarse en la mojigatería, la piedad y las prohibiciones.

                  Las transgresiones de la actual cosecha de mujeres videoartistas no sólo se basa en la inspiración individual. Son también efectos de una serie de reformulaciones específicas sobre las cuestiones del placer y del público, tanto desde dentro del mundo del video como desde dentro de unos discursos y prácticas estéticas y culturales más amplios.  Pero me gustaría sugerir que estas reconsideraciones sobre el tema del placer no sólo son pertinentes en los debates que se mantienen sobre la representación, o en los debates sobre la representación y la sexualidad, que es donde se producen con más frecuencia.  Ni siquiera es más productivo pensar en ello en términos estrictamente culturales, ya que cómo se conforma el público  y  cómo se dirige un* a él, es un tema  de urgencia política, no sólo para el feminismo sino también para cualquier posibilidad de transformación política.  Y si el feminismo, (por lo menos con ese nombre), ha perdido una buena parte de su público, como nos dicen un sin fin de encuestas contestadas por mujeres en edad universitaria, pienso que la causa tiene mucho que ver con la manera en la que el feminismo se dirige a él, o como se denomina a veces en el lenguaje politico, como se le interpela: que no es “sermoneando” al público al que se necesita llegar.  Lo que el público recibe es una serie de prohibiciones: contra la (hetero)sexualidad, el humor, la cultura popular, el placer. Y los discursos censuradores son aburridos.  El lenguaje del displacer radical o de la instrucción moral no consigue, por lo menos hoy en día, hablar al público al que necesitamos dirigirnos.  Por otro lado, debemos de congratularnos de que trabajos como los de Silver, Benning, Green y Condit estén sugiriendo nuevas posibilidades y nuevas formas de dirigirse al público, de dirigirse de forma placentera, por no mencionar las nuevas posibilidades de resistencia femenina, de negativas a adecuarse a la norma y de transformaciones (incluso quizás transformaciones para todo el mundo) que estos videos ofrecen al pisotear todas y cada una de las prohibiciones y convenciones sociales.

 

 

 

 

 

Nota de la traductora:

Las siglas NEA corresponden a National Endowment for the Arts, el organismo público más importante de EE.UU. para la subvención de proyectos de artes plásticas y visuales.

 

Notas:

Los videos analizados en este ensayo los distribuye Video Data Bank (37 South Wabash, Chicago, IL 60603, 312/ 899 5172).  Queremos agradecer a Mindy Faber, Kate Horsfield y Ayanna Udongo la ayuda prestada.

 

(1)  Ver, por ejemplo, Lucy Horwitz y Lou Ferleger, Statistics for Social Change (Boston: South End Press, 1980).  Gracias a Rick Maxwell por sugerirnos este  importante aspecto.

 

(2)  Tengo que decir, antes de que nadie lo diga, que creo que mi propio trabajo ha compartido a menudo este rasgo con el  de Rosler.

 

(3)  Mikhail Bakhtin, Rabelais and His World (Bloomington University of Indiana Press, 1984).  Hay traducción española:  Mijail Bakhtin, Rabelais y su Mundo (Barral, Barcelona, 1974).  Ver también Peter Stallybrass y Allon White,  The Politics and Poetics of  Transgression (Ithaca, N.Y.: Cornell University Press, 1986).

 

(4) Ver Mary Russo, Female Grotesques: Carnival and Theory (Milwaukee, Wis.: Center for Twentieth Century Studies Working Papers, 1985).

 

 

Laura Kipnis  es profesora en la Univerisdad de NorthWestern.  Ha publicado una colección de ensayos y guiones de videos, Ectasy Unlimited:  On Sex, Capital, Gender, and Aesthetics University of Minnesota Press, 1993).  En 1993 obtuvo una beca Guggenheim para la videorealización y en 1995 una beca Rockefeller para Crítica a los Medios.

 

 

Traducción: Mª José Belbel Bullejos