«Teorizar el feminismo como
unidad de límites lábiles, en los que las identidades y las
diferencias se expresan y renegocian a través de relaciones tanto
interpersonales como políticas (…) El sujeto en la teoría
feminista tiene la capacidad de obrar, de moverse y dislocarse de forma
autodeterminada, de tomar conciencia política y responsabilidad social,
incluso en su contradicción y no-coherencia.»
Teresa de Lauretis, Diferencias
1.2
Espacios para la vida cotidiana. fundamentacion feminista del proyecto
Proponemos mantener
y mejorar un espacio feminista autogestionado por y para mujeres en el barrio
de Lavapiés.
¿Qué
es un espacio feminista?
El espacio urbano
se esconde en una opaca neutralidad. Nos movemos en él con tal
naturalidad que nos cuesta darnos cuenta de que el espacio no es neutral sino
producto de decisiones y políticas, luchas y reivindicaciones, una
acumulación de la historia y una encarnación del poder. Nos forma
y transforma; somos moldeadas por los espacios que atravesamos, que estructuran
nuestro cotidiano, que determinan con quien nos encontramos y en que
términos. Así el espacio en que vivimos es algo íntimo,
que constituye nuestras subjetividades, a la vez que el espacio urbano, la
calle, las plazas, son «lo publico» par excellance, ámbito
histórico de lo que se reconoce como política.
Explicitar esta
unidad, esta no diferenciación, entre «lo publico» y
«lo personal» e insistir en que es en este complejo ámbito
que se hace la política es, como tantas luchas feministas, un proyecto
de hacer visible lo invisible, desnaturalizar lo que pase por
«natural». Como es revelar la economía oculta del trabajo
domestico o la angustia escondida de la violencia sexual. Hablar del espacio
como feminista es una cuestión de valorar y politizar lo cotidiano:
reconocer que lo que experimentamos cada una la precariedad, la violencia, las
pequeñas molestias, el aislamiento es de lo que está construido
el orden productivo y reproductivo, y también es de donde surge la
resistencia. Crear nuestros propios espacios es insistir en nuestra potencia de
transformar la ciudad y de transformarnos a nosotras mismas. Es insistir que la
ciudadanía es una práctica cotidiana que se construye
colectivamente en la habitación, activa y consciente, del espacio.
Así que
cuando hablamos de un espacio feminista, hablamos de un espacio en el que lo
cotidiano sea reconocido y abordado en su condición política, y donde
lo político se manifiesta cotidiano: sacado de las alturas, la
abstracción, la alienación, y ocupado como un espacio de la vida.
Politizar la vida cotidiana, las relaciones, el trabajo, el barrio, requiere un
espacio desde donde poder desarrollar el conocimiento colectivamente, desde
donde el que poder reflexionar y pensar, desde el que poder organizar y
experimentar con nuevas formas, nuevas intervenciones.
Vivir la vida como
política es un desafío potente que sigue la línea de
tantas luchas feministas, antirracistas y antihomófobas que han
insistido en no asumir ni la violencia ni la exclusión ni las molestias
como algo «normal». Si estas luchas ya han logrado cambios
importantes en la vida y en la sociedad, es debido a los muchos años de
peleas y apuestas por lo
colectivo. Pero no nos dejemos engañar: queda mucho por hacer; sigamos
antagonistas.
Nos vemos ante
problemas innumerables, entre ellos el empleo cada vez más precario, la
vida cada vez más cara, la privatización de los servicios
sociales y de los espacios públicos. Bien sabemos que son las mujeres
principalmente las que sufren los efectos de estos males: sobrecargadas con
empleos múltiples y con las tareas domésticas y de cuidado que
son, tras décadas de lucha feminista, todavía coto casi exclusivamente
de las mujeres. Las mujeres, las personas precarias, l@s migrantes llevan el
peso de cada recorte social. La vivienda, gracias a la especulación, es
carísima. El empleo es escaso y precario y la formación, cuyo
acceso hoy se recorta, no se conforma como una solución sino como un
aplazamiento del problema. El servicio sanitario es escaso y está
saturado. Apenas hay guardarías, ni mucho menos equipamientos para
cuidar a los mayores. Y, para quien tiene tiempo, el ocio se limita, por falta
de espacios públicos, al consumo, que también es caro,
además de aburrido y condescendiente. Las instituciones y la publicidad
nos invitan a pensar toda esta situación como una serie de problemas de
gestión individual.
No lo son. Hay que
insistir una vez más: en esta cotidianidad está lo
político. Pero para que se pueda reconocer como tal, para que se
puedan tender puentes y romper el aislamiento de cada una, para que esto se
pueda concebir como una práctica de la ciudadanía, tiene que
haber espacios para reunirnos, vernos, reconocernos. Tienen que ser espacios
públicos, abiertos a todas, desde los que continuar el apasionante
trabajo de formar lazos y relaciones entre personas diversas. Tienen que ser
espacios comunes porque el tejido social se crea en el telar de lo compartido.
Y cuanto mejor equipados estén estos espacios, menos tendrán que
dedicarse sus habitantes y usuarios a pelear contra los muros que se les caen
encima.
La Eskalera
Karakola lleva ya seis años manteniéndose como uno de ellos, pero
en una situación de precariedad física que constriñe
irremediablemente nuestras capacidades inventivas. El proyecto que proponemos
aumentaría las funciones y posibilidades de un espacio social en
constante constitución. Se trata de una apuesta de habilitar más
infraestructuras, y así crear una comunidad cada vez más
amplia que las utilice y las mantenga. Un auditorio, una biblioteca, un
centro informático: a parte de ser necesidades urgentes en el barrio,
también son cosas que, de maneras diversas, crean comunidad en torno a
su uso.
¿Y por
qué insistimos en que haya un espacio sólo para y por mujeres?
Una respuesta es que nos da alegría, potencia e inspiración
estar, crear, hablar entre nosotras: nos encontramos a gusto, cosa importante
en un mundo inhóspito. Pero no sólo se trata de esto.
También nos encontramos inquietas, agitadas y revueltas. Peleamos ante
nuestra apuesta por lo colectivo, sus límites y sus dificultades. Nos
estiramos, movilizándonos y empujándonos, atreviéndonos a
poner en común nuestras inquietudes y a expresar nuestros deseos. Somos
muchas, diferentes, cada una con su historia; la alianza no es natural ni a
priori, sino un proceso continuo de reconocimiento y comunicación al que
nos lanzamos, una y otra vez, a través de la estrategia de unirnos.
Mantener un espacio
donde las mujeres puedan cultivar este tipo de alianza es necesario porque la
falta general de espacios para reunirnos es más aguda aún en el
caso de las mujeres, que por estar pendientes de trabajos precarios o confinadas
en nuestras casas por trabajos domésticos, por sentirnos amenazadas por
la calle o por vernos marginalizadas dentro de organizaciones políticas,
tenemos menos oportunidades para crear las redes de apoyo y solidaridad que
necesitamos. Nos permite un espacio para pensar las múltiples
singularidades de nuestras vidas, de crear estrategias y herramientas para
politizarlas, de explorar nuevas formas de relacionarnos y expresarnos. El
espacio de mujeres es un espacio deliberado, un espacio que por situarse
fuera de «lo normal» puede funcionar como un laboratorio de
relaciones sociales, políticas y artísticas.
Para que pueda
mantener este carácter de laboratorio tiene que seguir siendo un espacio
autogestionado. No se trata de un centro de asistencia: de estos hay algunos, aunque
no sean suficientes. Tampoco se trata de un centro cultural strictu sensu. Se
trata de un espacio, cuya necesidad es urgente, en el que cada una pueda
expresar su ilusión y montar su proyecto, creando potencia
política en la confluencia de los proyectos que alberguara el centro por
el que apostamos.
Muchos proyectos de
investigación y estudio feminista se reúnen en La Eskalera
Karakola. Su situación única como espacio autogestionado y
feminista la convierte en un punto de convergencia muy importante entre el
movimiento feminista y el pensamiento feminista, que en otros ámbitos se
ven con frecuencia divorciados por políticas institucionales que
habitualmente separan los «haceres» de los «discursos».
La amplitud y flexibilidad que permite la autogestión, también ha
permitido que desde la Karakola se hayan desarrollado proyectos y cultivado
redes que incluyen a una asombrosa diversidad de colectivos con una asombrosa
diversidad de preocupaciones. La capacidad de aunar todos estos proyectos y preocupaciones
bajo un techo produce una recombinación y alimentación mutua que
los transforma y potencia a todos. Este flujo de saberes, esta colectividad de
conocimiento determina los proyectos que surgen a partir de la casa y las
formas políticas en las que éstos salen a la calle, y
también contribuye a la gestión y mantenimiento de la propia
casa. En los seis años que hemos ocupado La Eskalera Karakola, hemos
hecho innumerables reformas, grandes y pequeñas, del tejado y de las
vigas, de la fontanería y la electricidad. Aprendemos entre nosotras,
cada una aportando lo que puede, colectivizando conocimientos y habilidades y
dejando a los vecinos asombrados: ¡cómo son estas chicas!
Nuestro proyecto es
una apuesta por los espacios públicos y autogestionados en general y
también una apuesta por esta casa en particular, por su historia y su
estructura, y por este barrio de Lavapiés en el que se encuentra y que
no hace abstracción de la especificidad de sus problemas en este momento
histórico.
En otras partes de
este texto (ver secciones 2.2.1 y 2.2.2) hemos esbozado las
problemáticas del barrio de Lavapiés, enfrentado a un proceso de
«rehabilitación» que niega la participación activa de
los vecinos y da la espalda a las necesidades urgentes de los habitantes
actuales del barrio, optando por una transformación del barrio que
conllevará un desplazamiento y homogenización de su
población. Innumerables investigaciones urbanísticas demuestran
que la homogenización de los barrios, es decir, la reducción en
la diversidad tanto de la población como del uso del espacio, dificulta
la formación de una densidad social y deja más vulnerables
aún a quienes no sean varones autóctonos, jóvenes,
empleados y móviles. Las mujeres, las personas precarias, migrantes,
discapacitadas, ancianas, prosperamos en un ambiente donde podemos vivir todas,
donde todas podamos cubrir nuestras necesidades a precios adecuados en nuestro
entorno inmediato, donde existan instalaciones sociales como ambulatorios,
guarderías y parques, donde se mantengan espacios para reunirnos y
organizarnos, donde sea posible crear un tejido social de cuidado mutuo, de
cooperación social y no de control policial. Estamos hablando de
espacios en los que se configure una ciudadanía activa y
participativa.
Demasiadas
políticas proponen resolver las necesidades de sociabilidad de las
mujeres a través de dotaciones para la familia. Estas dotaciones son
importantes y ojalá que hubiera más, pero de ninguna manera
resuelven la necesidad que tienen las mujeres de espacios propios de encuentro,
creación y organización política y social. Las mujeres no
todas somos madres, y todas somos mucho más que madres. Los problemas de
gestión de la familia son sólo unos entre los muchos a los que
nos enfrentamos las mujeres. La fuga generalizada de la familia tradicional y
de la reproducción por parte de las mujeres hace cada vez más
absurdo este intento de hablar de las necesidades de las mujeres como si fueran
equivalentes a las de la reproducción en el seno de la familia. Esta
práctica constituye un esfuerzo por negar e invisibilizar la enorme
diversidad entre las mujeres, que somos jóvenes y ancianas, solteras,
lesbianas, transexuales, migrantes, estudiantes, precarias, y muchas más
cosas.
Desde esta
diversidad, que no es un mero despliegue de colores bonitos, sino un conjunto
de experiencias íntimas, una multitud compleja e incontrolable, una
alianza inminente, lanzamos un desafío a cualquier esfuerzo por
invisibilizarnos o patologizarnos: aquí estamos. Haremos espacios para nosotras.