Sin el Mute: deriva por el trabajo de telemarketing

 

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16:30 en la Karakola

 

Como casi todos los viernes desde hace ya casi un par de meses, aunque ahora con muchos menos grados de temperatura (que no de entusiasmo), esperamos para iniciar la última deriva de esta primera etapa. Enseguida llegan las dos trabajadoras de telemarketing, ahora reconvertidas en expertas guías de deriva.

 

Primero nos llevan a su casa para recoger las llaves del piso de la sede del Sindicato de Transporte y Comunicaciones de CGT al que pertenecen. Nos cuentan como se conocieron: ambas recibían un curso de oposiciones para telefónica, un día coincidieron en el metro qué casualidad y dónde te bajas tú pues yo también qué curioso y vas también por aquí pues igual que yo pero en qué calle vives anda en la misma que la mía pues nada andando andando juntas hasta que se dan cuenta de que viven en el mismo portal.

 

Primera parada: edificio de telemarketing de Amena, en la calle Palos de la Frontera.

 

Estamos frente a un edificio de varios pisos, tiene todas las luces encendidas pero ningún signo de vida en su interior: hoy es fiesta y las oficinas están cerradas. En principio es un edificio de oficinas normal, tipo aséptico-práctico. Lo que llama la atención es la presencia de los dispositivos de vigilancia de la entrada (un escáner para bolsos, cámaras de vigilancia,…) pero, sobre todo, la falta de cualquier tipo de distintivo, logotipo, panel, que indique que se trata del edificio de una empresa con nombres y apellidos, de un espacio de trabajo. Ni rastro.

 

Frente a este elocuente camuflaje nuestras guías nos comienzan a explicar el complejo entramado de las compañías de telemarketing: nos hablan de su propia empresa, de la falta de formación, del contenido del trabajo, de la identificación o no con el mismo, de lo que este trabajo puede afectarte y de las defensas que se crean para esto no suceda.

 

Algunas empresas (como Amena) realizan sus propios trabajos de telemarketing y disponen de sus propios espacios de trabajo equipados a este efecto. Pero la empresa a la que pertenecen nuestras compañeras, Qualytel, es una empresa cuy@s emplead@s trabajan en campañas de telemarketing para otras empresas, en régimen de subcontrata. Qualytel cuenta con 600 emplead@s a su cargo, carne de subcontrata, algun@s se encuentran en sus propios edificios, a otras se les envía a los inmuebles de la empresa o institución para la cual estén realizando la campaña de turno. Estas campañas tienen una duración variable (lo mismo las hay de un mes que de 10 años y se llevan a cabo para todo tipo de empresas o instituciones clientes (para el Insalud, el Instituto de la mujer, Madritel,…).

 

Para entrar en la empresa lo que te piden es facilidad de palabra. Luego ya, según la campaña pueden exigir unos conocimientos más específicos: para la de Telepadre (asesoría para realizar de la declaración de la renta), por ejemplo, se pide la carrera de económicas o de empresariales. Entre las personas que acuden a este tipo de trabajos hay un porcentaje muy alto de gente joven y universitaria (en torno a un 70 por 100). Aunque ahora está entrando también gente más mayor, gente de mediana edad que se encuentra en el paro y no tiene más remedio que currar en lo que hay. También existe un componente elevado de mujeres: por una parte, es cierto que este parece el tipo de trabajo que corresponde al perfil que se tiene de las mujeres, que requiere las típicas cualidades asociadas al género femenino como la amabilidad, la sonrisa permanente, la capacidad de comprensión, de comunicación, de afecto,…. Por otra, es que son principalmente ellas, nosotras, las mujeres, las que en mayor proporción se presentan a las entrevistas ¿acaso porque también somos las más afectadas por la precarización del mercado laboral? En la empresa, la formación que reciben l@s emplead@s es escasa o nula. Anteriormente, antes de recibir el contrato se solía pasar por una semana de curso de formación no retribuido (ahora, por convenio, estos cursos han pasado a ser de tres días), tras el cual te podían contratar o no. Durante este tiempo la formación consiste en estar trabajando gratis: lo que aprendes, te lo enseñan tus compañer@s. La empresa, eso sí, te enseña ciertas palabras tabú, palabras que nunca se han de decir al cliente, como por ejemplo, que una empresa nunca tiene problemas, sino incidencias. Las trabajadoras, más creativas, también inventan su propio lenguaje y expresiones como la del túnel negro (cuando te pones a consultar datos y dejas al cliente colgado esperando) o la de la sonrisa telefónica (esa sonrisa automática, de amabilidad forzada, cuando contestas a una llamada). Al principio todo el mundo está asustado, piensas que no sabrás cómo atender una llamada, que no encontrarás qué decir: pero enseguida te das cuenta de que tras las primeras cinco llamadas que recibas, el resto serán todas semejantes… Pero es cierto que no todas las campañas son iguales: es muy distinto llevar a cabo una televenta, que atender llamadas de urgencia del 061 (Insalud) o de mujeres maltratadas de la línea 900 (campaña de malos tratos del Instituto de la Mujer). Aunque para la empresa todo es lo mismo: no existen protocolos para estos trabajos más delicados que se desempeñan sin haber recibido ningún tipo de formación especial (se aprende, como siempre de l@s compañer@s) y se les aplica la misma política despiadada de obtención de beneficios. Lo que significa que has de hacer de tripas corazón y si te llaman al 061 para pedir una ambulancia tu tarea consiste en convencer al cliente para que renuncie a ella y acuda al ambulatorio más cercano, o si hablas con una mujer que acaba de ser maltratada has de intentar que la llamada sea lo más breve posible, de desviarla cuanto antes al psicólogo o al abogado, según el caso. No hay seres humanos del otro lado del hilo, sólo clientes, fuentes de beneficio. Así que a la empleada se le pide también un a cierta “deshumanización”.

 

¿Cómo te afecta esto? Pues mucho. Te pasas ocho horas al día recibiendo llamadas, así que llegas a casa y si suena el teléfono al descolgarlo contestas con un inevitable “¿Madritel dígame?” Cómo tú trabajo consiste sobre todo en aguantar broncas, mucha gente se amarga muchísimo. Tienes que empeñarte de veras para impedir que tu carácter se vuelva más seco, para aprender a desconectar y seguir siendo capaz de sonreír de verdad (en vez de poner la “sonrisa telefónica”). Esto exige una dura mentalización: asumir eso, que tú intentas hacer las cosas lo mejor posible pero es que en general no puedes hacer nada, no estas encargada ni cuentas con los recursos para solucionar el problema técnico o humano de la persona a la que atiendes, que muchas veces está enfadada y se desahoga contigo, te descalifica, te tacha de incompetente. Y tú, pues eso, a aguantar el chaparrón y repetirte una y otra vez: yo hago bien mi trabajo, no soy una incompetente, sólo que mi tarea se reduce fundamentalmente a esto: a aguantar el chaparrón. Aunque quizá lo más decepcionante, lo que más afecte, sea el ambiente de trabajo y la inestabilidad. No sé como lo han logrado pero, a pesar de las deplorables condiciones de trabajo, han creado un ambiente de agresividad, de fuerte competitividad. Ya no consiste en que hagas bien tú trabajo, sino en que lo hagas mejor que el resto.

 

Es todo muy contradictorio. Por un lado la gente que llega piensa que éste va a ser un trabajo transitorio, aspiran a algo mejor. Hay un importante porcentaje de universitari@s que se han creído aquello de que si estudias conseguirás un trabajo adecuado a tu formación. Para ell@s toda esta aventura del telemarketing no es más que algo pasajero, hasta que encuentren su verdadero trabajo. Cuando en vez de tres meses te tiras tres o más años, y cuando después de probar en otros curros, vuelves al desempleo y caes de nuevo en el telemarketing (que siempre queda ahí como alternativa), esta gente se frustra, piensa que no ha logrado lo que se esperaba de ella, que no ha conseguido realizarse. Por el contrario, también hay mucha gente que está encantada. Gente que viene de curros precarios aún peores (telepizzas, buzoneo, mensajer@s, emplead@s de hostelería,…) y para los que este trabajo de oficina supone un mejora. Estás calentit@, sentadit@ y puedes aparentar que trabajas para una empresa importante. En vez de currar para Qualytel siempre te queda la opción de decir que lo haces para Madritel o para el Insalud, para esa empresa cliente que subcontrata los servicios de Qualytel. Además muchas empresas de telemarketing, como Qualytel, instalan sus oficinas en zonas caras de la ciudad (en el barrio de Salamanca, en la Moraleja) de modo que también cabe presumir de que trabajas en Jorge Juan, por ejemplo.

 

De tránsito: Bus 27 rumbo al Barrio de Salamanca

 

Ya se ha hecho de noche y viajamos en el autobús por las calles engalanadas para la próxima navidad, desbordantes de luces que iluminan los comercios decorados con deprimentes y brillantes adornos, las gentes corriendo de tienda en tienda cargadas de bolsas, el absurdo cada vez más inesquivable de esta estúpida celebración.

 

Nuestras guías de deriva nos siguen sorprendiendo con todo lo que nos cuentan, con su divertida y lúcida expresividad. Les preguntamos por la competencia, a la que habían aludido previamente. Ésta se fomenta principalmente a través de un engañoso invento, denominado “promoción horizontal”, que consiste en la elección-selección de l@s coordinador@s de campaña. Se trata de una promoción falsa, que en lo único que te beneficia es en el prestigio de pertenecer a una categoría más elevada: pero es una ilusión absolutamente pasajera, ya que cuando termine esa campaña, si es que te vuelven a contratar en otra, no conservas ese puesto de coordinador@, por el cual, para colmo, la diferencia de sueldo es insignificante, algo absolutamente simbólica. Y todo ello por algo bastante fuerte como es controlar y presionar a tus compañer@s para que sean más productiv@s. L@s candidat@s han de ser personas que no protesten, pero que tampoco sean muy calladas, que eso da un mal efecto de tristeza. Al principio escogían a l@s coordinador@s entre la gente con más experiencia como teleopoerador@s. Es lógico: si conocían más el trabajo podrían, también, coordinarlo mejor. Pero enseguida se dieron cuenta de que esa gente estaba demasiado quemada, que precisamente el haber sufrido el trabajo les hacía más refractarios a convencer a sus compañeros de que agilizasen sus llamadas o de que no se escaqueasen. Así que han terminado captando a l@s coordinador@s entre l@s nuev@s emplead@s, más manipulables, gente recién llegada y más ingenua a la que todavía se puede vender las historias de la empresa.

 

Las calles siguen corriendo a través de las ventanas del autobús. De la estridente iluminación de la Gran vía hemos pasado al insultante lujo del Barrio de Salamanca: los inaccesibles escaparates como el de Loewe muestran impúdicos sus absurdas mercancías de ostentación, sus exorbitantes precios. Te deberían llevar con los ojos vendados hasta el trabajo porque no se ajusta lo que cobras a lo que ves, nos dice una de nuestras compañeras.

 

Segunda parada: Qualytel, en la calle Jorge Juan.

 

Los pisos de la empresa Qualytel pertenecen a un edificio muy cuidado, antiguo y señorial, típico del barrio. Tampoco aquí se aprecia ningún signo externo de la presencia de la empresa. Sólo dentro del portal, frente al ascensor, en un folio pegado con celo a la pared, se puede leer: Qualytel, plantas primera y segunda.

 

Subimos hasta el segundo piso: es una casa inmensa, antigua propiedad de una familia de noble apellido, de techos altísimos y bien pintados, con su suelo revestido de cuidado parquet y lleno de detalles, bellas molduras, finos alicatados, que revelan su origen ilustre. En una de las oficinas hay unas chicas trabajando en no recuerdo qué campaña. La casa está dividida en varias estancias que corresponden a las distintas oficinas de las teleoperadoras. El espacio de cada una de estas estancias está aprovechado al máximo, los puestos de teléfono se reparten de tres en tres, como en forma de trébol, así que el cacho que te toca para trabajar, separado del resto por una mampara, es como un pequeño triángulo provisto del monitor, el teclado, los cascos. El metro cuadrado está hasta tal punto apurado que no te permite echarte hacia atrás desde tu silla de trabajo, si no quieres chocar con otra teleoperadora. Lo que más llama la atención es lo impersonal del lugar, ninguna foto colgada, ningún objeto personal, nada. Es que, nos cuentan, no tienes asignado un lugar fijo. Tú llegas por la mañana y buscas un sitio libre, el que haya: así que no te toca casi nunca con las mismas personas al lado. Los espacios comunes también son mínimos. Se reducen a una terraza acristalada con vistas a un patio interior, muy cuca, eso sí, pero liliputiense: en la mesa apenas si caben unas 15 personas, y apretujadas. Junto a ella, una especie de cocina diminuta (lo que llaman el office), con dos máquinas de bebidas y un microondas para calentar la comida del tupper. Y eso es todo: teniendo en cuenta que aquí trabajan más de cien personas… Y parte de este espacio (la terraza) se dejó para comer después de una dura batalla: al principio no se podía comer allí para no mancharla. Así que l@s trabajador@s tenían que ir a comer a la calle. Si protestaban, se les respondía que estaban en el centro y que tenían a su alrededor muchos sitios donde comer, sí pero ¿cómo comer en el barrio de Salamanca con las 115.000 de sueldo de tu contrato por obra? ¿cuándo, si sólo dispones de 20 minutos para la comida? Las condiciones de trabajo son increíbles, tienes que luchar por cosas absolutamente básicas: por ejemplo, por los cascos individuales. Algo que es una medida de higiene mínima costó mucho tiempo de lucha. En la empresa nunca dicen que no, claro, pero siempre han de hacer unos estudios de viabilidad, y el de los cascos, en concreto, duró dos años y al final del mismo se resolvió dar únicamente almohadillas individuales (ese acolchado de gomaespuma que llevan los cascos).

 

Y, ¿de qué manera se controla a las trabajadoras en Qualytel? Pues, en primer lugar, las llamadas se graban. En teoría esto es ilegal: se pueden escuchar las llamadas pero no está permitido grabarlas, porque no sólo se graba la voz de la teleoperadora sino que también queda registrada la del cliente. De hecho, esto se ha denunciado en Castilla y León, y parece que se ha ganado el juicio. Así que estas grabaciones están en mano del Departamento de Informes, que siempre tiene la posibilidad de recurrir a ellas cuando se desee echar a alguien. También está la figura de los coordinadores cuya función consiste principalmente en el control de sus compañeros de trabajo. Y es que se controla hasta las veces que vas al W.C: de hecho, tienes que pedir permiso cada vez que te urgen tus necesidades fisiológicas. Una lucha reivindicativa usó precisamente esto del permiso para ir al servicio como forma de protesta: toda la gente se puso de acuerdo para ir al W.C al mismo tiempo, lo que produjo un colapso total. Lo único que cuida la empresa es su imagen: cuando vienen visitas (de la empresa cliente, por ejemplo), es preciso ordenarlo todo, que no haya nada tirado por las mesas o el suelo, que las chaquetas desaparezcan de los respaldos (sí, pero ¿dónde colgarlas?), todo el mundo esté sentado y callado (salvo para atender las llamadas), como en el cole.

 

Tercera parada: sede del Sindicato de Transportes y Comunicaciones de CGT, en la calle Fuencarral.

 

Otra nueva vuelta en bus nos lleva hasta la CGT. Allí, después de ver y escuchar acerca de las escandalosas condiciones laborales de las trabajadoras del telemarketing, nuestras animosas guías van a recompensarnos con algo que no nos dejará irnos con mal sabor de boca: los relatos de sus luchas.

 

Hace dos años se produjo un proceso de huelga en Qualytel. El acontecimiento precursor fue la manifestación para impugnar el primer convenio de Telemarketing. En la mani nuestras compañeras se encontraron con algunos compañeros del trabajo, con dos concretamente, y entre este pequeño grupo inicial comenzaron a urdir un plan de accción reivindicativo. Se decidió crear un comité de empresa: era la única manera que veían para comenzar a exigir mejoras de las condiciones laborales, sin el riesgo de despidos. CGT dio el apoyo necesario para llevar a cabo todo el proceso burocrático de constitución del Comité: tras su preaviso a la empresa de una convocatoria de elecciones, se empieza a montar clandestinamente la lista. Ésta no se entregaría hasta el última día legal para hacerlo, para evitar así el peligro de repercusiones contra sus integrantes. La confección de la lista, el sondeo de alianzas entre las trabajadores, se llevó a cabo de modo totalmente clandestino: se intentaba charlar discretamente con aquella gente que parecía de confianza. Lo único que servía de guía era la intuición, así que también se dio rienda suelta a todo tipo de paranoias: el fantasma del topo aparecía por todas partes. Los pocos espacios comunes y los escasos tiempos de descanso se aprovechaban para esta búsqueda de aliad@s. Las citas se pasaban escritas en el paquete de tabaco. Hasta la confección de la lista, el proceso fue apasionante. La gente estaba muy descontenta y no resultó difícil organizar las primeras protestas: se realizaron paros de una hora por turno durante dos días, y concentraciones en la calle. Y todo para reclamar cosas tan elementales como las almohadillas individuales, los reposapies o el cobro de los festivos como tales (pues se cobraban como días laborales ordinarios). Antes de los paros se repartieron pegatinas de YO PARO a toda la gente, lo que facilitó bastante a la gente el dar el paso de levantarse y de salir a la calle. Sólo se quedaron trabajando los coordinadores. El éxito fue total.

 

Los dos primeros años del comité han sido muy activos y se han conseguido y realizado bastantes cosas. Por ejemplo, se editaba una revista que llamamos “Sin el mute” (comando para dejar a la espera una llamada) como homenaje a la comunicación entre la gente, en la que se escribía sobre todo tipo de problemáticas, no sólo las concretas de la empresa.

 

Es verdad que todo este proceso se benefició de una condición poco habitual: la estabilidad de una campaña larga, la de Madritel, que se prolongó durante dos años. Esto facilitó la comunicación entre la gente, el entendimiento y la creación una comunidad de intereses: posibilitó el sumar de fuerzas. Una vez terminada la campaña, la labor del Comité y el ambiente reivindicativo en la empresa se ha ido debilitando. Cuando las campañas son de poca duración, la gente se renueva sin cesar y con cada nueva tanda de nuevos contratos hay que empezar casi desde cero. El trabajo más duro, pero esencial, consiste en hablar con la gente, en hacer que pierda el miedo, que no se acostumbre a aceptar las condiciones indignas y que tome la iniciativa de protestar, de exigir. Las asambleas se celebran en la CGT: al principio se hacían en el espacio de trabajo, pero en éste la gente no llega nunca a sentirse totalmente cómoda.

 

Éste es uno de los mayores límites de la acción sindical en las empresas con contratos tan temporales: la continua renovación de la gente. A cambio, existe al menos una ventaja: esa perpetua movilidad de l@s precari@s hace que haya un contagio de los procesos de lucha. Por ejemplo, uno de los compañeros que formaba parte del proceso de lucha de Qualytel había participado en el no menos interesante Sindicato Clandestino del Circo del Sol (una singular y ejemplar historia de lucha que tuvo lugar hace dos años en Madrid, cuando el Circo del Sol representaba el espectáculo del Hombre Anónimo) y había relatado todo ese proceso de entonces.

 

Así que sí es posible abrir procesos de lucha y de organización colectiva en los difíciles parajes del trabajo precario. Se trata de ir sumando y comunicando experiencias para poder unir fuerzas, conocimientos, recursos.

 

Ya es muy tarde: la deriva va alcanzando la medianoche y comenzamos a estar muertas. Volvemos caminando a casa, intentando digerir todo lo que no han ido contando. Aunque ya las neuronas no dan para mucho más por hoy.

 

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