Las
ManipuladorasDeCódigos II:
2ª parte
del relato de una deriva con traductoras
y profes de
idiomas
Relato personal de una quinta
parada imaginaria de la deriva de manipuladoras de códigos.
Este es el relato de la
última parada que no realizamos porque la psicogeografía es eso,
un experimento ligero y rico que conducimos y nos conduce. Bueno, que no nos
dio tiempo a transitar todos los lugares/lenguajes que habíamos pensado
pero recorrimos otros inesperados como el que nos hizo detenernos delante de un
macro-cartel de la nike en Sol que nos interpelaba a cada una de nosotras:
«¿quién eres tú?», la «diva», la
«yogística», la «luchadora» o qué se yo;
una negra sudorosa con guantes de boxeo, otra rubita ensimismada en posición
de loto, otra rockerilla de pastel con pantalones plastificados... Una
condensación de identidad que hablaba justamente de lo que yo
quería hablaros, del cuerpo, de la experiencia corporeizada o
incorporada, como prefiráis. Yo quería llevaros a la cocina, a la
clase de yoga, a la cama. Como no he podido pues os cuento lo que se me viene a
la cabeza.
El cuerpo es uno de los ejes que
hemos definido para nuestros recorridos. Se trata de una fuente de
apercibimiento y más. A mí me gusta verlo así: el poder se
prende del cuerpo condicionándolo, aclimatándolo,
domesticándolo, poniéndolo a punto para el desarrollo de una
determinada vida. El cuerpo es un efecto material, una materialización
de la subjetividad. La diferencia sexual se queda en este punto un tanto corta
o quizás habría que estirarla en extremo en tanto
elaboración artificiosa del imaginario; medusa, cuerpo de guerrillera,
mantis religiosa, etc.
Hoy se ha asentado eso de que hay
que cuidar el cuerpo, existe una enorme industria destinada a hacernos pensar
el cuerpo como un soporte para el consumo productivo. Desde la ropa hasta la
cosmética pasando por el cursillismo, la alimentación, la
cirugía estética y el deporte. O se machaca el cuerpo o se lo
relaja o las dos cosas a la vez, como en los gimnasios que hay en NY en donde
la gente se mete media hora a sudar la camiseta mientras la masa de gente
circula agitada frente a la cristalera. Ha triunfado la idea de que el cuerpo
no es destino, no es biología sino construcción por eso la gente
se encarga prótesis, se pone lentillas de colores, se va al balneario o
hace bioenergética. En cualquiera de estos casos, el cuerpo se convierte
en un lugar para la elaboración de identidad e identificación y
no un mero recipiente. El cuerpo es siempre más que soporte y que el
otro polo de la mente. Y no es que el cuerpo haya dejado de dar miedo (en su
desorden y en su determinismo orgánico de enfermedad y muerte), pero es
posible ejercer un cierto control sobre él y, más allá del
control, cierta organización de sus actividades; esto ya lo vio Foucault
con claridad.
Hay muchas mujeres que vivimos con
el cuerpo tensionado y/o cansado. Esto una no lo nota hasta que ocurre algo
inesperado y de repente te derrites sobre la silla o te da una crisis nerviosa.
Lo cierto es que las tensiones son distintas. No es lo mismo el cuerpo que
produce el «ama de casa», con su historia, sus achaques y
depresiones... que el cuerpo de múltiple jornada materna, que, por
ejemplo, el mío que está hecho de retales de comunicación,
interpretación y movilidad en la red y en la ciudad, que está
atravesado por un continuum trabajo/militancia/socialidad, que no cumple
horarios que no sean los plazos de entrega o la improvisación de lo que
va saliendo, de lo que una va ideando dentro de ciertos márgenes de
maniobra. Disponibilidad, adaptabilidad, cambio de registro, simultaneidad y
continuidad son rasgos de mi cotidiano. Ay de mí si hiciera un
cálculo de a cuánto la hora.
Yo paso bastante tiempo delante
del ordenador, saltando de una ventana a otra. En este entorno, hago esfuerzos
constantes por desagregar un continuum espacial -en la casa y fuera de ella,
traduciendo, escribiendo, contestando mails, bajando a por el periódico
y el pan, mirando cosas en internet, hablando por teléfono, leyendo, cocinando,
improvisando sobre la agenda, acudiendo a una reunión, transitando por
el barrio-, temporal -según me llaman o escriben, según voy
estableciendo prioridades, según los plazos de entrega o las reuniones y
entrevistas a las que acudo- y relacional -de la gente entremezclada con la que
vivo, con la que milito, con la que hago proyectos varios nunca sólo ni
esto ni lo otro-. Desagregar es lo que tratan deseperadamente de hacer algunas
feministas con el trabajo doméstico no asalariado, desagregar es lo que
creo que hago yo en mis quehaceres.
Para mí la cocina es un
punto de ruptura, como lo es el yoga. La cocina ya la utilicé cuando
escribía la tesis y no precisamente para cuidarme o cosas por el estilo
sino para cortar el rollo y enfrascarme en una actividad manual que,
además, es necesaria y me proporciona placer. A mí me gusta
cocinar, mucho, porque cocinar es un modo de maquinar combinatorias, es
también una pequeña parcela de resistencia. Y me sale así,
de repente no puedo más, me levanto y me pongo manos a la obra. A veces,
como hoy, como delante de la pantalla pero lo que más me gusta es abrir
ese pequeño hueco en la cocina. Disfruto más cocinando que luego
sentándome delante del plato. Lo de comprar no me va nada, es de otro
orden de cosas. En primer lugar está la interacción organizada en
torno al dinero -yo he trabajado durante mucho tiempo como dependienta y odio
todo lo que implique una relación de compra/venta- y luego el
follón de la calle, del paseo, que está muy bien pero es otra
cosa que tienes que querer y que, atención, supone una ruptura excesiva.
Eso sí que es desentenderse. Yo creo que cocinar me gusta también
porque es algo que hago sola, cosa que no ocurre, por ejemplo, cuando estoy en
la red donde se me cuelan miles de palabras, de convocatorias, de
emplazamientos. En realidad, la cocina es un poco una parodia de mi curro
porque también es discontinua -lo pones al fuego, vuelves a lo que
hacías, echas un ojo, remueves, etc.-, un montón de micro
funciones que armonizadas hacen un todo, una suerte de stand by; aún
demasiada continuidad, demasiada proximidad, demasiadas cosas intercaladas o
sobrepuestas... pero también un pequeño quehacer que combina lo
mecánico y lo creativo.
Lo del yoga es otra
desagregación; está mucho más clara porque salgo de casa y
desconecto totalmente. Yo comencé a ir a yoga por eso del cuerpo que
decía antes. Una especie de estrés incorporado, de tensión
deslocalizada que, bueno, me constituye (quede claro que mi horizonte corporal
no es el del herbolario). A mi me gusta esa tensión del cuerpo urbano
que está alerta, que tiene un ángulo de mirada enorme, que ve por
la espalda y se anticipa en todo momento. En fin, que es una encarnación
ambivalente. Como la de mi corporeidad femenina que ha asumido un temor intrínseco
que me cague en dios pero que pelea cada palmo e interroga las posturas, los
hábitos, los gestos, las miradas. A mí me revienta por ejemplo
cuando el de al lado en el metro se abre de piernas instaurando un nuevo centro
para el universo espacial. Yo me siento y en el acto elegante y pausado de
hacerlo le junto las piernas; una técnica depurada que pongo al servicio
de las lectoras. Volviendo al yoga. Yo comencé a ir por una
motivación un tanto vaga, eso de la tensión que decía, y
con una actitud del todo escéptica. Ahora estoy encantada porque voy
viendo como extenderlo, incorporándolo a mi forma de caminar, de
sentarme... Ya ves tú que paradoja, desagregar, cortar, fragmentar y
luego dar continuidad, extender, entremezclar. Esto mismo le pasa a otra gente
que hace flamenco y que echa un taconeo entre una cosa y otra o hace
estiramientos en el bus. Llevo tres años con ello y siento
modificaciones muy potentes. Sigo escéptica, sobre todo por lo que
atañe al espíritu cursillista (ya veo que lo del misticismo ni
siquiera hace amagos de asomar) que me revienta, pero para mí el yoga se
ha convertido también en un tiempo/espacio mío. Tendríais
que ver la clase; la gente llega como locomotoras y sale como malvarosas para
volver a su estado de locomotoras tras esta pausa que espero vayamos
incorporando. Somos sólo mujeres, bueno este año hay un tipo. Se
te abre el tórax, se te mete el coxis, se te extienden las plantas como
a las ranas, etc. Conjunto de cambios infinitesimales que viene con una justa
proporción de esfuerzo y momentum. Mola.
Bien, existen otras estrategias
posibles. Para el trabajo reglado: el célebre fin de semana, la baja por
enfermedad. Para el atípico, pues depende, el cansancio difuso, la
piscina, las drogas, etc. ¿Qué cuerpo es este que tenemos, me
pregunto? Y me viene siempre ese eco de la Haraway, «la intimidad de
estos cambios...».
Pensar el cuerpo desde el
funcionalismo -por ejemplo, cuerpo estresado que se desestresa por unos minutos
para volver a la carga, sexualidad convulsiva, como de desfogue ante una
disciplina espacial/temporal/relacional férrea- no basta aunque en
realidad hay mucho de eso. Yo lo llamo «puesta a punto».
Volviendo sobre la cocina, lo
cierto es que yo no me voy, no corto porque si corto y me voy de paseo me siento
que estoy perdiendo el tiempo (¡al loro!) y prefiero maximizar para luego
cortar de verdad aunque, la verdad, no sé si lo consigo porque soy una
máquina de agregación y transferencia. Por eso es que yo combino
estos pequeños cortes ¿Con qué? Pues justamente con el
trabajo doméstico. Con todo aquello que considero necesario, útil
y no me obliga a desenchufar totalmente; regar las plantas (eso también
me gusta), poner la lavadora, recoger la ropa, etc. En definitiva, que soy una mujer
orquesta pero sin dependientes.
Mi amante, con la que
además comparto casa dice que yo vivo en una crisis constante, que no
hay un momento en el que no me asalte un imperativo de armonización
medioambiental, un pequeño gran abismo. Yo pensaba que lo tenía más
controlado, que con el tiempo había logrado organizar los tiempos y las
tareas con mayor precisión, gestionando mucho mejor mi vida para que no
me engulla este ritmo de embragues y desembragues. Incluso la sexualidad se
inserta en esta dinámica initerrumpida como un fragmento que corta but
not quite. ¡A ver si no por qué te gusta follar durante la siesta!
(bueno, tampoco hay que pasarse).
Y es verdad que tengo que
violentar mucho la realidad para abrir un auténtico hueco. Tampoco
sé si es ese el objetivo. Ese fin de semana requetereservado, esa
obstinación con la literatura o con leer juntas en la cama, ese esfuerzo
por parar el dispositivo doméstico integrado o por quedar a no se sabe
qué. También es verdad que se producen hechos inesperados a cada
momento, pero es precisamente esa eventualidad, ese carecer de horario y fecha
en el calendario que me obliga a «proteger» los momentos de las cosas,
a maximizar el tiempo o a poner límites al intercambio. Una
operación desesperada que nace de un abuso, del no poder decir no en
muchos terrenos porque sé que necesito la pasta, el contacto o la
oportunidad y que soy yo, en todo caso, la que tengo que definir los
parámetros y valores de este circuito integrado.
Siento el vaivén pero voy a volver ahora sobre el yoga y sobre el cartel de la nike. Lo de la nike es un cuerpo puesto a punto, un cuerpo disciplinado que ha fundido el cuidado de sí con la imagen de sí en una operación virtuosa. Las imágenes de la nike han reinterpretado la independencia femenina, la valorización del cuerpo y de la sexualidad, la fusión de lo físico y lo psíquico (lo de la materialidad de la subjetividad), la realización personal y el trabajo sobre sí. El producto final de todo ello es una representación femenina que condensa todo esto en seis imágenes de increíbles proporciones. La objetualidad del cuerpo femenino, denunciada por la Beauvoir y tantas otras, se ha hecho sujeto o por lo menos «acciona» (su propio cuerpo, los objetos, los cuerpos de otras personas, etc.). Bueno, esto no ocurre en todos los anuncios; si no vete a ver los de Mango o la hiper-exposición de la Schieffer, pero incluso en uno tan regresivo como el de «todo un veterano» hay algo de esta «pseudo-agencia» que es la que alimenta ese yo me fabrico una imagen a mi medida. No sé qué decir a todo esto, más que hay que seguir pensando. Definitivamente se nos ha desplazado este problema sujeto-objeto de Beauvoir. Y aquí lo que tenemos que pensar es nuevamente esta asimilación o reinterpretación que el mercado está haciendo de las sigularidades; singularidad-yogística, singularidad-locaza, singularidad no-global de escaparate florentino. Ya lo dijimos el 28J, «Bollera no es una marca». Dijimos también «Hagamos de nuestros deseos, nuestras sexualidades, nuestros afectos un desorden global». Bueno, hay que pensar todo esto pero para esta parada imaginaria ya está bien.