(relato de una
deriva con traductoras y profesoras de idiomas)
Este es el primer relato de
toda una serie. Una primera narración de un conjunto de recorridos por
los espacios de trabajo y no trabajo femenino que un grupo de precarias hemos venido
realizando, reunidas bajo el lema "precarias
a la deriva" e impulsadas por
la necesidad de reinventar las formas de huelga, agregación y mutualidad
de base en el nuevo paisaje productivo metropolitano. Se trata de un primer
botón de muestra de todo un trabajo hecho de caminos, preguntas y cruces
que este domingo 15 de diciembre queremos presentaros de forma más
exhaustiva a todas las interesadas para abrir un debate sobre la
precarización de la existencia.
Viernes 11 de octubre: las
manipuladoras de códigos
(relato a cuatro voces de una
deriva con traductoras y profesoras de idiomas)
4 pm, La Eskalera Karakola
Nos reunimos a la puerta de la
Eskalera Karakola (una casa okupada de mujeres en el madrileño barrio de
Lavapiés) un grupo de mujeres precarias: una traductora-ex ceramista,
una traductora que dedica sus ratos libres a la investigación precaria,
una traductora que da clases de francés a altos ejecutivos, una
traductora a secas, una profesora de inglés ecuatoriana que deambula
entre academias y clases a empresas, una arqueóloga itinerante de
excavación en excavación (y tiro porque me toca) y una
ecuatoriana que a veces limpia casas para sacarse unos cuartos. Dos
cámaras de vídeo y dos cámaras de fotos nos
acompañan. Emprendemos el viaje.
Primera parada:
Embajadores - Atocha - San
Fernando de Henares - instalaciones de NCR
Reemplazamos nuestro paisaje
habitual de asfalto y cemento por el del extrarradio, un poco más
despejado y despoblado aunque amenazado por la presencia de grúas. Las
traductoras aprecian salir de la ciudad ya que casi nunca se desplazan a un
lugar de trabajo porque la línea divisoria entre sus espacios de trabajo
y de vida personal se ha borrado. Mientras el tren avanza, una de las
profesoras lee sus reflexiones acerca del desarraigo y la movilidad:
DESARRAIGO
A la desarraigada se le
compadece o repudia culpándola de falta de identidad, raíces y
costumbres. Pero construir la identidad con elementos culturales
autóctonos es absurdo en el mundo cambiante en que vivimos, de
dislocaciones, hábitats temporales, migraciones, y mestizaje.
Desnudarse de ciertas
tradiciones y valores, en mi caso ha sido motivo de celebración (y
alivio). Salir de Ecuador por primera vez a los 18 años fue un deseo
intuitivo de fuga y de experimentación. Aunque mi adolescencia en Quito
está llena de buenos recuerdos, también fue época de un
gran desgaste de energía fuese para reprimir deseos y curiosidades como
para conquistarlos.
A partir de ese momento la
imagen de mi misma con maleta en mano se plasmó en mi historia de vida.
Maleta en mano a Brasil con la emoción de lanzarme al vértigo de
lo desconocido, y con la misma vuelta a casa. Maleta en mano bajando por las
calles empedradas de Beacon Hill con una dirección apuntada en un trozo
de papel: la futura casa, la futura cueva, los futuros esclavistas. A la vez el
campus universitario se convierte en mi nueva fuga, mi refugio. Un año
de explotación en servicio doméstico disfrazado bajo el nombre de
"au pair" es suficiente. Nuevamente la maleta a espaldas.
Vuelta a empezar. Entro a la
casa de mujeres donde no conozco a ninguna. Entro a mi mitad de
habitación, la otra está poblada por desorden y otra chica que ha
llegado antes. Dos años de convivencia con 40 mujeres de distintos
orígenes es una escuela y una fiesta. Con el tiempo consigo mi permiso
de trabajo, petición rara por parte de una estudiante extranjera:
"¿tu padre no te manda dinero???" Desempeño trabajos
multifacéticos de los cuales el último es el más grato:
intérprete médica en el Hospital de Massachussets. Sin embargo,
transcurrido los años, nuevamente me invade el deseo de fuga. Renuncio a
todo por contrariar a la fiel y perfecta integración a la que me
había sometido.
Me marcho lentamente (en coche)
hacia mi país y me enamoro rápidamente. Me enamoro mientras
vivimos sobre ruedas y la movilidad geográfica impide (o aplaza) la
lucha por los espacios. Sin dudas ni vértigos, vengo a vivir a
España con él. Llego con el cuerpo agotado, el corazón
radiante y la maleta en mano. Empieza mi rompecabezas de escasas piezas que no
consigue armar mi cuadro de amor idílico. España me ofrece muros,
vallas y miradas hostiles. El muro de la aceptación familiar es
irrompible. Los papeles se consiguen casándonos, pero no se quita el
estigma. Poco a poco empiezo a conocer las reglas del juego y hasta llega a
parecerme divertido.
Ahora, estoy aquí, es
éste mi espacio y por eso mi deseo de cambiarlo, hasta que nuevamente me
entre otro aire intuitivo y me vaya maleta en mano.
MOVILIDAD
4 y 45 de la tarde parada en el
andén de la estación de Atocha. Viajar es tan cotidiano que el
tren se convierte en una extensión de mi vida y de mis espacios. Habito
en el tren y convivo con pasajeros durante media hora. La ventana me distancia
de la realidad y ésta me parece absurda. Vivimos en cajas
apiñadas. El ser humano se construye su propia jaula.
Jaulas unifuncionales como esta
nave diseñada para producir trabajo, sin posibilidad de
distracción para dar un paseo, tomarse un café, o conversar con los
colegas sobre trivialidades como el tiempo, porque ni siquiera hay ventanas
para saber si truena o si ha salido el sol.
7 y media de la tarde: voy y
vengo de cajas. Esta caja sobre rieles me gusta porque al menos no es
estática. Las ojeras se han marcado en la mayoría de los rostros
y los cuerpos se han entristecido. La mayoría de los pasajeros son
varones, inmigrantes. Llevados y traídos a la construcción del
extrarradio. A la construcción de jaulas que se multiplican.
Mujer Precaria
Deriva de las manipuladoras de
códigos
Comentamos. El desarraigo no
siempre es un resultado de movilidad geográfica o de migraciones.
Podemos desarraigarnos de ciertas cosas, valores socializados, aspectos
culturales o tradiciones si lo deseamos, sin tener que ir muy lejos. Al fin y
al cabo, la pertenencia no se limita a la cultura dominante de los sitios donde
habitamos y coexistimos, sino a lo que hacemos y a las personas con
quién convivimos y compartimos experiencias. Romper con expectativas,
ser infiel a nuestros roles, desobedecer los patrones de comportamiento, es una
forma de desarraigarse de lo aprendido, de la Tradición. La diferencia
es que a las mujeres del sur nos acusan de poco auténticas, de
occidentalizadas (con la connotación que esto lleva), perpetuando nuestra
culpa de Malinches. Mientras que a las del norte, aunque por un lado se las
reprocha, por otro sí encuentran el reconocimiento de valientes, osadas,
feministas al fin. De todas formas, si miramos con cuidado nos encontramos con
múltiples fronteras que permanentemente todas tenemos que atravesar.
El tren anuncia su parada
interrumpiendo nuestra charla. Llegamos a San Fernando de Henares y caminamos
por el atajo sobre las vías del tren en desuso. Nos acercamos a las
naves industriales mientras algún camión pasa cerca de nosotras.
Entramos a la empresa NCR (National Cash Registers), lugar donde una de
nosotras da clases de Inglés a un grupo de trabajadores, y la guarda de
seguridad nos advierte que no podemos grabar en el establecimiento. Hablamos
con el encargado del departamento de logística y, con lo que nos cuenta,
atamos cabos entre los cambios estructurales de la economía y nuestro
trabajo precario.
NCR es una multinacional americana
dedicada a la instalación y mantenimiento de cajeros automáticos,
así como cajeros de grandes establecimientos como Telepizza, Madrid
Rock, etc. Nuestra primera pregunta es: ¿Por qué clases de
inglés? Ha surgido de repente la urgencia de saber hablar Inglés
para poder continuar desempeñando el trabajo, para no ser marginalizado,
o simplemente para no perder el puesto de trabajo. Desde aproximadamente 1992,
cuando fue absorbida por la multinacional AT&T, NCR mantuvo su nombre pero
fue sometida a cambios estructurales. La plantilla en España se vio
drásticamente reducida un 400% hasta los 400 empleados actuales que se
ven amenazados por esta reestructuración desenfrenada. Muchas de las
funciones de los trabajadores despedidos, jubilados anticipadamente, o
descendidos a puestos imaginarios, han sido centralizadas en otras partes de
Europa como Holanda o Inglaterra. Esto significa que quienes conservan sus
puestos en España tienen que desempeñar buena parte de su trabajo
en inglés por teléfono o en correos electrónicos.
La nueva necesidad creada de
aprender este idioma (todos los estudiantes tienen más de 45
años) junto con sus inconvenientes es asumida por los trabajadores. El
empleado tiene que regalar 3 horas semanales de su tiempo libre para dedicarlas
al tedioso aprendizaje del Inglés (reciben las clases fuera del horario
de trabajo; de 5 y media a 7 de la tarde). La empresa cubre un 80% del coste de
las clases, bajo el nombre de "ayuda al trabajador", mientras las
clases privadas de los altos ejecutivos son costeadas al 100%. El dinero para
pagar esta actividad proviene de un fondo de la empresa para "actividades
y recreación"; lo cual explica por qué la profesora no tiene
un contrato de trabajo, un salario fijo mensual, ni vacaciones pagadas. En la
mayoría de los casos, la compañía contrata los servicios
de una academia de inglés, la cual como intermediaria, contrata o no a
la profesora, y le paga una parte irrisoria del pago recibido.
Damos un paseo por el "repair
department" (todos los sectores y departamentos de la
compañía están etiquetados en Inglés.) Vemos una
fila de cajeros averiados, algunos desmontados, y nos adentramos en sus
entrañas. El almacén es enorme y da la impresión de un
exceso de trabajo. Nos informan que solamente hay 14 técnicos en el
piso. Algunos son temporales contratados por ETT's que han reemplazado a
técnicos con antigüedad. De estos temporales, una es mujer, que
aunque le asignan principalmente trabajos de limpieza de las piezas, a veces,
"para no desmotivarla", alegran su día asignándola
trabajos más desafiantes de reparación.
Se hace tarde y nos queda
todavía un largo itinerario. Nos vamos llenas de reflexiones, y
apretamos el paso para trasladarnos nuevamente al centro de Madrid. Las prisas
nos obligan a arriesgar las vidas sobre los rieles, los cruzamos corriendo
mientras la luz del tren se aproxima.
Segunda parada:
San Fernando de Henares -
Atocha - Sol - cibercafé de la calle Montera.
Una vez en el tren nuestras
cabezas no paran de bullir. Lo que iba a ser una visita al lugar de trabajo de
una profesora de inglés sin contrato se ha convertido en un paseo por
una empresa de alta tecnología reestructurada. A través de una
posición atípica (la nuestra, sin contrato y sin derechos, pero
también sin nombre), hemos llegado a uno de los nodos de la «lean
production», la producción que reduce el personal y el capital
fijo a un mínimo, que flexibiliza y deslocaliza al máximo los
procesos de trabajo. Una gran nave aséptica en San Fernando de Henares,
con una plantilla de apenas 40 trabajadores, constituye la materialización
concreta y aferrable de todas esas cosas que alguna de nosotras hemos
leído sobre la reestructuración capitalista. Pero ¿y
dónde nos colocamos nosotras ahí? ¿Qué lugar
tenemos en el cuadro? Veníamos buscándonos en la metrópoli
y hemos vuelto a perdernos. Veníamos buscando nombres para nosotras,
para esas posiciones nuestras que siempre parecen demasiado singulares,
demasiado casuales y particulares, fragmentarias, como para permitir una
narración común, y hemos encontrado los nombres de otros,
trabajadores fijos que poco a poco van perdiendo sus derechos y su
posición, que ven cómo sus compañeros van cayendo y nunca
saben si les tocará caer a ellos mañana. Y nos hemos sentido en
cierto modo extranjeras: NCR no era nuestro territorio, ni siquiera el de
aquella de nosotras que se desplaza tres días en semana hasta
allí para dar clases de inglés.
No nos hemos encontrado. O tal vez
sí que lo hemos hecho, pero no en las naves de NCR, que
recorríamos, curiosas y traviesas, sin poder evitar recordar aquellas
excursiones que hicimos de niñas con el colegio a la fábrica de
leche de moda de Quito o de Madrid. Nos hemos encontrado en esa alianza
temporal que ha emprendido un viaje desde la Karakola, en esa inesperada
alegría de estar juntas perdiéndonos por las arterias de la
ciudad. Nos hemos encontrado, en el tren, hablando del desarraigo,
después de la lectura del relato sobre esa vida vivida como un viaje del
cual una desconoce la próxima parada. Nos hemos encontrado en algunas
anécdotas: "¿y cómo conseguiste este curro? Pues una
conocida de una amiga tenía un contacto..." -en suma, siempre por
casualidad, por puros azares de la vida; y siempre a través de las
múltiples redes de relaciones que una va transitando. También nos
hemos encontrado en algunos gestos: escudriñando los cajeros de NCR en
busca de los cajetines del dinero, rascándonos los bolsillos para hacer
un bote para el billete del cercanías, colándonos en el metro
camino de Sol, saliendo del metro y quedándonos pasmadas ante un inmenso
cartel de Nike, con una pregunta "¿quién eres tú?
Descúbrete a ti misma" y 6 "modelos de mujer" como
perversa respuesta siempre reducible a una única mucho más
sencilla: nikewomen.com -porque tú lo vales. Queridos: valemos mucho
más y, sobre todo, podemos mucho más.
Pero seguimos nuestra
búsqueda. Y la siguiente parada es un cibercafé de la calle
Montera, al que una de nosotras, traductora autodidacta, solía ir a
navegar para resolver dudas de traducción cuando andaba sin casa (y por
lo tanto sin conexión a internet) y a imprimir textos para el trabajo,
impresiones que, of course, no cubre la editorial para la que trabaja. Pero si
nuestras guías de deriva han elegido traernos a este cibercafé en
concreto, en vez de a otros más pequeños, de esos gestionados por
migrantes que proliferan en el barrio de Lavapiés, es también
porque, en tanto que establecimiento despersonalizado y céntrico
perteneciente a una gran cadena, permite visualizar a la perfección la
nueva fábrica metropolitana y, tal vez, imaginar las posibilidades de
cortocircuitarla: en dos plantas prácticamente diáfanas, hay,
colocadas en filas, una al lado de otra, unas 200 terminales - en ellas,
cientos de personas chatean, hacen consultas vía web, envían
mensajes de correo electrónico... algunas ligan o hablan con familiares
lejanos, otras investigan cosas para sus estudios, otras trabajan: todas en el
mismo lugar, abierto las 24 horas del día - el ruido de las teclas es
imparable, casi infernal.
Cuando nuestra
traductora-autodidacta frecuentaba este lugar, había, nada más
entrar, un mostrador en el que te vendían unos bonos internautas al
módico precio de 1,5 euros. Con ellos podías navegar, chatear y
mandar correos electrónicos - pero si querías hacer cualquier
otra transacción informática (mandar ficheros, bajar ficheros,
imprimir…) tenías que pagar aparte (y no podéis imaginar el
sablazo!): llevarse la información en otro soporte que no fuera el
propio disco duro cerebral tenía un precio. Sin embargo, y para nuestra
sorpresa, en los meses que ella lleva sin utilizar este cibercafé, lo
han remodelado por completo: el mostrador que había antes en la entrada
para comprar bonos y desde el que también se realizaban las impresiones,
las descargas de ficheros, etc, ha quedado convertido en una
pseudo-cafetería (cuatro mesas altas y cuatro taburetes, una nevera con
sandwiches, alguna lata, una máquina de café) de «Fresh and
Ready», que pertenece a Pan's and Company y vende comida rápida
para mentes rápidas y cuerpos todoterreno-mientras-aguanten a
europrecios con sabor a aire. Los bonos ahora se compran en unas
máquinas naranjas que hay a un lateral, la posibilidad de subir y bajar
ficheros e imprimir ha desaparecido (según nos contará más
tarde el empleado, la empresa ha decidido "especializarse"
sólo en un servicio para ser más "competitiva") y, de
los antiguos trabajadores del cibercafé, no queda más que un
polivalente y estresado individuo, que hace las veces de técnico del
establecimiento, relaciones públicas de la firma, guardia de seguridad,
resuelve-problemas varios y limpiador ocasional. Al principio no conseguimos
localizarle: nos hablan de él los empleados del «fresh and
ready», todos ellos con contrato temporal y hasta las narices de tener
que atender a los clientes del cibercafé con sus mil ciberproblemas porque
el otro muchacho no da abasto. Por fin, una de nosotras lo descubre: anda
limpiando uno de los baños. Le pedimos que nos hable de su trabajo y nos
cuenta encantado la "política de la empresa" (EasyEverything,
una multinacional de capital americano): reducción de personal (en este
cibercafé, por ejemplo, trabajan ahora sólo tres personas, que se
van relevando, con turnos de 8 horas cada una), especialización en unos
cuantos servicios mínimos (internet, vuelos baratos, alquiler de
mercedes...) e increíbles ofertas de precios (servicios de baja calidad
a «precios competitivos», a costa de una mano de obra polivalente e
infrapagada). Nos cuenta también encantado cómo funciona el
sistema de bonos: «tú compras un bono de 1 euro, pero el tiempo
que te durará depende de la cantidad de usuarios que haya en ese momento
en el cibercafé -cuantos más usuarios, menos ancho de banda para
ti y, por lo tanto, más te durará el bono. Es como la
bolsa». Su relato se ve interrumpido por un encuentro con lo que parece
ser una persona «non-gratta» en el lugar. Alguien nos
contará más tarde que el cibercafé está atravesado
por otro tipo de negocios: trapicheos varios, de "sustancias", de
tarjetas de móviles y de teléfono, de objetos robados... Montera
no es Beverly Hills.
Cuando nuestro empleado vuelve de
haber resuelto el «encontronazo» (esto es, de haber expulsado a
aquella persona, con un móvil por única arma), le preguntamos si
no le estresa asumir tantas tareas y tantas responsabilidades y si le merece la
pena para el salario que tiene. Su respuesta viene a ser: «gano lo
normal», «para lo que hay, este trabajo me gusta», «me
exige implicación», «a mí me gusta tratar con la
gente». Nos cuenta también muy orgulloso que en el
cibercafé hay filtros que impiden la entrada a páginas de
accidentes, a páginas con contenidos nazis, racistas, xenófobos,
homófobos, etc, al mismo tiempo que se queja de que los clientes de
algunas nacionalidades son «más pesados» que los de otras:
«por ejemplo, los españoles son más tranquilos, dan menos
la lata. Los latinoamericanos son más pesados» (no parece darse
cuenta de que en el grupo que lo escucha, hay dos mujeres ecuatorianas...).
Concluye su relato diciendo: «yo nací en el barrio de Latina, me
gusta trabajar por el centro, y en un trabajo que me exija estar activo, que me
pida implicación. Me gusta implicarme con lo que hago».
Implicación, compromiso ¿con la gestión de un
establecimiento entre mil de una cadena de cibercafés, repleto de
cámaras y letreros que rezan "atención, ladrones"?
-salimos impresionadas ante una «movilización total» tan
vacía. Efectivamente, hemos hablado con el superviviente de un proceso
de selección (del grupo de 6 que antes trabajaba por turno, sólo
ha quedado él después de la reestructuración) y sobrevivir
en determinados sitios y de determinados modos, qué duda cabe, deja
huellas indelebles en la subjetividad. Pero, con todo, la
interiorización extrema de la lógica de la empresa encarnada en
este individuo nos ha dejado una cierta sensación de desolación:
un ansia de ruptura nos invade según nos vamos alejando de ese
particular nodo de Matrix.
Tercera parada:
Sol - Tirso de Molina -
Supermercado LIDL
El trayecto por los largos
itinerarios vitales de las manipuladoras de códigos va derivando en
noche y sus cuerpos, ahora alertados por la materialidad de su fatiga, por el
lenguaje de su apetito abierto tras este intenso, afectivo deambular por las
estaciones de su precariedad, se dirigen hacia una nueva parada: el Lidl de
Tirso de Molina.
Otro trabajo no remunerado y
cotidiano, el de la compra nuestra de cada día, el trabajo de adquirir
de lo más imprescindible y lo más barato para la supervivencia
material de nuestros cuerpos. En Tirso se halla el espacio de consumo l-ideal
para clientes sin posibles: allí nos encontramos la lumpenclientela de
los márgenes sociales del barrio de Lavapiés (en vías de
ser limpiado de tan poco ilustre vecindario), gente mayor, inmigrantes de
múltiples procedencias, jóvenes precarios, yonquis de la plaza,
guiris asombrados de tan variopinta fauna, haciendo malabares con los escasos
euros rascados de los agujereados bolsillos. Pero estos productos de tan
renombrada procedencia alemana (tecnología alemana, oiga) sorprenden por
sus increíbles precios: yogures a 11 pesetas (la calculadora mental
todavía no consigue pasarse al euro), conservas de legumbres de a 40,
pero ¿cómo estos precios tan populares? Quizá tenga algo
que ver con que no hay prácticamente emplead*s -apenas dos cajas
abiertas con unas trabajadoras que pasan horas sin levantar la mirada del
teclado de sus cajas registradoras: es el reino del self service, te has de
buscar la vida para encontrar los productos (ningún cartelito para
facilitarte la tarea), para cargarlos (no hay cestas para aliviarte la faena
-has de buscar cajas de cartón de partidas de productos ya consumidos
para usarlas a modo de cestas-) y, para colmo, estás continuamente
vigilada por unas cámaras que son como de pega, pero que no por ello
dejan de recordarte que ya hace tiempo que dejaste de ser la clienta quesiempretienerazón
para convertirte en una delincuente potencial. Clientes
"delincuentes" atendidos por trabajadores maltratados, demasiado
pocos para todo el trabajo que implica reponer, cobrar, atender a las preguntas
y enfados de esa clientela masiva.
Las trabajadoras precarias
intentamos preguntar a las empleadas del establecimiento y grabar en el
interior de esta jungla lidleliana. Pero el encargado nos da un tajante
"no" por respuesta y los seguratas, a pesar de su aspecto de colegas
del maquinavaja y su gesto de escaso convencimiento, cumplen su cometido y se
dedican a perseguirnos.
Nuestras guías de ruta (las
trabajadoras de lo inmaterial), inasequibles al desaliento, aprovechan para
hablarnos de la renta.
Aclaración previa: no es
que existan unas trabajadoras de lo inmaterial, sino que la inmaterialidad es
cada vez más la cualidad del trabajo en la actualidad (trabajo afectivo,
comunicativo, de interpretación de símbolos, creativo). Dicho
esto, las trabajadoras que hemos organizado esta primera deriva nos dedicamos
(por el momento) a la traducción y a la enseñanza de idiomas.
Por lo que nos toca,
destacaría varios aspectos: trabajo cada vez más cualificado y
menos retribuido -con el cada vez más cualificado me refiero a que las
propias características de tales trabajos exigen unos conocimientos
previos (conocimiento de idiomas, manejo de programas informáticos,
capacidad pedagógica) y un esfuerzo mental en su desarrollo, que de
ningún modo se ven compensados por la ridícula
remuneración recibida. Además, nunca se ha pagado la cantidad de
trabajo incorporada a una mercancía (lo único medianamente
"calculable" era el tiempo de trabajo incorporado a la
producción de la misma, pero ¿qué significado tiene ya eso
cuando lo que se incorpora es cada vez más una componente inmaterial?
¿cómo medir el bagaje cada vez mayor de saber que requieren los
trabajos actuales, ese background inmaterial del que se extrae todo el valor?
¿y los conocimientos que se van adquiriendo gracias a la propia variedad
de la experiencia laboral? La heterogeneidad en los recorridos de nuestra
movilidad laboral (cuántas personas han estado fácilmente en
cinco trabajos diferentes en los últimos tres años,
cuántas proceden de otros orígenes, de otras culturas) hace que
incorporemos en el desempeño de nuestras tareas "retribuidas"
una cantidad de información y de saber-hacer tan valiosa como
incalculable. Falta total de cualquier tipo de protección social: en la
medida en que no tenemos contratos, carecemos de cualquier tipo de reconocimiento
legal de derechos básicos. Si enfermamos o perdemos el trabajo, pues eso
enfermamos (no cobramos) y nos quedamos sin trabajo (¿qué era
aquello que llamaban subsidio de desempleo?). Cobertura de las necesidades de
infraestructura por parte de la trabajadora: si trabajas como traductora, el
espacio es tu casa y el equipamiento es el que tú hayas podido
conseguir: eres tú quien ha de poner todas las herramientas materiales
necesarias (ordenador, diccionarios) y sufragar los demás gastos
(impresión, fotocopias, consumo de electricidad...) ¿Acceso a los
recursos públicos? El transporte público sale cada vez más
caro: sobre todo si como profesora free lance de idiomas has de desplazarte a
puntos muy diversos de la ciudad para dar tus clases. La sanidad pública
no cubre para nada nuestras necesidades: el trabajo con ordenadores implica un
deterioro de la vista (¿quien pagará nuestras lentillas, nuestras
gafas?) y de la espalda (los imprescindibles masajes tras las contracturas, la
inevitable piscina para retrasar los males de la espalda). ¿Acceso a la
vivienda? Sin palabras.
Más que precariedad,
habría que hablar de pobreza de solemnidad, nuestros sueldos
están por debajo del umbral de la pobreza y si sobrevivimos es,
materialmente, porque llevamos a cabo todo tipo de prácticas legales e
ilegales para poner recursos en común (ocupación de la vivienda,
redes de apoyo afectivas, familiares, reapropiaciones de comida, de libros, de
luz) y "espiritualmente" porque nos sostienen las ganas de luchar y
de transformar lo que nos rodea, y porque tenemos demasiadas cosas interesantes
que hacer más allá del trabajo remunerado como para tirar la
toalla.
Cuarta parada:
Tirso de Molina -
Lavapiés - La Grieta (una corrala okupada del barrio de Lavapiés)
Ahora sí que ya nos puede
el hambre y las ganas de sentarnos. Después de tomarnos un
pequeño break en un banco de la plaza de Tirso y comenzar la
valoración de nuestra primera deriva (ya no podemos contener por
más tiempo nuestro entusiasmo), nos vamos a comprar algunas
chucherías y emprendemos rumbo hacia nuestra cuarta y ya última
parada del día: la casa ocupada de Amparo 21, la Grieta, más
conocida por el nombre de La Biblio (que es la biblioteca autogestionada de la
primera planta, aprovechamos para invitaros a conocerla a quienes no os
hayáis pasado todavía por allí).
Así podemos conocer in situ
el espacio de trabajo de una de nuestras guías precarias y comprobar
como un edificio abandonado ha podido recuperar su valor de uso, como ha sido
reconvertido en el hogar donde un buen puñado de personas comparten
vida, afectos, recursos y carencias.
Allí nos aguarda, bajo la
forma de grabación audiovisual, el relato en torno al penúltimo
eje previsto en esta deriva: el tiempo.
"Del tiempo precario de
una traductora y militante
Hubo una vez un tiempo atado a
la vida laboral, a la centralidad del trabajo, a la identificación con
el empleo...
El rechazo de la
alienación laboral, de la expropiación del tiempo de vida por
parte del capital y las luchas por la recuperación de esos tiempos de
vida marcadas por un fuerte rechazo del trabajo heterodeterminado forman parte
del espíritu crítico de todo un período de antagonismo
(décadas de 1960-70).
Las formas de
acumulación capitalista se han vuelto a reapropiar de esa
búsqueda de libertad haciendo del mercado laboral actual caracterizado
por la movilidad y la flexibilidad laborales, un mercado cada vez más
injusto: la movilidad y la flexibilidad se traducen en inseguridad y
desprotección social, en trabajos cada vez menos remunerados, más
temporales e inestables.
Y en medio de todas esas
mutaciones y reapropiaciones me encuentro yo, que renuncié a mi
trabajo-identidad de ceramista por un arrebato de rechazo del trabajo, de deseo
de liberación, de fuga de la identidad definida y una apuesta por las
derivas colectivas de la autogestión política.
Por eso, el tiempo de la
precariedad al que me refiero está fuertemente marcado por la militancia
política y por la reapropiación de los recursos: la primera
elección me lleva a suplir todas las necesidades imposibles de cubrir
con mis ingresos a base de ilegalidades, con la ansiedades y el riesgo que ello
implica.
Así, el tiempo de la
trabajadora precaria y militante dedicada a la traducción es un tiempo a
la vez "liberado" y completamente saturado.
Un tiempo marcado por el horror
vacui: una vez desplazado el trabajo como eje vital, el tiempo parece perder
sus propios límites, deviene infinito o infinitamente extensible.
Un tiempo de goma en el que
resulta difícil decir no y en el que todo cabe si se embute bien en la
apretada agenda donde citas, reuniones, trabajos y proyectos se suceden sin
aliento, donde la cita con las amigas y la reunión del colectivo
aparecen en el mismo plano, donde todo queda organizado con antelación.
La aparente disponibilidad se convierte en una planificación total, a
riesgo de sofocar las posibilidades de acontecimiento.
Ese tiempo de ansiedad, de
estrés, de agotamiento, ese tiempo de productividad al que se intenta
sacar el máximo rendimiento posible, permite beber de una fuente
inagotable de saberes, aprendizajes, experimentaciones, búsquedas y
afectos, pero amenaza, al mismo tiempo, con un abismo de superficialidad, de
turismo vital: hay tantas cosas que hacer que ninguna alcanza la
categoría de prioridad. La perseverancia, las apuestas que requieren
unas mayores dosis de constancia, de pasión, de dedicación (esto
es, de tiempo) corren el riesgo de quedar marginadas".
Después de oír el
vídeo, nuestros cerebros y nuestros cuerpos sucumben ya al delicioso
mareo provocado por todo el ajetreo del día de deriva, por todo lo que
hemos ido escuchando, contando y pensando, por todo el afecto compartido (y por
la inestimable contribución del hachís).