ENCUENTROS EN LA SEGUNDA FASE.

EL CONTINUO DE LA COMUNICACIÓN: CUIDADO-SEXO-ATENCION

 

Precarias a la Deriva

 

 

Ya, desde el famoso 11s

Ya, en una guerra global permanente

Yo, que vivo en guerra cotidianamente

Yo, salgo a las calles y digo que ¡NO!

(A la huelga en do mayor, música de «yo te amo con la fuerza de los mares»)

 

 

PUNTO DE PARTIDA

 

En los meses que siguieron al «Grand Chow», diciembre de 2002, comenzamos a dar forma a lo que todas concebimos como una segunda fase de nuestra exploración en torno al trabajo precario femenino. Algunas compañeras se desplazaron a otros lugares y dejaron de compartir el cotidiano de Precarias desde Madrid, otras se fueron vinculando y proponiéndo iniciativas puntuales: la publicación de un texto en un libro o en una web, la participación en unas jornadas, la colaboración en un video, el acompañamiento en un proceso organizativo o en una movilización, etc[1]. Todo esto está dando lugar a un modo de cooperación en red que no pasa tanto por la pertenencia, en este caso al grupo de Precarias, cuanto por la apertura de un terreno de comunicación y acción fluido, en ocasiones, excesivamente difuso que en adelante esperamos se convierta en una herramienta para construir un nuevo espacio de agregación: el Laboratorio de las Trabajadoras.

 

Nuestras idas y venidas habían iluminado ya una serie de problemas, tanto en el plano teórico –el concepto de precariedad sin ir más lejos– y metodológico –¿cómo acercarnos? ¿cómo, estando a veces tan cerca y a veces tan lejos?– como en el modo de generar conflictos en entornos invisibles, frágiles, privados... o en entornos más o menos codificados, como el que se abrió en Madrid al calor de las movilizaciones (también laborales) durante la invasión de Iraq… o en entornos difusos como el área comercial, los almacenes, el transporte público, etc. Contábamos con testimonios importantes, muchos de ellos registrados y transcritos y habíamos generado una serie de útiles, modestos eso sí, como el piquete-encuesta, la lista de Precarias, los relatos de campo y, en general, una práctica minuciosa de registro dirigida a materializar y preservar nuestras reflexiones y nuestros recorridos. El conocimiento experimental/experiencial que propugnamos por medio de las derivas nos había puesto sobre la pista y había permitido expandir el punto de mira de un modo casi vertiginoso. Por otro lado, la concreción de la red de relaciones que se había abierto con el proyecto de las derivas y la invitación a la huelga, el proto-Laboratorio de Trabajadoras, seguía en ciernes, así como muchos de los enunciados, consignas e hipótesis que queríamos producir a partir de estas incursiones. Algunas derivas importantes, en particular la de producción mediática y la de trabajo sexual no llegaron a realizarse por motivos diversos y, desde luego, no queríamos dejarlas en suspenso.

 

En enero de 2003 participamos en las jornadas Pensar en Precario, organizadas por CGT, y volvimos a coincidir con otras personas y colectivos que como nosotras llevan tiempo dándole vueltas a esta cuestión de cómo pensar y organizar lo que algunos han dado en llamar el precariado o precariado social[2].

 

Diseñamos entonces lo que sería esta segunda fase y hablamos de dar continuidad a este proyecto por tres vías diferentes (pero no desligadas): (1) un segundo ciclo de derivas, (2) una serie de talleres de reflexión colectiva abiertos a más gente y (3) algunas intervenciones que nos permitieran indagar en las formas posibles del conflicto.

 

De algún modo, las derivas se habían revelado como un contacto apasionante, una forma de contagio y reflexión a la que no queríamos renunciar, un método que además aún no había dado todos sus frutos. Un método infinito dada la singularidad intrínseca de cada recorrido y su capacidad para abrir y enrarecer los lugares[3]. Los talleres eran una apuesta por un encuentro más pausado, también un modo de afianzar las relaciones que ibamos trabando y una llamada al delirio colectivo, eso sí, planificado. Los talleres, de algún modo, nacían de contactos o necesidades que habían surgido en el curso de las derivas: ¿por qué en femenino? o ¿qué gira en torno a la denominada crisis de los cuidados? Algunos pasaron sin pena ni gloria, otros, en particular el Taller de Cuidados Globalizados, se consolidaron y nos han permitido profundizar en un campo tan complejo como es el de las condiciones en las que hoy se desarrolla la reproducción a escala global. Por último, el espinoso asunto del conflicto, plagado más de intuiciones que de otra cosa, permanecía ahí, irreverente, haciéndonos un guiño desde la esquina. La infiltración, el espionaje (¿industrial?), el transvestismo, la revelión de las máquinas, la etiquetación defectuosa[4] y, claro, el reclaim o el dispositivo movil de encuestación especialmente diseñado para dar al traste con una movilización clásica se revelaban como pálidas tentativas de lo posible.

 

La cosa, evidentemente, se ha ido complicando por el camino y hemos acabado involucradas en un acompañamiento a las salidas que realiza Hetaira en el centro de Madrid y la Casa de Campo, en una serie de autoentrevistas y diálogos con compañeras con las que nos hemos ido encontrando y, por encima de todo, en una iniciativa editorial y audiovisual que ha centrado nuestros esfuerzos durante los últimos meses de 2003 y que hoy se plasma parcialmente en este artilugio que tienes entre las manos. ¡Qué aproveche!

 

 

DERIVAS Y ALGO MAS… EL EMBROLLO DEL TRABAJO SEXUAL

 

¿UNA VEZ MAS?

 

Las derivas, tal y como explicábamos en «Primeros balbuceos», no se limitan al recorrido guiado por el transcurso de una experiencia de precariedad. No son ni mero deambular, ni actividad planificada. De modo que cuando nos propusimos acercarnos al trabajo sexual teníamos muy claro que no podíamos reproducir el rol de «mironas», como nos decía una prostituta en la Casa de Campo, ni tan siquiera el de simples simpatizantes. Por eso salimos pensando, más que en ningún otro encuentro, en un intercambio que fuera más allá de la futura deriva de trabajo sexual. De momento el intercambio se ha plasmado en nuestra participación en algunas actividades de Hetaira[5] que nos han permitido acercarnos a la prostitución de calle, tan desconocida para nosotras, y establecer un vínculo donde no lo había. Esperamos que éste se vaya estrechando y de paso una forma de cooperación que contribuya a conectar este sector del trabajo femenino tan estigmatizado y acosado con otras realidades precarias con las que, en ocasiones, puede incluso llegar a solaparse.

 

Pero antes, ¿cabe preguntar por primera o última vez por qué el trabajo sexual? Sabemos de primera o segunda mano de las polémicas que giran en torno a la prostitución. Las internas al movimiento feministas[6] y las que surgen habitualmente en los discursos públicos, por ejemplo, en los medios de comunicación, tan proclives al prohibicionismo. El debate entre abolicionistas y defensoras de los derechos de las trabajadoras sexuales que, para las que no lo sepan ha costado grandes peleas, escisiones y mucha mala baba, parece estar en un punto muerto y no vamos a ser nosotras las que lo reproduzcamos aquí. Algunas activistas y estudiosas que están trabajando en este campo, putas o no, afirman estar hartas de pelear contra unas posiciones excesivamente estrechas, deterministas y victimizadoras, y sentirse solas ante la renovada ola criminalización que se nos viene encima y que golpea, en primer término, a los sectores tradicionalmente más perseguidos y marginalizados de la sociedad. La piedra de toque siguen siendo los derechos de las trabajadoras o, dicho de otro modo, la consideración de esta actividad como trabajo y, por consiguiente, como generadora de una serie de derechos (hoy en curso de ser desmantelados en casi todos los sectores laborales) equiparables a los que se desprenden de otros trabajos, y no como violencia o esclavitud sexual, como algo sobre lo que ninguna mujer puede tener pleno poder de decisión o epítome de la dominación patriarcal y capitalista[7].

 

Esta última posición ha sido tradicionalmente defendida, con distintos matices, tanto por las feministas burguesas como por las socialistas, para las que la prostitución era equiparable a otros contratos desiguales que, como el matrimonio, debían ser abolidos, y cuya abolición quedaba supeditada a la revolución socialista. Mientras muchas mujeres afirman su derecho a prostituirse y ser consideradas «como el resto de los trabajadores» –horizonte ya de por sí borroso y cambiante–, los argumentos que tratan de inscribir la prostitución (junto a otros hechos sociales) en el orden patriarcal pierden centralidad en el seno de una polémica estancada[8].

 

Lo que introduce la consideración pública del trabajo sexual es un argumento de tipo moral. La prostitución, se dice, atenta contra la dignidad de las mujeres convirtiéndo sus cuerpos en objeto de comercio (y violencia)[9]. Sin embargo, cuando la actividad es consentida nos hallamos ante un delito sin víctima que no se sabe muy bien a quién protege… ¿a la sociedad?, ¿a la moral pública? Cualquier consideración del punto de vista de las profesionales queda, desde esta perspectiva, fuera de juego y quienes afirman proteger acaban victimizando.

 

Por otro lado, el pragmatismo que domina el discurso regulacionista –del que participan de modo diverso las prostitutas, los empresarios de locales y algunas organizaciones feministas– se limita a considerar la gestión de esta actividad, algo que las feministas aliadas de las prostitutas vinculaban hace unos años a un debate más amplio al que se sumaban otras cuestiones que poco a poco han pasado a un segundo plano. Entre ellas estaban los sentidos y las prácticas sexuales, su transformación histórica y su contribución estratégica al género. Esto, que se podía pensar muy bien desde la prostitución y las prostitutas, no sólo concernía a las mujeres directamente implicadas, que ya es mucho, sino a todas. Los derechos de las prostitutas –la invención de nuevos derechos–, que como sucede también con los derechos de las trabajadoras domésticas, han permanecido al margen de la legalidad y, consecuentemente, de la regulación estatal[10], y su visibilidad como sujetos han de situarse en el centro del debate. Pero es que además, la prostitución o, mejor, el trabajo sexual es un lugar privilegiado para hablar del valor y de las dimensiones cambiantes del sexo en la sociedad patriarcal.

 

Lo cierto es que hoy por hoy, el trabajo sexual constituye una estrategia para lograr ingresos (superiores a los que se obtienen en otras actividades), que muchas mujeres lo eligen entre opciones casi siempre malas y limitadas (sobretodo en el caso de las inmigrantes) y que lo único que han logrado las propuestas prohibicionistas o redentoras es socavar la oportunidad de generar una posición de fuerza de las mujeres que realizan estos servicios, sometiéndolas a una presión extra y contribuyendo a su estigmatización y a la invisibilidad. Los controles sanitarios especiales y policiales forzados, la segregación en áreas concretas de la ciudad y la implantación de distintos niveles de tolerancia, el registro obligatorio, la penalización de proxenetas y clientes o las multas por el ejercicio en la calle acrecientan este efecto.

 

Cuando han tenido ocasión de hablar, muchas prostitutas han afirmado su capacidad de elección o al menos su capacidad de buscarse la vida del modo mejor para ellas dadas las circunstancias, y coinciden en que lo peor no es la supuesta indignidad del intercambio sexual, para el que han desarrollado mecanismos adecuados de implicación (tan adecuados que, como observa Pateman, molestan profundamente a los hombres que aspiran a obtener sexo «de verdad»), sino precisamente las condiciones bajo las que lo realizan y el modo en el que son tratadas por ello. Esto, como apuntan los testimonios de Mary-Loly, no es nuevo:

 

«Muchas veces he podido dejarlo y nunca me he decidido. ¿Por qué? Pues porque creo que después de tantos años de moverte con toda libertad, de hacer lo que te da la gana, de tener dinero en el bolsillo con cierta facilidad, resulta bastante penoso meterte a trabajar con un horario fijo, con un patrón que te explota y un sueldo que nunca te sierve para llegar a fin de mes decorosamente. Lo he visto también en algunas mujeres casadas que recurren a hacer algunos para sacar algo del dinero que el marido no trae a casa». (J.R. Saiz Viadero Conversaciones con la Mary-Loly. Cuarenta años de prostitución en España. Barcelona, Ediciones 29, 1976.

 

En definitiva y tal y como explica Cristina Garaizabal, «si no tenemos en cuenta las decisiones que toman las prostitutas, si las victimizamos pensando que siempre ejercen de manera obligada y forzada; si consideramos que son personas sin capacidad de decisión... todo ello implica no romper con la idea patriarcal de que las mujeres somos seres débiles e indefensos, necesitados de protección y tutelaje»[11].

 

CIRCUITOS ALTERNATIVOS

 

En cualquier caso y a pesar del estado de la cuestión en el feminismo, lo cierto es que el escenario en el que se debate el trabajo sexual se está modificando rápida y profundamente, y que esto debería provocar una reapertura del diálogo en otros términos. He aquí algunos elementos para el mismo.

 

El consumo de los bienes y servicios de carácter sexual ha aumentado y se ha diversificado[12]. Por otro lado, va siendo progresivamente aceptado también por parte de las mujeres. Tal y como insisten las profesionales, el mundo de la industria del sexo es muy diverso y en estos momentos es difícil generalizar. Los lugares, los servicios, el régimen y las condiciones de trabajo, etc. varían y dependen, como en otras actividades, de la situación (de papeles, raza, lugar de origen, sexo, edad, situación familiar, etc.) de quienes lo realizan.

 

Otro hecho significativo es que las prostitutas españolas y de Europa Occidental en general están siendo sustituídas progresivamente por inmigrantes de países del Este, Latinoamérica y el Caribe, el Sudeste asiático y el Africa subsahariana. El trabajo sexual es una estrategía femenina de supervivencia indisociablemente unida a las migraciones actuales y a otras salidas que como el matrimonio o el turismo sexual dan forma a los nuevos circuitos de la globalización[13]. El trabajo sexual es un trabajo flexible que podría, en algunos casos puede, desarrollarse de un modo más autónomo, desregulado e intermitente. En este sentido, constituye una oportunidad para muchas personas que ven restringidas desde el Estado (leyes de extranjería) y desde el mercado laboral sus posibilidades para acceder a recursos e ingresos dignos. No obstante, esta misma condición flexible y alegal contribuye a profundizar, además del estigma, la precariedad que pesa sobre este trabajo.

 

Existe una interacción restrictiva entre las leyes de extranjería y el trabajo sexual que tiene el efecto de bloquear las posibilidades de regularización y favorecer aún más las extornsiones y presiones de todo tipo, incluidas las que atentan contra la libertad sexual y la liberdad de movimientos, que pesan sobre las migrantes en el trabajo sexual.

 

Se ha incrementado la trata de personas para la actividad sexual, algo que sucede en contra de la voluntad de las mujeres acudiendo a la extorsión y a la violencia y que, querámoslo o no, cohabita en muchos contextos con el libre ejercicio[14]. Es preciso, en este punto, afinar la distinción entre: (1) trabajo coaccionado (esclavo), (2) trabajo embridado por deudas (semiesclavo), (3) trabajo asalariado (sin deudas relacionadas con la migración) y (4) trabajo «autónomo» (sujeto en mayor medida a la propia organización de los tiempos, actividades, espacios, etc.). Somos conscientes de que estas categorías o regímenes precisan de un desarrollo que, a su vez, resulta tremendamente controvertido[15].

 

Otro elemento importante es la incipiente organización de las prostitutas en España, derivada del hecho de que muchas de ellas, latinoamericanas, proceden de países en los que existen sindicatos de las trabajadoras del amor, como allí se denominan. Se ha producido, así mismo, una incipiente organización de los propietarios de locales, movida seguramente por el descenso de sus beneficios ante la competencia de la calle.

 

DE SALIDAS Y DERIVAS

 

Con algunas de estas reflexiones y transformaciones en mente iniciamos nuestro acercamiento al trabajo sexual. Nos sumamos durante el verano de 2003 a las salidas de Hetaira por la Casa de Campo y la zona centro[16], apoyamos alguna de sus movilizaciones e ideamos una serie de entrevistas y una primera deriva realizada a primeros de novimebre que nos ayudaran a abrir el campo del trabajo sexual –telefonía erótica, peep shows, casas de citas, etc.–, y fueran una modesta contribución a la labor que Hetaira realiza desde hace años en relación a la prostitución de calle.

 

Con respecto a estas salidas hay que decir que tienen lugar en un momento especialmente difícil alentado por las protestas vecinales, por el clima securitario que anima la actuación de los responsables políticos y de la policía y por el sensacionalismo –sexo, mafias y extranjería, ¿qué más se puede pedir?– promovido por la prensa en los últimos tiempos[17]. Los relatos de las salidas ponen de manifiesto la complejidad de la prostitución de calle, además de nuestros descoloques y fantasías  –demasiado lúgubres o exóticas, demasiado ingenuas o voluntaristas, demasidado correctas e inútiles–, teñidas, en cualquier caso, por los imaginarios del placer y del peligro.

 

La prostitución de calle se complica. La organización del trabajo está sometida a las presiones de mafiosos, mirones, clientes, policías, vecinos y proxenetas[18]. Los precios están bajando y se diferencian en función de la raza, la edad y los papeles. Las que hacen la calle representan el escalafón más bajo y, en muchos casos, el más dependiente, sometido y perseguido.

 

La prostitución, como el trabajo doméstico, no hace sino poner de manifiesto las escalas sexuales y raciales que existen en un momento dado. Pero ¿cómo funcionan estos mecanismos? ¿por qué las subsaharianas son «más baratas»? ¿por qué está bajando el precio del servicio en la calle? ¿por qué sube la demanda y los precios de las españolas? ¿por qué no se van todas a las casas de citas? Para responder a estas preguntas tendríamos que referirnos a fenómenos tan dispares y de escalas tan distintas como la nueva división internacional y sexual del trabajo, la ley de extranjería y las políticas de control de los movimientos migratorios (y callejeros), la erotización de la jerarquía, el racismo y los complejos mecanismos que se desatan cuando el sexo se vende como servicio. Este análisis de encrucijada cuesta pero pensamos que es ahora, más que nunca, resulta imprescindible.

 

Uno de los elementos del placer, sostiene una compañera, es el sentirse deseado, esto desaparece cuando compramos el sexo pero puede ser sustituido si podemos imaginar que la prostituta de algún modo elige y nos elige, que lo hace «porque quiere», no porque «no tiene más remedio», que existe, de hecho, un afecto[19]. Cuando se dispara todo este batiburrillo nos vuelve a asaltar la posibilidad de pensar el sexo y las prácticas de sexo en una dimensión histórica; como lo hace Foucault y las feministas que tanto nos inspiran, es decir como producción (y no como mera dominación), lugar de regulación y de gobierno. Entonces pensamos cómo se ha transformado la sexualidad en relación a la feminidad y la masculinidad, cómo se están especializando y sofisticando los servicios del sexo y cómo todo esto va unido a la invención de derechos en un contexto general dominado por la desarticulación y en otro particular, el del trabajo sexual, caracterizado por el desequilibrio y el estigma[20].

 

En nuestra perspectiva feminista, el ejercicio de la prostitución reproduce una teatralización del poder; el hombre negocia y compra el derecho de acceso al cuerpo de la mujer y… a algo más, algo que no se puede separar de lo primero: una performance de sexo con amor, una sexualidad normalizada o aberrante, igualitaria o jerarquizada, voluntaria o forzada, la compensación de un déficit de sexo o afecto, una compañera, una madre, etc. Se pueden comprar muchos tipos de performance, no hay más que ver los anuncios del periódico. Las putas siempre han hablado de la chapa que les pegan sus clientes, de su papel de terapeutas o sujetos deseados, desmitificando así la generalización de la violencia y el desprecio como pauta del servicio sexual. Fantasías de dominio, de guerra, de inversión del poder, de secreto y desvelamiento…Como decía un cliente por la tele: «nadie da tanto por tan poco». El trabajo sexual, decíamos antes, es un lugar estratégico para revelar la sexualidad –la normal y la desviada– en un periodo histórico determinado, así como el modo en el que está vinculada con otras dimensiones de la identidad social. Las putas y las trabajadoras del sexo en general ponen de manifiesto las actuaciones de género y las fronteras del ser mujer.

 

Por lo que han contado algunas compañeras del sector[21], la estratificación depende en gran medida del efecto de realidad o verosimilitud de la ficción, es decir, de lo que se acerque a un encuentro sexual no mercantil. A algunos hombres les gusta pensar que la trabajadora no trabaja, que está en ello y se entrega en cuerpo y alma, como si dijéramos. La ficción del piso de estudiantes para publicitar las casas de citas, la mujer independiente o la azafata que recibe o acompaña a caballeros en la prostitución de alto nivel, los migrantes que quieren estar con españolas, el anonimato de los pisos o el party line en la telefonía erótica son manifestaciones de esta ficción de igualdad, de normalidad si se quiere. Ser de raza blanca es otro indicador de igualdad alejado del orientalismo que prometen las mujeres de otros colores y procedencias o del horizonte de pobreza y extranjería que puede llegar a intuirse en el caso de las mujeres inmigrantes. El cybersexo es un fenómeno interesante en este sentido, sobretodo por la dislocación de la identidad que posibilita la red y otros interfaces como el teléfono[22]. La oportunidad de disfrazar el sexo por dinero a través de mensajes telefónicos registrados en un contestador contribuye a desmaterializar el intercambio y a asegurar una representación menos carnal pero de una exterioridad más abierta a la simulación. Pero entonces, ¿qué significa todo esto?

 

Esto es precisamente lo que nos gustaría seguir explorando. En cualquier caso, no sabemos si esta tendencia a la «disolución» de los trazos de asimetría –de sexo, origen social, raza, procedencia, edad, estándares corporales e identidad sexual– es dominante. Evidentemente convive con otras que valorizan las fantasías de dominación y sumisión o se inspiran en jerarquías de sexo, raza y procedencia.

 

Lo que sí resulta evidente es que estas fantasías –ya sean de igualdad o dominación/sumisión– se producen en el contexto de un sistema social jerárquizado de acuerdo con distintos ejes. Los que nosotras aspirabamos a rellenar en el famoso cuadro. La estratificación resultante abarca (1) el régimen del trabajo (coaccionado, embridado, asalariado sin deudas y autónomo); (2) a la movilidad social, laboral y geográfica; (3) al grado de exposición del cuerpo (directo en la prostitución, semidirecto en el masaje o indirecto en el peep show o en la telefonía), y (3) a la organización del trabajo (empresa flexible y en red como en los chats o en las casas de citas, familiar como en algunos burdeles, autónoma como las prostitutas por cuenta propia, mafiosa, etc.). Si cruzamos todas estas categorías de posición y régimen tendremos un mapa de ejes bastante complejo.

 

Este mapa en curso empieza a mostrar algunas sigularidades y lugares comunes. Muestra, por ejemplo, la similitud entre ciertas formas de trabajo sexual y otras en el campo de las comunicaciones, del comercio (en las grandes cadenas o el pequeño comercio) o en el servicio doméstico (igualmente frágil en lo que respecta al estatus legal). Hablamos de empresas muy similares. Con sus instrumentos publicitarios, su sistema de «controllers», su recepcionista en el papel de contactadora, supervisora, presentadora, diseminadora y contable, sus instalaciones descentralizadas, sus horarios flexibles, su inclinación a acaparar todo el tiempo de la vida de las trabajadoras (como sucede con las domésticas internas), etc. Aunque el estigma social sea compartido por todo el sector de la industria del sexo, también tiene algo que ver con la feminización de la actividad, la invisivilidad y la falta de estima, rasgos que el trabajo de sexo comparte con otros de cuidado y atención.

 

Otra dimensión para los nombres comunes y las singularidad a potenciar es la identidad de las mujeres. Como ha sugerido Laura Agustín, muchas no se piensan como «prostitutas» o «trabajadoras del sexo», sino como migrantes de tal o cual lugar «que se dedican de forma temporal al trabajo sexual como medio para alcanzar cierto fin. Esto significa que están menos interesadas en cuestiones de identidad que en que se les permita seguir ganado dinero de la manera que quieran, sin que se les agreda o violente, por un lado, o sin que se les tenga lástima y se las someta a proyectos para ‘salvarlas’, por otro» (en prensa). Esta indefinición o ambigüedad profesional, que ya veíamos en las teleoperadoras, no es aquí el producto de la desregulación sino la condición misma de un «oficio» que se confunde con la naturaleza misma de la mala mujer. A ella contribuye el carácter expansivo y diversificador de la propia industria –hoy resulta difícil distinguir algunos servicios eróticos de otras actividades «sensuales» dirigidas a formentar la salud o de las que se desarrollan en el terreno del arte y/o del entretenimiento– y el flujo de entrada y salida de muchas mujeres, sobretodo migrantes, que hoy cuidan niños y mañana hacen una semana en la Casa de Campo.

 

Los apuntes, de momento, son muchos y dispersos. Los relatos e impresiones que hemos ido reuniendo de a poco sugieren más preguntas que respuestas. Hemos abierto bien los oidos durante las salidas, las entrevistas y en esta primera deriva guiada por una compañera de la telefonía erótica y una recepcionista-telefonista de casa de citas y esperamos poder seguir abriendolos en los próximos meses. En cualquier caso, esto nos parece un buen punto de arranque en un momento que ya pensabamos sobredeterminado por el impasse en los debates feministas.

 

 

AMAS DE CASA, CHACHAS, SEÑORITAS Y CUIDADORAS EN GENERAL. EL TALLER DE CUIDADOS GLOBALIZADOS

 

HABLAMOS DE CRISIS

 

Las reflexiones de este taller se exponen en un texto incluido en este volumen, de modo que procuraremos que estas páginas sirvan a modo de invitación para situarnos en los orígenes del mismo y pensar a partir de una encrucijada: ¿crisis? ¿conflicto? ¿tránsito?

 

El Taller de Cuidados Globalizados se celebró a lo largo de tres sesiones en las que participaron mujeres que eran una mecla de alguna de estas cosas: trabajadoras domésticas y cuidadoras, migrantes, estudiosas, activistas, abogadas, mediadoras sociales, etc. La primera sesión fue una suerte de acercamiento al panorama actual de los cuidados –transformaciones sociales, planteamientos feministas, papel de las migrantes y de las leyes de extranjería, legislación sobre trabajo doméstico, situación del mercado laboral–, después nos pusimos a pensar en las «cuidadoras en pie de guerra», en las experiencias existentes y en otras posibles. 

 

La discusión, como siempre, se lió de buena manera, porque es verdad que son demasiadas cosas: (1) la historia de la división sexual del trabajo y su configuración en el presente, (2) la feminización de las corrientes migratorias y el «trasvase de desigualdades», (3) el marco legal que fija el estatus del trabajo doméstio como subempleo y el de las mujeres como subalternas, (4) el contenido de este trabajo: sus pautas temporales, espaciales, subjetivas, etc. y (5) los frentes de lucha.

 

En cierto modo, nuestro interés por los cuidados globalizados es el mismo que anima toda la temática institucional de la «conciliación de la vida familiar y laboral», aunque parta de premisas distintas y conduzca a conclusiones diferentes[23]. De momentos vamos a llamarle «crisis»: el esquema reproductivo mayoritario entra actualmente en conflicto, por un lado, con la presión que ejercen los modos de desregulación del empleo (masculino y femenino) y la carencia de servicios públicos y, por otro, con las expectativas que el acceso a la educación, al empleo más o menos estable, a la autodeterminación sexual y, en general, al feminismo como planteamiento sobre la liberación de las mujeres han generado a partir de la década de 1970[24]. O

 

«Con la quiebra del modelo de familia fordista, en la que la infraestructura social doméstica y de cuidados se resolvía mediante la dedicación exclusiva de las mujeres a este trabajo gratuito, nos ancontramos ante un nuevo escenario, que supone también la quiebra de la antigua estructura de cuidados en la que la reciprocidad diferida garantizaba que las personas que eran cuidadas en su infancia y en su juventud, serían en el futuro cuidadoras de sus mayores» (del Río, S. Y Pérez Orozco, A. «La economía desde el feminismo: trabajos y cuidados», Rescoldos, n. 7, 2002).

 

Pero, vayamos por partes. Por esquema reproductivo mayoritario entendemos la familia nuclear patriarcal con una fuerte división sexual del trabajo que determina la división entre lo público y lo privado, la producción y la reproducción; se trata indudablemente de una familia de clase media y blanca, legítima heredera de la familia burguesa del XIX, y extendida como modelo (ojo, no necesariamente como experiencia) a casi todas las demás capas sociales a lo largo de la primera mitad del XX. Este esquema maximiza la reproducción, en el sentido de Bourdieu, biológica y social tanto en lo que se refiere a la transmisión de la herencia como en lo que respecta al cuidado de la descendencia en íntima colaboración con el Estado y al mantenimiento del orden moral. En la España franquista, este modelo tiene tintes especiales fuertemente marcados por un Estado del bienestar autoritario[25], el predominio moral e institucional de la religión católica y la propaganda sobre el papel de las mujeres como «ángeles del hogar». La crisis de este modelo se inicia en el posfranquismo y se agudiza en las últimas décadas[26]. Crisis no significa aquí que la división sexual no siga produciéndose, que con anterioridad las mujeres de clase baja no estuvieran sometidas a un esquema intensivo de trabajo fuera y dentro del hogar o que este modelo se realice del mismo modo en distintos contextos (por ejemplo, en el ámbito rural) o que suceda lo mismo en todas partes y en las mismas fechas. Los matices son importantes, sin embargo, nos parece pertinente hablar de un modelo hegemónico y aclarar que cuando hablamos de división sexual del trabajo no asumimos que las mujeres no trabajaran fuera de casa, pero sí que la reproducción deja de tener lugar mayoritariamente en el seno de la familia extensa y que, a partir del XVIII, en Europa se establecen una serie de servicios colectivos que apoyándose en la familia y en las mujeres están dirigidos a formar, pacificar e integrar a la población y a concitar los peligros que en aquel periodo, y en otros sucesivos, representaban las clases populares[27]. Ni que decir tiene que este esquema ha sido objeto de sucesivas crisis y readaptaciones; por ejemplo, tras las dos Guerras Mundiales.

 

Uno de los elementos de la crisis actual, la desregulación, atañe, por una parte, a la perdida de empleos masculinos durante los 80 y, por otra, a la creciente expansión, fragmentación y diversificación de los nichos de trabajo femenino, no ya en la administración o en la manufactura, sino en el sector servicios: limpiadoras, sirvientas, cuidadoras, camareras, dependientas, comerciales, teleoperadoras, esteticiens, trabajadoras del sexo, acompañantes, etc., un sector, para qué decirlo, cada vez más precario.

 

El segundo aspecto de esta crisis, la ausencia de servicios públicos, tiene que ver con el desarrollo del llamado Estado del bienestar «mediterráneo», se llama mediterráneo por no llamarlo rudimentario o familista. Esto quiere decir que la reproducción está en manos de las mujeres, muchas veces en régimen de «doble jornada» y que sólo en ausencia de una mujer intervendrá el Estado. Los servicios son, especialmente en el campo de los cuidados, un complemento a la acción de las mujeres. Los hogares con recursos acudirán a la contratación de otra mujer, probablemente migrante, para externalizar parte del trabajo. Y aquí entran ya en juego otras dimensiones como las regulaciones de extranjería; el hecho, por ejemplo, de que la extranjería se apoye en un fenómeno discriminatorio injustificable desde cualquier punto de vista eurobienpensante como la preasignación por ley de determinados empleos (servicio doméstico) a determinados grupos de población (mujeres extranjeras) en función de su sexo y su condición de alien.. De verdad que si tanta declaración no fuera más que papel mojado, esto sería un atentado contra los derechos humanos.

 

El tercero elemento, la generalización del feminismo, forma parte del horizonte subjetivo de las españolas y constituye una herramienta popular y populista de la mayoría de los partidos y de algunas marcas. La aceptación de la autonomía de las mujeres como idea se ha diseminado e individualizado[28]. A pesar de lo cual choca con los sentimientos de estrés y con la dificultad a la hora de plantearse la idependencia (jóvenes en el hogar de los padres, casadas insatisfechas con sus parejas o mujeres a cargo de personas dependientes), la maternidad, la formación, la equidad en el reparto de tareas o la promoción. La autonomía, a pesar de sus efectos para la autoestima, acaba siendo poco más que un ideal al que apenas se puede tender, algo para las «superwomans», algo que puede llegar a agobiar en la medida en que no se alcanza. A estos aspectos hay que añadir otro factor clave: el envejecimiento de la población[29], que junto al descenso de la tasa de natalidad está provocando una situación de incertidumbre y, como dicen y hacen los medios, de alarma social que en los próximos años puede modificar o al menos matizar los discursos criminalizadores sobre la extranjería en beneficio de otros que hagan más hincapié en el carácter beneficioso de los migrantes en tanto fuerza de trabajo, y lo que es más peligroso aún, en tanto fuerza procreativa necesaria en su justa proporción. Probablemente asistiremos a una combinación de ambas orientaciones.

 

Todos estos elementos forman parte de nuestros debates, pero además, en los últimos meses, algo ha cambiado en nosotras. Será que nos estamos haciendo mayores o que ponernos a hablar sobre estas cosas del cuidado en primera persona nos sitúa ante la perspectiva de que también nosotras seremos cuidadoras y eventualmente cuidadas. ¿O no? Algunas ya cuidamos en distinto grado a otras personas con las que convivimos,  a nosotras mismas, y de un modo aún laxo a otras personas de nuestra familia. Casi ninguna tenemos críos ni pensamos o podemos tenerlos. Alguna los tiene al otro lado del charco y gestiona uno de sus hogares en la distancia con toda la incertidumbre que esto representa. Pero, a ver, ¿qué opciones tenemos? A muchas nos horripila el tener que vivir con nuestros familiares, incluso la perspectiva de tener que cuidarlos; ya vemos como lo hacen nuestras mayores. Rehuímos el chantaje afectivo y afirmamos nuestro deseo de mantener relaciones libres, es decir, basadas en el afecto. Sin embargo, estas mismas relaciones –más inseguras en la medida en que no producen garantías o están sujetas a contratos formales– no incluyen marcos –recursos, espacios y vínculos– para el cuidado. Vale, no nos hemos casado o hemos constituido otro tipo de unidades de convivencia, pero…¿cómo será la necesidad del cuidado en estos entornos? ¿volveremos a la familia? ¿a qué familia, cuando nosotras figuramos entre las mujeres más jóvenes de la misma? ¿a la pareja quien la tenga? ¿tendremos pareja? Hablar en primera persona y juntas tiene sus riesgos. También nosotras volvemos la mirada hacia la familia, cuando ésta no nos agarra de la barbilla y nos voltea la cara, y nos cuesta pensar en las otras como cuidadoras y en las escasas instituciones que generamos como facilitadoras del cuidado; al loro, el hardcore del cuidado no es tomarse un té con pastas en una tarde de depresión.

 

TESTIMONIOS DESDE LA ORILLA

 

Mientras comenzamos a hablar de estas cuestiones nos enfrentamos a la situación de algunas compañeras migrantes en el servicio doméstico y en los cuidados. En «Primeros balcuceos» nos referimos a la transferencia de parte del trabajo reproductivo a las migrantes. Esto tiene distintas consecuencias y parte de un mismo problema: el trabajo reproductivo no se ha repartido y las condiciones de los empleos hacen más difícil la labor de las mujeres autóctonas. Que los hogares no tengan «esposa» no significa que las cosas no tengan que hacerse; es más, se dice que en los hogares modernos y a pesar o, en algunos casos, precisamente por todos los avances tecnológicos la carga de trabajo es mayor. Aunque los ingresos no sean a menudo especialmente elevados, muchas parejas heterosexuales, y homosexuales imaginamos, evitan el conflicto: se contrata a alguien (por horas) y en paz. Si además hay criaturas y dos salarios, aunque sean flexibles y/o precarios, la solución, además de la abuela, está cantada. Esto origina una «demanda», un nicho para el empleo femenino precario que encaja perfectamente con una «oferta»: la de mujeres migrantes que buscan alternativas laborales y/o vitales en los centros del capitalismo global y que no pueden optar por otros empleos[30]. Ya tenemos el pull y el push. Y, desde nuestro punto de vista, hay que insistir en el pull –la estructura del mercado laboral español con su explosión de trabajo sumergido, de subempleo y desempleo–, sobretodo ahora que el empobrecimiento en el Tercer Mundo se contempla, bajo el prisma neoliberal, como incapacidad para el desarrollo y como algo que hay que solucionar donde corresponde.

 

La capacidad adquisitiva de los hogares de clase media baja y con ella los salarios de las trabajadoras por horas o externas; las que recogen al niño del colegio, cuidan del bebé, limpian y cocinan, hacen la casa, la oficina o el portal, pasean con la abuela o hacen de baby sitting. Quienes tienen más recursos o quieren servicios especializados –familias de clase alta, empresas, instituciones– se aprovechan de las condiciones generales de un sector prácticamente al margen de la legalidad o lo que es peor con una legalidad que ampara el abuso. La demanda de internas y externas, según muestra L. Oso, depende de si la familia tiene hijos pequeños; para los sectores de clase media, la interna cuesta casi lo mismo y hacen mucho más; los hogares unifamiliares de la periferia de las grandes ciudades tienen espacio suficiente para albergar a una interna; así los han diseñado los arquitectos. Las parejas profesionales sin hijos, en aras de la intimidad y la paz afectiva, optaran por la asistenta[31].

 

.... los trabajos que más salían eran de interna, mas cuidando niños, con cuatro, cinco niños en unas condiciones tremendas. Lo que más sale es trabajo internas, claro, porque imagínate que están solicitando externas, solicitan externas y les pagan 80.000 pesetas, por ejemplo y de interna pagan 90.000 y tienes una esclava ahí, porque claro, el trabajo de interna en la mayoría, no sé si hay excepciones, porque no se puede generalizar todo, pero en la mayoría de los casos se creen que son dueñas de la persona que está interna. Quien te contrata piensa que te está pagando bien, te está dando casa, te está dando comida, y un trato familiar, usando uniformes, tratándote como muy inferior… Entonces ven el caso: ¿qué me compensa, tener una persona externa o tenerla interna? Tener una persona interna. Entonces ya el trabajo de externa se reduce totalmente y casi no hay trabajo externa. Son poquísimos, son unas condiciones de que hay gente que dice: yo no quiero tener a una persona, porque no me apetece, no tengo la libertad, pero por esas condiciones, no porque las condiciones de explotarla, que digan: no puedo hacerlo, sino porque las condiciones personales, de intimidad y eso no les permiten hacerlo, no tienen el espacio para tener una persona interna. Pero por lo general ahorita, es el trabajo interna lo que hay, sea de personas mayores o de niños (trabajadora doméstica, Taller de cuidados globalizados I)

 

Este nicho, especialmente en el caso de las trabajadoras por horas, españolas sobretodo pero también extranjeras con permiso de trabajo, ha sido claramente percibido por las empresas de servicios. Muchas trabajadoras, ante lo frágil e impresivible de su situación, optan por vender parte de su salario a estas compañías en expansión.

 

Se trata indudablemente de una situación complicada, como nos contaron algunas mujeres durante las sesiones del taller:

 

…el otro día una compañera de mi curro, bueno yo trabajo en un sitio que, bueno, pues de gente trabajadora, que ha tenido una época de salarios medianamente decentes y un status como en fin, de clase media fundamentalmente, entonces claro ella es una mujer que tiene dos hijos su marido que trabaja en una empresa viajando, los hijos con catorce y 18 que la traen loca, y ahora su madre que está sola y se ha caído el otro día, pues ya no la puede dejar sola. Mujer que se quedó viuda y por eso ha tenido una autonomía muy alta desde que era muy joven... entonces me decía mi amiga, ‘claro es que no sé que hacer...’ y yo le digo, ‘es que esto es espantoso, esto no hay quien lo viva’.  Entonces se plantea tomarse vacaciones para estar con su madre en julio y su madre con su otra hermana en agosto, pero claro, eso es como que explota, ¿no? Entonces se plantea la cuestión de la teleasistencia. La teleasistencia no mola porque ella dice, es que a mi madre lo que le hace falta es compañía.  Es decir que no solamente el problema es cuidar a una persona mayor que en un momento determinado le pueda pasar algo y venga un señor del Samur, sino que lo que se está sufriendo y lo que en cierta medida se busca es compañía y afecto. Entonces, ella se plantea el problema, y hará una contratación donde se paga un salario de mierda, o sea que eso es así, pero que hay un sector de personas trabajadoras que se encuentran con ese cruce cuando los hijos todavía no son mayores, los padres que ya son mayores, y ellas en medio con hombres que no colaboran, y yo veo que aunque colaborasen, la presión que hay en el mercado laboral es de tal envergadura que tampoco solucionaría el problema, entonces cuando no hay una resolución colectiva de ‘vamos a hacer esto para no sé qué’, entonces como cada quien se busca la vida como puede, una de las alternativas es la contratación de otra mujer (activista del MF, madre trabajadora, Taller de Cuidados Globalizados III)

 

A él hay que añadir una cuestión central que ya señalabamos en nuestros primeros balbuceos y que se entremezcla en todos y cada uno de los aspectos que hemos recorrido más arriba y que seguiremos recorriendo a lo largo de este libro: el afecto. La literatura sobre las «cadenas mundiales de afecto», a las que nos referiremos más adelante, reconstruyen los lazos del cuidado, en los que participan las familiares y personas cuidadas en el país de origen, las familias para las que ahora se trabaja y las relaciones afectivas que se establecen en el lugar en el que se habita. No se trata exactamente de un corrimiento –las que son madres siguen actuando de madres aunque de otro modo, siguen siendo licenciadas aunque ejerzan de domésticas– sino, más bien, de una reordenación o renegociación de los papeles y, en este sentido, de las identidades[32]. Algo que ha sucedido y sucede en el contexto español con las abuelas cuidadoras, de las que poco se habla.

 

Todas las cuestiones que se derivan de este reajuste global nos interesan. No desde la perspectiva del enfrentamiento entre mujeres o desde la cupabilización –la liberación de unas a costa de la opresión de otras–, como se entrevé en algunos enunciados feministas que ha interpretado la crítica poscolonial como una entonación del mea culpa que acaba por apelar a la buena voluntad individual. O, a la inversa, como motores de la ansiedad y la venganza de las legítimas cuidadoras descuidadas frente a las extranjeras sádicas; véase el reciente escándalo que ha montado la prensa sobre el maltrato de una interna ecuatoriana a unos rubios mellizos de madre blanca ausente. Nos interesan, más bien, como dinámica que contribuye a la reconfiguración de los hogares, las familias, el sentido de la intimidad y de lo privado y los modos de amar, cuidar y gestionar los afectos. Nos interesan también en su trabazón con la sexualidad, con un continuo afectivo que siempre ha estado presente y que distribuye funciones de esposa, amante, cuidadora, servidora sexual, compañera, madre, esposa contratada, etc. Nos interesa, en definitiva, porque la capacidad para plantear negociación y conflicto por parte de los sectores femeninos más vulnerables y la capacidad para trazar alianzas es lo que asegurará mejores condiciones para todas. Se trata de desterrar definitivamente del imaginario la idea de la competencia leal o desleal, las clausulas de prioridad nacional como una excusa para fomentar la precarización y la etnificación, y la diferencia sexual como un argumento para una «especialización» a la baja. El capital fragmenta lo social para restar valor, nosotras agregamos para elevarlo y desplazarlo hacia otros lugares. Indudablemente nos hallamos en un campo de fuerzas, de creación de simbólico y prácticas de vida en el que es preciso intervenir. Al fin y al cabo, de uno u otro modo, estamos hablando del cotidiano de todas nosotras.

 

 

GUERRAS COTIDIANAS

 

En cuanto a la estrategia, ¿qué decir? Hemos discutido por aquí y por allá largo y tendido. En realidad, tal y como afirma una compañera de la Asamblea Feminista de Madrid llevamos ya tiempo dando vueltas a esto de poner la vida, la sostenibilidad de la vida, en el centro, aunque no logramos dar con las respuestas o, más bien, con las formas de poner en lo público este conflicto soterrado[33]. Igual nos vamos acercando. Cuantificar, valorizar, visibilizar, retirar, mercantilizar, abolir, industrializar, compartir, salarizar en la economía social, conciliar, pugnar por un salario doméstico, social…

 

El escenario que vamos esbozando se aparta evidentemente del que plantean las políticas conciliadoras que ven en el feminismo institucional y en las medidas diseñadas a tal efecto una herramienta inscrita en un relato progresivo de la liberación de la mujer. Nuestro análisis es otro. Es primeramente global, en el sentido de contemplar la realidad de las mujeres –amas de casa, esposas, desde las dos orillas, asalariadas y no, en matrimonios y fuera de ellos, legales o ilegalizadas, en uniones homologadas/ables y en otras, etc.–, de las más posibles, en conjunto y en sus interrelaciones, por todo lo ambiguas y conflictivas que éstas puedan ser. De nada nos sirve hablar de conciliación o incluso de valorización si no hablamos de distribución, de reparto, o mejor, de cooperación y de conciliación para todas y en condiciones justas. De nada, si cuando hablamos del hogar no hablamos de la precarización de la existencia y del empleo y a la inversa. Como se ha señalado desde las posturas críticas, el debate sobre la conciliación en el empleo y en los hogares parte de premisas inadecuadas (son las mujeres quienes tienen que conciliar), además de evitar cuestiones cruciales (como el del trabajo migrante, el de las formas jurídicas de las uniones y la ciudadanía o el de las condiciones en el empleo precario y femenino) o reconducir los conflictos hacia posiciones de pacificación y justificación de las desigualdades.

 

La situación de los servicios sociales y su privatización progresiva, tal y como se explica en una entrevista incluida en este libro– no sólo no augura bonanzas, sino graves retrocesos. El reparto se ha producido en una escala muy limitada y con muchas dificultades dadas las resistencias de los hombres, la falta de recursos y la flexibilización en el empleo. Las mujeres que trabajan en el sector doméstico y de cuidados no han asistido a la reforma de una legislación cuasi feudal[34]; han visto, en cambio, cómo empeoraban sus condiciones de vida con la irrupción de las empresas de servicios, las políticas de extranjería y la dificultad tradicional de forzar la capacidad de negocación colectiva en estos sectores.

 

La estrategia de visibilizar, valorizar y hasta cuantificar[35] es imprescindible, y a ella hay que incorporar el análisis del trabajo precario y la migración, ya que hasta hace no mucho ésta se fundaba sobre un modelo de mujer, hogar y empleo «típicos» y autóctonos. Además, no siempre van acompañadas de reflexiones que favorezcan una politización de nuestras vidas que articule conocimiento, cambio y conflicto colectivos. La llamada economía social –el tercer sector– en ocasiones se acopla perversamente con las oportunidades de acumulación que ofrecen los ya no tan «nuevos yacimientos de empleo» y las receintes formas de subcontratación, y esto se acentua aún más en el caso de las mujeres. El salario social, del que ya hablamos en las jornadas feministas estatales de Córdoba en 2000 y en otros encuentros, es una oportunidad para reencuadrar los debates sobre el trabajo y la vida, sin embargo, puede dejar indemne e igualmente invisible la cuestión del valor, del salario y las condiciones (que viven las empleadas de hogar) y las pautas de cooperación (que vivimos todas en nuestros hogares).

 

Por otro lado, hablar de afecto implica superar necesariamente el marco del empleo e incluso del trabajo e introducirse de forma especial en el ámbito de la relación, algo indisociable de cualquier actividad pero esencial en la que nos ocupa. Somos cuidadoras, todas y algunos todos, pero además necesitamos que nos cuiden, nos gusta y tenemos derecho a ello. Pero el afecto que buscamos no debería ser de mínimos, de obligación o culpa, de dependencia, sino que tiene que ser un afecto libre, aunque (hoy por hoy) pueda estar vinculado a un salario, y para que sea libre tiene que ser justo. El afecto, bien lo sabemos, no es la panacea, por eso no basta hablar de él sin nombres ni apellidos. El amor tiene cualidades y es parte de relaciones sociales que hay que construir y deconstruir: amor, servicio, trabajo, solidaridad, etc. De modo que las luchas que estén relacionadas con los afectos, como lo son la mayoría de las que se libran en el terreno de la salud y la educación, no serán estrictamente laborales, sino ciudadanas a la par que personales. Serán luchas en contra de las guerras cotidianas. Y el reto al que nos enfrentamos en estos talleres es justamente ese: transformar el cuidado en una reivindicación social que modifique los afectos y los convierta en un bien común y abundante. Algo que ha sido un desafío constante para el feminismo y que la ofensiva neoliberal de las últimas décadas ha convertido en una urgencia.

 

Las luchas de las cuidadoras –de las amas de casa en los países empobrecidos, de las migrantes, de las trabajadoras sociales…– están en ciernes y algunas experiencias apuntan a un futuro de agregación que pudiera hacer estallar la atomización y precarización que se da en los servicios personales, la degradación de los públicos y las angustias y malabarismos de las componendas familiares[36]. Las luchas de las personas (des)cuidadas, relevantes en otros países del Tercer Mundo, no así en Europa, a excepción quizás de Francia, son la otra cara de los mismos problemas: recursos, calidad y cooperación. En este sentido, los conflictos migrantes y los que giran en torno a los cuidados, que se dirimen en el plano laboral pero sobretodo en el ciudadano y en el del imaginario y las formas de vida, precisan de un mayor grado de elaboración y confluencia.

 

 

«EL IMPULSO CREATIVO». DERIVA POR LA PRODUCCION MEDIATICA

 

HACER LOGO

 

En abril de 2003 derivamos por los circuitos de la precariedad mediática. Medios: diseño gráfico, empleos ligados a la producción mediática y cultural, trabajillos en la industria del espectáculo,  personal llamado «creativo», en publicidad, diseño corporativo, promoción y campañas de marca… sí sí, elaboración del LOGO. Trabajo sobre el código: traducción, idiomas, corrección de pruebas y edición, investigación, contactación y consultoría desde el ordenata de casa, free-lance en medios, artistas sin ringo rango, asidua a los castings en su condición de intermitente del espectáculo, etc. Palabras clave: creatividad, vocación, conectividad, autonomía, flexibilidad, mérito, prueba, realización, profesionalidad, movilidad, (auto)formación, estrés, horario «libre», proyecto… Algunos hablan raro y dicen «tener unos temas sobre la mesa» o «monitoreado» o «píldoras culturales» y otras cosas por el estilo. Si os fijais, las personas que trabajan en la produccion inmaterial no son teleoperadoras ni chainworkers, sin embargo, en ocasiones las tareas de comunicación, control de los flujos semióticos y gestión se solapan y lo único que queda son los rastros, simbólicamente poderosos, de un cierto prestigio y de una cierta satisfacción que proporciona la creación si no «de autor», sí al menos de «colaboradora», eso sí, eventual[37].

 

Así pues, establecemos una línea de continuidad entre nuestra primera deriva con las manipuladoras de códigos y esta nueva deriva de medios junto a unas precarias de Radio Nacional: una con contratos «en prácticas» –hoy recien despedida– y otra con contrato «por obra» producto en ambos casos de un master en el que participa el Ente. Fuimos también de la mano de una estudiante de imagen que trabaja a salto de mata en el ámbito del audiovisual y participa en proyectos cooperativos poco alimenticios y, finalmente, de una joven promesa en una productora masiva y precarizada: Sogecine, pertenciente junto a CNN +, Canal +, Canal Satélite Digital, Sogepack y un largo etcétera a Sogecable.

 

Transporte público con Angela y Mónica hasta RTVE, pasillos ministeriales de otra época, nada que ver con las redacciones que aparecen en las pelís de Hollywood; transitamos por la red pasando por varias empresillas del sector audiovisual a las que Alejandra había ido a parar y en las que apenas la dejan las manos libres, y nos colamos en un céntrico edificio de filial de filial de empresa lider para charlar con Carolina sobre el backstage del cine taquillero. De vuelta paramos a tomar una caña y dar vueltas a esto de la producción de signos para acabar enfrascadas en una conversación con una forofa de una Jennifer López que trabaja haciendo habitaciones en un hotel de lujo en Manhattan y conoce a ejecutivo agresivo disfrazada de gran dama y tal tal y tal.

 

Estos trabajos en este campo no son específicamente femeninos, aunque sí «feminizados» en el sentido que da Haraway a este término. Nuestro interés por ellos tiene que ver con tres cosas: (1) su componente de atención (algo que comparten, por ejemplo, con las teleoperadoras, con las trabajadoras sociales y con las cuidadoras) e imagen/performance (algo que los acerca, dejando a un lado el glamour, a la dependienta, también a la dependienta de cadenas), (2) su capacidad de generar imaginario y, en este sentido, de conformar el género o, dicho en palabras de Teresa de Lauretis, su carácter de tecnologías de género y (3) el creciente número de mujeres que trabajan en estos sectores. Evidentemente, aquí hay diferencias claves en el cara al público, el carácter de exposición o presentación que tienen los medios o la industria cultural frente a la traducción, por ejemplo. Estamos hablando de un campo muy basto que tendremos que aprender a delimitar en nuestras indagaciones.

 

En nuestros primeros balbuceos hablamos someramente de estos puntos. De las condiciones de trabajo en las pequeñas nuevas empresas en red, que no es que externalicen y contraten a otras empresas, sino que directamente crean compañías filiales a partir de sus antiguos departamentos, sin que esto implique en absoluto la posibilidad de respetar los convenios. Hemos hablado también de la maximización de conocimientos, recursos afectivos y, en el caso de la industria cultural, mediática y publicitaria, más que en ningún otro lugar, conectividad, sin que esto se traduzca necesariamente en renta o estabilidad. Hemos hablado de los tipos de contrato mayoritarios en los escalafones más bajos: becas, prácticas, por obra o ninguno. De la flexibilidad de horarios, de los escasos salarios y derechos, de la falta de delimitación de las tareas, de la polivalencia, de las jerarquías difusas orientadas a promover la autoregulación, etc[38].

 

CONEXIONISMO Y MEDIACION EL EL SEMIOCAPITALISMO

 

Además de todo esto, hay algo específico en este tipo de trabajos, aunque esto se de en distinto grado y manera en todas las actividades: el valor social y el valor relacional. Este tipo de trabajos se realizan por vocación y como una inversión en una misma. Por eso el proceso de aprendizaje (gratuito) no acaba nunca, y el resultado, la obra, es en muchos casos un conjunto de contactos y posibles que hay que saber maximizar[39]. Están asociados a la técnica y a la (auto)formación (como en la programación o el diseño), a las tareas inventivas,  intelectuales  y performativas (como en la moda o el mundo del arte) y a los ámbitos de poder e influencia pública (como en el cine, los medios o la publicidad). La conectividad, la cartera de clientes y contactos abiertos para futuros proyectos constituye el elemento central de lo que Ève Chiapello y Luc Boltanski han caracterizado de un modo exhaustivo como la ciudad por proyectos, cuyos precedentes son la crítica artística y la investigación científica. A esta ciudad oponen otras como la doméstica, la comercial, la inspirada, la del renombre o la industrial, con las que puede llegar a convivir.

 

«En un mundo reticular, la vida social se compone en lo sucesivo de una multiplicación de encuentros y de conexiones temporales, pero reactivables con grupos diversos, realizadas eventualmente a distancias sociales, profesionales, geográficas y culturales muy elevadas. El proyecto es la ocasión y el pretexto para la conexión, reuniendo temporalmente a personas muy dispares y presentándose como un extremo de la red fuertemente activado durante un periodo relativamente corto de tiempo, pero que permite forjar vínculos más duraderos que, aunque permanezcan desactivados temporalmente, permanecerán siempre disponibles» (p. 155, El nuevo espíritu del capitalismo, Madrid, Akal, 2002)

 

La retórica de los proyectos introduce una base para la evaluación: el mérito, y una práctica para medirlo: la prueba.

 

Yo lo que veo en la radio y en los medios de comunicación en general es que trabajas  como en un escaparate, no sé, imaginaros una persona que trabaja en una oficina y le ponen una cámara dos horas al día , pues esas dos horas estará haciendo como que hace algo, y esmerada. Entonces yo veo que nosotras al tener dos horas al día que nuestro trabajo se expone, que realmente  te lo están evaluando, entonces ahí tienes que poner toda la carne en el asador, no es como por ejemplo tener unos papeles que en otro trabajo puedes decir ‘bueno ya lo haré mañana’, en este trabajo no puedes, es que a las seis de la tarde yo tengo que salir en directo y decir algo, entonces si que te llevas trabajo a casa, yo las revistas me las llevo y me las subrayo en el metro, antes de dormir. Hace mucho que no leo libros porque me leo todas las revistas de música en la cama y luego me duermo, ahora ya sí porque por mi cumpleaños me regalaron un libro y he dicho ‘voy a dejar las revistas y a leerme un libro (Deriva de medios, primera parada).

 

La orientación hacia el proceso de comunicación es un aspecto fundamental. No se trata ya del viejo esquema sujeto-objeto o emisor-mensaje-receptor, sino de otro mucho más sofisticado inspirado en la pragmática, la semiótica, la etnometodología y el interaccionismo simbólico. En él se ponen en juego los códigos compartidos y no compartidos, los sinsentidos y malentendidos, los implícitos, los performativos y la fuerza ilocutiva, la mediación o traducción de unos signos a otros, la gestualidad y, en general, la encarnación, las expectativas, los gustos y los hábitos. Así, los rasgos del régimen informacional[40] –fragmentación, preeminencia de lo visual, ensamblaje modular y sinopsis, des/recontextualización, intercambiabilidad, integralidad, estimulación sensomotriz…– no conforma unidades funcionales estáticas y discretas como en el periódo industrial sino reversibles y recombinables, también en función de los procesos de retroalimentación: estudios de mercado, sondeos, llamadas al programa, nivel de audiencia y de venta de los productos asociados, etc.

 

Todo esto nos lo contó Carolina en relación a su trabajo en el departamento de producción en Sogecine con otras palabras. Hablando, por ejemplo, de cómo proyectar un hipotético público femenino:

 

…de hecho creo que Sogecine tiene esa fama de ser muy machista, machista y masculina. Luego, es que tengo ejemplos tan graciosos...te llaman de vez en cuando para que veas un trailer; eres lo que llaman “target”, público objetivo… entonces, eres mujer de 18-35 años, te voy a poner un trailer donde se supone que tienes que llorar como mujer de 18-35 años (no te lo dicen, pero lo doy por hecho) y te ponen una cosa que me parece una cursilada horrible, y les digo, a mí es que me parece feísimo, me parece una cursilada y ellos responden: Tu eres una machota, fuera, que venga otra (Deriva de medios, tercera parada).

 

Y nos dio con este pequeño ejemplo de feedback personal condicionado algunas claves para pensar las pautas de la reproducción simbólica –montaje sí, pero de lo mismo– y los dispositivos de autoregulación que desarrollamos quienes nos dedicamos a la manipulación de codigos masivos[41]. Carolina comenta que puede incluso producirse un desfase en las tareas de mediación, entre la película y la traducción que hace la productora en el trailer, por ejemplo. Y como éstas, otras tantas en el interior de la industria cinematográfica. Esta labor de mediación se resuelve, aclara Carolina, en beneficio de la media, las mayorías, lo comercial, lo que sabemos que funciona y tenemos controlado. Y, lo que es más importante, no las resuelve un jefe, en Sogecine hay más jefes que empleados, la resuelve cualquiera: desde el autor del guión hasta la desarrolladora, la que diseña el cartel u organiza el estreno…

 

Pero la cosa va más allá; es una tarea de invención de mayorías, de conversión de minorías en mayorías, de codificación de la diferencia como mercancía[42]. Hablamos de un circuito, no de una relación unidireccional.

 

…a ellos les interesa que yo esté aquí, si no no estaría y yo no soy en eso demasiado comercial, también les interesa justamente, y además, aquí yo creo que es más radical, pero en Canal + , por ejemplo, Canal + Televisión, está produciendo un montón de programas diferentes, dirigido hacia un público muy diferente y donde sí que se busca un montón la innovación , mucho más que aquí, porque este es un negocio muchísimo más arriesgado de por sí, entonces tienes que cubrirte muchas veces las espaldas y no ser tan arriesgado como en un programa que no te gusta mucho hacerlo, que no funciona, lo quitas y ya está, aquí si no es un éxito en taquilla estás corriendo el riesgo de que esto lo cierren el año que viene ¿sabes? Yo creo que en este terreno no se puede, desde aquí, explorar tanto, quizá desde la televisión sí se puede crear mucho más. Y luego no nos engañemos, la televisión no tiene nada que ver con el público del cine, es muchísimo más mayoritario, además es una consumición mucho más inmediata. Una película desde que tú la empiezas hasta que la haces pasa un año, si en ese momento se está buscando eso, pero dentro de dos años, que es cuando la terminas ya no funciona o sí...es mucho más difícil desde ahí ver el efecto que tienen. Los lunes al sol, por ejemplo, nadie suponía que iba a ser ese éxito. Nadie. De hecho cuando se estrenó, las previsiones, que lo distribuyó Sogepak, la distribuidora de aquí, las previsiones eran de doscientos, trescientos millones en taquilla y lleva 1500. Es que no se puede saber (Deriva de medios, tercera parada).

 

Pero entonces, si hablamos de circuito, ahí tenemos también a las audiencias que, en ocasiones, se escapan o producen auténticas innovaciones que más tarde podrán ser mediadas, como ha sucedido con la cultura híbrida del rap o con las telenovelas, cuyas claves culturales lationamericanas han sido recodificadas en el mercado global. La concentración de los medios, con sus tendencias a la centralización del mando y la gestión convive, primero, con la multiplicidad y el desmenuzamiento de los procesos productivos[43], incluidos los puntos de fuga, segundo, con formas de colaboración e intercambio entre las entidades dirigidas a facilitar la coproducción, y tercero, con el carácter a menudo ambivalente de la movilización de las audiencias. Estas interpretan y utilizan los medios en distintos contextos locales y acuden para ello a diversos marcos de referencia. De modo que no está todo dicho.

 

Así pues, las experiencias del universo informacional son contradictorias. Quienes leen la globalización únicamente en términos de homogeneización e imperialismo cultural olvidan con frecuencia las tendencias, eso sí contradictorias, hacia la diversificación, la hibridación, la deslocalización y descentralización de los referentes, la formación de nuevas comunidades transnacionales y virtuales, la facilidad sino la igualdad en el acceso y la manipulación de las herramientas y códigos informacionales, la relevancia de los medios locales y alternativos o las pautas de interactividad[44]. 

 

Indymedia proporciona un buen ejemplo de la orientación que en adelante adquiere la confrontación: «don’t hate the media, become the media» dicen quienes habitan la experiencia digital y logran burlar las restricciones del cable[45]. El impulso creativo y la intimidad tecnológica producen crisis notables en las manipuladoras de códigos; de esto nos hablaron extensamente nuestras cuatro guías a lo largo de la deriva[46]. La posibilidad de poner la creatividad en otra parte; desincrustarla y reincrustarla en otro circuito es un deseo y una frustración que hay que tener muy presente.

 

TECNOLOGIAS DEL GENERO. «CUANDO LO PERSONAL ES DIGITAL»

 

A pesar de la insistencia en el acceso y la proliferación y diversificación de los puntos de emisión, recepción, circulación y reproducción, los problemas atañen también a las representaciones y, en este sentido, nuestra política, tal y como sugiere Stuart Hall, ha de ser (de)contructiva, sobretodo cuando nos enfrentamos a las imágenes hegemónicas del género[47].

 

Aclaremos entonces que este dilema no tiene nada que ver con la dicotomía  forma-contenido, hoy excesivamente rudimentaria. Estamos hablando de la articulación de conocimientos, techné, discursividades y sociabilidades en el régimen informacional. El ciberfeminismo ha captado esta reformulación del problema al analizar los vínculos materiales y simbólicos entre la tecnociencia y la tecnocultura y las retóricas del género[48]. Algunos relatos de este libro se refieren a esta cuestión. Además de apuntar determinados límites de las utopías informacionales, las ciberactivistas están señalando, sin hacer concesiones a la nostalgia, las trampas de las reencarnaciones múltiples y polimórficas en el espacio virtual. La informática de la dominación promete nuevos monstruos y relatos, sin embargo, esto, al igual que la propia mediación tecnológica, está lejos de asegurarnos una humanidad posmoderna. Y si no, que se lo digan a Triniti.

 

Siguiendo con esta cuestión de las tecnologías del género, hemos hablado, también en nuestros encuentros fortuitos, de Jeniffer López, joven humilde, habitualmente de origen italiano o latino, que limpia habitaciones y fantasea con un ascenso social abrupto y por amor; la misma historia en Pretty woman –de puta a señora de copete– y en esa desagradabilisima película, Oficial y caballero, en la que una obrera industrial sueña y finalmente se convierte en prometida de un tipo de West Point, con el que sale cogida del brazo de la fábrica en la última escena. Bien, podríamos citar otras tantas representaciones sexuadas, sexualizadas y racializadas masivas cortadas por el mismo patrón. Nosotras, además, nos hemos topado con el nuevo espíritu constructivista de la Nike y con otras tantas fantasías de género –las que cuentan las trabajadoras del sexo sin ir más lejos–, cuya materialidad está en relación directa con el valor social y económico que ponen en juego. La visibilidad tecnificada –sobreexposición y disolución de las fronteras de la privacidad–, la inmediatez y la creciente autonomía de la comunicación y la cultura con respecto a los hechos registrables, contables o noticiables[49] tiene mucho que ver con un nuevo modo de objetualizar el cuerpo de las mujeres en el close up, la fragmentación o en los mecanismos de shock y anestesia. Las mutaciones del sensorium, que ya analizara Benjamin refiriéndose a la reproductibilidad técnica y a las posibilidades del montaje[50], se han intensificado y ahora entramos en una nueva fase; en palabras de nuestras gurus: «When the digital is political».