ENCUENTROS EN LA SEGUNDA FASE.
EL CONTINUO DE LA COMUNICACIÓN:
CUIDADO-SEXO-ATENCION
Ya, desde el famoso 11s
Ya, en una guerra global
permanente
Yo, que vivo en guerra
cotidianamente
Yo, salgo a las calles y digo
que ¡NO!
(A la huelga en do mayor,
música de «yo te amo con la fuerza de los mares»)
PUNTO DE PARTIDA
En los meses que siguieron al «Grand
Chow», diciembre de 2002, comenzamos a dar forma a lo que todas
concebimos como una segunda fase de nuestra exploración en torno al
trabajo precario femenino. Algunas compañeras se desplazaron a otros
lugares y dejaron de compartir el cotidiano de Precarias desde Madrid, otras se fueron vinculando
y proponiéndo iniciativas puntuales: la publicación de un texto
en un libro o en una web, la participación en unas jornadas, la
colaboración en un video, el acompañamiento en un proceso
organizativo o en una movilización, etc[1].
Todo esto está dando lugar a un modo de cooperación en red que no
pasa tanto por la pertenencia, en este caso al grupo de Precarias, cuanto por
la apertura de un terreno de comunicación y acción fluido, en
ocasiones, excesivamente difuso que en adelante esperamos se convierta en una
herramienta para construir un nuevo espacio de agregación: el Laboratorio
de las Trabajadoras.
Nuestras
idas y venidas habían iluminado ya una serie de problemas, tanto en el
plano teórico –el concepto de precariedad sin ir más lejos–
y metodológico –¿cómo acercarnos?
¿cómo, estando a veces tan cerca y a veces tan lejos?– como
en el modo de generar conflictos en entornos invisibles, frágiles,
privados... o en entornos más o menos codificados, como el que se
abrió en Madrid al calor de las movilizaciones (también
laborales) durante la invasión de Iraq… o en entornos difusos como
el área comercial, los almacenes, el transporte público, etc.
Contábamos con testimonios importantes, muchos de ellos registrados y
transcritos y habíamos generado una serie de útiles, modestos eso
sí, como el piquete-encuesta, la lista de Precarias, los relatos de
campo y, en general, una práctica minuciosa de registro dirigida a
materializar y preservar nuestras reflexiones y nuestros recorridos. El
conocimiento experimental/experiencial que propugnamos por medio de las derivas
nos había puesto sobre la pista y había permitido expandir el
punto de mira de un modo casi vertiginoso. Por otro lado, la concreción
de la red de relaciones que se había abierto con el proyecto de las
derivas y la invitación a la huelga, el proto-Laboratorio de
Trabajadoras, seguía en ciernes, así como muchos de los
enunciados, consignas e hipótesis que queríamos producir a partir
de estas incursiones. Algunas derivas importantes, en particular la de
producción mediática y la de trabajo sexual no llegaron a
realizarse por motivos diversos y, desde luego, no queríamos dejarlas en
suspenso.
En enero de 2003 participamos en las jornadas Pensar
en Precario, organizadas
por CGT, y volvimos a coincidir con otras personas y colectivos que como
nosotras llevan tiempo dándole vueltas a esta cuestión de
cómo pensar y organizar lo que algunos han dado en llamar el precariado o precariado social[2].
Diseñamos entonces lo que sería esta
segunda fase y hablamos de dar continuidad a este proyecto por tres vías
diferentes (pero no desligadas): (1) un segundo ciclo de derivas, (2) una serie
de talleres de reflexión colectiva abiertos a más gente y (3)
algunas intervenciones que nos permitieran indagar en las formas posibles del
conflicto.
De algún modo, las derivas se habían
revelado como un contacto apasionante, una forma de contagio y reflexión
a la que no queríamos renunciar, un método que además
aún no había dado todos sus frutos. Un método infinito
dada la singularidad intrínseca de cada recorrido y su capacidad para
abrir y enrarecer los lugares[3].
Los talleres eran una apuesta por un encuentro más pausado,
también un modo de afianzar las relaciones que ibamos trabando y una
llamada al delirio colectivo, eso sí, planificado. Los talleres, de
algún modo, nacían de contactos o necesidades que habían
surgido en el curso de las derivas: ¿por qué en femenino? o
¿qué gira en torno a la denominada crisis de los cuidados?
Algunos pasaron sin pena ni gloria, otros, en particular el Taller de Cuidados Globalizados, se consolidaron y nos han permitido
profundizar en un campo tan complejo como es el de las condiciones en las que
hoy se desarrolla la reproducción a escala global. Por último, el
espinoso asunto del conflicto, plagado más de intuiciones que de otra
cosa, permanecía ahí, irreverente, haciéndonos un
guiño desde la esquina. La infiltración, el espionaje
(¿industrial?), el transvestismo, la revelión de las
máquinas, la etiquetación defectuosa[4]
y, claro, el reclaim
o el dispositivo movil de encuestación especialmente diseñado
para dar al traste con una movilización clásica se revelaban como
pálidas tentativas de lo posible.
La cosa,
evidentemente, se ha ido complicando por el camino y hemos acabado involucradas
en un acompañamiento a las salidas que realiza Hetaira en el centro de
Madrid y la Casa de Campo, en una serie de autoentrevistas y diálogos
con compañeras con las que nos hemos ido encontrando y, por encima de
todo, en una iniciativa editorial y audiovisual que ha centrado nuestros
esfuerzos durante los últimos meses de 2003 y que hoy se plasma
parcialmente en este artilugio que tienes entre las manos. ¡Qué
aproveche!
DERIVAS Y ALGO MAS… EL EMBROLLO DEL TRABAJO
SEXUAL
¿UNA VEZ MAS?
Las derivas, tal y como explicábamos en
«Primeros balbuceos», no se limitan al recorrido guiado por el
transcurso de una experiencia de precariedad. No son ni mero deambular, ni
actividad planificada. De modo que cuando nos propusimos acercarnos al trabajo
sexual teníamos muy claro que no podíamos reproducir el rol de
«mironas», como nos decía una prostituta en la Casa de
Campo, ni tan siquiera el de simples simpatizantes. Por eso salimos pensando,
más que en ningún otro encuentro, en un intercambio que fuera
más allá de la futura deriva de trabajo sexual. De momento el
intercambio se ha plasmado en nuestra participación en algunas
actividades de Hetaira[5]
que nos han permitido acercarnos a la prostitución de calle, tan
desconocida para nosotras, y establecer un vínculo donde no lo
había. Esperamos que éste se vaya estrechando y de paso una forma
de cooperación que contribuya a conectar este sector del trabajo
femenino tan estigmatizado y acosado con otras realidades precarias con las
que, en ocasiones, puede incluso llegar a solaparse.
Pero antes, ¿cabe preguntar por primera o
última vez por qué el trabajo sexual? Sabemos de primera o
segunda mano de las polémicas que giran en torno a la
prostitución. Las internas al movimiento feministas[6]
y las que surgen habitualmente en los discursos públicos, por ejemplo,
en los medios de comunicación, tan proclives al prohibicionismo. El
debate entre abolicionistas y defensoras de los derechos de las trabajadoras
sexuales que, para las que no lo sepan ha costado grandes peleas, escisiones y
mucha mala baba, parece estar en un punto muerto y no vamos a ser nosotras las
que lo reproduzcamos aquí. Algunas activistas y estudiosas que
están trabajando en este campo, putas o no, afirman estar hartas de
pelear contra unas posiciones excesivamente estrechas, deterministas y
victimizadoras, y sentirse solas ante la renovada ola criminalización
que se nos viene encima y que golpea, en primer término, a los sectores
tradicionalmente más perseguidos y marginalizados de la sociedad. La
piedra de toque siguen siendo los derechos de las trabajadoras o, dicho de otro
modo, la consideración de esta actividad como trabajo y, por
consiguiente, como generadora de una serie de derechos (hoy en curso de ser
desmantelados en casi todos los sectores laborales) equiparables a los que se
desprenden de otros trabajos, y no como violencia o esclavitud sexual, como
algo sobre lo que ninguna mujer puede tener pleno poder de decisión o
epítome de la dominación patriarcal y capitalista[7].
Esta última posición ha sido
tradicionalmente defendida, con distintos matices, tanto por las feministas
burguesas como por las socialistas, para las que la prostitución era
equiparable a otros contratos desiguales que, como el matrimonio, debían
ser abolidos, y cuya abolición quedaba supeditada a la revolución
socialista. Mientras muchas mujeres afirman su derecho a prostituirse y ser
consideradas «como el resto de los trabajadores» –horizonte
ya de por sí borroso y cambiante–, los argumentos que tratan de
inscribir la prostitución (junto a otros hechos sociales) en el orden
patriarcal pierden centralidad en el seno de una polémica estancada[8].
Lo que introduce la consideración
pública del trabajo sexual es un argumento de tipo moral. La prostitución,
se dice, atenta contra la dignidad de las mujeres convirtiéndo sus
cuerpos en objeto de comercio (y violencia)[9].
Sin embargo, cuando la actividad es consentida nos hallamos ante un delito
sin víctima que
no se sabe muy bien a quién protege… ¿a la sociedad?, ¿a la moral pública? Cualquier
consideración del punto de vista de las profesionales queda, desde esta
perspectiva, fuera de juego y quienes afirman proteger acaban victimizando.
Por otro lado, el pragmatismo que domina el discurso
regulacionista –del que participan de modo diverso las prostitutas, los
empresarios de locales y algunas organizaciones feministas– se limita a
considerar la gestión de esta actividad, algo que las feministas aliadas
de las prostitutas vinculaban hace unos años a un debate más
amplio al que se sumaban otras cuestiones que poco a poco han pasado a un
segundo plano. Entre ellas estaban los sentidos y las prácticas
sexuales, su transformación histórica y su contribución
estratégica al género. Esto, que se podía pensar muy bien
desde la prostitución y las prostitutas, no sólo concernía
a las mujeres directamente implicadas, que ya es mucho, sino a todas. Los
derechos de las prostitutas –la invención de nuevos
derechos–, que como sucede también con los derechos de las
trabajadoras domésticas, han permanecido al margen de la legalidad y,
consecuentemente, de la regulación estatal[10],
y su visibilidad como sujetos han de situarse en el centro del debate. Pero es
que además, la prostitución o, mejor, el trabajo sexual es un
lugar privilegiado para hablar del valor y de las dimensiones cambiantes del
sexo en la sociedad patriarcal.
Lo cierto es que hoy por hoy, el trabajo sexual
constituye una estrategia para lograr ingresos (superiores a los que se
obtienen en otras actividades), que muchas mujeres lo eligen entre opciones
casi siempre malas y limitadas (sobretodo en el caso de las inmigrantes) y que
lo único que han logrado las propuestas prohibicionistas o redentoras es
socavar la oportunidad de generar una posición de fuerza de las mujeres
que realizan estos servicios, sometiéndolas a una presión extra y
contribuyendo a su estigmatización y a la invisibilidad. Los controles
sanitarios especiales y policiales forzados, la segregación en
áreas concretas de la ciudad y la implantación de distintos
niveles de tolerancia, el registro obligatorio, la penalización de
proxenetas y clientes o las multas por el ejercicio en la calle acrecientan
este efecto.
Cuando han tenido ocasión de hablar, muchas
prostitutas han afirmado su capacidad de elección o al menos su
capacidad de buscarse la vida del modo mejor para ellas dadas las circunstancias,
y coinciden en que lo peor no es la supuesta indignidad del intercambio sexual,
para el que han desarrollado mecanismos adecuados de implicación (tan
adecuados que, como observa Pateman, molestan profundamente a los hombres que
aspiran a obtener sexo «de verdad»), sino precisamente las
condiciones bajo las que lo realizan y el modo en el que son tratadas por ello.
Esto, como apuntan los testimonios de Mary-Loly, no es nuevo:
«Muchas veces he podido dejarlo y nunca me he decidido. ¿Por qué? Pues porque creo que después de tantos años de moverte con toda libertad, de hacer lo que te da la gana, de tener dinero en el bolsillo con cierta facilidad, resulta bastante penoso meterte a trabajar con un horario fijo, con un patrón que te explota y un sueldo que nunca te sierve para llegar a fin de mes decorosamente. Lo he visto también en algunas mujeres casadas que recurren a hacer algunos para sacar algo del dinero que el marido no trae a casa». (J.R. Saiz Viadero Conversaciones con la Mary-Loly. Cuarenta años de prostitución en España. Barcelona, Ediciones 29, 1976.
En definitiva y tal y como explica Cristina
Garaizabal, «si no tenemos en cuenta las decisiones que toman las
prostitutas, si las victimizamos pensando que siempre ejercen de manera obligada y forzada; si consideramos
que son personas sin capacidad de decisión... todo ello implica no
romper con la idea patriarcal de que las mujeres somos seres débiles e
indefensos, necesitados de protección y tutelaje»[11].
CIRCUITOS ALTERNATIVOS
En cualquier caso y a pesar del estado de la
cuestión en el feminismo, lo cierto es que el escenario en el que se
debate el trabajo sexual se está modificando rápida y
profundamente, y que esto debería provocar una reapertura del
diálogo en otros términos. He aquí algunos elementos para
el mismo.
El consumo de los bienes y servicios de
carácter sexual ha aumentado y se ha diversificado[12].
Por otro lado, va siendo progresivamente aceptado también por parte de
las mujeres. Tal y como insisten las profesionales, el mundo de la industria
del sexo es muy diverso y en estos momentos es difícil generalizar. Los
lugares, los servicios, el régimen y las condiciones de trabajo, etc.
varían y dependen, como en otras actividades, de la situación (de
papeles, raza, lugar de origen, sexo, edad, situación familiar, etc.) de
quienes lo realizan.
Otro hecho significativo es que las prostitutas
españolas y de Europa Occidental en general están siendo
sustituídas progresivamente por inmigrantes de países del Este,
Latinoamérica y el Caribe, el Sudeste asiático y el Africa
subsahariana. El trabajo sexual es una estrategía femenina de
supervivencia indisociablemente unida a las migraciones actuales y a otras salidas
que como el matrimonio o el turismo sexual dan forma a los nuevos circuitos
de la globalización[13]. El trabajo sexual es un trabajo
flexible que podría, en algunos casos puede, desarrollarse de un modo
más autónomo, desregulado e intermitente. En este sentido,
constituye una oportunidad para muchas personas que ven restringidas desde el
Estado (leyes de extranjería) y desde el mercado laboral sus
posibilidades para acceder a recursos e ingresos dignos. No obstante, esta
misma condición flexible y alegal contribuye a profundizar,
además del estigma, la precariedad que pesa sobre este trabajo.
Existe una interacción restrictiva entre las
leyes de extranjería y el trabajo sexual que tiene el efecto de bloquear
las posibilidades de regularización y favorecer aún más
las extornsiones y presiones de todo tipo, incluidas las que atentan contra la
libertad sexual y la liberdad de movimientos, que pesan sobre las migrantes en
el trabajo sexual.
Se ha incrementado la trata de personas para la
actividad sexual, algo que sucede en contra de la voluntad de las mujeres
acudiendo a la extorsión y a la violencia y que, querámoslo o no,
cohabita en muchos contextos con el libre ejercicio[14].
Es preciso, en este punto, afinar la distinción entre: (1) trabajo
coaccionado (esclavo), (2) trabajo embridado por deudas (semiesclavo), (3)
trabajo asalariado (sin deudas relacionadas con la migración) y (4)
trabajo «autónomo» (sujeto en mayor medida a la propia
organización de los tiempos, actividades, espacios, etc.). Somos
conscientes de que estas categorías o regímenes precisan de un
desarrollo que, a su vez, resulta tremendamente controvertido[15].
Otro elemento importante es la incipiente
organización de las prostitutas en España, derivada del hecho de
que muchas de ellas, latinoamericanas, proceden de países en los que
existen sindicatos de las trabajadoras del amor, como allí se denominan.
Se ha producido, así mismo, una incipiente organización de los
propietarios de locales, movida seguramente por el descenso de sus beneficios
ante la competencia de la calle.
DE SALIDAS Y DERIVAS
Con algunas de estas reflexiones y transformaciones en
mente iniciamos nuestro acercamiento al trabajo sexual. Nos sumamos durante el
verano de 2003 a las salidas de Hetaira por la Casa de Campo y la zona centro[16],
apoyamos alguna de sus movilizaciones e ideamos una serie de entrevistas y una
primera deriva realizada a primeros de novimebre que nos ayudaran a abrir el
campo del trabajo sexual –telefonía erótica, peep shows, casas de citas, etc.–, y fueran
una modesta contribución a la labor que Hetaira realiza desde hace
años en relación a la prostitución de calle.
Con respecto a estas salidas hay que decir que tienen
lugar en un momento especialmente difícil alentado por las protestas
vecinales, por el clima securitario que anima la actuación de los
responsables políticos y de la policía y por el sensacionalismo
–sexo, mafias y extranjería, ¿qué más se
puede pedir?– promovido por la prensa en los últimos tiempos[17].
Los relatos de las salidas ponen de manifiesto la complejidad de la
prostitución de calle, además de nuestros descoloques y
fantasías –demasiado
lúgubres o exóticas, demasiado ingenuas o voluntaristas,
demasidado correctas e inútiles–, teñidas, en cualquier
caso, por los imaginarios del placer y del peligro.
La prostitución de calle se complica. La
organización del trabajo está sometida a las presiones de
mafiosos, mirones, clientes, policías, vecinos y proxenetas[18].
Los precios están bajando y se diferencian en función de la raza,
la edad y los papeles. Las que hacen la calle representan el escalafón
más bajo y, en muchos casos, el más dependiente, sometido y
perseguido.
La prostitución, como el trabajo
doméstico, no hace sino poner de manifiesto las escalas sexuales y
raciales que existen en un momento dado. Pero
¿cómo funcionan estos mecanismos? ¿por qué las
subsaharianas son «más baratas»? ¿por qué
está bajando el precio del servicio en la calle? ¿por qué
sube la demanda y los precios de las españolas? ¿por qué
no se van todas a las casas de citas? Para responder a estas preguntas
tendríamos que referirnos a fenómenos tan dispares y de escalas
tan distintas como la nueva división internacional y sexual del trabajo,
la ley de extranjería y las políticas de control de los movimientos
migratorios (y callejeros), la erotización de la jerarquía, el
racismo y los complejos mecanismos que se desatan cuando el sexo se vende como
servicio. Este análisis de encrucijada cuesta pero pensamos que es
ahora, más que nunca, resulta imprescindible.
Uno de los elementos del placer, sostiene
una compañera, es el sentirse deseado, esto desaparece cuando compramos
el sexo pero puede ser sustituido si podemos imaginar que la prostituta de
algún modo elige y nos elige, que lo hace «porque quiere»,
no porque «no tiene más remedio», que existe, de hecho, un
afecto[19].
Cuando se dispara todo este batiburrillo nos vuelve a asaltar la posibilidad de
pensar el sexo y las prácticas de sexo en una dimensión
histórica; como lo hace Foucault y las feministas que tanto nos
inspiran, es decir como producción (y no como mera dominación),
lugar de regulación y de gobierno. Entonces pensamos cómo se ha
transformado la sexualidad en relación a la feminidad y la masculinidad,
cómo se están especializando y sofisticando los servicios del
sexo y cómo todo esto va unido a la invención de derechos en un
contexto general dominado por la desarticulación y en otro particular,
el del trabajo sexual, caracterizado por el desequilibrio y el estigma[20].
En nuestra perspectiva feminista, el
ejercicio de la prostitución reproduce una teatralización del
poder; el hombre negocia y compra el derecho de acceso al cuerpo de la mujer
y… a algo más, algo que no se puede separar de lo primero: una
performance de sexo con amor, una sexualidad normalizada o aberrante,
igualitaria o jerarquizada, voluntaria o forzada, la compensación de un
déficit de sexo o afecto, una compañera, una madre, etc. Se
pueden comprar muchos tipos de performance, no hay más que ver los
anuncios del periódico. Las putas siempre han hablado de la chapa que
les pegan sus clientes, de su papel de terapeutas o sujetos deseados,
desmitificando así la generalización de la violencia y el
desprecio como pauta del servicio sexual. Fantasías de dominio, de
guerra, de inversión del poder, de secreto y desvelamiento…Como
decía un cliente por la tele: «nadie da tanto por tan poco».
El trabajo sexual, decíamos antes, es un lugar estratégico para
revelar la sexualidad –la normal y la desviada– en un periodo
histórico determinado, así como el modo en el que está
vinculada con otras dimensiones de la identidad social. Las putas y las
trabajadoras del sexo en general ponen de manifiesto las actuaciones de
género y las fronteras del ser mujer.
Por lo que han contado algunas
compañeras del sector[21],
la estratificación depende en gran medida del efecto de realidad o
verosimilitud de la ficción, es decir, de lo que se acerque a un
encuentro sexual no mercantil. A algunos hombres les gusta pensar que la
trabajadora no trabaja, que está en ello y se entrega en cuerpo y alma,
como si dijéramos. La ficción del piso de estudiantes para
publicitar las casas de citas, la mujer independiente o la azafata que recibe o
acompaña a caballeros en la prostitución de alto nivel, los
migrantes que quieren estar con españolas, el anonimato de los pisos o
el party line en la telefonía erótica son manifestaciones de esta
ficción de igualdad, de normalidad si se quiere. Ser de raza blanca es
otro indicador de igualdad alejado del orientalismo que prometen las mujeres de
otros colores y procedencias o del horizonte de pobreza y extranjería
que puede llegar a intuirse en el caso de las mujeres inmigrantes. El cybersexo
es un fenómeno interesante en este sentido, sobretodo por la
dislocación de la identidad que posibilita la red y otros interfaces
como el teléfono[22].
La oportunidad de disfrazar el sexo por dinero a través de mensajes
telefónicos registrados en un contestador contribuye a desmaterializar
el intercambio y a asegurar una representación menos carnal pero de una
exterioridad más abierta a la simulación. Pero entonces,
¿qué significa todo esto?
Esto es precisamente lo que nos
gustaría seguir explorando. En cualquier caso, no sabemos si esta
tendencia a la «disolución» de los trazos de
asimetría –de sexo, origen social, raza, procedencia, edad,
estándares corporales e identidad sexual– es dominante.
Evidentemente convive con otras que valorizan las fantasías de
dominación y sumisión o se inspiran en jerarquías de sexo,
raza y procedencia.
Lo que sí resulta evidente es que
estas fantasías –ya sean de igualdad o
dominación/sumisión– se producen en el contexto de un
sistema social jerárquizado de acuerdo con distintos ejes. Los que
nosotras aspirabamos a rellenar en el famoso cuadro. La estratificación
resultante abarca (1) el régimen del trabajo (coaccionado, embridado,
asalariado sin deudas y autónomo); (2) a la movilidad social, laboral y
geográfica; (3) al grado de exposición del cuerpo (directo en la
prostitución, semidirecto en el masaje o indirecto en el peep show o en la telefonía), y
(3) a la organización del trabajo (empresa flexible y en red como en los
chats o en las casas de citas, familiar como en algunos burdeles,
autónoma como las prostitutas por cuenta propia, mafiosa, etc.). Si
cruzamos todas estas categorías de posición y régimen
tendremos un mapa de ejes bastante complejo.
Este mapa en curso empieza a mostrar
algunas sigularidades y lugares comunes. Muestra, por ejemplo, la similitud
entre ciertas formas de trabajo sexual y otras en el campo de las
comunicaciones, del comercio (en las grandes cadenas o el pequeño
comercio) o en el servicio doméstico (igualmente frágil en lo que
respecta al estatus legal). Hablamos de empresas muy similares. Con sus
instrumentos publicitarios, su sistema de «controllers», su recepcionista
en el papel de contactadora, supervisora, presentadora, diseminadora y
contable, sus instalaciones descentralizadas, sus horarios flexibles, su
inclinación a acaparar todo el tiempo de la vida de las trabajadoras
(como sucede con las domésticas internas), etc. Aunque el estigma social
sea compartido por todo el sector de la industria del sexo, también
tiene algo que ver con la feminización de la actividad, la invisivilidad
y la falta de estima, rasgos que el trabajo de sexo comparte con otros de
cuidado y atención.
Otra dimensión para los nombres
comunes y las singularidad a potenciar es la identidad de las mujeres. Como ha
sugerido Laura Agustín, muchas no se piensan como
«prostitutas» o «trabajadoras del sexo», sino como
migrantes de tal o cual lugar «que se dedican de forma temporal al
trabajo sexual como medio para alcanzar cierto fin. Esto significa que
están menos interesadas en cuestiones de identidad que en que se les
permita seguir ganado dinero de la manera que quieran, sin que se les agreda o
violente, por un lado, o sin que se les tenga lástima y se las someta a
proyectos para ‘salvarlas’, por otro» (en prensa). Esta
indefinición o ambigüedad profesional, que ya veíamos en las
teleoperadoras, no es aquí el producto de la desregulación sino
la condición misma de un «oficio» que se confunde con la
naturaleza misma de la mala mujer. A ella contribuye el carácter
expansivo y diversificador de la propia industria –hoy resulta
difícil distinguir algunos servicios eróticos de otras
actividades «sensuales» dirigidas a formentar la salud o de las que
se desarrollan en el terreno del arte y/o del entretenimiento– y el flujo
de entrada y salida de muchas mujeres, sobretodo migrantes, que hoy cuidan
niños y mañana hacen una semana en la Casa de Campo.
Los apuntes, de momento, son muchos y dispersos. Los
relatos e impresiones que hemos ido reuniendo de a poco sugieren más
preguntas que respuestas. Hemos abierto bien los oidos durante las salidas, las
entrevistas y en esta primera deriva guiada por una compañera de la telefonía
erótica y una recepcionista-telefonista de casa de citas y esperamos
poder seguir abriendolos en los próximos meses. En cualquier caso, esto
nos parece un buen punto de arranque en un momento que ya pensabamos
sobredeterminado por el impasse en los debates feministas.
AMAS DE CASA, CHACHAS, SEÑORITAS Y CUIDADORAS
EN GENERAL. EL TALLER DE CUIDADOS GLOBALIZADOS
HABLAMOS DE CRISIS
Las reflexiones de este taller se exponen en un texto
incluido en este volumen, de modo que procuraremos que estas páginas
sirvan a modo de invitación para situarnos en los orígenes del
mismo y pensar a partir de una encrucijada: ¿crisis? ¿conflicto?
¿tránsito?
El Taller de Cuidados Globalizados se celebró a
lo largo de tres sesiones en las que participaron mujeres que eran una mecla de
alguna de estas cosas: trabajadoras domésticas y cuidadoras, migrantes,
estudiosas, activistas, abogadas, mediadoras sociales, etc. La primera
sesión fue una suerte de acercamiento al panorama actual de los cuidados
–transformaciones sociales, planteamientos feministas, papel de las
migrantes y de las leyes de extranjería, legislación sobre
trabajo doméstico, situación del mercado laboral–,
después nos pusimos a pensar en las «cuidadoras en pie de guerra»,
en las experiencias existentes y en otras posibles.
La discusión, como siempre, se lió de
buena manera, porque es verdad que son demasiadas cosas: (1) la historia de la
división sexual del trabajo y su configuración en el presente,
(2) la feminización de las corrientes migratorias y el «trasvase
de desigualdades», (3) el marco legal que fija el estatus del trabajo
doméstio como subempleo y el de las mujeres como subalternas, (4) el
contenido de este trabajo: sus pautas temporales, espaciales, subjetivas, etc.
y (5) los frentes de lucha.
En cierto modo, nuestro interés por los
cuidados globalizados es el mismo que anima toda la temática
institucional de la «conciliación de la vida familiar y
laboral», aunque parta de premisas distintas y conduzca a conclusiones
diferentes[23]. De
momentos vamos a llamarle «crisis»: el esquema reproductivo
mayoritario entra actualmente en conflicto, por un lado, con la presión
que ejercen los modos de desregulación del empleo (masculino y femenino)
y la carencia de servicios públicos y, por otro, con las expectativas
que el acceso a la educación, al empleo más o menos estable, a la
autodeterminación sexual y, en general, al feminismo como planteamiento
sobre la liberación de las mujeres han generado a partir de la
década de 1970[24]. O
«Con la quiebra del modelo de
familia fordista, en la que la infraestructura social doméstica y de
cuidados se resolvía mediante la dedicación exclusiva de las
mujeres a este trabajo gratuito, nos ancontramos ante un nuevo escenario, que
supone también la quiebra de la antigua estructura de cuidados en la que
la reciprocidad diferida garantizaba que las personas que eran cuidadas en su
infancia y en su juventud, serían en el futuro cuidadoras de sus
mayores» (del Río, S. Y Pérez Orozco, A. «La
economía desde el feminismo: trabajos y cuidados», Rescoldos, n. 7, 2002).
Pero, vayamos por partes. Por esquema reproductivo mayoritario entendemos la familia
nuclear patriarcal con una fuerte división sexual del trabajo que
determina la división entre lo público y lo privado, la
producción y la reproducción; se trata indudablemente de una
familia de clase media y blanca, legítima heredera de la familia
burguesa del XIX, y extendida como modelo (ojo, no necesariamente como
experiencia) a casi todas las demás capas sociales a lo largo de la
primera mitad del XX. Este esquema maximiza la reproducción, en el
sentido de Bourdieu, biológica y social tanto en lo que se refiere a la
transmisión de la herencia como en lo que respecta al cuidado de la
descendencia en íntima colaboración con el Estado y al
mantenimiento del orden moral. En la España franquista, este modelo
tiene tintes especiales fuertemente marcados por un Estado del bienestar
autoritario[25], el
predominio moral e institucional de la religión católica y la
propaganda sobre el papel de las mujeres como «ángeles del
hogar». La crisis de este modelo se inicia en el posfranquismo y se
agudiza en las últimas décadas[26].
Crisis no significa aquí que la división sexual no siga
produciéndose, que con anterioridad las mujeres de clase baja no
estuvieran sometidas a un esquema intensivo de trabajo fuera y dentro del hogar
o que este modelo se realice del mismo modo en distintos contextos (por
ejemplo, en el ámbito rural) o que suceda lo mismo en todas partes y en
las mismas fechas. Los matices son importantes, sin embargo, nos parece
pertinente hablar de un modelo hegemónico y aclarar que cuando hablamos
de división sexual del trabajo no asumimos que las mujeres no trabajaran
fuera de casa, pero sí que la reproducción deja de tener lugar
mayoritariamente en el seno de la familia extensa y que, a partir del XVIII, en
Europa se establecen una serie de servicios colectivos que apoyándose en
la familia y en las mujeres están dirigidos a formar, pacificar e
integrar a la población y a concitar los peligros que en aquel periodo,
y en otros sucesivos, representaban las clases populares[27].
Ni que decir tiene que este esquema ha sido objeto de sucesivas crisis y
readaptaciones; por ejemplo, tras las dos Guerras Mundiales.
Uno de los elementos de la crisis actual, la desregulación, atañe, por una parte, a la
perdida de empleos masculinos durante los 80 y, por otra, a la creciente
expansión, fragmentación y diversificación de los nichos
de trabajo femenino, no ya en la administración o en la manufactura,
sino en el sector servicios: limpiadoras, sirvientas, cuidadoras, camareras,
dependientas, comerciales, teleoperadoras, esteticiens, trabajadoras del sexo,
acompañantes, etc., un sector, para qué decirlo, cada vez
más precario.
El segundo aspecto de esta crisis, la ausencia de
servicios públicos, tiene que ver con el desarrollo del llamado Estado
del bienestar «mediterráneo», se
llama mediterráneo por no llamarlo rudimentario o familista. Esto quiere
decir que la reproducción está en manos de las mujeres, muchas
veces en régimen de «doble jornada» y que sólo en
ausencia de una mujer intervendrá el Estado. Los servicios son,
especialmente en el campo de los cuidados, un complemento a la acción de
las mujeres. Los hogares con recursos acudirán a la contratación
de otra mujer, probablemente migrante, para externalizar parte del trabajo. Y
aquí entran ya en juego otras dimensiones como las regulaciones de
extranjería; el hecho, por ejemplo, de que la extranjería se
apoye en un fenómeno discriminatorio injustificable desde cualquier
punto de vista eurobienpensante como la preasignación por ley de
determinados empleos (servicio doméstico) a determinados grupos de
población (mujeres extranjeras) en función de su sexo y su
condición de alien.. De verdad que si
tanta declaración no fuera más que papel mojado, esto
sería un atentado contra los derechos humanos.
El tercero elemento, la generalización del
feminismo, forma parte del
horizonte subjetivo de las españolas y constituye una herramienta
popular y populista de la mayoría de los partidos y de algunas marcas.
La aceptación de la autonomía de las mujeres como idea se ha
diseminado e individualizado[28].
A pesar de lo cual choca con los sentimientos de estrés y con la
dificultad a la hora de plantearse la idependencia (jóvenes en el hogar
de los padres, casadas insatisfechas con sus parejas o mujeres a cargo de
personas dependientes), la maternidad, la formación, la equidad en el
reparto de tareas o la promoción. La autonomía, a pesar de sus
efectos para la autoestima, acaba siendo poco más que un ideal al que
apenas se puede tender, algo para las «superwomans», algo que puede
llegar a agobiar en la medida en que no se alcanza. A estos aspectos hay que
añadir otro factor clave: el envejecimiento de la población[29], que junto al descenso de la tasa de
natalidad está provocando una situación de incertidumbre y, como
dicen y hacen los medios, de alarma social que en los próximos
años puede modificar o al menos matizar los discursos criminalizadores
sobre la extranjería en beneficio de otros que hagan más
hincapié en el carácter beneficioso de los migrantes en tanto
fuerza de trabajo, y lo que es más peligroso aún, en tanto fuerza
procreativa necesaria en su justa proporción. Probablemente asistiremos
a una combinación de ambas orientaciones.
Todos estos elementos forman parte de nuestros
debates, pero además, en los últimos meses, algo ha cambiado en
nosotras. Será que nos estamos haciendo mayores o que ponernos a hablar
sobre estas cosas del cuidado en primera persona nos sitúa ante la
perspectiva de que también nosotras seremos cuidadoras y eventualmente
cuidadas. ¿O no? Algunas ya cuidamos en distinto grado a otras personas
con las que convivimos, a nosotras
mismas, y de un modo aún laxo a otras personas de nuestra familia. Casi
ninguna tenemos críos ni pensamos o podemos tenerlos. Alguna los tiene
al otro lado del charco y gestiona uno de sus hogares en la distancia con toda
la incertidumbre que esto representa. Pero, a ver, ¿qué opciones
tenemos? A muchas nos horripila el tener que vivir con nuestros familiares,
incluso la perspectiva de tener que cuidarlos; ya vemos como lo hacen nuestras
mayores. Rehuímos el chantaje afectivo y afirmamos nuestro deseo de
mantener relaciones libres, es decir, basadas en el afecto. Sin embargo, estas
mismas relaciones –más inseguras en la medida en que no producen
garantías o están sujetas a contratos formales– no incluyen
marcos –recursos, espacios y vínculos– para el cuidado.
Vale, no nos hemos casado o hemos constituido otro tipo de unidades de
convivencia, pero…¿cómo será la necesidad del
cuidado en estos entornos? ¿volveremos a la familia? ¿a
qué familia, cuando nosotras figuramos entre las mujeres más
jóvenes de la misma? ¿a la pareja quien la tenga?
¿tendremos pareja? Hablar en primera persona y juntas tiene sus riesgos.
También nosotras volvemos la mirada hacia la familia, cuando ésta
no nos agarra de la barbilla y nos voltea la cara, y nos cuesta pensar en las
otras como cuidadoras y en las escasas instituciones que generamos como facilitadoras
del cuidado; al loro, el hardcore del cuidado no es tomarse un té con pastas en
una tarde de depresión.
TESTIMONIOS DESDE LA ORILLA
Mientras comenzamos a hablar de estas cuestiones nos
enfrentamos a la situación de algunas compañeras migrantes en el
servicio doméstico y en los cuidados. En «Primeros
balcuceos» nos referimos a la transferencia de parte del trabajo
reproductivo a las migrantes. Esto tiene distintas consecuencias y parte de un
mismo problema: el trabajo reproductivo no se ha repartido y las condiciones de
los empleos hacen más difícil la labor de las mujeres
autóctonas. Que los hogares no tengan «esposa» no significa
que las cosas no tengan que hacerse; es más, se dice que en los hogares
modernos y a pesar o, en algunos casos, precisamente por todos los avances
tecnológicos la carga de trabajo es mayor. Aunque los ingresos no sean a
menudo especialmente elevados, muchas parejas heterosexuales, y homosexuales
imaginamos, evitan el conflicto: se contrata a alguien (por horas) y en paz. Si además hay criaturas y dos
salarios, aunque sean flexibles y/o precarios, la solución,
además de la abuela, está cantada. Esto origina una
«demanda», un nicho para el empleo femenino precario que encaja
perfectamente con una «oferta»: la de mujeres migrantes que buscan
alternativas laborales y/o vitales en los centros del capitalismo global y que
no pueden optar por otros empleos[30].
Ya tenemos el pull y
el push. Y, desde
nuestro punto de vista, hay que insistir en el pull –la estructura del mercado laboral
español con su explosión de trabajo sumergido, de subempleo y
desempleo–, sobretodo ahora que el empobrecimiento en el Tercer Mundo se
contempla, bajo el prisma neoliberal, como incapacidad para el desarrollo y como
algo que hay que solucionar donde corresponde.
La capacidad adquisitiva de los hogares de clase media
baja y con ella los salarios de las trabajadoras por horas o externas; las que
recogen al niño del colegio, cuidan del bebé, limpian y cocinan,
hacen la casa, la oficina o el portal, pasean con la abuela o hacen de baby
sitting. Quienes tienen
más recursos o quieren servicios especializados –familias de clase
alta, empresas, instituciones– se aprovechan de las condiciones generales
de un sector prácticamente al margen de la legalidad o lo que es peor
con una legalidad que ampara el abuso. La demanda de internas y externas,
según muestra L. Oso, depende de si la familia tiene hijos
pequeños; para los sectores de clase media, la interna cuesta casi lo
mismo y hacen mucho más; los hogares unifamiliares de la periferia de
las grandes ciudades tienen espacio suficiente para albergar a una interna;
así los han diseñado los arquitectos. Las parejas profesionales
sin hijos, en aras de la intimidad y la paz afectiva, optaran por la asistenta[31].
.... los trabajos que más
salían eran de interna, mas cuidando niños, con cuatro, cinco
niños en unas condiciones tremendas. Lo que más sale es trabajo
internas, claro, porque imagínate que están solicitando externas,
solicitan externas y les pagan 80.000 pesetas, por ejemplo y de interna pagan
90.000 y tienes una esclava ahí, porque claro, el trabajo de interna en
la mayoría, no sé si hay excepciones, porque no se puede
generalizar todo, pero en la mayoría de los casos se creen que son
dueñas de la persona que está interna. Quien te contrata piensa
que te está pagando bien, te está dando casa, te está
dando comida, y un trato familiar, usando uniformes, tratándote como muy
inferior… Entonces ven el caso: ¿qué me compensa, tener una
persona externa o tenerla interna? Tener una persona interna. Entonces ya el
trabajo de externa se reduce totalmente y casi no hay trabajo externa. Son
poquísimos, son unas condiciones de que hay gente que dice: yo no quiero
tener a una persona, porque no me apetece, no tengo la libertad, pero por esas
condiciones, no porque las condiciones de explotarla, que digan: no puedo
hacerlo, sino porque las condiciones personales, de intimidad y eso no les
permiten hacerlo, no tienen el espacio para tener una persona interna. Pero por
lo general ahorita, es el trabajo interna lo que hay, sea de personas mayores o
de niños
(trabajadora doméstica, Taller de cuidados globalizados I)
Este nicho, especialmente en el caso de las
trabajadoras por horas, españolas sobretodo pero también
extranjeras con permiso de trabajo, ha sido claramente percibido por las
empresas de servicios. Muchas trabajadoras, ante lo frágil e
impresivible de su situación, optan por vender parte de su salario a
estas compañías en expansión.
Se trata indudablemente de una situación
complicada, como nos contaron algunas mujeres durante las sesiones del taller:
…el otro día una
compañera de mi curro, bueno yo trabajo en un sitio que, bueno, pues de
gente trabajadora, que ha tenido una época de salarios medianamente
decentes y un status como en fin, de clase media fundamentalmente, entonces
claro ella es una mujer que tiene dos hijos su marido que trabaja en una
empresa viajando, los hijos con catorce y 18 que la traen loca, y ahora su
madre que está sola y se ha caído el otro día, pues ya no
la puede dejar sola. Mujer que se quedó viuda y por eso ha tenido una
autonomía muy alta desde que era muy joven... entonces me decía
mi amiga, ‘claro es que no sé que hacer...’ y yo le digo,
‘es que esto es espantoso, esto no hay quien lo viva’. Entonces se plantea tomarse vacaciones
para estar con su madre en julio y su madre con su otra hermana en agosto, pero
claro, eso es como que explota, ¿no? Entonces se plantea la
cuestión de la teleasistencia. La teleasistencia no mola porque ella
dice, es que a mi madre lo que le hace falta es compañía. Es decir que no solamente el problema
es cuidar a una persona mayor que en un momento determinado le pueda pasar algo
y venga un señor del Samur, sino que lo que se está sufriendo y
lo que en cierta medida se busca es compañía y afecto. Entonces,
ella se plantea el problema, y hará una contratación donde se
paga un salario de mierda, o sea que eso es así, pero que hay un sector
de personas trabajadoras que se encuentran con ese cruce cuando los hijos todavía
no son mayores, los padres que ya son mayores, y ellas en medio con hombres que
no colaboran, y yo veo que aunque colaborasen, la presión que hay en el
mercado laboral es de tal envergadura que tampoco solucionaría el
problema, entonces cuando no hay una resolución colectiva de
‘vamos a hacer esto para no sé qué’, entonces como
cada quien se busca la vida como puede, una de las alternativas es la
contratación de otra mujer (activista del MF, madre trabajadora, Taller de
Cuidados Globalizados III)
A él hay que añadir una cuestión
central que ya señalabamos en nuestros primeros balbuceos y que se
entremezcla en todos y cada uno de los aspectos que hemos recorrido más
arriba y que seguiremos recorriendo a lo largo de este libro: el afecto. La literatura sobre las «cadenas
mundiales de afecto», a las que nos referiremos más adelante,
reconstruyen los lazos del cuidado, en los que participan las familiares y
personas cuidadas en el país de origen, las familias para las que ahora
se trabaja y las relaciones afectivas que se establecen en el lugar en el que
se habita. No se trata exactamente de un corrimiento –las que son madres
siguen actuando de madres aunque de otro modo, siguen siendo licenciadas aunque
ejerzan de domésticas– sino, más bien, de una reordenación
o renegociación de los papeles y, en este sentido, de las identidades[32].
Algo que ha sucedido y sucede en el contexto español con las abuelas
cuidadoras, de las que poco se habla.
Todas las cuestiones que se derivan de este reajuste
global nos interesan. No desde la perspectiva del enfrentamiento entre mujeres
o desde la cupabilización –la liberación de unas a costa de
la opresión de otras–, como se entrevé en algunos
enunciados feministas que ha interpretado la crítica poscolonial como
una entonación del mea culpa que acaba por apelar a la buena voluntad
individual. O, a la inversa, como motores de la ansiedad y la venganza de las
legítimas cuidadoras descuidadas frente a las extranjeras
sádicas; véase el reciente escándalo que ha montado la
prensa sobre el maltrato de una interna ecuatoriana a unos rubios mellizos de madre blanca
ausente. Nos interesan, más bien, como dinámica que contribuye a
la reconfiguración de los hogares, las familias, el sentido de la
intimidad y de lo privado y los modos de amar, cuidar y gestionar los afectos.
Nos interesan también en su trabazón con la sexualidad, con un
continuo afectivo que siempre ha estado presente y que distribuye funciones de
esposa, amante, cuidadora, servidora sexual, compañera, madre, esposa
contratada, etc. Nos interesa, en definitiva, porque la capacidad para plantear
negociación y conflicto por parte de los sectores femeninos más
vulnerables y la capacidad para trazar alianzas es lo que asegurará
mejores condiciones para todas. Se trata de desterrar definitivamente del
imaginario la idea de la competencia leal o desleal, las clausulas de prioridad
nacional como una excusa para fomentar la precarización y la
etnificación, y la diferencia sexual como un argumento para una
«especialización» a la baja. El capital fragmenta lo social
para restar valor, nosotras agregamos para elevarlo y desplazarlo hacia otros
lugares. Indudablemente nos hallamos en un campo de fuerzas, de creación
de simbólico y prácticas de vida en el que es preciso intervenir.
Al fin y al cabo, de uno u otro modo, estamos hablando del cotidiano de todas
nosotras.
GUERRAS COTIDIANAS
En cuanto a la estrategia, ¿qué decir?
Hemos discutido por aquí y por allá largo y tendido. En realidad,
tal y como afirma una compañera de la Asamblea Feminista de Madrid
llevamos ya tiempo dando vueltas a esto de poner la vida, la sostenibilidad de
la vida, en el centro, aunque no logramos dar con las respuestas o, más
bien, con las formas de poner en lo público este conflicto soterrado[33].
Igual nos vamos acercando. Cuantificar, valorizar, visibilizar, retirar,
mercantilizar, abolir, industrializar, compartir, salarizar en la
economía social, conciliar, pugnar por un salario doméstico,
social…
El escenario que vamos esbozando se aparta
evidentemente del que plantean las políticas conciliadoras que ven en el
feminismo institucional y en las medidas diseñadas a tal efecto una
herramienta inscrita en un relato progresivo de la liberación de la
mujer. Nuestro análisis es otro. Es primeramente global, en el sentido
de contemplar la realidad de las mujeres –amas de casa, esposas, desde
las dos orillas, asalariadas y no, en matrimonios y fuera de ellos, legales o
ilegalizadas, en uniones homologadas/ables y en otras, etc.–, de las
más posibles, en conjunto y en sus interrelaciones, por todo lo ambiguas
y conflictivas que éstas puedan ser. De nada nos sirve hablar de
conciliación o incluso de valorización si no hablamos de
distribución, de reparto, o mejor, de cooperación y de
conciliación para todas y en condiciones justas. De nada, si cuando
hablamos del hogar no hablamos de la precarización de la existencia y
del empleo y a la inversa. Como se ha señalado desde las posturas
críticas, el debate sobre la conciliación en el empleo y en los
hogares parte de premisas inadecuadas (son las mujeres quienes tienen que conciliar),
además de evitar cuestiones cruciales (como el del trabajo migrante, el
de las formas jurídicas de las uniones y la ciudadanía o el de
las condiciones en el empleo precario y femenino) o reconducir los conflictos
hacia posiciones de pacificación y justificación de las
desigualdades.
La situación de los servicios sociales y su
privatización progresiva, tal y como se explica en una entrevista
incluida en este libro– no sólo no augura bonanzas, sino graves
retrocesos. El reparto se ha producido en una escala muy limitada y con muchas
dificultades dadas las resistencias de los hombres, la falta de recursos y la
flexibilización en el empleo. Las mujeres que trabajan en el sector
doméstico y de cuidados no han asistido a la reforma de una
legislación cuasi feudal[34];
han visto, en cambio, cómo empeoraban sus condiciones de vida con la
irrupción de las empresas de servicios, las políticas de
extranjería y la dificultad tradicional de forzar la capacidad de
negocación colectiva en estos sectores.
La estrategia de visibilizar, valorizar y hasta
cuantificar[35] es
imprescindible, y a ella hay que incorporar el análisis del trabajo
precario y la migración, ya que hasta hace no mucho ésta se fundaba
sobre un modelo de mujer, hogar y empleo «típicos» y
autóctonos. Además, no siempre van acompañadas de
reflexiones que favorezcan una politización de nuestras vidas que
articule conocimiento, cambio y conflicto colectivos. La llamada
economía social –el tercer sector– en ocasiones se acopla
perversamente con las oportunidades de acumulación que ofrecen los ya no
tan «nuevos yacimientos de empleo» y las receintes formas de
subcontratación, y esto se acentua aún más en el caso de
las mujeres. El salario social, del que ya hablamos en las jornadas feministas
estatales de Córdoba en 2000 y en otros encuentros, es una oportunidad
para reencuadrar los debates sobre el trabajo y la vida, sin embargo, puede
dejar indemne e igualmente invisible la cuestión del valor, del salario
y las condiciones (que viven las empleadas de hogar) y las pautas de
cooperación (que vivimos todas en nuestros hogares).
Por otro lado, hablar de afecto implica superar
necesariamente el marco del empleo e incluso del trabajo e introducirse de
forma especial en el ámbito de la relación, algo indisociable de
cualquier actividad pero esencial en la que nos ocupa. Somos cuidadoras, todas
y algunos todos, pero además necesitamos que nos cuiden, nos gusta y
tenemos derecho a ello. Pero el afecto que buscamos no debería ser de
mínimos, de obligación o culpa, de dependencia, sino que tiene
que ser un afecto libre, aunque (hoy por hoy) pueda estar vinculado a un
salario, y para que sea libre tiene que ser justo. El afecto, bien lo sabemos,
no es la panacea, por eso no basta hablar de él sin nombres ni
apellidos. El amor tiene cualidades y es parte de relaciones sociales que hay
que construir y deconstruir: amor, servicio, trabajo, solidaridad, etc. De modo
que las luchas que estén relacionadas con los afectos, como lo son la
mayoría de las que se libran en el terreno de la salud y la
educación, no serán estrictamente laborales, sino ciudadanas a la
par que personales. Serán luchas en contra de las guerras cotidianas. Y
el reto al que nos enfrentamos en estos talleres es justamente ese: transformar
el cuidado en una reivindicación social que modifique los afectos y los
convierta en un bien común y abundante. Algo que ha sido un
desafío constante para el feminismo y que la ofensiva neoliberal de las últimas
décadas ha convertido en una urgencia.
Las luchas de las cuidadoras –de las amas de
casa en los países empobrecidos, de las migrantes, de las trabajadoras
sociales…– están en ciernes y algunas experiencias apuntan a
un futuro de agregación que pudiera hacer estallar la atomización
y precarización que se da en los servicios personales, la
degradación de los públicos y las angustias y malabarismos de las
componendas familiares[36].
Las luchas de las personas (des)cuidadas, relevantes en otros países del
Tercer Mundo, no así en Europa, a excepción quizás de
Francia, son la otra cara de los mismos problemas: recursos, calidad y
cooperación. En este sentido, los conflictos migrantes y los que giran
en torno a los cuidados, que se dirimen en el plano laboral pero sobretodo en
el ciudadano y en el del imaginario y las formas de vida, precisan de un mayor
grado de elaboración y confluencia.
«EL IMPULSO CREATIVO». DERIVA POR LA
PRODUCCION MEDIATICA
HACER LOGO
En abril de 2003 derivamos por los circuitos de la
precariedad mediática. Medios: diseño gráfico, empleos
ligados a la producción mediática y cultural, trabajillos en la
industria del espectáculo,
personal llamado «creativo», en publicidad, diseño
corporativo, promoción y campañas de marca… sí
sí, elaboración del LOGO. Trabajo sobre el código:
traducción, idiomas, corrección de pruebas y edición,
investigación, contactación y consultoría desde el
ordenata de casa, free-lance en medios, artistas sin ringo rango, asidua a los castings en su
condición de intermitente del espectáculo, etc. Palabras clave:
creatividad, vocación, conectividad, autonomía, flexibilidad,
mérito, prueba, realización, profesionalidad, movilidad,
(auto)formación, estrés, horario «libre»,
proyecto… Algunos hablan raro y dicen «tener unos temas sobre la
mesa» o «monitoreado» o «píldoras culturales»
y otras cosas por el estilo. Si os fijais, las personas que trabajan en la
produccion inmaterial no son teleoperadoras ni chainworkers, sin embargo, en ocasiones las tareas de
comunicación, control de los flujos semióticos y gestión
se solapan y lo único que queda son los rastros, simbólicamente
poderosos, de un cierto prestigio y de una cierta satisfacción que
proporciona la creación si no «de autor», sí al menos
de «colaboradora», eso sí, eventual[37].
Así pues, establecemos una línea de
continuidad entre nuestra primera deriva con las manipuladoras de
códigos y esta nueva deriva de medios junto a unas precarias de Radio
Nacional: una con contratos «en prácticas» –hoy recien
despedida– y otra con contrato «por obra» producto en ambos
casos de un master en el que participa el Ente. Fuimos también de la
mano de una estudiante de imagen que trabaja a salto de mata en el
ámbito del audiovisual y participa en proyectos cooperativos poco
alimenticios y, finalmente, de una joven promesa en una productora masiva y precarizada: Sogecine, pertenciente
junto a CNN +, Canal +, Canal Satélite Digital, Sogepack y un largo
etcétera a Sogecable.
Transporte público con Angela
y Mónica hasta RTVE, pasillos ministeriales de otra época,
nada que ver con las redacciones que aparecen en las pelís de Hollywood;
transitamos por la red pasando por varias empresillas del sector audiovisual a
las que Alejandra había ido a parar y en las que apenas la dejan las
manos libres, y nos colamos en un céntrico edificio de filial de filial
de empresa lider para charlar con Carolina sobre el backstage del cine taquillero. De vuelta paramos a
tomar una caña y dar vueltas a esto de la producción de signos
para acabar enfrascadas en una conversación con una forofa de una
Jennifer López que trabaja haciendo habitaciones en un hotel de lujo en
Manhattan y conoce a ejecutivo agresivo disfrazada de gran dama y tal tal y
tal.
Estos trabajos en este campo no son
específicamente femeninos, aunque sí «feminizados» en
el sentido que da Haraway a este término. Nuestro interés por
ellos tiene que ver con tres cosas: (1) su componente de atención (algo
que comparten, por ejemplo, con las teleoperadoras, con las trabajadoras
sociales y con las cuidadoras) e imagen/performance (algo que los acerca, dejando a un lado
el glamour, a la dependienta, también a la dependienta de cadenas), (2)
su capacidad de generar imaginario y, en este sentido, de conformar el
género o, dicho en palabras de Teresa de Lauretis, su carácter de
tecnologías de género y (3) el creciente número de mujeres que
trabajan en estos sectores. Evidentemente, aquí hay diferencias claves
en el cara al público, el carácter de exposición o
presentación que tienen los medios o la industria cultural frente a la
traducción, por ejemplo. Estamos hablando de un campo muy basto que
tendremos que aprender a delimitar en nuestras indagaciones.
En nuestros primeros balbuceos hablamos someramente de
estos puntos. De las condiciones de trabajo en las pequeñas nuevas
empresas en red, que no es que externalicen y contraten a otras empresas, sino
que directamente crean compañías filiales a partir de sus
antiguos departamentos, sin que esto implique en absoluto la posibilidad de
respetar los convenios. Hemos hablado también de la maximización
de conocimientos, recursos afectivos y, en el caso de la industria cultural,
mediática y publicitaria, más que en ningún otro lugar,
conectividad, sin que esto se traduzca necesariamente en renta o estabilidad.
Hemos hablado de los tipos de contrato mayoritarios en los escalafones
más bajos: becas, prácticas, por obra o ninguno. De la
flexibilidad de horarios, de los escasos salarios y derechos, de la falta de
delimitación de las tareas, de la polivalencia, de las jerarquías
difusas orientadas a promover la autoregulación, etc[38].
CONEXIONISMO Y MEDIACION EL EL SEMIOCAPITALISMO
Además de todo esto, hay algo específico
en este tipo de trabajos, aunque esto se de en distinto grado y manera en todas
las actividades: el valor social y el valor relacional. Este tipo de trabajos
se realizan por vocación y como una inversión en una misma. Por
eso el proceso de aprendizaje (gratuito) no acaba nunca, y el resultado, la
obra, es en muchos casos un conjunto de contactos y posibles que hay que saber
maximizar[39].
Están asociados a la técnica y a la (auto)formación (como
en la programación o el diseño), a las tareas inventivas, intelectuales y performativas (como en la moda o el mundo del arte) y a
los ámbitos de poder e influencia pública (como en el cine, los
medios o la publicidad). La conectividad, la cartera de clientes y contactos
abiertos para futuros proyectos constituye el elemento central de lo que
Ève Chiapello y Luc Boltanski han caracterizado de un modo exhaustivo
como la ciudad por proyectos, cuyos precedentes son la crítica artística y la investigación
científica. A esta ciudad oponen otras como la doméstica, la comercial, la inspirada, la del renombre o la industrial, con las que puede llegar a convivir.
«En un mundo reticular, la vida
social se compone en lo sucesivo de una multiplicación de encuentros y
de conexiones temporales, pero reactivables con grupos diversos, realizadas
eventualmente a distancias sociales, profesionales, geográficas y
culturales muy elevadas. El proyecto es la ocasión y el pretexto para la
conexión, reuniendo temporalmente a personas muy dispares y
presentándose como un extremo de la red fuertemente activado durante un periodo relativamente corto
de tiempo, pero que permite forjar vínculos más duraderos que,
aunque permanezcan desactivados temporalmente, permanecerán siempre
disponibles» (p. 155, El nuevo espíritu del capitalismo, Madrid, Akal, 2002)
La retórica de los proyectos introduce una base
para la evaluación: el mérito, y una práctica para
medirlo: la prueba.
Yo
lo que veo en la radio y en los medios de comunicación en general es que
trabajas como en un escaparate, no
sé, imaginaros una persona que trabaja en una oficina y le ponen una
cámara dos horas al día , pues esas dos horas estará
haciendo como que hace algo, y esmerada. Entonces yo veo que nosotras al tener
dos horas al día que nuestro trabajo se expone, que realmente te lo están evaluando, entonces
ahí tienes que poner toda la carne en el asador, no es como por ejemplo
tener unos papeles que en otro trabajo puedes decir ‘bueno ya lo
haré mañana’, en este trabajo no puedes, es que a las seis
de la tarde yo tengo que salir en directo y decir algo, entonces si que te
llevas trabajo a casa, yo las revistas me las llevo y me las subrayo en el
metro, antes de dormir. Hace mucho que no leo libros porque me leo todas las
revistas de música en la cama y luego me duermo, ahora ya sí
porque por mi cumpleaños me regalaron un libro y he dicho ‘voy a
dejar las revistas y a leerme un libro (Deriva de medios, primera parada).
La orientación hacia el proceso de
comunicación es un aspecto fundamental. No se trata ya del viejo esquema
sujeto-objeto o emisor-mensaje-receptor, sino de otro mucho más
sofisticado inspirado en la pragmática, la semiótica, la
etnometodología y el interaccionismo simbólico. En él se
ponen en juego los códigos compartidos y no compartidos, los sinsentidos
y malentendidos, los implícitos, los performativos y la fuerza
ilocutiva, la mediación o traducción de unos signos a otros, la
gestualidad y, en general, la encarnación, las expectativas, los gustos
y los hábitos. Así, los rasgos del régimen informacional[40]
–fragmentación, preeminencia de lo visual, ensamblaje modular y
sinopsis, des/recontextualización, intercambiabilidad, integralidad,
estimulación sensomotriz…– no conforma unidades funcionales
estáticas y discretas como en el periódo industrial sino
reversibles y recombinables, también en función de los procesos
de retroalimentación: estudios de mercado, sondeos, llamadas al
programa, nivel de audiencia y de venta de los productos asociados, etc.
Todo esto nos lo contó Carolina en
relación a su trabajo en el departamento de producción en
Sogecine con otras palabras. Hablando, por ejemplo, de cómo proyectar un
hipotético público femenino:
…de hecho creo que Sogecine tiene esa fama de
ser muy machista, machista y masculina. Luego, es que tengo ejemplos tan
graciosos...te llaman de vez en cuando para que veas un trailer; eres lo que
llaman “target”, público objetivo… entonces, eres
mujer de 18-35 años, te voy a poner un trailer donde se supone que
tienes que llorar como mujer de 18-35 años (no te lo dicen, pero lo doy
por hecho) y te ponen una cosa que me parece una cursilada horrible, y les
digo, a mí es que me parece feísimo, me parece una cursilada y
ellos responden: Tu eres una machota, fuera, que venga otra (Deriva de medios, tercera parada).
Y nos dio con este pequeño ejemplo de feedback personal condicionado algunas claves
para pensar las pautas de la reproducción simbólica
–montaje sí, pero de lo mismo– y los dispositivos de autoregulación
que desarrollamos quienes nos dedicamos a la manipulación de codigos
masivos[41].
Carolina comenta que puede incluso producirse un desfase en las tareas de
mediación, entre la película y la traducción que hace la
productora en el trailer, por ejemplo. Y como éstas, otras tantas en el
interior de la industria cinematográfica. Esta labor de mediación
se resuelve, aclara Carolina, en beneficio de la media, las mayorías, lo comercial, lo
que sabemos que funciona y tenemos controlado. Y, lo que es más
importante, no las resuelve un jefe, en Sogecine hay más jefes que
empleados, la resuelve cualquiera: desde el autor del guión hasta la
desarrolladora, la que diseña el cartel u organiza el estreno…
Pero la
cosa va más allá; es una tarea de invención de
mayorías, de conversión de minorías en mayorías, de
codificación de la diferencia como mercancía[42].
Hablamos de un circuito, no de una relación unidireccional.
…a ellos les interesa que yo
esté aquí, si no no estaría y yo no soy en eso demasiado
comercial, también les interesa justamente, y además, aquí
yo creo que es más radical, pero en Canal + , por ejemplo, Canal +
Televisión, está produciendo un montón de programas
diferentes, dirigido hacia un público muy diferente y donde sí
que se busca un montón la innovación , mucho más que aquí,
porque este es un negocio muchísimo más arriesgado de por
sí, entonces tienes que cubrirte muchas veces las espaldas y no ser tan
arriesgado como en un programa que no te gusta mucho hacerlo, que no funciona,
lo quitas y ya está, aquí si no es un éxito en taquilla
estás corriendo el riesgo de que esto lo cierren el año que viene
¿sabes? Yo creo que en este terreno no se puede, desde aquí,
explorar tanto, quizá desde la televisión sí se puede
crear mucho más. Y luego no nos engañemos, la televisión no
tiene nada que ver con el público del cine, es muchísimo
más mayoritario, además es una consumición mucho
más inmediata. Una película desde que tú la empiezas hasta
que la haces pasa un año, si en ese momento se está buscando eso,
pero dentro de dos años, que es cuando la terminas ya no funciona o
sí...es mucho más difícil desde ahí ver el efecto
que tienen. Los lunes al sol, por ejemplo, nadie suponía que iba a ser
ese éxito. Nadie. De hecho cuando se estrenó, las previsiones,
que lo distribuyó Sogepak, la distribuidora de aquí, las
previsiones eran de doscientos, trescientos millones en taquilla y lleva 1500.
Es que no se puede saber
(Deriva de medios, tercera parada).
Pero entonces, si hablamos de circuito, ahí
tenemos también a las audiencias que, en ocasiones, se escapan o
producen auténticas innovaciones que más tarde podrán ser
mediadas, como ha sucedido con la cultura híbrida del rap o con las
telenovelas, cuyas claves culturales lationamericanas han sido recodificadas en
el mercado global. La concentración de los medios, con sus tendencias a
la centralización del mando y la gestión convive, primero, con la
multiplicidad y el desmenuzamiento de los procesos productivos[43],
incluidos los puntos de fuga, segundo, con formas de colaboración e
intercambio entre las entidades dirigidas a facilitar la coproducción, y
tercero, con el carácter a menudo ambivalente de la movilización
de las audiencias. Estas interpretan y utilizan los medios en distintos
contextos locales y acuden para ello a diversos marcos de referencia. De modo
que no está todo dicho.
Así pues, las experiencias del universo
informacional son contradictorias. Quienes leen la globalización
únicamente en términos de homogeneización e imperialismo
cultural olvidan con frecuencia las tendencias, eso sí contradictorias,
hacia la diversificación, la hibridación, la
deslocalización y descentralización de los referentes, la
formación de nuevas comunidades transnacionales y virtuales, la facilidad
sino la igualdad en el acceso y la manipulación de las herramientas y
códigos informacionales, la relevancia de los medios locales y
alternativos o las pautas de interactividad[44].
Indymedia proporciona un buen ejemplo de la
orientación que en adelante adquiere la confrontación: «don’t
hate the media, become the media» dicen quienes habitan la experiencia digital y logran burlar
las restricciones del cable[45].
El impulso creativo y la intimidad tecnológica producen crisis notables
en las manipuladoras de códigos; de esto nos hablaron extensamente
nuestras cuatro guías a lo largo de la deriva[46].
La posibilidad de poner la creatividad en otra parte; desincrustarla y
reincrustarla en otro circuito es un deseo y una frustración que hay que
tener muy presente.
TECNOLOGIAS DEL GENERO. «CUANDO LO PERSONAL ES
DIGITAL»
A pesar de la insistencia en el acceso y la
proliferación y diversificación de los puntos de emisión,
recepción, circulación y reproducción, los problemas
atañen también a las representaciones y, en este sentido, nuestra
política, tal y como sugiere Stuart Hall, ha de ser (de)contructiva,
sobretodo cuando nos enfrentamos a las imágenes hegemónicas del
género[47].
Aclaremos entonces que este dilema no tiene nada que
ver con la dicotomía
forma-contenido, hoy excesivamente rudimentaria. Estamos hablando de la
articulación de conocimientos, techné, discursividades y sociabilidades en el
régimen informacional. El ciberfeminismo ha captado esta
reformulación del problema al analizar los vínculos materiales y
simbólicos entre la tecnociencia y la tecnocultura y las
retóricas del género[48].
Algunos relatos de este libro se refieren a esta cuestión. Además
de apuntar determinados límites de las utopías informacionales,
las ciberactivistas están señalando, sin hacer concesiones a la
nostalgia, las trampas de las reencarnaciones múltiples y
polimórficas en el espacio virtual. La informática de la
dominación
promete nuevos monstruos y relatos, sin embargo, esto, al igual que la propia
mediación tecnológica, está lejos de asegurarnos una
humanidad posmoderna. Y si no, que se lo digan a Triniti.
Siguiendo con esta cuestión de las
tecnologías del género, hemos hablado, también en nuestros
encuentros fortuitos, de Jeniffer López, joven humilde, habitualmente de
origen italiano o latino, que limpia habitaciones y fantasea con un ascenso
social abrupto y por amor; la misma historia en Pretty woman –de puta a señora de
copete– y en esa desagradabilisima película, Oficial y
caballero, en la que una
obrera industrial sueña y finalmente se convierte en prometida de un
tipo de West Point, con el que sale cogida del brazo de la fábrica en la
última escena. Bien, podríamos citar otras tantas
representaciones sexuadas, sexualizadas y racializadas masivas cortadas por el
mismo patrón. Nosotras, además, nos hemos topado con el nuevo
espíritu constructivista de la Nike y con otras tantas fantasías
de género –las que cuentan las trabajadoras del sexo sin ir
más lejos–, cuya materialidad está en relación
directa con el valor social y económico que ponen en juego. La
visibilidad tecnificada –sobreexposición y disolución de
las fronteras de la privacidad–, la inmediatez y la creciente
autonomía de la comunicación y la cultura con respecto a los
hechos registrables, contables o noticiables[49]
tiene mucho que ver con un nuevo modo de objetualizar el cuerpo de las mujeres
en el close up, la
fragmentación o en los mecanismos de shock y anestesia. Las mutaciones del
sensorium, que ya analizara Benjamin refiriéndose a la reproductibilidad
técnica y a las posibilidades del montaje[50],
se han intensificado y ahora entramos en una nueva fase; en palabras de
nuestras gurus: «When the digital is political».