AL FILO DE LO IMPOSIBLE:

CHARLA CON UNA CHAINWORKER NÓMADA.

 

 Nuestra entrevistada es una vieja compañera de batallas y algarabías

varias. Nacida en la costa, pero nómada y superviviente nata.

Chainworker deambulante: de provincia en provincia, de encuesta en

encuesta, de cadena en cadena. Ésta es la primera vez que charlamos

juntas con grabadora de por medio

 

P- Descríbeme el pueblo del que vienes

 

R- Es un pueblo en expansión por su cercanía a una capital, de

aproximadamente 2.000 habitantes. La mayoría de la gente subsistía a

través de la huerta y el transporte de fruta y verdura,  y toda la gente

más o menos seguía la misma trayectoria. Ahora la gente de las nuevas

generaciones estaba estudiando formación profesional, pero aún así la

trayectoria estaba muy marcada, sobre todo siendo chica: podías

estudiar, pero se esperaba que te casaras y bueno, aunque no vivieras en

el pueblo, sí se esperaba que te quedaras en un pueblo de la zona

(porque era un lugar donde la gente, sobre todo las mujeres, se solían

casar con hombres de pueblos vecinos). Era como un cerco, un círculo. La

mayoría de los hombres seguían también la trayectoria de campo y

transporte y luego había mucha FP, mucho mecánico, y, no sé, también

tiendas. No se puede decir que hubiera una posibilidad de proyección muy

variada. Toda la gente que yo conocía, la gran mayoría, pero sobre todo

los chicos, dejaban de estudiar pronto y se ponían a trabajar, muchos en

el negocio de sus padres. Un poco la gente que más desmarcada puede

estar ahora de ese destino preestablecido es la gente que ha elegido,

bajo cualquier excusa, viajar. Yo allí me sentía como atrapada,

asfixiada.

 

Mi madre y mi padre habían seguido una trayectoria «ascendente» desde el

campo a una tienda de ultramarinos y luego a un pequeño bar restaurante

que era lo que actualmente les estaba aportando beneficios: este camino

había sido puro sudor, trabajo, trabajo y trabajo. Trabajo. Una media,

quizás tirando por lo alto, de unas 12-14 horas diarias. Mi madre tuvo

esa jornada desde que era pequeña, desde los trece o así. Ella nunca

había salido de su aldea, solo merodeaba por el pueblo que estaba justo

en las afueras y allí conoció a mi padre, su primer y único novio. Ese

pueblo sería cuna de mi nacimiento y empuje violento de mi salida a

otros mundos. Mis padres se casaron muy jóvenes, a los 19 años, sin

ningún recurso. Vivieron en una casa que les prestaron y no tenían nada.

Todo lo que recuerdo de mis padres es trabajo. No tengo ningún tipo de

recuerdo que no sea el de ellos trabajando. Y no tuve ningún tipo de

relación familiar, aunque por el contrario sí mucho cariño y afecto

indirecto. Iba a la playa con los padres de otras amigas y por ejemplo

mi madre sólo llegó a ir una vez a verme jugar al balonmano, que era mi

gran pasión. Sin embargo, nunca me faltó de nada y tenía una sensación

de seguridad que me envolvía en mil capas∑ El único tiempo que pasábamos

en común eran las vacaciones: 15 días de agosto, normalmente mi padre

cogía el coche y subíamos hacia Francia por el Valle de Arán. Todo eso

era tan bonito∑ y ésa era la única relación familiar que existía. El

resto lo recuerdo con mi madre, cansada, que a veces veía la tele y yo

probaba a interaccionar, con esas cosas de «he aprendido como se dice

rojo en inglés». Pero no era que no me quisieran, porque todo su

esfuerzo era exclusivamente para mí: me daban lo mejor. Preescolar y EGB

los hice en un colegio en otro pueblo cercano, un colegio concertado, y

luego BUP y COU en el CEU San Pablo. Aunque ellos lo de los estudios lo

veían como aquello de «el saber no ocupa lugar»: luego esperaban que me

casase, tuviese una familia y llevara bien la casa. En ese aspecto, mis

padres son muy chapados a la antigua. También querían que estudiase para

que tuviese herramientas y me insistían mucho en que «el futuro está muy

mal» (¡cuánta razón tenían...!) y que había que tener una buena

estructura, que en este caso era la familia, tener un trabajo y no hacer

daño a nadie. Creo que a pesar de no coincidir en prácticamente ninguno

de sus planteamientos, un buen adjetivo que definiría a mis padres es la

bondad, el buen corazón adaptado a un entorno corrosivo.

 

A los 13 años tuve la primera crisis que recuerdo, de esas de llorar y

no poder explicar el porqué. Le dije a mi madre que no veía el sentido

de la vida y me dijo «el sentido es trabajar y trabajar». Eso me dejó

marcada. Claro que este episodio tuvo lugar en un escenario de cama rosa

y cortinas rosas de flores allá donde miraras...

 

P- ¿Cuándo empezaste a pensar en salir de tu pueblo?

 

R- Cuando cumplí los 16 años, tuve mi primer contacto con otra realidad

más allá del pueblo. Fue de forma muy curiosa: a través de Radio Klara

(una radio libre de Valencia). Una amiga del CEU me dijo que había una

emisora pirata en la que decían muchas palabrotas. Vamos, que fue muy al

azar. Empecé a escuchar Radio Klara y me abrió todo un mundo: liberación

animal, okupación∑ Yo había vivido en mi casa, viendo la tele, leyendo

la Muy Interesante y novelas de Julio Verne que nunca me acababa pero

que estaban muy bien encuadernadas. Y al escuchar los programas de radio

se me abrió un mundo nuevo. De ahí empezó un distanciamiento con mis

padres. Sentía un abismo que era imposible deshacer, por cómo veía a mis

padres, cómo pensaban y también por una imposibilidad mía de

comunicarme, eso lo veo ahora con el tiempo. Luego a los 17, 18 años,

empecé a encerrarme cada vez más de cara a mis padres y empecé a ir a un

centro social okupado en Valencia, El Kasal. No iba mucho, y cuando lo

hacia era mera usuaria, pero el contacto con otra gente y otros

ambientes me fue llenando de gasolina los motores de arranque.

 

Ese distanciamiento y esa incomunicación hizo que rompiera muy

radicalmente: cuando cumplí los 18 años, me fui. Antes, con 17 años, me

quedaron dos asignaturas pendientes de COU y las hice a través del INBAD

y a la vez busqué trabajo y encontré uno en la capital. Era un trabajo

de encuestas en el que duré 11 meses: el típico trabajo que luego he

hecho muchas veces, que dije que nunca volvería a hacer. Trabajaba de 9

a 17h y cobraba un sueldo de 2.000 pesetas al día, que no es nada. Luego

estaba lo típico de los pluses si llegas a tantas encuestas, o sea que

al final siempre subía, pero el sueldo base eran 2.000 e incluso había

días que si no llegabas al mínimo -14 encuestas- no te pagaban nada, con

lo cual perdías el dinero invertido en transporte y la comida ese día.

Lo positivo de este primer trabajo, una vía para entrar en el mundo

laboral, fue que era la única posibilidad, contando con mi nivel de

madurez de aquel entonces, de empezar a construir una autonomía frente a

la red familiar, con gente más mayor que yo, con otras experiencias, con

sueños propios... Fue un enganche: al principio empiezas por el dinero,

luego ves que ese dinero no vale la pena, pero sigues, porque te has

creado un círculo de amistades con el que compartir tus miserias. El

salario que ganaba iba íntegro a mi casa y si yo necesitaba algo, lo

pedía y me lo compraban, a ese nivel nunca he tenido problemas. Pero

muchas veces mi madre me preguntaba «¿qué tipo de trabajo es ése que

trabajando un mes, ganas esto?», porque, claro, yo de mi casa salía a

las 8 y llegaba a las 18h y el sueldo era mínimo. De los 11 meses que

trabajé, pasé uno en Murcia y otro en Palma, que fue cuando gané más,

porque te pagaban dietas y alojamiento. En uno de esos viajes y en uno

de esos desafortunados y pactados deslices heterosexuales, perdí mi

virginidad.

 

Ese trabajo me dio muchas dotes para relacionarme, porque era un trabajo

a puerta fría: tienes que ir llamando casa por casa, haciendo lo que en

principio era una encuesta de estudio, que en realidad era una

estrategia de venta de una empresa de informática, que buscaba perfiles

de gente a la que le pudiera colar un curso de informática muy caro, que

debía ser bastante pésimo. Y el curro era ameno y cansado,  aprendías a

engañar, a ser amable, a falsificar firmas y fechas de nacimiento, a

rentabilizar el tiempo llamando al telefonillo del cuarto piso porque si

no estaban te ahorrabas subir.

 

También supuso para mí un contacto con el exterior del pueblo, que me

llenó de fuerza para salir de allí. Cuando estás en un pueblo, la

comunicación no pasa de lo cotidiano, de lo local, te sientes como

aislada, y una vez que sales, ya es muy difícil volver. Así que, como

decía, cuando cumplí los 18, decidí irme. Las cosas en casa se habían

saturado, mi distanciamiento se había hecho abismal, mi ropa y mis

pensamientos empezaban a delatarme y mi madre me exigió que no viera a

cierta gente, que no me vistiera de cierta forma y que fuera una chica

normal. Me fui tres veces en total y a la tercera ya no volví. Las dos

primeras veces volví porque mi madre me dijo que mi padre estaba enfermo

y también que las cosas iban a cambiar, que yo podía seguir pensando

como quisiera. Porque a mi madre, como había vivido todo el franquismo,

le asustaba mucho cómo pensaba yo, es decir, le asustaba el mero hecho

de que cuestionase y replantease formas de vida preestablecidas. Tampoco

es que yo tuviera gran fuerza o capacidad política, pero a mi madre lo

que le decía le sonaba a revolucionario y sectario. Y planeaba enviarme

a un colegio interna que me alejara de esos contactos que a ella le

parecían peligrosos. No sólo era el franquismo, también sus propias

experiencias y trayectoria personal hacían que se cerrase por completo a

lo desconocido, lo desconocido le desataba todo tipo de paranoias. Sus

miedos se convirtieron en terror, su bondad en tiranía para preservar mi

futuro dentro de sus necesidades. «Estás en mi casa y tienes que

vestirte como yo te digo, ir con la gente que digo y plantearte el

futuro como yo te digo. Y si no quieres eso, te vas».

 

P- ¿Cómo llegas a Madrid?

 

R- Tomé la decisión de ir a Madrid de un día para otro. Las otras dos

veces que había salido con intención de no volver las recuerdo poco,

porque fueron breves, pero sobre todo recuerdo el choque, el

enfrentamiento entre lo que ocurre en la realidad y lo que tienes metido

a presión en la cabeza: el miedo es una buena frontera. Mis dos retornos

tras las dos primeras huidas fallidas tuvieron que ver, creo, con ese

miedo mezclado con el chantaje emocional que me hizo mi madre. En

cambio, la tercera vez tuve la suerte de encontrarme con gente que me

dio confianza y también una base para empezar una vida nueva que se

adecuaba más a lo que yo tenía en la cabeza, que era por aquel entonces

un tanto idealista, muy idealista: me imaginaba algo así como salvar el

mundo.

 

El caso es que cuando salí para Madrid, iba con lo puesto, en un estado

de ansiedad bastante alto, sin apenas dinero. Yo había conocido a un

chico de Madrid, novio de una amiga mía, que me había dicho que tenía un

tío que tenía un hotel en el que me podían dar curro. Lo primero que

hice cuando llegué aquí fue llamarle, pero nunca logré contactar con él.

Tenía además un contacto de una casa okupada, en el barrio de Vallecas.

Fui allí, pero, aunque me dejaron quedarme, mi llegada no fue muy bien

recibida. Lo típico: era una chica de 18 que se acababa de ir de su casa

y a todo el mundo le parecía un marrón tenerme allí.

 

Inmediatamente lo que hice fue buscar trabajo. Mi primer trabajo

consistía en vender unos pasatiempos que, en teoría, eran para ayudar a

gente discapacitada, pero que eran un engaño total. Porque el crucigrama

creo que costaba 500 pesetas, de ahí yo me llevaba 250, mi jefe de

equipo se llevaba algo y luego había otra persona encima que se llevaba

algo. Con lo cual, echabas las cuentas y veías que la gente

discapacitada no debía oler ni un duro. Pero lo bueno de este trabajo es

que te pagaban al día, lo cual para mí fue un salvavidas. Fue un mes

bastante terrible, pero tuve mucha suerte: llegué a Lavapiés y fui

conociendo a gente, gente maravillosa, que me dio la confianza para

creer en mi y tejí una red que me ayudó mucho a desenvolverme y

quererme. Yo creo que si no, hubiera acabado volviendo a casa o

cortándome las venas.

 

La casa okupada a la que llegué y en la que viví algún tiempo no era muy

agradable: el ambiente era algo decadente, al menos en el piso de la

amiga de mi amigo. Creo que arriba la gente tenia otro rollo. Dejé

pronto de ser vegeta radical para poder robar en el súper latas de atún,

que venían muy bien para una alimentación con un uso limitado de cocina.

En aquel entonces, el gas, teniendo en cuenta el estado de mi economía,

me parecía un lujo. Vivía (y lo sigo haciendo) muy al día. En el curro

éste de las estampitas solidarias no recuerdo bien cuánto sacaba, pero

rondaría las dos mil o dos mil quinientas al día.

 

Pronto me trasladé a Lavapiés, alguien a quien no conocía mucho me dejó

su casa durante un par de meses para que, de paso, le cuidara a sus dos

gatas. Encontré también un curro en Telepizza: me gustaba (y me sigue

gustando) la gorrita roja, aunque nunca he llegado a encontrar una de mi

talla. Lo que más recuerdo de ese curro es que estaba en una zona pija,

por el Bernabeu, y que cuando me tocaba cierre de tienda tenía que

volver andando porque no había metro y era todo un paseito. Estuve

currando en el Telepizza cuatro meses y en ese tiempo viví alquilando,

compartiendo con otras cuatro personas que conocí en el Frauen, un

bar/asociación de Lavapiés. También en el Frauen descubrí de la

existencia de la Karakola, una centro social okupado por y para mujeres,

en el que me encontré con mujeres que me marcaron mucho. Mi primer

contacto con bolleras tumbó de K.O. mi heteronormatividad.

 

Al poco, okupé con alguna gente un piso en Lavapiés 19, una casa que

estaban desahuciando. A la dueña del piso que okupamos ya le habían dado

otra casa, pero aún así nos puso denuncia. Y luego me metí en el proceso

del  Laboratorio I, un centro social que se okupó en Lavapiés en abril

de 1997. El Labo también me marcó mucho, la gente con la que viví se

convirtió en una especie de familia y descubrí los procesos colectivos,

su fuerza y su flaqueza. 

 

La experiencia Labo fue muy absorbente, me alejé de la Karakola y sus

proyectos y me quedé en aquella miniciudad-centro social, en la que

funcionaba (más o menos), para alguna gente, la autogestión. Teníamos

una cooperativa de comedor popular y también en los conciertos vendíamos

bocatas y cosas del estilo. Esto alternado con trabajos esporádicos te

permitía vivir. Creo, echando una mirada atrás, que mi relación con el

mundo laboral se tensa y destensa en relación con mis deseos y

esperanzas de convivir en colectivo.

 

Vivir en colectivo, crear en colectivo, transformar en colectivo, te

pone frente al trabajo como mero instrumento de intercambio. Sin

embargo, cuando necesitas una estabilidad, una seguridad que dependa

sólo de ti, el dinero se convierte en un arma, te ayuda a acumular

bienes que te protejan del futuro incierto.

Bueno, quizás existe algo intermedio, que es lo que ando buscando yo, ya

no quiero vivir más al día y si para ello he de trabajar asalariadamente

más, estoy dispuesta a hacerlo, aunque eso tristemente disminuya mi

trabajo no asalariado, ése con el que he crecido tanto, desde arreglar

tejados a editar películas.

 

P- Poco más tarde empiezas a salir fuera de España a trabajar por

temporadas. ¿Cómo fue aquello?

 

R- Sí. Después de un año más o menos viviendo nómada y de trabajo basura

en trabajo basura, me fui por primera vez a Holanda, con una chica que

conocí en la Karakola. Me vino muy bien, porque por esta época de tanto

movimiento tuve una crisis en la que todo me explotó en la cabeza. Me

debatía entre un ideal que buscaba y una realidad que arrastraba y eso

me desconcertaba. Para cambiar de aires y también porque todos los

trabajos que conseguía aquí eran muy inestables y precarios, decidí irme

a Utrecht, Holanda. Me acuerdo que fui dos meses, de nuevo viví en un

squat, eso sí, tenía poco de precario e inestable. Creo que fue la

primera vez en mi vida que tuve la posibilidad de ahorrar, pero también

por todo el tiempo que le dediqué: trabajaba 9-10 horas diarias en

fábricas. Era trabajar y dormir y alguna vuelta en bici∑

 

En las fábricas descubrí otra faceta del mundo: la producción en cadena.

A veces se te olvida que las pequeñas cosas que van envasadas, como por

ejemplo el pan Bimbo, o las tapas de los bolis, millones de cosas,

todavía las siguen haciendo personas a mano. Son 8 horas de un solo

movimiento. Yo lo estuve haciendo sólo durante dos meses y lo alternaba

con trabajos de limpieza, pero veía gente que estaba fija en esas

empresas y me parecía muy duro. Además que las empresas en cadena suelen

cambiar los horarios, porque como producen 24 horas al día y no pueden

tener a una persona trabajando todo un mes entero de noche, te van

cambiando los turnos: una semana te toca de mañana, otra de tarde y otra

de noche. Con lo cual, la gente está bastante descolocada, con mucha

ansiedad, etc. Yo no recuerdo haberlo pasado excesivamente mal, porque a

la vez estaba ahorrando. Apenas tenía gastos: no tenía que pagar

alquiler y, bueno, con lo de la comida me ayudaba de pequeñas

reapropiaciones. Toda mi trayectoria está atravesada de esas

reapropiaciones, que permiten elevar la calidad de vida. Los ahorros que

conseguí me permitieron, al regresar a Madrid, estar un tiempo viviendo

más desahogada.

 

Me pasé un tiempo yendo y viniendo, de Madrid a Holanda, unas veces en

autobús, otras veces en autostop, lo de los aviones todavía salía caro.

Trabajé en una fábrica de pan, en una de mayonesa, en otra de piezas de

ordenador, limpiando hoteles, fregando platos... Cuando venía aquí a lo

mejor tenía algún trabajo esporádico. Uno de ellos fue de esos de

encuestas por teléfono. Como te pagaban a la semana y era por campañas,

me venía muy bien, porque a lo mejor aquí me pasaba un periodo de un

mes, mes y medio, y entonces trabajaba una semana y luego con lo que

tenía ahorrado y las reapropiaciones... La flexibilidad es un poco como

una arma de doble filo, porque no te das cuenta, como te permite ir

tirando, tampoco te preocupas mucho; pero luego ves cómo van pasando los

años y no tienes nada, ni derechos acumulados por contrato (paro,

seguridad social∑), ni ahorros. Lo de los ahorros antes no me parecía

algo necesario, pero ahora sí, porque hay millones de cosas que te

pueden pasar∑ y los años pesan.

 

Más tarde, estuve también en Washington DC. Me fui porque me enamoré y

también porque tenía muchas ganas pisar los estates: yo he sido gran

devoradora de televisión en mis años mozos y me fascina la cultura yanki

y todo lo que la rodea∑ Fui con el refuerzo de contar con una casa (la

de mi novia, profesora de intercambio) y luego como que allí es fácil

encontrar trabajo en negro. Aunque es un trabajo mal pagado en relación

con el nivel de vida. En Washington DC estuve seis meses. Trabajé

paseando perros y dando clases de castellano a dos madres de un colegio

bilingüe (el de mi novia). Ellas no hablaban castellano y querían

aprender para ayudar a sus hijas en las tareas. Era un trabajo muy

gratificante, porque además a las dos se les daban bien los idiomas, la

una sabía ya francés y la otra japonés. Para mí fue la primera vez que,

trabajando, aparte de emplear mi tiempo para transformarlo en dinero, o

sea, aparte de la recompensa económica, recibía algo grato: ver cómo

evolucionaban e iban aprendiendo castellano y cómo eso a la vez era algo

que les servían para ayudar a hacer las tareas a sus hijas. Llevo nueve

años trabajando y pocas veces he sentido esa satisfacción. Además,

estaba muy bien pagado (15 dólares la hora). Yo creo que una de las

cosas del mundo de locura que vivimos es que el trabajo, algo a lo que

dedicas digamos una media de seis a ocho horas al día, pocas veces

repercute en algo más que en el mero movimiento de moneda. Cuando eres

pequeña tienes unas expectativas y luego te vas dando cuenta que esas

expectativas son totalmente irreales.

 

En Washington es la única vez que he trabajado sin papeles: es decir,

que cruzar el Atlántico me transformaba en una indocumentada, mi cuerpo

se hacía ilegal. Viajar a Estados Unidos en calidad de europea te

permite vivir por un periodo menor a tres meses sin trabajar. Si ya

quieres alguna de las otras dos cosas (vivir más tiempo o trabajar)

tienes que iniciar un pedregoso camino burocrático que a mí me

denegaron. Cuando paseaba a los chuchos, me imaginaba a veces que si a

un policía le daba por pedirme los papeles por la gracia (cosa extraña,

gracias a mi piel blanca y mi gorra estilo neoyorkino), podía acabar con

una multa de dos mil dólares y una patada en el culo camino a Europa.

Hay quienes lo tienen peor y esa vuelta a "casa" les supone la muerte.

 

La verdad es que he tenido mucha suerte de poder viajar, porque eso me

ha dado acceso a distintos puntos de vista. Aunque he estado en

situaciones constantes de precariedad, como no tenía grandes gastos,

pues lo que ganaba me daba para viajar. Pero si tienes que mantener una

casa, una familia o tienes que gastar el dinero que ganas en tu

cotidiano, se te cierran las posibilidades y cada vez te vas encajonando

más.

 

P- ¿Qué tipo de gente encontrabas en estos trabajos temporales y

precarios que hacías?

 

R- Pues, en el primer trabajo que hice en la costa, todo era gente

joven, hombres y mujeres, aunque más mayores que yo. Había quien había

terminado de estudiar y no encontraba trabajo, luego había∑ bueno, había

un chico que era el típico, había estado trabajando y ahorrando siempre

y ahora buscaba un trabajo que de verdad le aportara dinero: entonces,

intentaba ascender, convertirse en jefe de equipo. ¡Lo que son los

trabajos piramidales! Por cierto, consiguió ser jefe de equipo.

 

En los primeros trabajos que tuve en Madrid, en Telepizza y Pizza Hut,

pues en la parte de cocina predominaban las mujeres y los hombres

estaban más dedicados al reparto. Eran sobre todo estudiantes, que

trabajaban los fines de semana para pagarse sus cosas. No recuerdo a

gente que tuviera agobio por pagar el alquiler u otras cosas de

supervivencia. El sueldo era de unas 500 pesetas la hora.

 

En Holanda, sentí lo que es ser migrante, lo que es llegar a un país en

el que, por el simple hecho de no hablar la lengua, te tratan como si

fueras estúpida y en el que te tocan los trabajos que nadie quiere hacer

(esto me volvió a pasar en Washington): los trabajos de fábrica, de

limpieza de hoteles y casas, la cocina y los platos en bares y

restaurantes∑ Ahí la gente con la que me encontré sí que era más mayor.

Me sorprendía realmente, porque yo me sentía un poco cría, tenía unos 19

o 20 años, pero la gente que trabajaba conmigo estaba a la cabeza de

familias. Era gente mayor y muy cascada, y era duro ver cómo les

trataban. El ambiente, cuando trabajaba limpiando hoteles, era

mayoritariamente femenino; en las fábricas, en cambio, estaba más

mezclado.

 

En el resto de trabajos que he tenido, siempre he estado con lo que

calificaría como «gente joven», aunque en esta última etapa, por ejemplo

en el telemarketing, sí que me he visto en la tesitura de tener al lado

a una señora mayor, a la que le ves que le cuesta muchísimo incorporarse

al ritmo con el que te incorporas tú, que en el día a día coges lo que

es el trabajo, mientras gente con 40 o 50 años que no ha tenido

relación, por ejemplo, con ordenadores, se ve más apurada.

 

P- Antes decías que en Lavapiés construyes una base de vida colectiva,

¿qué ocurre con esa base? ¿Cuentas con algún tipo de colchón frente a

los imprevistos: la enfermedad, los periodos sin trabajo, etc?

 

R- Bueno, recién llegada a Madrid no tenía colchón alguno. Entonces,

recurría a centros públicos, bueno, caritativos, que te daban comida.

Iba a una iglesia que está cerca de los cines Ideal: te daban un

desayuno a las 11h que te servía de sustento. Era un desayuno potente.

Cuando yo iba, hace ahora cosa de siete años, era todo gente de la

calle, la mayoría gente muy desgastada y que vivía en la calle o dormía

en otros centros y había mucho alboroto. Era un sitio bastante vivo. Se

rumoreaba que echaban tranquilizantes en la leche, para que disminuyesen

los percances de las calles. Luego iba también a una iglesia que hay en

San Cayetano, donde repartían paquetes de la Cruz Roja. Pero tenías que

contar tu historia y presionar mucho para que te concedieran un pack, un

cupo de comida, o sea, una caja con natillas, arroz, galletas y ese tipo

de cosas muy básicas. Me acuerdo de una vez en la que había una mujer

gitana que estaba antes que yo. A ella le negaron el paquete, le decían

que no quedaba nada y luego me tocó a mí, les conté mi película, me

hicieron unas preguntas y al final me dieron el paquete. Cuento esto

porque creo que en este tipo de sitios hay bastante racismo.

 

También, para buscar trabajo, iba a una iglesia evangélica, donde te

dejaban el Segundamano, desayunar y hacer tres llamadas. Allí había

gente mayor que era como habitual del lugar, que ya conocía bien a la

mujer encargada. Yo creo que iban como quien va al médico, como una

forma de tener unas relaciones sociales que les son difíciles de

encontrar. Todo esto eran iglesias. También había sitios donde coger

ropa y mantas y cosas así, usadas la mayoría. En realidad, existe todo

un circuito para la gente sin recursos, que es bastante triste y además

te genera bastante impotencia. Yo viví un tiempo corto gracias a este

circuito, mientras al mismo tiempo me construía esa base de la que te

hablaba, en Lavapiés. Las medidas asistencialistas institucionales no

son ni siquiera un parche para solventar las situaciones precarias a las

que mucha, mucha gente se ve abocada: falta de vivienda, de recursos, de

sanidad...

 

Para mí, la red que logré construir en los espacios okupados de Lavapiés

fue la posibilidad de gestionar mi vida no sólo desde la necesidad sino

también desde el deseo. Con el paso del tiempo, no sé si por la edad o

por las circunstancias, ese colchón se ha ido desmembrando, muchas de

las apuestas políticas se han retorcido y caído, aunque de ahí han

surgido también las ideas que ahora respiran.

 

 

En estos momentos veo como mi círculo, lo que ha sido mi círculo estos

años, se va difuminando de alguna forma y ya todo el mundo está pensando

más en buscar algún tipo de estabilidad. Pero el problema de la

estabilidad es que requiere una casa con alquiler y, tal como está la

situación urbanística, eso significa una casa con pocas habitaciones, lo

cual impide convivir con mucha gente distinta, como sucede en los

edificios okupados.

 

Yo misma ahora me veo también en la tesitura de necesitar un trabajo que

me permita ahorrar y pensar en alquilar, pero ese paso va a ser muy

duro, porque si ya ganas poco, encima tener que dedicar un porcentaje

muy alto del sueldo al alquiler∑ es casi impensable. Pero ya te digo que

este cambio no es sólo mío, sino que es más de conjunto. Mi sensación es

que la parte del movimiento de okupación en la que yo me movía se ha ido

como desvaneciendo, por un cúmulo de cosas.

 

P- Te has cambiado mil veces de trabajo y has buscado trabajo otras

tantas veces ¿cómo eran esas búsquedas de trabajo?

 

R- De los curros te enteras por contactos, amigos, el periódico, sobre

todo el Segundamano. Luego, yo creo que cuando tienes entre 18 y 22 años

echas solicitudes en sitios como Telepizza o Pizza Hut y te suelen coger

muy rápido. Ahora, con 26, he vuelto a echar una solicitud en un

Telepizza (casi por interés sociológico, a ver qué ocurría) y,

efectivamente, no me han llamado. Los procesos que cada vez me

sorprenden más son las entrevistas de trabajo. Ahí noto una evolución,

con el paso de los años: de las típicas entrevistas en las que te hacían

preguntas básicas de tu curriculum y experiencia, a las entrevistas de

trabajo actuales, llevadas a cabo por el departamento de recursos

humanos, que en la mayoría de los casos son entrevistas masivas, en las

que te hacen test psicotécnicos o psicológicos.

 

Los procesos de buscar trabajo son duros. Son procesos igual de dos

semanas o mucho más, yo creo que entre dos semanas y tres meses, puede

variar, pero todo ese tiempo tienes que estar a disposición de quien

oferta el trabajo, que si «ven ahora», que si «ahora no», que si «ven la

semana que viene, a tal hora», y luego perder allí dos o tres horas y

estar a expensas de que te llamen, porque no sabes si te han cogido

hasta que te llaman. Es algo muy deshumanizado. No sólo la entrevista,

claro, también el trabajo posterior. Yo creo que, aparte de la

precariedad, otra característica de los trabajos ahora es la

deshumanización. Tengo un montón de anécdotas al respecto.

 

Una vez, una colega y yo fuimos a una de esas entrevistas. Nos

planteaban un juego de roll: un atentado terrorista. Te dividen en dos

grupos: el primero tiene que defender que se condene a los terroristas a

pena de muerte y el segundo tiene que defender que se les absuelva. Y

luego a la inversa: si acababas de defender la pena de muerte,  a

continuación tenías que ser ferviente abolicionista. Con eso veían tu

capacidad de defender lo que te digan con convicción: da igual que estés

diciendo todo lo contrario de lo que piensas, pero tienes que saber

desenvolverte con los objetivos de la empresa. De esta empresa

concretamente, eran clientes muchas empresas, desde Amena, creo, a

alguna de estas instituciones públicas que subcontratan el servicio de

atención a mujeres maltratadas. Hace poco estuve de nuevo en otra

entrevista de esta misma empresa, en la misma terracita, con otro grupo

de gente. El juego de roll se había suavizado: ahora se debatía entre

transporte público y transporte privado. 

 

Después de los trabajos iniciales de limpieza, camarera o Telepizza y

demás trabajo de hostelería en cadena, sí que empecé a especializarme en

el telemarketing o en las encuestas telefónicas. En los trabajos de

telemarketing tienes cierta flexibilidad, muchas empresas en las que

trabajar, campañas cortas y, por supuesto, toda la inestabilidad del

mundo. Algo característico  de estos trabajos es que te hacen poner una

parte de ti que no es mecánica: todo lo que es tu psicología, tus

afectos, tu forma de relacionarte, de comunicarte -todo eso tienes que

ponerlo en práctica. Y eso a mí me permitía salirme de los trabajos

mecánicos de ser una pieza dentro de una cadena, o sea, que para mí es

bueno, porque me hace desarrollar esas capacidades. Vamos, que voy a

trabajar y no tengo que hacer todo el rato lo mismo. Y a la vez es

cierto que estás en una posición muy dura, que estás mintiendo, que

sueles engañar a la gente∑ Pero, visto el panorama laboral, pudiendo

elegir, elijo algo en lo que mi mente tenga que generar algún tipo de

información, manipularla, deformarla∑ En estos trabajos siempre te lo

tomas como un rol, como que tú estas ahí trabajando que eres un

personaje: eres la supermaja-buen rollo o eres la borde que te cagas, y

vas jugando un poco con eso.

 

P- ¿Y qué crees que saca de ti la empresa en este tipo de trabajos?

 

R- Yo creo que todo, que lo que busca es principalmente que tengas esa

capacidad de dar de ti mucho más de lo que te podrían pedir por escrito:

saber aguantar cuando te gritan, saber dar una buena imagen de la

empresa∑ normalmente, en la mayoría de los sitios, tienen un curso de

formación, donde más que formarte en cuanto al producto o en cuanto al

trabajo que tienes que realizar, te enseñan a valorar a la empresa y te

dicen cómo hacer para que la empresa nunca salga perdiendo. Me acuerdo

de un trabajo que tuve de televenta de productos de limpieza. Consistía

en vender productos de tipo industrial, pero tú llamabas, por ejemplo, a

una señora de una tienda y le contabas una mentira como, por ejemplo,

que tu empresa acaba de pasar el no-sé-qué de calidad y que estabas

llamando a todos los clientes (ella jamás ha sido clienta) para dar las

gracias por su confianza y que le ibas a enviar un regalo, y que ya de

paso ibas a actualizar su ficha comercial y de ahí, le colabas el

producto. Eso era lo que te enseñaban en el curso de formación: salías

con la capacidad de hacerle el lío a la gente. Y eso se hace duro, tener

que estar ahí, con la señora, sabiendo que le estás vendiendo cualquier

chorrada y que la pobre te lo compra por las frases que le dices, que

las tienes escritas y están muy pensadas.

 

Yo creo que la empresa es muy avispada y hace un filtro con las

entrevistas de trabajo, con el tiempo que te tiene en espera y con los

cursos de formación, un filtro de aguante, de paciencia -porque

cualquier persona que tenga dignidad no aguanta un curso de formación no

pagado de cinco días tras el cual te pueden denegar el trabajo. También

los días de trabajo de prueba son una forma de filtraje: te ponen al

límite en cuanto a competitividad, creando unas dinámicas de grupo

bastante deplorables. Por ejemplo, en este trabajo de televenta de

productos de limpieza, hasta que no vendías tres tandas de productos, no

podías fumar un cigarro y luego, por las mañanas, a las que habían

vendido a las 11h les daban un bollo. Y, claro, si tú no habías vendido,

te veías a la gente comiéndose un croissant y tú pensando «¡joder! hoy

no he vendido nada».

 

Eso también pasaba en el Telepizza. Una época yo cogía los pedidos, en

teoría no hay nada de televenta, tú sólo escuchas y apuntas el pedido.

Pero si te piden una pizza pequeña, tienes que convencerle que mejor una

mediana. Entonces, a la que más vendía le regalaban un viaje. Con ese

tipo de cosas te meten en una dinámica a la que, por mucho que tú tengas

tus ideas y tu cabeza en su sitio, al final no te puedes resistir: caes

en esa dinámica y en esa competitividad y la que vende mucho es la que

te cae mal.

 

En el trabajo de televenta de productos de limpieza hacían también otra

cosa muy curiosa, que era ponerte por equipos, mezclando nuevas y

antiguas, y hacer como un parchís. Ibas avanzando según vendías y quien

llegaba al centro, ganaba una suma de 90 euros. Esto generaba grandes

tensiones entre las vendedoras saladas y las vendedoras amargas. Una

amiga y yo, como estudio, empezamos a hacer entrevistas grabadas en

vídeo sobre ese curro y sobre este tipo de dinámicas∑

 

La verdad es que me imagino mi futuro laboral y es triste. Lo que a mí

me gusta, que es el vídeo, es un panorama  laboral difícil. Es un mundo

bastante cerrado y se tienen que confabular toda una serie de cosas para

que te surja un trabajo. Con esto del vídeo empecé en el Labo. Una de

las veces que yo estaba en Holanda, un grupo de gente amiga del

Laboratorio II empezó a hacer cosas con vídeo, en principio entrevistas

y un documental sobre El Ejido. Al volver a Madrid, me metí en el grupo.

A mí siempre me habían gustado los rollos de música y de imagen. Era

como una inquietud y, luego, cuando me metí más en serio, me gustó

mucho. Y fui aprendiendo. Lo del grupo fue posible gracias a que

colectivizamos recursos, a que creamos una infraestructura en común,

porque aparte todo el mundo estábamos trabajando en otras cosas. Es una

vocación que ha durado y que ha evolucionado también.

 

Pero la realidad laboral en la que me veo en estos momentos es la de

vestirme bien para ir a una entrevista y tragarme uno de esos trabajo de

telealgo (de hecho, ahora mismo estoy buscando trabajo). Eso es lo que

me espera en un futuro reciente, ya lo tengo asumido. Eso sí, intentando

desarrollar a la vez lo del vídeo, o sea que en un futuro sí que no

quiero seguir así.

 

P- ¿Has vivido alguna vez un conflicto en el puesto de trabajo?

 

R- No me han solido echar de trabajos, pero sí me he ido muchas veces.

El primer curro del que me fui fue del de Telepizza, porque me

detuvieron durante una manifestación: no pude ir durante dos días y

entonces ya no me renovaron el contrato. Luego, en el curro de televenta

de productos de limpieza, estaba muy quemada y seguía yendo sólo porque

tenía un sueldo fijo y aunque no hiciera nada me pagaban. Había tomado

la decisión de estar allí sin esforzarme mucho y cobrar el sueldo que no

era alto, pero era mejor que nada. Sin embargo, al poco tiempo me saturé

de las tensiones y, un buen día, por una cosa tonta, cogí y me fui.

 

Y, bueno, respecto a los conflictos∑ yo creo que no puedes hacer gran

cosa, porque, ya en el momento en que empiezas a trabajar, asumes una

serie de cosas∑ Los conflictos los llevas sobre todo fuera, cuando

llegas a tu casa, sales con la gente∑ Muchas veces toda esa energía

super negativa la quemas, yo que sé, en el metro incluso. Mi recuerdo de

ir a trabajar es ir en el metro, con toda la gente, cuando entras a

horas punta, y estar de muy mal humor. Si intentas organizar un

conflicto, te eliminan, te barren. Por eso me ha sorprendido mucho la

experiencia de Qualytel : por mi experiencia en el telemarketing me

parece increíble que se haya podido generar un marco que permita pedir

unos mínimos. Me sorprende y me alegra. Mi experiencia ha sido que te

quejas y «no te preocupes que hay veinte personas esperando a ocupar tu

trabajo».

 

Lo que producen estos contratos basura es que puedas estar rodando de

trabajo en trabajo, trabajos que además no tienen por qué tener ningún

tipo de relación entre sí y en los que tú misma te ves sacando cosas de

ti que jamás pensarías que tienes. Yo he estado desde haciendo un

casting en el que tenía que cantar hasta yendo por las calles disfrazada

de torera, cantando también, para hacer publicidad de un bar (por cierto

que yo canto fatal); he llegado incluso a bailar en una carroza el día

del orgullo gay (contratada) y a hacer de babysitter. Nunca me hubiera

imaginado cuidando a un monstruo de tres años que te tira del pelo y

llora histérico. Ése es uno de esos trabajos en los que el afecto se

delimita mucho, como lo que hablábamos con el telemarketing, que te

hacen poner en practica o en funcionamiento cualidades del afecto y la

comunicación, pero a la vez te las delimitan, con lo cual es muy

curioso, porque cuando cuidas a un niño ¿hasta qué punto puedes estar

diciéndole cosas que tú le dirías a cualquier niño? Porque es un trabajo

y tienes que delimitar lo que dices, lo que piensas y cómo lo haces∑

 

P- Nos has hablado mucho de precariedad ¿cómo la definirías?

 

R- Es un estado al que estás abocada por todo lo que hay alrededor. Es

lo que más te acerca al miedo, a la soledad. Es un estado en el que

vivimos y con el que tenemos un tira y afloja constante, en el que, si

pierdes un poco, te puedes ver en la nada. Por eso te digo que es muy

importante enmarcar esa precariedad en todo un proceso de vida, que

tiene que ir paralelo. Desde mi punto de vista, yo tengo mucha suerte de

poder tener unos apoyos que me ayudan a no hundirme en esa precariedad

así, a pelo. La precariedad es como un abismo mecánico, un vivir día a

día que no te permite llevar a cabo muchas cosas que te salen dentro,

muchas inquietudes. La precariedad te restringe mucho y te asfixia un

poco.

 

P- ¿Cuál es tu huelga?

 

R- Mi huelga es abajo el trabajo, ja, ja∑ Tal como lo vivo ahora es, en

ese tira y afloja, ir creando en los momentos de afloja algo que te haga

no depender de los flujos normales.

 

La verdad es que lo de la huelga para mí siempre ha sido una de esas

cosas que se leen, pero fuera de mis posibilidades. Ahora, no sé, con

estos nuevos contactos y también con los procesos que se han vivido

últimamente, como lo de Sintel, empiezo a verlo de manera diferente.

 

La huelga de hoy quizá pasaría por organizarse desde la precariedad,

pero el peligro que tiene la precariedad es que no te permite

organizarte, que te corta muchos lazos, que te individualiza tanto que

no ves que tu situación sea colectiva y que se podría sacar a la luz.

Quizá mi huelga pasaría por intentar colectivizar la precariedad, para

que eso sea la base de algo, no sabría muy bien el qué, porque a lo que

te enfrentas es algo muy grande...

 

P- ¿Y tu guerra? ¿Cuál es tu guerra?

 

R- Romper la lógica del mercado y todas esas habilidades que canalizan

las cualidades de la gente en una productividad mercantil, aprender a

canalizarlas para imaginar otra forma de producción.

 

O, si no, conseguir almohadillas individuales.

 

 

Madrid, julio 2003.

 

Pagina de Precarias a la Deriva

Pagina de la Eskalera Karakola