AL FILO DE LO
IMPOSIBLE:
CHARLA CON UNA
CHAINWORKER NÓMADA.
Nuestra entrevistada es una vieja
compañera de batallas y algarabías
varias. Nacida en
la costa, pero nómada y superviviente nata.
Chainworker
deambulante: de provincia en provincia, de encuesta en
encuesta, de
cadena en cadena. Ésta es la primera vez que charlamos
juntas con
grabadora de por medio
P-
Descríbeme el pueblo del que vienes
R- Es un pueblo
en expansión por su cercanía a una capital, de
aproximadamente
2.000 habitantes. La mayoría de la gente subsistía a
través de
la huerta y el transporte de fruta y verdura, y toda la gente
más o
menos seguía la misma trayectoria. Ahora la gente de las nuevas
generaciones
estaba estudiando formación profesional, pero aún así la
trayectoria
estaba muy marcada, sobre todo siendo chica: podías
estudiar, pero se
esperaba que te casaras y bueno, aunque no vivieras en
el pueblo,
sí se esperaba que te quedaras en un pueblo de la zona
(porque era un
lugar donde la gente, sobre todo las mujeres, se solían
casar con hombres
de pueblos vecinos). Era como un cerco, un círculo. La
mayoría de
los hombres seguían también la trayectoria de campo y
transporte y
luego había mucha FP, mucho mecánico, y, no sé,
también
tiendas. No se
puede decir que hubiera una posibilidad de proyección muy
variada. Toda la
gente que yo conocía, la gran mayoría, pero sobre todo
los chicos,
dejaban de estudiar pronto y se ponían a trabajar, muchos en
el negocio de sus
padres. Un poco la gente que más desmarcada puede
estar ahora de
ese destino preestablecido es la gente que ha elegido,
bajo cualquier
excusa, viajar. Yo allí me sentía como atrapada,
asfixiada.
Mi madre y mi
padre habían seguido una trayectoria «ascendente» desde el
campo a una
tienda de ultramarinos y luego a un pequeño bar restaurante
que era lo que
actualmente les estaba aportando beneficios: este camino
había sido
puro sudor, trabajo, trabajo y trabajo. Trabajo. Una media,
quizás
tirando por lo alto, de unas 12-14 horas diarias. Mi madre tuvo
esa jornada desde
que era pequeña, desde los trece o así. Ella nunca
había
salido de su aldea, solo merodeaba por el pueblo que estaba justo
en las afueras y
allí conoció a mi padre, su primer y único novio. Ese
pueblo
sería cuna de mi nacimiento y empuje violento de mi salida a
otros mundos. Mis
padres se casaron muy jóvenes, a los 19 años, sin
ningún
recurso. Vivieron en una casa que les prestaron y no tenían nada.
Todo lo que
recuerdo de mis padres es trabajo. No tengo ningún tipo de
recuerdo que no
sea el de ellos trabajando. Y no tuve ningún tipo de
relación
familiar, aunque por el contrario sí mucho cariño y afecto
indirecto. Iba a
la playa con los padres de otras amigas y por ejemplo
mi madre
sólo llegó a ir una vez a verme jugar al balonmano, que era mi
gran
pasión. Sin embargo, nunca me faltó de nada y tenía una
sensación
de seguridad que
me envolvía en mil capas∑ El único tiempo que
pasábamos
en común
eran las vacaciones: 15 días de agosto, normalmente mi padre
cogía el
coche y subíamos hacia Francia por el Valle de Arán. Todo eso
era tan
bonito∑ y ésa era la única relación familiar que
existía. El
resto lo recuerdo
con mi madre, cansada, que a veces veía la tele y yo
probaba a
interaccionar, con esas cosas de «he aprendido como se dice
rojo en
inglés». Pero no era que no me quisieran, porque todo su
esfuerzo era
exclusivamente para mí: me daban lo mejor. Preescolar y EGB
los hice en un
colegio en otro pueblo cercano, un colegio concertado, y
luego BUP y COU
en el CEU San Pablo. Aunque ellos lo de los estudios lo
veían como
aquello de «el saber no ocupa lugar»: luego esperaban que me
casase, tuviese
una familia y llevara bien la casa. En ese aspecto, mis
padres son muy
chapados a la antigua. También querían que estudiase para
que tuviese
herramientas y me insistían mucho en que «el futuro está
muy
mal»
(¡cuánta razón tenían...!) y que había que
tener una buena
estructura, que
en este caso era la familia, tener un trabajo y no hacer
daño a
nadie. Creo que a pesar de no coincidir en prácticamente ninguno
de sus
planteamientos, un buen adjetivo que definiría a mis padres es la
bondad, el buen
corazón adaptado a un entorno corrosivo.
A los 13
años tuve la primera crisis que recuerdo, de esas de llorar y
no poder explicar
el porqué. Le dije a mi madre que no veía el sentido
de la vida y me
dijo «el sentido es trabajar y trabajar». Eso me dejó
marcada. Claro
que este episodio tuvo lugar en un escenario de cama rosa
y cortinas rosas
de flores allá donde miraras...
P-
¿Cuándo empezaste a pensar en salir de tu pueblo?
R- Cuando
cumplí los 16 años, tuve mi primer contacto con otra realidad
más
allá del pueblo. Fue de forma muy curiosa: a través de Radio
Klara
(una radio libre
de Valencia). Una amiga del CEU me dijo que había una
emisora pirata en
la que decían muchas palabrotas. Vamos, que fue muy al
azar.
Empecé a escuchar Radio Klara y me abrió todo un mundo:
liberación
animal,
okupación∑ Yo había vivido en mi casa, viendo la tele,
leyendo
la Muy
Interesante y novelas de Julio Verne que nunca me acababa pero
que estaban muy
bien encuadernadas. Y al escuchar los programas de radio
se me
abrió un mundo nuevo. De ahí empezó un distanciamiento con
mis
padres.
Sentía un abismo que era imposible deshacer, por cómo veía
a mis
padres,
cómo pensaban y también por una imposibilidad mía de
comunicarme, eso
lo veo ahora con el tiempo. Luego a los 17, 18 años,
empecé a
encerrarme cada vez más de cara a mis padres y empecé a ir a un
centro social
okupado en Valencia, El Kasal. No iba mucho, y cuando lo
hacia era mera
usuaria, pero el contacto con otra gente y otros
ambientes me fue
llenando de gasolina los motores de arranque.
Ese
distanciamiento y esa incomunicación hizo que rompiera muy
radicalmente:
cuando cumplí los 18 años, me fui. Antes, con 17 años, me
quedaron dos
asignaturas pendientes de COU y las hice a través del INBAD
y a la vez
busqué trabajo y encontré uno en la capital. Era un trabajo
de encuestas en
el que duré 11 meses: el típico trabajo que luego he
hecho muchas
veces, que dije que nunca volvería a hacer. Trabajaba de 9
a 17h y cobraba
un sueldo de 2.000 pesetas al día, que no es nada. Luego
estaba lo
típico de los pluses si llegas a tantas encuestas, o sea que
al final siempre
subía, pero el sueldo base eran 2.000 e incluso había
días que
si no llegabas al mínimo -14 encuestas- no te pagaban nada, con
lo cual
perdías el dinero invertido en transporte y la comida ese día.
Lo positivo de
este primer trabajo, una vía para entrar en el mundo
laboral, fue que
era la única posibilidad, contando con mi nivel de
madurez de aquel
entonces, de empezar a construir una autonomía frente a
la red familiar,
con gente más mayor que yo, con otras experiencias, con
sueños
propios... Fue un enganche: al principio empiezas por el dinero,
luego ves que ese
dinero no vale la pena, pero sigues, porque te has
creado un
círculo de amistades con el que compartir tus miserias. El
salario que
ganaba iba íntegro a mi casa y si yo necesitaba algo, lo
pedía y me
lo compraban, a ese nivel nunca he tenido problemas. Pero
muchas veces mi
madre me preguntaba «¿qué tipo de trabajo es ése que
trabajando un
mes, ganas esto?», porque, claro, yo de mi casa salía a
las 8 y llegaba a
las 18h y el sueldo era mínimo. De los 11 meses que
trabajé,
pasé uno en Murcia y otro en Palma, que fue cuando gané
más,
porque te pagaban
dietas y alojamiento. En uno de esos viajes y en uno
de esos
desafortunados y pactados deslices heterosexuales, perdí mi
virginidad.
Ese trabajo me
dio muchas dotes para relacionarme, porque era un trabajo
a puerta
fría: tienes que ir llamando casa por casa, haciendo lo que en
principio era una
encuesta de estudio, que en realidad era una
estrategia de
venta de una empresa de informática, que buscaba perfiles
de gente a la que
le pudiera colar un curso de informática muy caro, que
debía ser
bastante pésimo. Y el curro era ameno y cansado, aprendías a
engañar, a
ser amable, a falsificar firmas y fechas de nacimiento, a
rentabilizar el
tiempo llamando al telefonillo del cuarto piso porque si
no estaban te
ahorrabas subir.
También
supuso para mí un contacto con el exterior del pueblo, que me
llenó de
fuerza para salir de allí. Cuando estás en un pueblo, la
comunicación
no pasa de lo cotidiano, de lo local, te sientes como
aislada, y una
vez que sales, ya es muy difícil volver. Así que, como
decía,
cuando cumplí los 18, decidí irme. Las cosas en casa se
habían
saturado, mi
distanciamiento se había hecho abismal, mi ropa y mis
pensamientos
empezaban a delatarme y mi madre me exigió que no viera a
cierta gente, que
no me vistiera de cierta forma y que fuera una chica
normal. Me fui
tres veces en total y a la tercera ya no volví. Las dos
primeras veces
volví porque mi madre me dijo que mi padre estaba enfermo
y también
que las cosas iban a cambiar, que yo podía seguir pensando
como quisiera.
Porque a mi madre, como había vivido todo el franquismo,
le asustaba mucho
cómo pensaba yo, es decir, le asustaba el mero hecho
de que
cuestionase y replantease formas de vida preestablecidas. Tampoco
es que yo tuviera
gran fuerza o capacidad política, pero a mi madre lo
que le
decía le sonaba a revolucionario y sectario. Y planeaba enviarme
a un colegio
interna que me alejara de esos contactos que a ella le
parecían
peligrosos. No sólo era el franquismo, también sus propias
experiencias y
trayectoria personal hacían que se cerrase por completo a
lo desconocido,
lo desconocido le desataba todo tipo de paranoias. Sus
miedos se
convirtieron en terror, su bondad en tiranía para preservar mi
futuro dentro de
sus necesidades. «Estás en mi casa y tienes que
vestirte como yo
te digo, ir con la gente que digo y plantearte el
futuro como yo te
digo. Y si no quieres eso, te vas».
P-
¿Cómo llegas a Madrid?
R- Tomé la
decisión de ir a Madrid de un día para otro. Las otras dos
veces que
había salido con intención de no volver las recuerdo poco,
porque fueron
breves, pero sobre todo recuerdo el choque, el
enfrentamiento
entre lo que ocurre en la realidad y lo que tienes metido
a presión
en la cabeza: el miedo es una buena frontera. Mis dos retornos
tras las dos
primeras huidas fallidas tuvieron que ver, creo, con ese
miedo mezclado
con el chantaje emocional que me hizo mi madre. En
cambio, la
tercera vez tuve la suerte de encontrarme con gente que me
dio confianza y
también una base para empezar una vida nueva que se
adecuaba
más a lo que yo tenía en la cabeza, que era por aquel entonces
un tanto idealista,
muy idealista: me imaginaba algo así como salvar el
mundo.
El caso es que
cuando salí para Madrid, iba con lo puesto, en un estado
de ansiedad
bastante alto, sin apenas dinero. Yo había conocido a un
chico de Madrid,
novio de una amiga mía, que me había dicho que tenía un
tío que
tenía un hotel en el que me podían dar curro. Lo primero que
hice cuando
llegué aquí fue llamarle, pero nunca logré contactar con
él.
Tenía
además un contacto de una casa okupada, en el barrio de Vallecas.
Fui allí,
pero, aunque me dejaron quedarme, mi llegada no fue muy bien
recibida. Lo
típico: era una chica de 18 que se acababa de ir de su casa
y a todo el mundo
le parecía un marrón tenerme allí.
Inmediatamente lo
que hice fue buscar trabajo. Mi primer trabajo
consistía
en vender unos pasatiempos que, en teoría, eran para ayudar a
gente
discapacitada, pero que eran un engaño total. Porque el crucigrama
creo que costaba
500 pesetas, de ahí yo me llevaba 250, mi jefe de
equipo se llevaba
algo y luego había otra persona encima que se llevaba
algo. Con lo
cual, echabas las cuentas y veías que la gente
discapacitada no
debía oler ni un duro. Pero lo bueno de este trabajo es
que te pagaban al
día, lo cual para mí fue un salvavidas. Fue un mes
bastante
terrible, pero tuve mucha suerte: llegué a Lavapiés y fui
conociendo a
gente, gente maravillosa, que me dio la confianza para
creer en mi y
tejí una red que me ayudó mucho a desenvolverme y
quererme. Yo creo
que si no, hubiera acabado volviendo a casa o
cortándome
las venas.
La casa okupada a
la que llegué y en la que viví algún tiempo no era muy
agradable: el
ambiente era algo decadente, al menos en el piso de la
amiga de mi
amigo. Creo que arriba la gente tenia otro rollo. Dejé
pronto de ser
vegeta radical para poder robar en el súper latas de atún,
que venían
muy bien para una alimentación con un uso limitado de cocina.
En aquel
entonces, el gas, teniendo en cuenta el estado de mi economía,
me parecía
un lujo. Vivía (y lo sigo haciendo) muy al día. En el curro
éste de
las estampitas solidarias no recuerdo bien cuánto sacaba, pero
rondaría
las dos mil o dos mil quinientas al día.
Pronto me
trasladé a Lavapiés, alguien a quien no conocía mucho me
dejó
su casa durante
un par de meses para que, de paso, le cuidara a sus dos
gatas.
Encontré también un curro en Telepizza: me gustaba (y me sigue
gustando) la
gorrita roja, aunque nunca he llegado a encontrar una de mi
talla. Lo que
más recuerdo de ese curro es que estaba en una zona pija,
por el Bernabeu,
y que cuando me tocaba cierre de tienda tenía que
volver andando
porque no había metro y era todo un paseito. Estuve
currando en el
Telepizza cuatro meses y en ese tiempo viví alquilando,
compartiendo con
otras cuatro personas que conocí en el Frauen, un
bar/asociación
de Lavapiés. También en el Frauen descubrí de la
existencia de la
Karakola, una centro social okupado por y para mujeres,
en el que me
encontré con mujeres que me marcaron mucho. Mi primer
contacto con
bolleras tumbó de K.O. mi heteronormatividad.
Al poco,
okupé con alguna gente un piso en Lavapiés 19, una casa que
estaban
desahuciando. A la dueña del piso que okupamos ya le habían dado
otra casa, pero
aún así nos puso denuncia. Y luego me metí en el proceso
del Laboratorio I, un centro social que se
okupó en Lavapiés en abril
de 1997. El Labo
también me marcó mucho, la gente con la que viví se
convirtió
en una especie de familia y descubrí los procesos colectivos,
su fuerza y su
flaqueza.
La experiencia
Labo fue muy absorbente, me alejé de la Karakola y sus
proyectos y me
quedé en aquella miniciudad-centro social, en la que
funcionaba
(más o menos), para alguna gente, la autogestión. Teníamos
una cooperativa
de comedor popular y también en los conciertos vendíamos
bocatas y cosas
del estilo. Esto alternado con trabajos esporádicos te
permitía
vivir. Creo, echando una mirada atrás, que mi relación con el
mundo laboral se
tensa y destensa en relación con mis deseos y
esperanzas de
convivir en colectivo.
Vivir en
colectivo, crear en colectivo, transformar en colectivo, te
pone frente al
trabajo como mero instrumento de intercambio. Sin
embargo, cuando
necesitas una estabilidad, una seguridad que dependa
sólo de
ti, el dinero se convierte en un arma, te ayuda a acumular
bienes que te
protejan del futuro incierto.
Bueno, quizás
existe algo intermedio, que es lo que ando buscando yo, ya
no quiero vivir
más al día y si para ello he de trabajar asalariadamente
más, estoy
dispuesta a hacerlo, aunque eso tristemente disminuya mi
trabajo no
asalariado, ése con el que he crecido tanto, desde arreglar
tejados a editar
películas.
P- Poco
más tarde empiezas a salir fuera de España a trabajar por
temporadas.
¿Cómo fue aquello?
R- Sí.
Después de un año más o menos viviendo nómada y de
trabajo basura
en trabajo
basura, me fui por primera vez a Holanda, con una chica que
conocí en
la Karakola. Me vino muy bien, porque por esta época de tanto
movimiento tuve
una crisis en la que todo me explotó en la cabeza. Me
debatía
entre un ideal que buscaba y una realidad que arrastraba y eso
me desconcertaba.
Para cambiar de aires y también porque todos los
trabajos que
conseguía aquí eran muy inestables y precarios, decidí
irme
a Utrecht,
Holanda. Me acuerdo que fui dos meses, de nuevo viví en un
squat, eso
sí, tenía poco de precario e inestable. Creo que fue la
primera vez en mi
vida que tuve la posibilidad de ahorrar, pero también
por todo el
tiempo que le dediqué: trabajaba 9-10 horas diarias en
fábricas.
Era trabajar y dormir y alguna vuelta en bici∑
En las
fábricas descubrí otra faceta del mundo: la producción en
cadena.
A veces se te
olvida que las pequeñas cosas que van envasadas, como por
ejemplo el pan
Bimbo, o las tapas de los bolis, millones de cosas,
todavía
las siguen haciendo personas a mano. Son 8 horas de un solo
movimiento. Yo lo
estuve haciendo sólo durante dos meses y lo alternaba
con trabajos de
limpieza, pero veía gente que estaba fija en esas
empresas y me
parecía muy duro. Además que las empresas en cadena suelen
cambiar los
horarios, porque como producen 24 horas al día y no pueden
tener a una
persona trabajando todo un mes entero de noche, te van
cambiando los
turnos: una semana te toca de mañana, otra de tarde y otra
de noche. Con lo
cual, la gente está bastante descolocada, con mucha
ansiedad, etc. Yo
no recuerdo haberlo pasado excesivamente mal, porque a
la vez estaba
ahorrando. Apenas tenía gastos: no tenía que pagar
alquiler y,
bueno, con lo de la comida me ayudaba de pequeñas
reapropiaciones.
Toda mi trayectoria está atravesada de esas
reapropiaciones,
que permiten elevar la calidad de vida. Los ahorros que
conseguí
me permitieron, al regresar a Madrid, estar un tiempo viviendo
más
desahogada.
Me pasé un
tiempo yendo y viniendo, de Madrid a Holanda, unas veces en
autobús,
otras veces en autostop, lo de los aviones todavía salía caro.
Trabajé en
una fábrica de pan, en una de mayonesa, en otra de piezas de
ordenador,
limpiando hoteles, fregando platos... Cuando venía aquí a lo
mejor
tenía algún trabajo esporádico. Uno de ellos fue de esos
de
encuestas por
teléfono. Como te pagaban a la semana y era por campañas,
me venía
muy bien, porque a lo mejor aquí me pasaba un periodo de un
mes, mes y medio,
y entonces trabajaba una semana y luego con lo que
tenía
ahorrado y las reapropiaciones... La flexibilidad es un poco como
una arma de doble
filo, porque no te das cuenta, como te permite ir
tirando, tampoco
te preocupas mucho; pero luego ves cómo van pasando los
años y no
tienes nada, ni derechos acumulados por contrato (paro,
seguridad
social∑), ni ahorros. Lo de los ahorros antes no me parecía
algo necesario,
pero ahora sí, porque hay millones de cosas que te
pueden
pasar∑ y los años pesan.
Más tarde,
estuve también en Washington DC. Me fui porque me enamoré y
también
porque tenía muchas ganas pisar los estates: yo he sido gran
devoradora de
televisión en mis años mozos y me fascina la cultura yanki
y todo lo que la
rodea∑ Fui con el refuerzo de contar con una casa (la
de mi novia,
profesora de intercambio) y luego como que allí es fácil
encontrar trabajo
en negro. Aunque es un trabajo mal pagado en relación
con el nivel de
vida. En Washington DC estuve seis meses. Trabajé
paseando perros y
dando clases de castellano a dos madres de un colegio
bilingüe (el
de mi novia). Ellas no hablaban castellano y querían
aprender para
ayudar a sus hijas en las tareas. Era un trabajo muy
gratificante,
porque además a las dos se les daban bien los idiomas, la
una sabía
ya francés y la otra japonés. Para mí fue la primera vez
que,
trabajando, aparte
de emplear mi tiempo para transformarlo en dinero, o
sea, aparte de la
recompensa económica, recibía algo grato: ver cómo
evolucionaban e
iban aprendiendo castellano y cómo eso a la vez era algo
que les
servían para ayudar a hacer las tareas a sus hijas. Llevo nueve
años
trabajando y pocas veces he sentido esa satisfacción. Además,
estaba muy bien
pagado (15 dólares la hora). Yo creo que una de las
cosas del mundo
de locura que vivimos es que el trabajo, algo a lo que
dedicas digamos
una media de seis a ocho horas al día, pocas veces
repercute en algo
más que en el mero movimiento de moneda. Cuando eres
pequeña
tienes unas expectativas y luego te vas dando cuenta que esas
expectativas son
totalmente irreales.
En Washington es
la única vez que he trabajado sin papeles: es decir,
que cruzar el
Atlántico me transformaba en una indocumentada, mi cuerpo
se hacía
ilegal. Viajar a Estados Unidos en calidad de europea te
permite vivir por
un periodo menor a tres meses sin trabajar. Si ya
quieres alguna de
las otras dos cosas (vivir más tiempo o trabajar)
tienes que
iniciar un pedregoso camino burocrático que a mí me
denegaron. Cuando
paseaba a los chuchos, me imaginaba a veces que si a
un policía
le daba por pedirme los papeles por la gracia (cosa extraña,
gracias a mi piel
blanca y mi gorra estilo neoyorkino), podía acabar con
una multa de dos
mil dólares y una patada en el culo camino a Europa.
Hay quienes lo
tienen peor y esa vuelta a "casa" les supone la muerte.
La verdad es que
he tenido mucha suerte de poder viajar, porque eso me
ha dado acceso a
distintos puntos de vista. Aunque he estado en
situaciones
constantes de precariedad, como no tenía grandes gastos,
pues lo que
ganaba me daba para viajar. Pero si tienes que mantener una
casa, una familia
o tienes que gastar el dinero que ganas en tu
cotidiano, se te
cierran las posibilidades y cada vez te vas encajonando
más.
P-
¿Qué tipo de gente encontrabas en estos trabajos temporales y
precarios que
hacías?
R- Pues, en el
primer trabajo que hice en la costa, todo era gente
joven, hombres y
mujeres, aunque más mayores que yo. Había quien había
terminado de
estudiar y no encontraba trabajo, luego había∑ bueno, había
un chico que era
el típico, había estado trabajando y ahorrando siempre
y ahora buscaba
un trabajo que de verdad le aportara dinero: entonces,
intentaba
ascender, convertirse en jefe de equipo. ¡Lo que son los
trabajos
piramidales! Por cierto, consiguió ser jefe de equipo.
En los primeros
trabajos que tuve en Madrid, en Telepizza y Pizza Hut,
pues en la parte
de cocina predominaban las mujeres y los hombres
estaban
más dedicados al reparto. Eran sobre todo estudiantes, que
trabajaban los
fines de semana para pagarse sus cosas. No recuerdo a
gente que tuviera
agobio por pagar el alquiler u otras cosas de
supervivencia. El
sueldo era de unas 500 pesetas la hora.
En Holanda,
sentí lo que es ser migrante, lo que es llegar a un país en
el que, por el
simple hecho de no hablar la lengua, te tratan como si
fueras
estúpida y en el que te tocan los trabajos que nadie quiere hacer
(esto me
volvió a pasar en Washington): los trabajos de fábrica, de
limpieza de
hoteles y casas, la cocina y los platos en bares y
restaurantes∑
Ahí la gente con la que me encontré sí que era más
mayor.
Me
sorprendía realmente, porque yo me sentía un poco cría,
tenía unos 19
o 20 años,
pero la gente que trabajaba conmigo estaba a la cabeza de
familias. Era
gente mayor y muy cascada, y era duro ver cómo les
trataban. El
ambiente, cuando trabajaba limpiando hoteles, era
mayoritariamente
femenino; en las fábricas, en cambio, estaba más
mezclado.
En el resto de
trabajos que he tenido, siempre he estado con lo que
calificaría
como «gente joven», aunque en esta última etapa, por ejemplo
en el
telemarketing, sí que me he visto en la tesitura de tener al lado
a una
señora mayor, a la que le ves que le cuesta muchísimo
incorporarse
al ritmo con el
que te incorporas tú, que en el día a día coges lo que
es el trabajo,
mientras gente con 40 o 50 años que no ha tenido
relación,
por ejemplo, con ordenadores, se ve más apurada.
P- Antes
decías que en Lavapiés construyes una base de vida colectiva,
¿qué
ocurre con esa base? ¿Cuentas con algún tipo de colchón
frente a
los imprevistos:
la enfermedad, los periodos sin trabajo, etc?
R- Bueno,
recién llegada a Madrid no tenía colchón alguno. Entonces,
recurría a
centros públicos, bueno, caritativos, que te daban comida.
Iba a una iglesia
que está cerca de los cines Ideal: te daban un
desayuno a las
11h que te servía de sustento. Era un desayuno potente.
Cuando yo iba,
hace ahora cosa de siete años, era todo gente de la
calle, la
mayoría gente muy desgastada y que vivía en la calle o
dormía
en otros centros
y había mucho alboroto. Era un sitio bastante vivo. Se
rumoreaba que
echaban tranquilizantes en la leche, para que disminuyesen
los percances de
las calles. Luego iba también a una iglesia que hay en
San Cayetano,
donde repartían paquetes de la Cruz Roja. Pero tenías que
contar tu
historia y presionar mucho para que te concedieran un pack, un
cupo de comida, o
sea, una caja con natillas, arroz, galletas y ese tipo
de cosas muy
básicas. Me acuerdo de una vez en la que había una mujer
gitana que estaba
antes que yo. A ella le negaron el paquete, le decían
que no quedaba
nada y luego me tocó a mí, les conté mi película,
me
hicieron unas
preguntas y al final me dieron el paquete. Cuento esto
porque creo que
en este tipo de sitios hay bastante racismo.
También,
para buscar trabajo, iba a una iglesia evangélica, donde te
dejaban el
Segundamano, desayunar y hacer tres llamadas. Allí había
gente mayor que
era como habitual del lugar, que ya conocía bien a la
mujer encargada.
Yo creo que iban como quien va al médico, como una
forma de tener
unas relaciones sociales que les son difíciles de
encontrar. Todo
esto eran iglesias. También había sitios donde coger
ropa y mantas y
cosas así, usadas la mayoría. En realidad, existe todo
un circuito para
la gente sin recursos, que es bastante triste y además
te genera
bastante impotencia. Yo viví un tiempo corto gracias a este
circuito,
mientras al mismo tiempo me construía esa base de la que te
hablaba, en
Lavapiés. Las medidas asistencialistas institucionales no
son ni siquiera
un parche para solventar las situaciones precarias a las
que mucha, mucha
gente se ve abocada: falta de vivienda, de recursos, de
sanidad...
Para mí,
la red que logré construir en los espacios okupados de Lavapiés
fue la
posibilidad de gestionar mi vida no sólo desde la necesidad sino
también
desde el deseo. Con el paso del tiempo, no sé si por la edad o
por las
circunstancias, ese colchón se ha ido desmembrando, muchas de
las apuestas
políticas se han retorcido y caído, aunque de ahí han
surgido
también las ideas que ahora respiran.
En estos momentos
veo como mi círculo, lo que ha sido mi círculo estos
años, se
va difuminando de alguna forma y ya todo el mundo está pensando
más en
buscar algún tipo de estabilidad. Pero el problema de la
estabilidad es
que requiere una casa con alquiler y, tal como está la
situación
urbanística, eso significa una casa con pocas habitaciones, lo
cual impide
convivir con mucha gente distinta, como sucede en los
edificios
okupados.
Yo misma ahora me
veo también en la tesitura de necesitar un trabajo que
me permita
ahorrar y pensar en alquilar, pero ese paso va a ser muy
duro, porque si
ya ganas poco, encima tener que dedicar un porcentaje
muy alto del
sueldo al alquiler∑ es casi impensable. Pero ya te digo que
este cambio no es
sólo mío, sino que es más de conjunto. Mi sensación
es
que la parte del
movimiento de okupación en la que yo me movía se ha ido
como
desvaneciendo, por un cúmulo de cosas.
P- Te has
cambiado mil veces de trabajo y has buscado trabajo otras
tantas veces
¿cómo eran esas búsquedas de trabajo?
R- De los curros
te enteras por contactos, amigos, el periódico, sobre
todo el
Segundamano. Luego, yo creo que cuando tienes entre 18 y 22 años
echas solicitudes
en sitios como Telepizza o Pizza Hut y te suelen coger
muy
rápido. Ahora, con 26, he vuelto a echar una solicitud en un
Telepizza (casi
por interés sociológico, a ver qué ocurría) y,
efectivamente, no
me han llamado. Los procesos que cada vez me
sorprenden
más son las entrevistas de trabajo. Ahí noto una
evolución,
con el paso de
los años: de las típicas entrevistas en las que te hacían
preguntas
básicas de tu curriculum y experiencia, a las entrevistas de
trabajo actuales,
llevadas a cabo por el departamento de recursos
humanos, que en
la mayoría de los casos son entrevistas masivas, en las
que te hacen test
psicotécnicos o psicológicos.
Los procesos de
buscar trabajo son duros. Son procesos igual de dos
semanas o mucho más,
yo creo que entre dos semanas y tres meses, puede
variar, pero todo
ese tiempo tienes que estar a disposición de quien
oferta el
trabajo, que si «ven ahora», que si «ahora no», que si
«ven la
semana que viene,
a tal hora», y luego perder allí dos o tres horas y
estar a expensas
de que te llamen, porque no sabes si te han cogido
hasta que te
llaman. Es algo muy deshumanizado. No sólo la entrevista,
claro,
también el trabajo posterior. Yo creo que, aparte de la
precariedad, otra
característica de los trabajos ahora es la
deshumanización.
Tengo un montón de anécdotas al respecto.
Una vez, una
colega y yo fuimos a una de esas entrevistas. Nos
planteaban un
juego de roll: un atentado terrorista. Te dividen en dos
grupos: el
primero tiene que defender que se condene a los terroristas a
pena de muerte y
el segundo tiene que defender que se les absuelva. Y
luego a la
inversa: si acababas de defender la pena de muerte, a
continuación
tenías que ser ferviente abolicionista. Con eso veían tu
capacidad de
defender lo que te digan con convicción: da igual que estés
diciendo todo lo
contrario de lo que piensas, pero tienes que saber
desenvolverte con
los objetivos de la empresa. De esta empresa
concretamente,
eran clientes muchas empresas, desde Amena, creo, a
alguna de estas
instituciones públicas que subcontratan el servicio de
atención a
mujeres maltratadas. Hace poco estuve de nuevo en otra
entrevista de
esta misma empresa, en la misma terracita, con otro grupo
de gente. El
juego de roll se había suavizado: ahora se debatía entre
transporte
público y transporte privado.
Después de
los trabajos iniciales de limpieza, camarera o Telepizza y
demás
trabajo de hostelería en cadena, sí que empecé a
especializarme en
el telemarketing
o en las encuestas telefónicas. En los trabajos de
telemarketing
tienes cierta flexibilidad, muchas empresas en las que
trabajar,
campañas cortas y, por supuesto, toda la inestabilidad del
mundo. Algo
característico de estos
trabajos es que te hacen poner una
parte de ti que
no es mecánica: todo lo que es tu psicología, tus
afectos, tu forma
de relacionarte, de comunicarte -todo eso tienes que
ponerlo en
práctica. Y eso a mí me permitía salirme de los trabajos
mecánicos
de ser una pieza dentro de una cadena, o sea, que para mí es
bueno, porque me
hace desarrollar esas capacidades. Vamos, que voy a
trabajar y no
tengo que hacer todo el rato lo mismo. Y a la vez es
cierto que
estás en una posición muy dura, que estás mintiendo, que
sueles
engañar a la gente∑ Pero, visto el panorama laboral, pudiendo
elegir, elijo
algo en lo que mi mente tenga que generar algún tipo de
información,
manipularla, deformarla∑ En estos trabajos siempre te lo
tomas como un
rol, como que tú estas ahí trabajando que eres un
personaje: eres
la supermaja-buen rollo o eres la borde que te cagas, y
vas jugando un
poco con eso.
P- ¿Y
qué crees que saca de ti la empresa en este tipo de trabajos?
R- Yo creo que
todo, que lo que busca es principalmente que tengas esa
capacidad de dar
de ti mucho más de lo que te podrían pedir por escrito:
saber aguantar
cuando te gritan, saber dar una buena imagen de la
empresa∑
normalmente, en la mayoría de los sitios, tienen un curso de
formación,
donde más que formarte en cuanto al producto o en cuanto al
trabajo que
tienes que realizar, te enseñan a valorar a la empresa y te
dicen cómo
hacer para que la empresa nunca salga perdiendo. Me acuerdo
de un trabajo que
tuve de televenta de productos de limpieza. Consistía
en vender
productos de tipo industrial, pero tú llamabas, por ejemplo, a
una señora
de una tienda y le contabas una mentira como, por ejemplo,
que tu empresa
acaba de pasar el no-sé-qué de calidad y que estabas
llamando a todos
los clientes (ella jamás ha sido clienta) para dar las
gracias por su
confianza y que le ibas a enviar un regalo, y que ya de
paso ibas a
actualizar su ficha comercial y de ahí, le colabas el
producto. Eso era
lo que te enseñaban en el curso de formación: salías
con la capacidad
de hacerle el lío a la gente. Y eso se hace duro, tener
que estar
ahí, con la señora, sabiendo que le estás vendiendo
cualquier
chorrada y que la
pobre te lo compra por las frases que le dices, que
las tienes
escritas y están muy pensadas.
Yo creo que la
empresa es muy avispada y hace un filtro con las
entrevistas de
trabajo, con el tiempo que te tiene en espera y con los
cursos de
formación, un filtro de aguante, de paciencia -porque
cualquier persona
que tenga dignidad no aguanta un curso de formación no
pagado de cinco
días tras el cual te pueden denegar el trabajo. También
los días
de trabajo de prueba son una forma de filtraje: te ponen al
límite en
cuanto a competitividad, creando unas dinámicas de grupo
bastante
deplorables. Por ejemplo, en este trabajo de televenta de
productos de
limpieza, hasta que no vendías tres tandas de productos, no
podías
fumar un cigarro y luego, por las mañanas, a las que habían
vendido a las 11h
les daban un bollo. Y, claro, si tú no habías vendido,
te veías a
la gente comiéndose un croissant y tú pensando
«¡joder! hoy
no he vendido
nada».
Eso
también pasaba en el Telepizza. Una época yo cogía los
pedidos, en
teoría no
hay nada de televenta, tú sólo escuchas y apuntas el pedido.
Pero si te piden
una pizza pequeña, tienes que convencerle que mejor una
mediana.
Entonces, a la que más vendía le regalaban un viaje. Con ese
tipo de cosas te
meten en una dinámica a la que, por mucho que tú tengas
tus ideas y tu
cabeza en su sitio, al final no te puedes resistir: caes
en esa
dinámica y en esa competitividad y la que vende mucho es la que
te cae mal.
En el trabajo de
televenta de productos de limpieza hacían también otra
cosa muy curiosa,
que era ponerte por equipos, mezclando nuevas y
antiguas, y hacer
como un parchís. Ibas avanzando según vendías y quien
llegaba al
centro, ganaba una suma de 90 euros. Esto generaba grandes
tensiones entre
las vendedoras saladas y las vendedoras amargas. Una
amiga y yo, como
estudio, empezamos a hacer entrevistas grabadas en
vídeo
sobre ese curro y sobre este tipo de dinámicas∑
La verdad es que
me imagino mi futuro laboral y es triste. Lo que a mí
me gusta, que es
el vídeo, es un panorama
laboral difícil. Es un mundo
bastante cerrado
y se tienen que confabular toda una serie de cosas para
que te surja un
trabajo. Con esto del vídeo empecé en el Labo. Una de
las veces que yo
estaba en Holanda, un grupo de gente amiga del
Laboratorio II
empezó a hacer cosas con vídeo, en principio entrevistas
y un documental
sobre El Ejido. Al volver a Madrid, me metí en el grupo.
A mí
siempre me habían gustado los rollos de música y de imagen. Era
como una
inquietud y, luego, cuando me metí más en serio, me gustó
mucho. Y fui
aprendiendo. Lo del grupo fue posible gracias a que
colectivizamos
recursos, a que creamos una infraestructura en común,
porque aparte
todo el mundo estábamos trabajando en otras cosas. Es una
vocación
que ha durado y que ha evolucionado también.
Pero la realidad
laboral en la que me veo en estos momentos es la de
vestirme bien
para ir a una entrevista y tragarme uno de esos trabajo de
telealgo (de
hecho, ahora mismo estoy buscando trabajo). Eso es lo que
me espera en un
futuro reciente, ya lo tengo asumido. Eso sí, intentando
desarrollar a la
vez lo del vídeo, o sea que en un futuro sí que no
quiero seguir
así.
P- ¿Has
vivido alguna vez un conflicto en el puesto de trabajo?
R- No me han
solido echar de trabajos, pero sí me he ido muchas veces.
El primer curro
del que me fui fue del de Telepizza, porque me
detuvieron
durante una manifestación: no pude ir durante dos días y
entonces ya no me
renovaron el contrato. Luego, en el curro de televenta
de productos de
limpieza, estaba muy quemada y seguía yendo sólo porque
tenía un
sueldo fijo y aunque no hiciera nada me pagaban. Había tomado
la
decisión de estar allí sin esforzarme mucho y cobrar el sueldo
que no
era alto, pero
era mejor que nada. Sin embargo, al poco tiempo me saturé
de las tensiones
y, un buen día, por una cosa tonta, cogí y me fui.
Y, bueno,
respecto a los conflictos∑ yo creo que no puedes hacer gran
cosa, porque, ya
en el momento en que empiezas a trabajar, asumes una
serie de
cosas∑ Los conflictos los llevas sobre todo fuera, cuando
llegas a tu casa,
sales con la gente∑ Muchas veces toda esa energía
super negativa la
quemas, yo que sé, en el metro incluso. Mi recuerdo de
ir a trabajar es
ir en el metro, con toda la gente, cuando entras a
horas punta, y
estar de muy mal humor. Si intentas organizar un
conflicto, te
eliminan, te barren. Por eso me ha sorprendido mucho la
experiencia de
Qualytel : por mi experiencia en el telemarketing me
parece
increíble que se haya podido generar un marco que permita pedir
unos
mínimos. Me sorprende y me alegra. Mi experiencia ha sido que te
quejas y «no
te preocupes que hay veinte personas esperando a ocupar tu
trabajo».
Lo que producen
estos contratos basura es que puedas estar rodando de
trabajo en
trabajo, trabajos que además no tienen por qué tener
ningún
tipo de
relación entre sí y en los que tú misma te ves sacando
cosas de
ti que
jamás pensarías que tienes. Yo he estado desde haciendo un
casting en el que
tenía que cantar hasta yendo por las calles disfrazada
de torera,
cantando también, para hacer publicidad de un bar (por cierto
que yo canto
fatal); he llegado incluso a bailar en una carroza el día
del orgullo gay
(contratada) y a hacer de babysitter. Nunca me hubiera
imaginado
cuidando a un monstruo de tres años que te tira del pelo y
llora
histérico. Ése es uno de esos trabajos en los que el afecto se
delimita mucho,
como lo que hablábamos con el telemarketing, que te
hacen poner en
practica o en funcionamiento cualidades del afecto y la
comunicación,
pero a la vez te las delimitan, con lo cual es muy
curioso, porque
cuando cuidas a un niño ¿hasta qué punto puedes estar
diciéndole
cosas que tú le dirías a cualquier niño? Porque es un
trabajo
y tienes que
delimitar lo que dices, lo que piensas y cómo lo haces∑
P- Nos has
hablado mucho de precariedad ¿cómo la definirías?
R- Es un estado
al que estás abocada por todo lo que hay alrededor. Es
lo que más
te acerca al miedo, a la soledad. Es un estado en el que
vivimos y con el
que tenemos un tira y afloja constante, en el que, si
pierdes un poco,
te puedes ver en la nada. Por eso te digo que es muy
importante
enmarcar esa precariedad en todo un proceso de vida, que
tiene que ir
paralelo. Desde mi punto de vista, yo tengo mucha suerte de
poder tener unos
apoyos que me ayudan a no hundirme en esa precariedad
así, a
pelo. La precariedad es como un abismo mecánico, un vivir día a
día que no
te permite llevar a cabo muchas cosas que te salen dentro,
muchas
inquietudes. La precariedad te restringe mucho y te asfixia un
poco.
P-
¿Cuál es tu huelga?
R- Mi huelga es
abajo el trabajo, ja, ja∑ Tal como lo vivo ahora es, en
ese tira y
afloja, ir creando en los momentos de afloja algo que te haga
no depender de
los flujos normales.
La verdad es que
lo de la huelga para mí siempre ha sido una de esas
cosas que se
leen, pero fuera de mis posibilidades. Ahora, no sé, con
estos nuevos
contactos y también con los procesos que se han vivido
últimamente,
como lo de Sintel, empiezo a verlo de manera diferente.
La huelga de hoy
quizá pasaría por organizarse desde la precariedad,
pero el peligro
que tiene la precariedad es que no te permite
organizarte, que
te corta muchos lazos, que te individualiza tanto que
no ves que tu
situación sea colectiva y que se podría sacar a la luz.
Quizá mi
huelga pasaría por intentar colectivizar la precariedad, para
que eso sea la
base de algo, no sabría muy bien el qué, porque a lo que
te enfrentas es
algo muy grande...
P- ¿Y tu
guerra? ¿Cuál es tu guerra?
R- Romper la
lógica del mercado y todas esas habilidades que canalizan
las cualidades de
la gente en una productividad mercantil, aprender a
canalizarlas para
imaginar otra forma de producción.
O, si no,
conseguir almohadillas individuales.
Madrid, julio
2003.