Apuntes sobre investigación y militancia desde Precarias
a la deriva
Este texto es un zoom
sobre un recorrido concreto de investigación militante (sobre sus herramientas,
sus motores, sus aristas) que hasta ahora se llama Precarias a la deriva. Un zoom que tal vez diga algo sobre investigación, algo sobre
militancia y algo sobre el caminar virtuoso de una a otra y vuelta. La mayoría
de cuestiones expuestas están inspiradas en intercambios con otros autores de
este libro (en especial con el Colectivo Situaciones y con un compañero de
Barcelona), en lo hablado en el taller «Investigación militante, producción de
pensamiento y transformación social»[1]
y en distintos momentos de discusión, formales e informales, entre las propias
mujeres de Precarias a la deriva. De hecho, tan empapadas estamos de estos cruces, que ya no estamos
seguras de qué hemos robado a quién. En todo caso, de lo que sí estamos seguras
es del punto hasta el cual nuestra escritura y nuestro pensamiento se han
vivificado gracias a toda esta serie de encuentros.
Dicen los compañeros del Colectivo Situaciones: «quien busca es porque
ya ha encontrado». Nosotras habíamos encontrado una pregunta: ¿Cuál es tu
huelga? Más allá de las
interpretaciones del mundo de cada una, esa pregunta organizó nuestra
trayectoria común. Esa pregunta dio origen a Precarias a la deriva. Cierto: no veníamos desnudas. Lecturas y
experiencias políticas (obreristas, feministas, okupas, antirracistasŠ) habían labrado el cuerpo de
muchas de nosotras. También toda una serie de insatisfacciones: hacia formas de
agregación basadas en la identidad (política o clánica) o en la ideología,
hacía una acción política que eludía con consignas tomarse en serio los
interrogantes que nuestros cotidianos fragmentados planteaban, hacia formas de
intervención pública cuya testimonialidad era cada vez más difícil de esconder,
hacia dispositivos de conocimiento desencarnados y circulares y, por ello,
absolutamente inofensivos. Sin embargo, no fue a partir de estas
insatisfacciones compartidas que echamos a andar. Estas insatisfacciones
también estaban en el origen de muchas otras tentativas de investigación
militante que, no obstante, no consiguieron ir más allá de los prolegómenos. La
diferencia estaba en la fuerza de una pregunta (¿cuál es tu huelga?) que,
lanzada en el momento preciso (la huelga general del 20 de junio del 2002) a
través de un dispositivo concreto (el piquete-encuesta), no sólo compuso a un
conjunto heterogéneo de mujeres, sino que lo colocó inmediatamente al borde de
sí mismas.
Nos explicaremos. Una huelga siempre llama a
resituar la identidad del trabajador en el centro. Sin embargo, para las que
tenemos la identidad de trabajador trastocada [las cuidadoras, las trabajadoras del sexo, las
asistentas sociales, las free-lance precarizadas (de la traducción, del diseño, del
periodismo, de la investigación), las profesoras, las limpiadoras, las
estudiantes-trabajadorasdelTelepizza, las vagabundas y deambulantes por un
mercado laboral cada vez más pauperizado] la huelga no deja de ser una
intriga. Siempre podemos imitar lo que hacen los Trabajadores con mayúsculas,
obviando que desde nuestra posición «atípica» (aunque cada vez más mayoritaria)
en la economía-red, cruzar los brazos durante unas horas (aunque sean 24) no
significa necesariamente parar el mundo, detener la producción. Pero también
podemos tomarnos en serio la práctica de la huelga y asumirla como desafío.
Podemos preguntar «¿cuál es tu huelga?».
En esta pregunta, se condensan tres
movimientos. Uno primero de enunciación: la enunciación de un problema, al mismo tiempo
filosófico y práctico, absolutamente actual el de las formas de interrupción
material de la reproducción del orden a partir de la propia posición en los
circuitos de la ciudad-empresa desregulada, precarizada y flexiblizada, el de
cómo convertir una condición en fuerza de ataque y potencia de transformación:
¿cómo desestabilizar el orden en el que estoy inscrita y que cada día alimento
a partir de un gesto de interrupción, de sustracción? ¿Qué tipo de gesto puede
ser ese? ¿Cabe hacerlo colectivo y público? A continuación, un segundo movimiento
de situación: la pregunta
«cuál es tu huelga» invita a partir de sí, del propio cotidiano, en la encrucijada entre
condiciones de vida y forma de vida, entre situación socioeconómica y
subjetividad, retomando con ello aquella vieja práctica feminista que se negaba
a separar personal y político, macro y micro, teoría y praxis e invitaba a politizar
la existencia, a hacer del
propio día a día un terreno de batalla[2].
Por último, un tercer movimiento de interpelación: sí, se trata de partir de sí, pero precisamente para salir de sí (de un yo encajonado dentro de sus angostas
fronteras por la atomización social, instigado a hacer de sí mismo un proyecto
por la ideología profesionalista, fracturado por las exigencias de flexibilidad
y presencia múltiple); esto es: zarandear las distancias que un espacio social
hiperfragmentado, hipersegmentado e hipercompetitivo multiplica por doquier, y
probar a preguntar y preguntarse, para ver qué pasa, cómo la interpelación afecta el yo y el tú, si en
el intersticio surge algo que resuene en ambas y más allá.
De este modo, nos colocamos en el terreno movedizo de un nosotras
dislocado. No somos exteriores a ese campo social atravesado por la
precarización de la existencia al que lanzamos la pregunta: la pregunta nos
implica directa y personalmente. Pero tampoco somos absolutamente interiores, en el sentido de que nuestra voz pueda representar la voz de todas aquellas a quienes
interpelamos. Estamos dentro y fuera, en el quicio, dislocadas ¿hay acaso otra
forma actual de situarse
en un terreno tan marcado por la fragmentación y la dispersión como las
ciudades-empresa del centro de la economía-mundo, de emplazarse en un
espacio-tiempo tan infinitamente diversificado, donde la agregación no es un
dato del que se parte, sino un arduo reto, hay acaso, decíamos, un modo de
ubicarse ahí que no esté agujereado por esa tensión de quienes se saben solas y
a la vez sacudidas por el deseo de un común todavía por inventar (y por lo
tanto, al acecho, tendidas hacia un afuera incierto)?
Es así como nace nuestra trayectoria de investigación militante. Porque
Precarias a la deriva es
nada más (y nada menos) que eso: ni un grupo, ni un espacio, sino una frágil
trayectoria que, además, debe hacerse cada vez: el siguiente paso no está nunca asegurado más que por
una testaruda insistencia militante. Pero aquí militancia cobra un sentido completamente nuevo. Volveremos más
adelante sobre esto. De momento, digamos sólo que, en la medida en que Precarias
a la deriva no es más que una
trayectoria, el único modo de explicar en qué consiste es genealógico.
Retomemos, pues, su recorrido. A la pregunta de «cuál es tu huelga», se añaden
pronto otras («cuál es tu precariedad», «cuál es tu guerra») y una serie de
procedimientos.
Primer procedimiento: la deriva. En lugar de sentarnos a hablar de manera estática,
elegimos movernos, recorrer los circuitos de la precarización urbana como
tantas veces nos toca hacer en nuestro cotidiano, pero esta vez no hacerlo en
solitario, sino juntas, contándonos unas a otras la materialidad de nuestras
precariedades, rastreando sus marcas en el espacio metropolitano, encontrando e
interpelando a otros cualquiera. La deriva, cuando es deriva, cuando permite
aferrar la ciudad como territorio común que recorremos juntas, literalmente
caminando y preguntando(se), esto es, cuando funciona (algo que nunca está
asegurado por una «técnica», sino que debe pensarse y experimentarse en la
praxis), permite romper la distancia entre el yo y el tú, el nosotros y el
ellos, el investigador y el investigado, el militante y «la gente», que tan
fácilmente aparece en la forma-entrevista y en otras técnicas de la sociología
cualitativa o en la forma comunicativa por excelencia de la militancia clásica:
el agit&prop. La
deriva, cuando es deriva, con sus elementos de movilidad, de paso
ininterrumpido a través de ambientes diversos, de trasposición subjetiva, de
atravesamiento de toda una serie de cortes (sociales, espaciales, temporales)
que ordenan nuestros cotidianos (como el que separa empleo y vida, o un barrio
de otro, o la temporalidad conexionista de una trabajadora de la comunicación y
la de una doméstica interna y cuidadora transnacional), produce una suerte de
extrañamiento que permite un desenganche de las formas de percepción y de
intercambio rutinizadas: nos permite así mirar y mirarnos con nuevos ojos,
contar y contarnos con palabras nuevas, que retuercen lo real normalizado del
todo-está-fatal y del sálvese-quien-pueda. Es precisamente ahí, en ese
espacio-tempo inaugurado por el procedimiento-deriva, donde, en ocasiones, se
da un acontecimiento de percepción colectiva que abre las subjetividades y el
campo de lo posible más allá del posibilismo.
Segundo procedimiento: la grabación y la narración. Desde el principio, acompañamos la deriva con el
registro audiovisual de lo hecho, visto y contado y con el relato: la idea no
era tanto reflejar una trayectoria con una voluntad informativa (os contaremos lo que pasó tal y como pasó),
sino trabajar colectivamente sobre la percepción con una voluntad propedéutico-comunicativa elaborar y reelaborar y poner en circulación
(a través de la publicación web, de la edición de un libo y un vídeo, de las presentaciones públicas
de estos materiales) ese singular «nombrarse», ese «contarse» desde nuestro
cotidiano precarizado, nacido de la experiencia particular de la deriva para
que, por efectos de resonancia y densificación, se convirtiera en un
«nombrarnos» (parcial, de parte) capaz de incluir a muchas (y muchos). En este sentido, escribíamos
desde el principio que nuestra intención era «tomarnos en serio la cuestión de
la comunicación, no sólo como herramienta de difusión, sino también como nuevo
lugar, competencia y materia prima de la política»[3].
Pero cuando hablamos de comunicación, no aludimos a esa esfera comunicativa
desencarnada en la que se mueven circularmente signos y consignas dispuestos a
ser consumidos, deglutidos e intercambiados. Nos interesa una comunicación que
es enunciación a ras de suelo, desde un lugar particular, inseparable de las
formas de vida de las que nace, productora de subjetividad e imaginario; nos interesa
una comunicación capaz no tanto de generar adhesiones como de sacudir y de
producir resonancias inesperadas en otros que también buscan y se preguntan;
nos interesa una comunicación que es composición de diferentes y, por ello,
producción de un nuevo real al borde de lo real existente.
Tercer procedimiento: el taller y la asamblea. Cada tanto, después (y sólo después) de una serie de
inmersiones salvajes en los complejos circuitos metropolitanos, a partir de la
reelaboración de lo grabado y narrado, era importante reunirse y, con sosiego,
probar a ordenar y discriminar, a detectar problemas comunes, a identificar
puntos de potencia, a trazar a partir de ellos hipótesis de trabajo. Era en
esos espacios donde las percepciones comunes nacidas de las derivas,
reelaboradas a través del registro y el relato, daban paso, a veces, a raros
momentos de pensamiento
colectivo, de producción
común de verdad: esto es,
pequeños y frágiles acontecimientos colectivos en los que la cosa y el nombre
se dan al mismo tiempo y
se incorporan al cuerpo. ¿Qué quiere decir esto? Que la cosa ya no es una
complejidad infinita e inaferrable y que el nombre ya no se queda ni en pura
palabrería vana ni en mecanismo de sobredeterminación y captura de la cosa,
sino que ambos (nombre y cosa) se dan a la vez, adquiriendo así una potente realidad común que nos modifica subjetivamente. De este modo, la
secuencia deriva-registro/relato-taller/asamblea puede aparecer como mecanismo
artesanal (modesto pero valiosísimo) de reapropiación de las condiciones de
producción de verdad[4].
¿Qué verdades, qué certezas en la duda, hemos tallado a lo largo del
recorrido de Precarias a la deriva? En primer lugar, una noción común: la de la precariedad no como carencia, sino como
incertidumbre con respecto al acceso sostenido a los recursos materiales e
inmateriales fundamentales para el pleno desarrollo de la vida de un sujeto;
por lo tanto, precariedad como amenaza y chantaje permanente, que recorre y
constriñe el lazo social, pero también como irreductible deseo de movilidad, de
fuga, ante condiciones insoportables. Desde este punto de vista, pues, la
precariedad, hoy, no sería tanto un estado que afectaría a un sector de la
población, sino una tendencia generalizada a la precarización de la existencia
que atañería a la sociedad en su conjunto. En segundo lugar, una dura
constatación de las fronteras:
aquellas erigidas por la individualización y la desregulación extrema de la
prestación laboral, por las componentes de servilismo y competitividad que esto
introduce y por la constitución de la identidad individual en torno a la
autoactivación personal alrededor de proyectos (una empresa migratoria, una
carrera profesional, una obra artística, un plan conyugal). Elementos, todos
ellos, acompañados y retroalimentados por una fuerte estratificación del
mercado laboral (por ejes de sexo, clase, origen social y nacional, etnia,
raza, sexualidad, estado físico y edad), una segmentación flexible pero no menos
eficaz del espacio metropolitano y una fuerte fragmentación social. En tercer
lugar, un punto de potencia:
el de nuestras habilidades relacionales, comunicativas y de cuidado como armas
de subversión de la organización de ese continuo sexo-atención-cuidados,
históricamente asignado a las mujeres, que en la actualidad experimenta una
serie de reconfiguraciones y crisis a través de las cuales adquiere una nueva
centralidad (y aquí no entendemos la crisis de manera exclusivamente negativa,
sino, sobre todo, como momento ambivalente de apertura de lo real y, en este
caso, ocasión para reinventar a Lisístrata, a Antígona, a Safo)[5].
No obstante, sería un error creer que estos procedimientos son la clave
de nuestra trayectoria de investigación militante, que en ellos tenemos los
ingredientes de una posible modelización metodológica que transmitir a otros
que buscan como nosotras. Por el contrario, la clave está en las operaciones
reales que los procedimientos concretos ayudan a generar. De ahí que desde
tantas experiencias de investigación militante se insista en que las recetas no
sirven: una deriva puede ser algo banal o todo un acontecimiento, una sucesión
de derivas puede quedarse en una serie de saltos inconexos que se traducen en
estasis o producir un verdadero recorrido virtuoso de cartografía colectiva del
territorio. Lo importante no es tanto elegir un instrumento u otro, sino ver
qué es lo que ese instrumento produce, qué modificaciones genera, a donde nos
lleva, la trayectoria que en la repetición y declinación de su uso va trazando.
De ahí también que sea tan crucial subrayar hasta qué punto, más allá de los
procedimientos, Precarias a la deriva se articula en torno a una búsqueda (cuatriple) y a
un desafío, que funcionan como principios orientadores dentro de un viaje
abierto. La búsqueda: de nombres comunes sobre la precarización de la
existencia, de singularidades que componen ese nosotras dislocado, de formas de
cooperación, resistencia y fuga que practicamos cada una de manera situada,
individual o colectiva, y de posibles espacios de agregación que se tomen en serio
la cuestión de la multiplicidad. El desafío: abrir un proceso virtuoso donde
producción de conocimiento, producción de subjetividad y tejido de
territorialidades afectivo-lingüísticas no sean momentos separados, sino parte
de una misma secuencia impulsada por un materialísimo deseo de lo común cuando
lo común está hecho pedazos.
Por último, ni las preguntas, ni los procedimientos, ni las búsquedas,
ni el desafío nos habrían llevado a ningún sitio si no fuera, en primer lugar,
por un cierto sentido del kairós, por una determinada capacidad para aferrar la ocasión, para lanzar
los dados en el umbral del tiempo; y, en segundo lugar, por esa combinación
heterogénea de saberes-hacer, de habilidades relacionales y de destrezas para
moverse en territorios diversos desplegados y entretejidos a lo largo del
proceso por el conjunto de mujeres variable que lo ha hecho posible.
A un año y medio de trayectoria, con derivas, talleres y asambleas a nuestras espaldas, con un libro y un vídeo entre manos, con un buen puñado de fotos, diapositivas, piezas audiovisuales y relatos dispersos por ahí, con algunos intentos de acción y otros de presentación pública en el historial, con una red dispersa trabada en torno al proyecto de manera discontinua pero no por ello menos real, nos vimos sacudidas por una preocupación referente a la consistencia y a la organización. ¿Qué capacidad tenía nuestro artesanal caminar preguntando para tejer redes que pudieran resistir a la fuerza centrífuga de la ciudad-empresa, con su torrente de estímulos y sus temporalidades desreguladas? ¿Hasta qué punto nuestra trayectoria de investigación-acción estaba en condiciones de producir modificaciones sustantivas en nuestras vidas precarizadas? ¿Podía esa conjunción reiterada de enunciación, situación e interpelación generar una ruptura subjetiva fuerte en un conjunto grande de nosotras, una ruptura que nos llevara a comprometernos unas con otras, que unilateralizara la ambivalencia que nos constituye[6]? ¿Era posible que un recorrido de investigación militante resolviera el problema de la formación de puntos de cristalización de las redes rebeldes en un mundo donde coincidir repetidamente en el mismo espacio-tiempo con un grupo de personas estable y numeroso es ya todo un logro? Estas preguntas nos colocaron de lleno en la aridez del desierto posmoderno, en como dicen los compañeros del Colectivo Situaciones la realidad ontológica de la dispersión (social, espacio-temporal, subjetiva). Y nos llevaron inmediatamente a otras ¿cómo se produce la voluntad común en el mundo de la dispersión? Y ¿cómo medir la efectividad de la articulación entre pensamiento y política cuando los criterios de eficacia y de crecimiento de la vieja política ya no nos sirven? ¿Cómo medirlos sin caer en la autocomplacencia y/o en la resignación?
La respuesta a todos estos interrogantes sólo puede ser inmanente, situada. Desde lo que somos, decimos: creemos que merece la pena hablar y actuar desde la dispersión, no refugiarse en pequeñas identidades salvadoras, en grupúsculos tranquilizadores o en ideologías trasnochadas, sino atreverse a cruzar el desierto con los ojos bien abiertos. Porque, como nos dice Deleuze, «el desierto de arena no sólo implica oasis, que son como puntos fijos, sino también vegetaciones rizomáticas, temporales y móviles en función de lluvias locales, y que determinan cambios de orientación de los trayectos»[7]. Pero, sobre todo, porque éste es nuestro hábitat y la condición y desafío de la acción política hoy, y lo que seamos capaces de decir y de hacer desde ahí tendrá resonancias inesperadas.
Por otra parte, sabemos que la dispersión no es necesariamente
impotencia, imposibilidad de producción de una voluntad común. Lo hemos
experimentado el 13 de marzo de 2004, en Madrid, en Barcelona y en tantas otras
ciudades: tras los terribles atentados del 11-M, la indignación por la
conjunción de miedo, mentira y muerte convirtió la dispersión en un enjambre
determinado y en duelo que interrumpió la circulación de las principales
arterias urbanas durante más de diez horas. Lo experimentamos en ciudades del
mundo entero cuando, con el anuncio de los primeros bombardeos contra Irak,
millones de personas se lanzaron a las calles, en algunos puntos haciendo
estallar la normalidad durante tres días consecutivos. Lo hemos experimentado
de manera más localizada en toda Europa, con los ciclos de movilización
estudiantil, con las luchas de parados e intermitentes, con las irrupciones
públicas de los sinpapeles a través de encierros y ocupaciones, como corte
espacio-temporal de revuelta dentro de un cotidiano subsumido. Quizá la
paradoja de nuestro tiempo consista precisamente en que, después de ser
enjambre, las abejas vuelven a dispersarse. Es más, podemos probar la dimensión
y el calado de la dispersión contemporánea cuando vemos como aquél que ha
participado activamente en el enjambre, aquel que ha cortado calles y ha
gritado bien alto que «la política es nuestra», luego vuelve a su puesto de
trabajo como sujeto normalizado: dispersión significa aquí también
discontinuidad radical entre las distintas identidades que cada individuo
adopta en las diferentes localizaciones que ocupa. Pero ello no quita fuerza al
enjambre, no le resta ni un ápice de realidad. Sólo nos obliga a pensar y
actuar desde la dispersión con mayor radicalidad. Y a hacerlo sin ilusiones ni
ilusionismos. En este sentido, creer que la investigación militante puede dar
una solución (o ser la
solución) a la dispersión es una pésima ilusión. Sí puede ser una vía en/desde la dispersión: para transitarla, analizando sus
soportes materiales y subjetivos, interrogando sus intersticios, definiendo
hipótesis de experimentación política; para contraefectuarla, detectando puntos
de bloqueo y de potencia en las prácticas que la habitan, trabajando sobre
ellas, componiéndolas, tejiendo territorialidades afectivo-lingüísticas entre
quienes ya no tienen territorios a priori.
Creemos haberlo explicitado, pero quizá sea preciso insistir: la
dispersión de la que hablamos, la dispersión que experimentan nuestros cuerpos
precarizados en las metrópolis del centro de la economía-mundo, es una
dispersión por aceleración e hiperactivación, en un espacio el espacio de la
posmodernidad donde todo se mueve a gran velocidad y donde, sin embargo,
básicamente, no pasa nada: de ahí el desierto. En este contexto, la decisión cobra una importancia crucial en quienes se
indignan, no se resignan, se rebelan: decisión como determinación del «por
aquí» (por aquí caminar, preguntar, actuar, organizarse), deseo que insiste y,
en su insistencia, permite producir un corte en la aceleración de la
experiencia posmoderna. Decisión no como voluntad o voluntarismo, sino como
tensión subjetiva. Decisión como materia de una nueva política del deseo que se
inserta, insistente, en la búsqueda de nuevos mundos. Y aquí diríamos:
militante es quien está atravesado por una decisión así. E investigación militante es aquel proceso de
reapropiación de nuestra capacidad de creación de mundos que, impulsado por una
obstinada decisión
militante a la que no le valen los a-prioris, los deber-ser, los modelos
(nuevos ni viejos), interroga, problematiza y empuja lo real a través de una
serie de procedimientos concretos.
Con esto, volvemos a aterrizar de lleno en la pregunta sobre los
criterios de efectividad en la relación dinámica entre pensamiento y acción
política. ¿Qué decir? No cabe duda que éstos no pueden venir dictados por las
urgencias e impaciencias de un tipo de subjetividad militante que sueña con la
vuelta del común de la masa compacta. El común de la contemporaneidad no puede
ser sino aquél atravesado por una tensión permanente con el deseo de
singularidad, no puede ser sino un común dicho desde la multiplicidad: el común
del enjambre, el común de Seattle, Buenos Aires y Madrid. Contra este tipo de
apuros, que someten a una tensión vana a las experiencias de
investigación-acción, pero también contra toda deriva dilentante y contra toda
estasis posmoderna, es preciso construir criterios propios, interiores al proceso,
atentos a las operaciones reales de modificación (material y subjetiva), fieles
a las búsquedas, preguntas y exigencias que lo organizan, que a su vez deben
ser interrogadas y renovadas una y otra vez.
Desde algún lugar de la metrópoli madrileña,
Mujeres de Precarias a la deriva
[1] Se trata de un taller celebrado en la casa okupada de mujeres la Escalera Karakola el 29 de marzo de 2004 dentro del marco de una serie itinerante de talleres y encuentros entre el Colectivo Situaciones y realidades autoorganizadas madrileñas. El taller contó con la participación de gentes de la revista Contrapoder y Precarias a la deriva y de un compañero de Situaciones, además de otras gentes amigas, conocidas y anónimas a quienes desde aquí damos las gracias.
[2] Siendo todas mujeres, nuestro partir de sí era necesariamente sexuado: esto es, se tomaba especialmente en serio la diferencia femenina, atravesada a su vez por otras diferencias (de raza, sexualidad, clase, edad, estado físico...).
[3] Precarias a la deriva, «Primeros balbuceos del laboratorio de trabajadoras», A la deriva (por los circuitos de la precariedad femenina), Traficantes de sueños, Madrid, 2004, p. 25.
[4] Robamos esta formulación a Antonio Negri, que en su Kairòs, Alma Venus, Multitudo (Manifestolibri, Roma, 2000) escribe: «Todo lo que nombro tiene existencia. Pero se trata de comprender qué existencia tiene. Nos interesa que el nombre llame la cosa a la existencia y que el nombre y la cosa estén aquí. Los problemas del conocimiento nacen porque mi nombrar es caótico y las cosas que llamo a la existencia se disponen de manera confusa. Se me escapa el ser. Por ejemplo, expresando, entre los infinitos posibles, un nombre, mi cerebro da existencia a una cosa que se llama nombre; sin embargo, no siempre da, al mismo tiempo, existencia a un nombre que llame a la cosa. Y, creando, entre los infinitos posibles, un nombre común, mi cerebro da existencia a una cosa común que se llama nombre común; sin embargo, no siempre da existencia, al mismo tiempo, a un nombre común que llame a la existencia a un algo común de un conjunto de cosas. Entonces, lo que da verdad al nombre y al nombre común, lo que coloca nombre y cosa ³aquí mismo², es precisamente ese ³al mismo tiempo²», p. 19.
[5] Sobre todas estas cuestiones, véase el vídeo y el libro que hemos editado bajo un mismo título: A la deriva por los circuitos de la precariedad femenina, cit.
[6] Hablamos aquí de ambivalencia en el sentido en el que utiliza la palabra Paulo Virno en «Ambivalencia del desencanto: oportunismo, cinismo y miedo», Virtuosismo y revolución. La acción política en la era del desencanto, Traficantes de sueños, Madrid, 2003, pp. 45-75. En este magnífico artículo, Virno sostiene que el oportunismo, el cinismo y el miedo son las tonalidades emotivas predominantes en un mundo posfordista caracterizado por una condición de «inestabilidad estable» (o, como se dice en el vídeo A la deriva por los circuitos de la precariedad femenina, cit., por «la costumbre de lo imprevisto»). Estas tonalidades emotivas serían la declinación reactiva de un núcleo ambivalente, marcado por la necesidad de adaptarse sin cesar a un mundo en permanente cambio. Sin embargo, este núcleo podría (y puede) declinarse de otro modo, unilateralizarse en un sentido de transformación, favorable a la reinvención de lo común.
[7] Gilles Deleuze y Félix Guattari, Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia, Pre-textos, Valencia, 1997, p. 386.