«Orgullo
puta»
Hablando con
una estudiante y trabajadora del sexo
Liad llegó
a Barcelona invitada a unas jornadas sobre el conflicto
israleo-palestino.
De Barcelona viajó a Madrid y, una vez aquí, combinó
dos
búsquedas: de trabajo en peep shows y de contactos con grupos de
mujeres que ella
calificaría «pro-prostitución». Con la ayuda de
compañeros
y compañeras de CGT, al fresco de la Eskalera Karakola en un
caluroso
día de agosto, aprovechamos su estancia en Madrid para hacerle
una larga
entrevista.
P-
¿Dónde vives y qué haces como medio de sustento?
R- Vivo en Israel
y Palestina, en el lado israelí. Actualmente soy
estudiante y
escribo una columna para un periódico: ésa es mi principal
fuente de
ingresos. Tengo intenciones de trabajar en casas de citas como
telefonista, no
como prostituta. Anteriormente, he trabajado haciendo SM
como ama y
ofreciendo otros servicios sexuales pero sin mucho contacto
directo,
más bien basados en fantasías. También he trabajado de
encueratriz
[profesional del strip tease], en peep shows detrás de un
cristal, en
espectáculos privados sin vitrina, pero igualmente basados
en
fantasías. En alguna ocasión, he trabajado ofreciendo servicios
sexuales con algo
de contacto físico, pero no total.
P-
¿Podrías hablarnos de la columna que escribes en el
periódico?
R- Sí, es
una columna personal, por lo tanto escribo sobre mí misma y
mis experiencias,
principalmente mi experiencia en la industria del
sexo. Sobre todo
procuro enlazar cuestiones del feminismo con el trabajo
sexual y con
cómo las mujeres pueden adquirir más poder a través del
trabajo sexual.
También intento destacar muchos asuntos éticos y
sociales
relacionados con el trabajo sexual. Me parece importante
mencionar que no
es muy común dar voz a las trabajadoras sexuales y creo
que ésa
fue la intención inicial de esta columna. No es lo mismo que se
escriba sobre el
trabajo sexual a que las propias trabajadoras tengan
voz y puedan
hablar por sí mismas.
P-
¿Podrías hablarnos de la situación legal en lo que
atañe al trabajo
sexual en Israel?
R- Sí,
gran parte de la industria del sexo se mueve alrededor de la
prostitución.
Otros servicios, como los espectáculos de strip tease son
menos comunes.
También hay servicios de SM, como ya dije, y se producen
películas
porno, pero, en realidad, el componente principal de la
industria es la
prostitución. La prostitución no es ilegal en Israel,
pero no se la
reconoce como un medio de ingresos, con lo cual, tiene un
estatus a-legal.
Lo único que sí que es ilegal son los proxenetas,
alquilar un piso
con propósitos de prostitución y poner anuncios
publicitarios de
servicios sexuales. En Israel se ejerce la prostitución
principalmente en
casas de citas y no en las calles. A veces también
existen los
llamados «pisos privados», y hay mujeres que trabajan por
cuenta propia,
pero, en realidad, la mafia controla gran parte de la
industria,
especialmente en Telaviv y Haifa.
Israel tiene un
alto índice de mano de obra migrante, gran parte de la
cual ha llegado a
través de redes de tráfico de personas. Con relación
al mundo, Israel
es el primer o segundo país con índices más altos de
prostitutas
migrantes que han llegado a través de redes de tráfico.
Entonces, claro,
por un lado, no se considera la prostitución como una
forma de trabajo,
y además muchas de las mujeres ni siquiera tienen
estatus de
trabajadoras, muchas de las que son migrantes, no cuentan con
papeles de
residencia y las que han llegado a través de redes de
tráfico,
además están atadas a un club en concreto: todos estos factores
se suman para
hacer a las trabajadoras sexuales extremadamente
vulnerables, y
esto favorece que los traficantes y los dueños de casas
de citas pueden
aprovecharse de ellas.
Hay una
diferencia entre los traficantes y los dueños de clubes. A las
mujeres que
llegan a través de redes de tráfico ilegales, los
traficantes las
dejan en manos de dueños de casas de citas a cambio de
altas sumas de
dinero. Con esta «compra» se crea una deuda «usurera»
para las mujeres:
es decir, que tienen que pagar con su trabajo el
precio de su
manutención y todos los costes del viaje a Israel: los de
sus documentos,
los billetes de avión∑ en fin, todo el coste del proceso
de contrabando.
Además de la obligación de pago de una deuda de sumas
desorbitantes, al
no tener papales ni contactos, quedan totalmente en
manos de las
redes de tráfico y de los dueños de clubes. Los traficantes
y dueños
de clubs a menudo se aprovechan de esta situación de
vulnerabilidad y
abusan de ellas.
Hay una gran
diferencia entre las mujeres migrantes en general y las que
llegan a
través de redes de tráfico. Hay mujeres que han elegido ir a
Israel utilizando
redes ilegales de migración, lo que significa pagar a
una persona o a
varias por los gastos de un viaje que es ilegal. Pero
esto es distinto
que llegar a través de redes de tráfico y quedar sujeta
a un único
club en el que estás obligada a trabajar y hacer todo lo que
te digan para
pagar la deuda «usurera». Por supuesto que la mayoría de
las mujeres
prefieren venir por cuenta propia para no estar sujetas a
este tipo de
deudas «usureras» y así tener más flexibilidad a la
hora de
buscar trabajo de
manera autónoma. Pero no todas pueden, porque para
venir por cuenta
propia hay que tener más medios. También existen muchas
mujeres
israelíes que trabajan en la prostitución. Muchas de ellas han
nacido en Israel
pero provienen de Europa del Este, y evidentemente hay
una gran
diferencia entre las condiciones de trabajo de éstas y las de
las mujeres
migrantes. Si tienes la ciudadanía, puedes negociar para
mejorar tus
condiciones de trabajo, puedes obtener el 50 por ciento de
tu trabajo, no se
lo debes a nadie y en general, los dueños de casas de
citas te tratan
mejor. Además, como la prostitución es común en muchos
sitios, si no te
gustan las condiciones de un lugar, puedes irte a otro.
También
existe la prostitución de calle, pero es menos común. La
mayoría
de las mujeres
que trabajan en las calles son mujeres que no pueden
trabajar en casas
de citas, principalmente transexuales y yonquis,
porque no las
contratan. Como ya he dicho, hay mujeres que trabajan por
cuenta propia, no
en casas de citas, sino que tienen un piso con una
amiga y trabajan
juntas. Estas condiciones son mucho mejores, pero a la
vez significa
convertirse en dueña de un negocio, lo cual comporta
riesgos, porque
como ya he dicho alquilar un piso con el propósito de
ofrecer servicios
sexuales directos (prostitución) es ilegal. Si te
descubren, quedas
en una situación muy difícil y, además, si hay más
mujeres
trabajando en el piso, se te puede acusar de proxeneta, con lo
cual te
enfrentarías a dos cargos en los tribunales.
Hay dos cosas que
me gustaría mencionar sobre la relación entre la
policía y
la mafia. La mafia controla gran parte de la industria del
sexo,
especialmente en Telaviv, donde la policía no interviene. No
estamos seguras,
pero presuponemos que existe un acuerdo entre la mafia
y la
policía. La policía seguramente considera demasiado peligroso
intervenir en
lugares controlados por la mafia, mientras que hacen
redadas
continuamente en sitios donde no hay tanta mafia, como en
Jerusalén.
Evidentemente, quienes sufren las consecuencias son las
mujeres, porque
muchas no tienen papeles y también por el carácter
alegal de la
prostitución. Cuando detienen a una mujer que está
trabajando, en la
calle o en un piso, suele ser por no tener permiso de
residencia, o por
estar trabajando sin permiso de trabajo. Irónicamente,
en esos casos la
prostitución cobra un estatus de trabajo, y te pueden
acusar de
trabajar ilegalmente, sin papeles. Por otro lado, durante las
redadas en
Jerusalén, intentan acusar de proxenetismo a alguien que
normalmente no es
el proxeneta en sí, sino por ejemplo una mujer que
trabaja en el
mostrador o la administradora.
Otra cosa de la
que quisiera hablar es respecto a la legalidad del
trabajo.
Evidentemente, es un trabajo sin estatus legal, todo lo que se
gana es dinero
negro, en efectivo, y no se recibe ningún tipo de
prestación
social. No conozco ningún caso de mujer que haya ido a
Hacienda para
declarar impuestos y pagar la seguridad social y así
conseguir
prestaciones sociales. Sin embargo, presupongo que si
sucediese, no
sabrían cómo clasificarnos, en qué tipo de actividad
económica
incluirnos, principalmente por razones burocráticas. No se me
considera
empleada porque mi empleador, que es un proxeneta, nunca
admitiría
que soy su empleada. Más que nada soy autónoma, pero no tengo
recibos,
así que no puedo demostrar cuanto he ganado. Y desde luego no
puedo ser
empresaria, porque ser dueña de un negocio de este tipo es
ilegal.
P-
Háblanos de la situación global de la prostitución y del
trabajo de
movilización
y organización en torno a la industria del sexo.
R- El tema de la
organización y movilización dentro de la industria del
sexo, es decir,
la lucha para que el trabajo sexual sea reconocido como
tal y la lucha
por los derechos de las trabajadoras, cobró importancia
en Estados Unidos
a principio de los años 90. A partir de entonces, la
sindicalización
de bastantes trabajadoras sexuales, la formación de
algunos
colectivos de prostitutas, así como la aparición de colectivos
de trabajadoras
sexuales con representación oficial en el gobierno han
dado empuje a
esta situación. Uno de estos colectivos está en San
Francisco y tiene
representación sindical. Hay otro sindicato de
prostitutas que
se formó recientemente en Gran Bretaña, ligado a un
sindicato
oficial. Además, me parece que existen algunos sindicatos en
Calcuta,
así como en Hong Kong, que reciben apoyo de sus respectivos
gobiernos.
Por otro lado, se
está produciendo un aumento de la migración de mujeres
que buscan
trabajar en distintos sectores, entre ellos la prostitución.
En los
años 90, con este incremento de la migración, se formó una
organización
llamada «Coalición contra el tráfico de mujeres», que
es
probablemente la
organización más grande y sólida que trata la
cuestión
de la
prostitución desde una perspectiva absolutamente abolicionista. En
aquella
época, tenía como prioridad absoluta en su agenda los problemas
del turismo
sexual en Tailandia e intentó introducir este tema en la
agenda
internacional. Otra cosa que sucedió en relación con el turismo
sexual fue el
manifiesto internacional sobre prostitución de 1996. Era
un manifiesto
escrito por prostitutas organizadas con una serie de
reivindicaciones,
pero no tuvo mucho difusión.
Al mismo tiempo
que aumentan determinadas problemáticas relacionadas con
la
prostitución, la migración y el tráfico de mujeres y sus
consecuencias,
vemos que la mayoría de las mujeres trabajadoras en la
industria del
sexo no se quedan en un solo lugar, sino que optan por
migrar a lugares
donde tienen posibilidades de estar mejor remuneradas.
Muchas mujeres
procedentes de países pobres de Asia oriental se van a
Tailandia. Por
ejemplo, mujeres filipinas. A su vez, las tailandesas
migran a
Australia, donde se las considera exóticas y se las valora por
eso, mientras que
las australianas se van a Japón, donde se las valora
por ser blancas y
ganan más dinero. Hay incluso mujeres de Estados
Unidos que eligen
Japón como lugar de trabajo. Las mujeres de Europa del
Este, por su
parte, se van Europa occidental∑ y así sucesivamente. Así
que la
migración es cada vez más predominante, y el tráfico de
personas
también
aumenta. Como esta situación es cada vez más visible, los grupos
contra el
tráfico de mujeres (en su mayoría abolicionistas) han ido
cobrando fuerza y
ha crecido su capacidad de presión.
Existen grupos
con mucha influencia en el gobierno de Estados Unidos y
las Naciones
Unidas. Debido a su trabajo en las Naciones Unidas, la
situación
se ha polarizado y los políticos se han visto obligados
posicionarse, sea
a favor de la prostitución, lo que significa reconocer
el derecho que
tienen las trabajadoras al trabajo sexual, legitimando su
elección y
permitiendo mejorar sus condiciones, o en contra, es decir,
tomando una
postura abolicionista. Los y las abolicionistas generalmente
son
humanitarios/as, trabajan para las prostitutas, mientras que los
grupos
pro-prostitución trabajan con ellas y muchas veces son grupos
constituidos por
las propias prostitutas. Las/los abolicionistas
trabajan en
programas sociales y humanitarios y no en proyectos
progresistas o
políticos. Ser abolicionista generalmente significa ver a
las mujeres como
víctimas y, aunque por lo general desde estas posturas
no se intente
erradicar directamente el trabajo de las prostitutas, sí
que se procura
ilegalizar el proxenetismo y la creación de barrios
rojos, con el
pretexto de mejorar las condiciones de las mujeres, cuando
estas medidas en
la mayoría de los casos suelen traducirse en una mayor
vulnerabilidad
para las prostitutas. El discurso humanitario de los/las
abolicionistas ha
favorecido el estrechamiento de sus lazos y relaciones
tanto con el
gobierno como con distintos organismos internacionales
ligados a las
Naciones Unidas. Cada vez tienen más poder. Por ejemplo,
la
«Coalición contra el tráfico de mujeres», una
organización a escala
internacional,
tiene un lobby muy fuerte. En términos generales, existe
una
drástica división entre grupos abolicionistas y grupos
pro-prostitución,
aunque ambos afirman ser feministas. La «Coalición
contra el
tráfico de mujeres» dice que toda la prostitución, todo el
trabajo sexual,
es violación y que empeora el estatus de las mujeres en
la sociedad. Por
otro lado, los grupos pro-prostitución y a favor de la
movilización
por los derechos de las trabajadoras sexuales, dicen que la
prostitución
siempre existirá y que cuando no se reconocen los derechos
de las
prostitutas, se divide a las mujeres en buenas y malas, esposas y
putas.
Además, estos grupos distinguen entre las mujeres que han elegido
trabajar en la
industria del sexo y las que son víctimas, por el motivo
que sea. Como el
debate está cada vez más candente y la «Coalición
contra el
tráfico de mujeres» es un organismo con mucha fuerza a escala
internacional,
las Naciones Unidas han acabado aceptando una perspectiva
abolicionista, al
igual que el gobierno de Estados Unidos. Asimismo, el
gobierno de
Estados Unidos ha adoptado ya algunas medidas encaminadas a
la
abolición de la prostitución. En resumen, los grupos
abolicionistas
son más
fuertes y tienen conexiones con el gobierno porque son
humanitarios y
porque no son progresistas ni pretenden un verdadero
cambio social.
Recientemente, se
presentó un manifiesto en Estados Unidos para cortar
los fondos de
USAID. USAID es un organismo estadounidense que destina
fondos a muchos
tipos de organizaciones internacionales humanitarias,
entre ellas
algunas que trabajan la cuestión de la prostitución. El
manifiesto
exigía a USAID que suspendiera la financiación de
organizaciones
que considerasen la prostitución como una forma legítima
de trabajo. Esto
es algo muy grave: significa que se han retirado
subvenciones a
todos los grupos que trabajan con prostitutas y las
reconocen como
trabajadoras sexuales, aunque su trabajo consista
simplemente en
enseñarlas a leer y a escribir para ofrecerlas otras
posibilidades en
el mercado laboral. De modo que vemos una evolución que
apunta a la
hegemonía de determinada visión de la prostitución, de
acuerdo con la
cual todos los grupos que defienden los derechos de las
trabajadoras
sexuales y la movilización de las prostitutas son
considerados
prácticamente ilegales e ilegítimos y tienen que
enfrentarse a
organismos gubernamentales internacionales y a las
Naciones Unidas,
que les dan completamente la espalda.
Otro motivo por
el cual la «Coalición contra el tráfico de mujeres»
ha
sido capaz de
presionar en esferas tan elevadas y con tanta repercusión
reside en su
alianza en Estados Unidos con grupos cristianos
fundamentalistas
que también están en contra del trabajo sexual. Estos
grupos cristianos
son muy poderosos, con lo cual esta alianza entre
ambos grupos y la
unificación de sus agendas para promover una única
visión con
respecto al trabajo sexual resulta bastante sospechosa. Por
otro lado, con el
fin de sumar fuerzas para resistir a escala
internacional,
los grupos pro-prostitución se están uniendo a
organizaciones de
derechos humanos, en defensa de los derechos de los
trabajadores y en
defensa de los derechos de los inmigrantes, así como a
organizaciones de
trabajadoras sexuales, para constituir una coalición
internacional
fuerte y hacer frente a organismos como las Naciones
Unidas.
P-
¿Cómo está funcionando esta alianza entre trabajadoras
sexuales y
grupos de
derechos humanos, laborales, etc? ¿Qué significa para ti el
activismo desde
el trabajo sexual?
R- Lo bueno de
esta alianza de las trabajadoras sexuales con distintos
grupos de
trabajadores, grupos en defensa de los derechos de los
trabajadores
inmigrantes y grupos de derechos humanos es que queda claro
que las
trabajadoras sexuales tienen derechos y que son trabajadoras
legítimas
y por lo tanto merecen los mismos derechos que los demás
trabajadores. En
este sentido, se está convirtiendo en una lucha de
trabajadoras,
aunque también es una lucha contra las abolicionistas.
Reconocer el
trabajo sexual como trabajo no es novedoso, ni es algo que
haya descubierto
yo, porque cualquier mujer trabajadora en la industria
del sexo sabe que
lo que hace es un trabajo, porque es su medio de
sustento y no
deja de ser trabajo por el hecho de que sea sexual. Es
algo que se hace
con el fin específico de ganar dinero y para mejorar
las condiciones
es preciso tener en cuenta que todos los tipos de
trabajo sexual,
dentro de la industria del sexo, se parecen: el trabajo
en su conjunto,
la interacción con los clientes, la manera de ganarte el
dinero, son
siempre iguales. Únicamente varían las condiciones laborales
de un trabajo a
otro. Para poder mejorar, para estar mejor remunerada y
mejorar las
condiciones de trabajo, es necesario que nos reconozcan como
trabajadoras.
La lucha por los
derechos de las trabajadoras sexuales siempre ha sido
igual. Echaron
dos veces del trabajo a una amiga con la que trabajé en
un peep show.
Evidentemente, la echaron porque cada vez exigía más
derechos, era muy
reivindicativa, causaba demasiados problemas a la
administración
y llevaba trabajando allí algún tiempo, con lo cual los
dueños
querían sustituirla por mujeres nuevas que poder ofrecer a los
clientes. El
primer sitio al que acudió fue al Consejo de Trabajadores.
Yo he trabajado
en lugares dentro de la industria del sexo en los que el
deseo de las
mujeres de sindicarse y de luchar por más derechos imperaba
mucho más
que en otros lugares de trabajo más «cualificado». Las
trabajadoras
sexuales tienen mucha más conciencia de qué cambios hacen
falta. Lo que
impide que se den esos cambios son las malas condiciones
de trabajo y las
situaciones de esclavitud que hay a veces, que
obstaculizan la
movilización. También es un obstáculo la
victimización
de las
trabajadoras sexuales. He conocido a mujeres, a las que las
abolicionistas
les han lavado el cerebro mientras ejercían la
prostitución,
que han terminado viéndose a sí mismas como víctimas y a
las que, por lo
tanto, nunca se les ocurriría exigir una mejora de sus
condiciones,
porque no se consideran trabajadoras. Y que, cuando
recurren a otra
prostituta, no es con el fin de organizarse, sino para
buscar apoyo
emocional, apoyo para poder seguir aguantando las
condiciones.
Éste es uno de los problemas del abolicionismo.
En cuanto a lo
que significa el activismo en el trabajo sexual, hay dos
cosas que se
correlacionan. Una es la lucha por los derechos, que
empezarán
a conseguirse cuando el trabajo sexual deje de ser tabú,
cuando
esté legitimado y sea reconocido como trabajo, lo cual significa
quitar el estigma
del sexo en general. Así que, para que el trabajo
sexual sea
reconocido como un empleo, tanto los trabajos sexuales como
el sexo en
sí deben ser menos tabú. Hay algunas personas que están en
contra de esto
porque los servicios sexuales se remuneran en función del
propio hecho de
ser tabú y porque no hay forma de acceder al sexo, a
determinado sexo,
gratuitamente, y todo ello eleva el precio del trabajo
sexual. En
lugares donde el trabajo sexual se ha despenalizado, se ha
registrado una
reducción del precio del sexo, las mujeres ganan menos
dinero. Sin
embargo, yo creo que, en general, sería beneficioso. También
porque considero
que culturas menos represivas y con menos tabúes
ligados al sexo
son mucho más saludables en su conjunto, tenga esto que
ver con el
trabajo sexual o no.
Para mí,
es muy importante señalar que una trabajadora sexual activista
adquiere
más poder de su propio trabajo. Me refiero a que,
tradicionalmente,
las mujeres se han diferenciado de los hombres por sus
habilidades
sexuales, por su habilidad de atraerlos y seducirlos, lo
cual las hace
mucho más fuertes que los hombres, no físicamente, pero sí
por el poder que
tienen sobre ellos y la capacidad de convertir este
poder en una
forma de trabajo, en un activo, en algo que dé dinero. Creo
que esta es una
característica universal de todas las mujeres, pero
contradice los
estereotipos internacionales que hay sobre las
prostitutas: se
las suele retratar como mujeres pobres, víctimas,
yonquis,
indefensas y en una situación mala. Lo que crea esa
contradicción
es la incapacidad de separar el trabajo sexual en sí de
las condiciones
en las que se realiza ese trabajo.
El trabajo dentro
de la industria del sexo es siempre igual. Siempre
consiste en
desplegar los propios poderes de seducción. Son las
condiciones de
trabajo lo que hace que cada situación varíe y lo que
coloca a las
mujeres en diferentes posiciones de desventaja. Por
ejemplo, el
trabajo que desempeño dentro de una habitación con un
cliente,
cómo lo seduzco, cómo consigo que haga lo que yo quiero, y los
medios que
utilizo, es siempre algo universal. Sin embargo, lo que
diferencia es
cuánto me pagan, cuánto poder tiene él sobre mí, en
qué
consiste mi
relación con mi proxeneta y si éste tiene trabajo que
ofrecerme: todos
estos elementos forman parte de las condiciones de
trabajo.
Asimismo, la lucha por la mejora de las condiciones se parece a
la lucha en otros
sectores laborales. Si reconocemos el trabajo sexual
como una
ocupación laboral, como un empleo, entonces podremos mejorar
las condiciones
de las prostitutas y elevar la posición de las mujeres.
No rebajar, sino
elevar su posición, porque lo que realmente hacemos las
trabajadoras
sexuales es utilizar y celebrar para nuestro mayor provecho
los recursos y
habilidades que las mujeres tenemos que ofrecer a la
cultura, en lugar
de reprimirlos o de mostrarlos como algo malo.
P- ¿Crees
que sindicarse sería una manera efectiva de mejorar las
condiciones en el
trabajo sexual?
R- Por supuesto,
creo que organizarse para mejorar los derechos es muy
importante. Desde
un punto de vista general, que las trabajadoras
sexuales se
sindiquen significa que se está legitimando su posición como
trabajadoras, y
en este sentido los sindicatos son útiles. Lo que sucede
es que
globalmente las condiciones son muy diferentes. Por ejemplo, en
Estados Unidos la
prostitución es completamente ilegal y es necesario
que se
despenalice, no legalice, sino despenalice, porque legalizar
significa el
control del Estado y despenalizar quiere decir que todas
pueden ejercer
cómo deseen. En otros países, la prostitución es alegal y
es importante que
se la legitime y para eso, evidentemente, hay que
seguir los
procesos habituales de organización, de organización de
colectivos, de
lobbys, sean contra la política del gobierno o para crear
una resistencia
contra los empleadores. Este proceso tiene la misma
importancia en
otros sectores laborales. Lo que sucede es que los
problemas de un
lugar a otro son diferentes y aunque el tipo de
organización
necesaria también varía, en general se dan los mismos
procesos. En
todos los lugares de la industria del sexo en los que he
trabajado, los
problemas se parecían mucho a los de un trabajo
convencional,
donde sindicarse es el único modo de resistencia que
tienen las
mujeres. Sin embargo, es muy problemático cuando existen
sindicatos
corruptos, que trabajan en alianza con el gobierno, que están
formados por
hombres, que promueven agendas políticas de hombres, que
tienen acuerdos
con negocios privados sindicados así como con el
gobierno; todos
estos factores son obstáculos a la hora de sindicarse.
Pero, de nuevo,
vemos que estos problemas de sindicalismo son habituales
en todo tipo de
trabajos, les quitan el suelo a los trabajadores,
dejándolos
sin poder, y así sucede en el trabajo sexual también.
Puedo dar un
ejemplo de esto: ahora mismo, en Israel, los proxenetas de
varios negocios
del sexo están intentando organizarse para hacer presión
al gobierno y
pedir que se legalice la prostitución. Efectivamente, lo
hacen con vistas
a beneficiarse de un tipo de legalización en las que
las mujeres
ganarían menos dinero y ellos más, y además ya no
podrían
detenerlos. Hay
un grupo de abolicionistas feministas que están luchando
contra esto, en
pro de la ilegalización total de la prostitución,
argumentando que
así protegen a las mujeres de los proxenetas y
disminuyen el
poder que éstos tienen. Por supuesto, estoy de acuerdo en
que el proxeneta
debe tener menos poder y las mujeres más, pero creo que
tratar el tema
desde esos dos ángulos contradice cualquier perspectiva
progresista. De
haber lobbys de presión al gobierno, deberían ser de
trabajadoras
sexuales en defensa de sus derechos, y sí, también por
legalizar la
prostitución, pero en otras condiciones que las que quieren
los proxenetas.
Una fuerte representación sindical permitirá crear un
fuerte grupo de
presión para contrarrestar el proxenetismo y a los
dueños de
negocios y garantizar nuestros derechos como trabajadoras.
Hace tiempo,
trabajé en un peep show en Estados Unidos que estaba
vinculado con
otro en el que las mujeres consiguieron sindicalizarse.
Hubo una gran
mejora, no sólo en las condiciones de trabajo, sino
también en
el aumento del poder de las mujeres con respecto a la
administración
del negocio. Al igual que otros empleos, si los/las
empleadas tienen
más poder, ya no es tan fácil despedir a cualquiera.
Pero durante el
proceso, surgieron problemas típicos de cualquier
proceso de
sindicalización en cualquier tipo de trabajo. En cuanto
descubren que
quieres sindicalizarte, los jefes intentan averiguar
quiénes
son las involucradas, intentan despedirlas bajo otros pretextos,
contratan a
abogados para deshacer el sindicato, intentan romper el
sindicato con
cualquier medio, contratan a mujeres esquiroles...
Resulta
difícil cuando muchos de los negocios son pequeños y muchas
mujeres trabajan
en casas de citas, porque cuando un lugar de trabajo se
sindicaliza, no afecta
las condiciones de trabajo del resto de sitios.
Los traficantes y
dueños de negocios suelen tener más de un negocio, eso
les permite
despedir a mujeres con frecuencia y traer nuevas. Eso hace
difícil
sindicalizarse, pero si sucediese a gran escala, las mujeres
tendrían
más poder frente a los traficantes y la mafia organizada. Si
embargo, puesto
que el mercado negro y los traficantes están en juego,
es un asunto muy
difícil y peligroso, y las mujeres que trabajan bajo
esas condiciones
son muy conscientes de ello.
Otra cosa que yo
personalmente apoyo es una medida que no está en manos
de las
trabajadoras sexuales sino de quienes consumen servicios
sexuales, es
decir, consumo dirigido. Esto significa que si tienes la
opción de
ir a cualquier casa de citas y contratar a cualquier
prostituta,
deberías asegurarte de obtener los servicios solamente de
quienes
están en mejores condiciones, para apoyarlas y boicotear a
aquellos que
maltratan a sus mujeres. En definitiva, es utilizar el
poder del
consumidor. Si eres feminista y estás en contra del tráfico de
mujeres o de
menores, o lo que fuese, y no quieres que las mujeres
trabajen en malas
condiciones, no tienes por qué dejar de consumir sexo,
sino dirigir tu
dinero de manera más eficaz. Y por supuesto, como yo
misma soy una
trabajadora sexual, creo que se debe dar propinas a las
mujeres y
pagarlas más de lo establecido, porque mientras más dinero
cobren, menos
desigualdad tendrán frente al proxeneta. Generalmente, las
propinas no se
comparten con el proxeneta, sino que te quedas con la
cantidad
íntegra, con lo cual ganas un porcentaje más alto de tu
trabajo.
También
quiero añadir que es imprescindible la unión de las trabajadoras
en toda la
industria del sexo, tanto para la lucha por la legitimación
del trabajo
sexual, como para que las trabajadoras sean reconocidas como
tales. Sobre todo
porque tiende a haber una jerarquización entre
diversos trabajos
sexuales (actrices porno, teleoperadoras de línea
erótica,
trabajadoras de peep shows o clubes de strip tease,
profesionales de
SM), así como entre diferentes tipos de prostitución
(de calle, a
domicilio, en casas de citas, clubes, «plazas», etc). Por
ejemplo, una
encueratriz diría, «yo no soy prostituta, soy mejor y de
clase más
alta». O una prostituta a domicilio bien remunerada podría
decir, «yo
no trabajo en la calle, así que soy mejor». Sin embargo, ante
los ojos de la
sociedad, todas somos iguales. Me refiero a que es igual
de difícil
admitir públicamente que eres una encueratriz o una
profesional de
SM, que admitir que eres prostituta. Es muy importante
recordar que el
trabajo es similar y, reitero, únicamente cambian las
condiciones de
trabajo, y cuánto cobras por él. El trabajo que
desempeñamos
es igual en un plano emocional, y nuestro estatus ante los
ojos de la
sociedad también es el mismo. Esto influye mucho en cómo
nuestra familia
nos ve y cómo la policía y la ley nos trata. Para poder
organizarnos, las
mujeres no deben fragmentarse o compartimentarse en
categorías
jerárquicas, porque esto es precisamente lo que las
abolicionistas
intentan hacer. Intentan separarnos al decir «tú estás
bien remunerada,
evidentemente debiste tener elección, en comparación
con la
mayoría que trabajan en la industria del sexo sin haberlo
elegido».
En realidad, las condiciones de unas son mejores que las de
otras por otros
factores: porque eres autóctona, porque eres joven, o
guapa, o porque
sabes idiomas. El tipo de distinción que establecen las
abolicionistas en
realidad pretende definir quién es víctima y quién no,
o más bien
qué tipo de víctima eres, sosteniendo que la mayoría de
las
trabajadoras
sexuales migrantes son víctimas de la pobreza y de la
violencia de
quienes trafican con ellas, mientras que el resto son
víctimas
de la sociedad patriarcal (libertinas). En Israel, por ejemplo,
cuando una mujer
tiene que declarar en un juicio, suelen decir en su
defensa
«pobre mujer, no sabía a lo que venía, no sabía que
terminaría
como prostituta,
y por eso deberían dejarla libre, por eso deberían
tratarla
bien». ¿Qué significa esto? ¿Que si sabías
que ibas a trabajar
de prostituta,
pero desconocías las condiciones, entonces eso te hace
delincuente?
Intentan separarnos entre víctimas y mujeres malas o
libertinas. La
diferencia que subrayan es que las buenas mujeres son
pobres y han
caído en manos del tráfico y la migración y otras redes,
mientras que las
malas han elegido mejorar sus condiciones al optar por
un trabajo
más lucrativo acorde con sus deseos de vida, sus habilidades
y su capacidad de
rentabilizar eso. Entonces, para poder organizarnos
por una mejora de
nuestras condiciones es preciso saber que el trabajo
sexual no tiene
distinciones y hacer falta unión y solidaridad entre las
trabajadoras
sexuales de todo tipo. De otro modo, no podremos
confrontarnos ni
con nuestro barrio, ni mucho menos con los poderes
legislativos.
Un último
punto que quisiera añadir es que cuando la gente me pide que
me defina a mi
misma, siempre me defino como puta. En hebreo digo puta,
para recuperar el
término. No utilizo la palabra prostituta, porque en
inglés
define específicamente lo que haces, mientras que puta es jerga
peyorativa que
también define a cualquier tipo de mujer «fácil»,
cualquier tipo de
mala mujer, o cualquiera que trabaje en la industria
del sexo.
Reclamar y reivindicar esa palabra, usándola con orgullo, lo
que en Estados
Unidos se llama «orgullo puta» [whore pride], permite
legitimar algo
que es aceptable y además elimina las diferencias, porque
no exige que
dé explicaciones o justificaciones de lo que hago en un
plano
jerárquico. Soy puta por definición, por quién soy, y si
consigo
valorizar eso,
que se vea como algo positivo, entonces contribuye a mi
movilidad.
Madrid, agosto
2003.