I+P: Investigación/Formación y precariedad

 

*Bonet, J.; *Balasch, M.; Alfama, E.; *Callén, B.; * Montenegro, M. y  Ribera M. 

(* Miembros de FIC: Fractalidades en Investigación Crítica).[1]

 

La vida se ha puesto a trabajar, nos falta tiempo, no nos alcanza el dinero, recorremos la ciudad para llegar de un «curro» a otro... La experiencia de precariedad nos atraviesa, nos constituye y nos identifica, siempre parcialmente.

 

La idea de escribir este artículo surge de la necesidad de crear comprensiones y líneas de fuga sobre y desde la precariedad. En primer lugar, porque nos interesa participar en los procesos de resonancias y agregaciones políticas que se están generando en torno al concepto de precariedad, que está movilizando a personas de diferentes espacios sociales y políticos y que da nombre común a un malestar[2] (Precarias a la Deriva, 2003). Entendemos el proceso de investigación en este ámbito como una continuidad respecto a otras iniciativas: el Taller Encuentro de Europrecarias en Málaga, el Foro Social de Londres o el proceso EuroMayday.

 

En segundo lugar, nos interesa hablar de precariedad porque las formas de pensar y actuar lo político a partir de este concepto huyen de las políticas de la representación. A diferencia de las prácticas políticas identitarias o aquellas centradas en la noción de clase, la precariedad nos remite a experiencias diversas, trayectorias que se entrecruzan sin ser nunca idénticas y posiciones sociales múltiples que buscan los elementos en común, los diferentes, y que actúan a partir de articulaciones contingentes; donde se generan posiciones de sujeto y  acciones políticas que no tienen un camino predefinido, sino que se van construyendo en la medida en que convergen malestares y deseos.

 

En particular, queremos pensar la precariedad en la investigación/formación porque estamos inmersas en ella (en nuestro continuo estudiantes-docentes-investigadoras/precarias) y a la vez consideramos que constituye un palco privilegiado de observación de las dinámicas de apropiación de las actividades de cooperación inmaterial. En el contexto del capitalismo cognitivo[3], la investigación adopta cada vez más una orientación procedimental según los parámetros de I+D+I (Investigación, Desarrollo, Innovación) que canaliza la actividad hacia los requisitos del mercado, tanto en la categoría de factor de producción como en la de bien de consumo. La expoliación y precarización, así como la privatización y patentización de los productos generados colectivamente, se erigen como lógicas que gobiernan y colonizan el mundo de vida, operando como ejes guía de las trayectorias que atraviesan nuestro quehacer como investigadoras/docentes.

 

En el presente artículo hemos trabajado de manera discontinua comprensiones sobre las diversas maneras de pensar-accionar sobre, desde y contra la precariedad. Para ello partimos de la conjunción de nuestra experiencia (vivida, leída, sentida y compartida) con la adición de dos narrativas/testimonios que pueden sernos útiles para encarnar el debate.

 

                  Cartografiar la precariedad

 

El análisis de nuestras prácticas investigadoras y formativas es indesligable del giro intensivo generado por la eclosión del capitalismo cognitivo. Somos hijas bastardas[4] de la hibridación del desarrollo tecnocientífico con la creciente hegemonía del trabajo inmaterial como factor regulador del conjunto del ciclo productivo. En dicho contexto, un conjunto de prácticas lingüísticas y relacionales asociadas a los trabajos intelectuales y «feminizados» (cooperación, creatividad, flexibilidad, cuidado y afectos) devienen centrales en las actuales dinámicas de reproducción y mercantilización del conocimiento[5], precarizando transversalmente las subjetividades fragmentarias/fragmentadas de la investigación y formación.

 

A pesar de la crisis de «las instituciones clásicas» asociadas a la producción (investigación) y reproducción (formación) del conocimiento ­tales como las universidades, los cursos reglados de formación o los centros de investigación­, éstas continúan siendo, junto a «las nuevas instituciones» dependientes del capital privado, los únicos espacios de formación e investigación definidos y legitimados (mediante títulos, instalaciones, convenios, sistemas de acreditación, subvenciones y publicaciones). Esto supone la asunción de determinadas «reglas del juego» que canalizan las relaciones y condiciones de posibilidad bajo las cuales se realiza dicho trabajo.

 

La investigación/formación se encuentra inmersa en un entramado institucional de disposición reticular donde cada vez más lo público es colonizado por el mercado a partir del trazado de líneas de convergencia y direccionamiento hacia criterios de producción de conocimiento for-profit acordes con el pensamiento hegemónico. De este modo, se dibujan los límites que marginalizan aquellas experiencias de investigación que, producidas intersticialmente a través de la cooperación de singularidades conectoras de «mundos» heterogéneos y desde parámetros contrahegemónicos, logran mayores grados de agenciabilidad en la producción de conocimiento.

 

Paradójicamente, la subsistencia del capitalismo cognitivo precisa de la captura de la cooperación de heterogeneidades intelectuales y afectivas generando condiciones de fuerte precarización (falta de tiempo, recursos materiales o relegación de la investigación al ámbito vocacional) para poder transformarlas en conocimiento adaptado a las necesidades de su acumulación. La precarización de las prácticas de investigación y formación pasa a formar parte, entonces, del ciclo de valorización asociado al trabajo inmaterial, al margen de su posición en nodos de mayor o menor densidad dentro del entramado institucional.

 

Subvertir la máquina de captura y precarización que el capitalismo cognitivo supone para nuestras vidas, precisa de una apuesta por cartografiar las lógicas globales y comunes que atraviesan al total de las prácticas de investigación/formación, singularizándose en cada experiencia de manera particular (investigadoras de laboratorio, de campo, docentes,...). Entendemos que este ejercicio de cartografía es útil para la apertura de nuevas comprensiones, prácticas y significados acerca de la precariedad en la investigación.

 

        

       Testimonio 1: Paula Precariez

 

Actualmente estoy trabajando en un centro de investigación impulsado por un grupo de profesores de la Facultad de Ciencias Políticas de la UAB. Este centro está en proceso de convertirse en un instituto autónomo respecto a la universidad con el doble objetivo de, por un lado, evitar las lógicas burocráticas de la universidad y así, entre otras cosas, agilizar los procesos, abaratar costos y poder gestionar directamente los recursos humanos y los proyectos y, por el otro, de incrementar las posibilidades de recibir subvenciones para llevar a cabo líneas de investigación propias.

 

Mi situación particular de trabajo es algo confusa. Estoy subcontratada por una fundación privada que tiene un convenio de tres años con este centro de investigación y que expira este año. Aunque estoy cobrando de la fundación, a la que entregamos informes periódicamente, mi día a día se desarrolla en el centro. Como el centro tiene convenios con distintas instituciones públicas y privadas, cada cual tiene sus condiciones de contratación y las personas que no cobramos directamente del centro, sino de dichos convenios, estábamos en situaciones contractuales muy diversas; por lo que equiparar los salarios era uno de los objetivos del centro. Hubo una serie de negociaciones ­motivadas, en mi caso, por mi interés sobre la situación contractual­ que se resolvieron, en lugar de equiparando el sueldo, bajando las horas de trabajo a seis para que el cálculo resultante fuese comparable al del resto del equipo.

 

Según el convenio que han firmado el centro y la fundación, se deben trabajar determinados temas de investigación. Sin embargo, en el funcionamiento diario hay un elevado grado de indefinición y suelo asumir las tareas «comunes» que no están asignadas a nadie en particular del centro (tareas de coordinación, administrativas y de gestión, así como la comunicación con los responsables) y que no me corresponderían según el convenio.

 

Actualmente éste es mi único trabajo remunerado y voy sobreviviendo sin muchas alegrías. Digamos que es más o menos digno. Mi situación tiene aspectos que están bien, como por ejemplo que llevo dos años en el mismo puesto, y aspectos de precariedad como que no tengo derecho a paro ni estoy cotizando y que cuando finalice el convenio mi futuro laboral será muy incierto.

 

Creo que estoy inmersa en una maquinaria que lo que necesita es producir, se trabaja con subvenciones de las administraciones y proyectos de corta duración, con lo cual la mayoría de las personas no conoce su futuro laboral cuando termine su vinculación a sus proyectos específicos (que aunque en el mejor de los casos son anuales, en general tienen una duración bastante más corta, con el agravante de que abundan las jornadas cortas: medias, ¾ o incluso cuartos de jornada, que obligan a la gente a simultanear trabajos). En la práctica, esto supone trabajar en la investigación presente y simultáneamente pensar y dedicar tiempo a la preparación y «venta» de próximos proyectos, así como ir desarrollando artículos, libros y otros productos de las investigaciones anteriores. Todo va muy rápido y es difícil cumplir con los objetivos.

 

Además, los sistemas de evaluación se basan en objetivos y no se tienen en cuenta las condiciones en que han sido desarrolladas las investigaciones. Sientes que estás produciendo un material en un período de tiempo muy breve, que va a terminar archivado en un cajón y al que es muy difícil dar una cierta coherencia o continuidad; y que en todo caso esta coherencia la debes dar tú con tu esfuerzo personal y un poco «por amor al arte». Tiene un punto de absurdo.

 

En mi caso, veo que la salida es, con suerte, aprovechar las redes de contactos que he tejido durante mi vinculación con el centro de investigación para incorporarme a proyectos que se estén desarrollando, que aunque suelen ser de corta duración y con una remuneración insuficiente como única fuente de supervivencia, a la vez me ofrecerían cierta continuidad en el ámbito de la investigación.

 

Considero que la precariedad en la investigación incide en dos aspectos fundamentales: uno de tipo material, relacionado con las condiciones de contratación, y otro en términos de aquellas líneas de investigación que se subvencionan frente a las que no. En el ámbito de las ciencias sociales, en el contexto autonómico de Cataluña, y a diferencia de otras comunidades, este aspecto se expresa a través de subvenciones a temas aparentemente «progres» (es decir, multiculturalidad, participación, etc.), pero manteniendo el privilegio hacia ciertas perspectivas y experiencias de estudio que han sido promovidas desde las administraciones, legitimándose, así, su propia actuación.  

 

En el contexto de las instituciones universitarias asistimos a una fuerte precarización de las condiciones laborales y un grave déficit de los derechos sociales. Este funcionamiento parte de una indefinición notable de las tareas asignadas a cada puesto para luego ver hasta dónde da cada trabajador, opera con flexibilidad horaria (en apariencia puedes ir a trabajar cuando quieras, pero en realidad es posible que no dejes de hacerlo ni los fines de semana) y se beneficia de la vertiente vocacional que supone la investigación para la mayoría de nosotras.

 

Frente a esta situación se están llevando a cabo iniciativas como la Asamblea contra la Precariedad en la Universidad, en la que estoy participando. Se trata de crear una plataforma con becarios, contratados, PAS, etc. que busca dar una visión general del funcionamiento de los servicios y estructura de la universidad. Se trabaja partiendo de conceptos como docencia (que incluye a asociados, profesores y becarios) o investigación (que incluye a contratados y becarios) para evitar el corporativismo. A pesar de ello, a menudo cada posición defiende sus intereses (los profesores solicitan la unificación de los criterios de acreditación o los becarios la clarificación de tareas) y aquellas personas que no pertenecemos a ninguna de estas categorías quedamos invisibilizadas, lo cual, dada la fragmentación creciente de las situaciones contractuales en la Universidad, no es un problema menor. Creo que uno de los aspectos centrales en las instituciones universitarias es que se trata de un centro de producción de conocimiento y de formación que requiere de un flujo permanente de personas para formarlas. Este aspecto se resuelve con una minoría inamovible (i.e. profesores con más de cuarenta años en su butaca) frente a una bolsa de gente precarizada (las excedencias se suplen con trabajadores precarizados), con trabajos inestables y con una gran movilidad.

 

Otra posibilidad de respuesta a la situación de precarización es la de investigar al margen de la academia. En este caso, en general, te enfrentas directamente a las administraciones que son las que te van a subvencionar. Otra respuesta bastante usual es la de intentar incorporar lo que te interesa, abrir nuevas líneas o perspectivas; no a través de la confrontación, sino reconduciendo las propuestas para que sean aceptadas y al mismo tiempo te satisfagan.

 

También es importante hablar de estos temas con el resto de trabajadores. El problema es que te reúnes y piensas en lo que quieres cambiar pero luego ¿a quién vas a gritarle? Está todo muy diluido y no sabes muy bien a dónde dirigir tus quejas, quiénes son los responsables.

 

 

Uno de los mecanismos para la delimitación de líneas de investigación y de formación es, precisamente, la concesión de ayudas materiales, económicas y facilidades que discriminan determinadas líneas de investigación frente a otras. En las denominadas ciencias «duras», por ejemplo, la transferencia de tecnología forma parte de las políticas de investigación puestas en marcha a fin de que el gasto público revierta en beneficio de empresas privadas[6]. Mientras que en el ámbito de las ciencias sociales, las investigaciones sobre determinadas «problemáticas» (la inmigración o la exclusión social,...) son incluso apoyadas por fundaciones asociadas al capital bancario (Caja Madrid, Argentaria, La Caixa...), con el fin de producir conocimientos que permitan regularlas y justificar ulteriores intervenciones sobre estas poblaciones[7].

 

Se genera así una práctica divisoria entre conocimientos prescritos: ciertos temas de investigación, metodologías, perspectivas, formas de trabajo y lugares de publicación (revistas con índice de impacto, la mayoría de ámbito anglosajón) frente a otros proscritos[8]. Por tanto, la delimitación de las líneas y formas de investigación a aquellos proyectos susceptibles de recibir ayudas y publicaciones merma la capacidad de producción de conocimientos críticos ­al menos desde espacios con mayor densidad institucional­ al converger instituciones de saber y pensamiento hegemónico[9] (Biglia, 2005b). Al mismo tiempo que los mecanismos de ayudas a líneas de investigación determinadas confluyen con las formas de evaluación estandarizadas, ya sea por objetivos, o por criterios de eficacia y eficiencia. Es decir midiendo su rentabilidad y utilidad afín al capitalismo postfordista.

 

En este contexto, las subjetividades investigadoras/docentes (continuo categorial por el que transitamos cotidianamente) se encuentran sometidas a la presión ejercida por la «ejecución curricular» que exige la producción de trabajo «individualizado» con el fin de poder mantenerse en los circuitos de investigación/formación, reproduciendo a su vez el mito de la «autoría científica». En este sentido, también el producto final de la producción de comprensiones, ideas y proyectos que se dan en el seno de grupos de apoyo y cooperación, es siempre «traducido» en términos de currículum individual. Dinámicas de individualización que, expoliando los saberes y la capacidad de cooperación a través de «trayectorias individuales» de investigación y formación, producen fragmentación social y agudizan los procesos de competitividad profesional.

 

Así mismo, la necesidad ­por motivos curriculares­ de «legitimar» la tarea realizada como un acto de investigación o formación, multiplica el tiempo que se dedica a las tareas burocráticas y de gestión para tal fin (acreditaciones, correcciones de artículos, búsqueda de certificaciones, búsqueda de nuevos financiamientos, etc.). Se trata de un tiempo que no se nos retribuye ni económicamente ni en términos de satisfacción vocacional. Tal como expone Beau[10], el trabajo de la investigadora precaria es constante, mientras que la retribución económica (e incluso social) suele ser intermitente, con lo que la necesidad de buscar otros medios de subsistencia en paralelo resulta un tema de alta prioridad para quienes desean «vivir» de esta actividad.

 

Otro factor a tener en cuenta son las transformaciones asociadas a la reproducción de conocimiento. Hemos transitado de una formación «para la vida» (laboral) a una formación «de por vida»: un continuo y permanente reciclaje formativo, análogo al que experimenta el conjunto de lo social, donde se nos exige que la totalidad de nuestras vidas se moldee y adapte a los requisitos del mercado de trabajo, a fin de renovar nuestros conocimientos y destrezas dependiendo de lo que se demanda en diferentes momentos y puestos de trabajo. Así, las habilidades, conocimientos, técnicas y actitudes que cada persona haya podido ir desarrollando durante su proceso formativo (que ya no puede ser restringido a una determinada franja de edad) representan su propio valor, son su «inversión» para poder competir con otros «recursos humanos». Esta intensificación del ciclo de producción/reproducción del conocimiento se agudiza mediante el despliegue de «un conocimiento de segundo nivel», aquél que aborda el knowledge management, basado en la traducción del conocimiento tácito en explícito, por ejemplo a partir de la profusión de las «bests practices», generando un nuevo campo de investigación/formación desarrollado en su mayor parte por consultorías y centros privados.

 

La necesidad de continuo reciclaje se ha convertido en un nuevo yacimiento de beneficios tanto para las instituciones clásicas como para las desarrolladas ad hoc por el mercado formativo: se ofertan cada vez más cursos y masters, cursos de postgrado y extensión universitaria, lo que supone ampliar la oferta educativa, mantener un contingente laboral de formadores especializados (que a su vez necesitan de cursos de reciclaje a un nivel superior) y una fuente de ingresos para las instituciones bancarias a partir del sistema de créditos que sufraga las necesidades formativas de las empleadoras del capitalismo cognitivo. Esta situación tiende a normativizarse y estandarizarse a escala europea a partir de las últimas reformas (léase, el proceso de Bolonia), a través de las cuales tanto las licenciaturas como las diplomaturas quedaran reducidas a estudios de grado, acortando su duración y generando un espacio intermedio entre el grado y el doctorado denominado postgrado. A su vez, el sistema de enseñanza superior se adecuará cada vez más a la noción de competencias, despreciando los contenidos y fomentando habilidades y actitudes en sintonía con los requisitos del sistema postfordista[11]. En esta misma línea, el sistema hegemónico de formación tiende hacia la mercantilización de las relaciones personales en términos de una creciente interiorización de los papeles de ofertantes (el profesorado, la institución) y demandantes (el alumnado y también las empresas).

 

En el caso concreto de las instituciones universitarias, su postfordización camina paralela a una incesante mercantilización y progresiva devaluación de su carácter público. Las condiciones en las que realizamos el trabajo de investigación/formación adopta formas de relación con la institución cada vez más perversas: contratos sin seguridad social (encubiertos como beca o de prestación de servicios), contratos temporales (asociados a proyectos), contratos precarios (profesoras asociadas y ayudantes), mayor exigencia y diversificación de tareas, ninguna seguridad sobre el futuro dentro de la institución o la imposibilidad de cumplir con los objetivos propuestos en los tiempos de trabajo asalariado. Estas condiciones que habitamos, además de precarizarnos, conducen a una situación de segmentación y de fragmentación que dificulta la coordinación para la consecución de unas mejores condiciones de trabajo.

 

La precarización no afecta únicamente a las condiciones laborales en que realizamos nuestros trabajos, sino también a nuestra agencia política. Los mandarinatos, las capillas, los monopolios de asignación de proyectos de investigación no han disminuido. Al contrario, asistimos a un reforzamiento de las estructuras y relaciones de poder en la universidad. Para poder realizar tareas retribuidas económicamente, se requiere del mantenimiento de una red de relaciones que nos conecte a los nodos y subredes privilegiadas. Esta situación inocula la capacidad de contestación o resistencia, promoviéndose, de este modo, la reproducción del patriarcado (constatable no sólo en los temas de investigación sino en los obstáculos para el acceso a condiciones de estabilidad), la discriminación a grupos sociales concretos como el de las inmigrantes y el mantenimiento de estructuras piramidales a partir de los diferentes estamentos institucionales (el encumbramiento de los investigadores principales, las tareas no retribuidas de las becarias ­clases, burocracia...­, que en determinados casos desarrollan íntegramente los proyectos sin que ni tan siquiera aparezcan como firmantes de los informes).

 

Por otro lado, las maneras en las que la institución universitaria se relaciona con otros servicios de mantenimiento de la infraestructura, como, por ejemplo, los servicios de limpieza o de restauración, sigue la lógica de la externalidad: se subcontratan servicios a compañías privadas, desentendiéndose la universidad de las formas en que estas empresas se relacionan con sus trabajadoras (explotación, precarización).

 

Finalmente, en la gestión de la universidad, las áreas de gerencia adquieren cada vez mayor peso frente a la pérdida de sentido de las instituciones democrático-participativas (claustros, juntas, consejos, asambleas), entrando, así, de lleno en las dinámicas del sistema de producción postfordista[12].

 

Las lógicas de la precarización de la investigación/formación constituyen un continuo que, apoyado en dinámicas institucionales (pero no sólo en éstas), reproduce diversas formas de explotación de las subjetividades investigadoras y la expropiación de saberes de las sociedades postfordistas actuales. Para las trabajadoras de este ámbito, el tiempo de trabajo, de ocio, de papeleo, de cooperación, de charlar de proyectos, de aprender, de afianzar y tejer redes de relaciones para futuros proyectos... se hace un tiempo continuo. La vida misma está en trabajo continuo aunque la retribución se perciba de manera discontinua.

 

 

 

                  Facultades de fuga desde/contra

 

Tras haber cartografiado algunas de las lógicas precarizantes que atraviesan las prácticas de investigación/formación, nos planteamos: ¿es posible seguir investigando cuando estamos sumergidas en las aguas de la precariedad?, ¿cómo?, ¿dejándonos llevar por la corriente?, ¿desde la afirmación, aprendiendo a bucear en ella?, ¿o intentando salir a la superficie (si es que hay alguna)? Desconocemos las respuestas, no hay soluciones únicas ni finales, pero sí se experimentan ahogos de precariedad, malestares de insostenibilidad, que nos retuercen y movilizan hacia propuestas políticamente prometedoras.

 

A la vez que asumimos que nos encontramos en el interior de la barriga del monstruo[13] y no en un lugar al margen del poder, que somos hijas suyas, efecto y consecuencia de los mecanismos de dominación, buscamos formas de ser inapropiadas/bles. Se busca generar sigilosamente, de forma inmanente (o bien estruendosamente, más confrontativamente, según convenga), componendas, líneas de fuga espurias y manchadas que se articulen en algún punto: las experiencias de precariedad comunes que vinculan transversalmente a la heterogeneidad de singularidades investigadoras. Se trata de difractar estos mecanismos de dominación para crear las condiciones de posibilidad de hacer investigación bajo otras lógicas no precarizantes.

 

       TESTIMONIO 2: Marta Ribera

 

Mi ocupación es la de profesora en la facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Autónoma de Barcelona, combinada con la de investigadora intermitente. A lo largo de los últimos años, he ido recorriendo todo tipo de relaciones laborales: becaria, profesora asociada y profesora ayudante. Es decir, he transitado por varias de las múltiples figuras en las que está fragmentada la docencia e investigación universitaria. No se trata de ningún caso excepcional. Hay docentes que llevan 15 años en esta universidad, empalmando becas y contratos, sin saber si las renovarán el año siguiente. Siempre estamos a la expectativa, lo que quita fuerza a nuestro trabajo. Esta incertidumbre es una de las claves principales de la precariedad; unida a la fragmentación en múltiples figuras contractuales (asociadas, ayudantes, becas diversas,...) lo que dificulta plantear reivindicaciones conjuntas y provoca una pérdida rotunda de nuestros derechos laborales.

 

Durante años he trabajado como profesora asociada. En teoría, se trata de un contrato a media jornada que tienes que combinar con un trabajo fuera de la universidad. Pero es mentira, tu trabajo principal siempre es la docencia y cuando recibes los papeles de la seguridad social te das cuenta que ni siquiera estás contratada ni a media jornada, porque te lo contabilizan por horas; por lo que tres años de trabajo solo te cuentan como uno de cotización. Luego he pasado a profesora ayudante, un contrato renovable hasta un máximo de cuatro años, donde ni ayudas ni te ayudan a dar clases.

 

Esta diversidad contractual se ha acentuado y acentuará con las sucesivas reformas legales implementadas con la excusa de romper con la endogamia universitaria. Sin embargo, sus efectos han sido acrecentar el poder del funcionariado (reduciendo también así la democracia en la universidad: precariedad es también no poder participar en igualdad de condiciones) y generar un cuerpo paralelo de profesorado que trabaja en condiciones precarias y sobre el que recae gran parte de la carga docente. Por ejemplo, a causa de la reforma de Bolonia (para crear el Espacio Europeo de Educación Superior), se quieren introducir elementos de renovación pedagógica, así, se organizan talleres y cursos de formación a los que tenemos que asistir: un esfuerzo que recaerá sobre todo en los docentes en precario. Recientemente, en cursos sobre trabajo cooperativo en el aula y tutorización, se planteaban enfoques docentes más participativos; sin embargo, yo tengo grupos con más de 100 alumnos matriculados. Me pregunto cómo puedo llevar a cabo las tutorizaciones, la evaluación continua, el trabajo cooperativo y las prácticas en estas condiciones. Este malestar se visualizó con las visitas de la vicerrectora a las distintas facultades para cantarnos las excelencias de Bolonia, durante las cuales las docentes precarias le preguntábamos: «la teoría pedagógica puede estar muy bien, ¿pero dónde están los recursos para llevarla a cabo?». Las aulas masificadas afectan a toda la docencia pero especialmente al profesorado en precario, pues normalmente nos asignan los grupos más numerosos.

 

Considero que la universidad debería recuperar su condición de espacio público a fin de fomentar la reflexión y el espíritu crítico, sin embargo y cada vez más, si queremos sobrevivir, tenemos que convertirnos en máquinas especializadas, compartimentar el conocimiento. Esta situación acrecienta la competitividad y el individualismo. La consigna para estudiantes y docentes es: «¡hay que especializarse!». Tienes que hacer méritos, publicar, dar clases, investigar... Nos piden que entreguemos el cuerpo y el alma las 24 horas del día. Te obligan a estar pensando en cómo racionalizar tu vida académica, siempre pendientes del currículum. Nos recomiendan que enfoquemos nuestro trabajo en función de los formularios para la acreditación (necesaria para poder ejercer la docencia) de la Generalitat o el Ministerio y nos dediquemos a llenar las casillas que te faltan, condicionando el tema de tus publicaciones y tus investigaciones. Así nos burocratizan y nos mantienen ocupados: tus afinidades personales, políticas, tus ganas de participar o de mantener espacios de ocio no cuentan o son secundarios.

 

Recientemente, un grupo de docentes e investigadoras precarias hemos lanzando la propuesta de una asamblea contra la precariedad en la UAB. A sabiendas que nuestra situación no es anómala, ya que la precariedad atraviesa por igual al personal investigador, al docente, al de servicios y al estudiantado, queremos romper la lógica de los estamentos, convocando por igual a los distintos sectores. No es una tarea fácil, pero por algún lado tenemos que empezar. No nos conocíamos entre nosotras, no estábamos organizadas, por ello decidimos recuperar la Asamblea como forma de organización. Y es difícil trabajar con los sindicatos, en particular los mayoritarios, ya que enfrentarse a la precariedad parece que no ha sido su prioridad en la práctica sindical. Por ejemplo, en casi todas las informaciones sindicales que recibimos, el personal docente en precario ni siquiera existimos. Éstos siguen atrapados en la lógica «fordista» ya que para ellos todo debe adecuarse al convenio y a la mesa de negociaciones, en la que, cabe remarcarlo, no participan docentes en precario a pesar de constituir casi el 40% de profesorado de la universidad..

 

A pesar de la espiral privatizadora, creo que la universidad puede ser todavía un espacio de libertad: un espacio público donde se puede debatir, donde hay gente que tiene ganas de pensar y donde nos cuestionemos el mundo en que vivimos e intentemos transformarlo. También es muy importante aunar un diálogo con el movimiento estudiantil, que a pesar de sus ondulaciones, mantiene todavía mucha energía, como se ha visto en las movilizaciones contra las leyes de reforma de la universidad, contra la guerra o ahora frente al proceso de Bolonia. Las estudiantes tienen una visión de la realidad más libre, sin los constreñimientos laborales a las que nos vemos sometidas el personal de la universidad. Muchas veces los estudiantes desconocen las condiciones laborales en que trabajamos, por eso es importante también hacer visibles las situaciones precarias que existen en la universidad pública. Podemos traspasarnos energías mutuamente y, a partir de las asambleas, generar un espacio permanente de reflexión y movilización a través de jornadas, intercambios con otras universidades y, en definitiva, abrirnos a la sociedad, ya que ahora la precariedad, con más o menos intensidad, está presente en todas partes. Afortunadamente, la UAB facilita este intercambio, porque a diferencia de otras universidades que han optado por la fragmentación espacial, aquí se ha mantenido la estructura de campus unificado. Somos una pequeña ciudad, donde nos concentramos más de 50.000 personas, lo que facilita las posibilidades de encuentro y reivindicación. La Asamblea se propone romper la fragmentación y combinar las reivindicaciones concretas con una movilización global, que incorpore las luchas del personal de servicios, de las estudiantes, las docentes y las investigadoras. Porque optar por salidas individuales significaría aceptar la fragmentación y la precariedad y porque sabemos que la única lucha que seguro se pierde es la que nunca comienza.

 

Se están intentando generar gestos afirmativos a partir de lo que somos y sentimos para reafirmarnos y constituirnos desde nuestro presente y no desde promesas ficticias que nos hipotecan la vida a supuestos «futuros mejores». Gestos glocales que, actuando desde la precariedad cotidiana en ámbitos locales, están apuntando simultáneamente a lógicas globales comunes, poniendo de manifiesto la relación directa entre las especificidades propias y locales de la investigación como ámbito productivo y las características propias de las sociedades globalizadas postfordistas.

 

Así, ante la soledad del individualismo académico (curricular, autorial, etc...) se busca abrir espacios de investigación, reflexión y discusión horizontales y colectivos, donde poder compartir los trabajos particulares a la vez que generar otros grupales para hacer frente, apoyándose unas en otras, a los momentos de intermitencia laboral y a las exigencias de los currículos y méritos individuales. Formas creativas, generadoras de redes de cooperación social en la lucha por la supervivencia, a fin de obtener y redistribuir recursos de todo tipo (intelectuales, afectivos, materiales, etc...); a la vez que se interpela a la autoría individual con nombres colectivos. Todas somos «X». O fórmulas de firmas combinadas de colectivos y de individuos para que estratégicamente, según convenga, se reconozcan ambos. Ya se sabe: líneas de fuga espurias y juegos de manos con las mismas cartas que nos fueron dadas. ¿Puntos o rayas? Ambas: Nodos de personas (puntos) que vistos de lejos, y conectados, producen redes (rayas).

 

Ante la fragmentación del divide y vencerás se contraponen procesos de recomposición y agregación colectiva interestamental, interuniversitaria, o transdisciplinar: desde plataformas y asambleas contra la precariedad (como la impulsada en la UAB, donde participan conjuntamente estudiantes, profesorado, PAS y personal contratado) hasta el movimiento estatal e interuniversitario de «becarias precarias»[14] que ya han logrado marcar al gobierno dos «tantos» de contratos y cotización en las becas de formación; pasando por aquellos grupos de investigación que apuestan por la inapropiabilidad y riqueza adisciplinar de los saberes como respuesta a la hiperespecialización. Todos ellos, gestos que ponen a prueba y amplían los límites y fronteras establecidos en unos u otros niveles de la investigación, procesos de recomposición social que desde espacios de diálogo y creación colectiva producen nuevos imaginarios y comprensiones sobre las condiciones de posibilidad de la situación actual de la precariedad en la investigación.

 

Desde otra vertiente, se apuesta por producir gestos de éxodo, «sustracciones emprendedoras»[15] del ámbito institucional, encarnados en experiencias de investigación basadas en redes de cooperación social y de solidaridad independientes de la universidad. Espacios de trabajo donde con mayor agencia, aunque seguramente con menores recursos, prevalezcan proyectos contrahegemónicos tanto por su forma de gestión (eludiendo o subviertiendo los sistemas de contratación reglados desde las instituciones académicas) y trabajo (a partir del uso y promoción del procomún), como por los contenidos que tratan: líneas de investigación de interés social no economicista. Espacios de investigación y autoempleo autónomos a la universidad donde es posible reapropiarse del conocimiento para usos cooperativos y sociales[16], aprendiendo de la experiencia generada alrededor del modelo de desarrollo del software libre.

 

Subversión también de los estamentos institucionales mediante la generación de espacios híbridos donde, a partir de alianzas estratégicas de complicidad y solidaridad con personas vinculadas a la institución, se pueda tener acceso a pequeños recursos (fotocopias, tickets de comida o incluso libros de las bibliotecas, etc). Pequeños actos cotidianos de sabotaje que nutren como capilares proyectos contrahegemónicos.

 

El tipo de acciones que se proponen son aquellas que generan actos inesperados en la normalidad, que subvierten lo indiscutible y lo interrumpen. Se abren las posibilidades a que la «huelga» pueda ser reinventada como dispositivo generador de vacío: Horror Vacui por huelgas de tareas retribuidas y no retribuidas, por huelgas de correcciones y evaluaciones por parte de profesorado contratado, «huelgas» ante la multiplicación de tareas burocráticas y de gestión que se descargan en las docentes, «huelgas» ante las «sugerencias» de participación en múltiples comisiones de gestión, «huelgas» por la parte del sistema que se sostiene gracias al voluntarismo y a la «vocación» por la enseñanza. En definitiva, proliferación de huelgas por las múltiples tareas no retribuidas que acaban por difuminar la línea divisoria entre tiempo de ocio y de trabajo. Se trata de actos creativos y acontecimientos tan inesperados que sus efectos permanecen imprevisibles, abiertos e indeterminados, dificultando su captura e identificación y desbaratando así los mapas de lo esperado y posible.

 

Para finalizar, un último grupo de líneas de fuga emergentes es el referido a las formas y objetos de la propia investigación. Para ello se busca generar espacios de trabajo horizontales y colectivos donde hibridar y romper con las fronteras entre la investigación (pensamiento) y el activismo (práctica) con el fin de producir conocimientos «críticos» acerca de las metodologías y las perspectivas teóricas empleadas, o acerca del papel de la investigadora y sus responsabilidades en los efectos sociales y políticos de su trabajo[17].

 

Estas experiencias de investigación crítica activista se fundamentan en el intento de moverse por criterios distintos a los de lógicas precarizantes: desarrollando temáticas de interés sociopolítico que no respondan a intereses economicistas ni de control (como podrían ser proyectos de análisis institucional sobre las propias instituciones académicas), subvirtiendo así las líneas de investigación hegemónicas.

 

En esta línea, se busca introducir la precariedad como tema curricular y de debate tanto en los espacios de docencia como de investigación. Y simultáneamente, generar experiencias de investigación activista que sean capaces de suscitar procesos de agregación sociopolítica, al tiempo que se elaboran comprensiones y prácticas de contrapoder en respuesta a las dinámicas precarizantes como forma para reconstruir los saberes. Ejercicios de investigación crítica que ponen de relieve el papel preponderante de la economía en el campo de la investigación y la disolución de las fronteras entre la universidad y la sociedad en general, y el mercado en particular.

 

De forma contraria, también es posible generar y sacar a la luz cartografías de las experiencias alternativas, críticas o contrahegemónicas al modelo de investigación actual. Dar cuenta en colectivo de procesos como el de la Universidad Popular de las Madres de la Plaza de Mayo[18], la Universidad Nómada en Madrid[19] o la Universidad Trashumante[20] en Argentina; encuentros de investigación crítica como el desarrollado por Investigacció[21] en febrero de 2004 en Barcelona; las numerosas listas de correo de discusión, reflexión y trabajos de investigación; o las redes peer to peer, donde se apuesta por una colectivización y disposición pública y abierta del conocimiento, lo que nos permite luchar contra procesos cada vez más incidentes de privatización y elitización del entramado institucional de investigación/formación y arrancar vida común a las experiencias de precariedad y aislamiento que planean sobre la investigación.

 

Quizás es que algo se está moviendo bajo el agua...

 

                   

 

                   



[1] http://seneca.uab.es/fic

[2] Precarias a la deriva, A la deriva por los circuitos de la precariedad femenina, Traficantes de Sueños, Madrid, 2004.

[3] Blondeau, O.; Dier-Witheford,  N.; Vercellone, C.;  Kyrou, A.; Corsani, A.; Rullani, E.; Bountag, Y. M. y Lazzarato, M., Capitalismo cognitivo. Propiedad intelectual y creación colectiva, Traficantes de Sueños, Madrid, 2004.

[4] Donna Haraway, Ciencia, cyborgs y mujeres, Cátedra, Madrid, 1995.

[5] Paolo Virno, Virtuosismo y revolución, Traficantes de Sueños, Madrid, 2003.

[6]Al respecto, se puede consultar el discurso de la Ministra de Educación y Ciencia en el Club Español de la Industria, la Tecnología y  la Minería en el que expresa: «...las empresas tienen que tomar la iniciativa y contar al máximo posible con los recursos materiales y humanos que existen en el sistema público de investigación» (p. 2).  Ver: http://wwwn.mec.es/index.html

[7] Fractalidades en Investigación Crítica, «Los sentidos de la crítica», 2005 (en redacción), puede consultarse en http://riereta.net/tiki/tiki-index.php?page=EscuelaOtono.

[8] Barbara Biglia, «Situar-nos a dins, a fora o a la frontera. Quines (im)posibles relacions entre l¹activisme i l¹acadèmia en les "investigacions crítiques"», en Investigacció. Recerca activista i Movimientos Socials, Ediciones de intervención cultural, Mataró, 2005.

                  [9] Barbara Biglia, «Articulant posicionaments situats en els quefers de la investigació activista», en Investigacció. Recerca activista i Movimientos Socials, Ediciones de intervención cultural, Mataró, 2005.

[10] Frank Beau, «L¹intermittent de la recherche, un chercheur d¹emploi qui n¹existe pas», en Multitudes nº 17, verano de 2005.

[11] En la declaración de Praga del año 2001, uno de los aspectos que se destaca es el aprendizaje a lo largo de la vida como elemento esencial para alcanzar una mayor competitividad europea (p. 2). Véase: http://wwwn.mec.es/univ/html/informes/EEES_2003/Comunicado_Praga.pdf.

[12] Para un análisis crítico de la institución universitaria pueden consultarse los textos desarrollados por el Col·lectiu 30 de Febrer: http://www.sindominio.net/unidisidencia.

[13] Donna Haraway, Ciencia, cyborgs y mujeres, cit.

[14] http://www.precarios.org.

[15] Paolo Virno, Virtuosismo y revolución, cit.

[16] Biglia, B. y Zavos, A., «Radicalising the academy or emptying the critics?» en Annual review of critical psychology  3, 2003, pp. 65-83

[17] Pantera Rosa, «Moverse en la incertidumbre. Dudas y contradicciones de la investigación activista», en Marta Malo (coord.), Nociones Comunes. Experiencias y ensayos entre investigación y militancia, Traficantes de Sueños, Madrid.

[18] http://www.madres.org/Universidad.htm

[19] http://sindominio.net/unomada/

[20] http://www.trashumante.com.ar/

[21] http://www.investigaccio.org