Cuidados globalizados

 

¿De dónde surge este texto? Contestar esta pregunta es imprescindible para poder situarlo y entenderlo. Este texto tiene su origen más remoto en la deriva con trabajadoras domésticas que realizamos el 27 de Octubre de 2002 y cuyo relato aparece en este libro. Aquella deriva generó múltiples preguntas que hemos ido intentando, si no contestar, sí discutir y conectar con otras muchas nuevas que nos han ido surgiendo. Este proceso de cuestionamiento constante lo hemos llevado a cabo en los sucesivos Talleres de «Cuidados Globalizados (amas de casa, chachas, señoritas y cuidadoras en general)» que han tenido lugar en la Escalera Karakola.[1] Y, como nunca nos quedábamos satisfechas, marzo se unió con junio y el I dio lugar al II, y éste, al III, y éste... ya se verá. En estos talleres hemos intentado debatir y compartir experiencias juntas y juntos (aunque, oh casualidad, parece que interesaban mucho menos a ellos que a ellas). Hemos recurrido a gente que había tratado estos temas antes, que estaba inmersa en el mundo de los cuidados desde diversas localizaciones: mujeres migrantes empleadas de hogar, abogadas conocedoras de la legislación del trabajo doméstico, mujeres que han puesto en marcha diversas iniciativas en las que intentar un reparto distinto y autoorganizado de los trabajos de cuidados... Y, por supuesto, (nos) hemos dado voz a todas las personas cuidadoras que han aparecido por allí, porque cuidadoras somos todas ­de nosotras mismas, de la gente a nuestro alrededor, día a día. También hemos reunido textos que creíamos interesantes en el Dossier de Cuidados Globalizados.[2]

Estas páginas están escritas desde un «nosotras polifónico», una pluralidad de voces, donde se entremezclan múltiples localizaciones vitales, entre las que tenemos que destacar las diversas situaciones de las mujeres migrantes y las mujeres autóctonas. A veces, oiréis a unas, otras, a otras, pero siempre al intento de empezar a construir alianzas transnacionales como aquellas de las que os hablaremos más adelante. Es un texto, por tanto, escrito por mujeres del Norte y del Sur, pero claramente situado en el Norte. No pretendemos hablar del todo, sólo intentamos aportar una determinada visión ­desde este occidente privilegiado, pero donde el privilegio no se reparte ni llega a todas/os por igual­ que colabore, en lo posible, a la construcción colectiva de mapas de la realidad con anhelos de ser críticos y transformadores.

Aunque el texto es largo ­por favor, no os asustéis­ hemos intentado que cada apartado pueda ser leído aparte, que tenga sentido en sí mismo a parte de colaborar, claro, a un único hilo argumental que se va tejiendo poco a poco. En el primer apartado, se habla de cómo colisionan actualmente dos lógicas, la del mercado que busca beneficios y la del cuidado que busca mantener la vida. Siendo ambas lógicas irreconciliables, en una sociedad como la del Estado español que prioriza la primera, las tensiones son constante e inevitables. La absorción de estos conflictos y la sostenibilidad de la vida son sólo posibles mediante una desigual distribución de los cuidados por ejes de poder ­de género, raza, clase, país de origen...­ que convierten el trabajo de cuidados en una externalidad positiva invisible. Esto es lo que garantizaba el modelo de familia nuclear fordista «hombre ganador de ingresos ­ mujer ama de casa» actualmente en quiebra. En el segundo apartado esta quiebra se sitúa dentro de un fenómeno más amplio de crisis de los cuidados que, argumentamos, está ocurriendo hoy en los países del centro como consecuencia de múltiples factores y que funciona como elemento invisible de creación de miedos colectivos con los que poder cimentar el frente interno de la guerra global permanente. Mientras tanto, en los países de la periferia, se vive una crisis aún más aguda, que ataca la posibilidad misma de sostenibilidad de la vida. La implementación de Programas de Ajuste Estructural y otras políticas liberalizadoras, la privatización de los recursos naturales, etc. han socavado las posibilidades de subsistencia al margen de los mercados capitalistas y, al mismo tiempo, han limitado y, sobre todo, precarizado, las vías de obtención de ingresos monetarios. Estos y otros fenómenos dan lugar a un flujo migratorio que, regulado por restrictivas y militarizadas políticas migratorias, aseguran la disponibilidad en el centro de una abundante mano de obra flexible y chantajeable que sirve como elemento esencial para garantizar un cierre conservador de la crisis de cuidados. Se crean así las llamadas cadenas mundiales de afectos, en las que distintas mujeres a lo largo del mundo se transfieren trabajos de cuidados de unas a otras. Estas cadenas se abordan en el tercer apartado, donde se intenta comprender las diversas localizaciones de las mujeres y las dinámicas de poder entre ellas, reconociendo la no horizontalidad de la cadena. ¿Qué ocurre con la mujer que se queda en el país de origen? ¿Y con la que migra? Y, aquí, en el Norte, ¿qué relaciones de poder se establecen entre la mujer migrante y la mujer que la contrata? El reparto social de los cuidados, la construcción de sociedades donde los mercados se erigen por encima de la vida, la confluencia de múltiples fenómenos globales en las crisis de los cuidados y de sostenibilidad de la vida, la construcción de nuevas relaciones de poder entre mujeres o el reforzamiento y renovación de otras anteriores... múltiples fenómenos que intentaremos ir desgranando y que consideramos que suponen un reto crucial al que, desde el feminismo, hemos de intentar dar respuesta evitando caer en cierres reaccionarios de las múltiples crisis. Llegamos así al cuarto y último apartado, ¿qué hacer? Somos conscientes de la dificultad y el riesgo de empezar, y, desde ahí, proponemos como objetivo último transformar una sociedad destructiva que prima la lógica del capital a otra donde se valore la vida, en toda su amplitud. Pero, para ello, hemos de adentrarnos en procesos de construcción de nuevas y no normativas subjetividades que revaloricen los cuidados, rompan con nociones de independencia que nos imponen modelos imposibles de autonomía, acaben con peligrosos mitos como el del hogar dulce hogar ­que inhibe otras formas menos jerárquicas de comunidad­ o como el del amour fou. Y todo ello desde la urgencia de los intentos de construcción de alianzas transnacionales entre mujeres, que puedan concretarse en espacios tangibles desde los que poder experimentar propuestas específicas que saquen a la luz los trabajos de cuidados y los conflictos que subyacen a su reparto.

 

 

1­ Cuidados Y Beneficio

 

1.A­ Un primer acercamiento a los cuidados

Es muy habitual que, al intentar entender la «realidad», dirijamos la mirada a un punto muy concreto, los mercados capitalistas. El empleo, el capital, el dinero, se erigen en el centro de nuestra atención. Y, claramente, son elementos de importancia indiscutible, pero no son «el todo». Es necesario intentar escapar al doble reduccionismo economicista que, primero, equipara al conjunto social con la economía y, segundo, a la economía con los mercados. Aunque en las sociedades capitalistas avanzadas los mercados capitalistas son un elemento absolutamente crucial, hemos de preguntarnos si hay más esferas de actividad socioeconómica, «fuera» de los mercados, o en distinta relación con ellos y, en su caso, cuáles son las interrelaciones entre los mercados y lo que no es propiamente mercados. Sin intentar esta ampliación de la perspectiva, es imposible visualizar la dimensión de los cuidados.

En el Estado español, la idea de que mercados y sistema socioeconómico no son lo mismo queda claramente representada al decir que dos tercios del trabajo realizado son trabajos no remunerados; es decir, no empleo, no trabajo asalariado, sino esa diversidad de trabajos gratuitos que, muy frecuentemente, se etiquetan como no­trabajo o inactividad. Y, de esos dos tercios del trabajo total, el 80% son trabajos de cuidados. Los siguientes datos muestran los millones de horas que se dedican anualmente a cuidar sin recibir remuneración a cambio, así como los millones de empleos a los que equivaldría ese trabajo si se realizara en el mercado:[3]

 

Cuidados no remunerados

Horas anuales (millones)

Equivalente en empleos (millones)

% realizado por mujeres

TOTAL

23.589

14,1

80,9

Cuidado de niñas y niños

14.500

8,7

82,3

Cuidado personas ancianas

4.295

2,5

79,8

Cuidado personas enfermas

4.780

2,7

80,3

 

Dar cifras sobre los trabajos no remunerados es algo muy polémico y pueden realizarse muchas críticas a la manera de obtenerlas.[4] Sin embargo, puede ser conveniente introducirlas para dar una simple idea de las dimensiones de lo que estamos hablando, de lo fundamental de los cuidados para el conjunto del sistema socioeconómico. Los cuidados son fundamentales por ser la base social y porque todas y todos necesitamos cuidarnos y ser cuidadas/os a lo largo de nuestra vida. Tienen que ver con el mantenimiento cotidiano de la vida, con tareas a veces nimias o rutinarias, que se dirigen al bienestar emocional y material inmediato. El cuidado es una necesidad diaria de todas las personas, aunque su forma concreta varíe a lo largo del ciclo vital y el contexto histórico y cultural. A veces, las personas la cubren por sí mismas, en lo que llamamos autocuidado, y, a veces, se cubre mediante la interacción, cuidándonos unas/os a otras/os. Por eso al hablar de trabajo de cuidados podemos referirnos al hecho de cuidar a otra persona, pero también al hecho de que una persona de cuide a sí misma. El trabajo de cuidados es un continuum entre el consumo, el ocio y el trabajo en su acepción más fordista. Los cuidados son la base de todo el sistema socioeconómico, pero una base habitualmente invisibilizada e infravalorada.

 

1.B­ La lógica del beneficio y la priorización de los mercados

Mantener algo tan omnipresente en el limbo de lo invisible tiene que ver con una estructura social que se ha organizado con los mercados en su centro y que ha hecho suya la lógica que los guía.

«Hay un problema de fondo que es la priorización de las necesidades del mercado, que el objetivo de esta sociedad son los mercados y la acumulación del capital, por encima de cualquier otra necesidad. Eso no se puede perder de vista porque está ahí presionando.»[5]

Los mercados capitalistas se rigen por el objetivo de acumulación de capital. El motor de su funcionamiento no es producir para satisfacer necesidades/deseos de las personas (de cuidados u otras). Por el contrario, los mercados son autorreferentes, funcionan por su propia necesidad de creación constante de beneficios.[6] Esto implica que sólo van a satisfacer la «demanda solvente», es decir, las necesidades de aquellas personas con dinero para pagar y con capacidad para expresarlo. Según el liberalismo y Adam Smith, a través de esta persecución egoísta del propio interés y de la maximización del beneficio, la sociedad se organiza de una manera eficiente; es la mano invisible del mercado. No parece acertado detenernos a explicar el porqué de nuestra poca o ninguna fe en semejante mano invisible. Cabe decir, simplemente, que esa lógica del beneficio choca inexorable y constantemente con las necesidades de las personas, con la necesidad de la vida de perpetuarse. Priorizar a los mercados pone en riesgo constante la sostenibilidad de la vida. Y si la vida y los mercados siguen coexistiendo es porque alguien históricamente ha absorbido (en la medida de lo posible) las tensiones que se generan entre ambas. Mirando más allá de los mercados, hasta Adam Smith lo reconoce: que el funcionamiento de los mercados sólo es posible si, detrás (alrededor, simultánea, por delante, desbordada) hay otra lógica diferente, la lógica del cuidado de la vida, de atención a las necesidades de las personas.[7] Esta lógica queda relegada a los hogares, a las mujeres y a sus trabajos gratuitos; que cuidan diariamente la vida para que el mercado tenga cada día trabajadores recién planchados.

Antes de pasar a mencionar algunas consecuencias de la priorización de la lógica de acumulación, es preciso hacer algunas puntualizaciones. En primer lugar, cuando hablamos de la lógica que guía cada esfera ­los mercados frente a los cuidados­, nos referimos a una dimensión colectiva, no individual. Es decir, las personas concretas pueden tener motivos diferentes para actuar en cada ámbito. Precisamente, desde el feminismo se ha dado una resistencia muy fuerte a la noción (neo)liberal de que todas las personas actúan de forma egoísta y competitiva en los mercados mientras que, en los hogares, reina el amor, la armonía y el altruismo.[8] Pero, si bien a escala individual el dibujo es muy variado y complejo, sí podemos decir que, a nivel agregado, los mercados funcionan en tanto en cuanto se produzcan beneficios; mientras que los trabajos gratuitos de cuidados tienen un objetivo de generación inmediata de bienestar. En segundo lugar, hablamos de lógicas situadas en una cultura y momento histórico concretos, es decir, creemos que hay que ser muy cautas al hablar de una lógica del cuidado para evitar caer en la exaltación de una moral del cuidado (como se ha hecho desde algunas posiciones feministas) que tiene un factor esencialista muy serio ­la mujer madre, empática con las necesidades de quienes están a su alrededor y con la naturaleza­ y que, con demasiada frecuencia, falla al criticar otros aspectos presentes en esas actividades femeninas, como pueden ser la coacción, la obligación social, etc.[9]

Una vez comentado brevemente esto, veamos ya algunas de las consecuencias de dar prioridad social a la lógica de acumulación. Otorgarle esa prioridad implica que se acepta que esa lógica organice la producción: «[E]n la sociedad capitalista no se produce lo que necesitan las personas ­da igual producir medicinas o bombas con tal de que originen beneficios.»[10] Que organice también los espacios: como ejemplos podemos poner las ciudades globales al servicio de los grandes capitales y las elites financieras;[11] o los procesos de rehabilitación de cascos históricos donde se busca una revalorización especulativa y no la mejora de las condiciones de vida de la población que los habita, como el que está ocurriendo actualmente en Lavapiés.[12] Que estructure los tiempos, como puede verse en fenómenos como la flexibilización de la jornada, la apertura de comercios veinticuatro horas, la homogenización de los tiempos vitales y su reducción a una única medida del tiempo dinero, el tiempo mercancía... Y, constantemente, esta estructura que responde a las exigencias de los mercados choca con las necesidades que surgen del cuidado que, si bien no reciben prioridad social, son, en parte, inflexibles (si la persona a la que cuidas se pone mala, no puede esperar a que vuelvas del curro para atenderla; aunque tengas un horario loco, necesitas dormir, o tu hija/o sigue necesitando comer). El funcionamiento autorreferente de los mercados junto con las exigencias cotidianas del cuidado provocan fuertes tensiones, a veces irresolubles, a veces sólo resolubles mediante su absorción por parte del colectivo que es socialmente responsable de cuidar. Cabe entonces preguntarse cómo se han resuelto históricamente estas tensiones y quién ha sido histórica y socialmente responsable de cuidar la vida en semejante entorno hostil.

 

1.C­ Distribución histórica de los cuidados

Sea cual sea la estadística, informe o estudio al que atendamos, provenga de la perspectiva política que provenga, o partiendo del simple sentido común y observación de la vida diaria, siempre se llega a la misma conclusión: en el Estado español la inmensa mayoría del cuidado lo realizan las familias sin recibir nada a cambio.[13] Y, dentro de ellas, como la tabla anteriormente inserta señala, las mujeres realizan hoy día el 80% del trabajo de cuidados a terceras personas.[14] Ésta ha sido la distribución histórica de estos trabajos, asignados al ámbito de lo privado, de los hogares, de lo femenino: «El asunto es que así se ha solucionado la papeleta, pero desde una posición de no elegir.» El complemento a estos trabajos femeninos gratuitos e invisibles venía dado por la existencia de un hombre, cabeza de familia, con un empleo fijo, a tiempo completo, que salía de casa cada día libre de «cargas» para ir al mercado. Es el modelo «hombre ganador de ingresos ­ mujer ama de casa», la familia nuclear fordista, con rasgos peculiares en el Estado español:

«En el franquismo la familia fue un pilar fundamental de la estructuración social [...]. Se trataba de una familia extremadamente jerárquica, donde el marido/padre ostentaba explícitamente el poder. En ella se daba un rígido reparto de funciones entre hombres y mujeres. [...] Las ³virtudes² de la familia (sobre todo de las numerosas) eran exaltadas por todas las instancias públicas y desde las instituciones, el púlpito y los medios de comunicación se insistía machaconamente en el modelo a cumplir por las mujeres: paciencia, abnegación, entrega total...»[15]

Este modelo, con una mujer a tiempo completo en el hogar y un hombre a tiempo completo en el mercado y que relega el trabajo de cuidados al ámbito de lo invisible e infravalorado, ha funcionado en gran medida más como un ideal social que como una realidad. Es decir, este modelo de familia nuclear con esa división de roles sólo ha estado plenamente accesible para las familias blancas, burguesas, heterosexuales. Mujeres de otras razas o de clase baja han estado siempre presentes también en el mercado laboral, han organizado el cuidado en torno a redes extensas de mujeres que superan esta idea estrecha de familia. Sin embargo, como imaginario social basado en jerarquías de género, clase y raza, ha tenido una gran fuerza histórica. Ha sido el modelo al que tender, la norma de la cual grupos sociales «problemáticos» se han desviado y la noción que ha servido de base al conjunto de la estructura socioeconómica. El Estado del bienestar, a pesar de las diferencias entre países, se ha organizado sobre la concepción de que la familia fordista era la norma social.[16] La legislación laboral[17] y el sistema impositivo[18] también se han basado y han (re)producido este modelo. Dos mitos de la socialdemocracia y/o del movimiento obrero como son el Estado del bienestar y el pleno empleo se han sostenido mediante la existencia subyacente de esa estructura de género.

Por tanto, las tensiones entre el cuidado y los mercados se han resuelto históricamente a través de los trabajos gratuitos de las mujeres en el ámbito privado. Es la división sexual del trabajo típica de los países capitalistas occidentales en los denominados «años de oro» del capitalismo. Lo que Pateman denomina el «contrato sexual»,[19] y que es una de las estructuras subyacentes al tan cacareado «contrato social» mediante el cual, supuestamente, individuos autónomos se unen para formar el Estado. Los cuidados quedan convertido en una externalidad positiva: es decir, es algo que, por suerte (o sea, es bueno, positivo), ocurre; y ocurre fuera de la esfera de lo publico (es externo) y de forma natural (lo invisible siempre es natural, o lo natural, invisible). Por qué la vida sigue, quién cuida a los hombres que trabajan en los mercados, de niños, de adultos, de viejos, es algo que no es necesario plantearse socialmente, es algo que está ahí, sin más, día a día.

«En definitiva, la producción capitalista se ha desligado del cuidado de la vida humana, apareciendo como un proceso paralelo y autosuficiente. Pero no sólo eso. Además de mantener invisible el nexo con las actividades de cuidados, utiliza a las personas como un medio para sus fines: la obtención de beneficio».[20]

Ahora bien, el porqué de esta distribución sexual del trabajo es aún tema de discusión. ¿Ha sido el capital el que la ha generado, por motivos varios: los cuidados no eran una esfera rentable susceptible de beneficio, además, tener amas de casa permitía disminuir el valor de la fuerza de trabajo y, por tanto, los salarios, a la vez que se disponía de un ejército de reserva? ¿O ha sido un consenso del patriarcado y el capital forzado por el movimiento obrero masculino que no quería compartir los beneficios del trabajo asalariado con las mujeres, es más, temía su independencia? Este tema da para mucho debate, y supera con mucho las pretensiones de este texto.[21]

Lo que está claro es que los mercados se han basado en, han dependido de, la existencia de todos esos trabajos invisibles que reproducían la vida (y, por tanto, a las/os trabajadoras/es asalariadas/os y a las/os consumidoras/es) sin hacer ruido. Esas externalidades positivas, cuya conceptualización como tales permitía esconder ese estrecho vínculo, esa misma dependencia. Los mercados como única realidad visible dan una imagen, por fuerza, de autosuficiencia. Este ocultamiento de la dependencia a nivel colectivo ocurre también a nivel individual. En palabras de Carrasco:

«Tradicionalmente se ha considerado a las mujeres personas ³dependientes² porque tenían ingresos monetarios menores o sencillamente no tenían. Sin embargo, normalmente no se nombra la ³dependencia² de cuidados, es decir, la capacidad de cuidarse a uno(a) mismo(a) y a otras personas. En este sentido, los varones son absolutamente dependientes de las mujeres.»[22]

La imagen de las amas de casa, las principales cuidadoras, como dependientes, frente a un cabeza de familia asalariado, sujeto autónomo, casa bien con el individualismo liberal característico del ámbito público (por tanto, imagen referente, de nuevo, del hombre blanco, burgués, heterosexual... sujeto de derechos políticos y económicos, ciudadano en sentido pleno). Los diversos pares que forman la estructura binaria del pensamiento occidental se unen y retroalimentan: público/privado mercado/familia, egoísmo/altruismo, empleo/cuidado, autonomía/dependencia, racionalidad/emotividad, civilización/naturaleza... Pero la valoración social recae en uno solo de los miembros de cada par. El cuidado se desvaloriza, se convierte en la marca del ama de casa, la mujer subyugada: «también es verdad que cuidar es un ³marrón², que nadie quiere asumir y lo asume quien está peor y no puede decir que no.» El cuidado es un marrón, una «putada», que nosotras, mujeres jóvenes más o menos emancipadas, no queremos asumir. No sólo cuidar es un marrón, sino que necesitar cuidados (ser dependiente) es no poder ser aquello que más apreciamos: autosuficiente, el ideal liberal del individuo autónomo. Es una marca que recae en niñas/os, personas enfermas, ancianas o discapacitadas, o en las mujeres sin ingresos propios: «los dependientes». Esta desvalorización del cuidado tiene que ver con una epistemología patriarcal donde la civilización se entiende como desapego progresivo de todos los vínculos con la naturaleza; el hombre es hombre (en masculino) en tanto que piensa y trasciende su condición natural/animal. Así, el cuidado representa los nexos más básicos e inevitables con lo natural, con los cuerpos, con las emociones. Tiene muy poco de trascendente y mucho de inmanente. La desvalorización de los cuidados no es ajena a la desvalorización del medio ambiente, a una sociedad destructiva del entorno, a la negación de los cuerpos.

 

1.D­ Transversalidad e invisibilidad

Comentemos un par de ideas más. En primer lugar, y siguiendo con la noción de una epistemología dualista y jerárquica que subyace a nuestra forma occidental contemporánea de entender el mundo, precisamente, el cuidado representa la transversalidad que, quizá, pueda ayudarnos a movernos entre los pares aparentemente opuestos. Los cuidados son una noción transversal en múltiples dimensiones. Rompen la noción de dependencia frente a independencia, resaltando la idea de que todas las personas hemos de cuidarnos en el día a día, dependemos unas de otras en diferentes dimensiones y en diferentes momentos de nuestras vida. No son «los otros» quienes necesitan ser cuidados. Además, los cuidados entremezclan de forma indisociable lo «material» y lo «inmaterial» (aspectos relacionales, emotivos, subjetivos, sexuales) de nuestras vidas, necesidades y deseos. El trabajo de cuidados atraviesa diversas esferas de actividad económica; une lo mercantil con lo no mercantil.[23] No se restringe a los hogares, tampoco a una mujer concreta, sino que históricamente se ha organizado en torno a redes de mujeres, dentro y fuera del hogar, pagadas o no pagadas, familia nuclear o extensa, en la escuela, en el hospital... Cadenas de mujeres que, a veces, confluyen en una sola persona. Cadenas de mujeres que, como se verá más adelante, atraviesan los países y las fronteras. Es un trabajo donde múltiples tareas se entremezclan al mismo tiempo, requiriendo una gestión constante de tiempos y espacios y una polivalencia de conocimientos. Es un trabajo donde la diferenciación entre tiempo de vida y tiempo de trabajo es sumamente dificultosa, qué es cuidado, qué es ocio, qué es consumo, cuándo trabajo y cuándo vivo, o son ambas facetas inseparables. Si te cuidas a ti misma, ¿estás trabajando?; si pasas una tarde hablando con un amigo, escuchándole, ¿le estás cuidando?, ¿te estás cuidando?, ¿os estáis cuidando o simplemente pasáis un buen rato?, ¿si lo pasas bien no trabajas?... Los cuidados atraviesan desde las actividades más rutinarias, aburridas y, a veces, desagradables, a otras muy placenteras. Cuidado es transversalidad.

Y cuidado es invisibilidad, pero no una invisibilidad lineal u homogénea, sino «esta múltiple invisibilidad que rodea al trabajo doméstico».[24] Es invisible porque la dependencia es siempre unidireccional: los hogares dependen de los mercados y las amas de casas del cabeza de familia que trae el dinero. Es invisible en la medida en que no recibe reconocimiento social, ya que, como hemos comentado, cuidar es algo socialmente infra/desvalorizado. Invisibilidad puede referirse a la ausencia de remuneración (trabajo gratuito y, por tanto, inexistente en la estadísticas que marcan el bienestar, el dichoso crecimiento económico). O a la ausencia de prestaciones: paro, jubilación, bajas... O a la ausencia de regulación legal cuando el trabajo es gratuito o ilegal, o a la existencia de una legislación que establece al trabajo doméstico/de cuidados como empleo de segunda categoría,[25] o a la interconexión de la invisibilidad del trabajo con la invisibilidad de la persona (inmigrantes sin papeles, que no pueden necesitar cuidados y que oficialmente no cuidan a nadie). O a la ausencia de normas legales o sociales que demarquen las condiciones laborales, los horarios, las vacaciones... O, incluso, a la ausencia de nombres, porque habiéndonos acostumbrado a ordenar la realidad en compartimentos estancos, algo tan transversal se nos escapa. Distintas formas de organizar los cuidados denotan diferentes combinaciones de invisibilidad.

Pero toda esta estructura está en proceso de transformación acelerada. Por un lado, en los países del centro de la economía global, estamos presenciando lo que llamaremos una crisis de los cuidados; por otro, en los países de la periferia, cínicamente llamados «en desarrollo», asistimos a una crisis a gran escala de la (re)producción social, de la posibilidad misma de sostenibilidad de la vida. Ambos fenómenos se están imbricando para dar lugar a un cierre reaccionario de ambas crisis, con implicaciones muy serias para el feminismo y, en general, para cualquier movimiento por la justicia y la dignidad, por la posibilidad de autodeterminación de la propia vida y contra la explotación en aras de la maximización del beneficio.

 

 

2­ Dimensiones Globales De Dos Crisis

 

2.A­ Los cuidados en crisis

En los países de capitalismo avanzado, el modelo familiar fordista, basado en el «hombre ganador de ingresos ­ mujer ama de casa», entra en una crisis paulatina pero inexorable que se hace plenamente manifiesta a partir de la década de 1970. Como ya hemos señalado, se trataba de un modelo ideal, una mistificación que, generalizada y convertida en imagen ahistórica, ha servido con frecuencia para ocultar el hecho evidente de que las mujeres estuvieron presentes en el mercado laboral desde los inicios de la industrialización. Esto no quiere decir que su papel fuera idéntico al de los hombres: si trabajaban a cambio de un salario, su actividad se concentraba fundamentalmente en la agricultura y, en menor proporción, en la industria textil y de maquinaria ligera; pero, sobre todo, las mujeres tendían a funcionar de «variable de ajuste» de la economía familiar y general: entraban y salían del mercado laboral en función de las necesidades de ingresos monetarios del núcleo familiar, del ciclo demográfico de la familia, de las necesidades de cuidados de sus miembros y de la demanda de mano de obra femenina; asimismo, se las ingeniaban para hacer cuadrar las entradas de dinero con los gastos e inventaban mil estrategias alternativas de obtención de recursos cuando los ingresos monetarios no llegaban. Hacían de bisagra entre la lógica del beneficio y la lógica del cuidado y, como ya hemos señalado, eran las principales agentes y responsables de esta segunda. Este papel de bisagra y la tensión que llevaba implícito es lo que la imagen del «hombre ganador de ingresos ­ mujer ama de casa», como modelo ideal hacia el que las familias debían tender, patrocinado activamente por empresarios, Estado e Iglesia, venía a tapar, a acallar, a cerrar. Esta imagen era, pues, una mistificación, pero una mistificación tremendamente eficaz, que dotaba de solidez a la institución familiar.

Sin embargo, a partir de cierto momento, la imagen empieza a hacer aguas. Expliquemos paso a paso el porqué. En primer lugar, el crecimiento de la demanda de mano de obra femenina avanza paulatina e inexorablemente en todos los países del centro de la economía global, en especial con la expansión del sector servicios, que descubre la preciosa utilidad de las capacidades comunicativas y del saber-hacer relacional que las mujeres adquieren en el adiestramiento familiar sexualmente específico.[26] No obstante, esto no se traduce en una modificación de los roles en el seno familiar, ni en una redistribución de las tareas, con lo cual el resultado es la intensificación de la tensión entre la lógica del cuidado y la lógica del beneficio que las mujeres experimentan en su propio cuerpo, en forma de doble presencia-ausencia,[27] y que las convierte en trabajadoras atípicas y en amas de casa culpabilizadas.

Al mismo tiempo, la segunda ola del movimiento feminista convierte a la institución familiar en uno de sus principales blancos de ataque, poniendo en entredicho la naturalidad del papel histórica y socialmente asignado a las mujeres en su seno, produciendo nuevos imaginarios y nuevos modelos de convivencia y generando nuevos deseos de lo que una podía llegar a hacer y a ser en esta vida. Muchísimas mujeres empiezan a plantearse la incorporación al mercado laboral ya no como una forma de cubrir las necesidades de sus familias, sino como mecanismo de independencia y autonomía propios (e incluso de autorrealización),[28] e inauguran luchas multitudinarias por el derecho a decidir si tener hijas/os o no y el tamaño de sus familias.[29]

A la voz de las feministas, se suma la de otras luchas metropolitanas de las décadas de 1960 y 1970 que, con su deseo de movilidad y de creatividad, con su rechazo del trabajo y de la disciplina, con su reivindicación de la singularidad, contribuyen a agujerear no sólo la ya maltrecha mistificación de la familia feliz en la que el hombre traía ingresos y la mujer cuidaba de la armonía y de la salud colectivas, sino el conjunto de instituciones disciplinarias características del fordismo (familia, escuela, fábrica, manicomio, etc).

Estas luchas fueron derrotadas. Combinadas en Europa y solapadas en Estados Unidos con las luchas del obrero de la gran fábrica, conjugadas a escala global con la proliferación de los movimientos de liberación nacional y de las luchas por la independencia en el Tercer mundo, habían desbaratado la tasa global de beneficio, desencadenado crisis de gobernabilidad en distintos países y puesto en un brete los pilares del modelo de expansión económica del fordismo. Pero los centros financieros, en colaboración con las elites gobernantes del Primer mundo, no estaban dispuestos a perder el control. Su contraofensiva reestructuradora (y exitosa) incluyó, entre otras cosas, la reestructuración de la gran fábrica[30] (acompañada, primero, de políticas represivas y de despidos en masa, sancionada, a continuación, por una serie de reformas legales que supusieron un drástico recorte de las garantías y de los derechos laborales), el desmantelamiento del Estado del bienestar y la reordenación despótica (y especulativa) del territorio. Este conjunto de fenómenos[31] no sólo se traducen en una derrota de la multiplicidad de sujetos, «viejos» y «nuevos», que habían sacudido el mundo agitados por un rabioso deseo de transformación y en la reutilización capitalista distorsionada de muchos de sus lemas, expresiones y deseos, sino que sientan las bases del modelo de desarrollo y de explotación actual. Su complejidad y multidimensionalidad escapa con mucho el tema y el objetivo de este escrito, pero si los mencionamos aunque sea brevemente es porque introducen unas cotas de movilidad laboral forzada, una vulnerabilidad y precariedad en el empleo y una situación de atomización social que problematizan ulteriormente la posibilidad de compaginar un empleo con la gestión de un hogar y con el trabajo de cuidados en general.

Si a la compleja imbricación de todos los factores mencionados añadimos un elemento más (la inversión de la pirámide poblacional[32]), nos encontramos con un incremento de las necesidades de cuidados, que se topa con una creciente dificultad para satisfacer estas necesidades. Es a esto a lo que llamamos «crisis de los cuidados». Ante ella, la responsabilidad de salir a flote y no morir en el intento sigue recayendo fundamentalmente en manos y corazones de mujeres: el Estado continua inexorable su retirada (que pasa también por la privatización ­y consiguiente precarización­ de los pocos servicios de atención que todavía cubre)[33] y los hombres como grupo social no parecen querer o acabar de enterarse, mientras las mujeres se las apañan para reorganizar sus tiempos vitales, desarrollar nuevas estrategias de compatibilización entre empleo(s) y responsabilidades de cuidados no remuneradas, redistribuir estas responsabilidades con otras mujeres del propio entorno (en la mayoría de los casos, en sentido intergeneracional: la materialidad no siempre feliz de esta estrategia tiene su ejemplo extremo en el síndrome, diagnosticado clínicamente, de las «abuelas esclavas») y, por último (aunque en porcentaje todavía muy pequeño), contratar en el mercado servicios de cuidados y atención.[34] Efectivamente, el capital es el único que se ha tomado la crisis de cuidados en serio y ha visto en ella un nuevo terreno de valorización, como parte de una estrategia más amplia de diversificación y expansión de un mercado saturado por los fuertes niveles de competencia impuestos por la globalización y por la limitación del poder adquisitivo. Extremando el análisis, cabría decir que se registra una tendencia a la externalización de las tareas que el ama de casa realizaba (y todavía la gran mayoría de mujeres realizan, pero bajo condiciones de precariedad de tiempos y espacios) bajo el régimen familiar patriarcal y una subsunción de las mismas en un mercado vastísimo y diversificado que incluye, bajo la lógica del beneficio, desde la reproducción biológica de la vida humana hasta el sexo o la escucha y la atención. Con ello, se genera una demanda de mano de obra femenina para desempeñar estas funciones de cuidados recientemente mercantilizadas y salarizadas. Más adelante, exploraremos los modos en los que se está produciendo esta capitalización de los cuidados y sus consecuencias paradójicas para el caso de la contratación de mujeres migrantes. Pero, antes, echemos un vistazo a otra región del globo, la que forman los países de la periferia de la economía global.

 

2.B­ La sostenibilidad de la vida en crisis

El otro gran fenómeno que nos interesa abordar es el de la crisis, no ya de los cuidados, sino de la posibilidad misma de sostenibilidad de la vida en lo que laxamente llamaremos países del Sur, que incluyen dos tercios del conjunto del planeta (África, América Latina y el Caribe, Asia ­con excepción de Japón­, Melanesia, Micronesia y Polinesia). Efectivamente, a partir de la década de 1980, los organismos financieros internacionales, en la mayoría de los casos en alianza con las elites gobernantes nacionales, empiezan a imponer en el Sur del mundo una serie de Planes de Ajuste Estructural y otros paquetes de medidas económicas liberalizadoras (ligados a los mecanismos de acceso al crédito internacional y al pago de la deuda externa y de sus intereses) que, encadenados de manera nada fortuita con guerras y formas de violencia endémica, han ido socavando paulatinamente las posibilidades de subsistencia fuera del mercado, pero también dentro de los mercados nacionales del Sur.

En primer lugar, los procesos de privatización de los recursos naturales (expropiación y tasación de tierras, registro de patentes sobre recursos naturales específicos y aprobación de leyes de propiedad intelectual restrictivas, expropiación y explotación intensiva de bosques, recursos acuíferos, etcŠ) que estos planes ponen en marcha destruyen múltiples formas de agricultura de subsistencia y otros modelos económicos no monetarizados de sostenibilidad de las comunidades humanas, creando grandes masas de mujeres y hombres que, expropiadas/os de los medios materiales que hasta ese momento aseguraban su supervivencia, pero también de su modo de vida y de su universo vital, se ven obligadas/os a buscar fuentes de ingresos monetarios para vivir. Como bien señala el Midnight Notes Collective, esta dinámica resuena estremecedoramente con la práctica capitalista de expropiación y tasación de la tierra que, en los tiempos de la acumulación originaria, permitió imponer una disciplina de trabajo asalariado que, de otro modo, nadie hubiera estado dispuesta/o a soportar. En aquel momento, la expropiación de grandes masas de población de sus medios de producción fue un prerrequisito imprescindible para la consolidación del modo capitalista de producción; hoy, sigue siéndolo para la continuación y para la constante expansión de su dominio.[35]

Pero esto no es todo: los planes de ajuste estructural y otras políticas de liberalización económica, así como la presión del pago de la deuda externa y sus intereses, atacan también la posibilidad de obtención de ingresos monetarios para la población de los países del Sur, fundamentalmente a través de la privatización (y precarización de las condiciones laborales) de las empresas públicas, la institución de un modelo de desarrollo industrial y agrícola de producción orientado a la exportación, la introducción en algunas regiones de Zonas de Libre Comercio, en menoscabo de la industria local, pero sobre todo de los derechos laborales locales, el salvaje recorte del gasto gubernamental en servicios sociales, las sucesivas congelaciones salariales y una serie de colapsos financieros resueltos con devaluaciones de moneda, dolarizaciones y «corralitos» varios. Estos «paquetes» de medidas reestructuradoras y de fenómenos concomitantes ha desencadenado lo que algunas autoras[36] llaman una «crisis de la reproducción social» en el Tercer Mundo y nosotras preferimos definir como una crisis de la sostenibilidad de la vida, en nuestro esfuerzo por salirnos de gramáticas economicistas y de buscar categorías capaces de romper la equivalencia, machaconamente repetida por el neoliberalismo, entre el mercado capitalista y lo real. Con esta crisis, se borra «la conquista más importante de la lucha anticolonial: el compromiso por parte de los nuevos Estados independientes de invertir en el bienestar del proletariado nacional», plasmado durante la década de 1960 en la aplicación de planes de desarrollo basados en una estrategia productiva de sustitución de las importaciones que debía garantizar cierto grado de autonomía industrial nacional.[37]

Es decir, por un lado, se expropia a vastos grupos de población de sus posibilidades de subsistencia fuera del mercado, pero, por otro, el acceso a ingresos monetarios se ve reducido y, sobre todo, precarizado. La combinación de ambos procesos, junto con otros elementos como el rechazo a someterse a los altos niveles de explotación registrados en muchos de los lugares posibles de empleo, en especial, en las explotaciones agrícolas y en las plantas manufactureras deslocalizadas (pensemos, como ejemplo paradigmático, en las maquilas), la sensación de «no futuro» ante la inestabilidad financiera nacional, la búsqueda de entornos vitales y modelos de vida menos opresivos (en especial, en el caso de las mujeres), el deseo de transgredir fronteras y pautas culturales que encierran a los sujetos y reducen sus posibilidades de acción e imaginación, la proximidad lingüística y cultural creada por la colonización primero y por el turismo y la hegemonía cultural mediática del modelo de vida occidental después, etc. genera un vasto movimiento migratorio, en sentido campo-ciudad y Sur-Norte, de dimensiones bíblicas.[38] Un dato muy esclarecedor para hacerse una idea de la magnitud del fenómeno es el peso económico de las remesas que las/os emigrantes envían a sus países de origen: éstas representan el segundo flujo monetario internacional más importante, después de los réditos de las compañías petroleras, y en algunas partes del mundo (por ejemplo, en México) sostienen a pueblos enteros.[39]

Pero este movimiento migratorio se encuentra regulado por un conjunto de políticas restrictivas y de procesos de militarización de la frontera y de criminalización de la migración que tienen una función no de barrera, sino de sistema de esclusas gestionado por un conjunto múltiple de agentes (entre los que se encuentran la policía de aduanas, los consulados, las agencias de viajes, las ONG¹s y las iglesias, los coyotes, el ejército, etc.) que asegura la disponibilidad de una mano de obra en los países de destino absolutamente desprotegida, chantajeable y privada casi de la totalidad de derechos reconocidos como fundamentales en las sucesivas Declaraciones. No sólo el estatus legal de las personas migrantes contribuye a esta situación: el subproducto de las dificultades impuestas políticamente a la inmigración es un amplio mercado subterráneo y de precios prohibitivos en torno a la travesía migratoria que la encarece en extremo, obligando a las/os emigrantes a contraer deudas cuyo pago les somete a una presión parangonable a la que sufren en otra escala sus países de origen y que, en ocasiones, constituye el fundamento material de nuevas formas de trabajo embridado o esclavitud. Makhijani establece un acertado paralelismo entre esta situación y el sistema de apartheid sudafricano, con su complejo sistema de pases y visas por el cual la movilidad era fácil para una minoría (blanca) y difícil para una mayoría (negra), acuñando la expresión «apartheid global».[40]

Con todo, este panorama siniestro no nos debe llevar a pensar en las/os emigrantes como pobres víctimas desesperadas a las que no queda otra opción, empujadas por una causalidad ineluctable: con frecuencia, quienes emigran son personas que disponen de ciertos recursos (por lo menos, los suficientes para invertir en el viaje), pero sobre todo que están dotadas de la osadía y del espíritu emprendedor imprescindibles para lanzarse a una travesía migratoria plagada de obstáculos, algunos mortales.[41] Muchas/os de ellas/os lo hacen en nombre propio, movidos por sueños e imágenes de lo que podría ser una vida mejor, otros, y en especial otras, lo hacen en nombre de personas que están a su cargo o de comunidades enteras: lo cierto es que los viajes de todas/os ellas/os están reconfigurando la geografía física y mental de los países de origen y de destino.

Dentro de este movimiento migratorio, según estadísticas de la OIT, más del 50% de emigrantes del Tercer mundo son mujeres. De ellas, la mayoría viene llamada por la demanda en el sector de los cuidados y de los servicios en general (sobre todo en el turismo) a cuya expansión en los países de capitalismo avanzado ya nos referimos anteriormente. He aquí, pues, el punto en el que la crisis de cuidados en las regiones centrales de la economía global se concatena con la crisis de sostenibilidad de la vida en el Sur, generando un verdadero «trasvase afectivo» o de los cuidados en dirección Sur-Norte, cuyos agentes son miles y miles de mujeres capaces de liarse la manta a la cabeza y de apostar por un futuro incierto preferible a las penurias presentes. Este trasvase se produce bajo distintas modalidades. Las principales de ellas son: el empleo a gran escala de mujeres emigrantes de Asia, África, el Caribe y América Latina como trabajadoras domésticas en los países occidentales, así como en países petroleros de Oriente Medio; la extensión del fenómeno de las «madres alquiladas» y el desarrollo de un amplio «mercado de niñas/os» internacional a través del mecanismo de las adopciones; la masificación, sobre todo en algunos países de Asia (Tailandia, Corea del Sur, Filipinas), de la industria del sexo y del turismo sexual y el enorme aumento del número de mujeres del Tercer mundo y de los antiguos países socialistas que trabajan como prostitutas en Europa, Estados Unidos y Japón; la expansión e internacionalización del contrato de esposas por correo. Los recorridos y flujos humanos y monetarios que materializan concretamente este trasvase afectivo y sus distintas modalidades forman parte de lo que Sassen denomina «contrageografías de la globalización».[42] Representan una verdadera redistribución del trabajo de cuidados a escala global, que constituye una de las piezas esenciales de la conformación de una nueva división del trabajo y de una reestratificación de la fuerza de trabajo mundial en función de nuevos ejes de clase, sexo, raza y país de origen.

 

2.C­ Algunas consecuencias inquietantes

Entonces, tenemos una crisis de cuidados en el Norte, una capitalización del vasto terreno de los cuidados que antes aparecían representados en la figura del ama de casa como uno de los mecanismos de salida de la crisis, una demanda de mano de obra preparada (a nuestro juicio, «cualificada») para desempeñar estas tareas recientemente salarializadas, es decir, femenina (lo cual permite aprovechar el adiestramiento social e histórico de las mujeres en el seno de la familia para la producción de beneficio), una crisis de sostenibilidad de la vida en el Sur y un trasvase de trabajo de cuidados Sur-Norte dentro de un marco de criminalización de la inmigración que hace a los hombres y mujeres que emigran para cuidar vulnerables y chantajeables. ¿Cuáles son las consecuencias de esta compleja articulación de fenómenos? ¿Qué implicaciones políticas tienen, para todos los movimientos de transformación y, en especial, para el feminismo?

En primer lugar, vemos cómo se reafirma la hegemonía de un ideal masculino capitalista que exalta y mitifica un modelo de autonomía e independencia individual que es incompatible con la vida en común o sólo compatible a costa de la subordinación y la invisibilización del trabajo de otras/os. Un ideal que coincide a la perfección con el homo economicus de la economía neoliberal, pero también con otras ideas desancladas de libertad aparentemente más progresistas. Al mismo tiempo, la tensión entre la lógica del cuidado y la lógica del beneficio, intensificada como hemos visto, se globaliza con la externalización del hogar y la contratación de servicios de cuidados a mujeres que vienen del Sur. La expresión más vívida de esta globalización son las cadenas mundiales de afecto, traducción posindustrial del ama de casa bisagra (entre la lógica del cuidado y la del beneficio) y parachoques (de los shocks macro y microeconómicos) del fordismo. En ellas nos detendremos más adelante. Ahora nos basta con señalar brevemente cómo esta modalidad de la globalización está introduciendo nuevas segmentaciones y jerarquías entre mujeres que consolidan los mecanismos de explotación femenina. Se trata de divisiones que no son nuevas (pensemos en la relación entre la Señora y la Criada que se daba, por ejemplo, en las familias de clase alta, marcada, en los contextos coloniales, por una determinante de raza): lo que sin duda es novedoso es la escala en la que se presentan, su papel en la estratificación de la fuerza de trabajo femenina, las preguntas y desafíos que plantean para el feminismo. Mientras muchas mujeres occidentales tienden hacia el modelo de independencia y autorrealización masculino (no sin trabas: lo hacen con varios pies todavía en el hogar, poniendo a trabajar sus cualidades relacionales y afectivas para el beneficio de las empresas y convertidas en blanco de ataque de una contraofensiva conservadora que las hace responsables de la crisis de los cuidados y las llama a volver al hogar), la imagen de la mujer como cuidadora y como objeto sexual se relanza encarnada en los cuerpos de las mujeres del Sur. De este modo, justo cuando esta imagen parecía empezar a ceder en las sociedades del Norte, vuelve a instalarse en nuestros hogares, en nuestras calles y en las pantallas de nuestros televisores.

En segundo lugar, con la capitalización del cuidado, se produce un efecto paradójico con respecto a su valorización. Por un lado, se registra, como hemos visto, una expansión de una industria de afectos y cuidados increíblemente diversificada, que incluye desde agencias matrimoniales a chats y partylines, desde cursos de técnicas de relajación hasta editoriales de autoayuda, desde teleconsultorios amorosos a servicios de teleasistencia a mayores) y que cuenta con servicios de alto valor añadido (los masajes y los servicios sexuales o el turismo de lujo son buenos ejemplos). Pero esta expansión lleva implícita la lógica económica de la escasez: de bien desmesurado, proliferante, transversal, el cuidado se convierte dentro del mercado en un bien escaso y segmentado al que sólo tiene acceso quien pueda pagar. Por otra parte, asistimos a una fuerte jerarquización de los distintos tipos de servicios, de tal manera que mientras que los servicios de atención a personas autónomas, que cabría considerar más superfluos, están altamente valorados, los servicios de atención a personas dependientes (niñas/os, personas ancianas, enfermas, etc) conservan unas cotas de invisibilidad y de desvalorización que aseguran (en combinación con otros elementos, como las políticas restrictivas de extranjería o la escandalosa legislación laboral en materia de trabajo doméstico) el bajo coste de la fuerza de trabajo en un momento de demanda intensiva de mano de obra en el sector. Por último, es preciso añadir una paradoja más para completar el cuadro: en todos los servicios de cuidado y atención se da un fuerte contraste entre el valor social y el peso económico que tiene el servicio en sí y la posición subalterna dentro del mercado laboral de las mujeres (y algunos hombres) que trabajan en él, tanto desde el punto de vista simbólico como monetario y de derechos.

En tercer lugar, la sensación de incertidumbre sobre quién nos cuidará en los momentos de enfermedad y de vejez, unida a la incertidumbre de la posibilidad de acceso a los recursos necesarios para una existencia digna y a la inestabilidad de unos lazos sociales construidos sobre y a pesar de un espacio social privatizado e hipersegmentado (lo que en Precarias a la Deriva hemos llamado «precarización de la existencia»), genera un estado de ansiedad y de pánico difuso que constituye el perfecto caldo de cultivo para unas técnicas de gobierno emergencialistas que erigen la legitimidad de los aparatos estatales sobre la construcción de enemigos ubicuos ­el inmigrante, el terrorista, el criminalŠ­, de situaciones excepcionales que requieren medidas excepcionales y de intervenciones securitarias que se traducen siempre en una intensificación del control y en un recorte de los espacios de libertad para el pensamiento y para la acción.[43] Es en este punto donde la crisis de los cuidados, que corre pareja y retroalimenta la multiplicación de las arquitecturas de control (no puede ser pura coincidencia que las principales empresas de servicios sociales sean también empresas de seguridad), resuena, en los países del Norte, con el estado de guerra global permanente que, aunque se viene anunciando desde la década de 1990, arranca de forma explícita el 11 de septiembre del 2002. La crisis de los cuidados constituye uno de los puntos de anclaje del frente interno que esta guerra abre en Occidente.

 

3­ Las Cadenas Mundiales De Afecto

Una vez abarcadas las crisis desde tan amplio espectro, consideramos importante dar una mirada más cercana a las protagonistas y sus ubicaciones dentro del marco global. Dada la situación actual de capitalismo posindustrial vemos que la globalización ha entrado en los hogares produciendo la globalización de los cuidados y la internacionalización de la intimidad. Los cuidados se han globalizado produciendo lo que Arlie Russell llama «las cadenas mundiales de afecto y asistencia». Las cadenas mundiales de afecto están formadas principalmente por mujeres a escala local, nacional o transnacional con el fin de transferir cuidados de una a otra de manera remunerada o no remunerada. Normalmente, aunque no siempre, las cadenas empiezan en países más pobres y terminan en países del Norte. Un ejemplo sería una abuela, hermana mayor o cuidadora contratada en un país pobre que reemplaza a la madre porque ésta ha migrado al Norte para cuidar a las/os hijas/os o padres de otra mujer que trabaja fuera de casa.[44] Cabe recalcar que la ausencia de hombres en estas cadenas se hace notar mucho al traducirse en carga adicional para las mujeres. Como venimos viendo, una condición común a muchas mujeres es la doble presencia-ausencia, esa capacidad de desempeñar múltiples funciones en un sitio y a la vez gestionar otro. En el caso de las cuidadoras transnacionales ­niñeras, señoras de la limpieza, amas de casa, internas­ no sólo son la máxima expresión del «estoy aquí pero estoy allí» sino que, metafóricamente, son la hiper-extensión de la mujer que no da abasto pero continúa cumpliendo su función al multiplicarse trascendiendo fronteras.

Hablar de cuidadoras y familias transnacionales desafía análisis convencionales sobre inmigración que habitualmente estudian a los y las inmigrantes dentro del territorio de llegada ignorando el lugar de origen y su trayecto. Éstos han dado lugar a conceptos como «asimilación» o «segunda generación», ignorando los lazos que las/os migrantes mantenemos con nuestra tierra natal.[45] Hoy por hoy, la familia transnacional no sólo pone en cuestión estos análisis, sino el concepto de Estado-nación y sociedad.[46]

Nos encontramos frente a un cuadro de trabajo afectivo en cadena conformado por mujeres en diferentes partes del globo, pero muy vinculadas. Para comprender la complejidad de esta cadena tenemos que mirar de cerca cuál es la subjetividad de las mujeres posicionadas en diferentes puntos de ella y reconocer la verticalidad de la cadena. Las cuidadoras transnacionales están estratificadas según sus condiciones económicas y, además, por la valoración social que reciben por desempeñar un trabajo de cuidados. Esta cadena responde a una escala de valoración y reconocimiento social que empieza en un extremo (con la mujer del Sur) y aumenta hasta llegar al otro (la mujer que contrata servicios de cuidados en el Norte). Teniendo esto en cuenta, podremos intentar comprender lo intricado de las relaciones de poder y jerarquía que se generan entre las protagonistas.

 

3.A­ La mujer que se queda

Las mujeres que se quedan asumiendo el cuidado de niñas/os o mayores ­antes a cargo de la mujer migrante­ suelen ser cuidadoras remuneradas o familiares no pagadas. El salario de las trabajadoras domésticas que se encuentran en este extremo de la cadena suele ser hasta diez veces inferior al de quien las contrata.[47] Éstas, si a su vez tienen hijas/os propias/os, organizan y planifican su cuidado solicitando la ayuda de parientes: por ejemplo, transfiriendo la responsabilidad del trabajo del hogar y de cuidados a la hermana mayor. En muchos casos, se ven obligadas a dejar a sus hijas/os solas/os desde muy temprana edad. El fenómeno del «niño/a encerrado/a» está bastante extendido, aunque se haya invisibilizado. En Latinoamérica, existe un alto índice de madres solteras que no cuentan con ningún respaldo y no tienen más remedio que dejar a sus hijas/os bajo llaves y candados durante su jornada laboral. Este fenómeno se está extendiendo en el Norte, motivo para que, a través de los medios de comunicación, se criminalice y condene a las madres «ausentes». Además del encierro, queda la penosa alternativa de llevar a las/os hijas/os al trabajo, al alto precio de interiorizar un estatus de inferioridad, así como la entrega gratuita de mano de obra infantil, ya que terminan asistiendo a sus madres sin remuneración.[48]

La situación económica de las trabajadoras asalariadas no se ve alterada por la cadena, puesto que no reciben los beneficios de las remesas enviadas y, por el contrario, continúan inmersas en el intento de sustentar la vida a pesar de la inflación, los costes y su salario irrisorio. Sin embargo, la mayoría de las cuidadoras que se quedan en ese extremo son familiares de la migrante a consecuencia de una elección basada en la misma lógica de su contratante en el Norte: «no dejar a sus hijas/os con cualquiera». Las cuidadoras familiares, abuelas, tías, hermanas, se encuentran en una situación distinta a la de las contratadas, porque ellas sí experimentan una movilidad social ascendente, al beneficiarse de los envíos de dinero. Estas familias que se encontraban con economías apretadas, sin poder llegar a fin de mes, empiezan a sentirse más holgadas.

Estas mujeres desempeñan tareas en la cotidianeidad asumiendo gran parte de la toma de decisiones, pero no de forma aislada, gracias al vínculo apretado que mantienen con la migrante. La decisión de quién viajará, cómo y cuándo se toma de manera colectiva y estudiada, lo cual marca un precedente para la comunicación constante y la consulta familiar para cualquier gestión de la familia. Por eso, la idea de «familia rota» no es muy precisa y tenemos que repensar en qué terreno toman lugar los procesos sociales, la reproducción social o las actividades, actitudes, responsabilidades y relaciones requeridas para el sostenimiento de la vida cotidiana.[49]

 

3.B­ La mujer que migra

La mujer que viaja está multi-situada y, desde ese amplio posicionamiento geográfico, consigue dislocar y escindir su afecto y, a la vez, gestionar su hogar a distancia. La proliferación de locutorios, tarjetas telefónicas con tarifas especiales a países del Sur, cibercafés concurridos por migrantes que se comunican con sus familias a través de webcams y chats, son unos pocos indicadores de la doble presencia y medios que permiten movilidad. Abordar a la migrante desde sus múltiples localizaciones subraya la importancia de las tensiones y contradicciones generadas por su propia movilidad.

En el mundo conexionista de Chiapello y Boltanski, un mundo en red, poder desplazarse de manera autónoma, no sólo geográficamente, sino entre personas, entre espacios mentales, entre ideas, es un elemento esencial para tener poder y más libertad. Por otro lado, cuanto más inmóvil, más excluidas/os y explotadas/os. En el entretejido de la cadena de cuidados, habita una tensión entre extremos, dejando al descubierto cómo unas son más móviles gracias a la inmovilidad de otras (la migrante móvil viaja gracias a que una se queda en su lugar y la contratante del Norte puede ir a trabajar gracias a la permanencia de la cuidadora remunerada en su hogar).[50] No obstante, existen diferentes grados de movilidad: no todas las cuidadoras transnacionales gozan del mismo poder de desplazamiento. Mujeres casadas y con hijas/os son menos móviles en el sentido de que se sienten atadas a volver, a no renunciar a un trabajo en condiciones inhumanas por el hecho de ser el sustento principal de su familia (aparte de ataduras interiorizadas ­la fidelidad cristiana o los valores de la sociedad sobre la familia nuclear).

La cuidadora transnacional es la encarnación total de las paradojas más contradictorias del capitalismo neoliberal. Recordemos que la mujer que se va es a la vez la que viene, provocando una doble identidad con contenidos opuestos aparentemente inconciliables. Por un lado, la mujer que migra deja una ausencia en el hogar y sociedad y se convierte en causante explicativo de los problemas sociales. Esta mujer se encuentra en medio de la culpabilización, casi siempre interiorizada, y el reconocimiento social de sus bien recibidas remesas. Es el chivo expiatorio que justifica el deterioro de las relaciones de convivencia y el aumento de la criminalidad en el país emisor de mano de obra, pero que, a su vez, se convierte en «salvadora» en el país de llegada gracias a su transferencia afectiva y figura clave en el trabajo de cuidados. A la migrante, no obstante, no se le valora su trabajo de cuidados: el reconocimiento surge sólo cuando su trabajo se manifiesta en forma de migra-dólares y no durante el proceso afectivo.

Quien viene a trabajar experimenta un duro proceso de adaptación a una nueva identidad asignada prácticamente de manera instantánea al salir del aeropuerto.

«P­ ¿Qué es lo que usted se imagina cuando yo le digo migración?

R­ estar fuera del país o sea ir de extranjera a otro país ser...

P­ ¿Qué significa para usted eso afectivamente?

R­ estar lejos de la tierra de uno que es lo más triste... cómo hemos salido, y es una tristeza estar de inmigrante con papeles o sin papeles, es una tristeza».[51]

El ser inmigrante contiene símbolos peyorativos a los que enfrentar por primera vez. Asimismo, las migrantes se sitúan en medio de la tensión ocasionada por la ávida demanda del trabajo de cuidados en un extremo y mensajes de rechazo y xenofobia a nivel mediático y social en el otro. Además, sumando a todas estas contradicciones, vemos que cuanto más se desterritorializa el capital, más se levantan muros y leyes restrictivas que impiden el flujo de migrantes. De esta manera, las y los migrantes se enfrentan a la criminalización y persecución constante por parte del Estado, cuando es la propia producción capitalista la que no puede prescindir de su mano de obra.[52] Las trabajadoras domésticas se ven sometidas a las limitaciones impuestas por la ley de extranjería que, a menudo, dificulta la reagrupación familiar.[53] La desprotección legal las deja en situaciones de absoluta vulnerabilidad ante la explotación, la violencia y malos tratos. No tener papeles significa interiorizar un estatus de clandestinidad que conlleva aislamiento y exclusión de cualquier tipo de prestación social.

Algunas mujeres permanecen en situación irregular durante años, pero hay quienes consiguen rodear las leyes a través de matrimonios «por amor» o conveniencia. En todo caso, con o sin romanticismo, muchas de las mujeres que vienen del Sur ocupan un importante lugar en el trabajo afectivo y de cuidados. A veces, elegir una esposa del Sur es un mecanismo para aferrarse al modelo familiar en crisis, asegurar las camisas planchadas, la procreación y ser cuidado de anciano. Estas mujeres pueden terminar cargadas de trabajo emocional y, a la vez, inmersas en el mercado laboral. A pesar de que estas mujeres tienen otra situación legal y algún respaldo emocional, no dejan de ser inmigrantes y se enfrentan a muchas de las problemáticas del resto de cuidadoras transnacionales.

La mujer que migra para trabajar, a pesar de convertirse en una fuente de ingresos importante para la familia en el país natal, irónicamente sufre una movilidad social descendente, tanto por motivos legales como por la inaccesibilidad a las necesidades básicas.

«P­ ¿Tú qué esperabas de España, de tu estadía aquí, de tu trabajo aquí? ¿Te imaginabas algo...?

R­ Me imaginaba que era de otra forma, no me imaginaba que era así como es.

P­ Eso, cuéntame como te imaginabas y cómo resultó ser la realidad.

R­ Yo me imaginé que aquí era... para vivir mismo me imaginé que vivíamos como en nuestro país, que vivíamos en una casa, pero en cambio aquí se tiene que compartir donde se vive con otras personas, no es lo mismo que estar en nuestro país, vivir en nuestras propias casas.

P­ Dices alquilar un piso con gente....

R­ Sí.

P­ Y a parte de eso...

R­ Que aquí se trabaja de lo que venga, en cambio en nuestro país se puede trabajar de lo que uno estudió en nuestro país,  yo estudié para ser... de costura, y aquí no se puede trabajar si no se tiene los papeles, aquí hay que venir a trabajar de lo que haiga, porque si no se trabaja no se tiene para pagar el alquiler, no se tiene para la comida, así que nos toca trabajar de lo que haiga.»[54]

La precarización extrema de las migrantes se debe, en parte, a una ley que recorta sus derechos al acceso al trabajo, a asociarse con compatriotas, a manifestarse para reivindicar mejoras de sus condiciones de vida. Además, socialmente, con papeles o no, ser inmigrante dificulta el acceso a la vivienda, a empleos fuera del sector de cuidados o servicios y a recibir una atención digna por parte de las instituciones públicas.

No sólo la ley de extranjería deteriora las condicionas de vida y anula los derechos de las/os migrantes; los acuerdos bilaterales entre países también dificultan el ingreso y estadía de trabajadoras/es extranjeras/os. La limitación de la entrada anual a un cupo cerrado, la exigencia de visados que se corresponden con una demanda de mano de obra por temporada, crea un filtro de entrada que afecta tanto a quienes quieren venir como a quienes ya han llegado. Recordemos que hablamos de personas migrantes móviles, muy distintas a las/os emigrantes de periodos anteriores, que se iban de Europa a Estados Unidos o del sur de Europa al norte, por largas e indefinidas estadías o que elegían un solo país como destino. Por el contrario, las/os emigrantes actuales prueban suerte en varios países y, además, mantienen fuertes lazos con su país de origen gracias al desarrollo de las tecnologías de comunicación. Pues bien, estas leyes restrictivas impiden hacer visitas ocasionales al país natal a consecuencia del miedo a que se les impida la entrada al volver, de modo que quienes se encuentran sin papeles, tienen poca movilidad, lo cual pone en juego la transnacionalidad de la familia.

A través de todos estos mecanismos, se crea una mano de obra muy específica, en este caso, trabajadoras domésticas y cuidadoras cuya condición se ve constreñida por algunos elementos adicionales. Por un lado, la legislación del trabajo doméstico, de la cual ya se ha hablado y, por otro, la intervención de ONGs e iglesias para la gestión de la oferta y la demanda de trabajo doméstico. La creación de intermediarios estrecha el margen de negociación de las cuidadoras con sus empleadoras y, además, burocratiza el proceso de elección de trabajo, creando largas esperas. La contraposición de mujeres migrantes impacientes por ser atendidas frente a monjas que ponen orden y reparten números refuerza relaciones de poder muy comúnmente establecidas entre «asistidas» y «asistentes». Sin embargo, muchas mujeres migrantes crean otras maneras de gestionar un trabajo fuera de estos circuitos de asistencia, sea a través de redes informales o de anuncios personales colocados en la ciudad.

De esta forma, con los mecanismos y condiciones mencionadas, un gran número de mujeres extranjeras se incorpora al trabajo de cuidados. Sin embargo, optar por migrar, someterse a una identidad que resulta ajena y trabajar muchas veces bajo condiciones de explotación no constituye el proyecto de vida de estas mujeres, sino sólo una herramienta. Al hablar con mujeres ecuatorianas, nos cuentan que han venido a mejorar sus condiciones de vida, pero que piensan regresar. La temporalidad de su estadía es precisamente lo que da lugar al estrecho vínculo con el país natal o muchas veces al desinterés por participar en esferas locales. Sin embargo, poner un paréntesis en la vida es impracticable, porque tarde o temprano se crean relaciones sociales en planos laborales y afectivos y se convive con la cultura del país de acogida.

En el caso de las trabajadoras internas, el trabajo es un claustro donde empieza una cuenta atrás. Pero el paso de dos años, o de cinco años, nunca puede pasar desapercibido en las condiciones que conlleva el trabajo de interna.

«Yo digo que la mayor parte de problemas tienen las mujeres que están internas porque ésas se desconectan del mundo, salen los jueves o los sábados después de la merienda, que si los jefes salen a las cinco o a las seis de la tarde ¿qué tiempo tienes de salir? Llegas cansada y al no tener contactos ¿adónde vas? A ver, con quién te relacionas? A quién le preguntas con ese horario, ni tienes derecho a preguntar cualquier asunto legal, nada ¿sí?»[55]

Vivir en confinamiento acarrea consecuencias de explotación extrema con jornadas de veinticuatro horas de disponibilidad, una gran exigencia de transferencia afectiva y trato desigual.

 

3.C­ Cara a cara en el Norte

Para hablar de las condiciones de vida y de trabajo de las cuidadoras transnacionales es necesario hablar de quienes las contratan. Si bien es cierto que no podemos retratar a las empleadoras como enemigas directas de quienes van a servir a sus casas, tampoco podemos obviar las relaciones de poder y jerarquía que se establecen en este punto de la cadena de cuidados. Es ingenuo pensar que se puede dar una relación «familiar» entre la contratante y la cuidadora, si incluso redes conformadas por parientes consanguíneos pueden estar cargadas de tensión y explotación.[56]

Recurrir a la contratación de una cuidadora es un mecanismo que permite a muchas mujeres desempeñar sus funciones fuera de casa y organizar su tiempo. Además, a menudo se sufren el mismo tipo de culpabilización interiorizada (en paralelo con su sirvienta contratada) por relegar las funciones de cuidado a una tercera persona que lo hace por dinero. Dinero insuficiente para pagar el verdadero valor del trabajo. En muchos casos, debido a la infravalorización del trabajo doméstico en sí, al que se suma un componente étnico que disminuye el salario aún más; o, como en otros casos, porque simplemente las contratantes no tienen una renta que les permita pagar mejores salarios.

Cierto es que pagar a una cuidadora transnacional es parte de la estrategia de «conciliación» entre familia y trabajo (asalariado), pero debemos tener en cuenta que la relación que se genera entre la dueña de casa (que suele ser, en la mayoría de los casos, la gestora principal del hogar y, por lo tanto, jefa directa de la cuidadora) y la contratada suele ser de jerarquía, poder y gran diferenciación. Aunque a veces se pretenda dar un trato «familiar», se trata de intentos fallidos que pasan por alto los verdaderos diferenciadores. ¿De qué horizontalidad se puede hablar con jornadas de catorce horas y disponibilidad completa, si el dormitorio que te dan es el más pequeño y oscuro y, ¡oh, sorpresa!, más cercano a la cocina, el filete que te comes no es de la misma calidad que el del señor, la mesa donde comes es otra y la ropa que te pones es un uniforme? Pero no hace falta hablar de estos casos «extremos» (aunque son bastante generalizados) para hablar de explotación. Si bien la relación entre contratante e interna responde a un cuadro clásico de poder jerárquico, es interesante contemplar otras relaciones más horizontales que, no por ser lineales, escapan a dinámicas de poder.

Aunque muchas mujeres contratantes se sienten reticentes e incómodas ante la idea de ocupar una posición privilegiada y de poder, debemos contemplar su posición desde una perspectiva alejada del modelo jerárquico clásico en el que el poder se sitúa de manera piramidal y se genera verticalmente. «Mientras la antigua noción de poder se encuentra en proceso de ser reemplazada, han surgido nuevas formas de hostilidad y antagonismo generadas en horizontalidad, una dinámica sintomática de la democratización posmoderna de la opresión».[57] Mujeres que desean establecer relaciones equitativas con las trabajadoras domésticas pueden conseguir eliminar mucho de ese antagonismo mejorando las condiciones de trabajo. Sin embargo, suele persistir en su relación una «falsa familiaridad» ­una mezcla de relaciones personales y de trabajo.[58] Tutear a una trabajadora doméstica no se traduce en familiaridad y amistad cuando ésta no se siente cómoda de tutear a quien la contrata. Formalizar, rutinizar y despersonalizar el trabajo puede incluso ser beneficioso para la cuidadora para no verse envuelta en ambigüedades entre trabajo y no-trabajo.[59]

Las mujeres que recurren a la asistencia remunerada no abandonan el trabajo doméstico por completo: pensemos en la doble presencia o en la doble jornada. La participación de la dueña de casa en las labores domésticas está marcada una vez más por un prisma de valoraciones subjetivas del trabajo doméstico. El trabajo de cuidados está infravalorado, es cierto, pero dentro del mismo hay toda una escala de valores estratificadora. En la cima de la jerarquía del trabajo de cuidados están aquellas tareas percibidas como placenteras: actividades como bañar a los niños, ponerlos en la cama y leerles un cuento. Ya que estas tareas todavía están desempeñadas en gran medida por las madres o padres, es un trabajo no pagado. Por debajo de estas tareas están otras responsabilidades como lavar, fregar, elaborar comidas diarias, que suelen ser compartidas entre mujeres empleadoras y mujeres empleadas. Finalmente, en lo más bajo de la pirámide, se encuentran las actividades de «trabajo intensivo», como es el limpiar a fondo, planchar y realizar otras tareas más pesadas. Estas responsabilidades empiezan a estar cada vez más en manos de cuidadoras remuneradas[60]. Muchas veces, la complejidad del trabajo de cuidados está encubierta, así como su estratificación y el contenido afectivo e inmaterial de las labores diarias.

¿Cómo y cuánto se debe pagar por labores de cuidado? Ilustraremos algunas reticencias con un ejemplo: aunque las lavadoras automáticas se han expandido en Ecuador, aún existen lavanderas, mujeres que van de casa en casa lavando a mano la ropa de la familia. Éstas cobran por docena. Al terminar la montaña de ropa, llaman a la dueña de la casa y ésta cuenta las prendas de una en una, suma, multiplica y paga. Aunque a muchas personas del Norte les parezca un fenómeno exclusivo del Tercer Mundo, ponemos este ejemplo porque creemos que este problema se reproduce ahora en un nuevo escenario. ¿Qué es lo que realmente se paga a la hora de contratar trabajo afectivo? No sólo no se paga la parte inmaterial ya mencionada, sino que se pretende cuantificar las labores con un salario que, en teoría, remunera tareas como si estuviesen desempeñadas por una autómata. Estas tareas, en realidad, están cargadas de significado: planchar una camisa o lustrar platería no sólo cubre necesidades de cuidado, sino que reproduce un estilo de vida y un estatus social.

Queda mucho por descubrir en el entretejido de estas cadenas de cuidados. Los sujetos colocados a lo largo de ellas responden a condiciones subjetivas, con lo cual, a veces, sus roles tienden a desdibujarse, a ocupar dos localizaciones opuestas, a mezclarse, a mutar, a moverse, y por eso la tensión de la cadena. Existe un morphing de identidades que nos hace cuestionar qué tiene que ver una contratante de servicios de cuidado en el Norte con una trabajadora doméstica del Sur y cómo la globalización ha condicionado sus vidas. La cadena afectiva aparece con la crisis de cuidados y parece servir como apaño. Sin embargo, vemos que la transferencia de afecto no es lineal: no se transfiere el afecto como se transfiere una pelota, de una a la otra, quitándote un peso y cogiendo otro. En la transferencia, van quedando  cargas de todo tipo. Evitando juicios moralistas, debemos plantearnos si la importación de trabajo femenino afectivo es la solución a la crisis que cada vez se hace más palpable. Tomando en cuenta estos bosquejos de la situación actual en el trabajo de cuidados, tenemos que pensar qué hacer para mejorar las condiciones de las mujeres y construir herramientas efectivas para el sostenimiento de la vida.

 

 

4­ ¿Qué Hacer?

¿Qué ventanas abrir, qué puertas, para que entren aires frescos, para poder salir hacia nuevos y experimentales caminos que nos saquen de esa tremenda trampa en la que nos han ido enredando tantos siglos de discriminación y, por ende, de desprestigio de todas las funciones que el patriarcado ha venido asignando a las mujeres? Esas funciones o papeles que históricamente hemos desempeñado las mujeres, tan impregnados todos de lo que quizá sea más imprescindible, más, literalmente, vital. El cuidado. Los cuidados. En su sentido amplio. Cuidar de la salud, de la alegría, curar de la soledad, mimar, acompañar, escuchar, compartir, amar.

Pero ¿por dónde empezar?

Quizá, en primer lugar, por recuperar la palabra crisis del imaginario negativo al que nos suele remitir la cultura del orden, la reacción, el conservadurismo y el poder; para la cual lo esencial, lo establecido, lo inamovible y lo silencioso son fuentes de paz y felicidad, palabras, éstas, tan manipuladas y tan llenas de falsas promesas que ya ni cabe reapropiarse de ellas con nuevos contenidos.

Si la vida es movimiento y el movimiento es cambio, las crisis, esos momentos graves de puesta en tela de juicio de las estructuras económicas, sociales, éticas, políticas y filosóficas de la humanidad, son siempre, en principio, preciosas, por cuanto implican de repensar, cuestionar y remover lo que se daba por bueno para explorar por nuevas sendas más acordes con las contradicciones, posibilidades, necesidades y deseos del momento y del lugar, este último, para bien y para mal, cada vez más universal o, cómo se suele decir ahora, más global.

Y, si acordamos que el objetivo a perseguir es un cambio radical o revolucionario que consistiría en tender a sustituir la sociedad economicista de la búsqueda del beneficio (y sus implicaciones sociopolíticas de construcción de jerarquías, de poderes impuestos, de falta de democracia y de todo tipo de «ismos» explotadores y excluyentes antes descritos) por la sociedad política de búsqueda de la sostenibilidad de la vida humana (la vida en su sentido más amplio que abarque la riqueza de la experiencia existencial, mucho más allá de lo meramente fisiológico), este salto ha de pasar por un cambio de mentalidad y de valores, por una generosa creación de subjetividades que pongan el cuidado en el centro.

Pero la desbordante magnitud de esta empresa puede tender a paralizarnos: los problemas a afrontar son tantos, las preguntas a responder tan numerosas, que nos pueden asustar y enmudecer.

En fin, empezar es, como casi siempre, lo más difícil (también lo más apasionante) y la intención de este artículo quizá sea principalmente ésa, empezar a poner las manos en la masa en esta crisis de los cuidados que hemos ido abordando en las páginas anteriores y, con anterioridad a esas páginas y como origen de las mismas, en las derivas y talleres que sobre el trabajo de cuidados hemos venido realizando desde Precarias a la Deriva.

Este primer abordaje pretende poner sobre la mesa una serie de herramientas, tareas en proceso e iniciativas concretas, que hemos ido debatiendo como posibles estrategias a seguir para sacar a la luz esta crisis y para problematizarla. Problematizarla en el sentido de crear una multiplicidad de conflictos y reflexiones, pero también de intervenciones en torno a ella que esquiven el cierre conservador tan propenso a resolver la crisis simplificándola y atajando las posibilidades de cambio, tan inclinado a dar una respuesta a las necesidades de cuidados mercantilizándolas (esto es, mal pagando el desempeño de esos trabajos o preconizando las maravillas de la vuelta al hogar).

 

4.A­ Las tareas en proceso

Mucho ha de ponerse patas arriba en pos del objetivo antes anunciado del cambio de la sociedad ­destructiva­ del beneficio hacia la ­creativa­ de la sostenibilidad. Entre otras cosas, las ideas acerca del cuidado, del significado de la independencia, del sentido de la comunidad y de los imaginarios sobre el amor. Los valores que determinan la subjetividad imperante y sus vehículos materiales (lingüísticos, legislativos, educativos,Š) han de ser subvertidos y recreados a través de una dinámica cuya intención no es cambiar un modelo por otro, sino una manera de imponer valores normativa (impuesta desde arriba, atenta a satisfacer los intereses o privilegios de unas partes de la sociedad en detrimento de otras, con presunciones esencialistas y vocaciones de eternidad), por una proceso continuo de producción de imaginarios (generado desde abajo, sensible a las singularidades y diferencias, sujeto a las voces vivas del contexto concreto y proclive a las metamorfosis).

4.A.1­ De los cuidados

Otra cosa muy gorda es el tema de la desvalorización: cuidar se ve siempre como una obligación, pero no como una cosa de la que se puede disfrutar. Y es que una cosa que está implícita es que cuidar es una «putada» y ¿qué haces con eso?

Precarias a la Deriva, Taller de Cuidados Globalizados I.

Pues algo que es preciso empezar a hacer es revalorizar el término y sus implicaciones. Cuidar ha sido para las mujeres lo que debíamos hacer, en tanto que algo siempre asociado al espacio de lo privado y, por lo tanto, al terreno femenino. Porque es a la esfera de lo privado a la que remite todo lo relacionado con el sostén de la vida o, si se prefiere, con el trabajo reproductivo. Esto es parir y criar y alimentar y limpiar y cuidar y acompañar y curar yŠ Pero la mujer criada, madre, hija, compañera, psicóloga y amiga, con los saberes, paciencias y dedicación que requiere tan desmesurada faena, una vez irrumpe en el espacio público, ve limitadas sus opciones a básicamente dos: o bien se entrega, con el autosacrificio esquizoide que ello supone, a lo que se ha denominado doble presencia-ausencia, o bien renuncia a cualquier tipo de obligación de cuidar a los otros, esto es, se libera de las obligaciones familiares decidiendo identificar autonomía con no tener hijas/os, por ejemplo. Pero si nuestra lucha feminista pasa por rebelarnos frente a las atribuciones y funciones impuestas, estas funciones no dejan por ello de existir (puedes decidir no tener hijas/os, pero los padres están ahí, y también las/os amigas/os y, por supuesto, nosotras mismas), ni de ser muy valiosas. Así que el problema no se soluciona con apartarlo a un lado. El reparto entre los sexos de estas tareas/trabajos de cuidados fundamentalmente no remunerados no se ha realizado. La división sexual del trabajo se mantiene increíblemente refractaria al paso del tiempo. Así que habrá que abogar por un nuevo contrato sexual. Y, ante la inminencia de una negociación que no cabe esquivar, será preciso partir de una premisa que tampoco es negociable: el cuidado es el centro, el motor del desarrollo social, sin él no habría vida biológica, ni vida en su más amplio sentido, que mereciera la pena ser vivida. Pero la revalorización de los cuidados, su ascenso en esa errónea escala de valores sociales en la que han sido injustamente relegados a los últimos peldaños, por debajo del dinero, claro, o del éxito social, pasa por la destrucción de ciertas mistificaciones relacionadas con la independencia, la familia y el amor.

4.A.2­ De las falsas independencias

Pensamos en la independencia como no tener que cuidar de nadie y no es cierto, las personas dependemos unas de otras

Precarias a la Deriva, Taller de Cuidados Globalizados I.

Y esa interdependencia no es una carencia, no se trata de echarse las manos a la cabeza por la imposibilidad de ser autosuficientes. Es cierto que, en numerosas situaciones vitales (infancia, vejez, enfermedad), somos más estrictamente dependientes, pero además de ser éstos unos momentos y circunstancias por los que todas tenemos que pasar, y no por infravalorados menos potencialmente interesantes de vivir, es que esa interdependencia está en la base de nuestra socialidad que es, si no una característica esencial de los seres humanos (estábamos por la labor de descartar los discursos esencialistasŠ), sí, en todo caso, a nuestro juicio claro, lo más fascinante de nuestra especie. Porque en ella se asienta la cooperación, la cual, llevándonos a poner todo tipo de afectos y recursos materiales e inmateriales en común, es la artífice del mundo que, mejor o peor, vamos siendo capaces de construir. «El cuidado en su vertiente más subjetiva de afectos y relaciones»,[61] es algo que desborda los límites del mundo emocional, de los sentimientosŠ sin pretender infravalorar este último (¡qué difícil es deconstruir los discursos cuando las palabras están ya tan codificadas!), sino insistir en la idea más amplia del afecto, como lo que te mueve a actuar, a componerte con los demás a todos los niveles.

4.A.3­ Del mito del hogar dulce hogar

La familia es la mano que aguanta la cabeza para que permanezca bajo el agua

J. M. Fonollosa, Ciudad del hombre

La familia nuclear fordista y, por añadiduras hispánicas, franquista, como decíamos más arriba, el único ideal social realmente fomentado desde el sistema socioeconómico capitalista, el Estado y la idiosincrasia religiosa, conservadora y patriarcal, está también en crisis. Pese a su amplia desmitificación como fuente de amor conyugal y filial, pues parece demostrado que una buena parte del maltrato y los asesinatos de mujeres tienen lugar en su seno, la familia sigue siendo, y más en estos tiempos que corren de neoliberalismo salvaje, una fuente principal de apoyo económico y afectivo. Muchas/os jóvenes siguen residiendo en la casa familiar hasta muy mayores y dependiendo económicamente de la familia hasta muy tarde gracias a las condiciones de renta e inestabilidad a las que nos somete el empleo precario y la desbocada especulación inmobiliaria.

Crear otro tipo de hábitos de convivencia que rompan, por ejemplo, con el hecho de que sea «absolutamente implanteable cuidar de ese abuelo de otra manera, por ejemplo, repartirse la tarea entre siete amigos, [de que eso suene] absolutamente marciano», es difícil, pero urge empezar a reconocer y fortalecer otros tipos de comunidades ya existentes y a crear otras nuevas. Las dificultades, nada desdeñables, residen principalmente en que, desde los poderes públicos, lo colectivo es algo que no sólo no suele fomentarse por el peligro que supone para el poder la fuerza de la gente autoorganizada, sino