Cuerpos, mentiras y cintas de video: entre la lógica de la seguridad y la lógica del cuidado.

Precarias a la Deriva

Febrero 2005

Para el periodico Diagonal

 

En el contexto actual la lógica de la seguridad es la principal forma de hacerse cargo de los cuerpos y se organiza entorno al miedo, la contención, el control y la gestión del malestar. Este artículo es un primer acercamiento y análisis del concepto de cuerpo manejado desde la lógica securitaria, para ver qué formas de regulación se están utilizando y alimentar prácticas que enraícen con el carácter radicalmente político del cuidado. La lógica del cuidado que proponemos reconoce la interdependencia, apuesta por la cooperación y se articula como una ecología social.

La concepción moderna del cuerpo se fundamentaba en la división y jerarquización mente/cuerpo y en la construcción del cuerpo como máquina individual que se autorregula[1]. Este esquema, aunque todavía vigente, no nos basta para entender cómo funcionan actualmente nuestros cuerpos, muchos de ellos urbanitas, rápidos y bastante estresados. Hoy funciona la consigna biología no es destino, el cuerpo se ha convertido en un lugar de construcción donde una puede intervenir, hacer cuerpo y negociar con la propia materialidad.

Queremos señalar dos ideas que se enredan en los mecanismos de regulación de los cuerpos en la actualidad. En primer lugar su hipervisibilidad dentro del régimen securitario y en segundo lugar el movimiento pendular que realiza entre la obsesión por el autocuidado y la (auto)explotación. El régimen de la seguridad es el régimen de la visión, la videovigilancia es un buen ejemplo de ello, un lugar seguro dispone de cámaras de seguridad, estas cámaras estratégicamente situadas envían una imagen continua del lugar vigilado, una imagen fija con variaciones a lo largo del tiempo, que sólo cobran sentido con la velocidad del rebobinado. Con la imagen que ofrecen los medios de los cuerpos y de la presencia femenina ocurre lo mismo, nos encontramos con un cuadro fijo, estereotipado, en el que la velocidad de las modas otoño-invierno-primavera-verano, nos permite ver la futilidad argumental de actitudes supuestamente transgresoras o feministas (véase el caso nikewomen) y cómo finalmente sólo queda el encuadre fijo y homogéneo, blanco y heteronormativo[2], disponible y dispuesto para el consumo.

En segundo lugar, podemos decir que en las sociedades occidentales hay un creciente interés, así como inversión de tiempo y dinero, por el cuidado de un@ mism@. Si bien este fenómeno se relaciona con los procesos de medicalización de las poblaciones que comenzaron en la segunda mitad del siglo XVIII, ahora ya no es sólo la institución médica la que inspecciona el cuerpo sino que esta función ha sido interiorizada por cada individuo. Este desplazamiento se ve acompañado de otro dato importante: la obtención de cuidado ha de pasar por el consumo, lejos de cualquier concepción social de la salud y de la enfermedad. El cuidado, tal como aparece en los medios, es una exigencia por mantener la presencia. Para estar saludable hay que ir al gimnasio, tomar riboflavinas y recurrir a la medicina privada. Pero simultáneamente recibimos mensajes sobre cómo ganar al cuerpo, esto es, como rendir más, como vencer a la edad, como frenar el constipado propio de cada invierno, como ser más eficientes en el empleo y en el hogarŠ Es decir, primero nos hipervitaminamos para después poder echar las horas extras que nos exijan, atravesar la ciudad para recoger a l@s niñ@s del colegio y poder ser la más cool en la fiesta de la empresa. La ansiedad y el malestar saltan cuando insistentemente se obvian los límites del cuerpo.

Si bien el cuerpo lucha, con la ayuda de toda una gama de productos y especialistas, contra los ³radicales libres² que lo envejecen, de igual forma el cuerpo social tiene que luchar contra esa otra amenaza externa de lo debilita y asusta: el terrorismo. Que el cuerpo pueda envejecer o enfermarse, que el enemigo permanezca oculto y acechante en el centro mismo de lo social, es algo que nadie está dispuesto a tolerar, algo que bien merece tratamientos estéticos, blindado de fronteras y todo tipo de liposucciones sociales (progresivas privatizaciones ,carencias de espacios públicos o el recorte de derechos y libertades), todo esto para permitir que los cuerpos normalizados puedan continuar su agridulce tránsito por el centro comercial. En el transcurso de las derivas[3] nos dimos cuenta de que muchos cuerpos, auténticos lugares de resistencia, se enfrentan cotidianamente con distintas formas de regulación: el cuerpo como presencia uniformada, en la que el uniforme marca la frontera que separa a la familia para la que trabaja de la empleada doméstica, el cuerpo de la prostituta proyectado como exotico y turistico, el cuerpo como cansancio de la enfermera, el cuerpo como voz, como interfaz físico y tangible de la relación cliente-empresa en su lado pretendidamente ³más humano² en el caso de la teleoperadora, el cuerpo casi adolescente y necesariamente desenfadado de la camarera de cadena de comida rápida, el cuerpo expuesto al trabajo 24 h, todos ellos fragmentos, capas superpuestas de identidad, siempre cambiante, en continuo aprendizaje y transformación por la experiencia, por el amor, por la edad, por la vida en definitiva. El cuerpo es presencia, pero no sólo eso, también es vehículo y depósito de toda la información vital, normalizar el cuerpo puede equivaler a que todas tengamos una talla 36, o lo que es peor: a que todas pensemos y actuemos de manera previsible para el mercado globalizado. Pero ya sabemos que las formas de dominación no consisten sólo en el ejercicio de la violencia sino en la producción activa de la sumisión, y con nuestros cuerpazos no estamos para estas estrechuras ¿verdad?.



[1] El cuerpo que el capitalismo ideó y produjo en sus comienzos era un circuito cerrado y finito de energía cuya economía se sostenía gracias al autocontrol, que aseguraba el equilibrio de fluidos. Era un cuerpo destinado a producir en la fábrica y en el intercambio reproductivo heterosexual. En este esquema el cuerpo vivo era una mercancía que funcionaba dentro de una economía restrictiva, tanto en lo que respecta a los fluidos corporales como a los intercambios del mercado. En los albores del colonialismo, la misma economía de regulación energética se encargaba de la conservación tanto del cuerpo como de los estados-nación europeos. En estas configuraciones del cuerpo y de lo social, la salud se comprendía como una virtud que se cultiva en tanto en cuanto se participaba en los circuitos de la normalidad.

 

[2] Cuando hablamos de heteronormatividad la heterosexualidad es considerada, no tanto como práctica sexual, sino como régimen político. Como una tecnología biopolítica destinada a la producción de cuerpos heteros y modelos de vida Œunifamiliares¹, con su reparto de tareas y asignaciones de género, fundamentales hasta ahora para la sostenibilidad del sistema capitalista.

 

[3] Para más información sobre las derivas podéis consultar el libro de Precarias a la deriva, A la deriva (por los circuitos de la precariedad femenina), Traficantes de sueños, Madrid, 2004. o la pagina web www.sindominio.net/karakola/precarias.htm