*Marcar el negocio de la exclusión*

 

*Un relato*

 

Todo empezó estas navidades, con el despido de R. de uno de los pisos

para personas con SIDA gestionados por Cruz Roja con fondos públicos. La

cosa se camuflaba de una mera «no renovación de contrato», pero el hecho

es que el contrato de R. era por obra y la «obra» para la que había sido

contratada (el día a día en el piso) continuaba. ¿El motivo aducido para

su «no renovación»? Ninguno. ¿El motivo probable? No se había resignado

a hacer su trabajo de mala manera, había exigido medidas de emergencia

para los trabajadores del piso en caso de infección y no había ocultado

que sus opciones sexuales no se adaptaban a la norma.

 

Desde Precarias a la deriva, decidimos, junto con R., hacer algo: no

llevábamos dos años y medio intentando poner nombre a nuestras

precariedades y a nuestras resistencias y fugas para quedarnos ante algo

así cruzadas de brazos. Además, este caso concreto iba más allá del

despido de una amiga y compañera: era también una vía de entrada a la

privatización y precarización de los servicios sociales, a la creciente

sustitución de los derechos sociales por políticas de contención

­sujeción y control­ de sujetos «en riesgo» o «vulnerables» (nosotras

diríamos más bien: vulnerabilizados), a la paradoja de que la misma ONG

que recibe dinero público para hacer campañas de sensibilización de los

empresarios contra la precariedad tiene la precarización como modus

operandi en su base (a través de la utilización de trabajo voluntario y

trabajo temporal)... R., recién despedida de Cruz Roja, muy bien podía

haber pedido cita dentro de la propia Cruz Roja para que, ahora como

«sujeto vulnerabilizado», le dieran orientación laboral. Maravilloso

círculo vicioso.

 

Decidimos, junto con R., /marcar/ Cruz Roja, la ONG nº1 en el Estado

español y una de las primeras a escala internacional, famosa por su

imagen de neutralidad e imparcialidad, por su defensa de los derechos

humanos. Antes de ello, hicimos un taller con trabajadoras y

trabajadores sociales (algunos de los cuales estaban o habían pasado por

Cruz Roja), «usuarios» de servicios sociales y otras precarias varias,

al que titulamos el «negocio de la exclusión». Hicimos también un par de

asambleas, ya más prácticas, para preparar el paso a la acción: en la

última de ellas, nos confesamos que teníamos miedo. Cuando una politiza

su vida en términos tan concretos, se enfrenta cara a cara con ese miedo

que impregna lo social. Pero estábamos juntas y resueltas a ir más allá.

 

El viernes 28 de febrero nos dimos cita a las 12:30 de la mañana. Íbamos

vestidas de blanco, rodeadas de cinta adhesiva en la que se leía «MUY

FRÁGIL» y con unos carteles en la espalda que decían «DAMNIFICADAS POR

CRUZ ROJA». Nuestras herramientas: un megáfono, una cámara, huchas

blancas con cruces rojas, los correspondientes /pins/, donde la cruz iba

acompañada de un «qué» (resultado: ¡Qué Cruz!), y pegatinas: algunas con

lemas sencillos (Atención: espacio precarizado), otras desviando lemas

de la propia Cruz Roja («Imparcialidad: quien parte y reparte se lleva

la mejor parte», «¿Humanidad o recursos humanos?», «¿Independencia... o

colaboración con las políticas dominantes?», «Unidad... con las

damnificadas por Cruz Roja»...)

 

De esta guisa, entramos en uno de los edificios de oficinas de Cruz Roja

Madrid, el Federico Rubio. Tapadas por los abrigos, aprovechamos un

despiste de la portería para entrar. Una vez en las escaleras, sacamos

nuestras herramientas. Cámara y megáfono en mano, fuimos planta a

planta, pegando las pegatinas, repartiendo panfletos y cuestionarios,

discutiendo con cada una de las personas que allí estaban sobre el

despido de R., la política laboral de Cruz Roja, el tipo de gestión de

sus recursos, los servicios sociales en general... R. hablaba con unos y

otros con absoluta tranquilidad: la conocían, no podían permanecer

indiferentes antes su despido... ¿o sí? Algunos se enfadaron, otros nos

escucharon con cara de póker, otros asintieron en silencio... hubo quien

nos pidió más panfletos y también quién nos dio señales de complicidad.

 

Ignacio Azcárraga, responsable directo del despido, estaba encerrado con

otros dos hombres de la sección de SIDA en un despacho con cristaleras.

Intentamos que nos dejara pasar, que nos explicase las razones del

despido de R., el tipo de política laboral de Cruz Roja, la precariedad

de los recursos que precarizan a quienes allí trabajan y también a

quienes a ellos recurren... Queríamos también arrancarle un compromiso:

la readmisión de R.. Pero no nos quiso recibir, no fue capaz siquiera de

mirarnos a la cara a través de los cristales. Como nos diría más tarde

una compañera, avezada en estas lides: «son unos mierdas y ellos lo

saben. Cuando la normalidad es mierda pasan desapercibidos. Pero ¡ay!

cuando la dignidad les mira a la cara, agachan la cabeza porque se saben

unos mierdas».

 

Es cierto: por unos instantes, rompimos la normalidad, rompimos el

miedo, tal vez rompimos también la resignación. Y /marcamos/ Cruz Roja.

Ojalá esa marca perviva algunos días, en el boca a boca de las

trabajadoras que lo presenciaron, en nuestra memoria, en nuestros

próximos pasos. Pásalo.

 

...continuará.