PRIMEROS BALBUCEOS DEL LABORATORIO DE TRABAJADORAS: EL PROYECTO DE PRECARIAS A LA DERIVA
[Texto publicado en Centro
de Arte, centrodearte.com
y en el libro M. Ruido (ed.) Corpos de producción. Miradas
críticas e relatos feministas en torno ós suxeitos sexuados nos
espacios públicos,
CGAC, 2003. También en http://www.sindominio.net/karakola/precarias.htm]
Trabajo flexible ¿Es que somos invisibles?
Trabajo inmaterial ¡Ay que estrés
mental!
Trabajo de jornalera ¡Eso es la repera!
(Cancioncilla de Precarias a la Deriva para la Huelga General del 20 de junio de 2002)
EL PIQUETE-ENCUESTA
Precarias a la Deriva es
un proyecto de investigación-acción que estamos llevando a cabo
distintas mujeres que o bien ya habíamos iniciado una trayectoria de
reflexión y práctica en torno a las transformaciones del mundo
del trabajo en grupo (Trabajo Zero, Sexo, Mentiras y Precariedad) o
individualmente, o bien deseaban comenzarla. Las inquietudes de las integrantes
de este proyecto abierto convergen el 20J de 2002, día de la Huelga
General convocada por los sindicatos. En este día y en los precedentes
nos juntamos para pensar una intervención «acorde a nuestros tiempos», conscientes de que
la huelga laboral, como la expresión cultiminante de un proceso de
lucha, no nos satisfacía fundamentalmente por tres motivos: (1) por no
recoger –y esto no es ninguna novedad– la experiencia de
explotación y reparto injusto del trabajo doméstico y de cuidado
mayoritariamente realizado por mujeres en el ámbito «no
productivo» de las unidades de convivencia, (2) por la marginación
a la que desde los presupuestos y formas de acción que generalmente la
animan se condena a la invisibilidad de determinados trabajos cada vez
más extendidos y comunmente agrupados bajo la etiqueta de
«precarios» y (3) por no conceder atención alguna al trabajo
precario, flexible, invisible e infravalorado específicamente feminizado
y/o migrante (sexual, doméstico, atención, escucha, etc.). Tal y
como ha vuelto a señalar recientemente una compañera a
propósito de la reciente convocatoria de huelga
«política» contra la guerra del 10 de abril de 2003, «¿cómo inventar nuevas formas de huelga cuando la
producción se fragmenta y se deslocaliza, cuando está organizada
de tal modo que dejar de trabajar por unas horas (aunque sean 24) no afecta
necesariamente al proceso de producción, y cuando nuestra
posición contractual es tan frágil que una huelga supone poner en
riesgo la posibilidad de seguir trabajando mañana?»
Entendíamos que
muchos de estos trabajos en los márgenes: trabajos invisibles,
desregulados, desanclados, no se veían interrumpidos o alterados
mediante una huelga de este tipo, y que la precarización del mercado
laboral se había ampliado de tal modo que la mayor parte de las personas
trabajadoras ya ni tan siquiera se veían afectadas por las nuevas reformas
contra las que se celebraba la mencionada huelga. Tratamos entonces de pensar
en un nuevo modo de transitar ese día de lucha, un modo que sirviese
para ponernos en comunicación con esas nuevas realidades, y decidimos
transformar el clásico piquete de cierre por un piquete-encuesta.
Francamente, no nos veíamos con cuerpo para increpar a una precaria
contratada por horas en un super o para cerrar el pequeño comercio de
frutos secos de una inmigrante porque, al fin y al cabo, a pesar de los muchos
motivos que existían para parar y protestar, ¿a quién se
había convocado en esta huelga? ¿en quién se había
pensado? ¿existía un mínimo interés sindical por la
realidad de los precarios, de los inmigrantes, de las amas de casa?
¿acaso el paro detenía el proceso productivo de las trabajadoras
domésticas, de las traductoras, diseñadoras, programadoras, de
todas las trabajadoras autónomas cuya interrupción o no de ese
día no haría más que duplicar su trabajo del día
siguiente? Nos pareció más interesante dado el desfase entre
experiencia de trabajo y práctica de lucha intentar abrir un espacio de
intercambio con algunas de las mujeres que trabajaban o consumían
durante aquel día y con las que circulaban por la calle. Este
pequeño y discreto esbozo de investigación fue el punto de inicio
del proyecto de las derivas.
El intercambio de aquel
20J resultó muy fructífero. No tanto por lo que nos iban contando
aquí y allá, por lo que íbamos haciendo visible para
nosotras, para otras, sino por el espacio de apertura que vislumbramos, por las
potencialidades de encuentros no codificados que se avecinaban, por el placer
de un diálogo en lo social-no-catalogado sin la mediación de
aparato alguno que no fuera la grabadora, la cámara de video y de fotos
y el bloc de notas.
EN LOS MARGENES
Estas y otras preguntas
surgían, como hemos dicho, de reflexiones que de uno u otro modo ya
llevaban tiempo circulando en nuestro entorno. En primer lugar, también
nosotras nos situamos ante algunas líneas de continuidad y cambio en los
procesos productivos y ante el nuevo contexto laboral en el que éstos
tienen lugar, un contexto fuertemente marcado por el neoliberalismo.
Una tendencia dominante
señalada por buena parte de las reflexiones neomarxistas es la
emergencia del llamado trabajo inmaterial (trabajo afectivo, comunicativo,
creativo, de manipulación de códigos…)[1].
Este trabajo, que tiene que ver con procesos cognitivos, de producción
de saberes, lenguajes y vínculos no es, a pesar de lo que se desprende
de muchos análisis, homogéneo y esto se debe fundamentalmente al
valor social que se le asigna, y que es el que establece una diferencia
irreductible entre hacerle una paja a un cliente y diseñar una
página web.
Bien, esto es importante
para el debate, sobretodo porque las cuestiones que atañen a la
«reproducción» en un sentido estrecho, es decir, como
trabajo doméstico y de cuidado (pagado o no) y en un sentido amplio,
como comunicación, gestión, socialización,
producción de bienestar, de estilos de vida, etc. en el entorno
doméstico extenso, es decir, de acuerdo con una formulación que
va más allá de la «producción y la
reproducción de la vida inmediata» de Engels[2],
quedan habitualmente a la sombra. En su visión más estrecha esto
se justifica debido a que estos trabajos no responden a la denominada
«tendencia hegemónica», sino que se interpretan simplemente
como el legado de un desequilibrio
histórico que establece una continuidad e interrelación
entre el trabajo con y sin salario, en casa propia y en casa ajena, que
desarrollan las mujeres y que, por extensión, determina la
posición de éstas en el mercado laboral (¿o es a la
inversa?), tanto en lo que se refiere al tipo de puestos de trabajo que
desempeñan (trabajo de oficina, de atención al público, de
enfermería y cuidados, modelo, etc.) como en lo que respecta a las
diferencias salariales y laborales en general. La emergencia del Tercer Sector,
con una transferencia precarizada de algunas actividades reproductivas de unas
mujeres a otras, también a escala global, introduce aquí un
elemento novedoso que conviene tener presente. En su visión más
amplia, si es que aceptamos esta distinción, la reproducción de
la vida inmediata como vínculo afectivo resulta un campo extremadamente
difuso que rápidamente se confunde con la vida («la vida puesta a
trabajar», «reapropiación del tiempo de vida»…),
desdibujando los aspectos de dominación que hacen de la vida, la
cooperación, las relaciones afectivas, los gustos, el saber y la
sexualidad un terreno extremadamente resbaladizo cuya «naturalidad»
permanece incuestionada.
En este sentido,
entendemos que algunas de las orientaciones que inciden sobre el trabajo
inmaterial hacen oídos sordos o no toman verdaderamente en serio la
cuestión de la reproducción y su vinculación con la
dominación patriarcal y racial. Frente a esto, nos reclamamos parte de
un debate de largo recorrido en el feminismo que justamente sí elabora
la idea marxista de la reproducción en un sentido amplio atravesado por
múltiples relaciones de poder. Esta orientación entronca con las
ideas de Foucault sobre el poder y los procesos de subjetivación, es
decir, sobre las formas modernas de la dominación, que en su mayor parte
no están basadas en el ejercicio directo de la violencia sino en la
producción activa de sumisión; una idea que ha sido ampliamente
desarrollada bajo distintos enfoques por pensadoras como Butler o Pateman.
Entronca también con muchos de los enfoques radicales, materialistas y
psicoanalíticos en el feminismo, desde los que se da un peso importante
a cuestiones como la división sexual del trabajo, el control de la
sexualidad, la heterosexualidad normativa o la socialización en la
familia.
Los debates en torno a la
reproducción que salpicaron toda la década de los 70 cuentan hoy
con nuevas aportaciones que es preciso sacar a la luz[3].
De ellas rescatamos un análisis sobre la reproducción, sobre la
articulación del capitalismo, el patriarcado, la dominación
basada en la raza y, ahora más que nunca, la historia del colonialismo,
de las asimetrías geográficas de las que también son
producto las desigualdades que tienen atenazados los desplazamientos de la
población de las últimas décadas. Rescatamos
también un pensamiento y una práctica política que
tematizan el cuerpo como lugar y expresión de la dominación y la
explotación, y pensamos el «cuerpo productivo» o la
«producción de cuerpo (sexuado)» como un proceso continuo de
encarnación de subjetividades que se encuentra simultáneamente
sujetadas y en pugna por determinar sus condiciones de desarrollo. Rescatamos,
así mismo, la teorización feminista sobre lo público y lo
privado como una forma de abordar las continuidades y discontinuidades entre lo
que sucede en el entorno de las relaciones y los hogares y lo que sucede en el
ámbito socialmente más valorado del empleo, el Estado y la
políticia. La creciente integración de estos ámbitos,
por ejemplo, de la vida y el empleo, pero también de la formación
y el empleo o de lo personal y el empleo, como proceso histórico que
produce diferenciaciones y como crítica política a las
segmentaciones de la modernidad nos parece una vía de indagación
fundamental.
En segundo lugar, las
elaboraciones sobre el trabajo inmaterial, a cuya homogeneización nos
resisitimos, dan cuenta de otros modos de organización del trabajo que se nutren de las
propias características de las actividades que se agrupan bajo esta
etiqueta, pero sobretodo de las estrategias de la reestructuración
neoliberal, que consisten básicamente en recortar costes en derechos y
salarios y en acrecentar el ejercicio de mando sobre una fuerza de trabajo cada
vez más fragmentada y móvil, que en la actualidad trabaja (acaso
haciendo lo mismo) bajo un régimen de sobra conocido por muchas mujeres:
por obra, con horarios flexibles e imprevisibles, con jornadas extensivas y
periodos de inactividad sin renta, por horas, sin contrato, sin derechos, como autónomo,
en casa, etc. Así pues, su desarrollo tiene que ver con cuestiones
claves sobre las que volveremos más adelante como la reordenación
del tiempo, el espacio, el contrato, la renta o las condiciones. Las
consecuencias de estas modalidades son de todas conocidas: aislamiento e
incapacidad de organizarse la vida «como dios manda»,
estrés, cansancio, imposibilidad de desarrollar una sociabilidad
autodeterminada, de protestar, control social, miedo a «salir del
armario» y a expresarse libremente en todo tipo de cuestiones, etc.
En tercer lugar, todo
esto ha de vincularse, además, a otros aspectos de la vida social que
favorecen que determinados sujetos ocupen determinadas posiciones de
desventaja, siendo su movilidad muy limitada o incluso nula. Esto es lo que
sucede cuando alguien carece de papeles, decide embarazarse, es madre o
sencillamente mujer, tiene una presencia «inapropiada/ble», por
ejemplo, por ser transexual, de color, tener pluma, por su constitución
física, etc. La articulación de todos estos elementos resulta una
fuente constante de diferenciación y jerarquización que hace que
determinados grupos sean sistemáticamente más pobres y tengan
menos oportunidades y posibilidades de elección. De modo que la llamada feminización
del trabajo como dimensión servil cada vez más extendida o como
generalización de la precariedad se produce sobre una topografía
tremendamente irregular refuerzando, reproduciendo y modificando las
jerarquías sociales ya existentes en el patriarcado y el orden racista
legado del colonialismo. Es precisamente en este transfondo en el que hoy se
dirimen simultáneamente los cambios en las formas de los hogares y las
familias, la reestructuración global de los cuidados o las actuaciones y
retóricas del género.
DEL LABORATORIO DE
TRABAJADORAS A LAS DERIVAS
Aquel primer
piquete-encuesta del 20J, que valoramos como limitado aunque muy inspirador,
dió paso a un nuevo proyecto de interpelación basado en el
desplazamiento, es decir, en la posibilidad de preparar y llevar a cabo una serie
de recorridos que atravesaran los distintos circuitos metropolitanos de la
precariedad femenina. Así, frente al corte empleo/vida, un corte muy
cuestionado desde el feminismo, optamos por una práctica de
investigación que atendiera al continuum espacio-temporal de la
existencia y a la experiencia de la doble, más bien múltiple, presencia[4] como trasposición subjetiva
o, como dirían los situacionistas, como técnica de paso
ininterrumpido a través de ambientes diversos, en este sentido, de
ambientes psíquicos.
Podíamos haber
dedicado más tiempo a asentar, sentadas, las bases teóricas de
nuestra investigación, las hipótesis que barajábamos o la
perspectiva feminista desde la cual la abordábamos. No obstante, lo que
nos impulsaba, por encima de todo, era el deseo de conocer en el trayecto, de
comunicarnos por el camino, de conocer aquéllas nuevas y no tan nuevas
situaciones y realidades del mercado laboral precarizado y de la vida puesta a
trabajar.
Decidimos, además, que este tránsito hacia la deriva debíamos realizarlo en primera persona, es decir, contándonos cada una a las demás y caminando hacia una aproximación prudente pero sostenida de las diferencias entre nosotras y entre nosotras y otras cercanas. Hablamos entonces, en este sentido, de buscar lugares comunes y, simultáneamentente, de singularidades a potenciar. Esta aproximación ha ido creciendo a partir de debates posteriores que nos han hecho modificar el enunciado inicial «somos precarias» por otros menos proclives a afrimar la identidad como elemento de partida y más atentos a los procesos de (des)identificación[5].
Lo cierto es que nuestras situaciones son tan diversas, tan parciales, que nos resulta muy difícil hallar denominadores comunes desde los que trabar alianzas y diferencias irreductibles con las que enriquecernos mutuamente. Nos resulta complicado expresarnos, definirnos desde el lugar común de la precariedad; una precariedad capaz de prescindir de una identidad colectiva clara en la que simplificarse y defenderse, pero a la que urge una puesta en común. Necesitamos comunicar las carencias y excesos de nuestra situación laboral y vital a fin de escapar de la fragmentación neoliberal que nos separa, debilita y convierte en víctimas del miedo, de la explotación o del egoísmo del sálvese quien pueda. Pero, sobre todo, queremos hacer posible la construcción colectiva de otras posibilidades de vida a través de una lucha conjunta y creativa. La insistencia en la singularidad se deben al deseo de desarrollar una política que no vuelva a reproducir falsas homogeneidades sin que esto suponga acabar no diciendo nada. Pensabamos, en relación a esto último, en la situación específica de algunas compañeras migrantes en el servicio doméstico y en las consecuencias de un vínculo que exigía, que exige, otras formas de compromiso de las que algunas estamos habituadas.
En términos
generales, se trataba de producir una cartografía del trabajo
precarizado de las mujeres a partir del intercambio de experiencias, de la
reflexión conjunta y del registro de todo lo visto y contado en un
intento de materializar al máximo –por medio de
fotografías, diapos, vídeo, grabaciones, relatos escritos,
etc.– estos encuentros con el fin de poder comunicar los resultados y las
hipótesis que se derivaran de los mismos, de tomarnos en serio la
cuestión de la comunización no sólo como herramienta de
difusión, sino también como nuevo lugar, competencia y materia
prima de la política. Nuestro punto de partida: la casa okupada de mujeres
La Eskalera Karakola, el de llegada: desconocido. Es el pasaje lo que ahora nos
ocupa.
LAS DERIVAS
La idea de la deriva,
una idea que algunas ya habíamos experimentado en otros contextos de
investigación[6]
y cuya fuente fundamental es el situacionismo[7],
no siempre resultaba fácil de explicar. No obstante, el propio curso de
los acontecimientos fueron aclarando el sentido de sustituir las entrevistas
estáticas por recorridos urbanos. Al plantear a algunas
compañeras esto de preparar una deriva insistíamos especialmente
en el hecho de no llegar sólo a los sitios de trabajo actuales o
pasados, sino en la posibilidad de entrelazar los sitios y, una vez en ruta,
ver qué pasaba. Así, acabamos incorporando en nuestros recorridos
calles, casas, empresas, transporte, supermercados, bares, comercios, sedes
sindicale, etc. Optamos por el metodo de la deriva como forma de ir hilando
esta red difusa de situaciones y experiencias con vistas a producir una
cartografia subjetiva de la metrópolis a traves de nuestros recorridos
cotidianos.
En la versión
situacionista de la deriva, los investigadores se dedican a vagar sin rumbo por
la ciudad permitiendo que las conversaciones, interacciones y
micro-aconticimientos urbanos les sirvan de guía. Esto les permite
establecer una psicocartografía fundada en las coincidencias y
correspondencias de los flujos físicos y subjetivos: exponiéndose
a la gravitación y repulsión que ejercen ciertos espacios, a las
conversaciónes que surgen por el camino y, en general, a la manera en que
el entorno urbanístico y social influye e interviene en los intercambios
y los estados anímicos. Esto significa andar atentas al cartel que
asalta, al banco que atrae, al edificio que ahoga y a la gente que va saliendo
al paso. En nuestra particular versión,
optamos por cambiar la deriva aleatoria del flaneur, tan propia de un sujeto
varón, burgués y sin compromisos, por una deriva situada que
recorrería los espacios cotidianos de cada cual manteniendo el
carácter multisensorial y abierto del acontecer. La deriva se convierte
así en una entrevista en movimiento atravesada por la percepción
colectiva del ambiente.
¿Cómo se
hace una deriva? Partimos de sectores precarios feminizados; para empezar
elegimos cinco:
dejando para una fase
ulterior otros igualmente importantes: prostitución, becarias,
publicistas, comunicadoras, mediadoras, educadoras. Las mujeres a las que
pedimos que nos guiaran eligieron una serie de localizaciones relevantes: la
casa, el lugar de trabajo, la clase de yoga, el super, el parque, el
cibercafé… que fuimos uniendo a modo de puntos de un itinerario
cargado de significación, como el mapa de redes de azar y simultaneidad
que compone nuestro cotidiano. Así, de mano de una profesora de
inglés, pudimos conectar, en parte de forma fortuita y gracias a la
espontanea visita guiada de uno de sus alumnos y jefe de NCR, multinacional de instalación
y mantenimiento de cajeros automáticos, la realidad del trabajo flexible
de nuestra compañera con la nueva fábrica recompuesta
según las exigencias del mercado globalizado.
La deriva posibilita
contemplar la cotidianeidad como dimensión de lo político y
fuente de resistencias primando la experiencia como categoría epistemológica.
La experiencia, en este sentido, no constituye una categoría
preanalítica, sino una noción central para comprender la urdimbre
de las actuaciones diarias, y lo que es más importante, los modos en los
que damos sentido a la cotidianeidad localizada y
corporeizada. No se trata exactamente de una técnica de
observación; no pretende, por lo tanto, «reproducir» o
acercarse a la experiencia tal y como sucede habitualmente (un ideal
difícilmente realizable de la antropología clásica) sino
producir un movimientos simultáneo de acercamiento y distancia,
visualización y extrañamiento, tránsito y
narración. Así pues, nos interesa el punto de vista de quienes
nos guían –cómo definen y experimentan la precariedad,
cómo se organizan diariamente y cuáles son sus estrategias
vitales a corto y largo plazo, cuáles sus expectativas– sin
obviar, en este proceso, el diálogo y la complicidad que se produce durante
nuestro encuentro. Ya no hay vuelta atrás. Una vez en casa, la cabeza
sigue bullendo hasta la próxima cita.
De todos estos pasajes
pretendemos extraer los nombres comunes de esta dispersión de
singularidades desconocidas entre sí, ajenas incluso, que componen la
nueva realidad laboral precarizada. Porque soñamos con ir sustituyendo,
aunque sea de a poco, la debilidad de la dispersión por la fuerza de las
alianzas, por la potencialidad de las redes. Pero la dificultad de ambos
objetivos sale a la luz durante las derivas. Las realidades del trabajo
precario son muy, muy diferentes: los recursos de los que disponemos unas y
otras, los apoyos materiales y afectivos, los salarios, los derechos, el valor
social de lo que hacemos, las distintas disponibilidades y sensibilidades.
LA PRECARIEDAD COMO
PROCESO
Partimos, que conste, de una
definición rudimentaria de precariedad y precarización como
proceso, y definimos una serie de ejes iniciales que podían dar cuenta
de un complejo existencial con muchas patas. Lo cierto es que esta palabra-valija
ha ido cobrando cuerpo gracias a las aportaciones de todas; hemos preferido
cargarla para después ir dotándola de mayores grados de
precisión.
Se trata de un
fenómeno que conectamos con:
1)
las nuevas formas de empleo (muchas de ellas vinculadas a la
externalización y a la deslocalización, a la extensión del
trabajo autónomo y de los contratos por obra o servicio, a la estructura
empresarial descentralizada y miniaturizada o a la multiplicación
incesante de las variaciones en los tipos de contrato);
2)
la dislocación de los tiempos y los espacios del trabajo (en los
horarios flexibles, a tiempo parcial, en el teletrabajo y en los talleres
domésticos), cuyos efectos sobre las unidades de convivencia y las redes
de cuidados están todavía por estimarse;
3)
la intensificación del proceso de producción (resultado
del just in time con horas extras que han perdido ya esta
consideración, tanto en lo que se refiere a la obligatoriedad como al
salario);
4)
la incorporación de cualidades imperceptibles inherentes a la
fuerza de trabajo, difícilmente estimables/retribuibles o asimilables en
términos de cualificación y, por lo tanto, difícilmente
desagregables en unidades de trabajo simple a las que correspondería
determinado valor (la atención personalizada, las capacidades
comunicativas, la empatía, la buena presencia, etc. Se espera que las au
pair
sepan idiomas aunque esto no forme parte de sus cualificaciones formales para
el puesto de trabajo);
5)
el recorte de los salarios y con la pérdida de los derechos que
han caracterizado tradicionalmente el trabajo «típico» del
fordismo y del pacto social keynesiano (derechos que van desde los permisos de
maternidad hasta la regulación de las pagas, las vacaciones o las bajas
por enfermedad).
Con menor frecuencia se
suele aludir a otras condiciones, como:
1)
la inexistencia de salario (en el caso de las amas de casa);
2)
la ausencia de regulación laboral por mínima que
ésta sea (como continúa siendo el caso del trabajo
doméstico asalariado –especialmente aquél en régimen
interno–, por no hablar de la situación general de las personas
que carecen de permiso de trabajo y residencia);
3)
o a la ambigüedad del vínculo entre quienes emplean y
quienes son empleadas.
Cabría aventurar una
definición de la palabra precariedad, suficientemente amplia para dar cuenta del alcance y
la multidimensionalidad del fenómeno, pero también lo bastante
concreta como para que el término no acabe perdiendo toda fuerza
explicativa: llamaríamos entonces precariedad al conjunto de condiciones, materiales y
simbólicas, que determinan una incertidumbre acerca del acceso sostenido
a los recursos esenciales para el pleno desarrollo de la vida de un sujeto[9].
Esta definición permitiría superar las dicotomías
público/privado y producción/reproducción y reconocer y
dar visibilidad a las interconexiones entre lo social y lo económico que
hacen imposible pensar la precariedad desde un punto de vista exclusivamente
laboral y salarial[10].
LOS EJES
Dedicamos unas cuantas reuniones a definir los ejes de nuestra
aproximación, que más tarde, en el curso de las derivas,
irían cobrando cuerpo. Los ejes que fueron saliendo de nuestros debates
partieran de nuestras distintas vivencias del tiempo (estrés, exceso,
saturación, imposibilidad de planificación,
inestabilidad…), del espacio (movilidad, territorios de vida, fronteras,
desplazamientos y sedentarismos…), de la renta (trabajos muy mal
remunerados, falta de recursos, adelantos por parte de amigas y familiares del
sector garantizado, reducción o limitación total del acceso a los
servicios públicos y malversación de tarjetas varias…), de
las relaciones y cuidados (comunidades laborales, afectivas, sociabilidades),
del conflicto (posibilidades y procesos de lucha…), de la
jerarquías (en muchas ocasiones difusas y dolorosas), del riesgo
(inseguridades, vulnerabilidad) y del cuerpo (disciplina, malos tratos varios,
cuidados arrebatados, sexualidades compulsivas…). Después de varias derivas, los
ejes cobraron forma y existencia más allá de nuestras propias
intuiciones iniciales.
La cosa quedó
finalmente así: (1) movilidad, (2) territorios fronterizos, (3)
corporeidades, (4) relaciones y saberes, (5) la lógica de la empresa,
(6) renta y (7) conflicto. Los ejes no agotan la experiencia pero ayudan a
interpretarla. Lo que sigue son algunas reflexiones entrecortadas e
insuficientes al hilo de nuestras primeras cinco derivas. Las siguientes
páginas son un batiburrillo de descripciones, apuntes y testimonios para
hipótesis incipientes, encontronazos con la forma-texto para hablar de
la forma-deriva y enunciados que aspiran a expresar la alegría e
insatisfacción que sentimos ante lo que apenas son nuestros primeros
balbuceos. Una suerte de balance sobre la primera fase del proyecto.
LA MOVILIDAD
La movilidad es la
cualidad que mejor describe la maleabilidad actual de la fuerza de trabajo en
los tres ejes: tiempo, espacio y tarea (o sujeto). Movilidad en la
disposición de los ritmos y horarios, movilidad en el puesto de trabajo
y, más allá del mismo, en el ámbito geográfico, en
las decisiones vitales, en las formas de vida, y movilidad en las funciones o unit
acts y en la forma
de desarrollarlas, siempre sujeta a mutaciones, a procesos de evaluación
y ajuste, a una auditoría constante. La movilidad se opone al viejo
estatismo, a la burocratización y a la rutina y, sin lugar a dudas, a la
capacidad de organización de los sujetos que en cualquier momento pueden
ver modificadas o recombinadas sus funciones y desconocen los límites de
lo que han de hacer y, en general, de lo que son.
Si en el pasado la gente
luchó contra la reificación de la vida cotidiana, encarnada
fundamentalmente en el trabajo, pero también en la familia y el consumo
de masas, determinando un cambio de rumbo en las políticas empresariales
y, en particular, en la gestión de los recursos humanos[11],
hoy la seguridad y la continuidad se han convertido, nominalmente al menos, en
valores en alza, aunque el precio que haya que pagar por ellas sea con
frecuencia demasiado alto y se acabe asumiendo la propia movilidad y
disponibilidad sin restricciones como posibilidad de ir componiendo un destino que, por lo menos, no
está prefigurado. Lo único estable es el estar de paso
permanentemente, la «costumbre de lo imprevisto»[12]
que caracteriza el trabajo por horas, por obra o hasta que encuentre algo
mejor. Algo que, como nos comentaron nuestras guías por el misterioso
mundo del telemarketing, no acaba de ocurrir, de modo que una vuelve una y otra
vez a rebotar contra las distintas campañas que las empresas virtuales
en el sector contratan con las grandes multinacionales de la comunicación
bajo condiciones cada vez más competitivas.
Durante la deriva de
enfermería social, Carmen nos explicó con detalle cómo la
falta de expectativas laborales aceptables en España y la demanda de
este trabajo en otros países está determinando un flujo de
jóvenes enfermeras que además de trabajar en lo suyo aspiran a
aprender idiomas y a vivir en otros lugares[13].
El tránsito por los trabajos pasados y presentes –un centro de
salud al que se accede haciendo sustituciones, un centro de atención a
toxicómanos con bastante caos organizativo y falta de recursos, vuelta
al centro de salud, un curso de formación para trabajadores sociales del
IMEFE al que hay que incorporarse de un día para otro– da una idea
de la imprevisibilidad sostenida en un diseño vital que además
del empleo –del interés, la seguridad y el salario– valora
otro tipo de cuestiones: la relación con los demás como algo que
nunca está determinado de antemano y como algo que se estima en su
singularidad o esta idea misma de «lo social» como un bien
público que excede el trabajo porque es socialización,
aprendizaje, intercambio, toma de conciencia, contexto vital pero que, como
insiste Carmen al comparar sus visiones a las de su madre, también
trabajadora en lo social, hay que aprender a dosificar, a utilizar a favor de
una misma. El dilema de este ámbito de acción, formulado en el
agenciamiento con su madre: «trabajar para la gente» vs. «trabajar para
el sistema»
es importante porque pone de manifiesto cómo opera la absorción
de la vida por el trabajo y del trabajo por la vida. Trabajando para la gente
una pierde los propios límites con respecto al trabajo y funde sus
energías y sus emociones en un ejercicio de sociabilidad continua y
comprometida que presta una importancia menor a la mediación, en este
caso, estatal que existe en el centro de salud, donde la tendencia privatizadora
y empresarial se ha disparado en los últimos tiempos y donde el sistema
de incentivos alienta un trato y unas pautas perversas de medicalización
y dejación[14].
Trabajar para el sistema, por el contrario, regula este ejercicio de
fusión entrando en una relación que pone en primer plano la
mediación institucional (normalmente no desde un punto de vista
crítico), acota el vínculo y lo amarga al despojarlo del
carácter abierto, experimental e ilimitado de la relación con los
otros. Estamos hablando también de la diferencia entre un enfoque
estrictamente médico, ajustado, eso sí, a la
«viabilidad» de mínimos de la salud como recurso y otro
social, necesariamente entrelazado a los hábitos y las historias de
todas y cada una de las personas que vemos en nuestro viaje al centro de salud
de Alcobendas.
La movilidad como
condición existencial, subjetiva, nos enfrenta constantemente a la
ambivalencia que hace de sus efectos más importantes: el desarraigo y la
falta de una identidad estable, un práctica desequilibrada de fuga,
nostalgia y sumisión. Hemos cogido el tren en Atocha y una vez sentadas,
escuchamos atenta estas reflexiones, previamente escritas por una
compañera, mientras nos dirigimos veloces hacia el extrarradio.
A la desarraigada se le compadece o repudia culpándola
de falta de identidad, raíces y costumbres. Pero construir la identidad
con elementos culturales autóctonos es absurdo en el mundo cambiante en
que vivimos, de dislocaciones, hábitats temporales, migraciones, y
mestizaje.
Desnudarse de ciertas tradiciones y valores, en mi caso ha sido
motivo de celebración (y
alivio). Salir de Ecuador por
primera vez a los 18 años fue un deseo intuitivo de fuga y de
experimentación. Aunque mi
adolescencia en Quito está llena de buenos recuerdos, también fue
época de un gran desgaste de energía fuese para reprimir deseos y
curiosidades como para conquistarlos.
A partir de ese momento la imagen de mi misma con maleta en mano se plasmó en mi historia de vida. Maleta en mano a Brasil con la emoción de lanzarme al vértigo de lo desconocido, y con la misma vuelta a casa. Maleta en mano bajando por las calles empedradas de Beacon Hill con una dirección apuntada en un trozo de papel: la futura casa, la futura cueva, los futuros esclavistas. A la vez el campus universitario se convierte en mi nueva fuga, mi refugio. Un año de explotación en servicio doméstico disfrazado bajo el nombre de «au pair» es suficiente. Nuevamente la maleta a espaldas. (Profesora de inglés, Deriva con manipuladoras de códigos).
TERRITORIOS FRONTERIZOS
El segundo eje es la
frontera, tanto en su sentido más pegado al terreno: el cierre de
fronteras y la precarización que esto conlleva, como en un sentido
más general de construcción de fronteras que determinan el acceso
interior y las jerarquías en terrenos mucho más difusos como
pueden ser el domicilio en el que se trabaja y las relaciones personales que se
establecen con las personas empleadoras y sus familias. Quizás la imagen
más nítida de todo esto nos la proporcionó Viki, una
compañera ecuatoriana que trabaja en el servicio doméstico,
cuando nos habló de las barreras que van erigiéndose en el trabajo
de las internas, especialmente en el de las extranjeras. Como ha
señalado A. Macklin, este trabajo esta marcado por una serie de
ambigüedades que sitúan a las que lo realizan
simultáneamente dentro y fuera: dentro de la nación y fuera del
Estado, dentro de la economía y fuera de las relaciones laborales, dentro
del hogar y fuera de la familia[15].
El espacio del hogar y de la familia, que en principio se conforma como un
espacio liso va revelando sus estrías: sus lugares prohibidos, sus
hábitos (alimenticios, de limpieza, de ocio, de orden, de compra, de
vacaciones, etc.) convertidos en auténticas reglas que se van
instituyendo en la práctica[16],
sus formas de tratamiento, etc. El uniforme, explica Viki, es la primera
frontera, la que establece en el cuerpo y ante los demás el lugar que
ocupa cada cual en un espacio autocontenido.
Realmente es algo muy
desagradable, además que es una imposición, no te preguntan si te
lo quieres poner o no te lo quieres poner o cómo te sientes, si te queda
bien o no te queda bien. Nada. Te lo imponen en algún momento para hacer
esa diferención, o para sentirse mejor, sentirte que tú
estás arriba y que esa persona, que tiene sentimientos, que tiene sus
ideas, que quizá ha venido para hacer un montón de cosas
diferentes, para mantener a su familia, o sea, no piensan en nada de eso,
solamente en que en ese momento las personas que te visitan o el medio de
familia en el que están vean que esta persona es inferior, es inferior a
ti, nada más» (Deriva de trabajo doméstico)
La comida –el
acceso a determinados alimentos o los horarios y lugares para comer–
constituyen otro territorio fronterizo fuertemente sexuado. Las reglas de la
hospitalidad que rigen en el hogar garantizan aparentemente el acceso
igualitario a los alimentos que hay en la nevera. Sin embargo, las
jerarquías existentes determinan unos límites cada vez más
estrechos y arbitrarios («¿Quién se ha bebido el zumito
del niño?»).
La asistenta y la baby sitting, como el ama de casa, experimentará un régimen
alimenticio severo que la «obligará» a comer a saltitos, de
pie en un momento perdido, como si estuvieran a dieta o de las sobras[17].
También las teleoperadoradoras
nos han hablado extensamente de la ropa de trabajo como exteriorización
de la posición, aunque en este caso, ésta opere en un sentido
inverso, puesto que de lo que se trata es de producir indiferenciación
entre trabajadores que en ocasiones disfrutan de condiciones laborales
diferentes pero pueden coincidir en una determinada campaña. Durante la
deriva de telemarketing y frente a un edificio anónimo, de esos de
cristal opaco, Teresa y Bea nos contaron
cómo las trabajadoras de Unidos, que cobraban más y a las que se
les recomendaba acudir «muy bien vestidas» debían servir de modelo, sin
saberlo, a otras trabajadoras con salarios más bajos y peores
condiciones.
(…) y les habían
dicho que podían vestirse todos igual para que no hubiera diferencia, y
eso la gente lo ve bien, o sea, no protestaban, nadie se quejó de que
eso estuviera ocurriendo, y nosotros nos enteramos por casualidad, pues porque
no veíamos a nadie que pareciera teleoperador porque al teleoperador
parece que le distingues por la calle. (Deriva de telemarketing)
La imagen, ya sea para
diferenciar ya para igualar, es fundamental aunque una trabaje a través
de la línea telefónica[18].
En realidad, el principio es el mismo: la imagen, especialmente si una es una
mujer, es parte de la empresa, pero también es algo propio, algo que
atañe a la autoestima y a la percepción que una tiene de
sí misma en relación a las demás personas. Por eso nadie
quiere identificarse como teleoperadora. Este doble carácter posibilita
que los intereses de la empresa, diseñados de acuerdo a una
racionalización del «deseo» y la «necesidad» de
maximizar los beneficios, puedan resultar indistintod con respecto a los de
quienes en ella trabajan: personas jóvenes de paso, universitarias con
aspiraciones, chicas preocupadas por su imagen. Esto es lo que les sucede a
quienes trabajando en el telemarketing y aspiran a tener una concepción
«más elevada de sí mismos» (de cara, por ejemplo, a
sus familiares), se representan y actúan como si trabajaran en una
«gran» empresa del sector de las telecomunicaciones: «nadie
trabaja para Qualytel, nadie trabaja para Iberphone, todo el mundo trabaja o
para Gas Natural o para Iberdrola o para Madritel o para Telefónica. O
puedes decir que trabajas en Jorge Juan. La teleoperadora, tal y como nos
explicó Teresa, ya no se nombrará por su ocupación, ni por
su formación y, desde luego no por su profesión, sino por el
nombre de la empresa contratante. ¡Lo importante es poder hablar!
CORPOREIDADES
Todo esto nos adentra en
el terreno de los cuerpos productivos. Una cuestión que para nosotras
tiene hoy una foto fija: la del macro-cartel de la Nike en Sol
interpelándonos a cada una de nosotras: «Y tú,
¿quién eres?»: la «diva», la «yoganista»,
la «luchadora» o qué se yo; una negra sudorosa con guantes
de boxeo, otra rubita ensimismada en posición de loto, otra rockerilla
de pastel con pantalones plastificados… Una condensación de
identidad que habla de las posibilidades de una experiencia corporeizada o
incorporada que ha asumido la sensibilidad que anima a «hacerse un cuerpo
(sexuado)», sensibilidad que hace de la anorexia una experiencia extrema
de una corporeidad común[19].
La fusión, en el
cuerpo, de vida y trabajo es un hecho normal para muchas mujeres que
están de cara al público, por ejemplo en el comercio, la
hostelería y el nuevo trabajo administrativo, en el que se entremezclan
papeleo telemático y atención al cliente. El deseo de gustar (a
una misma y a las demás), un deseo poderosamente domesticado en las
mujeres, es aquí recuperado para el control laboral difuso y la
producción de una subjetividad basada en la entrega sin condiciones[20].
La reivindicación feminista de autodeterminación corporal (our
bodies, ourselves), inspirada en una visión del cuerpo colonizado, y
de la colonización como superposición de capas sobre una
naturaleza virgen precisa de una reflexión actualizada.
La creciente
abstracción de los productos comerciales y culturales, convertidos en
imágenes o estilos de vida, sometidos a los dispositivos de inconsciente
óptico y test óptico de los que hablara Benjamin, ha dado primacía
a un cuerpo en el que productos y atributos llegan a confundirse. Los anuncios
de moda, los de Mango, por ejemplo, muestran un cuerpo en el que las prendas
resultan imperceptibles o tan perceptibles como otros rasgos físicos: la
delgadez extreña, la pose recostada y desvalida (que en ocasiones apenas
si alcanza a tenerse en pie), el sombreado de los ojos (que da una idea de
evanescencia, enfermedad y maltrato), la carnosidad de los labios (que sugiere
una hipersexualización en un cuerpo hipertrófico), el vaciado del
fondo que contribuye a resaltar los elementos corporales, etc.
De este modo, la
oportunidad de hacerse un cuerpo convive con propuestas corporales en las que
la (auto)disciplina, ya sea deportiva ya alimenticia, se convierte en el
común denominador. Se trata, en último término, de ganar
al cuerpo, saber someterlo frente al estrés, el agotamiento, el
envejecimiento, la enfermedad, la depresión o la desidia.
En esta batalla quienes
primero pierden son las trabajadoras domésticas.
– y cuando le digo
agotamiento físico, ¿qué se imagina?
– ay, el agotamiento, mucho
trabajo y mucho de todo, o sea, es como una enfermedad que ya uno no da
más
– ¿usted siente
agotamiento físico a diario?
– Sí, sí,
sí, a diario, porque una se levanta por la mañana, porque aunque
se trabaje medio tiempo uno, se es madre, esposa y además de eso tengo a
mi madre aquí, que soy hija, entonces tengo que estar haciendo las
cosas, ordenando todo, una madre nunca descansa, es la primera en levantarse y
la última en acostarse (Preguntando a una mujer ecuatoriana en el Parque del Oeste durante la
deriva de trabajo doméstico)
El trabajo es pesado. Sí,
me canso mucho. A veces me duele la espalda. Pero el doctor dice que es
solamente del trabajo. Me dieron unos ejercicios para eso. Ni parece que sirven
los dichos ejercicios. Tengo que seguir trabajando, entonces
¿cómo quiere que me pase el dolor? La cabeza también me
duele. Y cuando me pongo a pensar en mis hijos siento que me duele el pecho. El
doctor dice que es depresión. No tengo nada en el corazón... (testimonio de una interna,
Anacaona, investigación sobre las empleadas domésticas
latinoamericanas en Bélgica Las voladoras o de la migración
internacional de mujeres lationamericanas, 2003)
El desgaste
físico y los achaques son enormes y a ellos hay que añadir
además otro tipo de exigencias referidas a la presencia (que
también atañe a la raza como algo dado y acentuado), a la salud o
a otras cualidades más inmateriales como las actitudes, aspectos todos
ellos nada desdeñables para los empleadores[21].
Nada en el trabajo
doméstico, incluso en el de cuidado y la enfermería, pasa por el
autocuidado, nada que no sea la capacidad de la trabajadora para aguantar y
preservar su herramienta más necesaria que es su propio cuerpo y la
entereza ante la enorme tristeza de lo que no… («Migración
–nos dice una
mujer en el parque– es estar lejos de la tierra de uno»). El tiempo libre es, en
definitiva, tiempo para trabajar más. La insistencia de Viki en hablar
de la necesidad de sentirse tratada «como una persona», como «un ser
humano» tiene
que ver con esta fabricación de la sumisión, de la
reducción de su ser a mero cuerpo para la reproducción de otros,
pura fuerza de trabajo despojada de toda cualidad.
El estrés y el
agotamiento físico para unas y el cansancio, los achaques y la
depresión para otras dan forma a las experiencias de clase, genero y
migración que se imprime en la intimidad de los distintos cuerpos
productivos.
RELACIONES Y SABERES
«Escucha y
relación, sobretodo relación con la gente», así describe Carmen
lo que pone a trabajar en el desarrollo de sus funciones como enfermera social.
Algo que comparte con las teleoperadoras, con las trabajadoras
domésticas, con las prostitutas y con otras mujeres en el trabajo
precario feminizado. Para nosotras, el encuentro con las teleoperadoras ha sido
toda una revelación en este sentido[22].
La capacidad de atención y empatía, la anticipación a los
deseos de las otras personas, no tanto el facilitar soluciones, cuanto hacer
que el otro se sienta bien en un sentido más general, la paciencia y la
capacidad de reproducir una «sonrisa telefónica» son una
herramienta fundamental que se apoya en una sensibilidad común alabada
por algunas feministas en el marco de la ética del cuidado. Los
conocimientos técnicos, pero sobretodo relacionales, algo que la empresa
pasa rápidamente por alto mediante un cursillo de tres días (sin
sueldo ni garantías de entrar en la campaña) y la asistencia
sobre la marcha de trabajadoras más experimentadas, son la clave del
éxito[23]. En estos
cursillos y dependiendo del tipo de servicios prestados –asistencia
técnica, información, urgencias, venta, encuestación,
etc.– se establecen pautas comunicativas sobre la duración de la
llamada, los modos de retener, diferir o cortar la comunicación, la
argumentación a desarrollar, la entonación, las palabras prohibidas
y potenciadas[24] o la
activación del célebre «mute» o «tunel
telefónico» mediante el que se deja la llamada en espera con
distintos fines y al que las teleoperadoras en su lucha han contrapuesto el
«Sin el Mute», expresión que da título a una revista
de elaboración propia que aborda los problemas laborales del
telemarketing. El control sobre las capacidades potencialidades comunicativas
–retórica argumentativa pero también emocional–
constituye un basto campo de exploración.
Normalmente durante el primer
año, la gente sí que ve que su carácter se hace mucho
más seco, está más a la defensiva porque, además,
en atención al cliente tú eres la primera barrera, la gente llama
para decir que no le funciona algo y tú no estás ahí para
solucionárselo sino para aguantar la bronca, luego ya, si se lo puedes
solucionar ya pasas la llamada o lo que tengas que hacer pero tú
estás para aguantar la bronca, entonces es muy importante diferenciar,
saber que cuando sales de tu trabajo, cambiar y poder poner una sonrisa, pero
cuesta muchísimo (…) Yo cuando cojo una llamada, yo sé,
primero, que el hombre no está enfadado conmigo, que no es personal de
ninguna manera y que si él me grita y yo le grito la vamos a liar, con
lo cual, yo, con mucha paciencia y toda la tranquilidad del mundo, pero, no
porque me lo impongan, sino porque de verdad me lo tomo así, porque a mi
me da igual. Yo comprendo que él tiene un problema pero a mi plin porque
no es mi problema, entonces, yo voy a hacer lo que pueda, esto algunas veces se
lo puedes decir, otras no, pero tú tienes que mantener la idea de que yo
voy a hacer lo que pueda y aunque me diga que yo soy una incompetente y yo no
lo soy, y tengo que aguantar el chaparrón, y mentalizarte así. El
problema que se suele tener en este trabajo es que empiezas a hacer las cosas
lo mejor que puedes, pero no puedes, si es que no lo puedes hacer bien, porque
no es tu trabajo arreglar nada, sólo es aguantar, entonces, eso
sí que es duro porque, pues eso, que alguien te esté contando
algo que realmente te da pena que el hombre lleve sin teléfono dos
días, y no poderle decir, pues mire, dese de baja porque no se lo vamos
a solucionar. Entonces simplemente es, darle largas, decirle que vas a hacer
todo lo que puedas y plantearte tú que eso, que tú estás
haciendo tu trabajo
(Deriva telemarketing)
Las trabajadoras más abezadas o con
mejor carácter serán capaces de poner coto a las tensiones
estableciendo auténticas escisiones subjetivas. No obstante, la
integración de saberes y disposiciones genera dolorosas contradicciones.
Esto es lo que sucede, por ejemplo, con el teléfono de atención a
mujeres maltratadas contratado por el Instituto de la Mujer, en el que es
preciso gestionar sobre la marcha una orientación comunicativa densa en
acto de habla –escuchar, comprender, tranquilizar, consolar, informar,
derivar, decidir, consultar, etc.– en un situación de fuerte
tensión emocional.
Sí, yo llego a este servicio y me dicen, tienes que
derivar, pero claro la persona me dice (…) por ejemplo, en un caso de
violación, era muy claro, le dices tiene que ir a una policía de
estas que tienen servicio a la mujer y te dicen, ya, pero es que en mi pueblo
no hay, porque trabajas para toda España y si viven en un pueblo-, ya,
pero está a 200 km, pues nada la mandas a su comisaría, y no va a
ser lo mismo, entonces tendrás que darle unas pautas de decirle, pues
tiene que hacer esto, esto y esto, pero yo eso lo digo porque quiero, y la
empresa quiere que yo lo diga, pero sin embargo no me obliga a hacerlo, no me
ha dado formación, con lo que si yo lo hago mal ¿que responsabilidad
tengo? Tengo una responsabilidad personal, pero la empresa te puede decir esto
lo has dicho tú y no estas obligada a decir eso y, de hecho, no lo
puedes decir… (Deriva telemarketing)
Nos hallamos nuevamente ante el dilema del
cuidado, ante la tesitura que representa trabajar para la gente y no quemarse,
dar como un modo de autopreservación subjetiva, de entereza en el
contacto. Tal y como nos explica Viki, aunque las cosas vengan mal dadas y
por muy dura que sea la situación, no se puede
llenar de rencores y malos sentimientos, entonces, esos sentimientos afloran y
enseñas, si es cuidado de niños, enseñas a esos
niños, enseñas todo lo que sabes. ¿Entiendes? Todo, todo
lo que arrastra tu vida y que te ha transformado en una persona especial o una
persona determinada, que te hace que tú transmitas a esas personas todo
lo que eres. Pero por eso no te pagan (Deriva trabajo doméstico)
Otro elemento interesante en lo relacional que merecere una mayor indagación es la importancia del vínculo con las personas con las que se trabaja, algo a lo que aludieron tanto las teleoperadoras como nuestra guía en la enfermería social. En el caso de las primeras, las empresas tratan por todos los medios de reducir el contacto entre las empleadas, ya sea dedicando poco espacio físico para el descanso, como tuvimos ocasión de comprobar in situ todas apretujadas en el office de Qualytel, ya utilizando estrategias orientadas a fomentar la competencia y el individualismo, como la llamada «promoción horizontal»[25] o los incentivos[26], también empleados en la sanidad pública. No obstante, la empresa sabe que buena parte del trabajo se desarrolla gracias al intercambio entre las trabajadoras, que es el que asegura la transmisión del savoire faire acumulado gracias a la veteranía de quienes llevan más tiempo y, ¡atención!, están más quemadas[27], y de la información necesaria en el curso de las llamadas, algo que no reside en las escasas carpetas que pudimos ver en las salas, tampoco en los ordenadores, sino justamente en el cerebro de quienes se comunican. El control de este proceso descansa en un managment modulado que emplea técnicas de vigilancia (escuchas y grabaciones), jerarquización (personal de operaciones –teleoperadores/as, coordinadores/as y supervisores/as– y personal de estructura, de confianza), deslocalización y asincronías temporales (la pauta de trabajo es la campaña y algunas trabajadoras estarán ubicadas en la sede de la empresa operadora mientras que otras estarán en la empresa contratante y así se irá cambiando constantemente) y diferenciación basada en el salario o el valor (de la campaña, del sexo de quien la ejecuta, del vestuario, de la empresa, etc.). La sensación de estar de paso es permanente, la organización científica del trabajo total.
A pesar de todo, las relaciones se establecen, las trabajadoras en rotación vuelven a encontrarse, la experiencia y la resistencia se acumulan y la socialización se proyecta fuera del espacio de trabajo, primero en el Dunking Donuts al que nos conducen: el único lugar asequible en el barrio de Salamanca, donde se ubica Qualytel en una clandestinidad casi completa[28] y, lejos de las opulentas calles de esta zona, en las casas, en los bares, en los parques, en el transporte, en la ciudad. Las relaciones, constreñidas por los ritmos laborales intensivos o por la aceleración de la vida urbana, buscan espacios interiores y exteriores de desahogo. Bea y Teresa siguen manteniendo contacto con muchas de sus compañeras y compañeros anteriores. Carmen, en nuestro paso por su antiguo trabajo en un centro de atención a toxicómanos, queda para esto y para lo otro con sus antiguos camaradas de nocturnidad laboral.
Quien más me ha ayudado es el equipo. Yo a veces tenía ganas de ir a trabajar simplemente para poder estar con mis compañeros, porque yo no tenía vida social. Mis amigas de la carrera se han pirao fuera a trabajar, muchos de mis amigos, pues igual, Madrid vas a un ritmo de trabajar que te cagas y es que no les puedo ver, si yo tuviera mucha más de mi gente aquí me agobiaría porque no puedo verla. Entonces, mucho de mi sustento afectivo está en mi trabajo (Deriva enfermería social)
La fuga de la sociabilidad con respecto al comportamiento pautado del trabajo es un hecho común cuya concreción más interesante la encontramos en los parques, donde se reunen migrantes compatriotas y donde se traban todo tipo de contactos. La fragmentación de la casa donde se sirve, la invisibilidad de los papeles y el anonimato de la extranjería se recomponen en un espacio público que se resiste a la dinámica posmoderna del «no lugar». Y pensamos: si existiera hoy un lugar específico para la lucha contra la precariedad, ese sería la ciudad en toda su extensión; este parque, aquel bar, la escalera del edificio, toda la manzana, el metro, los cruces, los portales, el solar… Esto nos da importantes pistas para idear el conflicto a partir del continuum espacial que se despliga en el tránsito existencial y no exclusivamente laboral (¿cómo hacer, por ejemplo, con el aislamiento de lo doméstico? ¿podemos seguir la pista? ¿encontrarnos en otros ámbitos? ¿inmiscuirnos?) y en las figuras y posiciones que hoy encarnan estos flujos situados (¿las eventuales compañeras del call-center? ¿las usuarias del internet café, del Ldel, del 36?).
LA LOGICA DE LA EMPRESA
Digamos que hemos caído en
la misma productividad que el capital espera de un trabajador, que esperaba de
un trabajador en la fábrica, sólo que ahora en la fábrica
de la vida y casi nunca hacemos nada que no sea con una intención clara,
digamos, cuyo fin, casi cuya duración haya sido predeterminada con
antelación
(Deriva manipuladoras de códigos I)
Cuando las diferencias
salariales son realmente una cuestión de matiz porque todo el mundo gana
una mierda, el valor de lo que se hace y de lo que se es, producido dentro y fuera del
trabajo, pasa a un primer plano. Lo que hablabamos antes: los estilos, las
señas corporales, los lenguajes, las tradiciones culturales, los
recorridos existenciales, las competencias informales y su
reinterpretación en el seno de la empresa social. Para la gente, en su
mayoría universitarios, que vienen de la hostelería, del Tele
Pizza o del buzoneo, este trabajo de oficina, comentan las teleoperadoras,
supone una mejora. Hablamos de una «movilización total» de
diseño en la que intervienen desde los elementos medioambientales (el
barrio, la presencia, la disposición de los distintos objetos en el
propio puesto…) hasta la difuminación del ejercicio de poder. No
negarse, no irritarse, todo es posible de un modo diferido…
En la empresa nunca dicen que no,
claro, pero siempre han de hacer unos estudios de viabilidad, y el de los
cascos, en concreto, duró dos años y al final del mismo se
resolvió dar únicamente almohadillas individuales.
El poder, además,
se asume, se hace propio, se reproduce mediado por el aditamento que se da en
cada uno de los nodos de la red. Lo hacen los médicos bajo la presión
de los incentivos y las farmaceuticas, lo hacen las trabajadoras sociales
acosadas por la falta de recursos, lo hacen las teleoperadoras incentivadas por
una diferencia de estatus, lo hacen los editores seducidos por el brillo de la
proyección pública, lo hacen las encargadas de sección
alentadas por la responsabilidad y la pertenencia a una gran firma. El chantaje
afectivo, las prevendas inmateriales, los ideales solidarios y
políticos, las promesas intangibles, las promociones potenciales, las
oportunidades que se generan, los proyectos viables, el acoso
psicológico o los beneficios en clave de favores y compromisos
constituyen una gramática afectiva bien estudiada en algunos
ámbitos, como el doméstico, donde ir al médico es siempre
una concesión que obliga a una contrapartida traducible en tiempo, labor
o pleitesía. Las relaciones radicalmente femeninas entre la
señora y la asistenta son, en este sentido, un complejo juego
asimétrico de dependencias mutuas en el que se negocia la intimidad que
proporciona el acceso al cuidado y al aseo, la culpa, la responsabilidad para
con los tuyos/suyos y la dependencia total que genera el organizar una vida en
torno a otras personas.
El lugar de la
negociación se ha disuelto, el momento contratual es indeterminable, el
sistema de derechos y obligaciones se establece as we go along, de modo que el simple hecho de
formular esta gramática es una tarea árdua si no imposible. El
convenio, para quienes lo tienen y para quienes lo tienen en su propio sector,
es una anécdota que choca una y otra vez con la racionalidad de la
actividad.
Depende de las empresas, en algunas te dan un caramelito, a unos les pagan más si trabajan un festivo, a otros si trabajan por la noche les dan un plus de nocturnidad, entonces, mas o menos todo igualado, incluso en el ámbito de todas las empresas, yo creo que la patronal lo tienen así establecido para que se de una cosa mejor y otra peor. Esto del convenio, bueno, en el comité de empresa lo que estamos luchando habitualmente nada más por eso, porque se cumpla el convenio a rajatabla. Ahora han puesto una cosa muy buena, que es el que halla descanso por visualización de pantallas, porque antes lo que había es el descanso de 10 minutos o 15, dependiendo de las horas que trabajes normalmente, pero ahora lo que hay es cada 2 horas de trabajo 5 minutos para relajar la vista, eso es importante que la gente lo sepa y que si nos presionan les de lo mismo y sigan saliendo, tienen derecho, pero lo que ocurre en ese trabajo es que tú tienes tu descanso, pero es que si en ese momento hay muchas llamadas el coordinador esta ahí para decirte «espérate un poco que hay muchas llamadas o no salgas al baño». La función de coordinador no se sabe muy bien cuál, pues eso que alguien le pueda decir a otra persona que no vaya al baño, y lo de los descansos pues eso, si entras en el ritmo que entra todo el mundo cuando llegas dices bueno voy a hacer las cosas bien y me da lo mismo salir 5 minutos antes o después al baño, pues eso se va creando así y entonces te puedes quedar sin descanso.... Cumplir el convenio en general, sí, pero claro no es en general, es cada día de trabajo, entonces como son llamadas que entran pues con lo de atender bien el servicio y el tema de la profesionalidad, te lo venden muy bien (Deriva telemarketing)
Lo importante, como
comentan las teleoperadoras, es lograr que lo que realmente se hace se parezca
o una crea que se parece a lo que se esperaba hacer.
RENTA