TEXTO
INCOMPLETO
«DOMESTICACIÓN» DEL TRABAJO
Trabajos, afectos y vida cotidiana[1]
Cristina Vega
Introducción
Las siguientes reflexiones fragmentarias
son un intento de ir componiendo un mapa sobre la realidad actual del trabajo
de las mujeres en el contexto ámplio y cambiante de la
globalización económica[2].
El método incluye incursiones puntuales en lugares estratégicos
de lo social –al otro lado del escaparate, en el sótano del
taller, por la puerta de servicio, etc.– y una vuelta de tuerca a algunos
conceptos fundamentales de la teoría feminista –las
dicotomías producción/reproducción y
público/privado, la concepción de la doble jornada o de la
ética del cuidado–, y a otros que ƒaparecen en el horizonte político
más inmediato –sociedad civil, tercer sector, salario social,
ciudadanía flexible– reclamando lecturas de género. El
objetivo, una vez más, es rastrear la producción de
subjetividades, lugares de articulación y resistencia, desde los que
construir herramientas feministas para la acción política.
Me gustaría proceder abriendo
cuatro brechas para el debate[3]:
la primera se refiere a la emergencia del denominado tercer sector como un nuevo campo en el que se pone en
juego el trabajo de las mujeres, la segunda tiene que ver con el
fenómeno más o menos consolidado de la doble jornada que en la actualidad se materializa en
lo que denominaré una "hipersegmentación sexual del
trabajo", esta fragmentación nos obliga a complejizar el debate
sobre la transformación de la identidad femenina, la tercera tiene que ver con algunas
condiciones cambiantes del trabajo, que algunas autoras definen como
"feminización" y la cuarta con la apuesta por una sociedad
civil internacional
paralela al debilitamiento del Estado-nación y fundada sobre valores
inspirados en la ética del cuidado, hacia la que se inclinan algunas
autoras.
El "tercer sector" y la
cuestión de la reproducción social
El punto de arranque de nuestro grupo de
estudio sobre feminismo y cambio social en la Facultad de Sociología de
la Univ. Complutense de Madrid fue precisamente el del tercer sector. Bajo esta
denominación se engloba un conjunto de actividades, algunas asalariadas
otras no, relacionadas con la asistencia social o, mejor dicho, con el trabajo
social[4]. Muchas de ellas –el cuidado de
personas dependientes, las actividades de apoyo a la salud o a la
educación o la asistencia a colectivos marginados– eran realizadas
por mujeres en el ámbito del hogar, en algunos casos, en el de la
parroquia o la asociación vecinal. A partir de la década de los
60 y como producto de la integración de las luchas obreras, el Estado
asume la administración de algunos de estos trabajos que hoy vuelven a
depender en primer plano de los hogares (de donde nunca llegaron a alejarse por
completo), se convierten en servicios de mercado cada vez más
centralizados en las denominadas empresas de servicios o se canalizan a
través de ONGs y empresas sociales, con la consiguiente reducción
de gastos y responsabilidades por parte del Estado, sin que esto suponga una
perdida de control por parte del mismo[5].
Esta reordenación del trabajo de
reproducción social da lugar situaciones paradójicas; por un
lado, abre nuevas oportunidades laborales para muchas mujeres de clase baja,
entre las que figuran muchas inmigrantes, que de este modo asumen la carga de
lo que Saskia Sassen denomina nuevos "hogares profesionales sin
esposa" de clase media, y, por otro, contribuye a saturar (sobretodo en el
caso de las mujeres con personas a su cargo) el trabajo en sus propios hogares
y someterse a condiciones de estrés y precariedad; el retorno de las
clases sirvientes. Otro fenómeno ambivalente lo constituye la emergencia
de una clase de mujeres cualificadas, de gestoras, cuidadoras, educadoras,
animadoras con bajos salarios o sin salario que contribuyen, en el
régimen del trabajo altruísta o de la empresa solidaria, a la
reproducción de una nueva clase de excluídos permanentes del
mercado laboral –el "cuarto estado"–, entre los que
figuran un buen numero de mujeres, cada vez más dependientes del
subsidio y de la acción asistencial (Handler 2000). Entre las primeras
se encuentran muchas jóvenes con cualificaciones formales que no les
queda más remedio que someterse al régimen voluntario o de las
prácticas como un modo estratégico de facilitar su acceso temporal
o futuro al mercado laboral, cada vez más difícil gracias a la
promoción del voluntariado y a otras formas de trabajo gratuíto
como la prestación social sustitutoria o los empleos disfrazados de
beca. En definitiva, la ocultación del vínculo entre el tercer
sector y el mercado, promovida por el discurso institucional y empresarial
sobre la solidaridad y el altruísmo, refuerza la gestión de
riesgos individualizada entre las jóvenes.
Cuando comenzamos a plantearnos la
cuestión del tercer sector intuíamos que éste se
encontraba en una encrucijada en la que confluían distintos elementos
para la reflexión feminista: (1) una cierta redefinición y
desplazamiento de la reproducción social hacia los márgenes de
las relaciones familiares normativas, (2) un renovado ámbito
público que, paradójicamente, corre parejo a los recortes del
Estado del Bienestar y (3) una nueva perspectiva desde la que contemplar la
centralidad del trabajo de las mujeres y su posible constitución como
fuerza antagonista.
Con respecto a lo primero no cabe duda de
que la realización de trabajos de reproducción en el
ámbito público, el de la relación salarial y/o asociativa,
ha contribuído a la valorización de algunos trabajos –de gestión,
de mediación, de relación social, de previsión,
etc.– anteriormente invisibilizados en el ámbito doméstico
(Rodríguez 1996, pág. 116). Así mismo, el análisis
feminista sobre la complejidad de lo doméstico y el cuestionamiento de
la heteronormatividad como único modelo en la formación de los
hogares ha contribuído de forma determinante a este proceso de
visibilización y valorización. Por otra parte, como
explicaré más adelante, la discontinuidad entre el hogar y los
lugares del trabajo asalariado se ha debilitado en ambas direcciones, hecho que
contribuye a la confusión de los tipos distintos de trabajo y de todos
ellos con la vida o la cotidianeidad en un sentido ámplio. Así
mismo, al ámbito público feminizado del tercer sector se han
sumado muchas mujeres jóvenes cuyas "capacidades" han sido
resocializadas como "conocimientos"[6].
Sin embargo, todo esto no se ha traducido en una posición de fuerza a la
hora de negociar salarios, trabajos y/o condiciones laborales. Se podría
decir incluso que esta valorización se ha producido sin las mujeres o a
costa de las mismas. Las luchas protagonizadas por limpiadoras, cuidadoras,
enfermeras, trabajadoras sociales, etc. han sido fundamentales, como
también lo ha sido el "efecto escapada" de la identidad
femenina tradicional mediante el divorcio, la constitución de hogares no
nucleares, la decisión de tener menos hijos o no tenerlos en absoluto,
la emigración, etc. Se trata de prácticas de valorización
de la autonomía personal y colectiva que indudablemente tienen muchas
caras, no todas conscientes y voluntarias, pero que expresan subjetividades que
se resiste y en las que podemos leer procesos incipientes de
constitución que rompen, por un lado, con el imaginario del servicio y,
por otro, con el de la participación altruísta sobre el que
volveré más adelante, ambos tremendamente reforzados por los
discursos del tercer sector.
En la presentación de nuestro
programa de estudio quedaba recogida la hipótesis "ni-ni"
sobre el tercer sector: ni Estado, ni mercado[7].
Una hipótesis que ahora nos resulta insostenible pensando en las fuentes
de financiación, en los procesos crecientes de concentración
(paralelos a los del propio mercado de servicios relacionales, cuando no
entremezclados con el mismo), de profesionalización ligada de forma
más o menos directa con el trabajo asalariado y en las estrategias
empresariales y sindicales (e.g., la exención de impuestos ha dado lugar
a un sinnúmero de fundaciones privadas cuya labor social revierte en la
estructura empresarial de acuerdo con un modelo de circulación y no de
producción), la intervención estatal indirecta sobre las
líneas de los proyectos, sus realizadores y destinatarios y sobre la
formación y la legislación en materia de voluntariado o la
emergencia de un mercado de productos alternativos (e.g., de comercio justo)
vinculado, así mismo, con otros mercados incipientes como el gay o el de
la medicina natural, etc. Todos estos fenómenos ensombrecen las
expectativas que el tercer sector ha generado en algunos sectores de la
izquierda, que ven en el mismo un rearme ideológico e incluso
económico de la sociedad civil frente a los imperativos del mercado
(Benerías 1999).
La doble jornada en el contexto de la
globalización económica
Con el concepto de doble jornada se alude a la experiencia reciente de
las mujeres de combinar sistemáticamente el trabajo en el hogar con el
trabajo para el mercado. En realidad, la expresión doble presencia (Laura Balbo 1978) resulta más
adecuada puesto que incorpora una dimensión fundamental de la
subjetividad que excede la descripción de este fenómeno
sistémico. De acuerdo con Franca Bimbi, la doble presencia "es, así
mismo, un indicador de la transformación de la identidad social femenina
que, tendencialmente, no privilegia forzosamente la familia como ámbito
de autoreconocimiento y legitimación de su papel social. En esta
acepción, la doble presencia permitiría a las mujeres orientarse
en el seno de una sociedad compleja. De hecho, puede funcionar como un
código simbólico que hace posible el pasaje entre dos universos
de significado: la cultura tradicional femenina, connotada por valores
predominantes legados de la expresividad y de la cultura moderna y la sociedad
dominada por el mercado, caracterizada por valores eminentemente instrumentales[8]"
(1986, 1989, pág. 102). Para valorar la experiencia de la doble
presencia hoy en el mundo es preciso advertir otro hecho decisivo: la creciente
fragmentación del sujeto social femenino.
La relación trabajo-capital para
las mujeres en los países occidentales se ha ido transformando desde el
despegue industrial de los años 60, momento en el que muchas mujeres
accedieron al mercado laboral en el sector de las manufacturas, hasta el
presente, en el que asistimos a una progresiva hipersegmentación
sexual del trabajo asalariado que ha dado lugar a paradojas como las que he mencionado anteriormente.
Esta relación también se ha transformado geográficamente,
por ejemplo si pensamos en el trabajo de las mujeres en las economías
de subsistencia, hacia
las que se ha ido desplazando en la década de los 70 y los 80 gran parte
de la producción, tanto agrícola (en forma de monocultivo) como
industrial (cuyo caso ejemplar es el ensamblaje), destinada a la
exportación. La feminización del proletariado en las zonas periféricas (de las
metrópolis y de los países ricos) remite a la estrategia
capitalista de reducir los costes y debilitar a una clase obrera masculina
organizada, que ya había sido tocada por el proceso de
automatización. Esta estrategia, que ha atravesado las fronteras de los
Estados, está experimentando una nueva dimensión de
explotación en las personas inmigrantes. En este sentido, Sassen (2000)
siguiendo a Gracia Clark se refiere al tandem "mujeres e inmigrantes"
como el equivalente sistemático del proletariado de la periferia, la
categoría post-fordista invisibilizada de lo que fuera la pareja de
trabajadores no reconocidos "mujeres y niños" durante el
fordismo. El caso de las mujeres inmigrantes, insivisibilizado en la mayor
parte de los análisis, no hace más que plantear la renovada centralidad
de la economía informal.
Alain Lipietz (1996) habla de una
cuatripartición del colectivo asalariado en: (1) un segmento altamente
cualificado y remunerado, (2) un segmento de asalariados permanentes y
relativamente cualificados, (3) un segmento de inserción precaria y de
bajo salario (no necesariamente de baja cualificación) y (4) un segmento
permanentemente excluído del sector asalariado. Y señala el
caracter sexuado de esta segmentación con un gran número de
mujeres en los grupos (3) y (4), sobretodo en el primero que constituye la
vía de acceso privilegiada de muchas mujeres tanto jóvenes como
adultas al mercado laboral, y un aumento moderado de su representación
en los grupos (2) y (1). El trabajo temporal y a tiempo parcial, pero
también el trabajo semi-autónomo y subcontratado se convierten en
estrategias preferentes para muchas mujeres. Estas opciones se ajustan a las
exigencias que el capital impone sobre la organización del trabajo,
determinando una composición de clase (Bologna 19
) extremadamente adaptable[9].
En este sentido, el deseo y/o la necesidad de autonomía se ven
comprometidas en un esquema que genera experiencias de estrés e
inseguridad.
El sexo, la etnia, la edad, la
sexualidad, el lugar de procedencia y las regiones del planeta que se habitan o
transitan constituyen matrices fundamentales en esta hipersegmentación
de la fuerza de trabajo que las feministas estamos aprendiendo progresivamente
a interpretar en su constitución histórica y geográfica
(Alexander y Mohanty 1997). Tal y como explica Donna Haraway (1991), las
relaciones "íntimas" entre éstas y las dinámicas
de la acumulación capitalista –lo que denomina "circuito
integrado"– determinan, en un juego tremendamente generativo,
composiciones de los hogares, patrones de socialización, formas de
relación con el Estado y vivencias de la sexualidad específicas e
interconectadas. "Si aprendemos –sugiere Haraway– cómo
leer esas redes de poder y vida social, podremos aprender nuevos acoplamientos,
nuevas coaliciones" (pág. 292).
Para ilustrar esta dinámica en los
análisis feministas voy a referirme muy brevemente a tres encrucijadas
significativas que ponen de manifiesto la profunda interconexión entre
la identidad femenina y los circuítos del capitalismo mundial integrado.
La condición
"transmigratoria" de las trabajadoras, mujeres entre los 18 y los 28
años, en la nueva economía de la frontera de EEUU/México,
las famosas maquilas en las que se alojan Sansung, Sony, Hyundai y Sanyo, ha
orginado subjetividades mestizas constituídas por el fenómeno
político, económico y cultural que es la frontera (Mohanty 1997,
Anzaldúa 1987, Martínez 1999, Davis 2000, Gutiérrez 2000).
La movilidad fronteriza, en el marco del NAFTA y de las políticas
migratorias restrictivas estadounidenses, se descifra, en estos
análisis, como una paradoja insoluble de explotación, hibridez y
resistencia ante las formas de control que la constituyen. La maquila como
forma de explotación intesiva en el espacio desregulado de la frontera
ha alterado la composición de los hogares, las economías locales,
los movimientos transmigratorios y las estrategias culturales y
políticas de muchas mujeres.
Refiriéndose a otro escenario,
Aihwa Ong (1998) explica cómo la experiencia de mobilidad de la
comunidad china en la diáspora se ha servido, en el marco de los circuítos
del capitalismo global, de las disposiciones y prácticas legadas del
confucianismo que enfatizan el pragmatismo, la dependencia interpersonal, la
disciplina corporal, las jerarquías de género y edad y otras prácticas
étnicas específicas de producción y reproducción
con el fin de maximizar las actividades de las élites económicas
chinas en todo el mundo. Esta concepción utilitaria de los
vínculos articula una "biopolítica (no estatal) de las
familias" que regula los cuerpos saludables, productivos y adecuados de
sus miembros en aras de sus actuación económica y de la
prosperidad de la familia. Tal y como explica Ong, el modelo familiarista y las
redes económicas globales chinas operan codo con codo y sirven para
explicar la enorme prosperidad de quienes se sitúan en el núcleo
de estos grupos dominantes y la movilidad y explotación que sufren las
personas que se integran en los niveles más bajos de estas redes
mundiales.
El régimen intensamente sexuado de
la "fábrica en el salón de casa" se ha extendido por
todo el sudéste asiático en forma de subcontratas que trabajan
para compañías globales produciendo artículos de consumo
para la exportación. Mucho más cerca, en Galicia, la empresa
Inditex de la que forma parte Zara, el tercer grupo mundial de
confección y venta de ropa, opera igualmente mediante subcontratas y
microempresas –muchas de las cuales están formadas exclusivamente
por mujeres– imponiendo ritmos de producción just in time que dan forma a un mercado de la moda que
ha abaratado los productos de diseño manteniendo una manufactura de
calidad media, multiplicado su oferta, lo cual ha hecho estallar las
colecciones de temporada e implantado una imagen de mujer pendiente de la
innovación constante en la que participa, además de la
publicidad, la propia "corporeización" de extrema delgadez de
las dependientas. De este modo, Inditex, al igual que otras empresas del sector
de la confección, ha integrado el circuíto
producción-consumo-reproducción en una nueva escala que pone a
funcionar elementos de la subjetividad que van desde el deseo de
autonomía y autovalorización (por ejemplo, a través de la
actitud emprendedora de muchas mujeres organizadas en cooperativa) hasta la
producción de la corporeidad. El vínculo entre este modelo de
explotación flexible e intensiva y la generalización de un estilo
–hábito que excede el vestir y se convierte en forma de
vida– constituye un terreno fundamental para la intervención
feminista[10]. Un terreno
que desestructura necesariamente la parcelación –el trabajo, el
hogar, el intercambio, la comunicación, la cotidianeidad– en la
acción política.
En este sentido, la doble presencia –pasaje entre dos universos de
significado, el tradicional y el del mercado– como concepto explicativo
derivado de la doble jornada –compaginación del empleo y el hogar– resulta
excesivamente limitado, si bien capta un fenómeno fundamental que es el
del pasaje subjetivo entre distintos ámbitos de lo cotidiano que
aquí reformularé en términos de transposición[11].
En primer lugar, la hipersegmentación
sexual del trabajo ha situado a las mujeres en posiciones muy diferentes, por
ejemplo, en lo que respecta a la constitución de los hogares: hogares
monoparentales femeninos, hogares escindidos por la experiencia de la
emigración, hogares con personas dependientes de un único salario
familiar, hogares profesionales sin ama de casa, hogares subsidiados y
(re)ajustados en función del trabajo flexible (sumergido, temporal, a
tiempo parcial, extra), etc. En algunos casos, habrán sido los hogares
los que se han adaptado al trabajo, en otras ocurrirá a la inversa,
aún en otros, el trabajo y el hogar serán efectos más o
menos fabricados, como veíamos en el caso de la interrelación
entre el familiarismo y las
élites económicas chinas, a partir de otras dimensiones como la
etnicidad o la sexualidad. En cualquier caso, es la articulación de esta multiplicidad lo que nos
interesa.
Esta diversidad en la articulación
de los hogares, el mercado y el Estado hace de la compaginación y de la presencia, como desarrollo subjetivo que se
transpone y sedimenta, un asunto mucho más complicado.
Tendríamos, más bien, que hablar de doble, triple, cuatriple...
múltiple presencia sexuada, que en algunos casos ha implosionado los
códigos (hogar vs. mercado) y en otros los ha acrecentado, en el sentido
de que ha aumentado su número[12].
Pensémos, por ejemplo, en la
dependienta a la que me he referido anteriormente. Evidentemente, la
corporeidad de esta mujer es anterior a su empleo en Zara, no podemos reducirla
a un mero efecto de su socialización en el trabajo. Sin embargo, resulta
inseparable de la misma desde el momento en el que su empleo demanda una
estilización que va más allá de la ropa.
¿Cómo experimenta esta mujer su cuerpo cuando sale de casa camino
del trabajo, y a la inversa, cuando regresa a casa sin desprenderse del
uniforme? ¿Qué transposición tiene lugar en/a través de su
cuerpo? No es posible pensar en un fenómeno de estas
características sin tener presente un sujeto
"intelectualizado" en el sentido de agente capaz de fabricar y poner en
circulación productos y/o ideas culturales y capaz, así mismo, de
subvertir o desplazar su funcionamiento.
Consideremos ahora a la empleada
doméstica externa. La doble jornada de esta mujer tiene lugar en dos
hogares diferentes; en uno, la valorización de su trabajo se expresa en
dinero, en otro, en afecto. El coste de la conciliación ya lo conocemos:
la jornada ininterrumpida. Es probable que en el desarrollo de su trabajo
asalariado esta mujer tenga que implicarse afectivamente empleando
disposiciones y saberes que provienen de su propio hogar. Incluso aunque su
trabajo, en principio, no tenga nada que ver con el cuidado de otras personas
es probable que, en ocasiones, tenga que ocuparse también de esto, hecho
que la sitúa en la ambivalencia del "dentro-fuera": dentro de
la economía y fuera de las relaciones laborales, dentro del hogar y
fuera de la familia (Audrey Macklin 1998).
La transposición emocional y
corporal lejos de constituir elementos marginales de la relación
laboral, parte del ámbito de lo que se denominaba vida privada, emergen
con fuerza articulando la interdependencia entre la actividad económica,
la reproducción y la subjetividad de los individuos[13].
La discontinuidad entre los dos universos simbólicos que conforman la
doble presencia –los modelos normativo de la organización del
trabajo para el hogar y para el mercado– y la práctica de pasaje y
reorientación de la identidad femenina hacia uno u otro universo exige
ser reformulada a partir, de una parte, de la hipersegmentación sexual
del trabajo y, de otra, de la participación de las mujeres en el
circuíto integrado.
Las ocupaciones relacionadas con la
salud, la educación y la
acción socio-cultural en las que participan muchas mujeres, pero
también las actividades de venta o, en general, atención al público ponen de manifiesto la
interpenetración simbólico-cultural entre el trabajo en el hogar
y fuera del mismo. ¡También las multinacionales
micro-electrónicas han aprendido a sacar partido a la meticulosidad y
rendimiento de las trabajadoras!
Entiéndase bien, con esto no
quiero decir que muchas mujeres no estén sometidas a la doble carga
(nadie pone en duda, por ejemplo, que el trabajo doméstico lo siguan
realizando mayoritariamente las mujeres, trabajen o no fuera de casa), sino que
el nivel de integración o co-presencia de lo que hasta ahora hemos
entendido como privado y público se ha intensificado, en algunos casos,
hasta el extremo de no poder delimitar dónde empieza lo
doméstico-privado y dónde lo laboral-público.
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[1] Quiero agradecer a mis compañeras en el grupo de estudio "Feminismo y Cambio Social" de la Facultad de Sociología de la Complutense y en el proyecto "Sexo, mentiras y precariedad" de la Escalera Karakola por la oportunidad de construir una práctica colectiva de reflexión torno a estas cuestiones.
[2] La conceptualización de este
proceso se refiere a la fase de expansión actual de la economía
capitalista que arranca de la década en los 70, momento en el que el
capital generan circuítos económicos, políticos y
culturales que desbordan el ámbito del Estado-nación (Beck 1998,
Arrighi 1999, Sassen 2000, Harvey 2000).
[3] Desgraciadamente en estas páginas sólo abordaré los dos primeros puntos que se enuncian a continuación. El texto completo aparecerá próximamente en: www.nodo50.org/karakola
[4] Para algunos autores, se trata de un
sector no monetarizado, hecho que discuto a continuación. Sobre el
tercer sector, véase Alonso 1998, Rodríguez 1996, Lipietz 1996,
Marchand 19 . Este último
sitúa su emergencia en el contexto histórico de las
"charities" anglosajonas, por un lado y en el de la economía
social francesa, por otro, relacionándolo, así mismo, con el
"comunitarismo" estadounidense y la emergencia de una nueva
concepción de la ciudadanía.
[5] Tal y como señala Alisa Del Re
(19 y 1995), el valor de la reproducción es diferido
(la capacidad del individuo de venderse en el mercado laboral). En cuanto al salario aparece como 1) asalariado
(transferido), 2) asalariado parcialmente (a través de subsidios) o 3)
gratuito (dependiente de un salario ajeno). Esta relación con el salario
es la que articula las políticas sociales como un modo de ajustarla en
función de la marcha del mercado laboral, de las respuestas
estratégicas de las mujeres, etc.
[6] La intelectualización de las mujeres resulta un fenómeno relativamente reciente (Kergoat 1989, Bimbi 1989, Rubery et al. 1999). Este proceso se da fundamentalmente en dos frentes: (1) a través de la escolarización masiva y el acceso a estudios superiores, por ejemplo, en una carrera técnica (programadora, documentalista, etc.) y (2) por medio de una transferencia de conocimientos y disposiciones adquiridas en otros entornos, incluído el hogar, al ámbito profesional, por ejemplo, en la asistencia y la educación (puericultora, educadora infantil, asistente social, empleada doméstica). Desde luego, en ambos frentes se produce la segregación sexual, sin embargo, en el segundo, ésta se nutre, además, de la ambigüedad que existe entre la cualidad innata y el conocimiento adquirido y reconocido formalmente.
[7] "La tercera (reflexión)
enlazaría con lo que se ha dado en llamar el Tercer Sector (entre el Estado y el mercado, lo
público y lo privado) y la participación de las mujeres en
él. Dentro de este tercer sector se integrarían trabajos necesarios
para la reproducción social que, pese a su diversidad, tienen en
común baja productividad, gran contenido de trabajo y escasa
rentabilidad. Características que los sitúan fuera de la
lógica del mercado. Con el desmantelamiento del Estado del Bienestar,
gran parte de estos trabajos van siendo transferidos a la sociedad civil que,
de este modo, se estructura entorno a un nuevo modelo de ciudadanía
social." (Texto de presentación del grupo de estudio Feminismo y
Cambio Social. Mujeres en el Tercer Sector, 19 )
[8] Bimbi insiste en la pertinencia de este concepto para comprender la experiencia de las jovenes, mujeres solteras, que viven solas, estudiantes, etc. "Nos encontramos de frente, con varias gradaciones, los mismos fenómenos o los mismos objetivos, que reinstauran la imagen de la doble presencia: la imposibilidad o la negativa a pensarse exclusivamente como mujer para la familia; la consciencia de la necesidad y de los límites de la emancipación a través del trabajo; la tensión al conciliar diversas exigencias manteniendo una imagen de sí como mujer 'completa' y realizada tanto a nivel afectivo como profesional y público en sentido amplio; la tolerancia frente a los modelos de realización femenina también profundamente diferentes del que se vive o al que una se adhiere." (1989, pág. 103)
[9] Es preciso advertir, al margen de Lipietz, que la flexibilización ha alcanzado tanto al grupo más precarizado, formado mayoritariamente por mujeres-jóvenes-inmigrantes en empleos formalmente no cualificados de atención, limpieza, reparto y otros servicios a empresas o individuos, pero también de tratamiento de información (encuestas, introducción de datos, transcripción, etc.) como al muy cualificado y remunerado en el que se sitúan muchos trabajadores autónomos que trabajan como micro-empresa en red que se dedican a la creación, por ejemplo en el campo del diseño y la ingeniería.
[10] La campaña de acciones en contra de Zara en las que se vincula el tema del modo de producción, en particular, la forma de dependencia que se establece a través de las microempresas y la cuestión de las tallas y la construcción del cuerpo anoréxico son un ejemplo en esta línea ("Con sus tallas y contratos Zara ahoga a las mujeres", "Si compras ropa a Inditex, enriqueces a quien te ahoga: boicot a Inditex y Zara", Madrid 7 de marzo, 2000. Info: www.nodo50.org/karakola)
[11] La imagen que se ha empleado habitualmente para ilustrar este hecho es la de la madre trabajadora que cuando sus hijos enferman no logra concentrarse en su trabajo, llama a casa constantemente o deja de acudir a su puesto. Paradójicamente, esta imagen que se ha empleado como un argumento en contra de las madres y, por extensión, de las mujeres, dada su incapacidad de dejar atrás el hogar y actuar profesionalmente, de escindir los ámbitos de lo cotidiano, se convierte en una cualidad muy apreciada aunque invisibilizada del trabajo de las mujeres.
[12] Maria Cacioppo y Maria Pia May se refieren a la tentativa de superar una formulación excesivamente pasiva y unívoca de la alternativa familia/empleo (1989, pág. 135).
[13] Véase a este respecto el debate que se ha desarrollado recientemente entre Nancy Fraser y Judith Butler.