TEXTO INCOMPLETO

 

«DOMESTICACIÓN» DEL TRABAJO

Trabajos, afectos y vida cotidiana[1]

Cristina Vega

 

Introducción

 

Las siguientes reflexiones fragmentarias son un intento de ir componiendo un mapa sobre la realidad actual del trabajo de las mujeres en el contexto ámplio y cambiante de la globalización económica[2]. El método incluye incursiones puntuales en lugares estratégicos de lo social –al otro lado del escaparate, en el sótano del taller, por la puerta de servicio, etc.– y una vuelta de tuerca a algunos conceptos fundamentales de la teoría feminista –las dicotomías producción/reproducción y público/privado, la concepción de la doble jornada o de la ética del cuidado–, y a otros que ƒaparecen en el horizonte político más inmediato –sociedad civil, tercer sector, salario social, ciudadanía flexible– reclamando lecturas de género. El objetivo, una vez más, es rastrear la producción de subjetividades, lugares de articulación y resistencia, desde los que construir herramientas feministas para la acción política.

 

Me gustaría proceder abriendo cuatro brechas para el debate[3]: la primera se refiere a la emergencia del denominado tercer sector como un nuevo campo en el que se pone en juego el trabajo de las mujeres, la segunda tiene que ver con el fenómeno más o menos consolidado de la doble jornada que en la actualidad se materializa en lo que denominaré una "hipersegmentación sexual del trabajo", esta fragmentación nos obliga a complejizar el debate sobre la transformación de la identidad femenina, la tercera tiene que ver con algunas condiciones cambiantes del trabajo, que algunas autoras definen como "feminización" y la cuarta con la apuesta por una sociedad civil internacional paralela al debilitamiento del Estado-nación y fundada sobre valores inspirados en la ética del cuidado, hacia la que se inclinan algunas autoras.

 

 

El "tercer sector" y la cuestión de la reproducción social

 

El punto de arranque de nuestro grupo de estudio sobre feminismo y cambio social en la Facultad de Sociología de la Univ. Complutense de Madrid fue precisamente el del tercer sector. Bajo esta denominación se engloba un conjunto de actividades, algunas asalariadas otras no, relacionadas con la asistencia social o, mejor dicho, con el trabajo social[4]. Muchas de ellas –el cuidado de personas dependientes, las actividades de apoyo a la salud o a la educación o la asistencia a colectivos marginados– eran realizadas por mujeres en el ámbito del hogar, en algunos casos, en el de la parroquia o la asociación vecinal. A partir de la década de los 60 y como producto de la integración de las luchas obreras, el Estado asume la administración de algunos de estos trabajos que hoy vuelven a depender en primer plano de los hogares (de donde nunca llegaron a alejarse por completo), se convierten en servicios de mercado cada vez más centralizados en las denominadas empresas de servicios o se canalizan a través de ONGs y empresas sociales, con la consiguiente reducción de gastos y responsabilidades por parte del Estado, sin que esto suponga una perdida de control por parte del mismo[5].

 

Esta reordenación del trabajo de reproducción social da lugar situaciones paradójicas; por un lado, abre nuevas oportunidades laborales para muchas mujeres de clase baja, entre las que figuran muchas inmigrantes, que de este modo asumen la carga de lo que Saskia Sassen denomina nuevos "hogares profesionales sin esposa" de clase media, y, por otro, contribuye a saturar (sobretodo en el caso de las mujeres con personas a su cargo) el trabajo en sus propios hogares y someterse a condiciones de estrés y precariedad; el retorno de las clases sirvientes. Otro fenómeno ambivalente lo constituye la emergencia de una clase de mujeres cualificadas, de gestoras, cuidadoras, educadoras, animadoras con bajos salarios o sin salario que contribuyen, en el régimen del trabajo altruísta o de la empresa solidaria, a la reproducción de una nueva clase de excluídos permanentes del mercado laboral –el "cuarto estado"–, entre los que figuran un buen numero de mujeres, cada vez más dependientes del subsidio y de la acción asistencial (Handler 2000). Entre las primeras se encuentran muchas jóvenes con cualificaciones formales que no les queda más remedio que someterse al régimen voluntario o de las prácticas como un modo estratégico de facilitar su acceso temporal o futuro al mercado laboral, cada vez más difícil gracias a la promoción del voluntariado y a otras formas de trabajo gratuíto como la prestación social sustitutoria o los empleos disfrazados de beca. En definitiva, la ocultación del vínculo entre el tercer sector y el mercado, promovida por el discurso institucional y empresarial sobre la solidaridad y el altruísmo, refuerza la gestión de riesgos individualizada entre las jóvenes.

 

Cuando comenzamos a plantearnos la cuestión del tercer sector intuíamos que éste se encontraba en una encrucijada en la que confluían distintos elementos para la reflexión feminista: (1) una cierta redefinición y desplazamiento de la reproducción social hacia los márgenes de las relaciones familiares normativas, (2) un renovado ámbito público que, paradójicamente, corre parejo a los recortes del Estado del Bienestar y (3) una nueva perspectiva desde la que contemplar la centralidad del trabajo de las mujeres y su posible constitución como fuerza antagonista.

 

Con respecto a lo primero no cabe duda de que la realización de trabajos de reproducción en el ámbito público, el de la relación salarial y/o asociativa, ha contribuído a la valorización de algunos trabajos –de gestión, de mediación, de relación social, de previsión, etc.– anteriormente invisibilizados en el ámbito doméstico (Rodríguez 1996, pág. 116). Así mismo, el análisis feminista sobre la complejidad de lo doméstico y el cuestionamiento de la heteronormatividad como único modelo en la formación de los hogares ha contribuído de forma determinante a este proceso de visibilización y valorización. Por otra parte, como explicaré más adelante, la discontinuidad entre el hogar y los lugares del trabajo asalariado se ha debilitado en ambas direcciones, hecho que contribuye a la confusión de los tipos distintos de trabajo y de todos ellos con la vida o la cotidianeidad en un sentido ámplio. Así mismo, al ámbito público feminizado del tercer sector se han sumado muchas mujeres jóvenes cuyas "capacidades" han sido resocializadas como "conocimientos"[6]. Sin embargo, todo esto no se ha traducido en una posición de fuerza a la hora de negociar salarios, trabajos y/o condiciones laborales. Se podría decir incluso que esta valorización se ha producido sin las mujeres o a costa de las mismas. Las luchas protagonizadas por limpiadoras, cuidadoras, enfermeras, trabajadoras sociales, etc. han sido fundamentales, como también lo ha sido el "efecto escapada" de la identidad femenina tradicional mediante el divorcio, la constitución de hogares no nucleares, la decisión de tener menos hijos o no tenerlos en absoluto, la emigración, etc. Se trata de prácticas de valorización de la autonomía personal y colectiva que indudablemente tienen muchas caras, no todas conscientes y voluntarias, pero que expresan subjetividades que se resiste y en las que podemos leer procesos incipientes de constitución que rompen, por un lado, con el imaginario del servicio y, por otro, con el de la participación altruísta sobre el que volveré más adelante, ambos tremendamente reforzados por los discursos del tercer sector.

 

En la presentación de nuestro programa de estudio quedaba recogida la hipótesis "ni-ni" sobre el tercer sector: ni Estado, ni mercado[7]. Una hipótesis que ahora nos resulta insostenible pensando en las fuentes de financiación, en los procesos crecientes de concentración (paralelos a los del propio mercado de servicios relacionales, cuando no entremezclados con el mismo), de profesionalización ligada de forma más o menos directa con el trabajo asalariado y en las estrategias empresariales y sindicales (e.g., la exención de impuestos ha dado lugar a un sinnúmero de fundaciones privadas cuya labor social revierte en la estructura empresarial de acuerdo con un modelo de circulación y no de producción), la intervención estatal indirecta sobre las líneas de los proyectos, sus realizadores y destinatarios y sobre la formación y la legislación en materia de voluntariado o la emergencia de un mercado de productos alternativos (e.g., de comercio justo) vinculado, así mismo, con otros mercados incipientes como el gay o el de la medicina natural, etc. Todos estos fenómenos ensombrecen las expectativas que el tercer sector ha generado en algunos sectores de la izquierda, que ven en el mismo un rearme ideológico e incluso económico de la sociedad civil frente a los imperativos del mercado (Benerías 1999).

 

La doble jornada en el contexto de la globalización económica

 

Con el concepto de doble jornada se alude a la experiencia reciente de las mujeres de combinar sistemáticamente el trabajo en el hogar con el trabajo para el mercado. En realidad, la expresión doble presencia (Laura Balbo 1978) resulta más adecuada puesto que incorpora una dimensión fundamental de la subjetividad que excede la descripción de este fenómeno sistémico. De acuerdo con Franca Bimbi, la doble presencia "es, así mismo, un indicador de la transformación de la identidad social femenina que, tendencialmente, no privilegia forzosamente la familia como ámbito de autoreconocimiento y legitimación de su papel social. En esta acepción, la doble presencia permitiría a las mujeres orientarse en el seno de una sociedad compleja. De hecho, puede funcionar como un código simbólico que hace posible el pasaje entre dos universos de significado: la cultura tradicional femenina, connotada por valores predominantes legados de la expresividad y de la cultura moderna y la sociedad dominada por el mercado, caracterizada por valores eminentemente instrumentales[8]" (1986, 1989, pág. 102). Para valorar la experiencia de la doble presencia hoy en el mundo es preciso advertir otro hecho decisivo: la creciente fragmentación del sujeto social femenino.

 

La relación trabajo-capital para las mujeres en los países occidentales se ha ido transformando desde el despegue industrial de los años 60, momento en el que muchas mujeres accedieron al mercado laboral en el sector de las manufacturas, hasta el presente, en el que asistimos a una progresiva hipersegmentación sexual del trabajo asalariado que ha dado lugar a paradojas como las que he mencionado anteriormente. Esta relación también se ha transformado geográficamente, por ejemplo si pensamos en el trabajo de las mujeres en las economías de subsistencia, hacia las que se ha ido desplazando en la década de los 70 y los 80 gran parte de la producción, tanto agrícola (en forma de monocultivo) como industrial (cuyo caso ejemplar es el ensamblaje), destinada a la exportación. La feminización del proletariado en las zonas periféricas (de las metrópolis y de los países ricos) remite a la estrategia capitalista de reducir los costes y debilitar a una clase obrera masculina organizada, que ya había sido tocada por el proceso de automatización. Esta estrategia, que ha atravesado las fronteras de los Estados, está experimentando una nueva dimensión de explotación en las personas inmigrantes. En este sentido, Sassen (2000) siguiendo a Gracia Clark se refiere al tandem "mujeres e inmigrantes" como el equivalente sistemático del proletariado de la periferia, la categoría post-fordista invisibilizada de lo que fuera la pareja de trabajadores no reconocidos "mujeres y niños" durante el fordismo. El caso de las mujeres inmigrantes, insivisibilizado en la mayor parte de los análisis, no hace más que plantear la renovada centralidad de la economía informal.

 

Alain Lipietz (1996) habla de una cuatripartición del colectivo asalariado en: (1) un segmento altamente cualificado y remunerado, (2) un segmento de asalariados permanentes y relativamente cualificados, (3) un segmento de inserción precaria y de bajo salario (no necesariamente de baja cualificación) y (4) un segmento permanentemente excluído del sector asalariado. Y señala el caracter sexuado de esta segmentación con un gran número de mujeres en los grupos (3) y (4), sobretodo en el primero que constituye la vía de acceso privilegiada de muchas mujeres tanto jóvenes como adultas al mercado laboral, y un aumento moderado de su representación en los grupos (2) y (1). El trabajo temporal y a tiempo parcial, pero también el trabajo semi-autónomo y subcontratado se convierten en estrategias preferentes para muchas mujeres. Estas opciones se ajustan a las exigencias que el capital impone sobre la organización del trabajo, determinando una composición de clase (Bologna 19  ) extremadamente adaptable[9]. En este sentido, el deseo y/o la necesidad de autonomía se ven comprometidas en un esquema que genera experiencias de estrés e inseguridad.

 

El sexo, la etnia, la edad, la sexualidad, el lugar de procedencia y las regiones del planeta que se habitan o transitan constituyen matrices fundamentales en esta hipersegmentación de la fuerza de trabajo que las feministas estamos aprendiendo progresivamente a interpretar en su constitución histórica y geográfica (Alexander y Mohanty 1997). Tal y como explica Donna Haraway (1991), las relaciones "íntimas" entre éstas y las dinámicas de la acumulación capitalista –lo que denomina "circuito integrado"– determinan, en un juego tremendamente generativo, composiciones de los hogares, patrones de socialización, formas de relación con el Estado y vivencias de la sexualidad específicas e interconectadas. "Si aprendemos –sugiere Haraway– cómo leer esas redes de poder y vida social, podremos aprender nuevos acoplamientos, nuevas coaliciones" (pág. 292).

 

Para ilustrar esta dinámica en los análisis feministas voy a referirme muy brevemente a tres encrucijadas significativas que ponen de manifiesto la profunda interconexión entre la identidad femenina y los circuítos del capitalismo mundial integrado.

 

La condición "transmigratoria" de las trabajadoras, mujeres entre los 18 y los 28 años, en la nueva economía de la frontera de EEUU/México, las famosas maquilas en las que se alojan Sansung, Sony, Hyundai y Sanyo, ha orginado subjetividades mestizas constituídas por el fenómeno político, económico y cultural que es la frontera (Mohanty 1997, Anzaldúa 1987, Martínez 1999, Davis 2000, Gutiérrez 2000). La movilidad fronteriza, en el marco del NAFTA y de las políticas migratorias restrictivas estadounidenses, se descifra, en estos análisis, como una paradoja insoluble de explotación, hibridez y resistencia ante las formas de control que la constituyen. La maquila como forma de explotación intesiva en el espacio desregulado de la frontera ha alterado la composición de los hogares, las economías locales, los movimientos transmigratorios y las estrategias culturales y políticas de muchas mujeres.

 

Refiriéndose a otro escenario, Aihwa Ong (1998) explica cómo la experiencia de mobilidad de la comunidad china en la diáspora se ha servido, en el marco de los circuítos del capitalismo global, de las disposiciones y prácticas legadas del confucianismo que enfatizan el pragmatismo, la dependencia interpersonal, la disciplina corporal, las jerarquías de género y edad y otras prácticas étnicas específicas de producción y reproducción con el fin de maximizar las actividades de las élites económicas chinas en todo el mundo. Esta concepción utilitaria de los vínculos articula una "biopolítica (no estatal) de las familias" que regula los cuerpos saludables, productivos y adecuados de sus miembros en aras de sus actuación económica y de la prosperidad de la familia. Tal y como explica Ong, el modelo familiarista y las redes económicas globales chinas operan codo con codo y sirven para explicar la enorme prosperidad de quienes se sitúan en el núcleo de estos grupos dominantes y la movilidad y explotación que sufren las personas que se integran en los niveles más bajos de estas redes mundiales.

 

El régimen intensamente sexuado de la "fábrica en el salón de casa" se ha extendido por todo el sudéste asiático en forma de subcontratas que trabajan para compañías globales produciendo artículos de consumo para la exportación. Mucho más cerca, en Galicia, la empresa Inditex de la que forma parte Zara, el tercer grupo mundial de confección y venta de ropa, opera igualmente mediante subcontratas y microempresas –muchas de las cuales están formadas exclusivamente por mujeres– imponiendo ritmos de producción just in time que dan forma a un mercado de la moda que ha abaratado los productos de diseño manteniendo una manufactura de calidad media, multiplicado su oferta, lo cual ha hecho estallar las colecciones de temporada e implantado una imagen de mujer pendiente de la innovación constante en la que participa, además de la publicidad, la propia "corporeización" de extrema delgadez de las dependientas. De este modo, Inditex, al igual que otras empresas del sector de la confección, ha integrado el circuíto producción-consumo-reproducción en una nueva escala que pone a funcionar elementos de la subjetividad que van desde el deseo de autonomía y autovalorización (por ejemplo, a través de la actitud emprendedora de muchas mujeres organizadas en cooperativa) hasta la producción de la corporeidad. El vínculo entre este modelo de explotación flexible e intensiva y la generalización de un estilo –hábito que excede el vestir y se convierte en forma de vida– constituye un terreno fundamental para la intervención feminista[10]. Un terreno que desestructura necesariamente la parcelación –el trabajo, el hogar, el intercambio, la comunicación, la cotidianeidad– en la acción política.

 

En este sentido, la doble presencia –pasaje entre dos universos de significado, el tradicional y el del mercado– como concepto explicativo derivado de la doble jornada –compaginación del empleo y el hogar– resulta excesivamente limitado, si bien capta un fenómeno fundamental que es el del pasaje subjetivo entre distintos ámbitos de lo cotidiano que aquí reformularé en términos de transposición[11].

 

En primer lugar, la hipersegmentación sexual del trabajo ha situado a las mujeres en posiciones muy diferentes, por ejemplo, en lo que respecta a la constitución de los hogares: hogares monoparentales femeninos, hogares escindidos por la experiencia de la emigración, hogares con personas dependientes de un único salario familiar, hogares profesionales sin ama de casa, hogares subsidiados y (re)ajustados en función del trabajo flexible (sumergido, temporal, a tiempo parcial, extra), etc. En algunos casos, habrán sido los hogares los que se han adaptado al trabajo, en otras ocurrirá a la inversa, aún en otros, el trabajo y el hogar serán efectos más o menos fabricados, como veíamos en el caso de la interrelación entre el familiarismo y  las élites económicas chinas, a partir de otras dimensiones como la etnicidad o la sexualidad. En cualquier caso, es la articulación de esta multiplicidad lo que nos interesa.

 

Esta diversidad en la articulación de los hogares, el mercado y el Estado hace de la compaginación y de la presencia, como desarrollo subjetivo que se transpone y sedimenta, un asunto mucho más complicado. Tendríamos, más bien, que hablar de doble, triple, cuatriple... múltiple presencia sexuada, que en algunos casos ha implosionado los códigos (hogar vs. mercado) y en otros los ha acrecentado, en el sentido de que ha aumentado su número[12].

 

Pensémos, por ejemplo, en la dependienta a la que me he referido anteriormente. Evidentemente, la corporeidad de esta mujer es anterior a su empleo en Zara, no podemos reducirla a un mero efecto de su socialización en el trabajo. Sin embargo, resulta inseparable de la misma desde el momento en el que su empleo demanda una estilización que va más allá de la ropa. ¿Cómo experimenta esta mujer su cuerpo cuando sale de casa camino del trabajo, y a la inversa, cuando regresa a casa sin desprenderse del uniforme? ¿Qué transposición tiene lugar en/a través de su cuerpo? No es posible pensar en un fenómeno de estas características sin tener presente un sujeto "intelectualizado" en el sentido de agente capaz de fabricar y poner en circulación productos y/o ideas culturales y capaz, así mismo, de subvertir o desplazar su funcionamiento.

 

Consideremos ahora a la empleada doméstica externa. La doble jornada de esta mujer tiene lugar en dos hogares diferentes; en uno, la valorización de su trabajo se expresa en dinero, en otro, en afecto. El coste de la conciliación ya lo conocemos: la jornada ininterrumpida. Es probable que en el desarrollo de su trabajo asalariado esta mujer tenga que implicarse afectivamente empleando disposiciones y saberes que provienen de su propio hogar. Incluso aunque su trabajo, en principio, no tenga nada que ver con el cuidado de otras personas es probable que, en ocasiones, tenga que ocuparse también de esto, hecho que la sitúa en la ambivalencia del "dentro-fuera": dentro de la economía y fuera de las relaciones laborales, dentro del hogar y fuera de la familia (Audrey Macklin 1998).

 

La transposición emocional y corporal lejos de constituir elementos marginales de la relación laboral, parte del ámbito de lo que se denominaba vida privada, emergen con fuerza articulando la interdependencia entre la actividad económica, la reproducción y la subjetividad de los individuos[13]. La discontinuidad entre los dos universos simbólicos que conforman la doble presencia –los modelos normativo de la organización del trabajo para el hogar y para el mercado– y la práctica de pasaje y reorientación de la identidad femenina hacia uno u otro universo exige ser reformulada a partir, de una parte, de la hipersegmentación sexual del trabajo y, de otra, de la participación de las mujeres en el circuíto integrado.

 

Las ocupaciones relacionadas con la salud, la educación  y la acción socio-cultural en las que participan muchas mujeres, pero también las actividades de venta o, en general, atención al público ponen de manifiesto la interpenetración simbólico-cultural entre el trabajo en el hogar y fuera del mismo. ¡También las multinacionales micro-electrónicas han aprendido a sacar partido a la meticulosidad y rendimiento de las trabajadoras!

 

Entiéndase bien, con esto no quiero decir que muchas mujeres no estén sometidas a la doble carga (nadie pone en duda, por ejemplo, que el trabajo doméstico lo siguan realizando mayoritariamente las mujeres, trabajen o no fuera de casa), sino que el nivel de integración o co-presencia de lo que hasta ahora hemos entendido como privado y público se ha intensificado, en algunos casos, hasta el extremo de no poder delimitar dónde empieza lo doméstico-privado y dónde lo laboral-público.

 


Referencias

 

Alexander, J. y Mohanty, C.T. 1997 "Genealogies, legacies, movements" en Alexander, M.J. y Mohanty, C.T. Feminist Genealogies, Colonial Legacies, Democratic Futures, Nueva York, Routhledge.

Alonso, L.E. 19  "¿El retorno de la comunidad? Los nuevos movimientos sociales y el sector no lucrativo como formas de participación ciudadana", Cuadernos de la RED CIMS,

Anzaldúa, G. 1987 Borderlands - La Frontera, San Francisco, Aunt Lute Books.

Arrighi, G. 1999 "Siglo XX: siglo marxista, siglo americano", new left review, 0, Madrid, Akal.

2000 El largo siglo XX, Madrid, Akal.

Balbo, L. 1978 La doppia presenza, Inchiesta, 32, Bari.

1996 "Las colchas locas: Replanteándonos el debate del estado del bienestar desde el punto de vista de la mujer" en A. Showsiack Sassoon (ed.) Las mujeres y el Estado, Madrid, ed. Vindicación Feminista.

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Bimbi, F. 1989 "La doppia presenza: fattori strutturali e processi sociali nella diffusione di un modello complesso di lavoro femminile dalle economie centrali a quelle periferiche" en Mariella Pacifico (ed.) Lavoro produttivo, lavoro riproduttivo. Contributi sulla divisione sessuale del lavoro, Nápoles, Edizioni Scientifiche Italiane.

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Butler, J. 2000 "El marxismo y lo meramente cultural", new left review, 2, Madrid, Akal.

Cacioppo, M. y May, M. P. 1989 "Strategie e vincoli della doppia presenza: per una lettura delle differenze territoriali" en Mariella Pacifico (ed.).

Davis, M. 2000 "Urbanismo mágico: los latinos reinventan la gran ciudad estadounidense", new left review, 3, Madrid, Akal.

Del Re, A. 19  "Análisis del Welfare: ¿dónde está Yocasta? Las mujeres y la reproducción de los individuos", Futur antérieur, París, H

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Handler, J. 2000 "Reforming/Deforming welfare", new left review, 4, (este artículo aparecerá en el número 4 de la edición en español de esta revista).

Haraway, D. 1991"Manifiesto para cyborgs: ciencia, tecnología y feminismo socialista a finales del siglo XXI", Ciencia, cyborgs y mujeres, Madrid, Cátedra.

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Martínez, J. 1999 "Vaivén fronterizo con muertito al fondo" en Asunción Bernárdez (ed.) Perdidas en el espacio. Formas de ocupar, recorrer y representar los lugares, Madrid, Huerga y Fierro.

Mohanty, C. 1997 "Women workers and capitalist scripts: Ideologies of domination, common interests, and the politics of solidarity" en Alexander, J. y Mohanty, C.T. (eds.)

Ong, A. 1998 "Flexible citizenship among Chinese cosmopolitans" en Pheng Cheah y Bruce Robbins (ed.s.) Cosmopolitics. Thinking and Feeling beyond the nation, Minneapolis, University of Minnesota Press.

Rodríguez, A. 1996 "Del reparto del empleo al reparto del trabajo. La reorganización del tiempo de trabajo desde la perspectiva de género" en A. Rodríguez, B. Goñi y G. Maguregui (eds.) El futuro del trabajo. Reorganizar y repartir desde la perspectiva de las mujeres, Bilbao, Bakeaz.

Rubery, J. Smith, M. Y Fagan, C. 1999 Women's Employment in Europe. Trends and Prospects, London, Routledge.

Sassen, S. 2000 "Countergeographies of globalization: The Feminization of Survival" (artículo inédito).

2000 "Strategic instantiations of gendering in the global economy" (artículo inédito).

2000 "Towards a feminist analytics of today's global economy" (artículo inédito).



[1]  Quiero agradecer a mis compañeras en el grupo de estudio "Feminismo y Cambio Social" de la Facultad de Sociología de la Complutense y en el proyecto "Sexo, mentiras y precariedad" de la Escalera Karakola por la oportunidad de construir una práctica colectiva de reflexión torno a estas cuestiones.

[2] La conceptualización de este proceso se refiere a la fase de expansión actual de la economía capitalista que arranca de la década en los 70, momento en el que el capital generan circuítos económicos, políticos y culturales que desbordan el ámbito del Estado-nación (Beck 1998, Arrighi 1999, Sassen 2000, Harvey 2000).

[3]  Desgraciadamente en estas páginas sólo abordaré los dos primeros puntos que se enuncian a continuación. El texto completo aparecerá próximamente en: www.nodo50.org/karakola

[4] Para algunos autores, se trata de un sector no monetarizado, hecho que discuto a continuación. Sobre el tercer sector, véase Alonso 1998, Rodríguez 1996, Lipietz 1996, Marchand 19  . Este último sitúa su emergencia en el contexto histórico de las "charities" anglosajonas, por un lado y en el de la economía social francesa, por otro, relacionándolo, así mismo, con el "comunitarismo" estadounidense y la emergencia de una nueva concepción de la ciudadanía.

[5] Tal y como señala Alisa Del Re (19  y 1995), el valor de la reproducción es diferido (la capacidad del individuo de venderse en el mercado laboral). En cuanto al salario aparece como 1) asalariado (transferido), 2) asalariado parcialmente (a través de subsidios) o 3) gratuito (dependiente de un salario ajeno). Esta relación con el salario es la que articula las políticas sociales como un modo de ajustarla en función de la marcha del mercado laboral, de las respuestas estratégicas de las mujeres, etc.

[6]  La intelectualización de las mujeres resulta un fenómeno relativamente reciente (Kergoat 1989, Bimbi 1989, Rubery et al. 1999). Este proceso se da fundamentalmente en dos frentes: (1) a través de la escolarización masiva y el acceso a estudios superiores, por ejemplo, en una carrera técnica (programadora, documentalista, etc.) y (2) por medio de una transferencia de conocimientos y disposiciones adquiridas en otros entornos, incluído el hogar,  al ámbito profesional, por ejemplo, en la asistencia y la educación (puericultora, educadora infantil, asistente social, empleada doméstica). Desde luego, en ambos frentes se produce la segregación sexual, sin embargo, en el segundo, ésta se nutre, además, de la ambigüedad que existe entre la cualidad innata y el conocimiento adquirido y reconocido formalmente.

[7] "La tercera (reflexión) enlazaría con lo que se ha dado en llamar el Tercer Sector (entre el Estado y el mercado, lo público y lo privado) y la participación de las mujeres en él. Dentro de este tercer sector se integrarían trabajos necesarios para la reproducción social que, pese a su diversidad, tienen en común baja productividad, gran contenido de trabajo y escasa rentabilidad. Características que los sitúan fuera de la lógica del mercado. Con el desmantelamiento del Estado del Bienestar, gran parte de estos trabajos van siendo transferidos a la sociedad civil que, de este modo, se estructura entorno a un nuevo modelo de ciudadanía social." (Texto de presentación del grupo de estudio Feminismo y Cambio Social. Mujeres en el Tercer Sector, 19  )

[8] Bimbi insiste en la pertinencia de este concepto para comprender la experiencia de las jovenes, mujeres solteras, que viven solas, estudiantes, etc. "Nos encontramos de frente, con varias gradaciones, los mismos fenómenos o los mismos objetivos, que reinstauran la imagen de la doble presencia: la imposibilidad o la negativa a pensarse exclusivamente como mujer para la familia; la consciencia de la necesidad y de los límites de la emancipación a través del trabajo; la tensión al conciliar diversas exigencias manteniendo una imagen de sí como mujer 'completa' y realizada tanto a nivel afectivo como profesional y público en sentido amplio; la tolerancia frente a los modelos de realización femenina también profundamente diferentes del que se vive o al que una se adhiere." (1989, pág. 103)

[9] Es preciso advertir, al margen de Lipietz, que la flexibilización ha alcanzado tanto al grupo más precarizado, formado mayoritariamente por mujeres-jóvenes-inmigrantes en empleos formalmente no cualificados de atención, limpieza, reparto y otros servicios a empresas o individuos, pero también de tratamiento de información (encuestas, introducción de datos, transcripción, etc.) como al muy cualificado y remunerado en el que se sitúan muchos trabajadores autónomos que trabajan como micro-empresa en red que se dedican a la creación, por ejemplo en el campo del diseño y la ingeniería.

[10] La campaña de acciones en contra de Zara en las que se vincula el tema del modo de producción, en particular, la forma de dependencia que se establece a través de las microempresas y la cuestión de las tallas y la construcción del cuerpo anoréxico son un ejemplo en esta línea ("Con sus tallas y contratos Zara ahoga a las mujeres", "Si compras ropa a Inditex, enriqueces a quien te ahoga: boicot a Inditex y Zara", Madrid 7 de marzo, 2000. Info: www.nodo50.org/karakola)

[11] La imagen que se ha empleado habitualmente para ilustrar este hecho es la de la madre trabajadora que cuando sus hijos enferman no logra concentrarse en su trabajo, llama a casa constantemente o deja de acudir a su puesto. Paradójicamente, esta imagen que se ha empleado como un argumento en contra de las madres y, por extensión, de las mujeres, dada su incapacidad de dejar atrás el hogar y actuar profesionalmente, de escindir los ámbitos de lo cotidiano, se convierte en una cualidad muy apreciada aunque invisibilizada del trabajo de las mujeres.

[12] Maria Cacioppo y Maria Pia May se refieren a la tentativa de superar una formulación excesivamente pasiva y unívoca de la alternativa familia/empleo (1989, pág. 135).

[13]  Véase a este respecto el debate que se ha desarrollado recientemente entre Nancy Fraser y Judith Butler.