El cuerpo contra-puesto.
Discursos feministas sobre la
violencia contra las mujeres[1]
Begoña Marugán Pintos
“En tiempos, cuando se
reunían para expresar una opinión, solían ser una
minoría, y a veces les resultaba muy difícil, y hasta imposible,
conseguir publicar sus opiniones. Ahora, había ocurrido algo que no
todos comprendían; cuando expresaba su opinión sobre este o aquel
asunto, cada vez, cada vez con mayor frecuencia su opinión
coincidía con la visión convencional que expresaban libremente la
mayoría de los países. Antiguamente se habían sentido
armados de opiniones agresivamente optimistas sobre la sociedad y la forma de
cambiarla; ahora precedían desastres, se veían incapaces de
impedir que ocurrieran, y luego luchaban para reducir al mínimo sus
consecuencias”
(Doris Lessing 1971)
El cuerpo de las
mujeres maltratadas ha saltado a la palestra, y la violencia de género
que los hombres ejercen sobre las mujeres ocupa en nuestros días una
sección regular, incluso destacada, en los medios de comunicación
de masas. Lejos de ocultarla como si se tratara de un secreto ignominioso,
siempre insuficientemente guardado en el seno de las parejas, las familias y
las comunidades, o publicitarla como una manifestación de una
masculinidad orgullosa e incuestionada, parece que las fuerzas sociales
hegemónicas desde el Estado y la comunicación se han decidido a
hablar sobre el asunto erigiéndose en las auténticas
"especialistas" en violencia de nuestro tiempo. Informativos, reality
shows, informes y
estadísticas, investigaciones, cursos de experto y campañas de
prevención no son más que algunas de las formas que adopta el
interés que se ha generado en torno a un tipo de violencia que hace no
tanto únicamente interesaba a aquellas que aspiraban a abolirla mediante
la lucha política. En la actualidad, por el contrario, comunicadores y
políticos actúan como dinamizadores de un debate que ha
desplazado a un segundo o tercer plano el componente de agitación y
transformación social que hace unos años tuvieran las luchas en
contra de las agresiones.
No cabe duda de que
nos encontramos ante un hecho novedoso, sorprendente incluso, para quienes han
luchado durante años por desnaturalizar y acabar con esta clase de
violencia. No obstante, y a pesar de lo llamativo del mismo, el trasfondo de
este desplazamiento de la violencia hacia lo público y todo lo que ello
conlleva sigue estando pendiente de análisis. Evidentemente, el
feminismo en tanto motor político y simbólico en la
emancipación de las mujeres, herramienta de análisis de las
formas de explotación y dominación de las mismas en distintas sociedades,
catalizador de hábitos nuevos y alegres, y enunciación colectiva
y visible de una multitud de deseos femeninos individuales ha sido un elemento
clave para entender este fenómeno. En sus distintas expresiones,
ámbitos de acción, ubicaciones geográficas, objetivos y
encrucijadas, el feminismo, considerado como un movimiento social amplio, ha
producido nuevas subjetividades femeninas que han alternado irremisiblemente
las relaciones de poder entre las mujeres y los hombres, constituyéndose
en un referente fundamental, aunque no siempre admitido o entendido del mismo
modo, para muchas mujeres. En este sentido, la presión ejercida desde
estas subjetividades resulta clave a la hora de nombrar y dar presencia en lo
público a este tipo de violencia.
Si atendemos a la
visibilización del fenómeno de la violencia contra las mujeres[2]
en nuestro país, hoy por hoy expresado por el número de
denuncias, veremos cómo hasta el año 1997, el aumento de las
mismas coincide con momentos álgidos en la movilización y la
denuncia social. Tras un periodo de estancamiento, esta dinámica se
altera, y el protagonismo que anteriormente jugara el movimiento feminista cede
ante el papel que en adelante desempeñarán los medios de
comunicación y los organismos institucionales o seminstitucionales, con
el consiguiente cambio en la comprensión y los modos de abordar esta
cuestión[3]
(véase el cuadro 2). El cambio en la enunciación del
"problema" ("abuso", "malos tratos",
"agresiones", "violencia machista", "violencia
doméstica", "violencia contra las mujeres",
"terrorismo doméstico", etc.) no sería más que
una de las manifestaciones de la transformación general del discurso sobre/contra
la violencia, un discurso que en el Estado Español se inicia en la
década de los 70 y tiene al movimiento feminista como primer enunciador[4].
Tal y como explicaremos
más adelante, el movimiento feminista (mf) ha experimentado cambios y ha
desplazado sus lugares de actuación en el campo político.
Así, en lo que se refiere a la violencia, el espacio reivindicativo de
los 80, ocupado por grupos de mujeres locales o temáticos, como las
Comisiones Anti-Agresiones (en su mayoría aglutinados en torno a la
Coordinadora de Organizaciones Feministas del Estado Español), se
transformó en los 90 en un espacio de atención o asistencial de
cara a las víctimas de la violencia (espacio inexistente con
anterioridad) más o menos autónomo con respecto a las
instituciones que en los últimos años ha consolidado su
posición y su dependencia con relación a las mismas. Se da, por
lo tanto, una tripartición que abarca a los colectivos más o
menos unificados del mf que trabajan la cuestión de la violencia, el
espacio que ahora mismo ocupan Mujeres Separadas y Divorciadas y otros grupos
como Themis, y finalmente, un espacio institucional donde estaría, por
ejemplo, la Comisión para la Investigación de los Malos Tratos.
El Foro contra la Violencia ha contribuido durante los últimos
años a una acción unificada de los distintos grupos, organismos y
personas que intervienen en este campo (Véase el cuadro 1).
A partir de estos y
otros procesos podríamos avanzar una hipótesis de trabajo de cara
al futuro. La complicidad, frecuentemente señalada en la teoría
feminista, entre Estado, capitalismo y patriarcado heteronormativo, fuertemente
cohesionados en la perpetuación de las jerarquías de género
en la familia, en el sistema productivo y en los ámbitos públicos[5]
ha dado paso en unos cuantos años a un nuevo panorama en el que se
podría decir que el Estado se ha situado "del lado de las
mujeres" convirtiéndose en abanderado, garante y gestor de la
libertad de estas últimas frente a aquellos hombres que aún
pretenden beneficiarse por la fuerza de un orden social heredado en aparente
contradicción con los principios de la ciudadanía (neo)liberal.
Alejado, en lo que a nuestro entorno se refiere del sistema de bienestar que se
extendió en mayor o menor grado en Europa durante las décadas de
los 60 y de los 70, este gobierno de la violencia contra las mujeres entra, en nuestro
país, directamente bajo la lógica de la gestión (mínima y a distancia) de
los riesgos que
propugnaría, siguiendo con el presente análisis, un tratamiento
de contención y pacificación del conflicto de género que
se suscita necesariamente en un periodo en el que la autodeterminación
femenina choca una y otra vez con la continuidad del sistema heteropatriarcal y
con las exigencias prácticamente insostenibles para la mayoría de
las mujeres de lo que Donna Haraway denomina el circuito integrado[6]. La intervención del
Estado, en sintonía con la presente hipótesis explicativa, no
iría encaminada a acabar con la violencia, ni siquiera a paliar sus
consecuencias, sino a limitar las manifestaciones más brutales de la
misma, aquellas que en el plano simbólico representan los aspectos
más llamativos de un orden de género profundamente opresivo y, en
este sentido, inaceptable. El contrato sexual[7], tal y como se ha entendido desde
el feminismo occidental, se quiebra por doquier, y esto se expresaría
tanto en los hogares feminizados y violentamente empobrecidos en el Tercer
Mundo, que en muchos casos nunca llegaron a suscribirlo, como en las realidades
estresadas que viven muchas "mujeres-orquesta" de clase media y baja
en los países occidentales. El ejercicio, la resistencia y la
gestión de la violencia, y ahora nos referimos al entorno social que nos
rodea, se presentarán en adelante como tensiones complejas y
contradictorias en un orden de género que en el presente atraviesa una
crisis reactiva que se manifiesta tanto en los aspectos físicos como
simbólicos. La dimensión pública de la violencia contra
las mujeres y la legitimidad de las instituciones en la mediación y
gestión de su alcance (se trata, dirán algunos, de impedir que se
produzcan más muerte) ha de ser abordada nuevamente teniendo en cuenta
la crisis que hemos apuntado, así como los cambios en las formas de gobierno.
Evidentemente, el
análisis de un fenómeno complejo como es el de la constante
transformación del orden patriarcal, en el que la violencia se dibuja
como una dimensión simbólica y existencial clave aunque no
única, forma parte de la urgente tarea que el pensamiento y la
política feminista tiene ante sí. En lo que se refiere al
presente texto, nuestro objetivo se limita a dar algunos pasos en esta
dirección reconstruyendo el trayecto de este desplazamiento en el
tratamiento público de la violencia contra las mujeres[8].
Se trata primeramente de un compromiso con la historia y la teorización
del movimiento feminista, en el que nos reconocemos con la potencia y los
límites que dicho reconocimiento conlleva en el momento actual.
Dilucidar en qué consiste este reciente interés en la violencia
machista y cuál es el trasfondo social y político en el que se
dirime pasa a nuestro entender por el análisis de un cambio que, sin
desdeñar los elementos positivos que ha traído consigo para
muchas mujeres, responde a una nueva orientación en el tratamiento de un
hecho social –la violencia contra las mujeres– que en adelante se
entenderá como parcialmente "disfuncional" y digno de ser
(auto)regulado junto a otros procesos de la vida como pueda ser la enfermedad o
la natalidad con los que conforma el campo de lo que Michael Foucault denomina biopolítica[9].
Antes de adentrarnos
en la caracterización de este desplazamiento político en el
tratamiento de la violencia contra las mujeres en el Estado Español,
como primer paso en la reflexión acerca de la regulación actual
del conflicto de género, nos referiremos brevemente a la estrategia de
la encarnación o corporeidad como un instrumento central de las políticas feministas y,
en particular, de las políticas contra la violencia.
Tal y como
explicaremos más adelante, la política feminista a partir de los
años 60, pero sobretodo, y en lo que se refiere al Estado
Español, durante la década de los 70 y hasta nuestros
días, se caracteriza en lo fundamental por ser una política
del cuerpo,
primeramente cuerpo colonizado y, a continuación, atravesado o inscrito[10].
La percepción histórica de las mujeres como "más
cuerpo" (frente a los hombres, "más mente") y, en cierto
sentido, como cuerpo definido según las determinaciones de la ciencia, y
en particular de la biología, es uno de los ejes de intervención
fundamental del feminismo de la segunda ola, que en la teoría arranca de
la obra de Simone de Beauvoir y alcanza las aportaciones más recientes
de autoras como Judith Butler, Susan Bordo, Jacqui Alexader, Elizabeth Grosz o
Sumathi Ramaswamy, o, en nuestro país, Raquel Osborne.
El cuerpo es, en
primer lugar, experiencia del cuerpo sexuado, aunque también
racializado. Fenómenos sociales como la violencia contra las mujeres, la
sexualidad, la maternidad, la esclavitud, la anorexia y la totalidad de los
modos en los que el cuerpo se conforma de acuerdo con los hábitos que
hacen al género contribuyen en la politización de un campo
personal-privado[11]
anteriormente relegado o directamente ausente en las luchas sociales. La
expresividad del cuerpo, especialmente del de las mujeres, en tanto exceso o
fuente simultánea de placer y peligro que ha de ser controlada y
disciplinada hace emerger el carácter no-natural, producido y
productivo, de los cuerpos sexuados (Vance 1989). Por otro lado, la
aportación fundamental de los conocimientos situados y de la política de la
localización
a partir de la década de los 80 reconoce la mediación de
prácticas y discursos (incluidos los de las propias feministas), y
cuestiona "los presupuestos ontológicos y metafísicos y
aboga por la necesidad de una mayor responsabilidad y conocimiento del propio
lugar de enunciación" (Casado 1999:82). El cuerpo, en tanto
localización inmediata que conforma el lugar y el campo perceptivo y
sitúa el punto de vista, implica una materialidad ubicada e inmersa en
un proceso histórico.
El cuerpo, en esta
perspectiva, debe ser entendido, al menos, con un doble significado: como locus
de interpretaciones culturales, el cuerpo es una realidad material que ya ha
sido localizada y definida dentro de un contexto social; además, el
cuerpo es la situación de tener que asumir y representar una y otra vez
el conjunto de interpretaciones recibidas sobre el mismo. La corporeidad, en
palabras de Elizabeth Grosz, puede contemplarse como la condición
material de la subjetividad (1999:381). Es en este sentido en el que Butler
(1989, 1993, 1999, 2000) habla de la «interpretación vivida de una
anatomía sexualmente diferenciada», y sostiene que ésta
está menos restringida por la anatomía que por las instituciones
culturales que convencionalmente han interpretado esa anatomía. El
vínculo que de acuerdo con el sistema sexo/género (Gayle Rubin 1993) se establece
entre: (a) la bipolaridad de las categorías naturales de las mujeres y
los hombres, (b) el modo diferenciado de entender la feminidad y la
masculinidad en tanto categorías culturales y, finalmente, (c) la
adscripción de la sexualidad según un modelo heterosexual
responde a una convención cuyo fin es producir sujetos "normales"
que reproduzcan la sociedad "normalizada". Así pues, si
asumimos el carácter construido del cuerpo como cuerpo sexuado nada
impide pensar en la posibilidad de que esta categoría pueda cambiar a
medida que las sociedades evolucionan, o participar en combinatorias aún
inexistentes.
Desde esta
aproximación, el cuerpo es soporte y materia expresiva, resultado y
origen del proceso ininterrumpido de la semiosis[12]. El sujeto corporeizado no
sólo padece, asume o reproduce los significados sociales sino que se
convierte en agente que "existe" su propio cuerpo como una forma personal
de asumir y (re)interpretar las normas de género recibidas. La
política del cuerpo como acción individual y colectiva sobre
sí abre, de este modo, un campo de actuación que se basa
justamente en la intervención de los sujetos en el modelo constituido
como hábito a través de su continua puesta en escena de la
producción e interpretación ritualizada del sistema
sexo/género. El derecho a la autodeterminación del propio cuerpo,
enfrentado o "contra-puesto" al ejercicio del poder pero
también "puesto", es decir, constituido por las relaciones de
poder en el seno de las familias, de acuerdo con los dictados de la iglesia y
en conformidad con la hegemonía de los hombres en general, se
convertirá desde mediados de los 70 en la piedra angular de los
discursos y las prácticas feministas (Bordo 1999:251).
La experiencia
femenina de la violencia, que se ha inscrito en el cuerpo de las mujeres, cuya
vulnerabilidad conforma una disposición constante e interiorizada del
ser-mujer, no precisa del acto violento individualizado. Se sustenta sin
necesidad de este último gracias al temor y al propio autocontrol y
constante entrenamiento de quienes son susceptibles de convertirse en
víctimas. Las mujeres, en adelante ciudadanas, "sujetos de derecho"
de segunda categoría, con un pie en el mundo público y otro en la
invisibilidad de lo privado, asistirán a la intervención
creciente del Estado en áreas selectivas de la reproducción[13].
Las respuestas a las demandas del movimiento feminista en el ámbito de
la violencia, de las agresiones sexuales, de la violencia doméstica, del
acoso, y más recientemente, de la violación como arma de guerra o
la apelación al derecho internacional en lo que se refiere a mujeres que
habitan en regímenes patriarcales tremendamente opresivos, formuladas
ante el Estado (o la "comunidad internacional"), han tenido hasta
hace no mucho una respuesta tímida a pesar de tratarse literalmente de
la vida de las
mujeres (de aquellas, claro está, reconocidas como ciudadanas).
Sólo
recientemente, como explicaremos más adelante, hemos asistido a la
intervención estatal en la (re)formulación, distribución e
invocación de derechos que atañen a la integridad y libertad de
las mujeres en nuestro país. Los efectos, a menudo perversos, de control
(e.g., regulación del alcance e intensidad de la violencia),
despolitización (e.g., individualización del "problema"
vis a vis el Estado) y espectacularización (e.g., identificación
reduccionista de violencia con muerte) precisan de un análisis
estratégico de nuestra parte. La sostenibilidad del orden social de
género, por ejemplo en lo que respecta al vínculo de convivencia
que gran parte de las mujeres siguen estableciendo con los hombres, depende, en
cierta medida, de esta interlocución en la que el Estado gobierna, eso
sí a distancia, gracias a una creciente transferencia o externalización
de funciones y recursos, entre otros, los que tienen que ver con la
organización del campo asistencial en el terreno de la violencia
doméstica. Paralelamente, la dimensión simbólica o
comunicativa se torna fundamental. Los medios de comunicación, como
explicaremos más adelante, serán los encargados de recrear el
fenómeno y la subjetividad acorde a las nuevas tecnologías de
género.
En definitiva, el
fenómeno de la violencia excede los acontecimientos violentos y abarca
la producción y reproducción de la violencia contra las mujeres
como fenómeno social de producción discursiva. En este sentido,
nos interesa analizar quienes son los sujetos que intervienen en la
enunciación del problema y cómo se da ésta en una
perspectiva social compleja, es decir, en su interrelación con otros
fenómenos sociales y campos de producción discursiva con los que
aparentemente no guarda relación (como por ejemplo, el terrorismo) y en
una perspectiva histórica (cómo se ha ido transformando no ya las
manifestaciones violentas, las formas de agredir, sino los discursos sobre las
mismas y con ellos el propio lenguaje).
De este modo, podemos decir
que los hechos violentos y los discursos sobre la violencia aparecen
entrelazados, sobretodo si pensamos en el reciente papel que han jugado los
medios de comunicación en el desarrollo de la violencia contra las
mujeres[14].
Lo mismo podríamos decir de las sentencias, de las manifestaciones de
protesta, etc. En lo que sigue, trataremos de reconstruir los discursos sobre
la violencia contra las mujeres prestando especial atención a la
intervención de la Coordinadora de Organizaciones Feministas del Estado
Español.
Recuperación del cuerpo expropiado de las
mujeres en el discurso del movimiento feminista hasta mediados de los 80
Para el Movimiento Feminista
español, nacido en 1975[15]
(Miranda y Abril 1978:219), y a diferencia de lo propugnado por el movimiento
sufragista y en consonancia con "Mujeres Libres"[16],
el cuerpo constituye un eje central que atraviesa la experiencia conjunta de
las mujeres y se insinúa en todos los hechos sociales. El cuerpo, al
renegar de la concepción biologicista, se desnaturaliza
convirtiéndose en depositario del orden social. “Desde Sto.
Tomás de Aquino, a Henry Miller, –escribe Rosa Olivares en
1980– a las mujeres se les ha considerado solamente recipiente en el que
depositar la semilla del macho”. La revolución sexual, que
promovió el feminismo rompe, entre otras cosas, con este orden natural.
La introducción de los anticonceptivos[17],
a finales de periodo franquista, momento en el que las instituciones religiosas
y las políticas se apoyaban mutuamente, fue fundamental para que las
mujeres dieran un primer paso en el control de sus cuerpos[18].
Teóricas de la talla de
Christine Delphy y Shulamith Firestone entendían que la explotación
sexual –la
apropiación del cuerpo de las mujeres por parte de los hombres para la
reproducción– era el punto de partida, y la familia el
núcleo básico en el que se apoya y reproduce la estructura de
poder de los hombres. En 1980, Alice Schwarzar escribía en un libro[19]
que tuvo una gran influencia entre las feministas del Estado Español:
“la sexualidad es al mismo tiempo espejo e instrumento de la
opresión que sufren las mujeres en todas las esferas de la vida”,
reproduciendo de este modo una visión extremandamente opresiva y
sobredeterminada de la sexualidad en el seno de las relaciones heterosexuales
(Flax 1990).
En el postfranquismo,
tras lo que se denominó "la apertura" y "el
destape", las feministas comienzan a analizar las relaciones
sistémicas de poder entre los hombres y las mujeres en el patriarcado.
En este contexto, acabar con el poder exigía recuperar el propio cuerpo
(que se entendía, en aquel momento, como un cuerpo colonizado). La
consigna “Nosotras parimos, nosotras decididos”, coreada
frecuentemente durante las movilizaciones de la década de los 80, marca
una línea de avance en lo que concierne al derecho de las mujeres a
decidir sobre sí mismas más allá de las determinaciones de
médicos, jueces, políticos, padres, maridos o compañeros.
“La posibilidad reproductora de las mujeres es una posibilidad a usar o
no usar que las mujeres poseen” (Pineda 1980). En resumen, la maternidad
es posibilidad y no destino. La lucha por el derecho al aborto libre y
gratuito, cuya liberalización sigue pendiente veinte años
después, centra la actividad del movimiento de aquellos años[20].
La idea del cuerpo como lugar en
el que se ejercita el poder y la posibilidad de la autodeterminación en
el campo de la sexualidad y la reproducción va cobrando fuerza. Tras el
referéndum del 6 de diciembre de 1978, las mujeres aparecen en la
Constitución como seres capaces y, varios años después, en
1981, el Código Civil[21],
tras largos años de cosificación femenina, comienza a reconocer a
las mujeres en su condición de sujetos de derecho. “Después
de cuarenta años de dictadura fascista, en que las mujeres fueron
tratadas al nivel de siervos, incapacitadas para el trabajo y privadas de
libertad y de derechos cívicos, sobre todo cuando estaban casada, al
implantar la democracia las modificaciones de su condición no se avienen
con el nivel económico cultural del país” (Falcón,
Siurana y Marín 1985:163). El reconocimiento formal sólo era un
paso. El movimiento feminista aspiraba a destronar la dicotomía que
ampara la subordinación femenina dividiendo el mundo entre el
ámbito público y el privado. "En la definición de la
mujer a través de 'lo privado' es donde el pensamiento feminista
sitúa el principio de su opresión" (Molina 1994:237). Por lo
tanto, era previsible que desde éste se hicieran múltiples
críticas a esta dicotomía. Se señala el profundo
carácter patriarcal de esta segmentación de la realidad que
concierne tanto a las
características naturales de los sexos (bajo unos supuestos valores
universales el hombre aparece más próximo a la cultura, mientras
que la mujer es símbolo de la naturaleza), como a una concepción
de la sociedad civil que prescindía de todo lo que, como el trabajo
reproductivo, formaba parte de la vida doméstica[22].
Desde ahora, “lo
personal es político”. No le deberían quedan
“escondites” al poder patriarcal donde seguir reproduciéndose.
Había que liberar una sexualidad constreñida y reprimida que
estaba limitada a la normatividad de la pareja heterosexual y de la familia y,
que restringida a unos fines reproductivos, concebía la sexualidad
femenina como algo inexistente. La lucha por el “derecho al propio
cuerpo” y por las múltiples formas de habitarlo se había
iniciado[23]. “Es
hora de desenterrar el hacha de guerra y de decir que sí, que tenemos
sexo, que somos seres sexuales y que nuestra relación con nosotras
mismas y con nuestros cuerpos, con las mujeres y los hombres y los cuerpos de
esas personas, con la naturaleza y con el entorno en que vivimos ha de abrirse
camino y desarrollarse” (Pineda 1980). Había que seguir
reflexionando en el terreno de la liberación y en junio de 1983 se
organizan en Madrid las primeras Jornadas sobre Sexualidad. “La defensa
del derecho de las mujeres a abortar la acompañaron [los grupos
Pro-Derecho al Aborto] de la denuncia de la sexualidad patriarcal que hace del
hombre el centro de la sexualidad, que impone la norma hetorosexual como
única relación “natural” negando el lesbianismo y la
homosexualidad” (Comisión Pro-Derecho al Aborto 1985:355).
La defensa del derecho
a disfrutar y experimentar con el propio cuerpo se veía como una
provocación por parte ciertos sectores. Al avance de las mujeres y de
sus reivindicaciones algunos contraponían el ejercicio de la fuerza. La
reacción de oposición a la afirmación pública del
placer femenino también se ejercía mediante la violación[24].
El derecho al cuerpo significaba poder disponer de él en todos y cada
uno de los espacios y tiempos de la vida. Las mujeres queríamos
“caminar tranquilas” y entendíamos que “la calle y la
noche también eran nuestras”.
Sin embargo, la
extensión de la lucha no hacía sino evidenciar los problemas a
los que se enfrentaba la politización feminista de lo personal. La
imagen dominante de la violencia que se manejaba por aquel entonces era la de
los violadores extraños a la víctima y la agresión en la
calle. Esto determinó que los discurso del mf sobre la violencia se
inician con la denuncia pública de las violaciones. A partir de datos de
prensa y de las informaciones de los bufetes jurídicos[25]
y las comisarías, el Club Vindicación Feminista aseguraba que, a
principios de los 80, se cometían en España unas 15.000
violaciones anuales.
La denuncia de la violencia contra las mujeres durante
aquellos años tuvo dos objetivos claros: reprobar socialmente la
violación, y resaltar la violencia que conlleva la imposición de
la heterosexualidad. En los manifiestos del 8 de Marzo de mediados de los 80 se
podía leer: “la violación es fundamentalmente un acto de
agresión y ejercicio de poder de los hombres contra las mujeres. Es la
manifestación más extrema de la persecución sexual de
todos los días”.
A partir de la creación del Instituto de
la Mujer[26], se inicia alguna campaña
institucional para denunciar la violencia contra las mujeres[27]
y, las comisarías de policía y las unidades especiales de mujeres
policías empiezan a recoger estadísticas acerca de la violencia
contra las mujeres. Sin embargo, y a pesar de la extensión del
fenómeno tal y como nos recuerda Frente Feminista: “la
violación se da en todos los ámbitos donde la vida de las mujeres
se desarrolla, en la calle, en el domicilio, en el trabajo, en las
cárceles, en las comisarías”, lo cierto es que el número
de denuncias es muy limitado; “las agresiones a las mujeres están
incrustadas en un tejido de la sociedad donde la sexualidad masculina va ligada
al poder de un sexo sobre el otro, lo que implica unos papeles sociales y
sexuales de hombres y mujeres ” (Frente Feminista 1988:3). Esto es
así hasta el punto de que los delitos de violación aparecen en el
Código Penal bajo el Título de delitos "contra la
honestidad"[28].
A pesar de las
limitaciones cuantitativas, la existencia de datos y el conocimiento directo de
las víctimas por parte de determinados colectivos de mujeres supuso la
creación de comisiones de trabajo especializadas. A medida que se
producía un análisis sobre esta cuestión, los grupos
comenzaron a denunciar “la inexistencia de servicios públicos para
atender a mujeres violadas y la necesidad de las agredidas de ser escuchadas y
encontrar soluciones a corto plazo” (Dones de L´Hospitalet
1988:127).
Por otra parte, las
comisiones de mujeres abogadas llamaron la atención sobre los problemas
de la Ley en los casos de malos tratos y violencia doméstica, así
como su falta aplicación real. En las comisarías y los juzgados
se valoraban las agresiones como “riñas domésticas”;
las denuncias no llegaban a tramitarse, y en caso de llegar a juicio, los
propios jueces instaban a las mujeres a perdonar a su agresor, y las penas que
se imponían resultaban absolutamente ridículas (Molina 1988).
En 1985, en un
contexto de cierta sensibilidad social sobre el tema, las instituciones se ven
obligadas a aceptar ciertos planteamientos feministas sobre la necesidad de
auxiliar a las mujeres. Se inician campañas de información sobre
las agresiones sexuales y se abren las primeras casas de acogida.
Pero, no sólo
se combatía la violencia intersubjetiva, aquella que se produce entre
sujetos, también se luchaba en contra de la intergrupal, porque por
muchos compañeros maltratadores que existieran, los efectos de la guerra
resultaban más terribles para el conjunto de la población, y,
como siempre, de modo especial para las mujeres. La violación ha sido un
arma histórica de guerra del ejercito enemigo y los Movimientos
feministas y pacifistas se aliaron para denunciar esta situación. Los
movimientos anti-nucleares y anti-OTAN son un ejemplo de esa
imbricación. Frases como “no queremos una guerra que nos mate, ni
una paz que nos oprima” se podían escuchar en 1986, antes de la
derrota que se produjo en el referendum sobre la entrada de España en la
Alianza Atlántica.
Sin embargo, las
activistas “éramos conscientes de que hacíamos todo lo que
estaba en nuestras manos, pero siempre venía a nuestra cabeza la
impotencia que sentíamos. Nos costaba confiar en nuestra propia fuerza,
en nuestra capacidad de respuesta” (Grupo Anti-Agresiones de Euskadi
1988:317). Esta reflexión es la que anima una de las consignas
más potentes del movimiento: "ninguna agresión sin
respuestas”. La autodefensa, como una respuesta ante las agresiones, era
una de las vías para potenciar la acción conjunta de las mujeres.
Sin embargo, el debate sobre el Código Penal acabó siendo el eje
central del trabajo feminista de finales de los 80. De hecho, la
publicación que durante aquella campaña lanzó la
Comisión Anti-Agresiones y la Coordinadora de Grupos de Mujeres de
Barrios y Pueblos se titula: “Ante la violación: responde. Reforma
del Código Penal ¡ya!”.
“El vivir en una
sociedad sumergida hasta los topes en la violencia ejercida, en primer lugar
desde las instituciones del Estado (ejercito, policía, cuerpos
especiales). Una sociedad que genera violencia por las condiciones infrahumanas
de vida a las que somete a la gente más desposeída, al paro, a
viviendas indignas en barrios hacinados... Pero las mujeres, sólo por el
hecho de ser mujeres, se ven condenadas a recibir un plus de violencia: la
violencia sexista, esa violencia mediante la cual muchos hombres manifiestan,
de manera brutal, su desprecio, su prepotencia, su dominio sobre las
mujeres” (Coordinadora de Organizaciones Feministas 1990:8). El texto, y
la campaña en su conjunto, provocó un largo debate y
aglutinó, como nunca, a feministas de distintas corrientes.
“El
estado de opinión emergente al que vino a dar respuesta la reforma penal
se había creado a partir de los objetivos políticos
diseñados desde el Instituto de la Mujer que recogía, bien es
cierto, reivindicaciones anteriores del movimiento de mujeres, movimiento que
conocía ¿cómo no? la realidad de las mujeres, sobre todo a
partir de experiencias tan ricas como las de las casas de acogida, la
comisión de investigación de los malos tratos, los despachos
profesionales de abogadas y los servicios sociales. Con demasiada facilidad el
poder se apropia reinterpreta y asimila las aspiraciones de los movimientos
alternativos, entre ellos, de manera significativa los del movimiento
feminista. El tratamiento que se dio desde la perspectiva lesgislativa a esa
terrible problemática, manifestación ejemplar de la
discriminación, supone una situación paradigmática de
cómo el sistema es capaz de deglutir, reinventar y rentabilizar políticamente
los conflictos” (Sáez 1995:2). La movilización por la
Reforma del Código Penal finalizó en 1989[29]
con la sustitución del título “delitos contra la
honestidad” por el de “delitos contra la libertad sexual”. Se
introduce, por primera vez, el término “agresión
sexual”, y en los Artículos 419 y siguientes se regula la
violación, también la anal y la bucal, que anteriormente no
figuraban como tales.
Tras
el éxito obtenido, las Comisiones Anti-Agresiones empezaron a
disolverse. La emergencia pública de la violencia, que tuvo su apogeo a
finales de la década de los 80, se transforma e incluso desaparece como
reinvindicación encabezada por el mf. De hecho, en las Jornadas
Feministas “Juntas y a por todas”, celebradas en Madrid en
diciembre de 1993[30],
no hubo ninguna comunicación relativa al tema. El mf se retiraba de este
espacio político y dejaba este campo de acción en manos de la
Federación de Mujeres Separadas y Divorciadas que ya llevaban
años trabajándolo.
Se
abría, de este modo, un paréntesis que duraría casi una
década. El problema de la violencia contra las mujeres, en los 90,
sólo reaparece puntualmente y casi siempre en relación con
polémicas legislativas. En 1995, en medio de una propuesta de Reforma
del Código Penal a cargo del PSOE, tuvo lugar la violación y
asesinato de las jóvenes de Alcasser, un hecho que pronto se
convertiría en un acontecimiento mediático en clave de reality
show sin precedentes
en nuestro país. La respuesta popular, poderosamente influida por los
mensajes televisivos, se tradujo en la intensificación de las posturas
punitivas que se extendieron incluso hasta alcanzar a los propios movimientos
sociales. Corcuera, entonces Ministro de Interior, promete endurecer las penas
frente a las agresiones sexuales en la calle. Nuevamente en el seno del mf se
reabre el debate que origina diferencias entre unos grupos y otros (Zabala 2000:444-445). Pese a lo
regresivo del momento, la Reforma del Código[31]
sale adelante y, gracias a las presiones del mf no se equipara la pena de
violación con la de asesinato.
El balance de la sección del movimiento feminista representada por la Coordinadora de Organizaciones Feministas del Estado español, hasta entonces, se podría resumir con las mismas palabras con las que iniciábamos el texto. Con una impotencia similar a la que describe Doris Lessing en uno de sus cuentos, “Briefing for a descent into hell”, Rosa Fernández, del Frente Feminista de Zaragoza valoraba la evolución de las ideas feministas sobre la violencia sexista durante este periodo en las últimas Jornadas Feministas de Córdoba (2000):
“Cuando hace veinte
años se empiezan a organizar las comisiones antiagresiones en las
distintas organizaciones feministas del Estado español, el panorama que
teníamos ante nosotras era muy diferente del actual. (...) Eran los años
en que las provocadoras actuaciones y reivindicaciones del Movimiento
Feminista, que cuestionaban los más firmes pilares de la sociedad en que
vivíamos, molestaban a amplios sectores que nos definían con todo tipo de
calificaciones despectivas, eran años
en que audacia y osadía crean escándalo en una sociedad que no
está acostumbrada a que las mujeres nos organicemos y luchemos contra
unas conductas y estereotipos que daban por hechos naturales en la
mujer.(....). Hasta principios de los años noventa, fueron años
muy ricos en debate y en experiencias concretas, sin embargo tras esta fase de
eclosión y creatividad vino una disminución en la actividad. Las
razones eran de diversa índole, pero sobre todo nos sentíamos
bastante impotentes ante una sociedad que ya daba por trasnochado y asumido el
discurso feminista y pretendía resolver la problemática que
implica la violencia sexista haciendo abstracción de causa y origen, de
alguna manera, se nos usurpa el discurso formal, sin comprender, ni atender, al
fondo del mensaje” (Fernández 2000:452-453).
Pero, además de la apropiación del discurso feminista,
previamente vaciada de contenidos, por parte del poder, la Coordinadora de
Organizaciones Feministas, al centrarse, casi únicamente, en la
exigencia de funcionamiento de los mecanismos del ámbito penal, no tuvo
en cuenta el peligro que encierra adoptar objetivos institucionales
–asistenciales para las maltratadas y punitivos para los maltratadores-
viables para la continuidad de la lucha. De hecho, la centralidad del objetivo
y su coincidencia con el momento político de
desestructuración de los movimientos sociales redujo al silencio, en lo
que a violencia contra las mujeres se refiere, y salvo momentos puntuales, a la
Coordinadora. El mf pasó, a finales de los 90, de ser el movilizador
principal de las conciencias acerca de este problema, a un enunciador de
segundo orden, cediendo ante el nuevo papel de los medios de
comunicación.
La
violencia como fenómeno mediático
A partir de diciembre
de 1997, los medios de comunicación han jugado un papel fundamental en
la dramatización, en el sentido que Goffman atribuye a este
término, de los hechos violentos al conseguir conformar un
público[32] para la
violencia familiar que atenta contra las mujeres. Los medios han
desempeñado, por lo tanto, su función básica de
“mediación” en una sociedad pluralista, creando una
opinión colectiva sobre la violencia doméstica. En la batalla por
las audiencias y el número de tiradas, que sostienen los poderes
económicos que sustentan a los grandes medios, prendió la chispa
que hizo saltar a la escena pública el sufrimiento que tantas y tantas
mujeres estaban experimentando en lo privado. La industria de la noticia, en
ésta como en otras cuestiones, precisa de gestos excepcionales y de la
publicidad (Eco 1997). En el discurso de las instituciones y de la
opinión pública se habla “de la magia” de los medios
de comunicación a la hora de presentar el problema. La aportación
de las feministas quedaba, de este modo, en el olvido. Es como si este problema
se “descubriera por primera vez”, y desde una mirada
sensacionalista e individualizadora. Al centrarse en las consecuencias de la
violencia doméstica, más que en el origen o causas profundas de
la misma, los medios consolidan la idea predominante, ya expresada en alguna
campaña institucional, de que la solución pasa necesariamente por
la denuncia. Los mensajes reduccionistas del tipo “Sólo necesitas
un dedo” (para marcar el teléfono y realizar la denuncia) o
“La solución está en tus manos” contribuyeron a
simplificar la complejidad y dificultad de un proceso en muchos casos largo y
doloroso, además de cargar a las maltratadas con la responsabilidad
única en la solución de su problema. En este sentido, el discurso de
la prensa y de las propias instituciones públicas es fundamentalmente
autoreferencial, y lejos de cuestionar el papel que juega la violencia en el
patriarcado, lo legitima y refuerza. En el perverso juego de las apariencias,
los medios de comunicación parecen “haber sacado a la luz”
el problema de la violencia familiar contra las mujeres, sin embargo, se
limitan a hablar del asesinato y de los casos de agresiones más
brutales, en los que las mujeres se convierten exclusivamente en
víctimas sin voz. En los medios, las mujeres maltratadas vuelven a
aparecer únicamente como cuerpos inertes, magullados, apaleados,
amoratados, sin capacidad de decisión, cuerpos pacientes privados de la
capacidad de ser. No hay tras estas noticias fragmentadas más que una
nueva reproducción de la violencia, de la violencia simbólica
sobre la que se apoya la violencia física, grado sumo de violencia, sin
aludir por ello a otras expresiones de la misma como la violencia intergrupal
que se muestra actualmente en la demostración de fuerza de EEUU frente a
Afganistán, la violencia económica que ignora las peores
condiciones laborales de las mujeres, particularmente de las inmigrantes, y la
violencia simbólica que reduce a las mujeres a cuerpos objetualizados,
bellos para el consumo placentero en la publicidad y golpeados para el consumo
morboso convertido en espectáculo de masas.
A pesar de la
negatividad de estas representaciones, resulta evidente que han sido los medios
de comunicación los que han visibilizado, esta vez ante el gran
público, el problema de la violencia. Esta visibilidad ha sido un
elemento fundamental en la producción de subjetividad en relación
a este tema. Por ello, cuando en el año 1998, los asesinatos de ETA
producen un impacto decisivo en el imaginario colectivo gracias una fuerte
campaña mediática en la que se manufactura la unidad en bloque de
la población frente al terrorismo, en aquel entonces convertido en
único problema social y político del país, las feministas,
esta vez desde la Federación de Mujeres Separadas, alzaron sus voces
para llamar la atención sobre lo que desde ese momento se
acuñó como "terrorismo doméstico". “La
guerra –como explicara Jesús Ibañez– moviliza no solo
energía, pertenecer a un bando u otro, sino también y sobre todo,
información” (1997:495).
A
lo largo de los últimos cinco años, el maltrato doméstico,
en sus aspectos más brutales, ha adquirido el estatuto de problema
social. El aumento sostenido de las denuncias se ha acrecentado como resultado
de una serie de campañas institucionales[33]
y mediáticas, en las que la desnaturalización de la violencia
corre a cargo de otros actores directos o indirectos (como las ONGs y las
empresas contratadas por los organismos públicos para la gestión
de los dispositivos asistenciales), y se realiza mediante nuevos mensajes y
estilos comunicativos. De la denuncia política se ha pasado a la
intervención pública especializada. Esta intervención
apunta, como explicábamos al inicio del texto, a un nuevo modo de
regular el conflicto de género, que si bien continua dirimiéndose
en el seno de las familias, ha visto externalizarse buena parte de sus
elementos, en particular los que conciernen a la tutela y protección de
las mujeres según un modelo de ciudadanía que apenas logra
ocultar las desigualdades, exclusiones y subcategorizaciones a las que los
distintos grupos sociales se ven sometidos. Este cambio supone, a nuestro
entender, una transformación de las relaciones de género que, a partir
de la proliferación de identidades femeninas contra-puestas y la
intensificación de la explotación de las mujeres, especialmente
las de las clases más bajas, tensiona el orden del patriarcado
modificando los términos del contrato sexual.
Si
en otro tiempo la violencia era una herramienta y un umbral incuestionable de
dominación, ahora se convierte en un exceso, una interferencia en el
orden de la reproducción de la sociedad actual. Tal y como han
señalado algunas autoras, la violencia en los países del Tercer
Mundo y en los espacios fronterizos se ha acentuado a medida que se han
radicalizado las desigualdades económicas y se ha producido una
sobrecarga para las mujeres (Haraway 1991, Bandarage 1998, Sassen 2000). La
identidad hegemónica de los varones se ha desestabilizado, y son las
mujeres las que se sitúan en el centro de la cooperación material
y simbólica.
Es
en este contexto de intensificación de la explotación y de la
violencia, y deslegitimación simbólica del orden patriarcal, en
el feminismo ha de desarrollar un discurso crítico, dirigido tanto a la
actuación institucional y mediática como a sus propias
concepciones, que sea capaz de leer de un modo preciso las transformaciones del
presente. Intervenciones como la de las mujeres de la Casa Ocupada La Eskalera
Karakola que, en 1999, sacaron las camas a la Puerta del Sol de Madrid bajo el
lema “Hay mujeres que no están seguras ni en sus propias camas.
Por eso sacamos las camas a la calle y metemos la calle en la cama”,
constituyen una propuesta diferente que cuestiona la dicotomía de lo
público y lo privado sobre la que se sustenta la invisibilidad de la
violencia familiar. En las últimas jornadas feministas de ámbito
estatal, organizadas por la Coordinadora de Organizaciones Feministas y
celebradas en el 2000 en Córdoba, se retomó el debate de la
violencia con la presentación de ocho ponencias en las que se
habló, entre otras cosas, del acoso sexual, de la utilidad de los
instrumentos legales y punitivos en la lucha contra la desigualdad entre mujeres
y hombres, de las realidades diversas de las mujeres maltratadas, algunas de
extrema vulnerabilidad como es el caso de las inmigrantes, de las situaciones
de violencia contra las mujeres que generan las guerras, etc. Entendemos que la
realidad social que habitan las mujeres está cambiando, y que con ella
han de modificarse las reflexiones y prácticas del feminismo.
Cuadro
nº 1
Evolución de las denuncias

AÑO
|
CONTEXTO INSTITUCIONAL. |
M.F |
POLÍTICA FEMINISTA |
|
1875 |
Franquismo Año internacional de la mujer. |
1 Jornadas por la liberación (clandestinas) |
¬ “Explotación sexual”
dominación patriarcal, proviene de la apropiación de los
hombres del cuerpo mujeres: reproducción. ¬ LEGALIZACIÓN ANTICONCEPTIVOS. Violencia institucional |
|
1978 |
Democracia. Igualdad formal, despenalización adulterio. |
1ª celebración 8 de Marzo |
|
|
1979 |
Convención ONU
para la eliminación de toda forma de Discriminación. |
Jornadas Feministas en Granadas |
|
|
1981 |
UCD Separación y divorcio Cambio Código Civil |
Jornadas sobre el derecho al aborto. |
¬
Teorías
sexo/género. ¬ Acabar patriarcado pasaba por exigir el
derecho al propio cuerpo: ABORTO LIBRE.
”Anticonceptivos para no abortar. Aborto libre y gratuito para no
morir”. “Derecho al propio
cuerpo”. Reprobación
violencia: violaciones y la imposición heterosexual. Violencia intersubjetiva. ¬
Principio de
opresión: ubicación mujer en lo “privado”: ¬
“lo
personal es político”. violencia intergrupal. “Ni guerra que nos mate, ni paz que nos
oprima”. ¬ Autonomía y autodefensa Mov. “Ninguna
agresión sin respuesta” “Ante
la violencia responde. Reforma Código Penal¡Ya!”. |
|
1983 |
PSOE Instituto de la Mujer |
-Despenalización del aborto en tres supuestos. - Se crítica la falta de atención a las maltratadas. -Jornadas sobre sexualidad. - |
|
|
1984 |
Datos denuncias Ratifica Convención 79 Equiparación maltrato ente cónyuges falta |
Lidia Falcó Entrega en NY informe sobre violencia. Enfoque legal. |
|
|
1985 |
Despenalización tres supuestos aborto. Conferencia Mundial de Mujeres ( Nairobi). |
Jornadas de 10
años de feminismo. Análisis legal y reivindicativo. |
|
|
1986 |
Referendum OTAN |
Campañas antimilitaristas. Violencia en Guerras. Grupos Antiagresiones. |
|
|
1988 |
Fuerte conflictividad Social |
Jornadas Feministas contra la violencia machista. |
|
|
1989 |
Reforma del Código Penal |
Movilizaciones por la reforma Código. (Sentencias) |
|
|
1993 |
ONU. Los derechos de la Mujer como Derechos Humanos |
Jornadas feministas |
(silencio sobre el tema) |
|
1995 |
- Asesinato de las Niñas de Alcaser. (penalizadoras) - Reality Shows. - Reforma del Código Penal. - Conferencia Mundial de mujeres (Beijin) |
Debate sobre reforma. Acoso, y violación. |
|
|
1996 |
PP |
Campaña de F. Separadas, contra 3 diputados. |
|
|
1997 |
Asesinato Ana Orantes. Parlamento Europeo: Tolerancia 0 |
|
|
|
1998 |
-Boom mediático -Tregua de ETA |
- Convocatoria los días 25 - Derechos Humanos de las mujeres. |
¬ Campaña Tolerencia 0 ¬ Terrorismo doméstico |
|
1999 |
Ley 11/99, Reforma Código (alejamiento, psíquico) |
-25 de noviembre: Acción Camas a la calle. - Manifiestos grupos de hombres. -Campaña lazo blanco. |
|
|
2000 |
- Ley de prevención de malos tratos y de protección a
las mujeres maltratadas de Bono -Indulto a T | ||