Posiciones, Situaciones, Cortocircuitos: La Eskalera Karakola, un espacio deliberado

 

Publicado en Multitudes junio 2003

 

Nosotras okupamos. Okupamos y hablamos de territorios. Nos situamos como en un nodo atravesado por miles de circuitos. Circuitos y corrientes aceleradas. Estamos en la boca del propio monstruo. Recorremos, decidimos y hablamos de política. Nos situamos y desenmascaramos nuestros propios cuerpos, nuestras propias vidas, nuestro propio habitar esta ciudad, este barrio, este centro social. Mientras, la corriente vertiginosa del capitalismo global impregna todos los recovecos de nuestra existencia: la somete al escaparate virtual del mundo- mercado; al estado de guerra global permanente; a la precarización total de nuestras vidas; a la tecnocracia abismal del aparato burocrático; a la privatización de los servicios y bienes públicos y sociales; al aislamiento y la incomunicación; a las políticas partidistas o el megaguay politiqueo alternativo tipo ong; al aburrimiento y al ocio espectacular; a la reapropiación de nuestros saberes y al copyright; a la heterosexualidad compulsiva, eufórica y aberrada.. Pero cortocircuitamos.

 

La Eskalera Karakola es un centro social autogestionado feminista que se encuentra en Lavapiés, barrio de composición trabajadora y multiétnica del centro de Madrid. Desde hace más de seis años, la Karakola se ha significado como punto de convergencia y partida de acción política y pensamiento feminista tanto en el barrio como en las extensas redes en las que participamos. Un colectivo de mujeres abierto y en permanente transformación –algunas jóvenes, otras no tan jóvenes, de diversas sexualidades, nacionalidades y extracción social— mantiene la casa como un espacio público de intervención feminista, generando proyectos que se expanden más allá de la propia casa.

 

La intervención feminista, es la que ha posibilitado históricamente la transformación de las vidas de las mujeres y, en general, de las sociedades en aspectos tan importantes como la sexualidad, la constitución de sujetos políticos corporeizados, la división sexual del mundo –desde el trabajo hasta la producción simbólica– o el cuestionamiento del poder y la legitimidad primera e indiscutible de lo masculino en todos y cada uno de los ámbitos de la vida. Evidentemente, esta intervención transformadora, que aún continua conformando un presente y un futuro para la libertad, precisa de autoorganización y autonomía.

 

En este deseo, que se expresa obstinadamente de uno u otro modo a lo largo de nuestra historia reciente, conviven dos ideas: que los espacios de mujeres son, de hecho o en potencia, distintos (una idea muy querida por el pensamiento de la diferencia sexual, pero también por otras corrientes que han reclamado la autoorganización autónoma de las mujeres desde los años 60 en adelante), posición que nos exige indagar qué pudiera ser esta diferencia como experimentación constante y no como esencia pacífica y estabilizada; y que el espacio –el espacio físico, el espacio vivido, el espacio real-e-imaginado– es fundamental para la creación y proyección de nuevas formas de la política, algo que ya encontramos en Virginia Woolf –en su incisiva crítica a la neutralidad de los espacios públicos y privados y la carencia de estancias femeninas propias; su «hay habitaciones que difieren radicalmente»–, pero también en las múltiples experiencias inspiradas en las políticas de la localización, desde las que hoy cartografiamos las condiciones espacio-temporales de la globalización, no para producir una «política de la instalación», como a menudo sucede, sino para interrogar lo posible en lo existente. Este impulso ha dominado algunas intervenciones recientes que discuten con fuerza la posibilidad de crear refugios y paraísos, incluidos los de la propia identidad, y busca el conflicto mediante una intervención en lo social estableciendo alianzas, a menudo excesivamente frágiles, que, en cualquier caso, nunca han dejado tras de sí un espacio inocente e inmaculado. La apertura que implica esta práctica hace que la casa exceda de un lugar más o menos circunscrito para situarnos en otras coordenadas críticas que van desde el eje sexismo/racismo hasta la «talla estandarizada de normalización anoréxica», desde la precariedad femenina hasta el movimiento de movimientos, desde la mercantilización de las sexualidades disidentes hasta la acción frente a la violencia y la guerra.(1)

 

A la heterorealidad --que nos reduce (en número también) e invisibiliza, que sencillamente determinó la huida de algunas de nosotras, voilà, c’est tout, au revoir-- se suman otros procesos que, como el éxito de la institucionalización del género en la femocracia o la banalización izquierdista y derechista de la radicalidad del feminismo en una suerte de código de conducta, convierten el sueño de un espacio de intervención social feminista, en algo sumamente precario.

 

Para este nosotras-para-un-diálogo que se proyecta a lo largo de seis años, okupar ha sido un ejercicio de apropiación sexuada y cuestionamiento de la Razón en lo urbano. Desde que se iniciara nuestra apuesta de autorehabilitación junto a algunas arquitectas y arquitectos nos propusimos encarnar una figura inaudita, una encarnación ingobernable: tejados-cocina-deseos-vigas-puntales-cuidado-electricidad-comunicación-escombro-encuentro. Se trata de un sentido novedoso de la crítica feminista a la división público-privado. La casa es la política en tanto desafío a la propiedad, a la gestión, a las ordenaciones y planificaciones (de la ciudad, de los usos, del conocimiento, del hacer, de la ciudadanía), a la legalidad y a la legitimidad. No queremos sino indagar sobre qué sea un centro social feminista, y hacerlo produciendo un nuevo conflicto que, en realidad, no es otro que un envite a imaginar la realidad desde un lugar ubicado: un centro social feminista, una casa, unas mujeres, un barrio, una ciudad, un mundo. Se trata de una invitación limitada (¿qué es un centro social de mujeres en un mundo fragmentado en el que vemos constantemente segadas nuestras posibilidades individuales y colectivas de intervención?) y, sin embargo, se trata de una propuesta enorme, ambiciosa, inabarcable incluso en tanto escapa a lo que conocemos y a las personas que lo planteamos. Es el producto de una reflexión inacabada y constantemente interrumpida, de una historia que comienza a escribirse hace ya tiempo y seguirá puntuando y alterando el curso «natural» de la historia.

 

El espacio de mujeres es siempre un espacio deliberado. Surge de múltiples impulsos concretos, ansias particulares en cada caso, pero siempre amparado en una reflexión íntima sobre la norma, sobre las mayúsculas, sobre la propia condición de la alteridad; en un no reconocerse en los reflejos que nos devuelven los espejos al interpelarnos –al decirnos «tú eres esto»-, o al vaciarnos, al decirnos «tú no puedes ser, tu reflejo no existe». Una reflexión íntima, porque se nos engancha en el cuerpo, porque al acompañarnos nos desplaza de las certezas modificando irremediablemente la forma en que cada día nos construimos hacia dentro y hacia fuera. Pero el desplazamiento y la puesta en cuestión, el desayuno con la incertidumbre, son parte de nuestra política.

 

La Eskalera Karakola abre un espacio para la experimentación subjetiva (la investigación deseable y no restringida de ensayar qué haremos con lo que se ha hecho de nosotras) Convertir lo limítrofe en crea(c)ción para recuperar la potencia de los elementos de nuestra configuración que nos excluyen de la centralidad (del saber, del poder, del hacer) y trastocar la unicidad en multiplicidad (de saberes, poderes, haceres) es lo que se puede esperar de un espacio como este. «... ser una otra inapropiada/ble‚ significa estar en una relación crítica y deconstructiva, en una racionalidad difractaria más que refractaria, como formas de establecer conexiones potentes que excedan la dominación. Ser inapropiado/ble es no encajar en la taxón, estar desubicado en los mapas disponibles que especifican tipos de actores y tipos de narrativas, pero tampoco es quedar originalmente atrapado por la diferencia.»(2)

 

Una práctica política que desplaza la mirada de la propia autorreferencialidad, marginación y extrañeza (elementos recurrentes en el eslabón perdido convertido en sujeto revolucionario) para posarla inquisitivamente en la forma en que se producen los mecanismos de la propia expulsión del Centro a los márgenes, al espacio de lo no-Uno, es una práctica política cuyos instrumentos ópticos pueden rastrear una sinfonía de situaciones diversas, alianzas deseables, re-conocimientos plurales, los múltiples lugares de lo político, las increíbles formas de la rebeldía. La reflexión en torno a la producción de subjetividades, la construcción de identidades marcadas por su sexo-género-deseo-clase-etnicidad... o sobresaturadas por todo ello, está en el centro de una intervención crítica que considera que el lema «lo personal es político» ha de estirarse hasta convertirse en una apuesta cotidiana de subversión de la propia vida en toda su amplitud.

 

La práctica antagonista a la centralidad de un sujeto de poder estancado en sus obscenas marcas de masculinidad blanca heterosexual occidental, situada hegemónicamente en los ejes economía-cultura, ostentando su voluntad de imposición, control y dominio expansivo; la revuelta ante sus pretensiones narrativas de la historia, de la ética, lo económico, lo afectivo, lo político, lo verdadero-bueno-bello, ha de ser múltiple y constante, ha de permitir el re-conocerse en luchas e intervenciones de distinto signo. Desmantelar los pilares de la Razón que lo Rige Todo, es desmontar también sin descanso nuestra propia razón, mantenernos alerta para no reproducir los mecanismos de la expulsión de la diversidad, para no construir de nuevo un relato falso y ofensivo, una política donde no cabe nadie; ser conscientes de la utilidad de las ficciones políticas, pero no olvidarnos de su cualidad ficcional. Un ojo aquí y un ojo puesto lejos, en desentrañar el marasmo de ficciones que nos enreda (en) ese mundo global, globalizado, globuloso, globe-trotter.

 

La Eskalera Karakola

http://www.sindominio.net/karakola

 

 

notes:

[1] Por razones de espacio no podemos detenernos en cada uno de los talleres y laboratorios de discusión e intervención que tienen o han tenido lugar en, a partir de y a través de la EsKalera Karakola. Las propuestas planteadas y los materiales producidos por cada uno de ellos --El taller de herramientas contra el racismo; la Casa de la Diferencia; el grupo “Sexo, mentiras y precariedad”; la Escuela de Feminismos; el Laboratorio de trabajadoras “Precarias a la Deriva”; las sesiones de “Retóricas del Género”; el dispositivo de intervención metropolitana “Operación Rosa”—pueden consultarse en http://www.sindominio.net/karakola/proyectos.htm

 

2 Haraway, Donna, Las promesas de los monstruos