"¿MUJER O TRANS? LA INSERCIÓN DE LAS TRANSEXUALES EN EL MOVIMIENTO FEMINISTA"

 

El hecho trans plantea una pregunta al movimiento feminista: o las mujeres trans tienen pleno derecho a ser entendidas como mujeres, dentro de los presupuestos binarios del sistema sexo-género o su existencia manifiesta radicalmente el fin de la binariedad y la comprensión del movimiento feminista como fuerza que actúa en otros términos.

 

PONENCIA PARA LAS JORNADAS FEMINISTAS DE CÓRDOBA (Y PARA “ANTHOLOGY OF TRANSFEMINISM” Y “TERTULIA, UNA MIRADA HACIA LA VIDA DE LAS MUJERES”)

 

Por Kim Pérez F.-Fígares. Escritora. Profesora de Ética en el Centro Ramón y Cajal de Granada. Presidenta de Identidad de Género.

 

 

Muchas de vosotras, aun oyéndome cortésmente, os estaréis preguntando: ¿tiene derecho a estar aquí? Yo también me lo he preguntado.

 

La primera respuesta sería algo así: me ha costado muchos años, muchas dificultades, mucha voluntad llegar a ser mujer. Ser mujer. ¿Qué es ser mujer?

 

En general, las trans planteamos al movimiento feminista esa pregunta.

 

No sólo es una pregunta teórica, sino también práctica; las siguientes son: ¿Podemos apuntarnos en las asociaciones feministas? ¿Qué podemos hacer dentro del movimiento feminista?

 

De modo, que planteamos la pregunta básica.

 

La responden los trans masculinos. Quienes transitan del sexo femenino al masculino. Ellos no quieren integrarse en el movimiento feminista. No quieren ser mujeres.

 

No es cuestión de los cromosomas que se tengan, no es cuestión de los genitales; es otra cosa.

 

Ser mujer o no serlo, resulta una forma de ser, pero también de querer ser y de querer no ser.

 

Algunas trans dicen muy claro: "Somos mujeres. Lo somos desde la cuna, aunque sólo nosotras lo supiéramos. Sólo hemos querido que todos lo sepan".

 

Otras, como yo, subrayamos lo de trans. Nos sentimos transición. Hemos huido de la masculinidad, hemos abandonado ese país definitivamente, hemos adoptado modelos femeninos de vida con los que vivimos establemente y a gusto; seremos, es decir, partiremos de estructuras ambiguas o neutras o lo que sea, pero ahora vivimos en el país de las mujeres.

 

Unas y otras hacemos evidente que la realidad humana, el ser humano está abierto a la voluntad. Al cambio mediante la voluntad. Desde un punto de partida determinado, pero mediante la voluntad.

 

La pregunta “¿qué es ser mujer?” nos conduce a algo que resulta bastante difícil en la práctica, que es el esencialismo. ¿Hay algo que defina esencialmente a la mujer? ¿El cariotipo? ¿Los genitales? ¿Las funciones reproductivas? ¿La orientación sexual? ¿La conducta, la ropa? ¿Todo ello junto? ¿Una parte de ello?

 

Sin duda, hay una elevada proporción de personas que en un test que comprendiera todas esas preguntas, pondría la equis en la misma fila de casillas. Diríamos que es mujer a todos los efectos, persona XX, fenotípicamente femenina, capaz de maternidad, amante de los hombres, usadora de faldas, etc. Esto nos llevaría con facilidad a una jerarquía de la feminidad, mujeres que serían más o menos mujeres, según el número de equis que pusieran en las casillas de uno de los lados, o bien a un concepto borroso de la feminidad, mujer es más o menos tal cosa.

 

Pero las preguntas deben ir todavía más lejos. Yo soy trans, pero no todas las personas trans recorremos los mismos itinerarios. Recordaré que el prefijo trans, que expresa la idea de transición, es el denominador común de una compleja serie de experiencias; las personas transvestistas oscilan entre momentos femeninos y momentos masculinos; una de ellas, con motivo del 8 de marzo, escribía que no sentía que debiera participar en el Día de la Mujer; las personas transgenéricas afirman su feminidad cerebral y eligen vivir permanentemente como mujeres aunque no desean operarse; las personas llamadas transexuales (o mejor transgenitales) optan por modificar sus caracteres sexuales primarios.

 

Nuestra condición no es excepcional, de unas y otras, no somos las únicas ciudadanas que vivimos en el país de las mujeres en un caso parecido. La realidad biológica muestra que hay un alto número de personas intersexuadas, mucho mayor de lo que se supone, alrededor de un dos por ciento de la población, que naturalmente incluye a mujeres con cariotipo XY o con una gran variedad de cariotipos cruzados. Son intersexuales de partida biológica pero han querido ser mujeres, han aceptado una existencia de mujer.

 

Carecería de sentido exigir, efectiva o moralmente, algo así como un análisis cromosómico o fenotípico para incorporarse al movimiento feminista. O peor: sería parecido al racismo, esencialista, inmovilista, biológicamente determinista. Los cromosomas muestran un punto de partida, no un punto de llegada. El ser humano es un punto de partida más un punto de llegada; más que un ser, es un proceso.

 

¿Entonces qué ocurre con el feminismo? ¿A quién representaría, por quien trabajaría y combatiría? ¿Por la mujeres que lo son a todos, todos los efectos, o por quienes más o menos somos mujeres?

 

Entiendo que hay un solo feminismo básicamente, fundado en la defensa de los derechos de la mujer en general (derecho al voto, por ejemplo) y de los derechos de las varias clases de mujeres (derechos de la trabajadoras, también por ejemplo): nosotras somos una clase de mujeres en circunstancias específicas.

 

Pero en su historia y en sus posibilidades profundas, no es sólo eso, un movimiento de defensa de las mujeres, un sindicalismo, un corporativismo, un identitarismo, que sería lo que requiriese esa definición previa de quién es mujer, para saber quién puede afiliarse y quién no. La mujer frente al hombre; tirar de la manta para el lado de las mujeres, procurando sólo abrigarse mejor... Serían pocas nueces para tanto ruido. El feminismo es un movimiento de transformación de la vida humana, y es evidente que en lo más profundo de su ser no es antimasculinista, sino antisexista, antigenerista (y en otro plano, anticlasista, antirracista...)

 

Me gusta el feminismo que va más lejos: el que ve la situación de las mujeres como metáfora de todos los estados de opresión humana; al fin y al cabo, la primera división histórica del trabajo, fue la división sexual del trabajo. O genérica. En pueblos muy primitivos hubo ya trans que compartieron la suerte o la mala suerte de las mujeres. Voluntariamente. Sexo, género y trabajo resultan unidos como factores básicos de la estructura social y también de la opresión.

 

El feminismo que asume algo más que la defensa sectorial de los intereses de media humanidad (por importantes que sean) frente a la otra media, tiene que liberarnos a todos de las formas concretas de opresión y de explotación. No se trata de hacer una liberación en el aire, retórica, sino de quitar de encima de los seres humanos las estructuras que nos agobian; en este caso, empezando por las sexistas o generistas.

 

¿Qué es el sexismo, qué es el generismo? La opinión de que los condicionamientos de sexo y de género determinan esencialmente a las personas, que deben definirse con arreglo a ellos, reciben derechos con arreglo a ellos y deben aceptar que se les nieguen otros con arreglo a ellos. Sé que en realidad, contra esto es contra lo que se rebelan las y los feministas. No es relevante a esos efectos ser mujer u hombre, no debe ser relevante donde todavía lo sea. Debe emerger la igualdad, la dignidad de las personas y las conciencias por encima de todo. El feminismo se llama feminismo porque fueron la mujeres, como oprimidas de una estructura social, quienes lo iniciaron y quienes lo protagonizan. Pero defiende en realidad la igual condición humana. En una palabra: el feminismo me defiende a mí, lo mismo si quiero considerarme mujer, más o menos borrosa, que si quiero considerarme trans, ciertamente definidísima, que si quisiera considerarme varón, pese a todo. Pero a la vez, me parece que mi experiencia, dentro de un Congreso feminista, contribuye por sí misma a recordar cuáles son los objetivos verdaderos de este movimiento humano, cuáles no deben ser los criterios sólo reformistas, corporativistas, sectoriales, en los que no debe caer.

 

Procuraré situar esta toma de posición en el contexto de otras que son posibles, dentro del movimiento trans y dentro del movimiento feminista, para facilitar la discusión. Que yo sea antisexista o antigenerista no quiere decir que esté contra la existencia de los géneros (es obvio que no discuto los múltiples sexos que existen) No propugno la abolición total de los códigos de género, aunque sí su ensanchamiento, enriquecimiento, flexibilización hasta donde cada generación pueda; no propugno la transgresión por principio de las normas de género, sino su diversificación; no un puré final, sino una macedonia; no un uniforme mao, sino aquellas mil flores que tenían que florecer; lo que propugno, sobre todo, es una emancipación de las consciencias, que decir "yo soy" sea mucho más importante que decir "yo estoy en esto o en lo otro"; que la cultura y el derecho nos vean sobre todo como pensamientos, como sensibilidades, muy por encima de los condicionamientos con los que se dibuja materialmente la existencia: y que éstos condicionamientos sean libres hasta donde podamos, como es la tradición humana, nuestra dignidad prometeica.

 

Quiero decir que estoy girando hacia un no identitarismo. Creo que las identidades son necesarias, son conceptos, y la mente requiere conceptos para entenderse a sí misma y entender la Realidad, pero en la medida en que se convierten en definiciones señalan límites (la misma palabra definición contiene este significado) y se convierten fácilmente en separatistas y excluyentes. Este exceso es lo que llamo identitarismo, y creo que debe estarse en contra. Ningún ser humano debe dejar de buscar lo que tiene en común con otros seres humanos; esto es lo que se llama universalismo, como se ha llamado internacionalismo. Por eso me opongo a cualquier exageración del valor de las identidades, que es lo que se llamaría identitarismo. Por eso asumo la tradición no identitarista del feminismo. El feminismo, básicamente, no es identitarista. Incluso el feminismo de la diferencia puede defender rasgos de identidad, pero no cae en ninguna exclusión del valor de otras identidades, que sería lo identitarista. El feminismo no es identitarista, el sexismo sí lo es.

 

Intento ahora situar estas reflexiones en relación con un movimiento que tiene ya importancia en los Estados Unidos, el transfeminismo, o el feminismo ejercido por las personas trans. El punto de partida debe ser la realidad de que las mujeres trans aparecemos como particularmente oprimidas: discriminadas a radice en el trabajo, discriminadas como amantes por parte de quienes temen el qué dirán, discriminadas en algunas de nuestras familias, que se han olvidado de nosotras, insultadas o vejadas en la calle por el solo hecho de pasar, consideradas como objetivos preferentes por la extrema derecha, negadas incluso por los sindicatos. Para ser mujeres voluntarias, nuestra condición nos cuesta cara. El código de género, en nuestro caso, revela su vertiente de código penal de género, que incluye sanciones como la irrisión, el despido o incluso los crímenes de prejuicio (nombre más exacto que el de “hate crimes”, o crímenes de odio) El trabajo sectorial, dentro de nuestras organizaciones, tiene que ser considerable. Representa unas condiciones particulares que necesitan una atención especial y especializada, como las de otras mujeres en otras circunstancias (víctimas de malos tratos, etc)

 

Pero a la vez, el mismo nombre de trans significa una bandera que no debe ceder el movimiento feminista en su más profunda expresión. Porque somos personas que visiblemente hemos transitado de una condición aún peor, más opresora, la clandestinidad, hasta ésta mucho más tranquila. Nos hemos liberado. Somos mujeres que hemos tenido que ser reconocidas o nacionalizadas. Somos un paradigma de la condición humana que todos pueden ver. Personas en proceso, en transición. Personas trans. Y este derecho al cambio social liberador, al no esencialismo, es lo que reivindica el feminismo para todo ser humano.

 

Nosotras hacemos una transición dentro del sistema sexo-género. Al hacerla, nos demostramos a nosotras mismas que ese sistema no significa un condicionamiento inexorable de las personas, y se lo demostramos a todos cuantos nos miren. Con otras palabras, probamos que una misma persona puede aceptar unos condicionamientos sexogenéricos u otros; emerge la condición de persona, la condición de consciencia, como independiente, distinta, superior a esa clase de condicionamientos. Nosotras no nos hemos encontrado a gusto como personas condicionadas masculinamente; hemos preferido condicionarnos femeninamente hasta donde hemos podido y pueden nuestras técnicas y también nuestras estructuras sociales y culturales. Hay quizás también algún factor biótico que nos ha predispuesto más o menos a todo esto, pero sobre todo hay un factor de voluntad. No sólo éramos trans en el secreto de nuestras almas; hemos combatido (acaso fracasado) por ser trans a los ojos de todos, y este paso triunfante o doliente del pensamiento al hecho tiene por tanto un significado social.

 

Lo trans, en la palabra transfeminismo, puede sugerir nuestro estilo especial, nuestras asociaciones propias. Lo mismo que se puede hablar del feminismo de otros grupos singularizados. Estoy segura a la vez de que las aspiraciones últimas del transfeminismo no pueden ser distintas de las del feminismo, aunque las inmediatas puedan ser diferentes, porque el feminismo es esencialmente un movimiento por el ser humano, protagonizado por algunas mujeres pero que puede ser también obra de cualquiera que se defina como persona, y cuyas consecuencias están siendo no sólo el bien práctico de todas las mujeres, sino el de todas las personas.