ESPACIOS OKUPADOS, ESPACIOS
CON CUIDADO
A propósito de una
paliza sexual en el Centro Social Okupado El Laboratorio (Madrid)
Todas vivimos con rabia y dolor la violencia que los hombres imponen
sobre las mujeres por esa división que hace y jerarquiza el mundo de los
sexos. La agresiones contra las mujeres, recurso primero y último,
atraviesa el dominio más allá de lo particular de las relaciones
y de las restricciones que cada sociedad o cada grupo ponga al orden del macho. Ya se trate de agresiones corporales o
psicológicas, ya se produzca en forma de paliza, violación o
acoso, ya acabe en asesinato, humillación o autodefensa, la violencia
afianza el mando y lo localiza en los núcleos más sensibles de la
experiencia: la integridad del propio cuerpo, la libertad sexual y la
autonomía en la circulación y el pensamiento. Rara es la mujer
que no la ha sufrido o bien en carne propia o por intervenir en contra de una
agresión dirigida hacia otra.
El sentido de la
vulnerabilidad y del dominio es una experiencia del cotidiano femenino que se
compone, antes que nada, como experiencia de los límites y de la
protección del propio cuerpo y su capacidad expresiva. Aunque tenga que
ver con la edad, el espacio, la identidad, la situación e incluso con el
sentimiento de seguridad que una expresa o deja de expresar, en realidad, la
posibilidad de ser sometida a la violencia machista excede las circunstancias
concretas y se extiende a la existencia-mujer en general. Está tan
enraizada en nuestro ser que aunque pudieramos instalarnos en otras coordenadas
seguiriamos alimentándonos de esos secretos temores que nos habitan.
Ninguna ha dejado de asumir esta condición de peligrosidad y mal que
bien hemos aprendido a movernos con ella, a soportar de la manera menos
traumática posible sus leyes y a disfrutar de las miserables victorias
personales y colectivas que nos podemos permitir sin ponernos en situaciones de
alto riesgo.
No podemos dejar de
considerarla como imposición generalizada y, sin embargo, para luchar en
su contra tenemos que cortarla a la medida de lo concreto y hablar de sus
ocurrencias en los espacios y tiempos en los que participamos. La intervención
de una mujer, feminista o no, en un Centro Social Okupado busca, entre otras
cosas, la creación de un espacio seguro, un espacio de cuidado del
propio cuerpo que anule la violencia y la interiorización del peligro
sexual. Y lo busca no por vía de reglas, restricciones o dispositivos de
vigilancia sino que lo busca como sentido, como sensibilidad, como actitud de
toda la gente que lo habita. Por eso, lo más terrible de que ocurran
agresiones sexuales, aparte de la vivencia de la que las sufre, es el
sentimiento de todas no ya de constatar que estas cosas pueden suceder –esto
ya lo sabemos– sino de que no se ha dado la actitud, el pensamiento y la
acción que las hace difíciles. Que no hemos sido capaces de poner
por delante esa disposición, la tensión colectiva y cotidiana que
hace, por un lado, que los agresores perciban de inmediato que ahí no
van a poder, que no es seguro y que pueden salir muy mal parados y que las
mujeres, por otro, lleguen a sentir todo lo contrario, que ahí sí
van a poder, que van a sentirse seguras y respaldadas en todo momento.
De nada sirve repetir una y
otra vez lo de que los espacios liberados no son tales o que en las okupas se
reproducen los mismos modelos y bla, bla, bla. Seguir hablando en estos
términos estimula una paradoja bien estéril que se alimenta de la
ilusión de lo liberado, para chocarse con la triste y de sobra conocida
realidad, ejercer la denuncia pasado ya el momento de la autodefensa y vuelta
al principio. Aparte de reincidir en la moraleja de que nada es lo que parece y
afianzarnos en lo secundario de nuestros problemas dentro de lo colectivo, este
desplazamiento en el lenguaje vale una mierda. Al despotenciar la diferencia
del espacio e igualarlo a cualquier otro nos negamos la oportunidad de
construir esa diferencia de un modo más dinámico saliendo de la
oposición liberadoes, espacio utópico inexistente para toda
aquella persona que esté en las nubes, y el resto del mundo, una
totalidad uniformizada hecha de casas, calles, ciudades y países donde
se actualiza lo mismo de lo mismo.
Para empezar habrá que
idear formas concretas de comunicar este sentido de cooperación para la
libertad sexual sin aconsejar a las mujeres mantenerse juntas o evitar lugares
oscuros. Habrá entonces que forzar lo existente e interrogar el
hábito. La visibilidad femenina y gay es un comienzo pero hace falta
más. Y es que, además, para hacerse presente es necesaria cierta
complicidad, no vamos a estar todo el día con los guantes puestos o
frecuentando los lugares liberados-que-no-lo-son. La creación de este
sentido pasa necesariamente por el cuidado de las situaciones que producimos.
Todo esto surge al calor de la
tremenda paliza-violación que sufrió una chica hace no mucho en
una fiesta en El Laboratorio que, por cierto, a poco pasa sin pena sin ni gloria a la historia de
los incontrolables horrores a los que nos hemos acostumbrado. Para que un
Centro Social difiera de la calle (lo suyo sería que transformara la
calle) habrá que ir pensando que en él no cabe todo el mundo. Y
es que no queremos ser compatibles con ciertos sujetos que desafortunadamente a
veces están demasiado cerca. Claro que los buenos modales, en lo que a
centros sociales y anti-sexismo se refiere, pueden aprenderse y practicarse de
manera airosa sin levantar demasiadas sospechas pero incluso en estos casos
quien así actúa ha de sentirse incómodo, fuera de sitio o
terriblemente inclinado hacia la mutación.
Y ya que esta agresión
ocurrió en una fiesta me voy a referir a ellas y además con
particular furia porque siendo un acto colectivo para disfrutar las veo como el
ejemplo más claro de un montón de cosas que me revientan y que nada
tienen que ver con el tipo de lugar-momento en el que me apetece estar. Y no es
que todas las fiestas, conciertos y demás sean iguales (estaría
bien preguntar, sobretodo a mujeres, qué sucede en las fiestas en las
que nos sentimos agusto) pero ocurre que sí hemos estabilizado ciertos
habitos de la pasti-party en los que impera la falta de atención por la
ocasión. En la fiesta en cuestión, a cargo del afortunadamente
extinto Proyecto Ruido, a excepción del pasti-negocio y la
decoración alucinante nada mereció especial preparación o
seguimiento. Como la fiesta era gratix no había nadie en la puerta
encargado no ya de controlar quien entra, que también, sino de expresar
esa atención de la que hablaba: que hay gente concreta detrás y
delante del tinglado y que va a responder o a organizar una respuesta ante
posibles agresiones u otras cosas menos terribles. Comunicar, en definitiva,
que lo que hay tiene una presencia hecha de gente interesada en lo que sucede y
que no se limita a generar algo y luego a ver que pasa. Si no hay
responsabilidad sobre lo que organizamos o lo que dejamos organizar a
colectivos de fuera, ¿de qué nos asustamos? o si pensamos que no
es posible ¿a qué ostias organizamos nada? Y es que es muy duro
estar todo el rato pendiente de las miles de formas en que alguien puede faltar
el respeto y no vamos a estar acercándonos a toda persona susceptible de
ser víctima de abuso... no cuando el abuso ya se ha consolidado como una
cuestión individual (cada cual que se las apañe como pueda y con
quien pueda) por no decir normal.
Las consecuencias de dejar que
las cosas sucedan sin más ya las conocemos, por lo menos en El
Laboratorio. Hay gente
que se ha aburrido o sentido sóla al enfrentarse a movidas de todos los
colores pero esto tampoco ha sido suficiente para dar el salto y poner esta
cuestión en el punto de mira y recuperar así un espacio que se ha
ido perdiendo en lo anecdótico.
Nos hemos acostrumbrado a las
fiestas sin fin, sin hora vamos. Perfectamente en sintonía con la
agonía que nos empuja a agotar los momentos sin reconocer principios ni
finales. A nadie apetece estar al loro o encargarse de hacer acabar lo que
sí se ha sabido empezar. Antes que cortar la historia es mejor ver a la
peña ir desapareciendo poco a poco por agotamiento o acoplandose en
algún rincón. Así las cosas, la fiesta se convierte en la
actividad más sagrada del centro social. Pocas son las cosas que pueden
llegar a interrumpirla. Ni que lancen cocos, ni que le abran la cabeza a
alguien, ni que una mujer salga danzando al hospital. Bastante
paradójico es ya que mucha de la gente que asiste a las fiestas no se
entera de lo que en ellas sucede por muy llamativo que sea, por ejemplo,
alguien sangrando en mitad del patio y con un ataque de nervios. En este
sentido, hemos llegado al punto de que la fiesta resulta incompatible con la
posibilidad de comunicar, decidir colectivamente y actuar. Para ello, acaso
habría que cortar la musica e interrumpir el evento, hecho que
produciría una alarma innecesaria y todo eso.
Otra cuestión es el
modo en que se afronta lo de ponerse. Ahora se ha generalizado el argumento de
que hay gente que va toa puesta y no se entera y más que puesta lo que
va es idiotizada. Me resisto a
creer que cuando una está puesta no percibe lo que hay, más bien
todo lo contrario, lo percibe y con una nitidez que asusta porque la
visión se anticipa, se hace muy fina, tanto que se es capaz de leer
movimientos imperceptibles, gestos, actitudes que expresan formas de
encontrarse en el mundo: el miedo, la impotencia... Para muchas mujeres esto
resulta bien claro y es por ello que a veces cuando tomas algo proyectas y
experimentas las agresiones sexuales de lo micro. A veces hemos preferido no
mirar en cierta dirección, la verdad es que no por ello hemos dejado de
ver. Y ya que en cualquier caso vemos, acaso sea mejor mirar de frente. Ya se
sabe lo que duelen las trampas que nos gastamos... Cuando no se puede o no se
quiere o una no se ve capaz de discernir lo que sucede a su alrededor
habrá que apostar por el contacto a no ser que se prefiera apostar por
la estupidez, en cuyo caso ya no hay más que hablar.
Si esto es hábito
abrá que entrar a saco por ahí porque la denuncia a posteriori es
insuficiente, nos puede dejar mejor sabor de boca pero no vale para lo que
viene después. Otro salto que hay que hacer posible es la atención
a la mujer que ha sufrido la agresión. También ahí hemos
andado bien flojas. Primero, para entender y aprender sobre cómo se
experimenta la agresión. Para eso hay que dejarse del una
agresión es una agresión y punto y no tener miedo al intercambio
y al fantasma del morbo. Cuando se producen agresiones hay que crear grupos de
apoyo, de intermediación y seguimiento porque una vez ocurrida la
agresión, quien la sufre sigue circulando por ahí y tiene mucho
que digerir. Nada de invisibilizar sino saber, conocer cómo se siente la
agredida, cómo define la violencia y actúa en su contra, contra
la violencia del momento y contra la de los momentos posteriores. Enganchar con
el rítmo y las exigencias de quien la vive. La mediación con la
colectividad que es el Centro Social es importante como ejercicio contra el
olvido y por la actuación en positivo, por la recuperación de un
espacio maldito que ya no se desea pisar.
Repensar las definiciones
desde esa actitud de escucha e intercambio puede revelar algunos estereotipos
interesantes sobre las agresiones sexuales. Por ejemplo, qué ocurre
cuando para la agredida lo que se pone en primer plano no es la violación
sino el peligro de muerte o cuando actuar pasa por estrategias de autodefensa
tan inteligentes y espontáneas como fingir sometimiento y complacencia
ante una violencia desmesurada. ¿Vamos nosotras ahí a hablar con
nuestro lenguaje o a trazar un puente real con la vivencia y los términos
de quien tiene mucho más que decir? Estaría bien poner en
común las subjetividades que se moviliza con todo esto.
Y más cosas.
¿Porqué se pregunta si realmente se trata de violación y
se insiste desde las mujeres que sí, que lo que pasó es lo peor
que podía haber pasado? Probablemente porque con la fuerza de las
palabras se ha asumido una escala en los niveles de agresión que
encuentra en la penetración su máximo exponente y que
habría que redefinir, también para nosotras mismas. Y es que prevenimos
así la disminución inevitable de lo ocurrido sin darnos cuenta de
que presuponemos también las clasificaciones y definiciones al uso.
¿Gritamos que el sentimiento de vejación más terrible no
siempre es la penetración o seguimos dando alas a los mitos? Para
avanzar en esta dirección hace falta involucrar e involucrarse con la
mujer agredida.
Y luego, ¿cómo
romper ya de una vez lo de que es a nosotras a quien toca pelear esta
cuestión dejando, de paso, bien claro cual es nuestra área de
intervención en un Centro Social mixto? Pues claro que nos toca de cerca,
también nos toca la colectivización de una actitud distinta. La
que hace que las agresiones sexuales se conviertan en un asunto del Centro
Social en su conjunto, algo que merece muchísima reflexión y
actuación en común. Nuestra decisión, la de las mujeres,
de separación y acumulación de iniciativas en este terreno tiene
muchos aciertos pero también tiene sus desaciertos, sobretodo a la hora
de crear una práctica general en contra del sexismo y las agresiones
sexuales. Al menos si no se anticipa y tiene en cuenta la parcialidad a la que
terminamos reduciendo, nosotras a la cabeza, la violencia contra las mujeres.
La mejor autodefensa, aparte de la que permite transformar la autoestima en
golpes certeros, es la que genera una disposición colectiva en contra de
las agresiones sexuales. La del golpe te defiende, la otra te sitúa a
tí, a tus compañeras y a la comunidad en un espacio diferente.
¡ATENCION AGRESOR,
MUJERES VIOLENTAS!
desde la Escalera Karakola,
una ex-compañera del CSO El Laboratorio