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        Algunas sugerencias a propósito de la crisis

 

El hundimiento del sistema financiero mundial en el segundo semestre del 2008, después de que los primeros síntomas se hicieran patentes un año antes, ha desatado la proliferación de interpretaciones, previsiones, recetas y soluciones de tipo financiero de nula eficacia incluso a la hora de poner remedio al enorme desaguisado del sistema económico. En realidad, como no puede ser de otro modo en el sistema capitalista, la crisis financiera es mero reflejo de una crisis estructural cuyo alcance sin precedentes en la historia apunta hacia el colapso del sistema capitalista como modelo social en general. Las medidas adoptadas por los gobiernos sólo han servido para evidenciar las limitaciones de las mismas o, dicho de otro modo, la ineficacia de las supuestas soluciones financieras para atajar los problemas estructurales que atañen al modo de acumulación de capital. De ahí que ni los discursos bienintencionados de esta especie de regeneracionismo "moral" del capitalismo que encarnan los progresistas al estilo de Barak Obama, ni la desfachatez con que los timadores de altos vuelos que se encuentran al frente de las instituciones financieras (bancos, aseguradoras, etc.) se embolsan los fondos generosamente aportados por los gobiernos, impiden la escalada del desempleo, el descenso de la actividad económica y la amenaza de depresión a escala mundial. La mayor parte de la sobreproducción discursiva sobre la crisis tiene por finalidad precisamente desviar la atención de la naturaleza real de la crisis hacia sus aspectos fenoménicos y espectaculares, que sólo son una parte superficial de la realidad, ya que la crisis se materializa en términos sociales perentorios: producción y distribución de la riqueza producida, o sea, en la disyuntiva entre las necesidades de acumulación del capital y las necesidades de supervivencia de la sociedad. En la medida que éstas son funcionales a aquéllas, se dan las condiciones de expansión capitalista, de manera que las necesidades sociales quedan subsumidas en las necesidades del capital, como se ha dado en las décadas gloriosas de la sociedad de consumo posteriores a la segunda guerra mundial. El problema es cuando, como ahora, las necesidades del capital exigen un sacrificio de las necesidades sociales cuya magnitud repercute negativamente sobre la acumulación de capital. Así, la precondición de empobrecimiento generalizado comporta una caída del consumo que impide, a su vez, la continuación del proceso de acumulación de capital. Esta aparente paradoja es solo una manifestación más de la naturaleza contradictoria del proceso de acumulación de capital. Pero el cúmulo y el alcance de las contradicciones en la situación actual trascienden el nivel de la mera crisis económica para apuntar hacia la crisis generalizada del modelo social basado en la economía de mercado. Esa es la particularidad de la crisis en la que nos encontramos inmersos; que, por primera vez, se trata de una crisis mundial, que atraviesa a todos y cada uno de los países insertados en la cadena de reproducción de capital a escala mundial (la manida globalización) y a todas y cada una de las actividades de la vida social, en la medida que las condiciones materiales de vida de los individuos han sido fundamentalmente sometidas al proceso de valorización de capital, a través del mercado (vivir es consumir). De ahí que la crisis financiera sea mero trasunto de la crisis económica estructural y ésta, a su vez, trasunto de lo que podríamos denominar la crisis de la civilización del capital. La manifestación de la crisis en la esfera económica como sobreproducción de mercancías que no tienen salida en el mercado comporta obviamente la sobreproducción de la mercancía fuerza de trabajo o, si se prefiere, de hombres y mujeres que no se realizan como mercancía ya que no tienen salida en el mercado (desempleo). Esa es la clave del problema real de la crisis capitalista: la desvalorización de los seres humanos en el marco general de la desvalorización del capital. ¿Qué hacer con esa masa de mercancías en forma de mujeres y hombres a quienes la propia sociedad (capitalista) que las genera niega la posibilidad de subsistencia? Todas las supuestas soluciones, desde la invención de hipotéticos nuevos sectores emergentes de actividad, hasta las políticas de corte keynesiano para el encuadramiento laboral de masas de población mediante aumento del gasto público, van encaminadas a dar salida a ese excedente de mercancía humana cuya gestión (y desvalorización/destrucción) es cada vez más problemática: ¿cómo conseguir unas condiciones favorables para el relanzamiento de la acumulación de capital sin socavar la paz social necesaria para la expansión capitalista?

A pesar de la explotación espectacular de la crisis, a medio camino entre la extorsión psicológica del miedo al hundimiento y la ocultación del alcance real del problema y del desconcierto de los gestores del capital, para no desmoralizar demasiado a las masas, de lo que no cabe duda es de que, por ahora, esto no ha hecho más que empezar.

Precisamente, la parálisis con que se enfrenta la situación por parte de quienes ya han comenzado a sufrir las consecuencias inmediatas del descalabro de la economía capitalista, denota un cierto grado de conciencia acerca de lo que ya se nos ha venido encima, ya sea por la vía de no querer reconocer la realidad, ya sea por la vía pragmática de cerrar filas con el capital en su eventual plan de salvación. Es la opción de algunas fracciones de la población asalariada, que están dispuestas a sacrificarse por intentar desesperadamente conservar un puesto de trabajo sin futuro (SEAT en Barcelona). Por otra parte, las movilizaciones simbólicas de estos meses con el lema "la crisis que la paguen ellos", más que revulsivo se revela como expresión misma de la parálisis. De la parálisis ideológica y mental de quienes, a pesar de todo, se resisten a reconocer la naturaleza capitalista del mundo en que vivimos y de la propia condición humana en la sociedad capitalista. Por eso la crisis sólo pueden pagarla quienes producen la riqueza social en la sociedad proletarizada. Y sólo pueden hacerlo de la única forma posible; mediante el aumento de la explotación directa de la fuerza de trabajo y la expropiación de los recursos materiales de subsistencia (desde los recursos naturales y públicos hasta los destinados a la asistencia, en general), agravando las condiciones de vida de las fracciones de la sociedad asalariada más dependientes y precarizadas dentro de la jerarquía de la reproducción social, transfiriendo los fondos de pensiones a las entidades financieras e hipotecando las generaciones futuras a través de la emisión de deuda pública, etc. Banqueros, profesionales de la política, aventureros de las finanzas, empresarios y explotadores de todo tipo, no son más que la actual clase burguesa parasitaria que simplemente se beneficia de la parte de riqueza que expropia al conjunto de la sociedad. Por eso, la demagogia oficial reclama el concurso de todos para hacer frente a la crisis, y por eso también se producen adhesiones y realineamientos de fracciones de la población proletarizada con los gestores del capital (directivos, empresarios, políticos, funcionarios sindicales, etc.) que buscan preservar sus intereses contra el resto de la sociedad empobrecida. Sin embargo, los márgenes de maniobra de esa nueva burguesía emergente tienen sus limitaciones; a saber, las que determinan la propia lógica de la acumulación de capital.

 

En este sentido, queremos llamar la atención sobre unos pocos textos que pueden ayudar a la comprensión de la crisis capitalista como fenómeno inherente a la propia naturaleza de la relación social que es el capital (el régimen asalariado) y sus implicaciones actuales. Se trata de textos que, si bien participan de una misma perspectiva anticapitalista, se complementan o confrontan en ciertos aspectos. Así, en el nº 2 de Etcétera (junio 1984. www.sindominio.net/etcetera), monográfico en memoria de Paul Mattick, se exponen las líneas generales de la teoría de la crisis desde la perspectiva de la crítica de la economía política marxiana, lo que representa un referente conceptual básico en el intento de comprender las causas y manifestaciones de la crisis, así como los límites de las medidas propuestas desde las administraciones públicas.

 

Más cercano en el tiempo, la recopilación de ensayos de Loren Goldner (Nous vivrons la Révolution), realizada por Éditions Ni patrie ni frontières, donde aparecen una serie de aportaciones críticas referidas a la evolución del capitalismo en los últimos años (La crise du dollar et nous, Una pause dans la crise ou l'amorce d'un nouveau boom économique?, Sur le capital fictif, etc.), describen las causas que han conducido a la situación actual y su gestación a lo largo de la última década. Por otra parte, Paul Mattick Jr. a lo largo de sucesivas entregas publicadas en la revista neoyorquina The Brooklyn Rail (las dos primeras publicadas en Échanges et Mouvement), traza las líneas generales de los mecanismos financieros que llevaron a la crisis en los Estados Unidos y el análisis de las medidas adoptadas estableciendo, asimismo, que no se trata de una simple crisis financiera producto de la rapacidad o de la desregulación, sino una consecuencia de la dinámica a largo plazo del capitalismo, lo que ilustra con referencias a la historia norteamericana posterior a la Segunda guerra Mundial.

 

Por último, Karl Heinz Roth en un artículo (Global crisis-Global proletarisation- Counterperspectives) propuesto a debate en el seno del grupo alemán Wildcat (www.wildcat-www.de), lleva a cabo una descripción de la evolución cíclica del capitalismo, estableciendo las diferencias y similitudes de cada una de ellas a lo largo de los s. XIX y XX, para analizar las condiciones actuales de la explotación de la fuerza de trabajo y de la acumulación de capital. En cualquier caso, el texto comentado no se detiene ahí sino que, una vez constatada la imposibilidad de continuación del sistema capitalista, propone un programa de transición hacia el socialismo, basado en una estrategia de intervención práctica a partir de las condiciones sociales inmediatas y que se desmarca de una salida del capitalismo a través de un eventual estallido revolucionario espontáneo. A pesar de algunas imprecisiones conceptuales (como identificar crisis de sobreproducción con crisis de sobreacumulación), el autor tiene el mérito de poner sobre la mesa no sólo la (reiterada) cuestión de qué hacer, sino la de cómo salir del capitalismo en crisis. Si bien toda propuesta de intervención positiva en la realidad social comporta el riesgo de una cierta idealización de los medios y el peligro de reducir la problemática del cambio histórico a una cuestión técnica y organizativa, como tradicionalmente han hecho los programas políticos (ya sean reformistas o revolucionarios), en el caso que nos ocupa, la plataforma reivindicativa del eventual programa de transición es algo digno de ser discutido.

 

En cierto modo, todos los textos mencionados son complementarios a la hora de caracterizar las causas y la posible evolución de las condiciones de crisis en diferentes esferas de la actividad económica y, en un sentido más amplio, de la vida social. Son, en cualquier caso, contribuciones nutridas de abundantes sugerencias e indicaciones para abordar la situación social de crisis en la dimensión real de sus implicaciones, más allá del reduccionismo economicista; algo que intentaremos reflejar en posteriores salidas de Etcétera.

                                                                                                                                                                                            C.V.

 

 

 

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