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       Algunas consideraciones para analizar la actual crisis llamada financiera

1. ¿Qué quieren de nosotros? es quizás una buena pregunta cuando todos los media acuerdan aturdirnos y abrumarnos con insistencia sobre un peligro inminente, sobre una realidad envolvente. En el caso actual, también es una buena pregunta a hacernos dado el ruido mediático sobre la crisis que venimos soportando

Antes de entrar a valorar el alcance de tal crisis, vemos, de momento, las ventajas que el capital saca con este choque informativo-propagandístico (la información ha pasado a ser directamente propaganda) que expande la sensación de crisis. Esta primera sensación recurrente sirve ya para reducir plantillas con menor resistencia obrera; para dejar de pedir aumentos salariales; para aceptar con mayor resignación nuevos recortes en los salarios, más precariedad en las relaciones laborales; etc. En definitiva, una mayor aceptación (resignación) del incremento de la explotación y de la represión. En efecto, la represión selectiva se acentúa una vez conseguida esta aceptación vía propaganda. Aceptación que nos lleva a contemplar resignadamente la gran estafa por la que los diversos Estados del Capital reparten entre esta minoría capitalista, una gran parte del monto del dinero extraído a la mayoría mediante los impuestos.

Los media, al privilegiar el lado espectacular y excepcional de la noticia, al insistir sobre el mal funcionamiento de los gestores del capital financiero, al cargar sobre la corrupción y los corruptos especuladores, dan por justo el mismo sistema que esto produce y sólo se condena su desvío corrupto y especulativo, y se propone como esfuerzo común la vuelta al capital productivo basado en el mérito, en el trabajo bien hecho, en la ética de un capitalismo humano. Pero no es la excepción sino la regla, no es su anormal extravagancia sino su normal comportamiento lo que produce épocas de endurecimiento de la sujeción y la explotación, lo que generaliza la miseria. Es la manera de producir las mercancías mediante la fuerza de trabajo tratada como otra mercancía, que puede comprarse según su valor de cambio y utilizarse según su valor de uso, donde está el secreto a voces de la acumulación capitalista. No hace falta, después de 150 años de escrito El Capital, volver a lo que deberían de ser banalidades de base: el fetichismo de la mercancía, la búsqueda del máximo beneficio, el valor de cambio de las mercancías, único valor que contempla el capital.

Aumentar la resignación y el consenso y dar por insuperable el sistema capitalista en su buen funcionamiento, e involucrarnos en ello, son pues dos objetivos (conseguidos momentáneamente) de la propaganda. En efecto, la propaganda no consiste tanto en difundir unas ideas y hacernos comulgar con ellas, sino en promover una praxis determinada, una ortopraxis, como explica Jacques Ellul en su libro Propagandes. Este logro propagandístico funciona bien para el orden capitalista hasta que la crisis se hace real, cuando aumenta la inactividad y el consiguiente desempleo y la consiguiente disminución de poder adquisitivo y por tanto disminución del consumo. El capital no puede entonces realizar el valor, no puede maximizar la tasa de beneficio.

Esta situación es insostenible para los capitalistas y suele derivar en conflictos y guerras. Entre los currantes, se abre en cambio una oportunidad para pensar el presente y la realidad futura en este sistema capitalista, para ver si nos interesa continuar por este camino de la producción de mercancías, del trabajo y del dinero, dinero que siempre es poco, siempre falta porque ésta es precisamente su esencia.

No se trata de reelaborar un discurso maximalista y tremendista sobre la crisis final del capitalismo, ni de una llamada al militantismo, del que sabemos su error vanguardista. Simplemente aprovechar el momento crítico, o así apercibido, para alargar la discusión sobre la situación a la que nos lleva el modo de vida capitalista; continuar la crítica de este modo de producción; profundizar en la crítica al progreso y al desarrollo técnico, empalmando con las raíces del primer movimiento obrero luddita y sindicalista revolucionario. Sumarse a las múltiples acciones teóricas y prácticas que se llevan a cabo en este sentido anticapitalista: decrecimiento, resistencia a la lógica sindical y empresarial, resistencia a la pauperización, ocupaciones de espacios y edificios, etc. Dar a conocer lo que los media callan: formas de lucha fuera del corsé sindical, fuera de la razón económica. No sumarse a las falacias de los que claman por una vuelta a la economía real, al capitalismo productivo, reforzando el papel del Estado, sino abundar en la crítica de un sistema en crisis, causa de la crisis social de hoy, insistiendo en que no es el mal funcionamiento de la Economía lo que produce la crisis sino la Economía misma.


2. También antes de entrar a valorar la situación actual, describiendo lo que está sucediendo, llámese o no crisis, necesitamos precisar que esta palabra recubre varias realidades según desde donde se mire: crisis energética, crisis ecológica, crisis financiera, crisis sistémica, crisis de un modelo de civilización... Para el capital, en cambio, crisis siempre es crisis de acumulación de beneficios: no poder realizar la plusvalía obtenida en el proceso productivo. Algo que, para Marx, es inherente al modo de producción capitalista y reviene de forma cíclica.

A lo largo de la historia el capital se ha enfrentado a diferentes periodos de crisis, generados por su propia dinámica, que le han obligado a implantar nuevas formas de producción, así como de control y gestión social.

A la crisis de valorización de mediados del siglo XIX, el capital hace frente con una nueva organización del trabajo (OCT), con nuevas fuentes de energía (electricidad, petróleo…) y con el desarrollo de la ciencia. Se busca la máxima producción, el máximo rendimiento de la mano de obra. Crecen las industrias, se extiende la cadena de montaje, se produce la aglomeración obrera en la fábrica. Es el tiempo del obrero-masa y de la centralidad de la fábrica, lo que conocemos como taylorismo y fordismo.

La crisis de los años 30 del siglo XX fue una crisis de sobreproducción. La capacidad productiva superaba con creces la demanda. Este desequilibrio se corrigió primero con la reconstrucción tras la destrucción provocada por la Segunda Guerra Mundial y las posteriores de Corea y Vietnam, y después mediante el impulso de una producción para el consumo público inducida por el propio Estado, con políticas para incentivar la demanda (aumento del gasto público y del empleo público), lo que denominamos keynesianismo, New Deal. Se impone la sociedad de consumo y de desarrollo del sector terciario: los servicios.

La crisis de los años 70 fue una crisis de rentabilidad. La organización productiva era demasiado rígida en las sociedades modernas y el capital necesitaba una mayor flexibilidad en el uso de la mano obra y en los mercados. Se impuso una nueva organización del trabajo, el "Just in Time", que llevó consigo la deslocalización productiva y la dispersión y fragmentación obrera. Lo que conocemos como fordismo disperso o toyotismo.

En los años 80 y 90, a pesar de la gran transformación experimentada por el mundo del trabajo y del mercado, la rentabilidad sigue siendo débil y los capitales tienden a alejarse de la esfera productiva para concentrarse en productos financieros especulativos; también se desplazan del sector terciario (servicios) hacia el sector financiero.

La necesidad de aceleración del proceso de rentabilidad del capital impone la extensión del crédito como único modo de obtener liquidez para las operaciones mercantiles. Empresarios y trabajadores se endeudan con la esperanza de que el crecimiento económico sea constante y les permita hacer frente a sus compromisos así como obtener los ansiados beneficios. Es el gran momento de la banca y de sus empresas financieras que no paran de inventar y consentir operaciones y productos especulativos que se extienden por toda la trama económica mundial.

Así llegamos a la situación actual, a una crisis que se define como financiera y que se basa en la constatación de que el capital financiero en circulación está lejos de tener el valor que representa. A pesar de los esfuerzos para seguir manteniendo la ficción, esta realidad estalla por los puntos más débiles del sistema, por los impagos. Las necesidades de liquidez provocan el cierre del crédito y así se paraliza todo. Sin el crédito _anticipo del beneficio y que por tanto necesita de un futuro_ no funciona la producción. Además, el crédito que ha devenido un objeto de especulación como cualquier otra mercancía y muy útil para superar la barrera al crecimiento que tenía el capital especulativo, se ha convertido en deuda.

A todo ello, como medida de urgencia, los estados nacionales inyectan liquidez, a los grupos financieros (siempre insuficiente), a los propios grupos causantes de la deriva y que se han venido beneficiando hasta ahora de un espacio sin ningún control para sus operaciones de alta rentabilidad.

La congelación del crédito retrae la inversión, lo cual deriva en una disminución de la actividad económica, en la caída de la producción, con el consiguiente aumento masivo del desempleo, y la intensificación de la competencia entre capitales. Se entra en un claro período de recesión.

Todo esto aquí en España tiene su concreción en la explosión de la burbuja inmobiliaria, la principal actividad económica de estos últimos años, el parón de la construcción y las industrias relacionadas. Lo que conduce a un gran aumento del paro, la consiguiente disminución del consumo y el cierre de empresas y negocios. Además, la pérdida de capacidad adquisitiva entre los trabajadores afectará al turismo masivo, la otra única industria importante en el Estado español, perturbada por los propios cambios que se producen en el sector. Desaparece el espejismo de la España moderna, altamente competitiva y en línea con el desarrollo de los principales países europeos.

La crisis en España tiene su razón en la conjunción de la crisis financiera mundial con el desplome de la industria de la construcción, que ha sido el motor de la economía en este país durante los últimos diez años. El sector del ladrillo tenía a principios de 2008 un peso del 17,9 % en el PIB y daba empleo al 13% de la población activa, o el 34 % del PIB si se tiene en cuenta su influencia directa en otros sectores. La especulación inmobiliaria ha sido la causa del hundimiento del sector que es concomitante, desde mediados de 2007, con la crisis hipotecaria estadounidense que ha afectado en España al tener más dificultades para conseguir liquidez, lo que se traduce en menos préstamos a empresas y hogares.

En España además, ha pesado la inflación, superior a la de Europa, pues se ha dado también un fuerte incremento de las materias primas que a su vez ha representado un aumento significativo de los precios, principalmente la alimentación.

Para nosotros la crisis financiera no está en el origen de la crisis económica sino que traduce la crisis de un sistema basado en la producción de mercancías (o servicios) de las que sólo interesa su valor de cambio, siendo la fuerza de trabajo también una mercancía. Es un sistema basado en la explotación de esta fuerza de trabajo, así como de la naturaleza. Restablecer la tasa de beneficio ha pasado siempre por aumentar la explotación del trabajo, la expoliación de la naturaleza y el desarrollo de los mercados. Para ello se han ido imponiendo diferentes modelos de gestión del territorio y de las personas. El control de los mercados, las materias primas y la fuerza de trabajo ha sido estratégico para el desarrollo del capital. El mundo debía irse incorporando a la máquina capitalista ordenadamente para poder garantizar el crecimiento continuo de los beneficios. Las guerras y la miserabilización de grandes zonas han servido para ello.

También han servido las políticas sociales que benefician a los trabajadores excedentes del primer mundo manteniéndoles como consumidores y modelo referencial del bienestar de las sociedades capitalistas.

Los capitalistas lo prueban todo en su carrera por la obtención del máximo beneficio, hacen alianzas o compiten, crean o destruyen riqueza, instalan o cierran empresas. Las estrategias pueden ser variadas pero el fin siempre es el mismo: hacer rentables las operaciones, ya sean productivas, de servicios, mercantiles o especulativas. Sin embargo esta carrera tiene un gran obstáculo que salvar: la contradicción que representa que las fuerzas productivas (los trabajadores) sean, a la vez, los destinatarios de lo producido (los consumidores), en un mundo cada vez más interrelacionado. Así, por esta incapacidad de consumo de la fuerza de trabajo que ve depreciarse continuamente su salario (su valor), se ha llegado a un momento caracterizado por la sobreproducción y la sobreacumulación de capital. Se ha llegado al único sitio al que se podía llegar.

Además, una de las características de la moderna economía capitalista es el complejo entramado económico financiero mundial que hace que los diferentes lobbys nacionales e internacionales compitan entre ellos a la vez que comparten intereses. La caída de unos puede representar un descalabro económico para los demás a la vez que una oportunidad ventajosa en el mercado. La difícil gestión de todo ello también complica, cada vez más, la implantación de reformas al propio modelo capitalista.


3. La situación actual viene marcada por la recesión en los primeros países desarrollados y por el aumento acelerado del desempleo. Desempleo que se prevé en aumento ya que las políticas anticrisis que llevan a cabo los Estados va hacia las ayudas al capital y no hacia el aumento de la masa salarial. Ante ello, las primeras reacciones que vemos por parte de los asalariados es la demanda y exigencia de la continuidad de los puestos de trabajo, y la creación de nuevos; incluso al precio de admitir el endurecimiento de sus condiciones laborales, como son la disminución de su salario y el aumento de la productividad.

Parece existir una "comprensión" hacia las condiciones más difíciles en que se encuentran los administradores del trabajo; así, si al principio, hace unos meses, se hablaba de presuntos responsables de la llamada crisis a los que debería pedírseles responsabilidades, en estos momentos y cada vez más se habla, desde las instancias gubernamentales y mediáticas, de formar un frente común, arrastrando a toda la ciudadanía a un problema que es de "todos". Así es como se invocaba a la patria frente a las guerras de imperio para implicar a todos los ciudadanos y pedirles solidaridad y sacrificio.

Esta situación de desempleo masivo es un buen caldo de cultivo para un discurso populista y xenófobo, y en un momento de inmigración galopante (la población extranjera en España ha pasado de representar el 0,52 % de la población total, en 1981, al 11,3 % en el año 2008, y en los últimos cinco años se duplica, pasando de tres millones a casi seis millones de extranjeros censados). Frente a este problema de "todos" es fácil manipular la demanda de que los puestos de trabajo sean para los originarios de cada nación. El canto a la belleza del mestizaje queda para el exotismo, evidenciando el folklorismo que tenía su encanto. Posiblemente asistiremos a escenas, más o menos edulcoradas, de formas de enaltecimiento del patriotismo.

El trabajo además de ser el principio de la plusvalía y por lo tanto de la acumulación de beneficios tiene también el plusvalor simbólico de ser una de las causas y consecuencia de la dominación. El trabajo es aún una forma de socialización y culturalización en esta sociedad capitalista, y por ello la desaparición de los puestos de trabajo pone en peligro el mismo sistema. Es difícil imaginar a la sociedad disponiendo de dinero pero afrontando el día a día sin trabajo, pues éste ordena la vida, las diferencias, bloquea los deseos y conduce a la sumisión.

También el sindicalismo encuentra en esta situación más espacio para su discurso, mejor terreno para continuar su tarea de sometimiento de los trabajadores a la lógica empresarial de mayor competitividad. Los sindicatos posiblemente asumirán, ganas no les faltan, un nuevo protagonismo; habrá trabajadores que confíen en su interlocución para resistir pérdidas de empleo, y por parte del Estado y mundo empresarial serán diluyentes y parachoques de conflictividad. La crisis del 29 en EEUU sirvió también para el desarrollo y fortalecimiento del sindicalismo. En las grandes huelgas de 1932-1937 contra los recortes salariales había también la reivindicación del reconocimiento de los sindicatos, aunque después sabotearan las iniciativas salidas de las bases.

Para aquellos que pensaban que el Estado ya no sería necesario por cuanto el mismo capital, con sus grandes empresas de beneficios lo supliría gestionando la sociedad, hoy se pone de manifiesto su importancia, no como un ente salvador y arbitro que estaría por encima de la economía como nos lo cuenta la propaganda ideológica, sino como lo que en realidad es una parte muy importante, garante y al servicio del sistema capitalista. Así, según vocea esta propaganda a la sociedad, el sistema financiero y el sistema productivo pueden errar y excederse en sus pretensiones y finalidades, en tanto que el Estado vela por el bien global de la sociedad. Y para aquellos que antes reclamaban la no intervención, ahora se convierte en su tabla de salvación y garantía de continuidad, sin ruptura ni cambios de naturaleza.

También cabe esperar en esta situación de alto índice de desempleo, acciones de los parados, más allá de la reivindicación del puesto de trabajo, tal como lo hemos visto en otras situaciones parecidas. Así, con la crisis del 29, se desarrolló en EE.UU. toda una serie de acciones tendentes primero a sobrevivir en la situación de desempleo _centros autoorganizados de ayuda mutua, formas de trueque y de intercambio, saqueos masivos y organizados de supermercados_ y después, la multiplicación de huelgas contra los recortes salariales que los patronos trataban de imponer, huelgas largas y muy duras, con ocupaciones de los centros de trabajo, que enfrentaba a los huelguistas a la policía, a las milicias patronales y a la guardia nacional. O, más reciente, las acciones que tuvieron lugar en Argentina por parte del movimiento de parados a partir de 1995: los Piqueteros, con su particular forma de lucha, no dentro del espacio fabril sino fuera del lugar de trabajo, impidiendo la circulación viaria. Y también con otras formas de lucha como el hacer funcionar los talleres ellos mismos o la producción orientada a la propia manutención y no a la venta. O más cercano a nosotros, las acciones desarrolladas por el incipiente movimiento de parados en Barcelona al final de los años 90, poniendo la gratuidad como divisa. Así, producir de otra manera (colectivizaciones), producir otras cosas (pensando en el valor de uso y no en el de cambio), la autoorganización, la autoayuda son buenos ejemplos de una actividad posible, que en estos momentos más críticos toman mayor relieve.

Hablamos desde este denominado primer mundo, y dentro de éste, del más cercano que tenemos. Desgraciadamente, estos hechos sociales se extienden también, salvando algunas o bastantes diferencias, a otras regiones: Otra vez Argentina, China, India, etc.

La división del trabajo nos divide, ¿quizás como nunca? No lo sabemos, ni es lo más importante. Pero sí a unos niveles paranoicos como lo confirman de manera real y emblemática los muros físicos que la arquitectura del capital levanta: USA-México, Israel-Palestina, Melilla-Marruecos; en el mismo barrio suní de Azamiya en Bagdad; Pakistán ha empezado la construcción de un muro de defensa a lo largo de la frontera con Afganistán, etc. Y nos divide también al enfrentarnos entre los mismos trabajadores, en el rechazo al otro, al que recientemente se ha desplazado, por fuerza, para buscar trabajo y dinero, aquel que perteneciendo a nuestra misma clase, nos dicen los medios de propaganda que es un ajeno, un competidor y quizás finalmente un contrincante o enemigo a eliminar.

¿Llamarle a todo esto guerra? Quizás sea la palabra más acertada, aunque aquí entre nosotros (la mayoría de los habitantes de los 8 primeros países) suene fuerte, pero de otra forma debe sonar en Irak, Afganistán, India, México, en buena parte de África… en aquellos países, donde el capitalismo se muestra con toda su virulencia haciendo tan profunda como insalvable la brecha que separa la minoría de los muy ricos con la mayoría de los muy pobres, con hambrunas que motivan las recientes revueltas del hambre, y las más de treinta guerras abiertas... y en tantos otros pueblos desposeídos.

4. La crisis hace más evidente la miseria de un sistema que nace marcado con la ambivalencia de desarrollar la riqueza y la miseria al mismo tiempo; un sistema que establece una correlación fatal entre la acumulación de capital y la acumulación de la miseria, de tal forma que la acumulación de riqueza en un polo es acumulación de pobreza, de sufrimiento, de ignorancia, de embrutecimiento, de degradación moral y de esclavitud en el polo opuesto, en el lado de la clase que produce el capital mismo, capital que viene al mundo chorreando sangre y lodo por todos los poros, de la cabeza hasta los pies... así se expresaban los críticos del capitalismo en sus inicios. La misma ambivalencia la encontramos respecto al trabajo: el capital vuelve el trabajo libre, liberándolo de sus antiguas trabas feudales y, al hacerlo, ata al obrero al puesto de trabajo y lo somete a la más férrea disciplina de la organización del trabajo, convertido en mercancía. Así pues, explotación y alienación han ido y van juntas con revolución capitalista y desarrollo de las fuerzas productivas.

Hoy, tal ambivalencia toca techo y estas fuerzas productivas muestran sólo su lado destructivo. La emergencia de lo nuclear, la destrucción sin retorno de la naturaleza, el beneficio como único objetivo de la civilización capitalista, la propaganda como único fin de la información, la miseria creciente en la población mundial... dibujan un estado de barbarie sin que aflore al mismo tiempo en el imaginario colectivo como fuerza social el socialismo. La misma penetración de la lógica capitalista hace que el socialismo, entendido como una sociedad no capitalista, nos parezca como no viable, y a la disyuntiva socialismo o barbarie opone la de capitalismo (ahora reformado) o barbarie.

Este capitalismo reformado, humanizado si cabe, (new deal, sociedad del bienestar...) se instauró (no como un regalo sino a través de un importante ciclo de luchas) en el centro capitalista durante los años 1950 y 1970. Reivindicar hoy una vuelta a aquella situación, que por otra parte aquí en España a penas conocimos, es utópico. Que el Estado intervenga en la regulación del mercado en la perspectiva neokeynesiana; que se refuerce la economía real, productiva; que los sindicatos luchen para mantener los puestos de trabajo; que todos nos esforcemos en salvar un sistema en crisis... ¿tiene sentido? ¿Vale la pena apoyarlo aunque sea críticamente? ¿No es este sistema capitalista, esté o no en crisis, el que pone en crisis la vida de todos? ¿No es esta civilización capitalista la negación de lo que más de humano hay en todos nosotros?

¿Vale la pena sostener un sistema que deja morir de hambre a la mitad de su población; que arranca de sus tierras a sus pobladores en busca de una difícil supervivencia; que aglomera en megaciudades polucionadas y estresantes a la mayor parte de su gente; que traslada a la sequía, a la lluvia o a otras causas naturales el hambre u otras calamidades por él generadas; que destruye la naturaleza...; que enriquece a los ricos y empobrece a los pobres; donde una minoría deciden sobre el destino vital de la humanidad, extendiendo con guerras de rapiña la muerte? Un sistema que diciendo combatir el terror lo expande; que en nombre de la democracia ejerce un control totalitario; que convierte la información en propaganda; que convierte la comunicación y la enseñanza en industria; que convierte la solidaridad en negocio (vía cajas de ahorro, fundaciones, ongs, etc.).

Pero, más allá del discurso ¿qué quiere decir no sostener este sistema? ¿Acaso podemos no sostenerlo? Somos conscientes de la versatilidad del capital y de su capacidad de integración de los diferentes modos de vida, pero siempre podemos intentar la extensión de otros modos de vida. Otro modo de vida que vemos por ejemplo entre los indígenas que discuten por su misma afirmación arcaica la esencia del capital: el afán de lucro, el valor de cambio, la destrucción de la naturaleza, la construcción de un Estado. Otro modo de vida que se intenta con prácticas críticas al desarrollo técnico y al crecimiento; en formas alternativas de intercambio de bienes y servicios sin la mediación del dinero; en reivindicaciones orientadas hacia la gratuidad o hacia una renta básica o un salario doméstico; en distintas formas de trueque, locales, autoorganizadas. Otro modo de vida que se intenta entre nosotros en ateneos, casas ocupadas y asociaciones libertarias; en grupos, gente, individuos que afirman sus ganas de vivir más allá de la supervivencia, que afirman que el sentido de la vida es la vida misma, sin delegarla en otros o dejarla para el futuro. Otro modo de vida, otras relaciones sociales que emergen en todos los Continentes en tantas luchas contra la explotación y la dominación...

¿Qué sentido tiene, más allá de lo poético, esta afirmación genuina de la vida, ante el poder militar, técnico, económico y mediático que nos gobierna? ¿Cómo dejar de ser víctimas de un modo de vida para convertirnos en hacedores de otro modo de vida?

Viejas cuestiones (a las que hemos acudido a lo largo de nuestras discusiones en Etcétera), caminos recorridos (que muchas veces hemos criticado por lo que de alternativo al modo de producción y de vida sin más pretenden), a los que volvemos no tanto para quedarnos en estas prácticas como si fueran la alternativa al capitalismo pero sí como caminos en los que encontrarnos junto a tantos movimientos en contra de la actual forma de vida capitalista.

Cuestiones que sólo tienen respuesta en la calle, en la vida diaria, y no en la TV, es decir, no en el discurso oficial y mediático que nos transmiten tantos intelectuales, artistas, programadores, voceros todos ellos de una mentira anclada en la propaganda, y a partir de la cual vemos el mundo. Es en la calle (no en la TV) que aprendemos que las empresas no vienen a crear puestos de trabajo para nuestro bienestar sino a enriquecerse y, si no lo consiguen, se van; o que los bancos no están para dejarnos dinero sino para llevárselo: pedirles otra cosa es como pedirle peras al olmo. Es en la calle que aprendemos formas de resistir, que vemos y compartimos formas de crear: grupos de música, de poesía, de creación en general, más allá de lo que la TV dictamina como poesía, arte o creación. Es en la calle que se desarrolla otra vida que el poder mediático, económico y político, que el poder del Estado no logra silenciar.

 

 

Etcétera          

                                              

 

 

 

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