ÍNDICE

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Hemos recibido...

 

Emmet Grogan: Ringolevio, Una vida vivida a tumba abierta. Editorial Pepitas de calabaza. Logroño, 2017.

Hemos recibido este relato —mitad autoinventado, mitad autobiográfico— años y años esperado en su versión en castellano, tras ser prohibido por el franquismo y editado en México, pero en versión censurada. El título responde al nombre que los chavales de las despiadadas calles del Nueva York pobre daban al típico juego de policías y ladrones con sendas cárceles marcadas con tiza a ambos cabos de una calle, un juego más para pelear que para jugar. Su autor, neoyorquino de origen irlandés, se crió en estas calles, se enganchó a la heroína antes de la adolescencia y tras cuatro años de dura supervivencia entre yonkis, camellos, mafias y polis consiguió desengancharse y obtener una beca para cursar estudios en un colegio para gente pija. Allí descubrió el abismo de clase que separaba a la gente de su barrio de la gente de su cole. Allí decidió aplicar la justicia redistributiva y, aprovechando unas vacaciones, vació los joyeros y las cajas fuertes de las casas de sus colegas ricos entre los que gozaba de gran prestigio por su habilidad en el baloncesto, su inteligencia y un éxito arrollador entre las chicas. Con el botín se largó a Europa. Viajó por Francia, Alemania, Italia e Irlanda donde, en busca de sus orígenes, acabó contactando con el IRA. Durante este largo periplo hizo amistades, leyó desde Maquiavelo a Ginsberg, visionó cientos de películas y empezó a escribir para algunos periódicos de Dublín y revistas estudiantiles. En noviembre del año 1965 regresó a EEUU y se instaló en San Francisco, no sin antes librarse del alistamiento militar, haciéndose pasar por loco con la ayuda de anfetaminas de alto voltaje

En San Francisco se incorporó al convulso y variopinto movimiento de protesta estadounidense contra la discriminación racial, la guerra del Vietnam, y la hipócrita mojigatería moral reinante, impuesta a una generación de jóvenes más dispuesta al amor que a la guerra y al trabajo.

En el barrio Haigt-Ashbury, junto a Peter Coyote y otros miembros de la San Francisco Mime Troupe —activistas del «teatro de guerrilla»— y con el movimiento contracultural libertario Digger1, se implicó en crear un red urbana conocida como Free City Collective, Free Family y Free Stores. Se trataba «de poner en marcha algo que produjera lo suficiente como para poder compartirlo. El Dinero no era una solución…» Los Diggers, o —como diríamos hoy— las Drigges, ellas fueron las más currantes y perseverantes en ofrecer comida gratuita diariamente a la comunidad durante tres años: «Buen guiso caliente, tomates maduros, fruta fresca. Es gratis porqué es vuestra». Los ingredientes se obtenían de diversas formas, entre las que no excluía el asalto a furgonetas de reparto, las donaciones en especie eran bien recibidas, no así el dinero; «cuando los donantes ofrecían billetes, aceptaban los billetes, encendían una cerilla y los quemaban para diversión de los que comían» Era su forma de simbolizar lo que sentían y lo que creían. La experiencia de la comida gratis se consolidó y el concepto de gratuidad y trueque se expandió entre la comunidad y se extendió en otras ciudades con desigual fortuna. Huelga decir que en este período el autor sufrió diversas detenciones y enfrentamientos con la policía.

Pero fue con los voceros del movimiento hippie del «flower power» y especialmente con los organizadores del «Summer flower» con quienes tuvo mayores enfrentamientos dialécticos y por el control del espacio urbano invadido por miles de jóvenes atraídos por los nuevos aires californianos y bien dirigidos por el nuevo y floreciente mercado de los hippies y los yippies encabezados por Timoty Leary y Abbie Hoffman, respectivamente. Grogan detectó de inmediato la crisis de inmigración que ello generaba y como se materializaba en la especulación urbana, encareciendo los alquileres y provocando la desposesión de viviendas en los barrios puestos de moda por los hippies. El libro refleja con abundante aporte de panfletos, manifiestos, artículos, poemas y anécdotas la intensidad de este debate y la lucha desigual que los Diggers tuvieron que librar, entre dos fuegos, acosados por el sistema y por los mercanchifles de las neoutopías al mismo tiempo. También aparecen en escena cantidad de artistas, intelectuales y activistas con quienes el autor estableció contacto a lo largo de su periplo. Los Diggers organizaron multitudinarios conciertos gratuitos. Janis Joplin fue una incondicional colaboradora suya. Como no podía ser de otra forma, Grogan descubrió el LSD y escribió reflexiones muy lúcidas acerca de esta sustancia.

La prensa, los medios de comunicación y algunos partidos políticos, de izquierda principalmente, se interesaron y especularon con el fenómeno Diggers. Al principio les calificaron como un Ejército de Salvación, una banda de trabajadores sociales sin títulos surgida entre los hippies de Haight Ashbury. Los autoproclamados pesos pesados de la Nueva Izquierda les calificaban despreciativamente como políticamente inoperantes e inocentes. Emmet eludió entrar en polémica con estos políticos, evitando darse a conocer en los medios.

Precisamente, una máxima en toda su trayectoria activista e intentó mantenerse en el anonimato de puertas a fuera de su gente. Tuvo la intuición de que la popularidad de un líder es la tumba del movimiento, carnaza para periodistas y políticos. Sin embargo, no rehuyó asistir a convenciones y foros de debate entre activistas próximos en los que defendió abiertamente sus acciones o provocó desmesuradamente al auditorio.

En 1968 los Diggers se disuelven y Grogan regresa a Nueva York donde se reencuentra con la heroína enfrentándose a su propia experiencia de adolescente. Intenta controlar su adicción y recurre a la metadona que fabrica un amigo suyo. Reparte metadona gratuitamente entre los yonkies. Inicia la escritura de su biografía y participa en la edición de los «Diggers Papers», una revista libre, ninguno de sus artículos tenía derechos de autor, e incluía entre sus páginas información en forma de poemas y una manual de uso para construir ciudades libres.

En las últimas páginas del libro relata su corta pero intensa relación con Bob Dylan, quién tras su muerte le dedicó su álbum Street Legal. También describe y opina sobre la crisis del Black Panthers Party y decide dedicarse a combatir los efectos del «abandono urbano». Partiendo de la base de que en la ciudad de Nueva York cada año se abandonan entre treinta y cuarenta mil espacios urbanos, hizo un llamamiento a todos los hípsters vagabundos para que ocuparan las viviendas abandonadas de Bronswille, un barrio de Brooklyn.

En el libro no hay constancia de como resultó este último intento de combatir el urbanismo capitalista. Al año siguiente de publicar su novela, Emmet fue hallado muerto por infarto en el metro de Nueva York, provocado por abuso de heroína, a los 35 años.

 

 

 

Mariano Royo: 20 Novelas del siglo XX. La condición humana en la mejor literatura del siglo. (574 páginas) Ed. Cultiva Libros, 2016.

¿Comentar un libro de comentarios de libros? No es ese exactamente el ejercicio que sigue. Por poco que te adentres en la lectura de esas casi 600 páginas, en la crítica literaria de esas 20 novelas, queda claro que el libro que tenemos entre manos escapa a la crítica literaria para, sin dejarla, adentrarse en un ensayo filosófico. No es que la crítica literaria propuesta sea simplemente el pretexto para vestir su propio pensamiento, pero sí que a través de esta crítica el autor va desplegando su pensamiento, va dando curso a las ideas que, con el paso del tiempo, le han perseguido y le persiguen.

El libro empieza en su solapa con un autorretrato. Autorretrato que se agradece pues orienta y facilita su lectura. Con cuatro trazos marca su pretensión: importancia del tiempo sobre el espacio, «creo que es más importante haber habitado un tiempo que un país»; tiempo habitado por la guerra, por las guerras; recorrido por la crisis de valores, por la crisis de los grandes relatos, de las grandes verdades, «la ciencia se ha adueñado de la verdad».

La primera obra comentada es Hojas de Yerba, del estadounidense Walt Whitman, que no es ni novela ni del siglo XX, pero que en continuidad con el autorretrato referido, ayuda a trazar los rasgos mayores que el autor desplegará a lo largo de sus comentarios. «Walt Whitman, desde el otro lado del océano, había indicado el camino a Europa. Su obra es lo decisivo, y no sólo en términos literarios. En realidad está abordando la política, las formas de gobierno, lo que significa ser homo sapiens en la modernidad, o en qué consiste la bondad, la ética, la estética, incluso la espiritualidad.»

Y entramos en los comentarios a esas 19 novelas del siglo XX. Cada libro es presentado, su autor, su contexto, dentro de un marco conceptual y literario amplio, casi erudito, sin serlo, pero sí profuso en su contextualización histórica, social, filosófica…, comentarios de un filósofo. Los temas clave que transitan por esos comentarios: la condición humana, el problema del mal, el paso del tiempo (la durée de Bergson), la centralidad del yo, el individualismo y la solidaridad (no hay uno sin la otra, «la solidaridad sin individualismo es populismo»).

Para acabar las cuatro pinceladas que orienten y estimulen la lectura apunto el nombre de los autores de esas novelas. Proust, Unamuno, Joyce, Thomas Mann, Huxley, Saint-Exupéry, Graham Greene, Faulkner, Borges, Kazantzakis, Becket, Marguerite Yourcenar, Steinbeck, Rulfo, Joan Sales, Camus, Doris Lessing, García Márquez, Vargas Llosa.

La elección de las novelas, por qué unas y no otras, por qué no algunas: La Metamorfosis de Kafka, Bajo el Volcan de Lowvy, El hombre sin atributos de Musil… No es por descuido, salen en los comentarios. Elegir es descartar y Mariano Royo ha elegido esas 19 novelas que le han marcado y sin querer pero forzosamente ha descartado otras. ¿Un nuevo libro?

 

 

Comotto, Agustín. «155. Simón Radowitzky». Editorial Nórdica, Cómic. 270 páginas; 22x28 cm. Madrid 2016.

La mañana del 14 de noviembre de 1909, después de asistir al entierro de un alto funcionario de prisiones, el coronel Ramón L. Falcón y su secretario Alberto Lartigau, subieron a la parte de atrás de su carruaje y abandonaron el cementerio de la Recoleta. Cuando el milord enfilaba la avenida Callao, un joven, casi un adolescente de apenas 18 años, se acercó a la carrera y arrojó en la parte posterior del coche una bomba de fabricación casera. El jefe de la policía de Buenos Aires y su ayudante no saldrán vivos del atentado, el chofer y el caballo resultarán ilesos.

El joven que ejecutó el atentado corre, después de la explosión, hacia la avenida Alvear tratando de alejarse del lugar donde realizó su acción y de los policías y militares que le persiguen. Acorralado, se refugia en una obra, saca un revolver y se dispara en el pecho; quedará tendido en el suelo herido, pero no de gravedad. Como no lleva documentación y se niega a identificarse, durante horas nadie sabrá su identidad; esta incertidumbre hace que el presidente de la república decrete el estado de sitio. Finalmente, se sabrá que el autor del eficaz atentado es Simón Radowitzky, un ucraniano proveniente de los territorios de la Rusia zarista que había llegado a Argentina, apenas un año antes, en la primavera de 1908 y que es militante anarquista, afiliado a la Federación Obrera Regional Argentina. Si ha tenido algún colaborador para fabricar la bomba o realizar el hecho, es una cosa que no se sabrá, de su boca jamás salió un nombre.

La carrera del coronel Falcón fue siniestra, participó, a las órdenes del general Roca, en lo que los militares llaman la campaña del Desierto (1878-1885), donde el ejército argentino masacró y asesinó a los pueblos originarios para apoderarse de sus tierras, la amplísima región que los mapuches denominaban Puelmapu y se extendía entre la Pampa y la Patagonia. En 1906, fue designado jefe de la policía de Buenos Aires. En 1907, en pleno invierno austral, inició una campaña de hostigamiento y desalojos masivos de aquellos inquilinos que se habían sumado a la huelga de alquileres, en protesta por su incremento abusivo. El 1º de Mayo de 1909, dirigió personalmente la represión contra la masiva manifestación de la FORA en la plaza Lorea, ocho obreros fueron asesinados y 105 heridos. A continuación, reprimió a tiros las inmensas columnas de más de 60.000 obreros que portaban y acompañaban los féretros hacia el cementerio de la Chacarita, lo que dio lugar a la llamada Semana Roja: se calcula que más de 80 obreros fueron asesinados en estos enfrentamientos y durante la huelga general.

Simón Radowitzky nació en una aldea de Ucrania, en una familia obrera de origen judío, pero debido a los progrom de los cosacos rusos deben abandonarla y trasladarse a la ciudad de Ekaterinoslav, actualmente Dinipropetrovsk. A los 10 años, empezó a trabajar como aprendiz de herrero y al mismo tiempo que aprendía el oficio se inició en el anarquismo. Con 14 años, trabajó en una empresa metalúrgica, donde se inició en la lucha obrera. En una manifestación, exigiendo la reducción de la jornada laboral, fue herido por el sable de un cosaco, la convalecencia duro seis meses y después fue encarcelado por primera vez.

En la revolución de 1905, era un miembro activo y segundo secretario del soviet de su empresa y debido a sus actividades revolucionarias, fue perseguido y tuvo que exiliarse a la Argentina.

En marzo de 1908, Simón llega a la Argentina y rápidamente empezará a trabajar y entrará en contacto con los círculos anarquistas. El 1 de Mayo de 1909, como otros miles de obreros, asistió a la manifestación de la plaza Lorea y fue testigo del asesinato de sus compañeros y de la brutalidad de la policía, comandada personalmente por el coronel Falcón, en esta jornada y durante la Semana Roja. Las cargas de la policía argentina le recordaban los progroms y los asesinatos de los cosacos rusos. Entonces tomó una determinación: hacer justicia, ejecutar al responsable de tantos crímenes y el 14 de noviembre cumplirá su propósito.

Detenido, fue juzgado y condenado a cadena perpetua, no fue condenado a muerte porque su tío, el rabino Moishe Radowitzky, pudo presentar un certificado de nacimiento que demostraba que Simón no tenía aún 18 años en el momento que llevó a cabo su acción. Pero la venganza del Estado será terrible para Simón, fue encerrado en el penal de Usuhaia, en la Isla Grande de Tierra de Fuego, donde pasó 22 años siendo el preso 155, sometido a las más brutales vejaciones, torturado, sometido a palizas sistemáticas y a inmensos periodos de aislamiento, no se le permitía leer y se le daba solo media ración de comida. Sin embargo, Simón resistió, incluso el 7 de noviembre de 1918 logró fugarse de la cárcel del fin del mundo por la puerta, disfrazado de carcelero; cinco días después fue nuevamente detenido y pasó dos años en una celda de aislamiento.

El movimiento anarquista, los obreros de Argentina y del mundo no olvidaron a Simón Radowitzky y las campañas de solidaridad, de denuncia de su situación, de la crueldad carcelaria y a favor de su liberación se sucedieron sin interrupción. Finalmente, el 22 de Abril de 1930, fue puesto en libertad y deportado al Uruguay, donde pudo recuperarse de la tuberculosis, pero donde también fue encarcelado gubernativamente. En 1936, en plena revolución, llegó a Barcelona y combatió en las columnas anarquistas del frente de Aragón, como su salud estaba resentida, la CNT le aconsejó que centrase sus energías en el área cultural. En 1939, poco antes de la entrada del ejército franquista en Barcelona, participó en el traslado de los archivos de la CNT a Ámsterdam. En Francia, fue encerrado en el campo de concentración de Saint Cyprien, de donde logró escapar y exiliarse a México con el nombre de Raúl Gómez Saavedra. Con este nombre vivirá, trabajando en una fábrica de juguetes del Distrito Federal, hasta su muerte en 1956.

Todo esto y mucho más nos lo narra Agustín Comotto, autor del guión y del dibujo, de manera clara y detallada, en esta voluminosa y destacada obra narrativa gráfica. El curso de la historia se inicia en el penal de Usuhahia, donde el preso 155, Simón Radowitzky, en el aislamiento de una estrecha, angosta y oscura celda, recuerda y evoca, desde su niñez y los progroms de los cosacos rusos, hasta la represión de la policía argentina y la ejecución de Falcón. Se muestran las torturas y palizas de los carceleros, su fuga, la solidaridad internacional, su libertad, su estancia en Uruguay, su paso por la revolución española y su vida en México DF. Todo ello llevado con un excelente pulso narrativo y gran nitidez. El dibujo resuelto con solvencia y efectividad, es ágil de trazo y de forma, con un acertado dominio de los negros y los grises, solo rotos por rasgos y manchas en rojo que aún los realzan más. Las páginas están bien trabajadas: la división de las viñetas y la combinación de sus distintos tamaños, el uso de diferentes planos y perspectivas, ayudan de manera eficiente al desarrollo de la narración. Estamos ante una obra altamente recomendable en su conjunto.

Para saber más, además de este excelente comic, se puede leer a Agustín Souchy, que esbozaría en 1956 una semblanza de Simón en «Una vida por un ideal». A Osvaldo Bayer: «Simón Radowitzky ¿mártir o asesino?» (1967). A Alejandro Martí: «Simón Radowitzky. Del atentado a Falcón a la Guerra Civil española», editorial de la Campana, 2011. Sin olvidar la película-documental de Ronaldo Goldman y Julián Troksberg, que cuenta con la colaboración de Osvaldo Bayer, «Simón, hijo del pueblo» (2013) y que se puede ver en la red.

 

 

Júlio Henriques Alucinar o estrume (Alucinar el estiércol)*, dibujos de José Miguel Gervásio. Editorial Antígona, Lisboa, enero de 2017.

El libro recoge, entre otros, una serie de relatos aparecidos previamente en diversas publicaciones (O Gorgulho, edición Portuguesa de Le Monde diplomatique, etc.) hilvanados en torno a la figura del naturalista Estêvao Vao y su periplo por las montañas y aldeas del interior portugués, e intercalados con las ilustraciones de J.M. Gervásio. Las regiones del interior de Portugal, como las del resto peninsular, han sido condenadas por la dinámica modernizadora del país al despoblamiento, la modernización de las explotaciones agropecuarias y la no menos problemática reconversión hacia el turismo rural. Tal es la situación que se encuentra el protagonista del relato, lo que da pie al autor, Júlio Henriques, para proceder a una aguda descripción y reflexión del impacto de la modernidad sobre la vida rural portuguesa en vías de transformación hacia una mercancía para el consumidor urbano y la industria (caza, ocio y figurantes de cinematografía).

El texto destila cierta melancolía acerca de una ruralidad que se extingue ahogada en el absurdo, la estupidez y la brutalidad que acompañan a la modernidad (progreso), de manera que el conjunto sintetiza la doble dimensión del ensayo y del relato literario. Sin embargo, no es un libro triste, pues el distanciamiento irónico unido a una técnica narrativa realista —fantástica, en ocasiones— pone un contrapunto que evita la mera deriva nostálgica.

Con todo, el recorrido de Estevâo Vao describe un universo complejo, plural y contradictorio, incluidas las iniciativas de repoblación (neorrurales) y sus peculiaridades que el autor refleja con cuidada prosa. El recurso a los términos de la jerga tecnocrática subraya la descripción objetiva del absurdo cotidiano (de onde vem o leite, por ejemplo) que acompaña la reconversión de la vida aldeana en producto burocratizadoy aséptico (Aldeias sem estrume); se concreta en el neolatifundista verborreico, «personalidad firmemente neurótica y posmoderna» (Herdade-Modelo).

En este sentido, Alucinar no estrume es una incisiva —y literariamente bella— pincelada de ese interior portugués en transformación/desaparición que ya no es más que una caricatura en forma de huerto urbano promocionado por las administraciones municipales. En el último capítulo (Finale: Dodó), el autor, que hasta entonces había ido detrás de Estêvao Vao, emerge con su propia voz para introducir una reflexión a propósito de las ceremoniosas formas de trato en Portugal —país de doctores— que remata la obra con una guinda satírica.

 

 

Watkins, Peter, La crisis de los medios, 279 páginas. Logroño 2017.

No cabe duda que los descubrimientos e inventos científico-técnicos han supuesto un avance extraordinario en el progreso humano. No obstante, deberíamos observar detenidamente que estos logros han supuesto al mismo tiempo una dependencia cada vez mayor del ser humano a los mismos.

Uno de estos avances técnicos —en el sector de la información— significó en su momento un progreso extraordinario en el acceso a la cultura y una puerta abierta de par en par a la transformación de la sociedad: la imprenta. De hecho, el llamado Renacimiento en los siglos XV-XVI hubiera sido inconcebible sin este invento, al menos en la extensión y profundidad que llegó a alcanzar gracias a la profusión de libros impresos.

No obstante, este sector —el de la información— es el que mejor se presta a un estudio sobre las manipulaciones del poder (económico, político y social). De hecho, el periodismo ha representado siempre una actividad que se prestaba de manera casi natural a la corrupción, sobornada constantemente por el poder político. De todos es conocido el llamado fondo de reptiles, destinado a pagar a los periodistas que se prestaran a manipular las noticias en beneficio del gobierno de turno.

Muy temprano se alzaron las voces de intelectuales, literatos y artistas contra esta descarada manipulación. Balzac en Las ilusiones perdidas, afirmaba: «El periodismo es un infierno, un abismo de iniquidades, de mentiras y traiciones, que no se puede atravesar y del que no se puede salir puro, a no ser protegido, como Dante, por el divino laurel de Virgilio».

Y Max Nordau en Las mentiras convencionales de nuestra civilización, sentenciaba: «Es vano buscar los orígenes del poder de la prensa; los gobiernos lo intentaron cuando la prensa empezó a atribuirse la representación de la opinión pública, y no hallando solución satisfactoria, optaron por perseguirla o dominarla. La multitud, opuesta por instinto a la conducta de sus gobernantes, ha reclamado constantemente la libertad de la prensa».

Si de la propaganda escrita pasamos a los actuales artilugios audiovisuales, la manipulación crece exponencialmente y es este aspecto el que Peter Watkins denuncia en su libro, Media Crisis; pero es necesario señalar que estas denuncias ya las estaba manifestando desde los años sesenta del siglo pasado y aunque él mismo reconoce que también utilizó la Monoforma en algunas de sus realizaciones: «Al principio, también yo hacía uso de la Monoforma en mis películas [y] aunque no era todavía consciente de la existencia de la Monoforma, ya trataba, sin embargo de cuestionar el concepto de «realidad» documental e intentaba que mis películas parecieran documentales filmados en vivo».

Para Peter Watkin, «la Monoforma es el dispositivo narrativo interno (montaje, estructura narrativa, etcétera) que utilizan la televisión y el cine comercial para presentar sus mensajes. Se trata del bombardeo de imágenes y sonidos, altamente comprimido y editado a un ritmo acelerado, que compone la estructura, en apariencia fluida pero sumamente fragmentada, que tan bien conocemos todos».

Esta actitud crítica de Watkins hacia los medios audiovisuales, le costó verse excluido por todos aquellos que intentaban mantener sus prácticas manipuladoras. De hecho su segunda realización para la BBC —después del documental Coulloden (1964) que significó un éxito clamoroso para la cadena británica de televisión— The War Game (La Bomba, en castellano), realizada un año más tarde, fue censurada por la cadena e incluso intentó prohibir durante veinte años su emisión en todo el mundo. Esta película analizaba las consecuencias que podría tener un ataque nuclear en Gran Bretaña.

La profundidad de su crítica y su experiencia personal con diferentes medios de difusión de masas hace que prevea un futuro apocalíptico, llegando a asegurar que, «por decirlo en pocas palabras, la relación de los MMA [Medios de Masa Audiovisuales] americanos con Washington es ahora mismo idéntica a la que tenía la maquinaria propagandística de Goebbels con la cancillería del Reich en Berlín y con el partido nazi».

Lo que Watkins y otros muchos realizadores pretenden es que en la comunicación tenga también una participación destacada del público al que va dirigida la información o el entretenimiento, es decir, que se consiga una comunicación fluida en ambas direcciones y no un bombardeo constante, que convierte necesariamente al público al que se dirige en zombies, a los cuales se les impide, por todos los medios de manipulación posibles, una seria reflexión y discusión sobre los medios de comunicación. De ahí que el público en general se haya convertido en cómplice necesario de dicha manipulación al no hacer nada o muy poco por impedirlo.

Watkins no es el único realizador que ha criticado a los medios, tanto televisivos como fílmicos, pero sí que es quien con más contundencia lo ha expresado en este libro que apareció en inglés en la página web del autor y pronto fue traducido al francés, publicado en una editorial canadiense y reeditado de nuevo en francés por una editorial francesa. Ahora la editorial Pepitas de Calabaza de Logroño, siempre atenta a publicar aquellas obras más críticas con la realidad político-social ha decidido publicarla en castellano, añadiendo las últimas aportaciones a la obra.

El libro se completa con una serie de apéndices en los que el autor muestra algunos detalles de la manipulación de los medios, demostrando por otro lado que éste es un fenómeno global y que todos los países, especialmente los que pertenecen al primer mundo, que es el que más experiencia tiene en este campo, lo practican de forma sistemática.

Se ha incluido también una completa cronología en la que se siguen las actividades desplegadas por Watkins a lo largo de su vida y que esperamos que pueda seguir en su crítica demoledora hacia los medios, aunque sólo sea a través de su página web: http://pwatkins.mnsi.net.

 

 

Mumford, Lewis, La ciudad en la historia, Logroño, Pepitas de Calabaza, 2012, 1.159 páginas

Nos da la impresión de que la editorial Pepitas de Calabaza de Logroño se ha propuesto publicar los mejores ensayos de Mumford, lo cual resulta cuando menos sorprendente. Hasta ahora sólo se había publicado en castellano en este país Técnica y civilización y nos causa perplejidad que ninguna de las editoriales monopolísticas, que poseen unos recursos ilimitados, se haya atrevido con este autor de sobrado y reconocido prestigio. ¿A qué sería debido? ¿Es quizá un autor incómodo, que cuestiona muchas de las verdades admitidas socialmente? Es un auténtico misterio.

Es por ello que sinceramente nos congratulamos que una editorial con menos proyección que un cinexin, haya desplegado esta potente luz que pone a nuestro alcance unas obras que abren un amplio horizonte en la investigación del urbanismo, la técnica y el poder, junto a otras muchas investigaciones tanto o más interesantes.

Últimamente ha puesto a disposición de los lectores interesados La Ciudad en la Historia. Un encantador, ilustrativo y monumental estudio sobre la evolución de la urbe, desde sus remotos y difuminados orígenes (la caverna) hasta la actualidad: «A decir verdad, en un sentido, la ciudad de los muertos es la precursora y casi el núcleo, de toda ciudad viva. La vida urbana cubre el espacio histórico que se extiende entre el más rudimentario cementerio del hombre de la aurora y el cementerio final, la necrópolis, en que una civilización tras otra han encontrado su fin».

Excelente investigación sobre los fundamentos de las primeras ciudades, como son los rituales que ya se iniciaron cuando nuestros antepasados habitaban en cuevas, a las que seguían acudiendo aún después de construir las primeras aldeas: «la caverna le dio al hombre primitivo su primera concepción del espacio arquitectónico, su primer atisbo del poder de un recinto amurallado como medio para intensificar la receptividad espiritual y la exaltación emotiva. La cámara pintada en el interior de una montaña prefigura la tumba de la pirámide egipcia, que, en realidad, es una montaña de factura humana, deliberadamente imitativa».

La primera edición en castellano de esta obra se publicó en Buenos Aires en 1966 y nos da la impresión que este primer ensayo fue un intento de asentar sus investigaciones en torno a la ciudad sobre una base sólida lo cual le permitió posteriormente modificar algunos aspectos de este primer intento, al mismo tiempo que extendía su investigación a los huecos que había dejado en su primera redacción, pero esto lo explica mejor el autor al comienzo de la obra, al mismo tiempo que advierte que sus investigaciones se han limitado al área que mejor conoce, es decir, occidente. El resultado es, en la práctica, un estudio sobre la evolución de la humanidad desde la perspectiva de la evolución urbana.

Por otro lado, Mumford trata de desentrañar cuáles podrían ser las formas de la ciudad que humanizaran a sus habitantes y sobre todo si ello es todavía posible, es decir, si todavía se podría crear un equilibrio entre la ciudad y el campo en lugar de expandir la ciudad traspasando todos los límites humanos. Es quizá por ello que Mumford dedica al análisis de la ciudad medieval un amplio espacio en su investigación, siguiendo en parte las directrices de Pedro Kropotkin, un gran conocedor de la materia; pero para lograrlo sería necesario descentralizar los órganos de poder del territorio excesivamente concentrado en las grandes metrópolis.

Si no nos falla la memoria, el historiador inglés Arnold J. Toynbee, en su monumental Estudio de la Historia, dijo que la ciudades-estado italianas del renacimiento fueron el crisol o el laboratorio donde se fundieron las ideas que darían lugar a los Estados-nación europeos y nosotros por nuestra parte pensamos que la primitiva ciudad fue el crisol o el laboratorio donde se fundieron las ideas de una ciudad universal, pero Mumford lo expresa de forma mucho más brillante cuando afirma que «este libro comienza con una ciudad que era, simbólicamente, un mundo; termina con un mundo que se ha convertido, en muchos aspectos prácticos, en una ciudad».

Esperamos que la editorial Pepitas de Calabaza nos siga ofreciendo nuevas aportaciones de este genial investigador llamado Lewis Mumford.

 

 

Gold, Michel: Judíos sin Dinero (Una historia del Lower East Side). Dirección única, 2015.

Itzok Isaac Granich (1894-1967), verdadero nombre del autor, fue un ferviente miembro del Partido Comunista de EE.UU. y siguió con admiración la evolución de la Rusia de Stalin.

Fue un buen amigo de John Reed de cuya relación emanó una rica simbiosis literaria. El libro, uno de los pocos que Gold escribió, es una auténtica joya literaria dentro de la llamada «literatura proletaria».

Judío e hijo de emigrantes húngaros nació al poco de haber desembarcado sus padres en América. En esta autobiografía novelada pero de cruel realismo, narra los primeros años de su infancia y primera juventud. El fracaso de su padre en distintos trabajos se vio acompañado por una salud rota por un serio accidente laboral de aquél; una mísera alimentación los acompañó día a día en un sórdido Manhattan integrado por multitud de parias de medio mundo. Este escenario configura una geografía en la que los Gold permanecen excluidos permanentemente. La vida del autor y la de sus dos hermanos menores se desarrolla en la calle, testimonio y escuela de una violencia que presenciarán a cada paso y de la que en buena parte serán partícipes para no desaparecer y poder subsistir. Su madre será puntal y bálsamo familiar en un núcleo machacado por la pobreza; mujer fuerte, religiosa, dotada de una gran sociabilidad, a su entorno aglutina las lágrimas de muchas otras familias vecinas a las que intenta contagiar la esperanza, una y mil veces, de una vida posible mejor.

Más tarde, el autor conocerá los escritos de Marx y Bakunin. Periodista, con sus artículos será un incesante luchador por la emancipación de los trabajadores y cuando llegará a las puertas de la Primera Guerra Mundial proclamará y pedirá la no injerencia de los trabajadores en la contienda, lo cual le llevará al exilio en México.

A su vuelta en 1920 prosigue la lucha, con la convicción de que el mundo será de los trabajadores que deben desconfiar de los intelectuales que los quieren aconsejar y dirigir.

El libro había sido editado en España a principios de los años 30 por Cénit. Ochenta años después de nuevo podemos disfrutar de una lectura que se mantiene fresca y desgraciadamente actual.

 

 

Virus Editorial. Colección Libèl.lula. Barcelona. editorial@viruseditorial.net http://www.viruseditorial.net/editorial/

La editorial Virus —porque el lenguaje es un virus— lleva 28 años publicando y distribuyendo libros. La inició en 1991 un colectivo de compañeros en el Lokal, en la calle la Cera 1 bis. Posteriormente y a medida que crecía se trasladó a la calle Aurora y actualmente, con casi 200 títulos en su catalogo, se encuentra en la calle Junta de Comerç 18, siempre en el Raval de Barcelona.

De sus varias colecciones: Acracia, Crónica, Ensayo, Memoria, Folletos, Hojas de hierba... nos queremos fijar en la más reciente, Libèl.lula que nos presenta los libros en un original formato apaisado, en forma rectangular, de 17 cm. de ancho por 11’7 cm. de alto, combinando el texto con unas ilustraciones esmeradamente escogidas. Hasta el momento, esta colección lleva publicados cuatro títulos: el primero, Fay Dulcino y Margarita. Mesianismo igualitario y resistencia montañesa, del escritor y poeta piamontés Tavo Burat (1932-2009), con ilustraciones del Jardín de las delicias de El Bosco. Nos detalla en sus 216 páginas la historia de la rebelión y la lucha de los Hermanos Apostólicos, grupo milenarista inspirado por Fay Dulcino o Dulcino de Novara (1250-1307) y su compañera Margarita di Trento. El movimiento dulciniano recorrió parte de la península italiana a partir de 1303, de Bolonia, Padua, Riva de Garda, Plasencia, Vicencia y Trento y acabó aliándose con los montañeses de Valsesia. Enfrentados, para proteger y hacer posible su modelo de organización comunitaria, tanto al poder secular como al del Vaticano y la religión. Con un movimiento que llegó a tener alrededor de diez mil miembros, los dulcinianos se enfrentaron a las tropas de Roma, hasta ser acorralados, en 1307, en el monte Rubello por el ejército de la iglesia y los nobles.

El segundo libro, también de marzo del 2016, es El derecho a la pereza, publicado en 1883 por Paul Lafargue; el autor hace una defensa del sueño de la abundancia y el goce, de la liberación de la esclavitud del trabajo. Contrariamente a la idea reivindicativa de partidos y sindicatos, que es aún común en la actualidad, en el Derecho al trabajo Lafargue contrapone el Derecho a la pereza. Así escribe: Una extraña locura se ha apoderado de las clases obreras de los países en que reina la civilización capitalista. Esa locura es responsable de las miserias individuales y sociales que, desde hace dos siglos, torturan a la triste humanidad. Esa locura es el amor al trabajo, la pasión moribunda del trabajo, que llega hasta el agotamiento de las fuerzas vitales del individuo y de su prole (pág. 12). En la sociedad capitalista, el trabajo es la causa de toda degeneración intelectual, de toda deformación orgánica (pág. 13). Nuestro siglo —dicen— es el siglo del trabajo. En efecto, es el siglo del dolor, de la miseria y de la corrupción. (pág. 27). A este clásico, le acompañan las ilustraciones de Pilar Sánchez.

El siguiente libro es también otro clásico, El discurso de la servidumbre voluntaria, escrito por un joven Étienne de La Boétie (1530-1563). La primera razón de la servidumbre voluntaria es la costumbre; es la costumbre la que consigue hacernos tragar sin repugnancia su amargo veneno; estas frases fueron escritas en el siglo XVI, por Étienne de La Boétie, joven magistrado del Parlamento de Burdeos y amigo íntimo de Michel de Montaigne, en el que podemos considerar como el texto fundacional de la crítica antiautoritaria sobre el poder. El texto va acompañado por un extenso apéndice donde se recogen los comentarios a esta obra de autores contemporáneos como Pierre Clastres, Simone Weil, Andrée May o Santi Soler; además de una introducción y una detallada bibliografía. El libro, de 220 páginas, cuenta con las ilustraciones del dibujante Nono K.

Finalmente, el último libro hasta ahora es La guerra social, escrito por André Léo (1824-1900), seudónimo de Victoire Béra, escritora, activista feminista y miembro de la Asociación. Internacional de los Trabajadores (AIT). André Léo, una de las mujeres más destacadas de la Comuna de París y estrecha compañera de Louise Michel, es un personaje poco conocido en nuestras latitudes aunque su trayectoria resulta de un interés indudable. Novelista, periodista y activista política, no sólo se enfrentó al machismo imperante en su época sino que también lo hizo sin complejos dentro de los ambientes izquierdistas. En La guerra social ofrece su testimonio directo sobre la experiencia de la Comuna, los últimos días de resistencia y la represión posterior a la derrota, describiendo con una honestidad electrizante los logros y los errores de la revolución de 1871. Las ilustraciones son obra de Alhama Molina.

Estamos ante unos libros que combinan un bello continente con un interesante contenido. Esperamos los próximos títulos.

 

 

Flauta de Luz. Boletín de topografía, Potalegre (Portugal), nº 4, abril 2017

Cuarta entrega de este importante y sugestivo boletín topográfico: forma y contenido se aúnan para propiciar esta entrega. Difícil lo tendrá el número 5 para aguantar el nivel.

Las 250 páginas de esta Flauta de Luz, en su lectura, van arrojando poesía, poesías, historias, ensayo, fotos, pinturas, ilustraciones, memorias, verdades (sin pretenderlo) sobre la cuestión india, sobre la cuestión colonial, la cuestión campesina, cuestión de la liberación animal, sobre medios audiovisuales, cine, deporte, economía política, capitalismo, psicopatías, surrealismo, turismo, distopías, migraciones… Cuestiones diversas aunque recorridas todas ellas por un mismo hilo conductor que parte del interés de proporcionar elementos para la comprensión y destrucción de este mundo que nos habita y que habitamos.

La aparente dispersión de tan amplio registro temático no es tal pues todas las entradas están aunadas por un mismo punto de vista crítico. Todas estas cuestiones, organizadas por bloques temáticos y asaltadas frecuentemente por pinturas y poemas, están recorridas por la crítica al progreso, por la crítica al fenómeno técnico, por la crítica a un mundo técnico y capitalista, absurdo, que destruye la naturaleza y que destruye a la misma humanidad. Recorridas por consideraciones sobre la crisis (terminal) del modo de civilización capitalista hoy.

Recorridas también por propuestas y acciones a favor de la vida, por la necesaria vuelta a la tierra, por la abolición de las relaciones despóticas y la construcción de sociedades humanas de iguales, y por la atención a las nuevas formas de socialización que emergen desde el apoyo mutuo, la solidaridad, la igualdad.

 

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