ÍNDICE

 

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Correspondencia

 

Desde Francia: Descarrío

Fue al volver de la escuela, francesa, laica y republicana, a los 8 años, cuando descubrí que yo era musulmán. La maestra nos había hablado de las guerras de religión, de la noche de San Bartolomé1 y del conflicto entre protestantes y católicos. Pregunté a mi padre en qué lado estábamos nosotros y me dijo que ni en uno ni en otro. Aprendí que el islam era la única y la verdadera religión y que solo los musulmanes tenían acceso al paraíso. Aprendí también en esta ocasión que había judíos y paganos que creían en una multitud de dioses de nombres rarísimos.

Volví a jugar a mis soldaditos, y al día siguiente pude decir a mis compañeros de clase que yo no era ni católico ni protestante, aunque creo que eso les daba exactamente igual, y, en verdad, a mi también. En Francia, en esa época, en los años 1960, los musulmanes eran casi invisibles, las mujeres musulmanas solo cuando llovía se ponían el fular, y las mujeres no musulmanas hacían lo mismo, o sea que no se notaba la diferencia. Mi padre escuchaba Radio El Cairo («la voz de la Revolución árabe», aún tengo el jingle en la memoria), en onda corta; la emisión chisporroteaba y era preciso mover la antena sin parar en todos los sentidos: se captaban los inflamables discursos de Nasser y las melopeas de Oum Kalthoum. La guerra de los Seis Días y la derrota de las tropas árabes ante Israel habían traumatizado a mis padres. En los cafés árabes de los suburbios se veían scopitones de colores llamativos con cantantes argelinos que contaban los dolores del exilio, que mis padres sentían visceralmente, sin imaginar que una de esas canciones se convertiría en un hit de finales de los años 1990.

Para mí, el hecho de ser musulmán consistía en no comer cerdo en la cantina, y para mis padres, ayunar durante el ramadán, esto era todo. Aún me acuerdo de la charcutería que había camino de la escuela y del apetecible olor que desprendía, y yo pensaba que era bien estúpido renunciar a gustarlo. Envidiaba a mis amigos que iban a catequesis y al patronazgo de los curas, pues parecían pasarlo muy bien. Después me contaron los regalos que recibieron en su primera comunión, o por su bar-mitsva2. Nada tuve yo por mi circuncisión, o en todo caso no lo recordaba. A pesar de todo, mis padres, por Navidad, nos regalaban juguetes, y una vez, la maestra, que debía ser de izquierdas, me dio el conejo que adornaba la clase y lo instalamos en casa con los otros adornos y nos pusimos muy contentos mi hermana y yo.

Los domingos por la mañana mi  padre me llevaba con él al café donde se encontraba con sus amigos ante el pastis y jugaba a las apuestas: yo sabía que tanto el alcohol como los juegos de azar estaban prohibidos por el Corán, pero ni mi padre ni sus amigos parecían preocuparse por ello e incluso lo pasaban la mar de bien. Una vez hubo algo que me chocó: mi padre se había juntado con sus amigos en la taberna y alzaron los vasos de vino tinto para festejar el fin del ramadán. Lo que preocupaba a mis padres eran, más que nada, las dificultades del día a día, y no era ciertamente la religión la que nos iba a permitir tener un piso decente. En casa había, es cierto, un ejemplar del Corán, pero había también un diccionario de medicina, L’Humanité, La Vie ouvrière (mi padre militaba en la CGT), y France-Soir para las apuestas.

Aprendí la profesión de fe «no hay más dios que Alá y Mahoma es su profeta»­, que recitaba de noche cuando en la oscuridad tenía miedo, y creía en un único y omnisciente dios que velaba por mí y me guiaba en este mundo más bien caótico…, obra de este mismo dios en quien reside la perfección. Todo esto empezaba a embrollarse, más aún cuando en la escuela aprendí que el mundo no se creó en seis días, que Adán y Eva no eran más que leyendas, etcétera, etcétera.

Los únicos momentos en que me sumergía en una atmósfera religiosa era durante las vacaciones en nuestro país. Mi abuela materna nos acogía escupiendo en nuestras caras para apartar de nosotros los malos espíritus. Con los años y con el avance de las ideas higienistas y también a causa de nuestras caras de asco, reemplazó los escupitajos por un soplo de aire igualmente eficaz contra estos inmundos pequeños genios. La abuela siempre llevaba encima un montón de fragantes amuletos, quemaba incienso continuamente, viniera o no viniera a pelo, y lanzaba «hechizos» a quienes le molestaban. Su mundo estaba lleno de seres legendarios: cada día se dirigía a los ancestros de la familia, como si realmente allí estuvieran, a su lado, y les dedicaba un culto sincero y naif. Tenía la costumbre de ir al cementerio para invocar el espíritu de una antepasada, encima de cuya tumba antaño había sido erigida una modesta cúpula blanqueada a la cal. Allí, encendía velas, vertía aceite y harina, y cantaba viejas letanías olvidadas por los demás miembros de la familia. Un día, poco después de la «revolución» de los mollahs en Irán, que marcó en todo el mundo musulmán el retorno a un islam más riguroso, los notables del pueblo reunidos en cónclave decidieron hacer destruir aquella cúpula que juzgaban no conforme a la ortodoxia musulmana. Mi abuela no se vino abajo: bajo las ruinas de la cúpula trazó un círculo de piedras y continuó sus rituales para disgusto de los bien-pensantes. Yo prefería de lejos estas leyendas a los textos ortodoxos. Mezcla de superstición y  de poesía me arrastraban muy lejos de mi vida cotidiana desencantada y materialista. Todavía hoy siento una gran ternura, impregnada de nostalgia, por los recuerdos que me han dejado las mujeres y los hombres de la generación de mis abuelos, cuyas creencias y modo de vida se han perdido para siempre.

A los 16 años, escuchando una emisión en France Culture dedicada a Al-Hallaj, místico crucificado en Bagdad en el siglo X por sus declaraciones consideradas heréticas, descubrí el sufismo. Leí algunos libros dedicados al camino sufí, y tuve mi pequeña crisis mística, que duró varios meses y se desvaneció desde mi  primera mona. Me gustaban las clases de filosofía, en ellas aprendí la duda, el espíritu crítico, la libertad de pensamiento, todo lo cual era incompatible con la religión. Mi frágil religiosidad se tambaleaba ante aquellas contradicciones, así que evitaba confrontarme a ellas. Luego, la fidelidad a mi familia, la sensación de estar cuarteado entre dos culturas que creía incompatibles, con la falsa idea de estar a la defensiva, hicieron que continuase llamándome musulmán, sin prácticas  y sin sólidas convicciones. Un día, un taxista tunecino que me llevaba a Orly, de donde salía el vuelo hacia mi pueblo, me dijo, sin rodeos, que él se había vuelto ateo, que había rechazado el islam y se sentía la mar de bien. Esta afirmación me perturbó, me molestó y me hizo sentir incómodo: no estaba dispuesto a aceptarla sin poder rechazarla definitivamente. La duda se había instalado en mí.

Durante el verano de 1984 fuimos en familia de vacaciones a nuestro país: era la primera vez que festejábamos el Aid al Kebir, que aquel año caía durante las vacaciones de verano. En la vigilia de la fiesta principal pedí a mi padre que me despertara para poder ir con él a la gran plegaria del Aid en la mezquita, que se hacía muy temprano. Nunca había ido allí con él. Cuando me levanté mi padre ya había salido y a su regreso le pregunté por qué no me había avisado: me contestó que al verme aún dormido no quiso despertarme, que estaba de vacaciones y tenía todo el derecho de reposar. Mis primos, si tenían la desgracia de estar aún dormidos a la hora del oficio eran brutalmente sacados de la cama por su padre. La ternura que me demostró mi padre aquel día, su tolerancia y su escasa fe me emocionan, más si pienso que ya no tuve otra ocasión de festejar el Aid al Kebir con él: la enfermedad se lo llevó unos meses más tarde. Paradójicamente, quizás arraiga allí mi itinerario hacia el ateísmo.

Sobre los techos de las casas del pueblo de mis abuelos empezaron a florecer las antenas parabólicas. Al lado de los videoclips de las cantantes y bombones europeas con minifalda que avivaban las frustraciones de la juventud, en las cadenas de Medio Oriente se colaban los barbudos predicadores que destilaban su veneno integrista a lo largo de toda la jornada. Cada vez se veían más barbas y velos, las mezquitas se llenaban y aumentaban un poco por todo el país. Resumiendo: el ambiente se volvía deletéreo. Lo mismo sucedía en París, donde ese discurso encontraba un terreno propicio: futuro sin salida, desempleo, despecho y frustración hacen las delicias de curas y de imanes de cualquier pelaje.

Poco a poco mi pequeño barniz religioso se resquebrajaba, mis amigos eran en su mayoría no creyentes y nuestras aspiraciones nos llevaban a querer cambiar la sociedad y a vivir nuestros deseos tan libres como fuera posible, sabiendo que eran limitados por las sujeciones materiales y sociales. Así pues, no era cuestión de añadir una nueva sujeción, la religiosa.  A medida que me hacía mayor, cada vez estaba más seguro de mi identidad: acepté del todo mi parte francesa. Hice mía la herencia de Rabelais y de Diderot al lado de Ibn Khaldoun y de Omar Khayyam; pasaba sin problema de Oum Kalthoum a Georges Brassens, de la música árabe-andaluza a las melodías de Schubert. Y gracias a Khomeini solté amarras definitivamente.

La fetua del barbudo contra Salman Rushdie me permitió afirmar claramente mi ateísmo, mi rechazo a cualquier forma de opresión, también la religiosa. Aunque nunca me sentí obligado por mi familia, que jamás me impuso práctica alguna (rezos, ayuno…), me sentí liberado como si me hubiera quitado un peso de encima. No tuve el sentimiento de haber traicionado a nadie: guardé hacia los míos la misma afección y el mismo reconocimiento por los orígenes de mis padres.

Pude leer más tarde testimonios de ex musulmanes; algunos rompieron no solamente con la religión, sino también con sus orígenes, colocándose en el campo «occidental» contra el campo «oriental», reforzando de este modo, conscientemente o no, a los que quieren escamotear la lucha de clases y reemplazarla por el pretendido choque de civilizaciones. Otros decían que habían roto al ver la violencia, muy real,  de los textos coránicos y de la tradición musulmana. ¿Quiere esto decir que si esos textos fueran un camino de rosas no se hubieran descolgado? La religión es un instrumento de poder, y las circunstancias históricas del origen del islam son un ejemplo perfecto de ello; todo instrumento de poder se basa en la coerción y en la violencia. Sé por aprendizaje, y no por creencia, que el destino del hombre es el que él mismo se forja, mediante sus deseos y sus luchas, en asociación con sus semejantes y sus iguales, contra cualquier forma de servidumbre y de adoctrinamiento; que no hay otro mundo que este y nos toca hacerlo vivible a fin de que ningún profeta, ningún guía supremo venga a prometernos sus quimeras a cambio de una fe ciega y la dimisión del pensamiento.

Cuando estoy ante la tumba de mi padre, entre los dos olivos que escogió para su último reposo, me doy cuenta del camino que he recorrido y que él había iniciado. Le estaré siempre agradecido.

 

Moriel, 2016

 

Apostilla

Escribí este texto en 2008 como respuesta a una encuesta sobre los motivos y el recorrido de personas ateas procedentes de familias musulmanas. Cuando podía creerse que la cuestión religiosa estaba, si no resuelta, al menos devuelta a la esfera privada, fuera del campo social, asistimos, de hecho, a su retorno ruidoso en los debates y en la actualidad. La crispación en torno a la cuestión de la islamofobia, que no escatiman los medos libertarios, con las acusaciones de racismo hacia las críticas del islam, añaden leña a la confusión ambiental. Tal confusión es hábilmente mantenida por una cierta extrema izquierda, la cual, con el pretexto de luchar contra la situación de exclusión y de relegación de las poblaciones salidas de la inmigración, no dudan en manipular los conceptos más criticables, como los de «raza» y de «identidad». Tales discursos, si bien no llegan a movilizar a las poblaciones que están en el blanco (habitantes de barrios populares procedentes de la inmigración) tan masivamente como lo desean sus instigadores, llegan no obstante a tener un eco mediático y a crear divisiones y disensiones que vienen a fragilizar todavía más un ambiente, el de extrema izquierda y libertario, ya muy debilitado desde hace unos buenos treinta años, por la ofensiva capitalista.

No siendo más que una condición necesaria, y no suficiente, el ateísmo aquí reivindicado ha acompañado siempre las luchas de emancipación de la clase obrera. Pensemos en la Comuna de París o en la revolución española, entre otras… Acabar con la alienación religiosa es indisociable del proyecto revolucionario. Reafirmar ahora esta evidencia anclándola en la memoria de las luchas pasadas y en la perspectiva de la emancipación social e individual, es más que nunca necesario. – M.

 

 

Desde Bélgica: Por qué no voto

El año pasado, mi hija pequeña, al volver de la escuela, me dijo: «Estoy mosqueada. Me han explicado que votar es un deber. Pero tú no votas. Dime por qué.»

Entonces tenía buenos argumentos, hoy los tengo aún mejores.

Hubo un tiempo en el que las ideas políticas eran importantes a los ojos de los ciudadanos y determinaban su elección electoral. Había una clara frontera entre derecha e izquierda, entre progresistas y conservadores. Pero ya en aquella época quedaba claro que los avances sociales se conquistaban en la calle, con revueltas, huelgas y manifestaciones. Los tribunos y los parlamentarios socialistas y «comunistas» se atribuían el mérito y se aprovechaban para ejercer su ascendente sobre las masas. Sin la determinación de los movimientos reivindicativos no se hubiera logrado ni la reducción de la jornada de trabajo, ni las vacaciones pagadas, ni el derecho a la sanidad, ni el seguro de desempleo, ni otras ventajas que las mafias multinacionales se están cargando con la ayuda de los gobiernos de izquierda y de derecha.

Muy pronto asistimos a una burocratización del movimiento obrero. Partidos y sindicatos se preocuparon más por aumentar su poder que por defender a un proletariado que hasta los años 1960 se defendía bien él solo. El rojo devino rosa y la rosa se deshojó. Al tiempo que el reformismo socialdemócrata se disipaba, la impostura del movimiento llamado comunista se hundía con la implosión del imperio estalinista, dejando el campo libre a una verdadera operación de colonización de masas. La emergencia y el predominio de una economía de consumo vinieron a contrabalancear oportunamente los efectos fastidiosos de una descolonización que, tras larga lucha, los pueblos del tercer mundo habían conseguido.

Denunciado en Mayo del 1968 el mito de la sociedad del bienestar, propagado por el consumismo, se muda hoy y acompaña en su quiebra al capitalismo financiero cuya burbuja especulativa explota y revela a nuestro alrededor el vacío cavado por el dinero loco, por el dinero empleado a reproducirse en circuito cerrado (no sin que, de paso, se llenen los bolsillos los mafiosos negociantes y políticos quienes una vez reelegidos van a predicar la austeridad.

Mientras tanto, el supermercado se convierte en el modelo de la democracia: se elige libremente cualquier producto a condición de pagarlo a la salida. Lo que para la economía y sus aprovechados es importante es hacer consumir lo que sea a fin de aumentar la cifra de negocios. En el clientelismo político que hoy hace estragos, las ideas no son a penas más importantes que un anuncio publicitario. Para el candidato lo que cuenta es aumentar su clientela electoral a fin de llevar sus negocios al cenit de sus intereses egoístas.

Que una asamblea de ciudadanos elija a unos delegados para defender sus reivindicaciones, les dé el mandato de representarlos y les pida pasar cuentas del éxito o del fracaso de su gestión, constituye una auténtica democracia. Pero cómo van a representarme los que estafan al bien público, los que se sirven de las tasas y de los impuestos de los asalariados y pequeños trabajadores autónomos para poner a flote las malversaciones de los banksters, los que gestionan, menospreciando a los pacientes, los hospitales como empresas a rentabilizar, los que privilegian la enseñanza concentracionaria y construyen prisiones y centros cerrados en lugar de multiplicar pequeñas escuelas, los que sostienen las mafias agroalimenticias que desnaturalizan los alimentos, los que deterioran los sectores prioritarios (metalurgia, textil, vivienda, correos, transporte, fábricas de vidrio, fábricas de bienes útiles a la sociedad).

Lo que prima, desde la extrema izquierda a la extrema derecha, es la búsqueda de una clientela, el poder, la mentira, la impostura y la ficción. Es el desprecio del imbécil que mea su confianza en las urnas sin pensar en la viruela del desencanto que, volviéndole mezquino y lleno de una ciega rabia, le dispondrá a la barbarie del cada uno por sí y del todos contra todos.

Pero, diréis, no todos los políticos son corruptos, no todos utilizan el dinero del contribuyente en viajes de negocios, en gastos de representación, en malversaciones diversas. Algunos son honestos y naif. Seguramente, pero estos no están mucho tiempo en la arena. Mientras, sirven de biombo  a los sedientos de poder, a los enfermos de la autoridad, a los gestores de la farsa electoral, a los promotores de una imagen de marca que muestran por todas partes sin sentido del ridículo.

Que nadie se engañe: por más que la democracia parlamentaria se pudra sobre el terreno, no propongo ni suprimirla ni tolerarla por más tiempo como mal menor. No quiero ni el «¡Cierra el pico!» ni el «¡Di lo que quieras!» Quiero que la política recobre su primer sentido: el arte de administrar la ciudad. Quiero que una democracia directa emane no de ciudadanos cornudos y apaleados y contentos, sino de hombres y mujeres preocupados de promover por todas partes la solidaridad y el progreso humano.

Cuando las colectividades locales actuando globalmente –a la manera de federaciones internacionales-  decidan autogestionarse, y examinen:

- Cómo favorecer la puesta en marcha de formas de energía gratuita para uso de todos.

- Cómo constituir una cooperativa de inversión para financiar la construcción.

- Cómo poner en práctica la gestión colectiva de un fondo de inversión constituido por una participación financiera que hiciera posible el rechazo de las pequeñas y medianas rentas de pagar las tasas y los impuestos deducidos por el Estado-bankster.

- Cómo generalizar la ocupación de empresas y su gestión por sus trabajadores.

- Cómo organizar una producción local destinada al consumo de las colectividades locales y federadas, a fin de escapar al despilfarro del mercado y asegurar poco a poco la gratuidad de los bienes indispensables, que vuelva el dinero obsoleto. (¡No habléis de utopía¡ Lo llevaron a cabo en 1936 las colectivizaciones libertarias de Cataluña y de Aragón antes de ser liquidadas por los comunistas.)

- Cómo propagar la idea y la práctica de esta gratuidad que es la única arma absoluta contra el sistema mercantil.

- Cómo favorecer la propagación de las granjas biológicas y su penetración en las ciudades.

- Cómo multiplicar pequeñas unidades escolares de proximidad, donde sean desterradas las nociones de competición y de depredación. ¿Utópico? No. En México, en San Cristóbal de las Casas, la universidad de la Tierra propone una formación gratuita en los ámbitos más diversos (a demás de las materias tradicionales: talleres de zapatería, de mecánica, de electrónica, de metalurgia, de física, de agricultura natural, de arte culinario, de música, de pintura, etc.) La única cualidad requerida es el deseo de aprender. No hay diplomas, pero se espera «de los que saben» que comuniquen sus conocimientos gratuitamente y por todas partes.

- Cómo dotar las colectividades de centros de salud donde los primeros cuidados puedan asegurarse con la ayuda de médicos de pueblo y de barrio.

- Cómo organizar una red de transportes gratuitos  y no contaminantes.

- Cómo poner en práctica una solidaridad activa a favor de infantes, viejos, enfermos, discapacitados, personas con problemas mentales.

- Cómo poner en práctica talleres de creación abiertos a todo el mundo.

- Cómo reconvertir los supermercados en almacenes donde los productos útiles y agradables sean objeto de trueque o de intercambio de servicios a fin de favorecer la desaparición del dinero y del poder.

Entonces sí votaría. ¡Apasionadamente!

 

Raoul Vaneigem

 

 

 

Desde Cuba: Cuba en el ojo del huracán

El 4 de octubre de 2016, el huracán Matthew llegó a la punta este de Cuba después de haber asolado la zona oeste de Haití. Durante interminables horas se ensañó sobre este extremo olvidado de la isla. Cuando finalmente prosiguió su camino hacia las Bahamas y Florida, dejó completamente devastada la pequeña ciudad colonial de Baracoa y de igual o peor manera los pueblos de sus alrededores, sin electricidad ni contacto con el exterior durante un tiempo más o menos largo, dependiendo del lugar. No obstante, no apareció ninguna noticia en los medios de comunicación… A pesar de que la fuerza fue la misma, los estragos fueron menos graves en Cuba que en Haití1 y, lo que es más importante, no hubo que deplorar ninguna víctima. Podemos preguntarnos porqué los media, tan locuaces cuando se trata de Haití, se olvidaron de Cuba y, sobre todo, cómo se explica una diferencia tan grande en las consecuencias de la catástrofe.

Dos meses después del paso de Matthew, viajé hacia aquellos lugares: a Baracoa y a un pequeño pueblo a una veintena de kilómetros. Al encontrarme con la gente, el primer tema de conversación fue el ciclón. Dónde estaban, cómo lo vivieron, los desperfectos sufridos, las ayudas que recibirán del gobierno, cuando llegará su módulo2 y lo que ha cambiado después del ciclón… Sin embargo, más de una vez tuve que oír que lo mejor que le ha podido suceder a Baracoa después de la Revolución ha sido el ciclón Matthew. Difícil de entender cuando fuimos testigos de su progresión y de los desperfectos que ocasionó. Y sin embargo…

El principal motivo por el que podemos decir que Baracoa ha sacado provecho del ciclón reside en la publicidad que le han dado los media nacionales. En Cuba, la región de Oriente (la zona este de la isla) es la más atrasada y más pobre, siendo Baracoa la zona más desfavorecida de esta región. No se hablaba de ella. Allí no llegaba gran cosa excepto un turismo tranquilo y respetuoso seducido por el entorno natural y la apacible belleza de la pequeña ciudad. Sin embargo, las imágenes de la catástrofe suscitaron una amplia corriente de solidaridad nacional y los medios puestos a disposición para ayudar a la recuperación de la región fueron muy importantes, mucho más importantes y puestos a su servicio más rápidamente que lo hicieron después del paso del ciclón Sandy en Santiago, en octubre de 2012. El gobierno realizó un llamamiento general y desde todos los rincones del país brigadas de gente se pusieron en marcha hacia Baracoa para retirar los escombros e iniciar las tareas de reconstrucción, el ejército en primer lugar, pero también las compañías nacionales de teléfonos y electricidad, ambulancias, equipos médicos y trabajadores de obras públicas. De repente, Baracoa se convierte en una ciudad de la que se habla y de la que no se puede hablar sin tener en cuenta el grado de pobreza en el que vive una parte de su población (el mismo Raúl Castro confesó verse sorprendido por esta situación cuando visitó la región). La ayuda a los damnificados del ciclón se convierte al mismo tiempo en un impulso para la mejora de las condiciones de vida de la zona siniestrada. Familias que vivían en condiciones más que precarias ven como se les presenta una ocasión inesperada para arreglar sus viviendas. Se les ofrecen, además —de manera gratuita o a mitad de precio dependiendo de su situación social— utensilios de uso cotidiano —filtros de agua, sábanas, colchones, cazuelas, hornillos eléctricos que nunca hubieran soñado poseer. El recubrimiento del suelo con hormigón y la instalación de depósitos de agua estaban considerados desde hacía tiempo prioritarios para la mejora de las viviendas, pero hasta este momento el estado no había encontrado los medios para conceder esta ayuda. Ahora el cemento necesario para pavimentar el suelo y colocar cisternas se entrega junto con los materiales de construcción necesarios para la reparación de los estragos ocasionados por el ciclón. Mucha gente sencilla valora estos efectos y se olvidan casi de los malos ratos pasados el pasado mes de octubre.

Evidentemente que no todo el mundo ha salido ganando. Algunos, por ejemplo, han perdido la casa que acababan de construir y deben devolver el préstamo que habían solicitado y, en el campo, la situación de los campesinos es dramática. En el pueblo que conozco, por ejemplo, las plantaciones de cacao se encuentran completamente destruidas; se ha perdido la cosecha de este año y no es seguro que pueda haberla los próximos dado que los cacaotales tienen sus raíces al descubierto y los grandes árboles que les daban sombra no han resistido al huracán. Lo mismo sucede con el café. En las plantaciones de cocoteros el suelo está cubierto de enormes troncos entrecruzados y es muy difícil encontrar un coco para saciar la sed. La poca fruta que queda (algunas naranjas y mandarinas) hay que disputárselas a los murciélagos y a los pájaros-carpintero cuando el pueblo impresionaba por la diversidad y abundancia de su producción frutera. Parece que el estado estaba dispuesto a acordar un crédito para la recuperación y otro para la plantación a devolver en un plazo de diez años, pero por el instante no es más que un rumor. De momento no hay trabajo remunerado en el pueblo e incluso la cría de cerdos, que aporta un importante complemento a las familias, se ve complicada por la falta de comida.

Por otro lado, se puede observar por doquier el comienzo de importantes trabajos de infraestructura. Los proyectos se hallaban ya diseñados, pero las arcas públicas estaban vacías, lo que no es el caso en la actualidad. Por lo menos por lo que respecta a Baracoa. En el pueblo que conozco, por ejemplo, se está sustituyendo el principal conducto de agua de hierro fundido que lleva el agua del pantano a las casas, por grandes tuberías de polietileno de gran densidad. Cada casa estará conectada a él, mientras que ahora la tubería que trae el agua es a menudo compartida por varias casas o simplemente no está conectada. Corre también el rumor de que arreglarán la vía de acceso al pueblo que en la actualidad es de tierra y llena de baches producidos por las lluvias. También se habla de una nueva carretera entre Guantánamo y Baracoa y del arreglo de la que une Moa con Baracoa. Se puede soñar… Pero sí que he visto que la carretera que lleva de Baracoa a la punta de Maisí está en fase de construcción, con gran utilización de dinamita, aunque esta ruta servirá para que los turistas, una vez construido el aeropuerto de Maisí, puedan recorrer la región de Baracoa. También me ha sorprendido enormemente encontrar Baracoa mucho más flamante que en mi anterior viaje con los edificios del centro (evidentemente turísticos) recién pintados. Algunos lugares, como la Casa de la Trova, han aprovechado la ocasión para iniciar trabajos de renovación interior y ampliarse. Las redes de telefonía e internet se han visto mejoradas en muchos sitios. Evidentemente, una desgracia puede traer cosas buenas…

Los desperfectos materiales son importantes pero, como ya he dicho, no hay que deplorar ninguna víctima humana mientras que en Haití se pueden contar más de un millar. Una de las principales causas de la diferencia reside en la llegada nocturna del ciclón, pero esto no obvia que el Gobierno aprendió del paso del desastroso ciclón Flora3 en setiembre de 1963, poco después de la Revolución. La información, las medidas de prevención y la organización de las ayudas son, desde entonces, más eficaces. Desde la televisión, que está prácticamente presente en todos los hogares, se ha hecho un seguimiento al momento de Matthew y se han repetido sin descanso las medidas de precaución: reforzar puertas y ventanas, dejar la casa y refugiarse en una construcción sólida, acumular agua y comida, mantenerse lejos de la orilla, no tocar los cables caídos, etc. Se organizaron brigadas para proteger los edificios públicos (escuelas, almacenes estatales, dispensarios) consolidando tejados y cortando árboles que podían caerse encima, para desmontar líneas telefónicas y eléctricas y, principalmente, para evacuar a la población de las zonas de riesgo. Hubo también que vaciar los almacenes estatales para lo que todo el mudo tuvo que ir a recoger los víveres4 a los que les daba derecho su «libreta». Aquí no se discuten las órdenes: o se acatan o se cumplen a la fuerza. Las evacuaciones se hacen voluntariamente o por la fuerza. La autoridad y la disciplina reinan por todos lados incitando de manera automática a la inventiva y al fraude. Sin querer elogiar al estado cubano (como a ningún otro), hay que reconocerle una eficacia real en una situación de urgencia como ha significado el paso de un huracán. De entrada en cuanto a la información y a la prevención como acabo de comentar, pero también en la ayuda de urgencia y, en cierta medida, en la reparación de los desperfectos sufridos. Las personas evacuadas fueron alojadas en edificios públicos o militares, alimentadas y médicamente asistidas, algunas de ellas todavía están allí. Durante el ciclón los bomberos y la policía estaban al pie del cañón y han salvado varias vidas. A los turistas se les condujo a un complejo turístico en una zona segura.

Si la intervención del estado dio sus resultados, hay que decir que la ayuda más rápida y la más eficaz vino de parte de la misma población. Las medidas de prevención no le son extrañas: en mi último contacto telefónico con el pueblo, dos días antes de la llegada del ciclón, solo se oían lamentos y golpes de martillo. Una vez la casa bien protegida, hubo que buscar un abrigo seguro. Aquí no hay problemas de pillaje,» el estado tiene el ojo echado». Los que no fueron evacuados se refugiaron en casa de conocidos que tenían una casa con techo de hormigón o en edificios públicos de obra. En la cima de la colina, donde los camiones del ejército no pueden llegar, las familias se refugiaron en un refugio anti-ciclón, un «vara-en-tierra», una construcción tradicional de madera, muy baja cuyo techo de palma llega hasta el suelo. De madrugada la mayoría de ellos volvieron a sus casas y al trabajo. En el pueblo que conozco, que no fue uno de los más afectados al estar protegido por el relieve y la abundante vegetación, cada uno se puso a arreglar su casa para, por lo menos, tener una parte seca donde poder habitar. Los vecinos se ayudaron entre ellos de manera muy rápida, los hombres se organizaron para realizar las reparaciones necesarias para que llegara el agua y la electricidad. De esta manera, aunque estuvieron sin línea telefónica durante casi un mes, no tuvieron problemas con el abastecimiento de agua y pudieron reutilizar parte de la instalación eléctrica bastante antes de la llegada de las brigadas de socorro. Como dice Frédéric Thomas en su libro sobre Haití5, nunca se habla lo suficiente del trabajo y de la solidaridad de los propios siniestrados que son los primeros en reaccionar y a ayudarse unos a otros. Además, ni Cuba ni Haití se hallaban ante su primera situación difícil. Los habitantes han adquirido una experiencia valiosa, mejor adaptada, sin lugar a dudas, a la de los equipos humanitarios y un sentido de «arreglárselas» (de «inventiva») muy desarrollado. En el campo, esta primera ayuda ha sido la más eficaz y, en algunos casos, la única.

El olvido que los media internacionales decretaron sobre Cuba, podría interpretarse como un boicot de los media capitalistas hacia el estado socialista si este período no perteneciera ya al pasado, ya que Cuba se está convirtiendo cada vez más en un destino turístico y un lugar atractivo para las inversiones. Las noticias son menos espectaculares que las de Haití, ¿pero no se debe, acaso y principalmente, al estricto control del estado sobre las organizaciones humanitarias que no pueden ir por libre?

Como muy bien señala Frédéric Thomas, los media y las organizaciones humanitarias funcionan codo con codo: sin cuestionar sus buenas intenciones, es cierto que el miserabilismo, las puestas en escena beneficiosas y la exposición de resultados favorables para justificar las acciones humanitarias y continuar captando fondos, necesitan el apoyo de los media. Mientras esta dramatización alcanza su punto culminante en Haití, es imposible en Cuba. Esto no significa que la ayuda humanitaria esté ausente: he visto paquetes con el sello del PNUD —Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo— (vajilla, depósitos de agua), paquetes de Unicef para los niños y otros con el sello conjunto Oxfam y Unión Europea (cubos, filtros de agua). En un pueblo por el que pasé decían que estos paquetes permanecían en unos almacenes hasta la llegada de un representante de una de estas dos organizaciones y constatara que realmente se distribuían gratuitamente a las familias que se encontraban en el ojo del ciclón. Venezuela envió barcos enteros llenos de material. Mientras que en Haití son las organizaciones humanitarias, con presupuestos desorbitados, las que deciden lo que hay que hacer e incluso intervienen en los asuntos de este estado fantasma, en Cuba, ya se trate de grandes organizaciones o de pequeñas aportaciones privadas, todas deben suscribir un contrato con el gobierno. La ventaja se traduce en una mejor planificación de la ayuda en función de las necesidades y de las zonas y una mejor jerarquización de los criterios de prioridad (destrucción total, destrucción total del techo, destrucción parcial, personas mayores, madres solteras con niños, casos sociales, etc.) El inconveniente es, evidentemente, la centralización y la burocratización de la ayuda que ralentiza la distribución y deja a bastante gente en situaciones problemáticas. Dado el retraso en el reparto de la ayuda, la situación de urgencia que se había decretado por un período de tres meses, se acaba de prorrogar por otros tres.

¿Cómo se organiza la ayuda del estado a la construcción? Después de los grandes trabajos de urgencia (evacuación de los escombros, limpieza y reparación de las carreteras, restablecimiento de las conducciones de agua, de las líneas telefónicas y de electricidad, etc.) había que ocuparse de los siniestrados. De manera bastante rápida, una comisión compuesta por el delegado del CDR6, por un trabajador social y por un técnico de la vivienda, pasó casa por casa para evaluar los desperfectos y las carencias. Redactaban una ficha técnica para evaluar las necesidades de cada familia y se les atribuía una cierta cantidad de materiales, que podían obtener a mitad de precio. Por ejemplo, las planchas onduladas para reparar el techo que valen el equivalente de 4€ la placa, se las venden a algo más de 2€. Pero incluso con estos bajos precios, algunas personas carecen de los medios para poder pagarlos. Tomemos el ejemplo de Dalia. Tiene 70 años y vive sola con una pensión mínima (chequera) de 240 pesos cubanos, unos 10€. al mes por lo que limita su alimentación a lo que le corresponde por la libreta. Su casa solo ha sufrido desperfectos en el techo, pero carece del confort más elemental. Después de la evaluación, se le asignó un «módulo» consistente en, además de los materiales para el techo, cemento para el pavimento de las habitaciones, un depósito para el agua, luces de neón y cable eléctrico. Pero, ¿cómo puede ella pagar todos estos materiales, aún a mitad de precio, con sus escasos ingresos? Sin embargo tiene derecho a una «bonificación» o sea, que los precios se calcularan en función de los ingresos. Resultado final: 1.000 pesos cubanos (alrededor de 40€.) por la totalidad, cantidad que se irá descontando poco a poco de su pensión. El problema reside en que, pasados cuatro meses, todavía no ha recibido nada… En cuanto a sus vecinos, todavía no han acabado de pagar el techo que destrozó el anterior huracán.

Muchos edificios públicos se han transformado en centros de distribución de materiales de reconstrucción (por ejemplo, y mal que me pese, la biblioteca pública de Baracoa). La gente va a buscar allí el módulo que tiene asignado. Allí es la abundancia: almacenes de lo más diverso llenos de materiales para la construcción, pero también de colchones, cazuelas, trapos de cocina, sábanas, vajillas, filtros de agua, etc. El problema es que estos objetos tardan en salir de los almacenes mientras hay gente que carece de colchón para dormir y de placas onduladas para cubrir el techo. La causa puede ser la incompetencia y más a menudo la lentitud burocrática. La casa de Mariana fue destruida por el ciclón y desde hace tres meses está viviendo en casa de su hija con su marido enfermo. Le concedieron una subvención7 pero los materiales no le llegan mientras que su hija, cuya casa se salvó, ya ha recibido —y colocado— las tejas que necesitaba para arreglar su techo. Podríamos hablar de incoherencia administrativa… Respecto a la lentitud se puede entender por la existencia de una organización y un control puntilloso justificado por una preocupación por la justicia social. Cada ficha técnica se envía a la «zona de defensa»8 para la firma y asignarle un presupuesto financiero basado en la cantidad de materiales que le atribuye el técnico de vivienda. A continuación se remite al trabajador social, que fija las condiciones de pago en función de la situación social de los siniestrados (pago al contado a mitad de precio, retención salarial, crédito, bonificación, subvención). Si se trata de una bonificación o de una subvención, la ficha se manda al gobierno municipal de Baracoa para su aprobación, si se trata de un crédito, en cada zona de defensa hay un delegado bancario para realizar las formalidades necesarias. Un ejemplar de la copia se conserva en la administración de la zona de defensa y otra se entrega a la persona afectada. Pero previamente se debe encontrar dicha ficha, lo que lleva su tiempo dado que ningún dato está informatizado y los papeles se pueden perder fácilmente. Después hay que esperar a que los materiales correspondientes lleguen al punto de distribución. Los que pueden pagar en metálico pueden llevarse enseguida el módulo que les corresponde, los demás, deben todavía pasar por algunas comprobaciones burocráticas suplementarias. En el mejor de los casos se establece un orden de prioridades en función de la gravedad de los casos. Asistí, por ejemplo, a una distribución gratuita de colchones (uno por familia) que estaban reservados para los habitantes de otro pueblo que habían sido víctimas de la destrucción total de la casa o del techo. Los restantes llegarían más tarde y deberían pagarse a mitad de precio. Esta lentitud y controles no impiden los desvíos, el favoritismo, la corrupción y los fraudes aunque los limitan bastante. La veracidad de las fichas técnicas es objeto de un control aleatorio con sanciones en caso de abuso. He sabido de casos de trabajadores sociales que revendían o desviaban objetos guardados en los almacenes y que fueron descubiertos durante un control aleatorio. Detenidos por la policía, están a la espera de juicio.

A estas diferentes ayudas hay que añadir medidas generales de crisis para la región de Baracoa: distribución suplementaria y gratuita de arroz y frijoles, control temporal del precio de algunos artículos de venta libre, reducción temporal del precio de los transportes, venta a precios reducidos de algunos productos básicos (jabón, por ejemplo), exención temporal de algunos impuestos (transporte privado, alojamientos turísticos), etc. Algunas de estas medidas son bien recibidas, otras generan efectos perversos, pero lo que está claro, es que en Cuba, cualquiera que sea el origen de la ayuda, el donante generoso es siempre el estado…

En conclusión, lo que sorprende con relación a Haití, es el control (férreo) del estado en todo lo que tiene que concierne la prevención y la ayuda en relación con el ciclón. A pesar de sus limitaciones y errores, hay que reconocer que el resultado es mucho más positivo que en Haití y ha permitido evitar pérdidas humanas (si exceptuamos algunas muertes por infarto después del paso de Matthew), de lo que te das cuenta cuando entre ellos tienes seres queridos que estuvieron en el ojo del ciclón. Además mis contactos en el lugar me permitieron apreciar en su justo valor el ingenio y la solidaridad de los cubanos entre sí. Y lo que es sorprendente, para la europea que soy, es que nadie se muestra desesperado ni abatido. La situación es la que es, hay que adaptarse a ella. Se quejan de la lentitud administrativa pero saben que un escándalo no haría sino empeorar las cosas. Se afronta la situación con paciencia, se intenta esquivar las dificultades y la vida continúa entre reproches, música, ron y risas. ¿Educación socialista o vitalidad cubana?

 

Geneviève Michel

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Desde Barcelona: Contra los turismos

 

“Tourisme est la chance d’aller voir ce qui est devenu banal”

Debord, 1994

 

En la Francia anterior a la segunda guerra mundial las luchas de los obreros por conseguir la semana de las 40 horas (ocupaciones de fábricas, huelgas de brazos caídos, luchas contra las horas extraordinarias, etc.) paralelamente al ascenso del Frente Popular (1936-38), fuerza en la primavera de 1936 el acuerdo de Matignon por el cual la patronal cede al aumento de los salarios, las vacaciones pagadas y la semana de cuarenta horas, que equivale a disponer del fin de semana festivo.

Siguiendo la lógica del desarrollo del período fordista (producción en masa consumo en masa), la organización del tiempo libre se convierte en uno de los principales sectores de la economía del Frente Popular francés, lo que imprime un gran desarrollo a la industria del turismo. El sindicato de la CGT crea su propia agencia de turismo, el Centro de Esparcimiento y Vacaciones de la Unión de Sindicatos o la subsecretaría de Estado de los Deportes y Esparcimientos, son algunos ejemplos de este desarrollo, al tiempo que aparecen nuevas reivindicaciones como el “derecho a la nieve” o “la Costa Azul para todos”.[1] Desde entonces esta actividad no ha hecho más que crecer y se ha convertido en la industria de crecimiento más rápido del mundo. Fenómeno que nos puede dar una idea (y del que España es un magnífico ejemplo) de las mutaciones a las que ha sido sometido nuestro entorno, transformando paulatinamente nuestro hábitat en el espacio del capital por excelencia, restringiendo su uso a ser escenario de las actividades mercantiles y a consumirse como cualquier otra mercancía.

La industria turística consiste en un proceso global de mercantilización, de apropiación por desposesión del patrimonio material e inmaterial, mediante el cual ciertos bienes son transformados en valores de cambio. Procesos orientados a producir y transformar espacios para ser consumidos como mercancías. En su evolución, se ha pasado del modelo fordista a gran escala a una diversificación de la producción basado en la sostenibilidad, el consumo responsable, el ecoturismo, la excelencia de la experiencia... 

 

La industria de la turistificación es actualmente la responsable de producir las “ciudades fantasía” que después de expulsar a sus viejos habitantes2 (según los economistas, entre el 80 y 90 por ciento de la población residente en los “centros” de las ciudades será empujada hacia la periferia),  reacondiciona los centros históricos para reconvertirlos en espacios dysneificados para el  consumo. Estos “espacios de simulación” son logrados mediante campañas de promoción de contenidos históricos, culturales, arquitectónicos, paisajísticos; orquestados por los agentes económicos involucrados, las instituciones locales y el Estado, dirigidos a alimentar el voraz e insaciable fetichismo turístico.

Espacios trastocados por la mercancía, calles que no son sino escaparates del súper mercado, plazas cuyo uso ha sido prácticamente privatizado, ciudades-mercancía, no lugares. Producción del espacio que no habría podido llevarse a cabo sin una transformación igualmente radical de las relaciones sociales entre los “hombres”, acotadas en el marco de las relaciones mercantiles de compra-venta. Cambios acontecidos en las relaciones de explotación del trabajo asalariado, que corren paralelamente al ascenso del “tiempo libre” y nos remiten a considerar brevemente la dominación del tiempo de las personas.

La disposición de “tiempo libre”, históricamente, no se puede considerar al margen del tiempo de trabajo que es el tiempo que vendemos a cambio de un salario. Dado que en la sociedad capitalista solo disponen de “tiempo libre” aquellas personas que poseen los “medios” de subsistencia, aquellas otras desposeídas deben tratar de vender su tiempo o emplearlo para obtenerlos. Entonces, para poder determinar la naturaleza de aquel que llamamos “libre”, sería conveniente analizar su contrario, teniendo en cuenta que no nos referimos al tiempo de descanso que discurre para volver al trabajo.

El tiempo vendido a cambio de un salario no es libre, no nos pertenece, está sometido a la voluntad de aquel que paga por él, a los imperativos definidos por el mercado, al marco regulador, etc.; es el tiempo de la persistente desposesión. Bajo la condición de desposeídos del tiempo, la dimensión que adquiere el calificativo de libre no nos parece nada desdeñable, aunque deberemos considerarla en profundidad más adelante, cabe preguntarse qué supone el “tiempo libre” cuando nos referimos a un tiempo que continúa inscrito en la lógica de mercado y qué relación tiene con el consumo de espacio y de experiencias.

El mercado es el que determina el tiempo de trabajo socialmente necesario para producir cualquier mercancía, aquello que se podrá vender y lo que no, el tiempo de producción y el tiempo de trabajo. El contenido del “tiempo libre” vinculado al consumo de mercancías de ocio está definido y queda circunscrito a las posibilidades y expectativas del mercado. De tal manera que el mercado estrecha el círculo del tiempo, corre hacia su materialización como mercancía (valor). Desde el tiempo de trabajo vendido al consumo de tiempo libre, la experiencia del tiempo acaba por ajustarse a lo realmente posible en términos capitalistas.

Librarnos del tiempo sometido sin más tiempo fuera del alcance del mercado, de sus relaciones y su fetichismo, reduce el horizonte de aquello que podemos desatar con nuestro tiempo y nos aboca directamente al consumo del espacio.  A la “conquista”, facilitada por la técnica de los transportes, de lo exótico, lo mundano y lo genuino, y de cualquier espacio expresamente acondicionado para ello: ciudades-turísticas, espacios confinados para la contemplación, espacios de excepción.

En el consumo de espacio parece encerrarse la clave de las expectativas de libertad. Lo podríamos titular: redención del tiempo a través del espacio. Finalmente la gran evasión consiste en una huida controlada y cíclica que facilita el retorno atenuado de la servidumbre.

Habiendo reducido las expectativas del tiempo, también sus posibilidades de liberación, el horizonte humano fijado por el mercado, colocado a la vanguardia de las necesidades, sigue abriendo nuevos segmentos de negocio dedicados a multiplicar la oferta de experiencias con las que olvidar o superar la anodina existencia. Ahora podemos saborear la diferencia y experimentar aquella situación bajo ambiente controlado y mínimo riesgo. Mercancías simbólicas a las que se suman nuevos lugares y viejas experiencias y que ya nos permiten atravesar algunas favelas o experimentar el recorrido de los “espalda mojada”.

El “tiempo libre” realizado en el mercado sigue fielmente la lógica del tiempo de libre mercado, un tiempo fetichizado que consume representaciones del “otro” y de lo “otro”, que transcurre en espacios especializados donde las relaciones sociales están desligadas del lugar, donde los turistas se apelotonan y contemplan, consumiendo mercancías simbólicas que permiten adquirir “experiencias de lugares” detentadas como capital simbólico en sus respectivos espacios sociales.

El mercado capitalista se amplía nutriendo la fetichización de la mirada turística que recorre el mundo y nuestro tiempo, colonizando aquello que hasta ahora había escapado a su dominio, lo impensable, estrujando y consumiendo tiempo, siempre a la búsqueda… El viaje es otra cosa.

 

CS., junio 2017

 

 

 

 

 

 

 

 

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[1].  La maternidad del week-end, Michael Seidman, Etcétera (2004).