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Sobre la sociedad de control y su técnica

 

La democracia de espectadores. El rebaño desconcertado.

Por N. Chomsky y E. S. Herman y su libro Manufacturing Consent: The Political Economy of the Mass Media (Fabricación del consentimiento: La política económica de los medios de comunicación), en castellano traducido como Los guardianes de la libertad,  supimos del Comité de Información Pública, nombre orwelliano que designaba a la Comisión Creel. Creada por orden del presidente W. Wilson en 1916 para cambiar la opinión pública americana contraria a la entrada de EEUU en la 1ª guerra mundial, formada por una multitud de diversos técnicos y contando con gran cantidad de medios y dinero, logro en solo seis meses mediante una serie de agresivas y masivas campañas de propaganda revertir la situación y volver al público estadounidense beligerante.

Walter Lippmann, periodista y consejero del presidente Wilson, fue un personaje importante en esta campaña. En 1922 publicó el libro La opinión pública, donde planteaba que la política y los intereses de la nación no pueden tener en cuenta la opinión de la mayoría de la población, sino que tiene que ser una «clase especializada de hombres responsables los que se hagan cargo de resolver los problemas nacionales». Para él, la mayoría de la población constituye un «rebaño desconcertado» y el sistema debe «protegerse de este rebaño desconcertado cuando brama y pisotea». La función de la gran mayoría de la población es «la de ser espectadores», no la de miembros participantes en forma activa en las decisiones políticas. La democracia, por tanto, ha de ser una «democracia de espectadores», donde una minoría decide las políticas y una mayoría silenciosa las acata pero participa en el espectáculo, por ejemplo, de las votaciones. La clase que tiene el poder, debe gobernar, disciplinar y controlar al «rebaño desconcertado».

Los consumidores disciplinados.

El capitalismo es un sistema que necesita una constante circulación (un trajín acelerado que lo trastoca todo a su paso, sin otro objetivo que la acumulación), que tiene el fin en sí mismo y que el límite es el propio Capital. Espacialmente se ha extendido por todo el planeta, con todas sus características,  la propiedad privada, el valor de cambio, la mercancía, el dinero, la industrialización salvaje de los territorios, la proletarización, el trabajo asalariado, el acaparar, la especulación y todas sus consecuencias de nocividad. Paralelamente, producto de la rapidez en que se suceden las novedades de las nuevas aplicaciones y dispositivos técnicos, el espacio se ha reducido y el tiempo acelerado.

El Capital pretende transformar en consumidores a la mayoría de los habitantes del planeta: cada uno según sus posibilidades económicas. De igual manera que las formas de trabajo  asalariado, por la necesidad del dinero, atrapan cada vez a mayores proporciones de la población,  tanto si se trabaja como si está en paro; en la sociedad de consumo, por el fetichismo de la mercancía y su propaganda, muchos de los que no tienen grades posibilidades de consumir anhelan tenerlas. La implantación de la sociedad del consumo, se asocia al keynesianismo, el trabajador se convierte en consumidor, es la época de los electrodomésticos en el hogar, el coche y la TV..., todos ellos elementos técnicos cuya influencia social es evidente. El trabajador centra su lucha en mejoras salariales y laborales (Actualmente la precarización general es evidente). El dinero cada vez circula más rápidamente, en su forma papel y en su forma electrónica, su valor será virtual y real; es posible que no existan las estrambóticas cantidades que de él dicen que circula y que su valor  lo pongan entre «cuatro», pero han hecho que sea un bien de primera necesidad tanto real como simbólico.

La sociedad del consumo, necesita de consumidores disciplinados, por la propaganda, y estrechamente vigilados: perfiles, costumbres, gustos, manías.... Por otra parte las nuevas aplicaciones de la técnica, especialmente desde la implantación masiva de las Técnicas de Información y Comunicación (TICs), ha hecho posible aumentar significativamente la creación de necesidades y el número de consumidores, permitiendo expandir por el mundo las urgencias de un consumo histérico y estresante. También se han acelerado los ritmos de la circulación de las mercancías y la ubicuidad de su producción. Se generan nuevas formas de consumo a las que el consumidor tiene la obligación de adaptarse. La obsolescencia programada forma parte esencial de la idiosincrasia de la mercancía producida. El producto, cada vez, tiene que durar menos, bien porque lo estropea artificialmente el mismo fabricante, o bien porque pasa de moda. Aceptar estas condiciones draconianas requiere de consumidores altamente disciplinados. También en el ejercito de consumidores la disciplina es parte fundamental de su adiestramiento. La sociedad de consumo necesita  que los consumidores sean crédulos, disciplinados y obedientes, es decir seres bajo control.

 

La sociedad del control y la vigilancia.

La sociedad del control y la vigilancia se ha extendido reticularmente enmarañando el mundo entero. Las cámaras de video-vigilancia se encuentran en cualquier rincón de ciudades y pueblos, formando parte del mobiliario urbano. En las fronteras se elevan sobre los muros, las alambradas y las concertinas. En las fábricas, bancos, supermercados, cárceles, en los templos o en las salas de fiesta. En los colegios, institutos, universidades, urbanizaciones o casa particulares. Actualmente el Estado y sus instituciones han perdido el monopolio de la vigilancia y control de los ciudadanos, cualquier entidad, poco importa que pública o privada, vigila y controla a la gente. Por supuesto que el Estado continua controlando  y velando por «sus súbditos» y haciendo de ello una cuestión económico-política,  desde el nacimiento hasta la muerte pasando por la escuela, la seguridad social o la oficina del paro, y por poco que uno se descantille la comisaria y la cárcel, «ya lo ves, controlando tu seguridad».

La multitud de tarjetas electrónicas que ocupan bolsos, carteras y bolsillos ya sean del banco, supermercados, gasolineras o de los móviles, abren ficheros individuales de cada uno de los usuarios, nuestros perfiles de consumidores corren por la red comprados y vendidos de una a otra entidad. Nuestros pasos y actos, lo que hemos comprado y hecho, quedan registrados y a partir de ellos seremos clasificados. La tarjeta de dinero electrónica permite seguir el rastro exacto de nuestros recorridos. Incluso el banco se instala en nuestra casa incrustado en los ordenadores. Y cada vez más los individuos nos convertimos en consumidores y en endeudados.

Qué mayor control sobre las personas que la que ejerce este sistema económico-político que primero convierte el trabajo asalariado en una obligación y después pasa a convertirlo, con el pretexto del «progreso» técnico, en un «bien escaso» y el dinero continua siendo más ineludible e imprescindible y es más acaparado por unos pocos que nunca. La brecha entre ricos y pobres continua ensanchándose. No podemos obviar que el taylorismo representa una forma extrema de control y vigilancia sobre el obrero y su trabajo; se cronometran sus movimientos y se evalúan exigiéndole una determinada rapidez y precisión en cada uno de ellos para hacer su trabajo lo más deprisa posible, para que así de mayor rentabilidad al capitalista.

La sociedad del control, no necesita, necesariamente, el encierro de los individuos para ejercer un control sobre ellos. El control no se ejerce únicamente por medio de las instituciones, sino principalmente mediante la técnica. Es mediante los dispositivos técnicos: cámaras, pantallas, programas, tecnologías biomédicas y de nanotecnología..etc, como se ejerce el control y la vigilancia generalizada sobre las personas. La sociedad de control pretende moldear no solo cuerpos sino mentes. Ir más allá de crear una praxis en el individuo, como señalaba J. Ellul «generar también una formación intelectual: una capacidad de síntesis y principalmente una educación de la memoria», es decir, una «ortopraxis» que logra implantar en las personas una determinada manera de ser y actuar, de estar e interpretar el mundo, las maneras de opinar, las cuestiones de que hablar y las cosas que callar. Cuerpo y mente disciplinados, controlados.

Como un recuerdo de un pasado que aún está ahí, han quedando las fichas policiales en amarillenta cartulina y las huellas digitales en el carné de identidad. De la cibernética, concepto que no tiene ni 70 años y cuyas primeras máquinas están olvidadas en museos, deberíamos recordar  que surgió en el ejército de EEUU como medio para controlar automáticamente ciertas armas y dispositivos bélicos. Actualmente el gran desarrollo de las Técnicas de Información y Comunicación (TICs), surgidas de la antigua cibernética,  hacen creer al sistema capitalista que está cumplida su anhelada aspiración del control social total y en ello está poniendo todo su poder técnico.  Dispositivos técnicos como Echelon, Combat Zones That See, SIGINT o Inteligencia de Señales (CTS)..., lo hacen evidente

La sociedad del control está interesada en producir una cultura del miedo, las guerras y sus terribles secuelas, terrorismo, enfermedades y epidemias, problemas de seguridad, etc. En los últimos años desde el poder y sus medios de comunicación se nos ha atemorizado con el peligro inminente de un buen puñado de alarmas reales o inventadas. De la misma manera que primero se crea la necesidad para después ofrecer el producto, primero se generan los miedos colectivos para después ofrecer los medios y dispositivos que «garanticen nuestra seguridad». La mayoría de las veces son tan alarmantes y peligrosos los remedios como la amenaza, con la salvedad que la amenaza es algo difuso mientras que las leyes y medidas represivas que ponen en marcha los Estados para «salvarnos» son reales y pensadas para ser aplicadas contra los propios ciudadanos.

Es evidente que la implantación de las nuevas tecnicas han supuesto un aumento en la sofisticación del control social. También es necesario tener en cuenta que, como en todo lo que cuenta, vende y oferta el sistema capitalista, hay mucho de propaganda. No se pretende negar la evidencia, puede ser incluso que la realidad sea peor que lo imaginado. Pero, qué creer de este mundo de apariencias y engaños, en el que en la mayoría de las ocasiones se nos oculta muchísimo más de lo que se nos dice y de ello la mayor parte no es verdad. Con seguridad los dispositivos técnicos de control y vigilancia tienen una sofisticación y unas propiedades que ni comprendemos y muchos ni imaginamos, solo basta leer los ejemplos para comprobarlo. Así como que seguramente las armas secretas que ocultan en misteriosos lugares, tienen un poder de destrucción inimaginable, pues se sabe que tan solo el arsenal atómico podría destruir el planeta varias veces.

El sistema capitalista, limites y exterioridad.

El sistema capitalista y su Estado, pues el Estado siempre es el Estado de la clase dominante, han tenido y tienen un carácter totalitario y la misión de controlar a sus súbditos-ciudadanos que quiere obedientes y sumisos, como meros espectadores de claca. Por otra parte, históricamente,  la voz de los oprimidos, siempre se ha hecho oír de muy diversas maneras. Lo que nos hace pensar que hay un límite al dominio del poder del capital, que se puede construir una exterioridad.

En la medida de lo posible se tendría que intentar crear nuevos lugares, otros espacios, lo más al margen del poder que se pueda y desde ahí hacer oír nuestra voz. Nuestro  lugar no está dentro de las burocracias del Estado, este no es para nosotros más que un no-lugar. Nuestro lugar, por difícil que muchas veces lo creamos, está en construir nuevos espacios donde intentar experimentar formas de vida. ¿Utópico?, quizás, pero más utópico es creer que participando en el Estado del sistema se puede cambiar el sistema. La experiencia histórica varias veces repetida nos lo demuestra. Desde el Estado solo se habla con la voz del Estado y desde el Estado del capital se habla con la voz del Capital.¨

 

 

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