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1918. ALEMANIA. La revolución de los Consejos

 

(Transcribimos a continuación un fragmento de la contribución de Arthur en nuestro libro colectivo «Días Rebeldes»)

 

Quizás nunca se ha mentido tanto y de manera tan desvergonzada a propósito de acontecimientos históricos como en el caso de la revolución alemana que estalló en los primeros días de noviembre de 1918 y en menos de una semana se llevó por delante a la monarquía bávara y al IIº Reich alemán. Tanto en la historia que se enseña en Alemania como fuera, esta mentira deliberada y este silencio interesado sirven evidentemente para ocultar la apuesta de un asalto central dirigido contra este viejo mundo que acababa de mostrar de lo que era capaz: cuatro años y medio de una hecatombe mundial sin precedentes. La revolución en Alemania, la potencia industrial dominante en 1913, amenazaba con ser el pivote de un cambio radical de la hegemonía del capital.

Kiel, domingo 3 de noviembre de 1918. Los marinos de la 3ª escuadra de la flota del mar Báltico iban a reunirse en la casa sindical y se la encuentran cerrada. Celebran un meeting en la gran plaza, detrás de Waldwiese, donde se juntan con los obreros. Una impresionante manifestación conmueve toda la ciudad. En una esquina, se encuentra cara a cara con una patrulla, encabezada por un teniente que les ordena dispersarse. Nadie se mueve. Una orden seca: «¡Fuego!» Las descargas dejan nueve muertos y veintinueve heridos en la calzada. Pero mientras el gentío se esparce, un marino empuña su arma y mata al teniente Steinhäuser. Esta respuesta es la palmada que da salida a la revolución alemana.

En la mañana del 4 de noviembre, los marinos saben que para ellos ya no hay vuelta atrás. Eligen consejos de soldados, desarman a sus oficiales e izan la bandera roja en sus navíos. Después, bajan a tierna armados, bajo la égida de sus consejos, que encabeza un tal Artelt, segundo contramaestre. Sin resistencia, ocupan la prisión militar y liberan a sus camaradas, los amotinados del Thuringe y del Héligoland —más de un miliar— que habían sido transportados desde Wilhelmshaven tres días antes. Otros toman los edificios públicos y otros la estación ferroviaria, dejando por mentiroso a Lenin, a quien le gustaba ridiculizar a los revolucionarios alemanes pretendiendo que no podrían tomar una estación antes de la apertura de las ventanillas para comprar un billete. Por la tarde, un destacamento del ejército, enviado para reducir la sublevación de los marinos, confraterniza con ellos. El comandante debe inclinarse ante los consejos de soldados. La infantería de marina se solidariza. Los portuarios decretan la huelga general. La misma tarde, Kiel está en manos de 40.000 marinos y soldados insurgentes.

El 9 de noviembre de 1918, Berlín está también en manos de los consejos de obreros y de soldados. En cinco días, del 5 al 9 de noviembre, los consejos obreros se han extendido por toda Alemania. Guillermo II, el Kaiser, es forzado al exilio.

(...)

En Berlín, la explosión de masas el 5 de enero de 1919 fue espontánea. Convocados a un gran meeting en la Siegesallee, una gran multitud, en parte armada, converge hacia el centro de Berlín, resuelta a la acción. Se apoderan de las estaciones, de las rotativas... Por la tarde 86 delegados se encuentran en la Prefectura para constituir un «comité revolucionario provisorio» de 53 miembros que lanza una proclama para revocar al gobierno.

El lunes la huelga salvaje es general, las masas obreras salen a la calle pero, aparte de algunas nuevas ocupaciones, nada sucede. Las guarniciones favorables al movimiento dudan de lanzarse a la batalla. Los días siguientes la situación empieza a pudrirse. Erbert respira, y la SPD empieza a levantar cabeza. Llamando otra vez a la unidad de las fuerzas socialistas, el gobierno remite a Noske. La batalla decisiva tiene lugar del 9 al 12 de enero de 1919. En las calles de Berlín, las tropas de la represión luchan casa por casa para apoderarse de los edificios ocupados. El choque más mortífero fue la reconquista del Vorwärts el día 11, que acabó en un baño de sangre. La prefectura fue la última plaza a caer el domingo día 12.

Aplastada la sublevación, los cuerpos francos de Maercker y el estado mayor de Lüttwitz entran en Berlín. Dejan para más tarde la ocupación de los barrios obreros del norte y del este de la ciudad. La división del capitán Waldemar Pabst establece su cuartel general en el Hotel Eden. Desde su instalación el 15 de enero, presenta su carta de visita: el asesinato de Karl Liebknecht y de Rosa Luxemburg.

Ha sonado la última hora de la revolución. Uno de los hombres más intrépidos del movimiento revolucionario y la teórica más lúcida de su generación, la única capaz de criticar a la vez a Bebel y Kautsky, Lenin y Trotski, Jaurès y Pilsudski, fueron lanzados como perros al pasto de la soldadesca. Su asesinato constituyó la señal del inicio de miles de asesinatos que marcaron la era de Noske, anunciando las muertes en serie por las que pronto iba a destacarse la era de Hitler. Los socialdemócratas acababan de demostrar que nada tenían que envidiar a la ferocidad de Versalles.

 

 

Mahatma Kane

 

 

 

 

 

 

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