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Sobre el malestar del bienestar

 

«Pero volviendo al hilo de mi discurso, del que casi me había apartado, la primera razón por la cual los hombres sirven de buen grado es la de que nacen siervos y son educados como tales: De ésta se desprende otra: bajo el yugo del tirano, es más fácil volverse cobarde y apocado.» (La Boétie, Sobre la servidumbre voluntaria).

Estas afirmaciones del humanista francés se tornan más evidentes en tiempos de crisis, especialmente en los momentos actuales, en los que la impotencia ante los acontecimientos que se suceden a nuestro alrededor parece habernos convertido en siervos de la realidad… a través del lenguaje.

Nadie podrá poner en duda que una de las herramientas fundamentales de la dominación es la manipulación del lenguaje, la cual se ha institucionalizado desde la instauración histórica de cualquier forma de poder.

Hoy asistimos posiblemente a la culminación de esta manipulación, cuando algunos procesos históricos se disfrazan con eufemismos para recabar el consenso de una parte de la población y aceptar sin muchas protestas una determinada situación social. El llamado estado del bienestar, debería llamarse en realidad el reinado indiscutido de la mercancía y su consecuencia debería denominarse estado de narcosis.

Es cierto que en todas las civilizaciones el Poder instituido han intentado narcotizar a sus súbditos poniendo a su disposición los bienes materiales necesarios para ello, pero como es de suponer este estado sólo era posible despojando a otros pueblos de lo mínimo indispensable. La diferencia fundamental con nuestra civilización (es decir la civilización occidental), es que ésta ha superado con creces a las anteriores gracias a la revolución industrial y al desarrollo de la técnica derivada de la misma.

Pero antes de que la técnica cumpliera su misión, había que despojar al individuo de su propia autonomía (es decir, convertirlo en un apéndice de la máquina) haciéndolo completamente dependiente del Estado y por ende del propio Capital, pero para ello era necesario despejar el camino y acabar con todos aquellos que se oponían a sus proyectos.

Por tanto el Estado del bienestar (narcosis), está basado en la total dependencia del individuo al Estado, para lo cual éste se hizo gestor de los servicios básicos de la sociedad, especialmente la sanidad y la educación, mientras el capital se hacía dueño de la producción. La constante manipulación del lenguaje hizo que estos servicios básicos en manos del Estado fueran llamados públicos, cuando en realidad deberían ser llamados estatales.

Las sucesivas crisis provocadas por el Capital eran destellos que iluminaban fugazmente las terribles consecuencias a las que el mundo en general y occidente en particular se enfrentaban. Con ser graves estas crisis, especialmente el crac de 1929, no eran ni siquiera un reflejo de las consecuencias que pueden derivarse de la que en la actualidad atraviesa el planeta.

Desde luego no han faltado las críticas al sistema capitalista, algunas de ellas profundas y radicales surgidas del mismo pueblo, sin que se lograra por ello cambiar la relación de explotación. Pero existen otros indicios, por regla general metafóricos, que nos desvelan algunas de las herramientas empleadas por el poder para el sometimiento de sus súbditos. Desde esta perspectiva, pensamos que la función del héroe ha sido precisamente la de mediar entre el poder y los súbditos para que estos asumieran su condición de dependencia frente al mismo. Todas las civilizaciones han tenido sus héroes, venerados y reverenciados por todos, pero estos han surgido siempre en momentos críticos y aunque sus apariencias y actuaciones son muy diferentes en cada uno de los momentos y en cada una de las civilizaciones, el fondo es exactamente el mismo: hacer asumir a la población su dependencia de agentes externos y esperar que las fuerzas justicieras los liberen de los poderes malignos.

La aparición en Norteamérica del primer superhéroe responde a este planteamiento. En los años treinta, la gran depresión azotaba implacablemente al gigante norteamericano y es precisamente en ese momento cuando nace el primer superhéroe de nuestra civilización: Superman. El gran justiciero venía a traer un aliento de esperanza a una sociedad hundida en la desesperación.

En la actualidad siguen surgiendo héroes y superhéroes, pero son efímeros, porque no responden a su acción anterior, ya que ésta ha fracasado, y han acabado convirtiéndose en un producto de consumo, pero surgen de pronto una especie de antihéroes que nos descubren una crítica sutil a nuestra civilización. Ignoramos si el director de cine Georges A. Romero tenía en mente una crítica al sistema capitalista cuando realizó la que podemos considerar primera película de zombis: La noche de los muertos vivientes. El año de su realización es bastante significativo: 1968; en pleno auge de la sociedad de consumo y el mismo año en que una explosión de rebeldía recorría la espina dorsal de la sociedad capitalista. No tardaron en surgir secuelas de esta primera película, casi todas de una calidad ínfima, pero en una de ellas los zombis se daban cita en espacios muy frecuentados por ellos cuando estaban vivos: las grandes superficies comerciales. En la actualidad, los zombis han proliferado hasta la náusea: películas, series de televisión, cómics, novelas y hasta tratados de sociología sobre el tema.

Da la impresión, a juzgar por los acontecimientos, que lo único que se busca en forma generalizada es una vuelta a la situación anterior de narcosis, como si necesitáramos de nuevo la droga del consumo para poder seguir viviendo. La crítica radical al sistema de explotación capitalista ha quedado reducida a su mínima expresión y parece que lo único que nos queda es una reforma del sistema; mitigar su voracidad y hacerlo más humano. Buscar en estas condiciones una salida parece tarea imposible, porque lo primero que se necesitaría sería que los individuos recuperásemos nuestra autonomía y se generalizase la acción colectiva en direcciones muy distintas a las que se nos propone. Pero la realidad es muy tozuda y el sueño de la transformación social parece haberse convertido en una pesadilla… zombie.

Esta recuperación a la que hacemos alusión tiene que basarse en la afinidad (atracción o adecuación de caracteres, opiniones, gustos, etc., que existe entre dos o más personas, según una de las acepciones del diccionario). Este tipo de organización basado en la afinidad, es la que adoptaron todos los movimientos antiatoritarios que se han ido sucediendo a través de la historia, y es también la forma de organización que adoptaron y siguen adoptando muchos grupos anarquistas. La afinidad implica amistad, es decir afinidad biológica y así lo expresaba Miguel de Montaigne, el gran amigo de La Boétie:

«Me parece que a nada nos encamina la naturaleza tanto como la sociedad; y ya dijo Aristóteles que los buenos legisladores fueron más cuidadosos de la amistad que de la justicia. Mas el punto extremo de la perfección de una amistad consiste en que sea pura, porque los que forman la voluptuosidad, el provecho o la conveniencia pública o privada, son mucho menos generosas y bellas, y menos amistosas también, pues que mezclan la amistad causas, fines y frutos ajenos a ella misma. Las cuatro especies antiguas de amistad —natural, social, hospitalaria y amorosa— no concurren en efecto, a la amistad entera.

De hijos a padres, la amistad es, más que tal, respeto. La amistad se nutre de comunicación, cosa que entre padres e hijos no puede haber, por la mucha disparidad de ambos, y hasta quizá ofendería, si la hubiese, a las leyes naturales. Porque ni todos los pensamientos de los padres pueden transmitirse a los hijos, lo que engendraría inconvenientes, ni los consejeros y correcciones que son uno de los primeros deberes de la amistad pueden ser ejercidos por los hijos sobre los padres.» (Montaigne, ensayos, XXVII).

Pero la afinidad implica además afinidad ideológica, es decir, compartir los mismo objetivos, aunque en ocasiones los métodos empleados sean diferentes, pero siempre manteniendo firme la voluntad de acabar con la dominación, destruyendo el principio de autoridad.

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Etcétera, noviembre 2013