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Libia dos años después

Caos es la situación en que quedan los territorios y sus poblaciones tras el paso por ellas de las fuerzas aliadas de occidente. Irak, Afganistán, Libia… tras una somera observación, vemos su destrucción, saqueo, apropiación de fuentes energéticas, con un mayor índice de conflictividad; más penuria, más segregaciones religiosas, enfrentamientos étnicos y políticos de extrema crueldad, vejación de las mujeres… Quienes los devastaron, los han hipotecado con ingentes deudas que deberán saldar con sus propias fuentes de energía, pues para eso fueron masacrados. Durante años, a través de complejos sistema de pago, la energía de Libia servirá para saldar aquello que le fue destruido. La que más sufre, su población, que con cerca de siete millones de habitantes es la víctima cruenta de la situación.

Se cumplen los dos años del fin de la guerra en la que murieron 50.000 personas. Sabemos que las revueltas internas para apartar a Muamar Al Gadafi y su régimen fueron exacerbadas y aprovechadas por Occidente que a través de una resolución de Naciones Unidas consiguió la condena del régimen, destruir gran parte de las estructuras del país y el desmembramiento de su sociedad.1

Libia se halla dividida y enfrentada en líneas regionales, tribales, religiosas, milicias rivales. Hoy, además, las calles de Trípoli, Misurata, Sirt, Benghazi, Adjabiya, Tobruk… están ocupadas por Hermanos Musulmanes, compañías privadas de seguridad al servicio del petróleo –como la trágica Blackwater, que tantas matanzas de civiles hizo en Irak–, o mercenarios de Qatar, marines y agentes americanos, franceses, italianos, soldados y policía de los nuevos servicios libios, observadores de la ONU, personal de la OTAN y un largo etcétera que incluye secuestros, desapariciones y torturas a diario. Toda persona sospechosa de haber participado o simpatizado con la Jamahiriyah libia ha pasado por la cárcel y cuanto menos sufrido tortura. Otras fueron ejecutadas.

La mayor parte de quienes manejaron armas en estos años de guerra las siguen conservando en tanto los esfuerzos de occidente se centran en asegurarse el gas y petróleo que manan de los fecundos subsuelos libios.

La principal cárcel de Trípoli, antes llena de opositores a Gadafi, hoy es centro de encierro y tortura de personas con opciones políticas distintas a las del gobierno provisional; el presidio sigue siendo un lugar de triste referencia para la capital. Han sido ejecutadas muchísimas personas sin juicio previo, o como sucede en Abu Salim, otro centro de detención e interrogatorio donde además se siguen produciendo arbitrarias ejecuciones. Agentes de la OTAN y la CIA dirigen muchas de estas detenciones y están presentes en los interrogatorios que consideran de más relevancia; desde hace unas semanas los Drom vuelan las 24 horas sobre el país, de manera especial en el cielo de Trípoli.

Como en Irak y Afganistán, se repiten los sabotajes, asaltos, secuestros, asesinatos. Recordemos la muerte de cuatro estadounidenses, entre ellos el embajador de USA en Libia hace una año en la segunda ciudad, Bengasi; hace unas semanas, fue secuestrado durante seis horas el primer ministro libio Ali Zeidan en Trípoli; a las pocas horas de conocerse este hecho, el precio del barril de petróleo subió a más de 110 dólares, la voladura del Ministerio de Exteriores de Trípoli; o recientemente en la misma ciudad de Bengasi, el derribo por explosión de la embajada de Suecia, etc. Han sido frecuentes hasta hora los asaltos a comisarías, cuarteles y centros de la nueva administración.

A finales del pasado este mes de agosto 1.110 reclusos de la cárcel de Kufiya, en la petrolera ciudad de Bengasi se escaparon, con ayuda del exterior. En la misma ciudad, desde el fin oficial de la guerra, a lo largo de varios meses han sido hallados los cadáveres de más de sesenta civiles y quince mandos militares, ejecutados sumariamente.

El país carece de Constitución y su Asamblea transitoria se ve incapaz de proponer unos mínimos aceptables debido a las divisiones existentes entre la eterna Alianza de Fuerzas Nacionales, los Hermanos Musulmanes, y las fuerzas tribales de las tres regiones del país, Cirenaica (1.750.000 hab.), Tripolitania (4.650.000) y (Fezzan, 560.000).

Recientemente las tribus y las milicias de la histórica región Cirenaica han proclamado la autonomía en su región, afirmando que ejercerán la plena independencia.

Tras el fin de la invasión, lo que más preocupa a Occidente de Libia son los vaivenes de la exportación del petróleo. Al poco tiempo de la caída de Gadafi, por sus puertos salía 1.000.000 de barriles por día (bpd), alcanzándose los 1.250.000 a finales del primer aniversario. Pero una serie de huelgas desencadenadas por los trabajadores de las plantas de extracción y refino, portuarios petroleros e incluso brigadas de policía han paralizado varias veces la exportación desde este verano. A menudo son fuertes grupos de gentes que marchan sobre los puertos de embarque obligando a detener los envíos. Los motivos alegados son el no tener acceso la población al control de su riqueza, sin conocimiento de lo que se produce, se exporta y se recibe. En algunos momentos el gobierno ha estado a punto de quedarse sin gas para hacer funcionar sus tres grandes centrales eléctricas. Hoy la producción para la exportación es solo de 130.000 bpd.

Y en medio de este marasmo, la multinacional española Repsol acaba de anunciar a sus accionistas el hallazgo de grandes cantidades de petróleo de óptima calidad en la cuenca de Murzuq, a 800 quilómetros al sur de Trípoli, en la que junto a otros gigantes mundiales han encontrado fuentes para extraer 300.000 bpd.

 

Etcétera, noviembre 2013

 

 

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