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La política del malestar y el bienestar de la economía

 

Día a día podemos observar a nuestro alrededor la continua transformación del mundo que conocemos, de la técnica, de las formas de relacionarnos, de los medios de comunicación, de los medios de trabajo. Con las nuevas leyes laborales se despide a bajo coste para liquidar las viejas condiciones de trabajo que ya no volverán. La mayor parte de estos trabajadores ni siquiera son necesarios para la economía, la acumulación se realiza en otros países y se apuesta en la bolsa por su reparto. Se endurece la desposesión de los que no tienen nada que vender y la explotación de aquellos que aún tienen un puesto de trabajo.

Las políticas dirigidas a la contención del gasto público y la reducción del déficit suponen en realidad el aumento exponencial de la deuda pública, que trasfiere directamente una ingente cantidad de dinero público a manos privadas, que legitima la lógica: el dinero es deuda. El discurso de la crisis en el que se instala la política y ejecuta el Estado consiste en direccionar el flujo de la deuda, aspirando la «riqueza» de abajo y distribuyéndola entre la clase dominante y la banca transnacional. En este proceso se adelgaza la clase media y se pauperiza a la clase baja.

El objetivo político de privatizar las prestaciones del Estado ha seguido su curso. Ya coexistían la «escuela pública» con la subvención de la «concertada», la privatización de la sanidad por áreas, servicios u hospitales, junto a los planes de pensiones y las mutuas privadas. La reducción actual de los servicios que presta el Estado obedece tanto a la transmisión acelerada de los segmentos más rentables a las grandes corporaciones privadas, como a la necesidad de atender el pago de los intereses (35% del PIB) de la deuda transferida, extraídos básicamente de los «rendimientos» del trabajo merced a la política fiscal.

Aquella vieja fábrica que ocupaba la ciudad primero se desplazó fuera de los centros urbanos, después a otros países y continentes. La ciudad misma se está transformando en una gran factoría al servicio de los fondos de inversión internacionales y de la banca, facilitada por la política local.

Sobrevivir en estas urbes se ha convertido en una pesadilla que empuja al éxodo. La imposibilidad de vender tiempo a cambio de un salario y el constante encarecimiento de las necesidades más elementales recrudece aún más la marginalidad y la sumerge bajo el océano de la crisis. Al mismo tiempo, la exigencia de transformar el espacio público en un reducto privado por el que se paga y concede derechos transforma el espacio en un escenario mercantil abrumador. La televisión, que ha invadido nuestra intimidad, pretende colonizar nuestro interior con una contemplación del mundo que debe conseguir nuestra indeferencia o nuestra adhesión a determinados eventos político festivos…

Sabemos que los políticos están al servicio de la economía, que son su instrumento, son imprescindibles porqué representan y ejercen el imperativo de la autoridad capitalista. En estas condiciones que nos impone la economía política tratamos de resistir y de luchar contra la miseria; nos defendemos y acertamos cuando afirmamos: «no nos representan». También se les grita «chorizos, corruptos…» pues esta es su condición de ser en el sistema, dando a entender a la vez que es posible otra política, una política dueña de la economía capitalista. Pero para ello se requiere algo más que una regeneración moral de los políticos o un cambio en la política.

Una de las consecuencias del 15M ha sido acentuar la crisis de representación de los partidos políticos y del parlamentarismo como instrumentos de gestión social, crisis que se puede reforzar al contemplar el desparpajo y el menosprecio con que se ventilan las cuestiones que nos afectan cada día y en el futuro. Paralelamente asistimos a una proliferación de «alternativas políticas». Por un lado la reacción de la política institucional se desarrolla según la capacidad de gobierno, mientras en el gobierno del Estado se disfruta de una amplia mayoría y por si fuera poco se remata a golpe de decreto. En Catalunya sin un gobierno estable y en descrédito, los partidos compiten por representar la calle confinando toda la política posible y deseable en una insólita promesa: «el Estado os hará libres», cosa por la cual, sin duda, pasaremos a los anales de la Historia.

Por otro lado, la larga crisis de representación que acompaña la política burguesa, ha generado una miríada de «Alternativas», «Plataformas», «Procesos», etc., que recogiendo diferentes análisis, que van desde el anticapitalismo hasta el reformismo radical, pretenden regenerar la política integrándolos en el parlamentarismo, reproduciendo de facto la separación entre economía y política, cosa muy útil por varias razones: ¡tranquilos!, el sistema se puede reformar, se puede ser anticapitalista y participar en las instituciones capitalistas, el camino para acabar con la economía capitalista pasa a través de las instituciones capitalistas, podemos dedicarnos a la política sin necesidad de «cambiar» la economía.

Son las voces que claman por la democracia participativa, por su regeneración, que pretenden representar el descontento para articularlo convenientemente, desmenuzarlo para que sea útil. Son aquellos y aquellas aspirantes que persiguen representar la integración política en el marco capitalista, como si ello fuera posible, con un programa al viejo estilo socialdemócrata que tan buenos resultados ha dado. Su gran labor será: ilusionar para frustrar, sumar para dividir, representar para desmovilizar…

Cuando de lo que se trata es de cambiar el mundo en el que vivimos, cambiar la economía, la relación social que nos hace, a unos amos y a otros esclavos.

Numerosos de estos eventos y propuestas políticas se inspiran formalmente en el análisis crítico de los diferentes colectivos anticapitalistas, para concluir con la pretensión de representar y vehicular el descontento general y el posterior a la ocupación de las plazas, dirigiendo la acción política hacia estructuras, plataformas, «el partido», las elecciones, la democracia…

Asistimos a charlas, conferencias, actos políticos, permanecemos expectantes ante las disertaciones que tratan de describir el mundo en el que vivimos, de los alegatos que lo critican y que apuntan a su superación y cuyos contenidos podemos suscribir. Contenidos que habitualmente se presentan encapsulados bajo la forma magistral, donde uno o varios conferenciantes por turno nos interpretan la realidad bajo un formato: colocación de la mesa del conferenciante, disposición de los oyentes, gestión del tiempo de las diferentes intervenciones (conferenciante/oyentes), que la mayoría de las veces constituyen un antagonismo entre la forma y su contenido. Hace más de 20 años que insistimos en ello. No solamente lo que se dice se presenta de tal forma que contradice aquello que pretende afirmar, sino que se malgasta el objeto mismo de la comunicación, la oportunidad de intercambiar los materiales respectivos que conforman un saber. La forma condiciona el contenido, en cuyo caso se confecciona un saber que supuestamente se origina en la observación de la experiencia y cuya utilidad se reduce a la experiencia de la observación, un saber que se sitúa más próximo al iluminismo que como fruto de la comunicación.

No se encuentra entre nuestros deseos la voluntad de determinar la política como un espacio separado, su territorio y su acción, darle un uso delimitado. Todo es política, y bajo esta premisa amplia e igualitaria tratamos de intervenir en todo aquello que afecta nuestras vidas, reunimos la capacidad de discutir, la de comunicar, el intercambio…

 

Etcétera, noviembre 2013

 

 

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