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La ilusión del bienestar

 

Apreciaciones frente al estado

del bienestar

 

¿Cuando situar históricamente los inicios de lo que se ha dado en llamar el Estado del Bienestar?

El Estado del Bienestar viene de la mano de la Sociedad de Consumo, son dos caras de la misma moneda. Lógicamente se debería dirigir la mirada hacia el año 1933 cuando desde la presidencia de Estados Unidos se empiezan a aplicar las políticas keynesianas del New Deal, cuyo significativo nombre ya fijaba su intención de abrir un nuevo trato o acuerdo entre el Estado y los ciudadanos y entre el trabajo y el capital. En la nueva etapa que abre la doctrina económica de Keynes, el papel intervencionista y protagonista del Estado en el desarrollo de la economía-política, que posteriormente se irá implantando en muchos de los estados del mundo, será fundamental; es por ello que se ha dicho que «Lord Keynes es realmente un economista americano». Sin embargo, en los mismos EEUU, un capitalista como Henry Ford, cuyos hechos y dichos eran órdenes para el Estado, en el año 1914 ya había establecido en sus factorías el aumento de salario a 5 dólares diarios y había comprobado que como consecuencia de este aumento y de la aplicación de los métodos tayloristas a la cadena de montaje las incidencias que interrumpían o afectaban la producción disminuyeron, el costo de producción se redujo y aumentó la producción. El fordismo muestra la vía del trabajador como consumidor de las mercancías que él mismo fabrica.

Retrocediendo más en el tiempo «histórico», ha habido quienes han construido el relato de un Estado Protector a un Estado Providencia con las leyes de la Seguridad Social obligatoria en la Alemania de Bismack (1883). Incluso se ha retrocedido a la «social assintence» o la «public assistence» de las «poor laws» (leyes de pobres) del parlamento inglés en 1834. En el túnel del tiempo histórico, la mayoría de historiadores académicos ponen el foco, dejan correr la imaginación y reconstruyen propagandísticamente todo aquello que se ajuste a la opinión que les interesa dar en la actualidad para justificar la actuación del Estado moderno.

El Estado-nación moderno no nace completo y armado de la cabeza de Zeus; como todo organismo burocrático complejo se tiene que construir, adoptando las formas necesarias según las circunstancias1, en un proceso mundial que lo lleva hasta la máquina que actualmente es y esperemos que no a la que pudiera ser. Pero una cosa tienen en común todos los Estados, toman posesión de los nacidos en su territorio, el «ciudadano» nacionalizado es un ente con condiciones jurídico-políticas, ya no es como antes universalmente hijo de dios y localmente natural de su terruño, pasa a ser propiedad del Estado que tiene la potestad sobre él2. El Estado cuida de su propiedad y por eso se hace cargo de las vidas de sus súbditos nacionales: su salud, su educación, su seguridad… El Estado Protector, Providencia o Benefactor ha creado políticamente el concepto de los Otros, el extranjero o extraño, levanta muros de acero alrededor de territorios imaginados para controlar a la gran mayoría de las personas, pero sólo una minoría, su dinero y las mercancías pueden moverse libremente: los objetos, no los sujetos, son los únicos que pueden circular con libertad, el dinero pero no las personas.

Entre el primer Estado de la burguesía triunfante que se declaraba garante de los derechos del hombre y del ciudadano, o aquel que firmaba en 1948 la declaración universal de los derechos humanos y el actual Estado demócrata, suman, en poco más de dos siglos, la más grande barbarie que jamás ha conocido la historia: las guerras más atroces con las mayores matanzas de civiles, el mayor número de ciudades y tierras arrasadas, el mayor número de asesinados por las policías y de los ejércitos de sus propios súbditos nacionales en las incontables represiones de todos los Estados del mundo: de América a Asia, de Europa a África, se pueden contar por millones los «eliminados». Ahí está lo más inquietante de esta siniestra paradoja: con una apariencia de sosiego teatralizado nos pueden decir que nos matan para salvarnos la vida y aún haciéndolo universal en el número, el espacio y el tiempo, la rueda sigue girando en este mundo que se nos presenta mucho más ancho y ajeno de lo que en realidad debiera ser.

¿Por qué los Estados industrializados del mundo implantan el llamado Estado del Bienestar?

Durante la segunda mitad del siglo XIX y las dos primeras décadas del siglo XX, la fuerza y la resolución de un movimiento obrero que surgía y se constituía por su mismo actuar, inquietaba a un capitalismo que buscaba instituirse con una legislación y un Estado fuerte y ajustado a sus necesidades de acumulación de capital. Un mundo dividido en dos mundos: capital y trabajo. Entre 1848 y 1920, se sucedieron un gran número de luchas por un movimiento obrero que buscaba su camino con una fuerza suficiente como para tener el poder de establecer una simbología y una cultura propias, sobre las que se perfilaba otro mundo posible. El hiato abierto hacía visible dos realidades distintas y diferenciadas entre dos clases sociales opuestas, antagónicas.

La represión de los Estados capitalista, ni sus ejércitos ni sus policías, parecían suficientes contra la lucha del movimiento obrero. Entre 1914 y 1918, los Estados industrializados exacerbaron el nacionalismo y lograron en una guerra mundial, de todos contra todos, enfrentar a los trabajadores y pobres de Europa, América, Asia, África y Australia. Pero sobre la montaña de cadáveres, sobre todo en Europa, surgieron los consejos obreros y campesinos (los soviets), el derrocamiento del estado zarista ruso y su intento de implantación en Alemania, Hungría e Italia, pero también en China donde momentáneamente se liberaron grandes ciudades (Shanghái y Cantón) y territorios.

Después de la primera gran guerra, en un mundo dividido en dos, el poder obrero era un peligro que el capitalismo veía como muy real. Pero el capitalismo también estaba inmerso en sus propias contradicciones, la crisis de sobreproducción explotó con el crack de 1929, los almacenes estaban llenos de mercancías estancadas, los obreros en paro, los pequeños agricultores arruinados, la inflación disparada, las monedas depreciadas. Las factorías de Ford habían dado la primera pista, ante el peligro del control obrero: el taylorismo y la cadena de montaje como formula empresarial de controlar los tiempos y los espacios productivos, y un ligero aumento de salario que permitiese convertir al trabajador en consumidor.

Las doctrinas económicas de la intervención directa del Estado en la economía política se aplicaron tanto en los fascismos europeos, como en el capitalismo de estado ruso y en el New Deal de EEUU. Pero será el pleno funcionamiento de la industria de guerra y el ciclo de destrucción y reconstrucción mundial el que permitirá al capital entrar en un nuevo ciclo productivo. Por lo tanto en el mismo año 1945, recién terminada la 2ª Guerra Mundial, los estados anglosajones ponen en circulación el término The Welfare State, es decir, el Estado Benefactor o del Bienestar. El Capital, al poner en marcha a gran escala las políticas keynesianas, admitirá por décadas, el protagonismo del Estado en la economía-política. Los partidos socialdemócratas que ya anteriormente habían entrado en algunos gobiernos europeos, se implican ahora plenamente en la gestión del Estado. Los sindicatos se integran en la gestión de las empresas capitalistas y aceptan que la lucha obrera se centre únicamente en el salario y en las condiciones de salubridad de los puestos de trabajo. Incluso, a los partidos comunistas, reclaman y se conforman con cualquier pequeña parcela burocrática que les permitan gestionar. En el sistema productivo industrial se impone el modelo fordista de concentración obrera y productiva. Se desarrollan las infraestructuras y la logística para favorecer la rápida circulación de mercancías, así como la energía. En el llamado primer mundo, el trabajo no falta y el nivel de paro es mínimo, es la época de los electrodomésticos, la televisión y el automóvil. También se impone a nivel mundial la industrialización de la agricultura y el sector terciario: industria del turismo, la cultura y el ocio. Los trabajadores, ya consumidores, se dejan arrastrar por la ilusión y la ficción de la sociedad del consumo y del supuesto bienestar.

Dos guerras mundiales y entre ambas una crisis económica larga y virulenta habían dejado a la especie humana chocada, entre la sorpresa del sobreviviente y la congoja inquietante de que el futuro podría ser más terrible después de comprobarse los inimaginables efectos de las dos bombas nucleares y de encontrar una buena parte del mundo en ruinas. Lo ambivalente de esta sociedad se pondrá de manifiesto en la propaganda nuclear durante la llamada guerra fría: por una parte se tiene la certeza de que el botón nuclear puede destruir cien veces el mundo y por otra las centrales nucleares garantizarían el futuro energético de los humanos. Cuanto más se repiten los términos progreso y humanidad más evidente es la posibilidad de la catástrofe y que la realidad supera la ficción. En las siguientes décadas se abriría un proceso de expansionismo productivo, con la reconstrucción y la producción masiva de mercancías y sin embargo se seguirá evidenciando que la acumulación de riquezas en un polo representa, al mismo tiempo, la acumulación de miseria en el otro. También se producirían, en este periodo, cambios sociales y culturales importantes.

Con la sociedad de consumo la técnica entra masivamente en cada hogar y por lo tanto en la cotidianidad de las personas. En las cocinas con la nevera, la lavadora, la aspiradora, las licuadoras, etc…; en el baño, por ejemplo, con el secador de pelo…; en el salón y habitaciones con la TV y el reproductor de música. Y como mayor signo individual exterior, el automóvil. La técnica se interioriza y se apodera de cada individuo, cualquier artefacto que llevamos cotidianamente es un complejo tecnológico difícil de imaginar y entender.

¿Qué han representado los llamados «treinta gloriosos»?

Tenemos que fijarnos, principalmente, en las sociedades industrializadas que son donde realmente se puso en práctica este modelo, al resto del mundo llegaron, si acaso, sus secuelas o su propaganda. Los «treinta gloriosos» se denominan a los años de máxima producción y mayor tasa de ganancia que van de 1945 hasta 1973.

El relato en el que se basa la Sociedad del Consumo y el Estado del Bienestar era esencialmente triunfalista, una economía en constante crecimiento con una máxima producción y una mayor tasa de ganancia, almacenes y escaparates repletos de mercancías y multitud de consumidores con acceso a ellas y servicios públicos para todos. Un Estado dadivoso que garantizaba el bienestar de la gente para siempre. Una idea de progreso continuo que permitiría la incorporación paulatina de todo el mundo en este sistema de trabajo, protección social y acceso al consumo.

Asimismo, la implantación de este modelo social ha representado una transformación radical en las formas de vida de las personas. El proceso de individualización a que ha conducido la asalarización de la mayoría de las actividades humanas y la extensión de la protección social ha llevado a la desarticulación de los núcleos de comunidad, intercambio y solidaridad que existían en la sociedad preconsumista. El más afectado, sin duda, ha sido la familia patriarcal, base económica y estructura de orden y opresión en la antigua sociedad. Así, ésta se disgrega quedando reducida a la mínima expresión. El salario ha permitido a mujeres y jóvenes independizarse del orden patriarcal.

Por otro lado, el reconocimiento de la igualdad teórica (la real se resiste) conseguida por la lucha a favor de los derechos civiles representa en la práctica una liberación de los tabús y represión que mantenían el orden mediante la segregación sexual y social. Asimismo, esta libertad individual ha permitido la explosión de nuevas formas culturales que, sin duda, han enriquecido el comportamiento cotidiano.

Sin embargo (sin entrar en toda la barbarie que tuvo lugar en el mundo durante estos decenios: guerras, masacres, golpes de estado, represiones cruentas…), la actividad de la mayoría de los trabajadores en las empresas se empobrece haciéndose rutinaria en la función que se le asigna dentro del proceso productivo. También su vida fuera del puesto de trabajo, rodeada de aparatos, productos de consumo y de la industria cultural, deviene finalmente pre-establecida y estresante. 

Nos dicen que el brillo de la mercancía y la circulación del dinero convirtieron a los trabajadores en consumidores y ya no quisieron pertenecer a la clase obrera que se difuminó y disolvió entre los neones de la publicidad y los escaparates. Sin embargo, durante la década de 1960 una serie de rebeliones sacudieron el mundo tanto en América como en Europa, donde cruzaron telones de acero y en algunos puntos se alargaron durante toda la década de 1970. Se retomó la crítica al fetichismo de la mercancía; a la reificación y la cosificación de los trabajadores y a las personas por parte de esta sociedad. La crítica a la vida cotidiana, el individuo aislado en su gregaria soledad. La crítica al trabajo, a su alienación, la crítica a los modos de producción fue puesta en práctica con la indisciplina laboral, el absentismo, el boicot… Los sindicatos y los partidos perdieron su centralidad en el mundo obrero y los trabajadores buscaron nuevas formas de organizarse…

 

Consumo y energía

Pero no hubiera sido posible la sociedad que tenemos sin la explotación de los yacimientos energéticos hasta niveles cercanos a su agotamiento; el modelo de crecimiento y desarrollo ha sido diseñado de tal manera que sin un altísimo volumen de energía no se hubiera producido la tan cacareada sociedad del bienestar. Atrapados, se nos ha empujado por un camino que parece no tener salida. Rayando la utopía, algunos han alcanzado la luna y pronto posiblemente otros planetas; pronto serán posibles la inteligencia artificial y los ejércitos podrán hacer la guerra sin soldados, pero el caso es que en 150 años hemos consumido bienes energéticos que tardaron 150 millones de año en generarse y que consumimos energía a un ritmo 400 veces mayor que el que genera la biosfera, de tal manera que el crecimiento y consumo de las fuentes energéticas ha tomado aproximadamente forma exponencial hasta la primera década de este siglo.

Se necesita energía para producir energía. En los primeros años del petróleo, se precisaba un barril para extraer cien barriles, es decir una TRE3 de 100:1, y en relación al carbón de superficie, la tasa era de 60:1. La TRE media del petróleo se encuentra hoy en la mayoría de los países entre 10:1 y 25:1. En el fracking, otro espejismo actual, la relación es de entre 4:1, con un impacto insalubre y devastador mucho mayor.

En estos últimos decenios se ha alcanzado el cénit en la producción del petróleo y gas. Si muy ligeramente ha caído su demanda y en consecuencia su producción (un -3% anual desde 2010) ha sido por sus altos costes. No le era posible a la concentración del capital mantener la misma tasa de beneficios y al mismo tiempo el estado de bienestar para el resto de los mortales; solo el decrecimiento de los salarios y el expolio del patrimonio común a toda la sociedad –entre el cual se halla todo tipo y cantidad de energía– pueden mantener alta la acumulación y reproducción del capital.

Pero este disparate es doblemente obsceno al haber convertido la consecución de la energía en negocio y al haber expoliado y destruido con ello buena parte de los continentes. La codicia de unos pocos hizo que el planeta fuera dibujado como un manantial infinito de recursos que con nuestro trabajo aplicado nos proporcionaría satisfacción y bienestar como nunca podíamos imaginar.

Para algunos, el agotamiento y carestía energética ha sido una de las causas de la actual crisis global, para la mayoría, la de su agravamiento y aceleración.

No todo el petróleo es para la energía motriz, lumínica, o térmica; hoy una gran parte va destinado a la industria doméstica (detergentes, plásticos, pinturas, fibras sintéticas), construcción (asfalto, PVC), farmacéutica, química, etc. Y las energías renovables, por su naturaleza, no pueden reemplazar al petróleo.

No se trata de augurar fin del mundo, pero esta constatación debería apuntar hacia el final de un sistema de producción, trabajo y consumo. Final que se estrella con los intereses de quienes se niegan a renunciar a sus prerrogativas, en detrimento de la sociedad del bienestar.

De los 975 millones de seres humanos que había a principios del siglo XIX, hemos pasado a 1.650 millones en 1900 y 6.000 en el año 2000; en 2011 se alcanzaron los 7.000 millones, con lo que el mundo se ha ofrecido como un inmenso y apetitoso pastel a los ojos de quienes tienen por vida la especulación y las ganancias. En este período de crecimiento demográfico, energético y económico (banca, bolsa, finanzas, etc.) queda bien plasmado el perfil de un crecimiento exponencial, pero como expresa el físico Albert Barett, la mayor carencia de los humanos es su incapacidad para entender el efecto devastador de la función exponencial.

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Etcétera, noviembre 2013

 

 


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