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La vida que no cesa

 

No vemos el mundo que en el exterior de las relaciones sociales mercantiles se está creando fuera de la lógica de la técnica y del capital porque vemos el mundo según la pantalla (de la televisión), que lo ignora, y así, simplemente, este mundo no existe. La pantalla es nuestra fuente de información, aunque sepamos de su mentira; cada vez menos vemos los acontecimientos, las cosas directamente y cada vez más las vemos a través de la pantalla, mediatizadas por ella, hasta el punto de dudar de su existencia si no asoman por ella, que les da legitimidad y verdad.

La pantalla moldea la realidad a su aire, a su guisa y, como tal, la establece como única y verdadera. La pantalla no aparece como un reflejo de la realidad sino que es esta la que aparece como un reflejo de la pantalla: lo que la pantalla no nos muestra simplemente no existe. Así sucede con el mundo exterior a las relaciones sociales mercantiles que estructuran nuestra civilización capitalista. Un mundo que aflora y se abre paso contra todo, que discute las categorías que sostienen el viejo mundo aun en vigor –la competencia, la eficacia, el máximo beneficio– y avanza otras –el apoyo mutuo, el deseo de vivir, la gratuidad–, que la pantalla ignora.

De este mundo ignorado pues en la pantalla queremos saber y hablar. Mucho hemos hablado, aunque en su contra, del mundo que nos gobierna, que nos domina, que nos explota, que nos aliena, que vive de nuestra muerte, convertida nuestra fuerza vital en fuerza de trabajo y ésta en mercancía. Interesados ahora en hablar no tanto de nuestra alienación y más de nuestra actividad creativa, no tanto de nuestra sumisión y más de nuestra rebeldía, no tanto de nuestro andar gregario y más de nuestro ser solidario, menos de nuestra servidumbre y más de nuestro señorío. Hablar más de lo posible como parte de la realidad, más de las posibilidades que tenemos el conjunto de los seres humanos de construir otra sociedad que desarrolle lo que de más humano hay en nosotros, más de la vida que vemos surgir por todas partes. Hablar de nosotros, no tan enajenados y aborregados como nos ven los tertulianos críticos que hablan y escriben acerca de nosotros, sino dados más bien a la ayuda mutua, a la amistad, a la generosidad, al rechazo espontáneo de la injusticia y de cualquier forma de poder, a quienes el poder deja indiferentes (Cossery). Hablar de la gente común, más digna de elogio que de desprecio, como decía Camus, hablar de su cotidiana honestidad, de su «common decency», como lo enfatizaba Orwell.

Hablar de la autonomía que se construye en las comunidades indígenas; de la vida cotidiana en tantas colectividades enraizadas en la superficie de la tierra; de la creación, a través del gesto y de la palabra, que asoma detrás de cada esquina; de la relación entre iguales que se establece en las plazas y en los rincones de todas las ciudades del mundo; de las incesantes luchas por conservar algo de la vida que va a ser destruida por la Economía; de la rebelión individual y colectiva para afirmar la dignidad y la autonomía; de los pequeños gestos rebeldes que germinan bajo el anonimato; de la poesía más a ras de suelo que desafía la banal grandilocuencia de la que se dicta desde arriba; del empeño por construir relaciones horizontales más allá de la mediación estatal; de la actividad cooperativa y del intercambio para cubrir nuestras necesidades sin la mediación dineraria; de nuestros sueños que desde el mañana buscan realizarse en el presente. Hablar, en definitiva, de la vida que nos interesa.

Ver este mundo, oír estas voces, constatar estas realidades es afirmar la posibilidad de un mundo otro, habitable para los seres humanos, sin que tengan necesidad de perder su humanidad. Afirmar esta posibilidad es una tarea política; la política se da en el campo de lo posible. No se trata de perdernos y adormecernos en la utopía de un futuro mejor, siempre ausente, sino de activar la presencia de esta ausencia, entendido aquel futuro como por venir, como algo a venir a modificar de raíz (suprimir y realizar) este mundo. No se trata de empeñarnos en cambiar a las personas que habitamos este mundo, sino en cambiar las relaciones que entre ellas se establecen, siendo la sociedad no la suma de individuos sino la suma de las relaciones y condiciones en la que estos individuos se encuentran. No se trata de cambiar la idea que nos hacemos de las cosas, la conciencia que de ellas tenemos, sino las cosas mismas, las relaciones sociales imperantes. No se trata de construir una sociedad perfecta, sin contradicciones, sin mediaciones, del todo transparente, sino simplemente una sociedad al servicio de la vida de las personas y no de la vida del capital.

El cerco a la vida que el capital dispone, cerco técnico, político, económico, semántico es burlado. La Economía cerca la vida y la explota como fuerza de trabajo y fuente de consumo, de ella solo le interesa la producción de valor; por esto produciendo en abundancia produce la escasez (y el hambre). Pero la vida escapa al cerco económico y ensaya formas no económicas como el don, la gratuidad. Cercada también por la política la vida escapa a la forma Estado que postula la falacia de un espacio separado en el que todos seríamos iguales bajo la forma de ciudadanos, y se da otros espacios de asociación, asociación entre iguales, en una relación horizontal, no jerárquica, donde la diferencia es solo diferencia y no desigualdad. La vida cada vez más cercada por la Técnica, que la pone al servicio del crecimiento, no de la vida sino del crecimiento mismo: eficacia y progreso. Pero también aquí escapa por las vías de la lentitud, del decrecimiento, del encuentro con la naturaleza.

Cerco semántico: a la mentira de sus palabras alzamos la belleza y el atino de las nuestras: En la calle, a la crisis se le llama estafa y a los recortes en sanidad, asesinato. Sus palabras fuertes: eficacia, progreso, información, dinero pierden entonces su significado y solo mantienen el significante de la muerte. De la eficacia sabemos de su andadura: nace, en su dimensión actual, con el capitalismo, que introduce la razón económica como última instancia y la razón técnica como único criterio, dejando atrás costumbres y tradiciones: lo que se pueda hacer se hará. Del progreso sabemos de su engaño: el progreso no es sino progreso de la vida del capital que llama progreso a su progreso. De la pantalla sabemos de sus resultados: suprime la alteridad al mantenernos siempre presentes, sin la distancia necesaria que nos constituye como sujetos; anula la separación necesaria para que se dé el encuentro con el otro, sin distancia no hay próximo. Del dinero sabemos de su escasez: mientras haya dinero siempre habrá poco: la escasez es su esencia. Roto el cerco semántico, avanzamos nuestras palabras: ayuda mutua, solidaridad, amistad, afinidad, trueque, don, gratuidad, querer vivir. La mentira no aguanta la mirada de la vida.

 

Etcétera, junio 2012

 

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