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Correspondencia...

 

 

Desde Portugal

El enigma y la desaparición

     «Hicimos una revolución pero en vez de explotar, implosionamos. Y seguimos

 en la clandestinidad» Mário Cesariny de Vasconcelos (1923-2006).

El 18 de abril de 2012, una tropa de mercenarios del Estado portugués, armado hasta los dientes, tomó un antiguo barrio popular del centro de Oporto. El objetivo era asaltar una escuela abandonada, ocupada desde hacía algunos meses por jóvenes y vecinos a los que había que desalojar. Este espacio, dejado a su suerte en su día por las autoridades, se había convertido en un centro social que albergaba múltiples actividades que iban desde la enseñanza a actividades culturales y deportivas. Una vida asociativa había sustituido al abandono una vez desplazada la actividad autodestructiva de la economía de la droga. Lo que molestaba al orden capitalista era que todo este entusiasmo se reclamaba de los principios de la autogestión, que reunía en un mismo espacio a jóvenes activistas con jóvenes y menos jóvenes vecinos del barrio. El mismo día, y a algunos miles de kilómetros de esta escuela de Alto da Fontinha, el muy seguro de sí mismo ministro de Economía del Gobierno portugués, Sr.Vitor Gaspar, estaba en Washington DC. Ante los jefes del FMI, este individuo interpretó un rastrero «numerito» de contrición: «En mi país, la gente está completamente dispuesta a sacrificarse y a trabajar duro para que el programa de ajuste sea un éxito, razón de más cuando el esfuerzo lo estamos repartiendo de manera justa». El señor Gaspar es un tecnócrata tedioso, frío y gris surgido del mundo universitario, seleccionado en base a su presunta independencia de los aparatos políticos. Algunos portugueses, que compensan la resignación con un agudo sentido del humor le han apodado Gaspalazar, en recuerdo de uno de sus siniestros predecesores quien, después de haber puesto al día las cuentas de la botica, se enganchó violentamente al carro de la Historia.[1]

La anécdota cuenta que este maldito individuo, cuando da una moneda a un mendigo de la calle, ¡le exige un recibo!

Estos dos acontecimientos que se han interrelacionado por casualidad en el espectáculo mediático, son, cada uno a su manera, ejemplos de dos tendencias que atraviesan la sociedad portuguesa en estos tiempos de crisis. Por un lado la radicalización de una minoría que, por primera vez después de los años de la revolución portuguesa de 1974-1975, toma en sus manos la necesidad de construir alternativas a la morbosidad del determinismo económico. Jóvenes precarios, pero también gente de las clases populares hartos de los sacrificios mencionados por Gaspalazar, entre quienes el agotamiento de la paciencia lusitana cede el lugar a un profundo odio hacia los poderosos. Por otro lado, la actitud servil de Gaspalazar muestra la bajeza de la burguesía portuguesa ante los señores del mundo financiero. Como telón de fondo a estas dos historias aparece el paisaje de una sociedad arruinada por las medidas de recesión.

En nuestros días parece cada vez más evidente que la dinámica de la democracia se reduce a una alternancia entre dos corrientes políticas siamesas en la cumbre del Estado, sometidas a una misma lógica económica. También en Portugal el hecho de votar no representa una elección sino más bien un rechazo. En el gobierno después de muchos años, el Partido Socialista vio como se le aparcaba en favor de su clon de derechas, el Partido Socialdemócrata. Después de haber aplicado las primeras medidas de austeridad impuestas por la Troika como contrapartida al primer préstamo del plan de salvación,[2] los socialistas se vieron enfrentados a un rechazo inesperado. El 12 de marzo de 2011, centenares de miles de personas se echaron a la calle en las grandes ciudades secundando el llamamiento de un colectivo informal de jóvenes precarios. Paradójicamente, y más teniendo en cuenta que la pasividad social es una característica que define la sociedad portuguesa, el movimiento llamado 12M fue el primero de una larga lista de movimientos que van desde el 15M en España a los indignados griegos e israelíes o a los americanos del Occupy Wall Street. Desmarcándose de las tradicionales mesas del arcaico Partido Comunista portugués y de su central sindical, la CGTP, estas manifestaciones representan una nueva manera de protesta al sistema, un rechazo de la corrupción del mundo político, un replanteo de las consecuencias sociales de la economía de mercado y de la naturaleza autoritaria del sistema representativo. A diferencia de otros movimientos de este tipo que se revelaron sin futuro, el 12M proclamaba una continuidad. Hundido por historias de especulación y de corrupción, abandonado por centenares de miles de votantes que fueron a parar al gran partido de la abstención, el PS no pudo evitar la debacle en las elecciones. Posteriormente, y siguiendo un ritual ya muy bien ensayado en todas partes, los nuevos estafadores llegados al poder, siguieron por el mismo camino. Como sucedería más tarde con los vecinos españoles, colocaron todo tipo de obstáculos e impusieron un tratamiento «de choc» a toda la sociedad portuguesa.

A excepción de Grecia, es en Portugal donde, sin lugar a dudas, la amplitud de la austeridad es la más violenta de Europa. Con el primer paquete de medidas, el gobierno hizo una declaración de intenciones. La función pública vio como le suprimían dos mensualidades al año[3] al mismo tiempo que se hacía lo mismo con las pensiones de jubilación. En el sector privado se incrementó media hora diaria el tiempo legal de trabajo. El IVA se generalizó al índice máximo del 23%, los transportes, el teléfono, los peajes de las autopistas, el agua, la electricidad sufrieron aumentos sucesivos que alcanzaron hasta el 30%. Se revisaron al alza los impuestos sobre la vivienda, se multiplicó por dos el tique regulador de la sanidad y se aplicaron nuevos criterios selectivos para acceder a las ayudas a los más pobres a la vez que se reducía su importe. Algunos meses más tarde, a principios de 2012, un segundo paquete de medidas se abatió sobre una población aturdida. Esta vez le tocaba el turno a la legislación laboral, se trataba de «agilizarla», como ellos dicen… Se incrementó en una semana el número de días trabajados al año,[4] el importe de las horas extraordinarias se redujo a la mitad, se facilitó el despido por causa de «inadaptación» al puesto de trabajo,[5] cualquier ausencia en un día que cayera junto a un día festivo se penalizaba con la pérdida del salario del festivo, la indemnización por despido se reducía en un tercio, se endurecieron las condiciones para tener derecho al seguro del paro, se suprimieron los convenios colectivos de sector que se sustituyeron por acuerdos de empresa. Finalmente, el derecho de supervisión por parte de la Inspección de trabajo sobre las empresas se redujo a la mínima expresión. La lista infernal de las medidas de austeridad parece no tener fin y se amplía a medida que pasan los días…

Son fáciles de imaginar las consecuencias sociales que conlleva un ataque capitalista de estas dimensiones en una de las sociedades más pobres de Europa occidental, en la que el nivel de vida era ya bajo y los salarios casi la mitad de los de España. Según especialistas en estadística, el aumento de las desigualdades sociales en Portugal es en la actualidad uno de los más grandes de Europa. Ya se había duplicado durante el período entre 1996 y 2006 y después ha ido aumentado a un ritmo cinco veces más rápido que en el resto de la Comunidad Europea. Portugal es el país en el que las medidas de austeridad recaen con mayor fuerza sobre los más pobres, más que en Grecia y muy lejos de Estonia e Irlanda.[6] No hace falta afirmar que la concentración de la riqueza se acelera en el país, fenómeno que se inició a principios de los 80. Se trata de un doble movimiento que sigue la tendencia general de las sociedades capitalistas contemporáneas y que, en el caso específico de Portugal, se corresponde con el período democrático de después de la Revolución de los Claveles. Argumento a tener en cuenta en la reflexión sobre el contenido no-igualitario de la democracia parlamentaria moderna.[7]

Las primeras víctimas del rápido crecimiento de las desigualdades y del empobrecimiento social son los viejos jubilados o pensionistas, las mujeres y los jóvenes trabajadores, titulados o no.[8] Para entender mejor lo que Gaspalazar llama «sacrificios aceptados» vamos a hacer una nueva relación de desgracias. A principios de 2012, la tasa oficial de desempleo se situaba en el 25% y en los más jóvenes se acercaba al 35%. El derrumbe total del sector de la construcción y la desaceleración del turismo, que eran los sectores que tiraban un poco de la débil economía del país, llevan a decenas de miles de trabajadores a engrosar las listas del paro todos los meses. A penas la mitad de los parados inscritos perciben una ridícula pensión. Un 60% de los jóvenes que trabajan lo hacen en situación de precariedad. Cerca de 400.000 trabajadores (principalmente jóvenes y mujeres) perciben un salario de 400 € al mes (el salario mínimo) y viven en situación de pobreza. En las zonas urbanas, la pobreza crece de forma exponencial. En 2011, siete mil familias devolvieron sus viviendas a los bancos, dada su incapacidad para pagar sus hipotecas; las organizaciones caritativas y los comedores populares se ven desbordados por las solicitudes de ayuda que se doblan de año en año.

Mientras, el sector bancario –que constituye a partir de ahora el núcleo de la clase capitalista portuguesa– implicado, como en todas partes, en la especulación financiera e inmobiliaria con su cohorte de corrupciones, continúa siendo reflotada por el Estado, «saneada» dicen…

Algunos espíritus afligidos no dudan en hablar de una futura desaparición, en un breve espacio de tiempo, de este viejo país. Portugal es un lugar en el que el número de personas mayores no deja de crecer mientras la natalidad baja. De los 10 millones de habitantes, dos millones son mayores de 65 años. Lo que es perfectamente visible en los barrios populares de las ciudades, lo es mucho más en el país profundo, habitado por personas mayores. Mientras que en la Comunidad Europea, los agricultores mayores de 65 años representan un 35% del colectivo, en Portugal este porcentaje sube hasta el 50%. Como el promedio de la pensión de jubilación es de 373 €, muchos jubilados continúan trabajando para poder sobrevivir. No es suficiente ser mayor, es necesario haber hecho méritos para serlo. Los que abandonan se arriesgan a sufrir una especie de eutanasia social que queda en el anonimato. Abandonados, aislados, sin medios para desplazarse, viviendo la mayoría de las veces en condiciones insalubres, muchos de ellos desaparecen. Varios sucesos mórbidos recientes, en Lisboa y en Oporto, revelan que los efectos de la crisis se traducen para muchos en un aumento repentino de la tasa de mortalidad de las personas mayores. En el interior del país, la situación es todavía más dramática. A algunas decenas de quilómetros de Lisboa los Centros de Salud (ambulatorios) han cerrado o carecen de lo más elemental, atendidos con gran dificultad por algunos médicos, la mayoría inmigrantes, cuidan de una población mayor y desfavorecida. El doctor Denis Pizhin, ucraniano, trabaja en el Centro de Salud de Odemira, pequeña población situada entre el Alentejo y el Algarbe, una de las regiones consideradas de las más pobres de la Unión Europea en la que una tercera parte de la población posee unos ingresos de 10 euros al día.[9] Denis gana 15 euros la hora, visita a 60 o 70 personas al día y a menudo carece de suero…»¡Esto es África!» nos comenta completamente desanimado.[10]

Sin embargo, si los ancianos están mal, los jóvenes tampoco están bien en absoluto. Estamos asistiendo a un fenómeno muy extraño. Desde hace algunos años, más del 60% de los jóvenes se quedan o vuelven a casa de sus padres. Este movimiento afecta incluso a «jóvenes» de 30, 40 años… que están en el paro y regresan a casa de «los viejos» con toda la familia. ¡Qué extraño país en el que los viejos se convierten en el sustento de una juventud a la deriva, precaria; ¡En el que los viejos son el futuro de los jóvenes!

Cuando los jóvenes no pueden apoyarse en sus padres, se agarran al histórico reflejo de la emigración que es como una segunda naturaleza para los portugueses. El mismo gobierno admitió a finales de 2011 que más de 100.000 personas habían emigrado durante aquel año –movimiento que continúa y aumenta desde hace unos diez años– hacia Europa (de Inglaterra a Holanda, de Noruega a Suiza) pero también hacia las antiguas colonias, principalmente Angola. La composición de la emigración es, hoy en día, muy distinta de la de los años 60. En la franja de entre los 35 y 50 años, la emigración afecta a las capas populares tradicionales. Entre los jóvenes escolarizados, con titulación, es un fenómeno nuevo. Una revista de gran tirada –que se dirige a un público de clase media– realizó un sondeo entre sus lectores en el que les preguntaba: «¿Cuál es la mejor solución para hacer frente a la crisis?» El 56% respondían «Gastar menos», 26% respondían «emigrar».[11] En consecuencia, si las huelgas generales burocráticas convocadas por los antiguos sindicatos se revelan impotentes ante la implacable máquina de medidas capitalistas, igualmente, la emigración, reacción ancestral de la pobreza, no aporta hoy en día ninguna solución. Representa más bien un problema nuevo. Estas situaciones de partida se realizan en una situación completamente nueva, los emigrantes desembarcan en sociedades en las que el mercado de trabajo se ha hundido. Las situaciones de desesperación se generalizan mientras familias con niños se ven abocadas a vivir en la calle y acaban en la puerta de unos desbordados servicios consulares. A la violencia de esta situación se suma la desaparición de los antiguos lazos solidarios de la anterior emigración. Se generalizan actitudes de rechazo hacia los recién llegados y se denuncian situaciones de casi esclavitud por parte de «compatriotas» interesados. Estos horrores se ven diariamente reflejados en la prensa sin que por ello esta dinámica desaparezca. El ansia de supervivencia es tal, que cada uno está convencido de que podrá salir él solo mientras que la única posibilidad reside en la ayuda mutua y en la lucha colectiva.

Al igual que Irlanda, Grecia, España y pronto otras sociedades europeas, Portugal sufre las consecuencias de la política económica dominante cuya ideología subyacente es la del capitalismo del «laissez faire». Se trata, por lo menos en los enunciados, de volver a una situación de una mínima intervención del Estado en la economía, mientras que dicha intervención del Estado en la economía no ha dejado de crecer desde la Segunda Guerra Mundial. Estas políticas atacan, principalmente, al mercado de trabajo: limitan el salario social, reducen los salarios, aumentan la intensidad del trabajo con el objetivo de hacer crecer la productividad y la cantidad de ganancia. Porque, para que la inversión capitalista vuelva a obtener buenos resultados, hace falta restablecer la rentabilidad de la producción en su conjunto, modificar la relación entre la masa de ganancia y la masa de capital. Debido a esto es por lo que asistimos a un doble proceso de devaluación, el de la fuerza de trabajo y el del mismo Capital. En el restringido laboratorio portugués es este objetivo igualmente el que guía la actuación de Gaspalazar & Cº, bajo la atenta mirada de la Troika. Es aquí donde se originan las quiebras, la concentración y la destrucción de los sectores más débiles del capitalismo local, la austeridad de los salarios, en resumen el empobrecimiento de una gran mayoría de la población. Pero, incluso antes que se pusieran en marcha estas medidas, el coste medio por hora de la mano de obra portuguesa estaba por debajo de la mitad de la media europea, uno de los más bajos.[12]

¿Acaso es necesario establecer nuevas formas de esclavitud o de trabajo obligatorio para que los capitalistas lo vean interesante?[13] Hay que decir que, en este país que representa una pequeña parte del capitalismo europeo, estas medidas restrictivas no «relanzan» gran cosa, porque hay poco que «relanzar». Mientras, las políticas de devaluación destruyen los lazos sociales y acentúan los antagonismos de clase. Algo mucho más grave para el sistema: el que se está hundiendo es el antiguo modelo democrático fundado sobre el consenso del crecimiento. La evolución del desastre es evidentemente más visible en las sociedades pobres y frágiles de la periferia, como Portugal. El paro aumenta al mismo tiempo que el déficit público dado que la financiación del Estado se ve cada vez más comprometida por la recesión y la fragilidad de las medidas fiscales. Mientras, la financiación de la deuda y sus intereses se presenta cada vez más complicada. La pretendida «ciencia económica» navega en la incoherencia. Se argumenta incansablemente que la reducción de la deuda pública pasa por la austeridad y la rebaja del coste del trabajo, pero lo que cualquiera puede constatar es el hundimiento de la producción. A la disminución de la demanda inducida por el Estado (mediante el apoyo a la producción y al consumo privado) se añade la espiral de la recesión. Hasta tal punto que por todas partes algunas voces empiezan a cuestionar la eficacia de las «políticas de lucha contra el déficit». «Tenemos el derecho de poder interrogarnos respecto a lo acertado de esta lógica (el rigor para salir del círculo infernal de la deuda)» y sobre «la sobredosis de rigor» que deja abiertas las puertas y ventanas a la crisis social en las sociedades.[14]

Si analizamos la situación actual a través del prisma de los límites de la economía mixta moderna, el examen de la situación actual demuestra que la reducción de la inversión del Estado conduce inevitablemente a una contracción de la actividad económica. Aquí tenemos la prueba de que es la debilidad de la economía fundada en la propiedad privada, su débil rentabilidad, lo que caracteriza al capitalismo maduro como defendía Keynes. Que la acción del Estado en tanto actor económico no es la causa de los problemas del capitalismo privado, sino más bien su consecuencia. Que la debilidad de la producción privada de ganancia es a la vez el origen y el obstáculo para la reducción de la deuda acumulada. Que, a falta de una intervención del Estado en la demanda global se vuelve a una situación de crisis permanente de la que el capitalismo privado carece de los medios para salir, salvo por medios bárbaros como sucedió en la Segunda Guerra.

Pase lo que pase, Gaspalazar y su corte permanecen impermeables a cualquier duda. Formados en la Cofradía de los druidas del liberalismo, estos personajes siguen sin rechistar la ortodoxia monetarista del momento. Su frialdad va a menudo unida a un cierto cinismo de clase. A este respecto vale la pena detenerse brevemente en una reciente entrevista a dos altos funcionarios del FMI, enviados a Lisboa para «acompañar» las medidas de empobrecimiento de la población.[15] El brasileño Marques Souto y el austríaco Albert Jaeger tienen un trabajo diario bastante banal semejante al de un comisario de policía. Sin muchos escrúpulos, deben dedicarse a leer los periódicos, estar al corriente de lo que sucede, controlar a Gaspalazar & Cª, redactar informes, tener al día a sus jefes del FMI en Washington. Espléndidamente remunerados, los señores Souto y Jaeger son buenos padres de familia, adoran a sus hijos que llevan a escuelas privadas, viven en barrios agradables con vistas al mar y les encanta la buena mesa. Dejando un poco de lado su frialdad económica, sin temor a la indecencia, se dejan ir incluso un poco a la hora de comentar los encantos de la vida local: «En Washington, aunque se esté cerca del océano, el marisco y el pescado no son tan frescos como aquí». ¡Parece ser que para algunos existe un lado bueno en la recesión!

Cuando, a finales de Marzo del 2012, tuvo lugar en Oporto un encuentro sobre «El sueño, el ensueño y la sociedad», pudo creerse que estábamos ante una acción brillante, muy oportuna, de los surrealistas portugueses.[16] Desgraciadamente, solo se trataba de un coloquio banal, eminentemente científico, de neurólogos y simpatizantes, nada preocupados por el poder subversivo y utópico del sueño. En una de las conferencias, una neuróloga «admitió[17] que la intensidad de lo cotidiano, agravado por el efecto de la crisis, perturba el sueño de los portugueses. Según ella, la mitad de la población duerme mal y el 20% sufre insomnio permanente. Los niños y los jóvenes están, según ella, particularmente afectados por los problemas del sueño. ¿Hacía falta un coloquio para llegar a semejante conclusión? La lectura de lo que precede basta para concluir que la mayoría del pueblo portugués vive una pesadilla con los ojos abiertos.

¿Hasta dónde recortarán? Esta es la cuestión que atormenta a la mayoría. ¿Cómo y por qué una sociedad así atacada, con una violencia tan mortífera, se resigna a ello? ¿Cómo se deja aniquilar sin resistencia, sin reacción? Miguel de Unamuno escribió: «Portugal es un pueblo de suicidas, un pueblo con tendencias suicidas. Para él la vida no tiene un sentido trascendental. Desea ciertamente vivir, pero ¿para qué? Mejor no vivir».[18] Un siglo más tarde, a pesar de la transformación de la sociedad, la reflexión mantiene su actualidad. Sin embargo, en apariencia, la sociedad portuguesa funciona según las normas del mundo moderno. Como en toda democracia representativa existen los sindicatos que opinan, toman posiciones, son reconocidos y manifiestan sus acuerdos y desacuerdos. Después de que el país fuese reenviado a los abismos de la recesión, se sucedieron las huelgas generales… o esto parecía. Lo que se presentaba como la señal de un despertar se reveló como una manifestación suplementaria de inmovilismo, que reforzaba además el fatalismo, al situarse estas aburridas ceremonias de huelgas, muy por debajo del nivel de la violencia del ataque capitalista. Cuando el 11 de marzo del 2012 en España los aparatos sindicales se vieron obligados a ir a la huelga general de un día, los sectores más radicales de las bases sindicales no se limitaron a no trabajar sino que intentaron bloquear la economía, formando piquetes de huelga, bloqueando aquí y allí los centros comerciales. Diez días más tarde, en Portugal, el sindicato ligado al PCP, la CGTP, programó también «su» huelga general para protestar contra el desmantelamiento de los Derechos de los Trabajadores. No se asistió a ningún ejemplo de huelga activa, sino al contrario, a un ejemplo de movilización burocrática, seguida de manera pasiva, bien controlada por un aparato que lo que pretende fundamentalmente es mostrar su fuerza para salvaguardar su capacidad como interlocutor con el poder político. Se acepta la huelga pero no se hace, uno se queda en casa mirando el partido en la tele… El estado amorfo del sindicalismo portugués es a la vez uno de los factores de pasividad social y su expresión.[19] Ya el 24 de noviembre de 2011, durante la anterior «huelga general», el jefe de entonces de la CGTP,[20] expuso a un periodista su extraña concepción de la resistencia ante el ataque capitalista: «Es necesario que el pueblo se movilice. Una alternativa es posible (…) El país está a punto de caer por un precipicio, el gobierno nos hará caer desde 50 metros. Nosotros queremos limitar el impacto a 20 metros».[21] La reiteración de las huelgas y su cada vez menor seguimiento muestra la incapacidad de los sindicatos para encontrar unas formas de acción y unas dinámicas adecuadas a la nueva situación. La crisis a redefinido «la actitud realista» y los contornos de «lo posible» que constituyen los parámetros del sindicalismo integrador. La impotencia sustituye a las concesiones negociadas durante el periodo de crecimiento. Frente a la violencia de la clase dirigente solo queda la retórica y el encantamiento de las consignas vacías de sentido de la CGTP, «¡Luchar contra la explotación!» «¡Poner fin a la crisis!», adornados con viejos eslóganes sacados del archivo estalinista: «¡El trabajo, es el progreso!».

Si un número significativo de trabajadores portugueses continúan siguiendo las tristes procesiones sindicales que conducen al matadero, la necesidad de llevar a cabo un combate más agresivo es sin duda sentida por otros muchos más. El día anterior a la huelga general del 21 de marzo del 2012, el lector atento pudo descubrir en la prensa portuguesa una acción directa llevada a cabo por unos asalariados. Tres trabajadores (uno de ellos ucraniano) ocuparon durante toda una jornada las grúas y máquinas para la construcción de carreteras para exigir el pago de los salarios atrasados y no cedieron hasta conseguir su reivindicación.[22] Un breve comunicado explicaba que era la segunda vez que una acción de ese tipo se producía en la obra. A pesar del carácter aislado y puntual, el micro-evento (victorioso y lo más importante internacionalista) señalaba una dirección y se desmarcaba de las blandas protestas burocráticas.

El aparato sindical es consciente del callejón sin salida en que se encuentra y teme ser desbordado. Esto explica su actitud prudente frente a la juventud precarizada que alza su voz. Este despertar que se ha confirmado después de la gran movilización del M12 de marzo de 2011, constituye sin duda el elemento nuevo más prometedor de los últimos años en Portugal. En Oporto, Lisboa y Setubal se han abierto varios centros sociales, lugares de debates y actividades. Las antiguas tradiciones de asociación, de ayuda mutua y de vida comunitaria han vuelto a surgir, se multiplican las actividades colectivas autogestionadas, los lugares de vida e intercambio, los huertos compartidos... La fuerte corriente migratoria de esta juventud precarizada crea contactos y enlaces con Barcelona, Amsterdam, Zurich, Londres. Un medio social ha estallado y busca al unísono una forma de vida fuera de la atmósfera letal de esta sociedad y se convierte en un polo de atracción para la juventud rebelde. La Escuela ocupada de Alto da Fontinha en Oporto se ha convertido en el símbolo. En los últimos años, un bloque anticapitalista ha surgido en las calles durante las manifestaciones reagrupando a los pequeños grupos libertarios y radicales, a grupos de precarios y marginales que se reclaman del movimiento de los Indignados. Acosados por una policía al acecho, esta juventud radical también debe enfrentarse al servicio de orden sindical que se esfuerza continuamente para proteger a «sus manifestantes» del contagio de los jóvenes radicales. Cada vez que se rompen los escaparates de una sucursal bancaria, la clase dirigente no deja de elogiar las manifestaciones de la CGTP que «se desarrollan tranquilamente y con sentido cívico».[23] Un muro se ha levantado entre un viejo mundo sindical impotente ante los actuales desafíos y esta juventud cabreada contra un presente sin futuro. La fractura entre las dos concepciones de la lucha aparece en Portugal, quizás más que en otros lugares, como una barrera generacional. Probablemente será necesario un movimiento más amplio para lograr romper esta separación, lo que no parece inminente. Sin embargo las sorpresas llegan siempre de donde menos se las espera. Como prueba, la declaración de este joven centenario y director, Manuel de Oliveira, anunciando su intención de unirse –después de un largo intermedio más bien conservador– al campo de la subversión: «El dinero ha sustituido a todos los valores. Creo que deberíamos suprimirlo, así como todos los bancos. ¿Os habéis dado cuenta de que cuando las cosas son gratuitas, la gente no coge más de lo que necesita?»[24]

La anestesia de la alienación mercantil del sistema democrático y el papel jugado por el sindicalismo burocrático y los partidos en la domesticación de los espíritus explican, en parte, el enigma de la resignación y la pasividad del pueblo portugués frente al ataque capitalista que amenaza la existencia misma de segmentos enteros de la sociedad. Hay varias hipótesis sobre la mesa. Es interesante seguirlas, tanto las unas como las otras se revelan incompletas, insatisfactorias. El recurso a la Historia es de gran ayuda pero no permite comprenderlo todo. Retrocediendo en el tiempo, hay que destacar particularmente, la obra de la siniestra Inquisición medieval, aparato represivo de los espíritus y de los actos, que ha dejado profundas huellas en los comportamientos en estas tierras. Más adelante, el siglo XIX, con su sucesión de guerras civiles y masacres, de regímenes autocráticos. Un período de barbarie que se vio solo interrumpido por algunos focos de rebelión agraria, después por la luz emergente del socialismo donde dominaban las ideas federalistas anti-autoritarias y la corriente anarcosindicalista. Por último la revolución popular de 1910 – que impuso una República que pronto mostró su naturaleza autoritaria– precederá por poco tiempo a la larga noche del régimen fascista que marcará a toda una generación y colocará, en el imaginario social, la etiqueta de anti-fascismo a toda resistencia. Miedos, temores, actitudes de sumisión y de fatalismo, respeto sagrado a la autoridad y a la jerarquía se prolongan en el tiempo, impregnando los comportamientos. Y la idea conformista según la cual, es mejor doblar el espinazo y agachar la cabeza para sobrevivir, se ha convertido en una segunda naturaleza para el pueblo portugués, asfixiando las aspiraciones libertarias que, hasta hace poco tiempo, habían compartido con los otros hermanos ibéricos. Particularmente eficaz y apreciado por las clases dirigentes es el sentimiento en otros tiempos inculcado por el Santo Oficio, según el cual «el mal que cae sobre nosotros es fruto de nuestras faltas». Por eso es necesario expiar los pecados. El último de los cuales ha sido el haber creído en el radiante futuro de la democracia y en las sirenas del consumo de masas. Por lo tanto, aquellos que hasta ayer no se resistían a la alienación del mercado son los mismos que hoy repiten la reprobación de Gaspalazar & Cº, «Hemos estado viviendo por encima de nuestras posibilidades. Tenemos que pagarlo. Tenemos que sufrir»; mientras, entre plato y plato de marisco, el Sr. Souto y el Sr. Jaeger les dan la razón.

¿Es necesario adoptar otra posición para explicar el enigma? Tal vez debería pensarse que no hay una explicación única, que cada una de ellas contiene solo una parte de la respuesta. Que tan solo la continuación de la historia, hecha por los hombres, permitirá su comprensión.

Cuando, recientemente, el 25 de abril del 2012, una manifestación de dos mil jóvenes y adultos rodeó y ocupó las instalaciones de la Escuela Alto da Fontinha, en Oporto, algo nuevo e importante ocurrió en la sociedad portuguesa. Por primera vez en muchos años, una manifestación de individuos conscientemente implicados rompió con la pasividad y la resignación, rechazó los límites del legalismo, de lo posible y razonable para afirmar un deseo y reivindicar una necesidad: hay que actuar directamente y de forma autónoma para construir un proyecto, para romper con el pesimismo y la morbilidad, para afirmar otro posible. «El proyecto de Fontinha ha creado una oportunidad para una práctica integral de la democracia, rechazando que nuestra suerte deba dejarse en manos del patrón y del Estado, o ser entregado a la avaricia de los más ricos».[25] Al actuar de este modo, los manifestantes renovaron el vínculo con el espíritu revolucionario del pasado, con sus valores igualitarios y anti-autoritarios. E igualmente importante, con el sentido práctico de la idea de la ocupación, acción en consonancia con los movimientos del presente en todos los lugares donde se radicaliza la oposición como consecuencia de la crisis. «A nuestro alrededor hay muchas casas vacías. También hay mucha gente en la precariedad, en la miseria. No podemos aceptarlo. Esta pasividad no puede continuar. La gente debe ocupar las casas».[26] Esta propuesta de un joven manifestante de Oporto, se hace eco de los de Occupy de New York y de Oakland, o de las plataformas contra los desalojos en Madrid o en Atenas.

Tan solo los actos y los acontecimientos animados por una causa de futuro pueden hacer cambiar los contornos de lo posible. Es mediante este poder de persuasión que la resignación portuguesa se verá negada, agrietada.

Charles Reeve

 

 

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[1] En 1928, Salazar (Antonio de Oliveira) es nombrado ministro de Finanzas en el gobierno surgido del golpe de Estado de 1926, que sustituyó a la 1ª República parlamentaria por la dictadura fascista. De

1932 a 1968, Salazar será jefe del Estado.

[2] La «Troica» –los representantes de la Comisión Europea, del FMI y el Banco Central Europeo– controla la utilización de los fondos y la entrega del dinero de la parte prestada, en función de las medidas tomadas por el gobierno local.

[3] Los funcionarios portugueses tenían 14 pagas (paga doble en junio y diciembre). Estos dos salarios suplementarios complementaban los bajos salarios y permitían a los trabajadores pagar sus vacaciones de verano y las fiestas de fin de año. Las pensiones de los jubilados seguían el mismo principio.

[4] Las vacaciones se han reducido a 22 días, y 4 fiestas nacionales han sido suprimidas.

[5] Según criterio subjetivo de la entidad patronal.

[6] Publico, 9 de enero del 2012.3 Los funcionarios portugueses tenían 14 pagas (paga doble en junio y diciembre). Estos dos salarios suplementarios complementaban los bajos salarios y permitían a los trabajadores pagar sus vacaciones de verano y las fiestas de fin de año. Las pensiones de los jubilados seguían el mismo principio.

[7] «Desigualdade dos rendimentos em Portugal agravou-se desde os anos 80», Publico  16 de junio del 2008. Una remarcable encuesta periodística sobre el enriquecimiento rápido de la clase política portuguesa, sobre sus conexiones con el capitalismo privado especulativo, confirma esta tendencia. Antonio Sergio Azenha, Como os politicos enriquecem em Portugal, Lua de papel, 2011.

[8] Recordemos que la tasa de fracaso escolar es en Portugal una de las más altas de Europa.

[9] «Declinio da population trava desenvolvimento no Alentejo», Publico, 16 junio 2008.

[10] Publico, 20 marzo 2012.

[11] Visao, 15 marzo 2012.

[12] Publico, 25 abril 2012. En 2008 el coste por hora de la mano de obra era en Portugal de 9’9 euros. En Grecia era de 15’8, en España de 20’2 y en Francia de 33’2 euros.

[13] La supresión, en 2007, de las ayudas sociales en Campania (región de Nápoles) hundió en la miseria a centenares de miles de personas y arrojó a los niños de entre 12 y 13 años a la esclavitud del trabajo negro. «Naples, une enfance au travail», Cecile Allegra, Le Monde, 28 marzo 2012.

[14] «Austérité et croissance: le coût de la douleur», Editorial, Le Monde, 22/23 abril 2012.

[15] «FMI a vigiar Portugal», Publico, 9 enero 2012.

[16] Para abordar el movimiento surrealista portugués, Alfredo Fernandes, «Antonio José Forte ou la passion de la totalité», Un couteau entre les dents, Ab irato, 2007.

[17] Publico, 30 marzo 2012.

[18] Miguel de Unamuno, «Portugal pueblo de suicidas» (1907).

[19] Nos referimos aquí a la CGTP, la central ligada al PCP. El segundo sindicato nacional, la UGT

es prácticamente una organización sin base. El último ministro de trabajo del anterior gobierno socialista, de triste recuerdo, era un burócrata de este sindicato.

[20] Después, la CGTP nombró un nuevo jefe, un personaje perteneciente a la cúpula del PCP, con un discurso en apariencia más agresivo para intentar compensar el inmovilismo del aparato.

[21] «Les Portugais ne veulent pas être comparés aux Grecs «tricheurs», Le Monde, 21 octubre, 2011.

[22]  «Operarios ocupam gruas» Correio da Manha, 21 marzo, 2012.

[23] «Ministro iliba CGTP dos incidentes no Chiado», Publico, 25 marzo 2012.

[24] Libération, 12 octubre 2011.

[25] José Neves, «O Poder da Fontinha», Journal i , 26 abril del 2012. El reto de este pequeño evento es sin duda muy importante para la clase dirigente portuguesa, dos días más tarde la policía volvió a ocupar la escuela. Toda la infraestructura será destruida.

[26] Journal de Noticias, 25 abril, 2012.