En esta
época de guerra...
Käthe Kollwitz: Nunca más guerra

Consideraciones visibles
La economía es una ideología
disfrazada de ciencia. La
jerga económica, al mismo tiempo que busca su credibilidad, la vuelve
oscura, la oculta tras el secreto de las palabras, entendibles sólo para
iniciados ideológicamente. Sin embargo, una parte de este discurso
ideológico, en forma de dictamen o consigna, se nos repite diaria y
constantemente en los medios de propaganda, por publicistas, políticos,
sindicalistas y demás opinadores. Las consecuencias prácticas de
esta ideología las recibimos y sufrimos cotidianamente.
Desde nuestra perspectiva, podemos constatar
que el único propósito del discurso de esta jerga economicista es
propiciar y justificar la máxima acumulación de beneficios por
parte de una minoría, es decir, de esta clase capitalista que ejerce el
poder y, al mismo tiempo, crear y hacer crecer un sentimiento generalizado de
miedo que provoque la sumisión necesaria de la mayoría para que
se mantenga el orden social impuesto. La economía transformada en
ideología del miedo.
Distintas facciones ideológicas han
elaborado esta jerga y se han disputado el dominio del discurso y el poder que
supone su puesta en práctica. No obstante fue Marx, que no era ni
economista ni marxista, quien desveló los secretos de la economía
política capitalista, la brutalidad que ocultaba, la alienación y
las miserias que imponía, así como las crisis a las que
sometía a la humanidad. El Capital ha hecho de la crisis un arma de
sometimiento para los trabajadores y oprimidos del mundo entero –con la
continua subordinación del trabajo al capital– y al mismo tiempo,
un instrumento que le permite reorganizarse, a la vez ue sigue acumulando,
desmesuradamente, beneficios cada vez en menos bolsillos.
La crisis de 1929 fue la vuelta de tuerca
que permitió el sometimiento del movimiento obrero occidental y la
reorganización capitalista con la imposición de nuevas
técnicas de producción y control sobre los trabajadores.
Posibilitó las dictaduras fascistas y el capitalismo de Estado los
cuales pusieron a trabajar a millones en régimen de esclavitud, como
señala Pierre Mabille en sus Egrégores: “en ambas el
esfuerzo primordial se orientaba hacia la organización colectiva de un
Estado fuertemente jerarquizado y sin clases” por la derrota de una de
ellas, la de los proletarios. Los Estados tomaron un protagonismo en la llamada
reactivación económica, haciéndose dominante el discurso del economista Keynes y el
de su facción ideológica.
Sin embargo, el fin de la crisis
sólo se dio con la destrucción y carnicería que supuso la 2ª guerra mundial. Mediante la
industria de guerra y posterior
reconstrucción, la doctrina keynesiana de la intervención masiva
del Estado propició el desarrollo económico, y
aquélla se implantó mundialmente (de hecho los países del
capitalismo de estado practicaban una especie de keynesianismo radical), lo que
supuso aquello que se conoce como los “30 años gloriosos” de
enormes concentraciones y beneficios de Capital. Se impuso, en una parte del
mundo, la sociedad del consumo con la novedad que suponía el uso
individual del automóvil y la entrada de los electrodomésticos, de
la radio y la televisión en cada hogar. El Capital y el Estado en
Europa, tomaron en sus manos la estrella de estas innovaciones: la
televisión, y a través de ella se hizo la propaganda de que se
había implantado, no la sociedad, sino el Estado del bienestar. El
Estado también se hizo cargo de la sanidad, la enseñanza y del
cuidado integral del individuo aislado, esta ilusión democrática,
esta ficción que podía convivir con las represiones necesarias en
su interior y las dictaduras consentidas en el llamado tercer mundo, estaba
tratando de llevar adelante el ideal del fascismo de “un Estado
fuertemente jerarquizado pero sin clases”, creyendo así poder
controlar toda contestación. No obstante, como ya hemos señalado
en otras ocasiones, en este periodo se dieron movimientos de rebelión
por todo el mundo, un amplio movimiento anticolonialista en Asia y
África que se prolongó durante décadas, revueltas como en
Hungría en 1956 y las huelgas de los mineros europeos en 1962, los
movimientos contestatarios y antiguerra en EEUU, las revueltas de 1968 en
Europa y América, la larga y dura lucha italiana de la década de
los setenta, y las múltiples luchas y huelgas obreras que se dieron y se
dan frente al dominio del Capital
La crisis del petróleo de 1973
marcó la señal de declive para el dominio de la doctrina ideológica keynesiana. En EEUU
surgía una nueva facción economicista con un discurso
ideológico muy agresivo. Era la llamada Escuela de Chicago, con la que
el Estado perdía su papel protagonista cediéndoselo al mercado;
en realidad el Capital dictaba e imponía sus normas sin necesidad de un
intermediario cuyo protagonismo administrativo ya no le era necesario. A partir
de este momento, el Estado sería un instrumento para guardar el orden y
recaudar los impuestos de la gran mayoría de la población,
excepto los de la minoría capitalista que un día vendría a
recogerlos y llevárselos, en forma de privatizaciones de empresas o
directamente en efectivo.
El llamado neo-liberalismo, se puso en
práctica sobre la sangre y los ase-sinatos ejecutados por los militares chilenos, al llamado del
dictador Pinochet acudieron los Chicago-boys con su jefe al frente. Acto
seguido, estos doctrinarios acudieron al llamado de la sangrienta dictadura
militar argentina. Pero fue con la subida al poder de los conservadores de
Margaret Thatcher en Inglaterra y de Reagan y los republicanos a la presidencia
de EEUU que la doctrina del neo-liberalismo se fue extendiendo por todos los
Estados del mundo, imponiéndose como discurso único;
propagandísticamente solo rebatido desde la facción
nostálgica del keynesianismo perdido que llora el abandono de papa
Estado, pero cuya figura de padre-padrone, estos publicistas y
políticos nostálgicos, pretenden hacernos olvidar.
La ideología
económica, se ha convertido en la parte más importante e inelu-dible del sermón balbuceado por
los políticos en general, sea cual sea su clan (es igual que se llamen
socialistas o conservadores, de un partido religioso o del partido comunista
chino), después puede venir la propaganda sobre las ficciones de la
democracia, la patria, la raza o los dioses, pero sólo en segundo lugar.
La jerga económica, también está permanentemente presente
en los medios de información y propaganda. Esto, no solamente ocurre
ahora que la propaganda sobre los males que esta economía sufre
pretende empujarnos a la incertidumbre y el temor, colocándonos en un
estado de excepción permanente. Sino que también antes del 2008,
fecha mítica del inicio de la crisis, la propaganda sobre las bondades
de la ficción económica ocupaba ya la parte central de la
palabrería política y de los opinadores de los media.
El discurso ideológico
económico, como cualquier ideología, conlleva una
mistificación del modelo que representa, el capitalismo, como una
entidad metafísica, situándolo en un más allá del
bien y del mal, cuyas determinaciones y mandatos son omnipresentes,
omnipotentes e infalibles, por lo tanto indiscutibles y los únicos
realizables en la tierra. Como señalaba Walter Benjamin (ver
Etcétera n. 44), hace ver en el capitalismo una religión y en su
economía política su doctrina.
La jerga económica domina sobre la
jerga política. La propaganda política gira sobre la
ideología económica. El discurso estrictamente político
hace décadas que se quedó vacío, igualando en su vacuidad
las falsas diferencias entre partidos, sindicatos y sus burócratas,
todos ellos mascullan las cuatro consignas preparadas por el canon
ideológico de la economía. “Y es que al final, la
disciplina económica, sea en su versión neoliberal o en su
versión keynesiana de los literatos de la macroeconomía, es
producto e ideología del capitalismo” (Ian J. Seda: La
ideología de los literatos en economía).
La pretendida polémica que
distingue entre un capitalismo bueno o aceptable y otro malo y únicamente
depredador desarrollado por los bancos y especuladores financieros, y que aboga
por una regulación keynesiana del Estado como la solución
mágica de la crisis; es más que una falsa polémica, es una
mentira en la que el mentiroso está de alguna manera al corriente de la
verdad que oculta. El capital financiero, necesariamente forma parte del
capital productivo, ambos son inseparables, de la misma manera que el aumento y
la constante búsqueda de máximos beneficios, por cualquier medio sin
importarle más que este fin, es la razón de ser del capitalismo.
Un reclamo hacia un comportamiento moral del Capital indica algo más
siniestro que ingenuidad.
El Estado es, desde hace más de 200
años, el Estado del Capital y la farsa política desplegada por la
casta de burócratas-políticos, y cuyas consecuencias pagamos la
mayoría, forma parte del conjunto de simulaciones y apariencias que
pretenden ocultar la realidad de esta sociedad capitalista. Por estas consideraciones y algunas más, cuando a este
inmenso trasvase de millones de dólares y euros, recaudados por
los Estados a la gran mayoría de la población y que pasa a ser
propiedad de una pequeña minoría capitalista, se le llama ¡estafa!,
es continuar sometidos a esta ficción de un Estado que algunos
desearían que re-presentase a todos, lo que no es más que
continuar bajo la mentira y la mala fe de mentirse a sí mismo.
Es más que una estafa este saqueo
millonario de lo recaudado a muchos hacia el bolsillo de unos pocos, es la
consecuencia lógica del sistema capitalista. El Estado sirve solamente a
la clase que lo ha fundado, a su clase de la que es su Estado: el Estado del
Capital. El Estado, apoyándose en la fuerza de la violencia se
sitúa jerárquicamente sobre sus súbditos: es el que da y
el que quita, impone el castigo y la ley,
impone deberes y juega políticamente otorgando y quitando algunos
derechos y, sobre todo, trata de garantizar el orden establecido. Pero
además, el Estado capitalista, en un rasgo conservado desde los antiguos
regímenes, es también el recaudador del tributo para los
señores. Qué importa si la Reserva Federal de EEUU ha entregado
700 mil millones de dólares o son más de 7’7 billones o 115
billones lo que ha dado a los bancos y sistemas financieros; porqué
extrañarse de que los Estados Europeos hayan entregado, hasta ahora, 2
billones de euros (billones europeos que son numéricamente más
que los iankis), a estos bancos, mientras que la “economía real
sólo ha recibido 100 veces menos; la realidad es que el Estado ha
entregado el tributo recaudado a los súbditos a sus señores.
Tampoco podemos extrañarnos de que
detrás del fluir del dinero corre desbocada la corrupción. Como
puede alguien sorprenderse que en la sociedad capitalista la corrupción
sea una forma de relación social más dentro de las relaciones
esencialmente corruptas que organiza este sistema. Ya en La Miseria de la
Filosofía, al resumir la historia del valor de cambio Marx describe
así la sociedad capitalista que lo ha convertido todo en dinero:
“Finalmente llegó el tiempo en que hasta las mismas cosas y todo
aquello que se consideraba inalienable pasaron a ser artículo de
tráfico mercantil. Este es el tiempo en el que las cosas mismas que
hasta este momento habían sido compartidas, pero jamás cambiadas;
dadas, pero jamás vendidas; adquiridas, pero jamás compradas:
virtud, amor, opinión, ciencia, conciencia, etc., en fin, en que todo ha
convertido en objeto de comercio. Este es el tiempo de la corrupción
general, de la venalidad universal, o para decirlo en términos de
economía política, el tiempo en el que todo y cada cosa, tanto de
orden espiritual como material, se convierte en valor de cambio y se lleva al
mercado para que se la tase en su justo valor.”
Todas estas consideraciones y otras muchas
más se visibilizan en esta época de ofensiva del Capital, para
todo aquel que abriendo los ojos quiera ver. Si se descorre el velo lo
suficiente podemos vislumbrar, una cabeza de Medusa; a menos que contrariamente
a Perseo que se cubría con un yelmo de niebla para perseguir y acabar con
los monstruos, nosotros nos encasquetemos el yelmo de niebla
cubriéndonos ojos y oídos para negar la existencia del monstruo.