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A propósito del caminar indignado.

Una lectura

 

Cuestiones que surgen en el caminar indignado…

 

Mayo 2011. Simplificando, denominamos 15M el inicio en la región española de un “movimiento”, no tanto respuesta mimética al desarrollado en las plazas árabes y más en concreto en las de Túnez y Egipto, sino respuesta a una situación de formas muy distintas pero de naturaleza igual: contra la marcha acelerada del actual sistema técnico y capitalista que, creciendo, contamina, destruye el planeta  y nos miserabiliza. No solo resultado del poder de convocatoria de las redes internautas –que lo hay–, sino consecuencia lógica y necesaria que la misma marcha del sistema capitalista antes señalada nos impone. No tanto surgido por generación espontánea sino precedido de amplias luchas, pensemos por ejemplo en la ocupación del Banco Banesto, o en la V de vivienda, en Barcelona, a nivel local, o en los motines del pan en buena parte de la periferia capitalista, a nivel general.

Contra este ritmo acelerado del sistema, se opone un andar indignado que cuestiona la organización y la jerarquización que sobre este mundo se nos impone; andar que hace surgir preguntas e interrogantes sobre el mismo movimiento y sus respuestas durante este trayecto iniciado.

Es el afrontar una misma situación lo que explica el internacionalismo del movimiento, la respuesta que recorre buena parte de la geografía y unifica las acciones, las formas –asamblearias– y los discursos. Se han contado acciones simultaneas en determinados momentos, en más de 900 ciudades de Europa, América, Asia y África, y las mismas consignar recorren este territorio.

Es la materialidad del envite, la materialidad de la acción de este sistema sobre nuestras vidas, lo que hace confluir aquí en la región española en un mismo movimiento personas y pareceres tan diversos. Diversos en edad, regresando así los discursos del movimiento de auto organización y de asambleas de los años 1970. Diversos  en ideología y maneras de entender el sistema que se combate, criticando unos solo sus aspectos más indecentes, con propuestas que van en la misma lógica del sistema que dicen discutir, con formas de denuncia que refuerzan lo denunciado; otros proponiendo moderar sus defectos mediante una gestión diferente de esta sociedad; y otros queriendo ahondar en sus causas y no solo en sus efectos, a fin de salir de él, pensando que cambios importantes no son posibles dentro del sistema capitalista, que no es posible salir del capitalismo permaneciendo en él. Diversos también en lo que respecta a su relación con los media y con la técnica en general: desde los forofos de las nuevas tecnologías a las que consideran como elementos liberadores, hasta los que critican todo el progreso técnico; unos pensando que podemos servirnos de la técnica, otros que es la técnica la que se sirve de nosotros. Diversos también en perspectivas: los que saludan en este movimiento el retorno de la “cuestión social” y los que dentro del movimiento son más escépticos y ya prevén su irremediable final. También diversos en compromiso:  los que provienen de viejas militancias, los que, jóvenes, se encuentran desarrollando un trabajo militante, y los más críticos a todo militantismo considerando que poner la vida al servicio de una causa es, demasiadas veces, convertir la causa en dogma.

Tanta diversidad impide quizá hablar de un movimiento, por esto al empezar lo hemos entrecomillado, y solo para simplificar nos servimos del término que agrupa tantas concepciones y tendencias, y tan diversas. Pero lo que mantiene en un mismo agrupamiento estas sensibilidades y estos razonamientos no es tanto la critica ideológica y militante llamando al cambio, como la presión que sobre ellos ejerce el sistema mismo (recortes en salarios, en condiciones de vida, en libertades). Como pasó con la crítica al trabajo, que en los años 70 se llevó a cabo a nivel crítico y militante, y en los 80 fue la misma actividad del capital la que dejó sin trabajo a los trabajadores y convirtió el trabajo en un bien escaso. O como sucede ahora con el consumo: si en los años 60, en la sociedad de consumo (obligatorio) su crítica ideológica era subversiva, es ahora cuando el mismo discurrir del capital, en su proceso de valorización, hace la crítica práctica del consumo al recortar salarios y prestaciones, tendiendo a acabar con la sociedad de consumo tal como se había desarrollado en los países del centro capitalista.

El arma con la que se dota este movimiento es la asamblea: horizontalidad, búsqueda del consenso (no uniformidad, que pulveriza las minorías), que evita la votación que nos separa. Para la coordinación, delegados rotativos y revocables. Para su desarrollo se dota de los instrumentos que eviten la manipulación, la repetición de propuestas, la retórica que puede conseguir de la asamblea la aprobación de propuestas menos interesantes que otras presentadas más rudamente… Siendo conscientes de lo manipulable que puede ser también la asamblea, sin mitificarla por tanto, simple medio y a la vez fin, en el sentido que visibiliza la pretensión de parte del movimiento: crítica de la representación, una sociedad de iguales.

“Nadie nos representa”, una de las consignas más coreadas, apunta sobre esta crítica a la representación. La ausencia de banderas en las manifestaciones, los plantes ante el Parlamento, la insistencia en no dialogar con la administración, la ocupación de la calle y de lugares públicos, dicen mucho sobre el sentir y el sentido profundos de esta pluralidad (organizada) en movimiento.

“Vamos lentos porque vamos lejos”, otra de las consignas más coreadas, dice también sobre la orientación futura de tantas sensibilidades, razones y razonamientos agrupados. Más allá de los relatos emancipadores proyectados al futuro, domina la intervención puntual, la ayuda mutua, en un andar que se sabe largo pues lo que se cuestiona, para muchos, no son cuatro retoques sino el sistema mismo. No dibuja ningún futuro (aquí algunos encontrarán su carencia y otros su acierto), más bien lo anticipa.

La descentralización, la disolución de la centralidad Plaza Catalunya en Barcelona, por ejemplo, y las asambleas protagonistas de barrios y pueblos señalan, más allá de una mejor comunicación por el simple hecho de ser menos en número, la crítica a la megápolis y su poder decisorio y la afirmación de lo local. Aquí, en lo local, es donde se lleva a cabo una modificación de las relaciones vecinales (comidas callejeras, cine de barrio, mercados de intercambio, ensayos de pasar de la mediación dineraria…), de los espacios (ocupación de calles, plazas, huertos...), del lenguaje (intercambio de saberes, de emociones, de razones.). Donde se activa de forma espontanea la solidaridad, puesta de manifiesto, por ejemplo, en la movilización en contra de los desahucios, etc.

Algunas cuestiones

Cuestionar, hacerse preguntas sobre aspectos del movimiento o sobre el movimiento mismo es del todo lógico en un movimiento que más que una respuesta (no tiene programas, no dibuja un futuro) es una pregunta. Pregunta que suscita el retorno de la “cuestión social”. Pregunta sobre el cómo salir del actual sistema (para unos simplemente corrupto, para otros neoliberal, para otros técnico y capitalista…) y que genera una pluralidad de respuestas, y entre ellas algunas que confluyen en una actividad de marcado carácter anti jerárquico, apuntando hacia una voluntad de transformación fundamental del sistema.

Pregunta sobre el papel que juega la teoría en su acierto sobre las propuestas a llevar a cabo para salir de la actual situación. Elucidar si analizar las causas que originan este malestar evita perderse en retoques para moderarlo, retoques que van alargando la vida de este sistema…; o bien si criticar sus fundamentos es condición para actuar sobre las causas… Quizás al insistir sobre la importancia del trabajo teórico para construir otra sociedad se está dando vida a las vanguardias, minorías que reflejan la jerarquía que dicen abolir,  que saben la orientación a tomar o cual no tomar, criticando a la gente de a pié, la gente común, los que Orwell llamaba “common decency”. La idea  de considerar a la gente en general como gregaria, pasiva, es más el resultado de mirar la tele o de leer a los articulistas y a los críticos del acontecer social, que resultado de la observación  inmediata, en la relación de igual a igual, que te da a entender la decencia ordinaria de la gente común, más dada a las prácticas desinteresadas, a la solidaridad, al compartir, a la ayuda mutua, y a la desconfianza frente a la autoridad, una actitud derivada del saberse enfrentado a las leyes del Estado y de la economía. No se trata con esto de magnificar a la gente por el hecho de ser pobre y de otorgarles por este hecho una superioridad moral, estamos bien aleccionados por Marius Jacob: “Entonces comprendí toda la carga moral de este prejuicio: creerse virtuoso e íntegro por el hecho de ser esclavo”.

Si reforma o revolución…; cuestión que quedará como no pertinente. La pregunta sobre lo que se pretende, si el fin del capital y del Estado o simplemente un sistema menos malo, no es la más acertada para entender este movimiento que más que discutir sobre lo que puede desplegar en el futuro, afirma lo que en el presente despliega.

En el ámbito de las críticas al sistema capitalista en los años 1960, era moneda corriente una visión progresista de la historia que iba del comunismo primitivo al comunismo que el mismo capitalismo en su final alumbraba.  Ahora, en este ámbito de la crítica intelectual, esta visión progresista continua pero invertida y lo que alumbraría este final ya no sería el comunismo sino la catástrofe. Ambas críticas suponen leyes en la historia: pero la historia no tiene leyes ni sentido, el sentido se lo da la gente mediante la revuelta y así se han dado ya en la historia realidades de emancipación social en esta fase capitalista: París, 1821, Berlín, 1919, Barcelona, 1936... No hace falta esperar algo insólito, algo nunca visto, es en la misma dinámica que se construyen otras relaciones.

Pregunta sobre el reforzamiento del Estado. Si puede hablarse de una perspectiva general de este movimiento, la palabra y el hecho de la ocupación del espacio público tendrían un lugar central: toda la actividad, las asambleas, los grupos de trabajo... se desarrollan de forma abierta en las plazas y se intenta ocupar los espacios que se consideran necesarios para el andar del movimiento. La auto organización y el ocuparse de sí mismos se afirman en contra de la organización a través del Estado. Con todo, en las reivindicaciones concretas contra los recortes en Sanidad o Educación, por ejemplo, se vuelve a reclamar que sea el Estado quien se ocupe, reforzando, con ello, otra vez el Estado considerado como un ente neutral más allá de la división entre clases sociales, aupando la ficción de un espacio separado donde todos seríamos iguales. Contradicción reforzada por aquellas iniciativas (reforma electoral, reforma constituyente,…) que van directamente dirigidas a este reforzar el Estado.

Pregunta sobre el retorno de lo político en la actividad y en el discurso de este movimiento. La supremacía de lo económico ha avanzado hasta convertir la política en una ficción. Hoy queda claro, sobre todo después de lo acontecido en Italia y Grecia: el triunfo del mercado dicta las políticas y los políticos (gobiernos). La ilusión democrática se queda en ilusión. La política desaparece, queda en las páginas de sociedad, conservando, eso sí, su función represiva, transformando de esta manera  los problemas reales en sanidad, enseñanza, desempleo y vivienda, en cuestiones de orden público. Pero el enfrentamiento contra la Economía es político, es social, es macro social. En este sentido decimos que regresa lo político, terreno de este movimiento. Y regresa la cuestión del poder y de nuestro poder, que no podemos eludir: ser 100 y no 10 es un poder que tenemos para impedir un desahucio, por ejemplo. Otra cosa es el poder jerárquico, el poder estatal, a destruir o a mantener siempre desfalleciente (Cossery).

La coordinación del movimiento, necesaria al adquirir un carácter global, plantea el problema de la mediación. Que sea un sistema horizontal y transversal el que se plantea que rija en este movimiento no quiere decir que se obvie la cuestión de las mediaciones: la relación entre la gente no es inmediata, pasa por distintas mediaciones, instituciones, necesarias para resolver la vida en común. No se trata de construir un edén, un mundo perfecto sino un mundo habitable para todos, sabiendo que lo que podemos cambiar no son las personas sino la relación entre ellas, que es lo que constituye una sociedad.

Pregunta sobre la violencia y su uso. Cuestión a debate en todas las asambleas. Parece mayoritaria la voz de los que están por la desobediencia civil, por las acciones no violentas, lo que no significa no defenderse. La no violencia no es inacción, al contrario es acción directa de enfrentamiento al Estado, sin utilizar sus métodos violentos de brutalidad armada. Enfrentarse al Estado, al estado de cosas establecido, es considerado desde el poder fuera de la ley. No podemos utilizar la brutalidad armada del Estado para enfrentarnos a él: en su terreno, perdemos. Han de surgir en el andar de este movimiento nuevas formas y nuevos lugares de enfrentamiento. Tampoco tiene más sentido decir emplear la violencia, pues la misma palabra lleva a no entenderse, a perderse. Una misma palabra, en este caso violencia, no puede recubrir realidades tan dispares como la violencia del Estado, la tortura, el asesinato, la guerra, la violencia de cubrir Irak de bombas, la violencia que representa el saqueo y la destrucción del planeta… y la violencia de romper un cajero automático o defenderse con piedras ante una carga de la policía.

Entre nosotros quizás sería mejor emplear el término violencia para cualificar el actual sistema de dominación en su normal funcionamiento, no solo en su excepción, es decir,  para hablar de la violencia cotidiana del Estado, la violencia de la Economía, la violencia de los media, etc. No perder tiempo en una falsa polémica creada por la propaganda del Estado.

 

De unas asambleas a otras

No es retórico ni nostálgico comparar el actual movimiento de asambleas con el que recorrió la región española en los años 1960, 1970 y que los Pactos de la Moncloa, en 1978, sentenciaron. La gran diferencia entre ambos nos muestra el cambio de una sociedad y de las expectativas en ella fraguadas, en un corto espacio de tiempo.

En aquellos años efectivamente se dio en el territorio español un movimiento de auto organización en fábricas, barrios, escuelas, universidades, cárceles… que pretendía alcanzar mayores cotas de libertad y de bienestar. Se dejaba atrás una España ancestral, sometida por la cruenta dictadura y se pasaba a su industrialización, urbanización y proletarización. Un proletariado joven llegaba a la ciudad y a la fábrica y a falta de representación (había solo el sindicato vertical proclive al régimen fascista), se representaba a sí mismo: 1962, el levantamiento de los mineros de Asturias marca el inicio de este movimiento asambleario. A continuación, en solidaridad ante su represión por el Estado, y avanzando sus propias reivindicaciones, empiezan a parar las grandes fábricas: decisiones también tomadas en asamblea. Inicio de un movimiento de auto organización, de asambleas decisorias, de delegados revocables, que se extiende en todos los sectores: campo, astilleros, construcción, minería, metal, química, textil… La organización se efectuaba básicamente por fábricas y, en menor medida por barrios

Todo esto sucedía en una situación internacional de amplia contestación al sistema desde el centro mismo de los países capitalistas, que va desde el surgimiento de la contracultura, movimientos rebeldes en Italia, Alemania... hasta la huelga general en Francia en 1968, con la ocupación de las principales fábricas.

En este contexto se extiende pues en la región española un movimiento de movilizaciones y huelgas que llegan a parar la producción y que pone en peligro la transición continuista pactada por todos los partidos políticos. Un movimiento suficientemente fuerte para forzar este pacto pero no tanto como para dar una orientación anticapitalista a la transición.

La crítica al sistema, definido y entendido como capitalista, se articulaba sobre la crítica de la economía política. Se cuestionan los efectos del capitalismo: sus bajos salarios, su sistema de primas, su desigualdad salarial, al mismo tiempo que su falta de libertades asociativas y reivindicativas, y todo ello se encauzaba en una lucha social emancipadora.

El sujeto que se rebelaba lo hacía a título obrero. Se comprendía dentro de una lucha de clases anticapitalista. El momento de la valorización capitalista es (aún) de auge y por tanto lo que se reivindicaba eran mejoras (salarios, condiciones de trabajo, condiciones de vida, libertades…).

Se apuntalaba una incipiente sociedad de consumo. Con un sobre trabajo (horas extras, domingos,…) se podía pensar en el coche y en la segunda residencia. El trabajador se convertía en el primer consumidor; consumir pasaba a ser el primer mandamiento. Con la explotación cabía pues la integración.

Aquel movimiento de asambleas no recogía la crítica a la técnica, apostando más bien por el progreso técnico, ni la crítica al desastre ecológico, ni la crítica al patriarcado y a todas sus derivaciones. Cuestiones todas ellas que simplemente apuntaban y solo eran planteadas por pequeños grupos en sus publicaciones.

El actual movimiento de asambleas, que se inicia en la plaza del Sol y tomará las plazas de muchas ciudades, articula su crítica no tanto sobre la crítica de la economía política –que también–, sino más bien sobre los excesos de este modo de producción y de vida capitalista, (corrupción, estafa,…) que nos ha llevado a este resultado: aumento de la pobreza y de la desigualdad. Del sistema actual, que se continúa mayoritariamente llamando capitalista, se retiene sobre todo su inmoralidad, su exagerada indecencia, de aquí su lucha contra los aspectos más corruptos del sistema más que contra el sistema mismo en su normal desarrollo. Lo que se discute es su mal funcionamiento. Se buscan alternativas dentro mismo del sistema técnico capitalista mediante otra gestión del mismo.

Se critica el progreso de la técnica, que nos ha llevado a la actual destrucción del medio ambiente y a la progresión especulativa, aunque, por otra parte, se utilicen sus resultados más avanzados. Decrecimiento, sostenibilidad serán cuestiones mayores en las discusiones de parte del movimiento. (Pensamos que la sostenibilidad es más una cuestión ideológica y política que un problema ecológico y económico).

Las asambleas, como en el anterior periodo, continúan siendo abiertas, horizontales pero menos politizadas. Aquella politización convertía pequeñas luchas en conflictos sociales y políticos. Ahora son más espontaneas, menos homogéneas y menos estratégicas. Pese a la indignación que las recorre, las expectativas son menores (lejos queda el “qué pedimos nada, qué queremos todo”). Lejos de la visión progresista anterior, se contempla el mal menor.

El sujeto que se rebela no lo hace como obrero sino como individuo, o mejor como gente, plebe, o pueblo raso, gente cualquiera, gente sin más. Fin, por tanto, del movimiento obrero identitario, que se reconocía como obrero en el proletariado fordista.

El momento del sistema técnico y capitalista es de crisis en el sentido de que tiene problemas de valorización y por tanto lo que se reivindica es la conservación de lo que se tiene (fruto de las luchas del momento anterior) ahora amenazado por los recortes en las tres áreas fundamentales: Pensiones, Sanidad y Educación. Lo que se reivindica es una especie de socialdemocracia a destiempo y la forma de reivindicarlo es por medio de manifestaciones.

El trabajo ya no conforma la vida de gran parte de la población, sobre todo de la más joven, como la conformaba en el periodo anterior. En este sentido hemos de hablar de exclusión más que de explotación. Exclusión que no genera integración como sí lo hacía la explotación.

 

 

Etcétera, febrero 2012

 

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