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El lúgubre futuro del capitalismo

 

 

Aparte del desacuerdo expresado por uno de sus miembros, perteneciente al Partido Republicano, desacuerdo sin fundamento alguno, la Comisión de investigación sobre la crisis financiera no podía imaginar que el informe que entregó en enero iba a producir una confusión tan grande. Al cabo de un año y medio de investigaciones y de recogida de testimonios de universitarios y otros economistas, este informe no decía nada más de lo que ya había dictado el sentido común popular a saber, que la recesión económica que estalló públicamente en 2007 se hubiera podido evitar ya que era fruto de una combinación de reglas estatales laxas y de una excesiva exposición al riesgo por parte de los que daban y solicitaban préstamos, principalmente en el sector inmobiliario. Este mismo sentido común popular nos tranquilizó cuando declaró que las rápidas medidas gubernamentales habían impedido que la gran crisis se convirtiera en una depresión generalizada y que la recesión había abierto el camino, aunque todavía “frágil”, para el relanzamiento. Pero, aunque esta idea de sentido común se repita hasta la saciedad, resulta poco convincente. ¿Por qué el relanzamiento es tan frágil? ¿Por qué el paro continúa siendo tan elevado? ¿Por qué los bancos, provistos de nuevo de liquidez por medio de esta rápida acción gubernamental, son tan reticentes de ponerla al servicio de la expansión económica? ¿Por qué la serie de crisis de la deuda soberana en Europa provoca, como en los Estados Unidos, el derrumbe de los presupuestos de los Estados? ¿Por qué los políticos piden sin descanso austeridad, mientras la economía es ya incapaz de satisfacer las necesidades de millones de personas en materia de vivienda, sanidad, educación e incluso de comida? El fracaso de la denominada ciencia de la economía, puesta en evidencia por la incapacidad de los especialistas en predecir la catástrofe, se pone de nuevo de manifiesto por la misma ineptitud para explicar lo que está sucediendo o para llegar a un consenso sobre las medidas necesarias para ponerle remedio.

Un aspecto notable de los comentarios sobre las dificultades actuales de la economía es que, no obstante las constantes referencias a la Gran Crisis de los años 30, así como a las numerosas recesiones ocurridas después de la Segunda Guerra Mundial, se ha hablado poco de que las crisis constituyen la marca recurrente de la economía capitalista desde la revolución industrial. Un simple examen de la historia nos demuestra que los recientes acontecimientos son algo habitual. En realidad, desde principios de los años 1800 hasta finales de los años 1930, el capitalismo estuvo entre la mitad y una tercera parte de este tiempo en crisis (hay discrepancias en la datación según los distintos expertos), crisis que fueron agravándose de manera regular hasta la Gran Crisis de 1929. Fue debido a la poca profundidad de las crisis que tuvieron lugar después de la última guerra que surgió la idea de que el capitalismo no conocería más los altos y bajos característicos de sus primeros ciento cincuenta años de existencia como forma social dominante. El dilema de la teoría económica parecía situarse entre la idea neoliberal del capitalismo como sistema capaz de autorregularse y la concepción keynesiana de una economía controlable mediante el control estatal. La insuficiencia de los dos puntos de vista evidenciada por los actuales acontecimientos económicos, nos impele a buscar otra mirada sobre la dinámica a largo plazo del sistema capitalista.

Los primeros autores de estudios sobre lo que, a finales del siglo XIX, acabaría llamándose el “ciclo de los negocios”, se dieron cuenta de que era una característica de la economía de mercado, en la que la mayoría de los bienes se producen para ser vendidos. En una economía así, la razón por la cual las empresas producen bienes y servicios es la de ganar dinero; las empresas crecen y decrecen y pasan de la producción de una mercancía a otra según el nivel de beneficio logrado por su inversión. A principios del siglo XX, los estudios estadísticos (dirigidos por el economista americano Wesley Mitchell y la Nacional Bureau of Economic Research) demostraron que la alternancia entre prosperidad y crisis iba de la mano con las fluctuaciones de la rentabilidad de los negocios

La explicación más elaborada de estas fluctuaciones, la teoría de la tasa de ganancia de K. Marx, estaba tan alejada de la corriente principal de la teoría económica que fue ampliamente ignorada por los autores de estudios sobre el capitalismo, incluidos la mayoría de autores de izquierda. Pero la historia de la economía parece confirmar la exactitud de la idea de que, si la prosperidad crea las condiciones de una eventual crisis, las crisis que le siguen hacen posible un renacimiento de la economía por el hecho de que la disminución de los costes de inversión –merced a las quiebras, al derrumbe de los precios, a la evaporación de los créditos y la reducción de los costes de la mano de obra a causa del aumento del paro y a la mejora de la productividad de las nuevas máquinas– genera tasas de ganancia más elevadas en las inversiones, lo que a la vez provoca un aumento de dichas inversiones y, por consiguiente, una expansión de la economía.

A pesar de sus características particulares, la Gran Crisis y el relanzamiento de la economía capitalista a partir de 1945 siguieron, en grandes rasgos, el esquema establecido por los precedentes episodios de hundimiento y regeneración de la economía. La crisis fue larga y el nivel de destrucción físico y económico del capital enormemente elevado (principalmente durante la guerra en la que desembocó). Así pues, no debe sorprender que la recuperación llevó a un período de prosperidad que se extendió hasta mitades de los años 1970, período que los economistas bautizan como la Edad de Oro por su duración y amplitud. La relativa ausencia de graves recesiones a lo largo de estos años se debió a la aplicación, durante el período posterior a la crisis, de lo se denominó métodos keynesianos: el porcentaje de los gastos del Estado respecto al PIB de los países de la OCDE pasó del 27% en 1950 al 37% en 1973. En los Estados Unidos, como señaló Joyce Kolko en 1988, “casi la mitad de los nuevos empleos creados a partir de 1950, lo hicieron gracias a los gastos del Estado y una evolución análoga se produjo en los restantes países de la OCDE”.

La idea de Keynes consistía en que los Estados debían endeudarse durante los períodos de crisis con el fin de provocar el relanzamiento de la economía; en el momento en que, como resultado de esta práctica, aumentara la renta nacional, los impuestos que le afectarían para devolver la deuda, tendrían poco impacto. En realidad, la gestión de las crisis se transformó en una “economía mixta” estado-privado permanente. Cuando, a mediados de los años 1970, la Edad de Oro llegó a su fin, el enorme aumento del gasto público que había evitado un retorno a las condiciones de la crisis, significó un paso más en dirección al déficit cada vez más problemático que padecemos hoy. La misma razón del aumento de los gastos del Estado –la escasez de beneficio– hacía imposible la devolución de la deuda que el Estado había ocasionado.

Durante este tiempo, la deuda pública vino acompañada por el vertiginoso aumento de la deuda de las empresas y de la deuda privada, que posibilitó la aparente prosperidad de los últimos veinte años. Las promesas de que un día, en el futuro, se pagaría, sustituyeron al dinero que la economía capitalista, ralentizada, era incapaz de producir. Dado que los Estados, las empresas y, en una medida siempre creciente, los individuos se endeudaban para comprar mercancías y servicios, la deuda pública, la de las empresas y la de las familias, apareció en los balances de los bancos y de otras sociedades en la columna de los ingresos. Pero la devolución de las deudas exige dinero generado por una producción rentable y por la venta de bienes y servicios. Pero, como ha observado Robert Brenner, profesor de historia en la UCLA:

“Según los indicadores macroeconómicos estándares, entre 1973 y la actualidad, el rendimiento económico de Estados Unidos, de Europa Occidental y de Japón, se ha deteriorado de ciclo de negocio en ciclo de negocio, de decenio en decenio (a excepción de la segunda mitad de los años 1990). Si hablamos del mismo período, la inversión en capital a escala mundial y en todas las regiones excluyendo China, incluyendo incluso a los países del Sureste de Asia (industrializados de nuevo) ha ido disminuyendo de manera regular desde la mitad de los años 1990”.

El resultado fue, a grosso modo, la reaparición en 2007 de la crisis que se logró evitar en los años 1970.

Cuando el estallido de la enorme burbuja americana de los préstamos hipotecarios en el 2007 desencadenó la crisis mundial, los gobiernos centrales se encontraron atrapados entre la necesidad de mantener en funcionamiento el sistema, inyectando dinero en los establecimientos financieros “demasiado grandes para hundirse”, el apoyo a los gobiernos locales y el estímulo a la economía privada por un lado y la imperiosa necesidad de limitar el crecimiento de la deuda pública para no llegar a un punto de imposibilidad de pago de gran amplitud. La deuda de los Estados Unidos en 1930 era de 16 mil millones de dólares; hoy en día ha llegado a la cifra de 14 billones de dólares, y continúa creciendo. La deuda federal representaba ya, en 1970, el 37, 9% del PNB (Producto Nacional Bruto). Cuando, en el año 2004, el FMI advirtió que la combinación del déficit del presupuesto de América y el creciente desequilibrio de su balanza comercial amenazaban “la estabilidad financiera de la economía mundial”, la deuda se acercaba al 63,9%. Las advertencias a nivel mundial de los patronos y de los políticos para reducir el gasto público, aunque estén magnificados por la ideología liberal, representan el reconocimiento de una situación nueva respecto a los años 30: el hecho de que la carta keynesiana se jugó en exceso.

Consecuentemente, aunque el capitalismo actual es, en muchos aspectos, una versión muy distinta de la siglo XIX, esta transformación no ha comportado una disminución de los problemas sistémicos tal como los diagnosticaron los críticos de aquella época. Es más, los manifiesta con nuevas formas. De hecho, la crisis se perfila en el horizonte con la posibilidad de ser más terrible que las grandes crisis de 1873-93 y de 1929-39. La industrialización de la agricultura y la urbanización de la población –en 2010 se estimó que la mitad de los habitantes del planeta vivía en las ciudades– ha vuelto a la gente cada vez más dependiente del mercado para procurarse la comida y satisfacer sus necesidades esenciales. La existencia en límites de supervivencia o más allá de estos límites, como viven las masas urbanas de El Cairo, de Dakka, de Sao Paulo y de México, tendrá repercusión en los países capitalistas más avanzados debido al hecho que el paro y la austeridad impuesta por los gobiernos afectaran cada vez a más a la población y, no sólo en las antiguas zonas industriales del mundo desarrollado sino también a New York, Los Ángeles, Londres, Madrid o Praga.

Dejado a su propia dinámica, el capitalismo nos augura dificultades económicas en las décadas a venir, incluyendo ataques, cada vez más virulentos, contra las conquistas y las condiciones de trabajo de aquellos que, en el mundo, todavía tienen la suerte de ser asalariados; oleadas de quiebras o de consolidaciones de empresas capitalistas y conflictos cada vez más graves en el seno de entidades económicas o incluso de países enteros en el momento en que se trate de saber quién debe pagar todo esto. ¿Qué fabricantes de coches, en qué países sobrevivirán, cuando otros se hagan con su patrimonio y sus mercados? ¿Qué instituciones financieras serán aplastadas por deudas imposibles de cobrar y cuales sobrevivirán y lograrán conquistar partes enormes del mercado mundial para ganar dinero? ¿Qué luchas estallarán para controlar las materias primas como el petróleo, el agua para el riego y la bebida o la tierra cultivable? Por más deprimentes que sean estas consideraciones, no incluyen dos factores ligados, paradójicamente, que auguran unos efectos todavía más desastrosos para el futuro del capitalismo: el declive del petróleo –base del actual sistema industrial– como fuente de energía y el calentamiento del planeta provocado por el uso de carburantes fósiles. Aunque el actual estancamiento debería ralentizar el cambio climático causado por los gases de efecto invernadero, los daños realizados son ya extremadamente graves. Elisabeth Kolbert, una periodista de ninguna manera dada a la exageración, tituló su muy exhaustivo ensayo: Field Notes From a Catastrophe (Notas de campo sobre una catástrofe).

El deshielo de los glaciares no sólo amenaza los paisaje suizos sino también el aprovisionamiento de agua potable a poblaciones enteras en regiones como Pakistán o la línea de separación de las aguas de los Andes: desde hace años, las sequías arruinan la agricultura australiana y china; las inundaciones devastan, de manera periódica, las viviendas de decenas de millones de individuos en las regiones de baja altitud del Sureste de Asia. El desfile ininterrumpido de catástrofes no hace más que empezar. Será la compañera de viaje de una economía estancada y no podrá hacer otra cosa que verse exacerbada por la emisión de gases con efecto invernadero para intentar volver a una cierta prosperidad.

Lo que estas continuas tensiones sobre la sociedad auguran, es que el declive de la economía, incluso cíclicamente infligida, será el vector de una crisis del sistema social que, dado que obedece a las leyes de la física y de la química, irá más allá del terreno estrictamente económico. Si la caída del aprovisionamiento del petróleo y las catástrofes causadas por el cambio climático no provocan una mayor transformación de la vida social, el difícil imaginar qué situación podría llevarlo a cabo. Esta idea puede parecer, en la actualidad, utópica a aquellos que, entre nosotros, viven todavía la mayoría de ellos, en lo que queda de la prosperidad material aportada por el capitalismo de después de la guerra, de la misma manera que la miseria y el terror que pesan sobre los habitantes del Congo, desgarrado por la guerra, son difíciles de sentir por los habitantes de New York o Buenos Aires. Este hecho no hace más que demostrar la pobreza de nuestra imaginación y la inexistencia de los desafíos que nos esperan como catástrofes tales como la marea negra que se vertió de una plataforma petrolífera de BP en el Golfo de México en el año 2010, que nos ayudaran a entenderlo mejor.

La mayor incógnita que se presenta al intentar dilucidar el futuro del capitalismo es el grado de tolerancia de la población mundial frente a los estragos que le infligirá este sistema social. La gente es perfectamente capaz de reaccionar de manera constructiva ante el desmoronamiento de las estructuras normales de la vida social y de improvisar soluciones a los problemas inmediatos de supervivencia física y emocional. Nos lo demuestra con creces la reacción ante las catástrofes como terremotos, inundaciones, desastres de la guerra al igual que en los precedentes períodos de tormentas económicas. El hecho de que la gente del siglo XXI no haya perdido la capacidad de enfrentarse a las autoridades para defender sus intereses viene corroborado por los jóvenes contestatarios de Atenas, los funcionarios en huelga de Johannesburgo, los egipcios que, por lo menos durante un tiempo, han logrado destruir un estado policial afincado desde decenas de años.

De todas maneras, la gente tendrá ocasión, en un futuro próximo, de explorar posibilidades parecidas si desean mejorar las condiciones de vida de una manera concreta a las que les llevará una economía decadente. Mientras que todavía hoy están a la expectativa de la prometida vuelta a la prosperidad, en un momento dado, la multitud de nuevos desheredados, como muchos de sus antecesores durante los años 1930, se ven impulsados a dirigir sus miradas hacia las viviendas vacías recién embargadas, hacia los bienes de consumo invendibles y hacia los stocks de alimentos acumulados por el estado y a buscar allí todo lo necesario para sobrevivir. Dicho de otra manera, el hecho de adueñarse y utilizar las viviendas, la comida y otros objetos contraviniendo las reglas de un sistema económico fundado en el cambio de bienes por dinero, supone un modo de existencia social radicalmente nuevo.

La relación social entre patronos y asalariados, relación que asocia a una dependencia mutua un conflicto latente, se ha convertido en la relación básica en todos los países del mundo. Esta relación modelará en adelante, de manera decisiva, nuestra vida y nuestra manera de reaccionar en el futuro. Como ya sucedió en el pasado, no hay ninguna duda de que los trabajadores exigirán a los patronos o a los Estados que les proporcionen un empleo. En el caso de que los primeros pudieran emplear a más gente aumentando los beneficios, no dudarían en hacerlo. Respecto a los segundos, se enfrentan en la actualidad a los límites de la deuda soberana. A medida que el paro se extienda, es posible que los trabajadores tomen conciencia de que, con o sin empleo, las fábricas, las oficinas, las propiedades rurales, las escuelas y otros lugares de trabajo deberan continuar existiendo aunque no generen beneficios y que es posible ponerlos en funcionamiento para producir los bienes y los servicios que la población precisa. Aunque no existan suficientes empleos –pagados por las empresas o por el Estado– será necesario realizar muchos trabajos si la gente se organiza por sí misma para la producción y la distribución, lejos de las coacciones de la economía de mercado.

El capitalismo existe desde hace muchas generaciones, ha dado muestras de su vitalidad excluyendo o absorbiendo la totalidad de sistemas sociales del mundo, de tal amanera que parece formar parte de su naturaleza a la vez que parece irreemplazable. Pero en nuestro tiempo están apareciendo de manera visible sus límites históricos por su incapacidad para dar respuesta a los desafíos ecológicos que él mismo ha provocado, por su incapacidad para generar suficiente crecimiento que dé empleo a los millones de personas que se amontonan en las periferias de las ciudades de África, de América del Sur y de Asia, e incluso a un número cada vez mayor de ellos en Europa, Japón y Estados Unidos y de dar respuesta al dilema de su dependencia de la participación del Estado en la vida económica en un grado, que deja sin dinero a las empresas privadas. Al igual que la Crisis del 29 hizo ver cuales eran los límites de los medios puestos en funcionamiento durante los años 40 para luchar contra la tendencia del capitalismo hacia la catástrofe periódica, nos sugiere la necesidad de tomarnos en serio la idea de que, como se dice, otro mundo es posible.

                                                      Paul Mattick Jr. , marzo 2011

 

 

 

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