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Isidro López y Emmanuel Rodríguez. FIN DE CICLO. Finan- ciación, territorio y sociedad de propietarios en la onda larga del capitalismo hispano (1959-2010). Editorial Traficantes de sueños, Madrid 2011.

Desde el Observatorio Metropolitano, se nos hace entrega de este libro que nos ayudará a comprender mejor este movimiento de amplio malestar que nos ha llevado a ocupar las plazas de diferentes ciudades. En él se nos detalla, con un lenguaje entendible (cosa que es de agradecer en algo tan ideologizado y de especialistas, como es la economía) pero ampliamente documentado, el largo ciclo de la economía política capitalista que nos ha llevado a este fin: una crisis cuyas consecuencias y efectos son difíciles de prever más allá del inmediatismo al que nos aboca este sistema. La actual coyuntura de la crisis no se entiende si no se analiza globalmente la evolución del sistema-mundo capitalista en el largo ciclo que los autores acotan  desde 1959 hasta 2010, señalando varios puntos críticos: el último, el crash financiero de 2008. Solo así se podrá entender la evolución del capitalismo en España que nos ha llevado, tras la explosión de la burbuja especulativa financiera-inmobiliaria, a esta grave y severa crisis.

En la primera parte del libro, se rastrea la formación histórica del capitalismo financiero global. Después de la 2ª Guerra Mundial, los efectos del keynesianismo y del modo de producción fordista –y taylorista–, hasta la crisis de 1973, hicieron cierta la aserción de que “la riqueza de las sociedades en las que domina el modo de producción capitalista se presenta como un ‘enorme cúmulo de mercancías’, y la mercancía individual como la forma elemental de riqueza”. Así, la producción organizada de mercancías ha llegado a ser tan inmensa, que posibilitó esta sociedad del consumo; la apariencia de un “efecto riqueza” y la ilusión de agremializar a una “sociedad de propietarios”. Sin embargo, no se puede olvidar que en esta sociedad de consumo se dieron grandes procesos de lucha, tanto en los estados capitalistas, como en el marco de los del capitalismo de estado. A partir de la rebelión de 1968, que recorrió distintos continentes, hasta las luchas obreras que se alargaron en la década de 1970 y 1980: en Italia, España, Inglaterra, Polonia o Corea, etc.

A pesar de la gran capacidad de producción de mercancías, en la década de 1980 y después de la crisis del petróleo y de sucesivas reorganizaciones del sistema de producción: toyotismo, just in time, etc., el capitalismo llegó a la conclusión de que esta gran capacidad de producción no aseguraba toda la rentabilidad que codiciaban y que los beneficios que se obtenían del llamado capitalismo cognitivo y del sector terciario no saciaban su avidez. De ahí el salto, bajo la llamada política neoliberal, hacia una drástica reorganización de los modos de trabajo y la imposición de duras políticas, en algunos países de brutales dictaduras y en otros de drásticos recortes laborales, salariales y sociales. Esto se da, sobre todo, en el creciente dominio de la economía especulativa financiera que, aprovechando las nuevas técnicas de la información y la comunicación, le permitían rápidamente abarcar todo el mundo y todos los aspectos de la vida: especulación monetaria; de territorios urbanos y rurales; de semillas y cosechas; de la biología, etc. La desmesura de esta avaricia especulativa nos ha llevado a la crisis del 2008; ahora bien, rápidamente los estados del capital han entregado miles de millones de efectivo a bancos y empresas, siendo los socios y cómplices necesarios del saqueo llevado a cabo por los capitalistas.

En la segunda parte,  se entra ya en la onda larga del capitalismo hispano. En primer lugar, después de la larga y sangrienta posguerra que duró hasta 1950, más allá de la derrota de los regímenes fascistas de Alemania e Italia, la dictadura militar de Franco entró en lo que se conoce como autarquía, una industrialización precaria que imponía formas brutales de acumulación primitiva. La represión fue pareja a las miserias, mentiras, disfunciones, desplazamientos e inmigraciones impuestos y así continuó cuando llegaron las ayudas de EEUU y los gobiernos de tecnócratas del OPUS. Los pobres del campo continuaron desplazándose a las ciudades industrializadas o al extranjero. También se desarrolló la industria del turismo tan importante para la otra actividad económica que dominaba y dominaría el panorama: la construcción de infraestructuras y viviendas. España dejó de ser una sociedad rural precaria, para ser precariamente urbana; el llamado desarrollismo industrial se realizó con una lógica militarista y bajo un control del estado dictatorial. Franco, además, ya legisló ampliamente sobre  el suelo y las zonas de interés turístico. Cuando llegó la crisis de 1973, ya hacía años que el franquismo era un anacronismo, con una industria poco competitiva que se hundía y con un movimiento obrero y social cada vez más activo, que había encontrado nuevas vías organizativas y que se manifestaba con fuerza.

La muerte del dictador dio paso a la llamada Transición, operación política a la cual los autores quizás debieron dar un poco más de importancia y contextualizarla debidamente, pues sus grandes sombras dan luz a la situación de corrupción (cuestión, también, que parece no tener relevancia para estos) en la que se encuentra nuestra casta política y burocrática. Lo que esta operación fue lo demuestra la Ley Reguladora de la Actividad Urbanística de la Comunidad Valenciana, sobre la que los autores se detienen especialmente, que redactada y aprobada por los del PSOE fue y es ampliamente aplicada por los del PP.

En la Transición, se realizó, no sin grandes luchas, el desmantelamiento industrial y la privatización de las industrias públicas que habían sido controladas desde el INI. Desde el Estado se financiaron los despidos masivos y la reestructuración de las empresas para después privatizarlas, también se financió la primera crisis bancaria lo que posibilitó la concentración en unos pocos grandes Bancos y Cajas de Ahorro, todo esto propició la formación de un monopolio corporativista dominado por unos determinados banqueros y empresarios. Los trabajadores, después de duros enfrentamientos que se alargaron hasta la década de 1980, fueron replegándose ante la situación de incertidumbre que creaba, sobre todo, la gran amenaza de un elevado y creciente paro obrero, entonces similar al de ahora,  y fueron aceptándose las sucesivas legislaciones que imponían una  creciente precarización laboral y salarial.

Asimismo, la política legislativa sobre el suelo, el urbanismo y las viviendas que, a partir de 1982, llevaron a cabo los sucesivos gobiernos del PSOE, siguió el mismo ideario del ministro de la vivienda franquista, Arrese, que lo resumió en la cutre frase: “queremos una España de propietarios no de proletarios”. Empezando por el famoso decreto Boyer que liquidaba la escasa política de alquileres y viviendas protegidas, los ministros socialistas llevaron a cabo un torrente legislativo, como las leyes sobre Régimen de Sociedades y Fondos de inversión Inmobiliarios y sobre Fondos de Tributación Hipotecaría (1992), que empujaba a la gente hacia la compra de viviendas a cambio de hipotecar la vida; además de legalizar los grandes booms especulativos financiero-inmobiliarios: primero el que terminó con la crisis posterior a los fastos del 1992 y a continuación el llevado a cabo por los gobiernos del PP y del PSOE hasta ahora y que los autores datan desde 1995 hasta el 2007.

A partir de 1986, España entró en la UE y empezó a recibir grandes sumas de dinero procedentes de los Fondos europeos, fue el país que más dinero recibió y actualmente es el segundo, después de Polonia. De un promedio de unos 6.000 millones de euros anuales que han de llegar hasta el 2013, el 50’6% va a parar a unas pocas grandes constructoras (hay un lobby de 6 grandes empresas, de las que también son accionistas los bancos y cajas), un 32% a capital humano: fondos municipales, PER, fondos de formación para sindicatos etc. y el 17% a ayudas a empresas. Estos miles de millones han propiciado mucha corrupción y un nuevo caciquismo. Por todo ello, quizás hubiesen tenido que profundizar más y/o abordar estos temas.

El hasta ahora último boom especulativo financiero-inmobiliario (1995-2007), ha posibilitado una acumulación de capital y un reparto de beneficios inmensos entre unos pocos bancos y empresas, entre unos pocos de sus directivos y una casta política en clara connivencia con ellos que no trata ni de disimular su condición de corrupta, por otra parte similar a la de los otros Estados. Una mayoría de la población creyó la propaganda de la ficción del “efecto riqueza” y de la “sociedad de propietarios”. Los Bancos y Cajas abrieron tanto el grifo del dinero vía créditos a alto interés que al explotar la burbuja financiera los ha dejado al descubierto. Por otra parte, durante estos años, esta posibilidad de especulación inmobiliaria atrajo a muchas inversiones extranjeras lo que posibilitó grandes entradas de dinero para ser blanqueado procedente de las diferentes mafias y, aunque es muy difícil de cuantificar, si hubiese sido necesario mencionarlo.

Este, como otros booms especulativos financieros-inmobiliarios tiene un alto grado de nocividad para las personas y para su hábitat o medio ambiente. Por qué ante la urgencia de  beneficios qué importan las costas rastrilladas de rascacielos, los territorios asfaltados, las montañas perforadas o las aguas y aire contaminados. La ciudad queda reducida a un conjunto de máquinas tragaperras  bajo el nombre de Growth Machine, es decir, “máquina de crecimiento”.

Por último, no podemos dejar de señalar que nos parece más preciso caracterizar estos periodos, si acaso, como booms especulativos financieros-inmobiliarios. No es banal añadir este adjetivo, pues lo especulativo ha estado presente durante el franquismo y después con sus sucesores y continuadores y ha marcado desde siempre la corrupción de la política del Estado y sus burocracias: partidos, políticos, sindicatos, municipios, etc., imponiendo, al mismo tiempo, una precarización para la gran mayoría de la población. Y en estos últimos periodos, la especulación y la corrupción alcanzan máximos, no su límite, pues, como el beneficio para el capital, no lo tiene; tan solo  porque cuanto más circula el dinero, más grande es la especulación y corrupción que lleva consigo.

El libro termina señalando posibles escenarios para salir de la situación actual, así como alguna vía alternativa como lo que denominan «contra-desamortización» o una apuesta por un «régimen de propiedad en común». Difícil tarea la de meterse de teórico reformador de lo que se pretende transformar.

Lo que sí que constatamos, en esta época de crisis, es que para los más pobres, para los trabajadores y una gran mayoría de jóvenes, la precarización va en aumento y el Estado no para de legislar en contra nuestra recortando medidas sociales y laborales, la sobrevivencia es cada día más cara  y el índice de paro del 22% de la población y el 43% entre los jóvenes, el más elevado de Europa y uno de los mayores del mundo.

Sabemos de las dificultades de hacer un buen estudio de estas características y de un periodo tan largo como complejo. Por ello retomamos la consideración inicial y repetimos el tener la sensación de encontrarnos ante un libro valido y útil para ayudarnos a entender donde nos encontramos y cómo se ha llegado a esta difícil situación que no  nos atrevemos a señalar si será final de un ciclo o más de lo mismo de otras maneras. Sin embargo, un pero a su tono de neutral academicismo, cuando se puede “tomar partido hasta mancharse”.

 

Jan Vaclav Majaiski. LA CIENCIA SOCIALISTA, RELIGIÓN DE INTELECTUALES. Bardo ediciones. Barcelona 2010.

He aquí una obra y un autor que hubiésemos debido poder leer hace muchos años. Tuvimos que esperar, primero a que la revista Futuros nos lo presentara y tradujera algunos de sus textos al castellano. Ahora, en diciembre del 2010 Bardoediciones publica esta recopilación en este libro cuyo título La ciencia socialista, religión de intelectuales, lo es también de un artículo escrito (¡atención!) en 1905, lo acompañan otros dos interesantes textos La conspiración obrera (1908) y La revolución obrera que Majaiski escribió en 1918, solo un año después del triunfo de la revolución soviética. Para saber de este autor hubo que remitirse a Alexandre Skirda que en 1979 publicó en éditions du Seuil una edición de siete de sus textos, con el título Le socialisme des intel·lectuels, con una extensa presentación.

Jan Vaclav Majaiski (1866-1926), nació en la aldea polaca de Pintzov que entonces formaba parte de la Rusia zarista. Pronto empezó su activismo, siendo detenido, por primera vez, por escribir y distribuir literatura revolucionaria. En 1892, durante una importante huelga que paralizaba la ciudad industrial de Lodz fue detenido y pasó 3 años de cárcel y 5 deportado en Siberia. Será allí, en la perdida colonia de Vilonisk, donde completará la formación de su pensamiento. Primero escribirá un cuaderno titulado La evolución de la socialdemocracia en el que criticaba el oportunismo revisionista de los partidos socialdemocrátas, principalmente el alemán, el más potente de toda Europa y que se reclamaba marxista. Después, según cuenta Trotsky, con el que coincidió en Siberia, en sus memorias, escribiría dos cuadernos más, uno donde «realizaba una crítica del sistema económico de Marx, llegando a la conclusión inesperada de que el socialismo es un sistema social basado en la explotación de los trabajadores por intelectuales profesionales». En un tercer cuaderno criticaba la actuación únicamente política de dichos partidos y su obsesión por lograr parte de ese poder político. Las ideas fuerza de su pensamiento quedaban perfiladas.

Terminada la deportación, su vida no será tranquila, nuevamente es arrestado y finalmente se exilia a Suiza. En Ginebra publica La bancarrota del socialismo del siglo XIX y La Revolución burguesa y la causa obrera; pero ante todo en 1903: El trabajador intelectual. En ellos desarrolla un pensamiento original y pionero, una crítica al sistema capitalista y a su ideología: la democracia, también al concepto de progreso en esta sociedad industrial. El desarrollo del sistema capitalista se basa y conlleva la división y especialización de tareas, en el proceso de producción aparece el papel de los técnicos intelectuales, cuya función les permite penetrar entre la burguesía: científicos, ingenieros, químicos, profesores, abogados, periodistas, etc., que finalmente ocupan los puestos claves que permiten el funcionamiento del sistema; «El Estado democrático significa que el científico toma el lugar de la policía, o más bien que se pone en el mismo rango que la policía». Parte de estos intelectuales, que determinan el monopolio del saber, se unen y dominan el movimiento socialista, tanto los llamados utopistas como el socialismo científico de la socialdemocracia, creyéndose más capacitados que nadie para gestionar el proceso de producción y el Estado y se servirán de los obreros para conseguir sus objetivos, a través de la esperanza de la ideología socialista. Por lo tanto el marxismo y el anarquismo quedarán convertidos en unas nuevas ideologías infalibles e irrefutables como consecuencia de un determinismo lineal con raíces teleológicas, convencidas de su mayor eficacia en la gestión y en el desarrollo del proceso de producción y que el simple hecho de anunciar que la gestión de las fábricas pasaba de las manos de los capitalistas a las de los proletarios significaría para el obrero el fin de la opresión, «Los anarquistas, con su aspiración a la ‘cientificidad’ a la par de la de los marxistas, no hacen sino mantener al socialismo en el terreno de las creencias. La ciencia socialista cumple aquí una función común a todas las religiones, por su pretensión de ‘cientificidad’, de objetividad, por su carácter omnisciente y obligatorio por todas partes y para todos».

Cuando estalla la revolución de 1905, Majaiski regresa a Rusia y allí escribirá La ciencia socialista, religión de intelectuales, donde se sintetizan sus ideas; «Los socialistas tanto cuando hablan con los gobiernos burgueses como cuando hablan con los obreros, y siempre con una amable sonrisa: demuestran a los gobernantes que los sindicatos refuerzan la dependencia de los obreros, aunque a los obreros les aseguren que los sindicatos los lleven a la independencia». ¿Pero cómo, entonces, los proletarios podrán liberarse de la opresión y de la explotación? Por medio de La Conspiración obrera, mediante la autorganización de los obreros por ellos mismos, es decir, que la emancipación de los trabajadores o será obra de ellos mismos o no será. «Es pues evidente que la huelga económica mundial, la supresión de la opresión obrera no se preparará jamás desde los sindicatos ni desde ninguna otra organización legal, obrera o socialista. De ello se infiere que la libertad política, por más desarrollada que esté, no nos acerca un ápice a la revolución obrera. La huelga económica mundial, la expropiación de todos los apropiadores, no puede prepararse sino desde organizaciones obreras clandestinas, no pueden hacerlo sino mediante la conspiración obrera».

En 1918, Majaiski escribirá La revolución obrera, una de las primeras y más lúcidas críticas al partido bolchevique y a sus burócratas, esta clase intelectual que gestionará el Estado y la producción de este sistema de capitalismo de estado. «Los bolcheviques se esforzarán en vano magnificando la Patria Socialista e inventando formas de gobierno lo más populares posibles; en tanto las riquezas permanezcan en manos de la clase burguesa, Rusia no dejará de ser un Estado burgués»

 

René Riesel y Jaime Semprun. CATASTROFISMO, ADMINISTRACIÓN DEL DESASTRE Y SUMISIÓN SOSTENIBLE. Pepitas de calabaza ediciones. Logroño 2011.

No en vano el libro se abre son una significativa cita del Discurso de la servidumbre voluntaria de Étienne de la Boétie. Le siguen unas precisiones liminares y treinta parágrafos que a manera de tesis enunciativas, despliegan un análisis crítico de la actual sociedad industrial, de su desarrollo e invasión del mundo y de las consecuencias que su incidencia pueden acarrear sobre el planeta; al ser ya asumidas por gran parte de la población y también por los capitalistas y sus gobernantes, como un mal necesario que corre paralelo al modelo cultural de esta sociedad de consumo existente. Ahora bien, ya nadie se atreve a negar que esta civilización industrial sea capaz de provocar una catástrofe de consecuencias tan trágicas como inimaginables para el planeta y para los seres que lo habitamos.

Las causas y consecuencias que producen esta sociedad industrial, jamás han sido secretas. Aunque hasta ahora la propaganda-informativa las ocultaba bajo la luz cegadora de esta sociedad del espectáculo en la que la acumulación de mercancías podía deslumbrar a cualquiera. Sin embargo, a pesar de que el fetichismo de la mercancía sea poderoso, una gran parte de la población asume que la magnitud de la catástrofe nos puede hacer entrar «…en las extendidas llanuras/ donde la desaparición de las luciérnagas/ señala el amanecer de una época terrible».

El capitalismo industrial y sus burócratas-políticos, frente a una evidencia que hasta hace poco declaraban inexistente y llamaban alarmistas a los que denunciaban el peligro de una catástrofe, ahora han hecho del catastrofismo una ideología capaz de provocar una falsa conciencia y, por supuesto, otro negocio más que les rinde beneficios. El catastrofismo se ha convertido por boca de estos burócratas-políticos y de los intelectuales y periodistas, en una ideología culpabilizadora para la gran mayoría (a todos aquellos que nos consideran como gente del común o gente corriente), que de golpe somos retratados y presentados como los verdaderos culpables del envenenamiento y posible destrucción del planeta. Por lo tanto, como culpables de la catástrofe debemos aceptar todas las medidas disciplinantes que nos quieran imponer, sin cuestionárnoslas. Hemos de acatar los castigos y las leyes que nos imponen, la disciplina y el estado de excepción permanente. La sumisión ha de ser aceptada dócilmente y la servidumbre ha de ser voluntaria, es más, incluso reclamada.

Y sin embargo, la servidumbre nunca es totalmente voluntaria, jamás es aceptada del todo, siempre ha de ser impuesta. Por lo tanto, siempre hay rebeldía contra ella y el ser humano busca y quiere la vida sobre la muerte. Si bien es difícil, en estos tiempos de confusión, articular una crítica social, «que habría de ser a la vez antiestatal y antiindustrial», contra este sistema capitalista que está ocupando el mundo, no podemos olvidar que este tiene sus límites, que hay un exterior al universo técnico. Pensar lo que hasta ahora se ha dicho y hecho desde el pensamiento crítico y como se puede, desde el ahora, plantearnos nuestra actitud, nuestro ser y estar, en y frente a esta civilización industrial que nos quisiera sumisos y como ser capaces de romper esta servidumbre impuesta. «El papel de la imaginación teórica sigue siendo el de discernir, en un presente aplastado por la probabilidad de lo peor, las diversas posibilidades que no por ello dejan de estar abiertas. (…) la acción de grupos humanos, puede tener, con un poco de suerte, rigor y voluntad, consecuencias incalculables».

 

Lewis Mumford. EL PENTÁGONO DEL PODER. EL MITO DE LA MÁQUINA (dos). Pepitas de calabaza ed., 2011.

Gracias a la osadía de Pepitas de calabaza ed., podemos leer por primera vez en castellano el segundo volumen de El mito de la máquina. Hace 40 años, Lewis Mumford (NY., 1895 – Amenia, 1988), historiador, urbanista y pensador de la Técnica, daba a conocer este notable trabajo sobre el desarrollo histórico a través de la técnica, la relación entre el progreso humano y la evolución de la técnica. Estudio que Mumford había empezado en 1934 (Técnica y civilización) y había continuado en 1967 (El mito de la máquina. Técnica y evolución humana).[1]
Trabajo que por su extensión (800 páginas), por la amplitud de sus miras, por la profundidad de sus análisis y por el acierto en sus predicciones sobre a dónde nos conduce la lógica del desarrollo técnico, lo convierten en una obra referente para entender nuestro mundo y las posibilidades de su superación, apostando por otra forma de organización social, un nuevo sistema que no vaya en contra de la humanidad del hombre sino a su favor. Para ello Mumford empieza desmontando el mito de la máquina, el mito del progreso basado en la fe incuestionable de que el desarrollo técnico es siempre favorable al desarrollo humano.

El período abarcado en este estudio se extiende desde el siglo XVII al XX, desde que se construye el cosmos mecanicista (Galileo, Descartes, Bacon) hasta llegar al caos del siglo XX (la automatización de la automatización). Para Mumford, el avance más decisivo de la nueva concepción mecanicista tuvo lugar fuera del terreno de la técnica: fue el regreso del dios Sol, símbolo del poder centralizado. La astronomía y la mecánica celeste sentaron las bases de un orden absoluto, tanto político como industrial, como el que se había fijado en la Era de las Pirámides. Con la nueva imagen mecanicista del mundo –reducción de lo orgánico a lo mecánico–, el hombre se deshumaniza, la vida es interpretada como un fenómeno puramente mecánico.

Esta cosmovisión mecanicista marca el fin de la politécnica que había imperado a lo largo de toda la Edad Media. Ésta había absorbido los inventos de culturas anteriores incorporando a las suyas técnicas que venían de muy atrás, como el molino de agua y el molino de viento, el arado, el telar, la rueda de alfarero... y que ayudaron a darle a este periodo cohesión y armonía. Fue la Ilustración la que entendió la Edad Media como un periodo de ignorancia, de superstición y de atraso técnico, sin ver su riqueza politécnica. El hecho de que la técnica medieval persiguiera otras metas que las estrictamente centradas en la expansión mecánica contribuyó a que se la considerara atrasada técnicamente. «Curiosamente –escribe Mumford– los estudiosos que popularizaron la noción de un atraso medieval leían sus documentos con unas gafas que habían sido inventadas en el siglo XIII, publicaban sus ideas en libros fabricados en la imprenta del siglo XV, comían el pan a partir del grano triturado en molinos del siglo XII, viajaban en barcos de tres palos diseñados en el siglo XVI y llegaban a su destino gracias al reloj mecánico (...) mientras escribían en papel y vestían ropas de lana y algodón fabricadas en molinos hidráulicos cuya invención data al menos del siglo III a. C. en Grecia» (p. 211). Mumford valora los aspectos creativos y comunitarios de la Edad Media, fijándose en la ambivalencia de muchas de sus estructuras, incluso en las más deshumanizadas, como el trabajo esclavo ( pp. 220 ss.; 233; 297).

La nueva imagen mecánica, con el impulso de la presión económica que se ejerce sobre todos los ámbitos de la técnica, sustituye la tradición politécnica. La máquina destruye la herramienta (el automatismo de la máquina frente al utilitarismo de la herramienta). Es el triunfo de la automatización, de la abundancia material, del poder sobrehumano, del control remoto, esencial para el complejo de poder. Es el fin del trabajo manual que durante medio millón de años ha sido parte esencial de la cultura humana. Mumford analiza el nuevo sistema técnico y señala la irracionalidad de la automatización de la automatización, sistema infradimensionado que requiere infrahombres cuyos valores sean los que exige el funcionamiento y la expansión indefinida del propio sistema, quedando anulada cualquier forma de autonomía humana. La automatización pretende ejercer el dominio no solo sobre el proceso técnico sino sobre el ser humano que hasta este momento lo había dirigido, y transformarlo de agente activo en otro pasivo y finalmente hacerlo desaparecer: volver innecesario al hombre, puro accesorio de la máquina. Y, remarca Mumford, los defectos más flagrantes del nuevo periodo megatécnico son los que surgen, no de sus fallos, sino de sus triunfos. Todo este proceso, señala Mumford, no se da sin resistencia, lucha de los hombres y mujeres que tratan de preservar los vestigios de autonomía.

Mumford, para explicar la coacción que ejerce la técnica, su lógica interna, retoma la aserción del físico británico Dennis Gabor: si una cosa se puede hacer se hará, si algo puede hacerse debe hacerse, y la desarrolla: si algo no puede hacerse con un aparato técnico no debe hacerse de ningún modo (cantar con su propia voz en lugar de poner el cassette, andar con las piernas y no en automóvil, etc.).

Después de la Primera Guerra Mundial aparecen los signos de la nueva megamáquina que a diferencia de la anterior (Era de las Pirámides) desplaza el número de agentes humanos por componentes mecánicos. Cuatro factores ayudan a su expansión: el renacimiento del dios Sol, la centralización del poder político, el trabajo forzado y el servicio militar obligatorio y la economía de mercado. La nueva megamáquina que ejerce un control total sobre la vida cotidiana del súbdito, tiene la capacidad de la destrucción total, de «dar fin a la aventura de la vida humana». (Visión apocalíptica muy próxima a la de Günther Anders).

Llegados a la fase capitalista de la sociedad del consumo, partiendo del análisis de Marx sobre el modo de producción de mercancías según el cual la meta de la producción no es satisfacer necesidades sino multiplicarlas, Mumford avanza otra tesis muy próxima a Anders: el consumo se ha vuelto obligatorio. Llevar una vida que se aparte del consumo puede considerarse un sabotaje. Las reivindicaciones de más bienestar, haciendo suyas las premisas ideológicas de la megamáquina, han acabado reforzándola. Nuestro sistema megatécnico, escribe Mumford, hará que en menos de un siglo todo el planeta sea inhabitable.

Con todo, Mumford, contra el fatalismo de los que rechazan aceptar la posibilidad de una reversión total de las pautas existentes (entre los que incluye a Jacques Ellul), intenta mostrar, a lo largo de todo el libro, que no todo está determinado, que el hombre no es pura víctima de un destino inexorable, que hay exterior a la técnica. No se trata de despreciar las muchas ventajas que la técnica ha aportado, sino de retornar a una técnica politécnica que mantenga todas las formas anteriores.

Para salir de la megatécnica necesitamos un modelo que no proceda de la máquina sino de los organismos vivos, que sustituya la megatécnica por la biotécnica hacia una economía, no de la abundancia material, sino de la plenitud (lo que implicaría una desaceleración de la producción, un cambio en el trabajo que se convertiría en la ejecución de tareas distintas a lo largo de la vida,..). Con todo, para superar el actual sistema de poder no hace falta destruir toda la civilización sino transferir sus agentes más beneficiosos a un complejo orgánico. Es en el seno de un sistema de poder como el que ha existido durante los últimos tres siglos que podremos avanzar hacia esta plenitud.

Con este libro acaba Mumford uno de los análisis más amplios de la técnica y del proceso técnico en el desarrollo histórico de la humanidad, que había empezado hacía más de tres décadas: un estudio exhaustivo del desarrollo técnico dentro del marco social y civilizador que le da cabida; una mirada al pasado no nostálgica, más allá del rechazo indocumentado o de su aceptación entusiasta igualmente indocumentada, capaz de comprender sus logros y su riqueza; una comprensión radical del fenómeno técnico, de su lógica interna y de sus efectos deshumanizadores; y una crítica radical del mito del progreso que la sostiene.   

Análisis coincidente en muchos puntos con el que en Europa hacían por los mismos años Jacques Ellul y Günther Anders. La coincidencia teórica con Anders es manifiesta pese a que ambos no conociesen respectivamente sus trabajos. El análisis de la sociedad del consumo, la obligación de consumir como mandamiento de nuestro tiempo (p. 528) es del todo coincidente. Igualmente, la visión apocalíptica, quizás más radical en Anders, más matizada en Mumford (p. 438). La comprensión de la coacción tecnológica (p. 299) es también próxima a la de Ellul, aunque éste escape a su determinismo por la afirmación de la ambivalencia de la técnica y Mumford lo haga por la utilización de otro tipo de técnica.[2]

Es de agradecer en esta ardua lectura la cuidada traducción de Javier Rodríguez.

 

Guido Caccia, L’altrocomunismo nella Rivoluzione russa. Opposizioni Rivoluzionarie nella Russia Sovietica 1917-1921, Quaderni di Pagine Marxiste, Milano, 2009. (Recensión de Dino Erba).

Pocas, pero profundas palabras. Este es el juicio que espontáneamente me venía a la mente al leer el libro de Guido Caccia. Con «pocas, pero profundas palabras» (134 páginas, acompañadas de una documentación sintética, pero muy significativa), el autor encara una de las cuestiones más candentes del siglo XX, la involución de la revolución rusa.

Sobre esta cuestión existe una bibliografía muy extensa, en la cual, no obstante, prevalecen criterios y juicios viciados con frecuencia por prejuicios ideológicos, aunque estos no sean visibles. Caccia tiene el mérito de ir a la raíz; encara los episodios críticos que, desde el principio, obstaculizaron el desarrollo del proceso revolucionario socialista, evitando tanto justificaciones como intempestivas recriminaciones. El momento álgido de la involución fue la insurrección de Kronstadt en marzo de 1921, la cual provocó la fractura del movimiento obrero revolucionario: por un lado, las tendencias comunistas más o menos próximas a la Tercera Internacional; por el otro, las tendencias de inspiración anarquista, libertaria y comunista-consejista, las cuales tuvieron con la IC [Internacional Comunista] breves y desafortunados contactos.

Con matices más o menos acentuados, la abigarrada casa marxista-leninista ha tratado siempre de justificar la represión de Kronstadt, en nombre de un objetivismo que nada tiene que envidiar a la burguesa Razón de Estado.[3]

Con el paso de los años, ha prevalecido una postura que pone de relieve cuán desgarrador fue ese episodio. Es ejemplar la actitud de un marxista por lo general despiadadamente crítico, lúcido y desengañado, como Amadeo Bordiga que, 36 años después del episodio, definió como «misteriosos» los hechos de Kronstadt.[4]

Admitiendo, pero sin estar de acuerdo que, si los hechos de Kronstadt pudieron ser «misteriosos» en 1921 para los compañeros italianos, no deberían haberlo sido en 1957-58, cuando en el periódico, Il Programma Comunista, apareció el borrador de la Struttura economica e sociale della Russia d’oggi. No tanto porque entonces ya podía disponerse de una discreta documentación que «desvelaba» los misterios de Kronstadt, sino porque los compañeros de la Sinistra comunista [Izquierda Comunista] habían alcanzado un nivel político-teórico que debería haber evitado ciertas «ingenuidades», por no decir otra cosa.

En la vertiente opuesta, nos encontramos con la corriente de inspiración anarquista, libertaria y comunista-consejista (lo repetimos, corrientes que entonces como ahora son parte integrante del movimiento proletario revolucionario), que identifican la causa de la involución en factores meramente subjetivos, es decir, en el concepto de Partido, como sostiene de modo ejemplar Otto Rühle, en su ensayo La rivoluzione non è un affare di partito (1920),[5] quien no vaciló en definir al bolchevismo como «fascismo rojo».

Caccia, yendo al punto crucial, sostiene que la involución se manifestó enseguida, inmediatamente después de la toma del poder (octubre de 1917), cuando el partido comunista se separó de la clase obrera, de la cual debía ser el «órgano». Separación causada por la propia situación objetiva, nadie lo niega, pero que en lugar de ser contrarrestada, fue legitimada en el plano subjetivo, «haciendo de necesidad virtud», como afirmara Rosa Luxemburg ya en octubre de 1918.[6] Surge entonces la ilusión de que el Partido pudiera ser el árbitro del serpenteante enfrentamiento entre un débil proletariado y una burguesía emergente, gracias a la continuación de las relaciones de producción capitalista, que en Rusia nunca fueron superadas. Aunque con el tiempo, en 1989, fue la burguesía quien absorbió al Partido y a sus pletóricos aparatos.

Como vemos, en el foco de la atención se situó la relación Partido-clase que, desde octubre de 1917, ha sufrido notables transformaciones, al compás de la evolución del modo de producción capitalista. En el plano político, esta evolución ha superado las fases de transición ligadas la cuestión agraria,[7] que en aquel momento eran cruciales en la estrategia de los partidos obreros socialistas y que determinaron los estigmas jacobinos del partido bolchevique. Pero sería reductivo creer que la explicación se encuentra solamente en la cuestión agraria, desde el momento en que, incluso en este campo, la solución «leninista» chocó con las diversas perspectivas, avanzadas sobre todo por los anarquistas, a los que Caccia les dedica un ardoroso capítulo, I comunisti libertari nella rivoluzione russa. Tales perspectivas, aunque partían del campo (la Macknovichina), abordaban aspectos más amplios de la gestión, o mejor dicho de la autogestión, del poder, es decir, de la administración de la cosa pública (la Comuna), de la producción y de la distribución[8].

Desde entonces ha llovido mucho y hoy la conquista y la gestión del poder tienen connotaciones bastante diferentes, aunque en la base siga incólume y cada vez más imperiosamente, el mismo objetivo, el comunismo.

Hoy, la cuestión agraria se ha resuelto en el proceso de acumulación capitalista, la cual debe ser reestructurada y, por consiguiente, se ha vuelto completamente marginal la alianza entre obreros y campesinos, que en aquel momento condicionó extraordinariamente no sólo la Revolución rusa, sino también la estrategia de los partidos comunistas, pasando por Gramsci o Mao Zedong

Hoy, el partido comunista es perfectamente proletario, aunque quede todavía por definir qué se entiende actualmente por «proletario», concepto en el que confluyen el «viejo» obrero «blue collar» [obrero de la industria], el trabajador precario y aquellos que en el proceso productivo NUNCA entrarán, desde el momento en que nacen ya expropiados de cualquier perspectiva existencial para el futuro. En esencia, actualmente el partido comunista no se ve obligado a «mediar» con estratos sociales precapitalistas, su «tarea» es la revolución «pura», la revolución comunista. Pero las cosas no son simples en absoluto. La evolución del modo de producción capitalista ha agudizado la división social del trabajo haciendo proliferar los estratos sociales intermedios, empeñados en profusas actividades de «mediación» en los diversos ámbitos económicos, sobre todo en el sector terciario (con muchas ramificaciones «criminales»). Por tanto, no nos debe sorprender que se haya hecho más profunda la escisión entre la «sociedad civil», entendida al modo hegeliano (es decir, el mundo de los «comerciantes y del trabajo») y la esfera política (el Estado), escisión que privilegia a los profesionales que sólo buscan su lucro personal, a los intrigantes, a los expertos…

En resumen, la política está en manos de «profesionales» (antes los intelectuales, hoy los gestores), concepto que, a caballo de una «viciada» lectura del lenianista Che fare? [¿Qué hacer?], contribuye a que, para muchos, la revolución continúe siendo un «asunto de Partido».

 

 

D. Neles, H. Piotrowski, U. Linse y C. García.  Antifascistas alemanes en Barcelona (1933-1939). El grupo DAS: sus actividades contra la red nazi y en el frente de Aragón,   Barcelona. Sintra, 2010, 430 páginas.

El cortejo que acompañaba los féretros de Camillo Berneri, Francesco Barbieri y otros italianos, muertos y asesinados en las jornadas de mayo de 1937, desfiló desde el Hospital Clínico hasta el cementerio de Sants-Les Corts, a pesar de haber sido prohibido, estando presidido por una bandera negra del grupo DAS (Anarcosindicalistas alemanes).

Este acto cargado de simbolismo marca el principio del fin de las conquistas revolucionarias iniciadas el 19 de julio del año anterior, tras la derrota inicial de los militares sublevados, así como también la voluntad de aquellos anarquistas de otros países que inmediatamente acudieron en defensa de sus compañeros o se incorporaron a la lucha en los primeros días y en especial del grupo DAS.

Han transcurrido 75 años desde aquel acontecimiento y por regla general –salvo muy pocas excepciones, que lamentablemente se han quedado aisladas– los análisis han seguido las huellas trazadas por la historiografía académica, cuyo objetivo ha sido y continúa siendo, como siempre, el ocultamiento del desarrollo revolucionario haciendo especial hincapié en la lucha de la democracia contra el fascismo.

De ese modo, muchos se han enfangado en debates sobre el pantanoso terreno de la violencia revolucionaria y el recuento de muertos, sin darse cuenta que de lo que se trataba con esa cuestión es la de justificar –cuando no legitimar– el golpe de Estado de los generales africanistas, planteando la problemática de que la situación en el país había llegado a tal extremo de violencia que prácticamente era inevitable una intervención militar. Ante estos infames análisis, lo único que se me ocurre es exclamar, parafraseando a un escritor decimonónico: «¡Oh!, ¡qué fieras tan salvajes, cuando se las ataca se defienden!»

Por otro lado, como afirmaba Bakunin y de ello eran perfectamente conscientes los anarquistas: «En general, podemos decir que la carnicería nunca fue un medio eficaz para exterminar a los partidos políticos; ha probado ser particularmente ineficaz contra las clases privilegiadas, ya que el poder reside menos en los hombres mismos que en las circunstancias creadas para los privilegiados por la organización de los bienes materiales, es decir, la institución del Estado y su base natural, la propiedad individual».[9]

Probablemente, tal como se afirma, la revolución de 1936 sea el acontecimiento que más tinta ha hecho correr, superando incluso a la segunda guerra mundial, lo cual es bastante significativo, porque la derrota de los militares por el pueblo en armas y el consiguiente proceso revolucionario que se inició enseguida, puso en evidencia el verdadero carácter de las llamadas democracias, pero especialmente el carácter contrarrevolucionario del estalinismo y las ambiciones imperialistas del nazismo alemán y el fascismo italiano. Y si observamos con atención nos daremos cuenta que la historiografía sobre la revolución y la guerra civil española ha seguido una secuencia muy similar a la que siguieron los hechos desde el 19 de julio de 1936, hasta las jornadas de mayo en Barcelona: un primer momento con profundos análisis sobre el desarrollo revolucionario que poco a poco va dejando paso a una crítica sin fundamento hacia la violencia y la actitud intransigente de los anarquistas y de los demás sectores sociales que defendían la revolución, hasta desembocar en una negación completa del proceso revolucionario y una defensa de las «democracias» en su infame papel de neutralidad frente a la agresión de las potencias fascistas, tejiendo un hábil camuflaje muy similar al que fue tejido para ocultar al exterior los profundos cambios que se estaban produciendo en el país. En esta negación algunos historiadores han llegado al punto de poner en duda la capacidad de los trabajadores para oponerse al poderío militar, arguyendo que allí donde el pueblo triunfó sobre la rebelión fue porque las fuerzas del «orden» se pusieron al lado de la República. No es extraño, por tanto, que dado este desarrollo en el análisis se llegara al fraude más lamentable, con documentación inexistente o falsificada o simplemente manipulada (aquí habría que recordar el escandaloso fraude de los diarios de Hitler que pasaron por auténticos durante unos cuantos años).

El interés, para aquellos que estamos interesados en extraer algún tipo de enseñanza de este acontecimiento, debería centrarse en los aspectos más críticos del proceso, como lo fueron las intrigas llevadas a cabo para propiciar la reconstrucción del Estado, ya que éste, desprovisto de sus bases de sustento, se convertía en una mera fachada. Estas bases de apoyo son fundamentalmente tres: la economía, la policía y el ejército, y su recuperación suponía necesariamente acabar con todos aquellos que defendían la revolución.

Una de las primeras fases fue el pacto con la burguesía a través del Estado autonómico de Cataluña que se extendería más tarde al gobierno central. Este mismo pacto había sido rechazado en 1931, con el establecimiento de la República. ¿Qué había sucedido desde entonces? ¿Qué razones impulsaban a pactar con aquellos que a la más mínima oportunidad no tendrían inconveniente en asesinarlos? Porque la justificación de que las circunstancias lo aconsejaban no puede servirnos para profundizar en una de las cuestiones que más candentes se nos presentan.

Bakunin, con su extraordinaria intuición ya había advertido de los peligros que se correrían estableciendo este tipo de pactos contra natura: «El absurdo del sistema marxista consiste precisamente en la vana esperanza de que, delimitando excesivamente el programa socialista para que resulte aceptable a los burgueses radicales [liberales], transformará a estos últimos en siervos involuntarios y desganados de la Revolución Social. Este es el gran error. Todas las experiencias de la historia demuestran que una alianza hecha entre diferentes partidos siempre se presta al beneficio del partido más reaccionario; esta alianza debilita necesariamente al partido más progresista al disminuir y distorsionar su programa, al reducir su fortaleza moral y su confianza en sí mismo; mientras que un partido reaccionario, cuando es culpable de falsedad, está actuando de forma normal y simplemente es fiel a sí mismo, y hasta se las arregla para conseguir la reputación inmerecida de veraz».[10]

Por otro lado, es  notoria la casi total indiferencia –en ciertos sectores del movimiento libertario– con que se recibió la ayuda de voluntarios anarquistas de otros países que acudieron casi de inmediato incorporándose a los que ya se encontraban en el país antes de julio del 36. La justificación en este caso fue que no se disponía de armas para todos y que sería mucho más eficaz un trabajo en el propio país para ayudar a la revolución. Sin embargo, este vacío iba a ser cubierto, casi sin haberlo planificado, por aquellos que deseaban la reconstrucción del Estado, y a través de la formación de las Brigadas Internacionales reconstruirían una de sus bases: el ejército popular que acabaría con el impulso revolucionario de las milicias. Además hay que tener en cuenta que las armas iban a ser suministradas por sus enemigos más encarnizados, es decir los sepultureros de la revolución rusa y los asesinos de los anarquistas y demás disidentes de la política absolutista de Stalin, armas que iban a ser pagadas a precio de oro.

Pero, a pesar de todas estas dificultades, los anarquistas internacionales llevaron a cabo una extraordinaria labor en todos los campos. Se publicaron boletines de información en muchísimos idiomas y tres sectores, el francés, el italiano y el alemán (en concreto el grupo DAS), editaron prensa propia, desde la cual expusieron sus impresiones sobre el desarrollo revolucionario; sin embargo, sus críticas al desarrollo revolucionario, perfectamente fundadas, significaron en todos los casos que la burocracia cenetista les retirara su apoyo y los abandonara a su suerte.

Como señalaba al principio, todavía se llevan a cabo investigaciones honestas, aunque muy pocas, y en el caso que nos ocupa sacando a la luz un tema inédito y que había quedado sepultado por el olvido: la labor revolucionaria de los anarquistas alemanes en el aplastamiento de la rebelión militar y su contribución al desarrollo de la revolución que inmediatamente le siguió.

El libro que estemos reseñando, además de poner en evidencia todo lo que hasta ahora hemos dicho, analiza principalmente la labor del grupo DAS (algunos miembros del grupo se encontraba ya en Barcelona a principios de los años treinta, a donde se habían trasladado tras el ascenso de Hitler al poder) en los primeros días tras la derrota de los militares. Esta labor consistió, entre otras cosas, en desmantelar la red nazi que había logrado establecerse en el país y que había logrado una potente infraestructura, especialmente en Barcelona. De hecho, durante la lucha contra los militares lograron asaltar uno de los principales locales de la red y apoderarse de una ametralladora. No obstante, esta labor se vio entorpecida por las trabas que constantemente le ponía la Generalitat de Cataluña, lo cual puso también en evidencia el doble papel jugado por el Estado catalán, porque aún a sabiendas de que las potencias fascistas Alemania e Italia, estaban ayudando a los militares sublevados, todavía se seguían manteniendo las relaciones diplomáticas, hasta que tanto Alemania como Italia reconocieron al régimen instaurado en Burgos y rompieron relaciones con la República.

Sin embargo, a pesar de todas las dificultades lograron sus objetivos y se apoderaron de un importante paquete de documentos que demostraban los planes que los nazis proyectaban para el país. Una labor similar a la realizada por los anarquistas italianos, cuando ocuparon el consulado ítalo y se apoderaron de una valiosa información que había sido abandonada por sus ocupantes y que demostraban de forma palpable los planes imperialistas de Mussolini en el Mediterráneo con la ocupación de las Baleares. En ambos casos esos documentos sirvieron para editar sendos libros, en el caso italiano, Mussolini a la conquista de las Baleares, cuyo autor fue Camillo Berneri y que se publicó póstumamente, porque como ya es sabido, el anarquista italiano fue asesinado por los estalinistas durante los hechos de mayo en Barcelona.

El libro alemán apareció también en 1937, en su idioma original y un año más tarde fue traducido al castellano con el título de El nazismo al desnudo.

Pero este excelente trabajo no se limita al período revolucionario, sino que abarca espacios de análisis más amplios. El libro comienza con un estudio muy ponderado sobre la emigración alemana hacia España desde principios del siglo XX, emigración que se politizó extraordinariamente a partir de 1933 y que trajo al país a un buen número de anarquistas. Paralelamente se traza una sucinta historia de las relaciones entre anarquistas alemanes y españoles y un análisis bastante pormenorizado del grupo DAS en Barcelona desde la toma del poder por Hitler en 1933; el DAS llevó a cabo un profundo estudio sobre la trama nazi, lo cual les permitió en julio del 36 asestar los golpes en aquellos lugares donde la implantación nazi era más fuerte.

Naturalmente también se lleva a cabo un estudio sobre los anarcosindicalistas alemanes en el frente de guerra, especialmente en el Grupo Internacional de la columna Durruti. Esta implicación tan profunda de los anarquistas alemanes con el desarrollo de la revolución española los pondría en el punto de mira de la contrarrevolución, especialmente a partir de las jornadas de mayo en Barcelona, y muchos de sus componentes fueron apresados y encarcelados acusados de los crímenes más absurdos y peregrinos, como por ejemplo actuar de espías al servicio del nazismo. El libro aborda por último un estudio sobre la FAUD (el sindicato anarco-sindicalista alemán).

A pesar de que éste ha sido realizada por varios autores, ocupándose de sus respectivas áreas de interés, la coordinación y ensamblaje del mismo ha sido elaborado escrupulosamente, consiguiendo que el libro adquiera la suficiente coherencia para que el conjunto del estudio sea perfectamente comprensible. Como colofón se incluye un índice onomástico imprescindible en cualquier trabajo de investigación.

En resumen, un libro muy recomendable a todos los que quieran profundizar en los aspectos de la revolución que todavía permanecen en la oscuridad de los archivos y hemerotecas.

 

Rafael Uzcátegui. Venezuela, la revolución como espectáculo. una crítica anarquista al gobierno bolivariano. La Malatesta Ed., Madrid, 2010. 300 pág.[11]

Tras un breve recordatorio de los momentos que han trascendido en la vida venezolana desde su independencia de España hasta la subida de Chávez al poder en el año 1999 en el que el caudillesco personaje lanza el proyecto que él mismo define como “bolivariano”, Uzcátegui ofrece una investigación que describe en la primera parte del libro la difícil y heroica vida de las masas en su quehacer cotidiano, vida que tiene que enfrentarse a la carestía de los alimentos y enorme tasa de paro, a los leves aumentos salariales que son devorados de inmediato por el incesante aumento de la inflación (un 556% en nueve años), hasta la pandemia de homicidios, –todavía en alza, 47 por 100.000 habitantes frente a los 25 de Brasil o 38 de Colombia– la extrema violencia en sus cárceles –cerca de 400 asesinatos por año–, la brutalidad policial aparejada con su impunidad gubernamental, etc.

Uzcátegui intenta aclarar el debate que acosa a la nación que va entre los que ven  en la actual Venezuela una transformación radical que lleva a esta nación hacia los albores de un socialismo piloto en el siglo XXI, hasta los que no ven a Chávez como un dictador populista que pretende la instauración del comunismo en el país.

El libro es una integración de análisis sociológicos, citas periodísticas y crónicas en primera persona, realizadas por un activista intelectual que ha formado parte de diversos movimientos sociales autónomos de su país.

Lejos, tanto de las mitificaciones de izquierda como de las críticas liberales de los principales partidos políticos opositores, el texto ofrece una detallada sistematización de hechos y cifras que complejizan la maniquea visión que ha imperado sobre este país latinoamericano, registrando testimonios de diferentes luchas de base que sostienen que en un país con las reservas de petróleo más grandes de la región, y una cultura política caudillesca y populista, poco es lo que ha cambiado.

A propósito de la confusión de opiniones sobre el país, el mismo Noam Chomsky en su visita a la nación en 2009 y dirigiéndose a Chávez, dijo: «Es emotivo ver como en Venezuela se está construyendo el nuevo mundo posible y encontrar uno de los hombres que ha inspirado esta situación». Comentaremos algunos hechos y datos que aparecen en la lectura de este libro. La creación de sindicatos para-gubernamentales por parte del Estado es una constatación de su dirigismo y de las maniobras para aguar los difíciles intentos de los trabajadores para organizarse por sí mismos. En las grandes empresas se ha concedido a su patronal una flexibilidad casi total en la contratación de sus obreros, puesto que estos deberán sentirse seguros en un “Estado que los tiene como ciudadanos preferentes”. Estos trabajadores, junto a los funcionarios, “se comprometen” a asistir a los eventos  gubernamentales –manifestaciones, desfiles, etc.,– so pena de ver mancillado su currículo laboral.

Los programas sociales venezolanos están impregnados de uno más de los populismos que de manera periódica se dan en latinoamérica. Con una superficie casi el doble que la de España, posee una población de 28 millones de habitantes. En 1920 el país apenas alcazaba los tres millones de pobladores y tenía una tasa de analfabetismo del 70%; el año 1927 señaló un hito: el país exportó más petróleo y productos de minería que productos agrícolas, aquéllos, totalmente en manos extranjeras. El autor señala que a partir de aquel momento la nación cambió de rumbo. El paso de la agricultura a la “petrolización” de la nación reemplazó a la guerra civil. Se inició el éxodo lento pero imparable del campo hacia los pozos petrolíferos y sus trabajos derivados en busca de supuestas mejores condiciones de vida. Aquí se trata de un país con inmensos recursos en hidrocarburos: sus exportaciones y sus reservas lo colocan en el séptimo lugar en el mundo en petróleo y el noveno en gas natural; sin embargo las estructuras sociales ni mucho menos van a la par con el inmenso flujo de dinero que ingresa el país.

Sin negar una ligera mejora en la construcción de viviendas, así como en la sanidad y la educación, los máximos beneficiarios de los ingresos son las oligarquías militares y las empresariales. Y al igual que en las sociedades dispuestas en clases sociales, a menudo es el gobierno el que compensa la falta de productos básicos con importaciones masivas, pero puntuales, de ellos. Entonces aparecen las interminables colas de venezolanos que tienen que acercarse a estos productos parcialmente subvencionados.

Y a la par que crece su desarrollo petrolífero, Venezuela va dejando de ser autónoma en sus productos básicos. Su campesinado ha pasado a ser un estrato de segundo orden frente a la obnubilación gubernamental por el llamado oro negro.

En 1975 el gobierno del socialdemócrata CAP (Carlos Andrés Pérez) que tan duramente trató a las masas cuando éstas reivindicaron, hasta por la fuerza, justicia, procedió a la nacionalización de los hidrocarburos, siendo indemnizadas, con una generosidad algo más que sospechosa, las compañías extranjeras. Éstas obtuvieron de inmediato contratos multimillonarios de asistencia técnica y exploración de futuros yacimientos.

Con Hugo Chávez, se procede de inmediato a la formación de empresas mixtas que detentarán el 49% del capital de las nuevas formaciones; PDVSA (Petróleos de Venezuela) se une con British Petroleum, Chevron y Repsol YPF, compañías que han sido las primeras en beneficiarse; a su vez y a nivel interno, los puestos de trabajo tecnocrático son adjudicados a la aristocracia política de los principales partidos de la nación, formándose así una clase social singular y potente, con sueldos privilegiados. A esta aristocracia hay que añadir el brazo militar, al que pertenece Chávez.

El discurso chavista se harta hasta la saciedad de proclamar la consigna de “sembrar con el petróleo”, sin embargo el crecimiento de las clases pobres apenas es incipiente, en tanto que el país se desangra en la violencia interna y una gran masa sigue viviendo en condiciones de miseria. La consigna de la siembra fructífera se traduce en la concesión de licencias a las firmas multinacionales de los media, comunicaciones de última generación en manos de magnates próximos al gobierno, o de otros, que habiendo sido opositores, han sido reconvertidos con la otorgamiento de prebendas de este u otros tipos.

Ahorraremos palabras si decimos que el discurso bolivariano de Chávez contra el modelo capitalista neoliberal lo encontramos negado a cada paso en las realizaciones que se van dando, de manera programada, en el interior del país. Decir, por ejemplo, que EE.UU. es el primer importador de petróleo de Venezuela, al que ésta vende cada día un millón de barriles. Pero además Venezuela juega un importante papel en la región al convertirse, por su enorme riqueza energética y minera, en el eje vertebrador, junto con Brasil, de la economía de los países vecinos. MERCOSUR es el instrumento neoliberal en el que Venezuela va ganando peso.

 

 

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[1] Ver Etcétera, núm. 47.

[2] Günther Anders, La formación de las necesidades. Etcétera 2004.- Jacques Ellul, Reflexiones sobre la ambivalencia del progreso técnico. Etcétera, 2008.

 

[3] Las escasas voces que escaparon a esta lógica cayeron a menudo en un impotente democratismo, como la Corrente Comunista Internazionale. De muy diferente significado es la posición asumida por el Partito Comunista Internazionalista - Battaglia Comunista, como reconoce Caccia, aunque poniendo de relieve algunas contradicciones en el ensayo de Franco Migliaccio, Kronstadt 1921. Analisi senza complessi di un sollevamento popolare nella Russia di Lenin, «Prometeo», serie IV, a. XXXIV, settembre 1981, p. 1. En general ha prevalecido la «penosa justificación» de la cual fue portaestandarte Jean Bodin, cfr. Luciano Parinetto, L’inquisitore libertino. Discorso sulla tolleranza religiosa e sull’ateismo, a proposito dell «Heptaplomeres» di Jean Bodin, Asefi Terziaria, Milano, 2002.

 

[4] AV.VV, Struttura economica e sociale della Russia d’oggi. Le grandi questioni storiche della rivoluzione in Russia. La Russia nella grande rivoluzione e nella società contemporanea, Edizioni il programma comunista, Milano, 1976, p.405. En un pasaje precedente se afirma: «[…] aquella tremenda [rebelión] de los marineros de Kronstadt, en la que sin ningún género de dudas participaron comunistas extremistas y anarquistas […]: la historia carece de los materiales necesarios para juzgar un episodio de esas características», p. 268.

 

[5]  Otto Rühle, La rivoluzione non è un affare di partito (1920), Edizioni G.d.C., Caserta, s.d. [1974].

[6]  De pasada, recordamos que el PCInt.-Battaglia Comunista publicó el escrito de Luxemburg en los primeros años de la década de los cincuenta con una introducción de Onorato Damien, con el título de Autorità e libertà. Rosa Luxemburg, La rivoluzione russa, Edizioni Prometeo, Milano, s.d. [1956].

 

[7]  Cfr. Vladimir Ili’c Lenin, Due tattiche della socialdemocrazia nella rivoluzione democratica, elaborato nel 1905; ahora en Vladimir Ili’c Lenin, La rivoluzione del 1905. 1. La tattica dei bolscevichi nella rivoluzione democratica, Edizioni Rinascita, Roma, 1949; más tarde en Opere Complete, vol. 9 [giugno-novembre 1905], Editori iuniti, Roma, 1960, p. 9.

 

[8] A principios de 1950, Umanità Nova publicó una serie de artículos con el título La rivoluzione sconosciuta, referidos en particular a la Macknovichina. Los comunistas internacionalistas respondieron con dos artículos muy críticos, pero dentro de los límites de un debate político-teórico: Maknovismo e rivoluzione d’ottobre. Una messa a punto, «Battaglia Comunista», a. VI, n. 9, 4-19 maggio 1950, p. 3 y La rivoluzione d’ottobre e gli anarchici, a. VI, n. 11, 1-14 giugno 1950, p. 3.

 

[9] Bakunin, Mijail, El Programa de la Hermandad Internacional.

[10] Extracto de una carta de Bakunin –Carta a La Libertad– fechada el 5 de octubre de 1872, un mes después de que éste y Guillaume fueran expulsados de La Internacional. Esta carta jamás fue terminada, ni tampoco enviada al periódico a que iba destinada.

 

[11] Una versión digital íntegra puede descargarse en:  http://www.larevolucioncomoespectaculo.com .En francés, Venezuela: révolution ou spectacle? Une critique anarchiste du gouvernement bolivarien. Spartacus, 2011.