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2006. Egipto. La huelga de los obreros del textil, premisa de un movimiento de lucha global

 

Después del golpe de Estado de 1952, que derribó a la monarquía, el ejército lleva al país, según una pálida imitación de la URSS, por el camino de un capitalismo de Estado. La mayoría de empresas de alguna importancia son nacionalizadas. A los trabajadores les son concedidas algunas garantías sobre el nivel de vida y la seguridad en el empleo, pero bajo un estricto control político y social, en particular con la prohibición de la huelga y la instauración de un sindicato único trasmisor de las decisiones del poder, por lo que respecta a las reglas de la explotación del trabajo.

La burocratización del sistema y la corrupción que le acompaña lleva el país hacia un caos económico que terminará con un recurso al FMI y al BM, que impondrá un completo viraje con privatizaciones y con la apertura al mercado mundial. Como resultado se da la desaparición progresiva de las garantías mínimas anteriores respecto a la explotación del trabajo, pero con el mantenimiento de una semidictadura que garantiza sobre todo la prohibición de las huelgas y el poder legal coercitivo de un sindicato único.

La agravación de las condiciones de trabajo y de vida se incrementó todavía más por el impacto de la evolución económica internacional, de tal manera que en 2007, sobre 80 millones de habitantes, 30 millones vivían con menos de 1,50 euros al día. El proceso de liberalización de la economía chocó a la vez con las resistencias burocráticas y con las luchas obreras. Hasta 2006, puede observarse un ligero aumento de huelgas cuyo objetivo es prevenir la degradación de las condiciones de vida. Estas huelgas eran esporádicas y quedaban, no obstante, aisladas.

Esta retardada liberalización había dejado subsistir un conjunto de grandes empresas, sobre todo textiles, de manera que en 2006, sobre 22 millones de trabajadores, más de 5 millones eran aún explotados en empresas estatales (textil, química y trasporte). En la medida que la gestión de estas empresas estaba en manos del Estado, cualquier huelga, en principio ilegal tomaba un carácter político. El 5 de diciembre de 2006, los 27.000 trabajadores del complejo textil Egiptian Company of Spinning and Weaving (desde la hilatura hasta la confección) del Estado de Mahallah (delta del Nilo) pudieron ver cómo en su hoja salarial la promesa de una prima de más de un mes de salario, hecha por un ministro, no tenía efecto. En tales condiciones, un grupo de estos trabajadores rechazó la paga y se concentró ante la puerta de la fábrica, donde se les juntaron más de 3.000 trabajadores del mismo turno de trabajo. Las trabajadoras, que eran mayoría y ocupaban los puestos menos cualificados, recorrieron los sectores que no se habían sumado al paro, sectores de trabajadores cualificados y mayoritariamente masculino, al grito de «¿Dónde están los hombres? He aquí las mujeres». Pronto toda la fábrica paró, y otros trabajadores de empresas vecinas se juntaron al movimiento. La fábrica es ocupada día y noche, y al cuarto día la huelga es suspendida con la paga de una prima superior a la anteriormente prometida y con la apertura de negociaciones sobre los salarios, la gestión de la empresa y la representación del sindicato oficial.

Pero estas pequeñas concesiones y el fin de la huelga llegaron demasiado tarde, lo cual tuvo consecuencias en el conjunto del proletariado egipcio. Durante el año 2007, una ola de huelgas se extendió por toda la región industrial del delta del Nilo, alrededor de las ciudades de Alejandría y del Cairo. No se trataba de un movimiento organizado sino de una sucesión de conflictos que, apagados aquí, con algunas concesiones, reprenden allá. En 2007, en un país que durante más de diez años no había prácticamente conocido huelgas, se contarán más de 220, todas ilegales. El movimiento continuó hasta principios de 2008, cuando se contabilizó más de una huelga diaria.

Es difícil saber si estos enfrentamientos son espontáneos, bajo el impulso de militantes de base o a instancias de una recuperación de las oposiciones políticas o religiosas reagrupadas para intentar un asalto más global contra el régimen. El 6 de abril de 2008, se convoca una «jornada de la rabia», día de huelga nacional con la intención de extender la lucha y reunir las luchas hasta entonces dispersas. También es difícil saber si esta huelga no ha sido provocada para justificar la represión. Parece, con todo, que ha tenido un cierto carácter espontáneo a través de convocatorias por Internet y a través de móviles. Días atrás, un comentarista podía escribir en relación a la situación en la región de Mahallah: «Toda la ciudad de Mahallah se ha convertido en una zona de guerra y la represión ha transformado la huelga en una revuelta que une a trabajadores, parados y jóvenes».

Esta jornada de huelga marca el inicio de una ofensiva generalizada para intentar romper la extensión y la radicalización del movimiento huelguístico. Por un lado, concesiones como, por ejemplo, el aumento del salario de los funcionarios y algunas medidas para permitir un mínimo de alimentación básica. Por otro lado, operaciones de policía preventiva con la detención de los supuestos cabecillas. Pero sobre todo la huelga es rota por el amplio despliegue policial. En Mahallah, la víspera de este domingo «día de la rabia», centenares de policías son desplazados a la ciudad y en torno a la fábrica. El domingo, de madrugada, los policías ocupan la fábrica y detienen a 150 trabajadores, lo cual no impide los enfrentamientos cuando casi 10.000 trabajadores intentan manifestarse delante de la fábrica. Los enfrentamientos durarán dos días. Sólo en Mahallah se contarán dos muertos, 100 heridos y 150 detenidos; cientos de heridos y 300 detenidos en todo Egipto. A mitad de diciembre de 2008, la mayor parte de los trabajadores detenidos son liberados aunque siguen con diligencias policiales por «asamblea ilegal» y 22 fueron juzgados por incendio voluntario, destrozos, robos y posesión de armas, y condenados hasta 5 años de cárcel.

Esta jornada del 6 de abril parece haber marcado el final provisional de la ofensiva obrera global que había empezado en diciembre de 2006 con la gran huelga de Mahallah.

 

Henri Simon

(Días rebeldes, Límites/Octaedro, 2009)

 

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