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La plaza tiene la palabra. España mayo 2011

 

Las medidas que en nombre de la “crisis” desencadenada por el crack financiero en 2008 están poniendo en marcha los viejos Estados capitalistas, agravan la situación de las clases trabajadoras, de los jóvenes en especial y de la mayor parte de la gente en general. No se han hecho esperar, pues, las grandes movilizaciones que contra estas medidas han tenido lugar en Gran Bretaña, Francia, Grecia, Italia, Islandia, Portugal y que ahora recorren todo el Estado español.

En más de 60 plazas de las distintas ciudades españolas la gente se ha reunido y se reúne, se habla, se avanzan deseos y proposiciones, se organiza la vida diaria, se discute lo que se persigue, en un amplio abanico de posibilidades y planta cara a unas medidas que han rebosado el tope de aguante, hasta decir basta. Importa señalar que el espacio de la plaza se ve desbordado por una interacción entre la presencia física y la presencia en las redes sociales en las que cientos de miles de personas están participando como mantenimiento sostenido de este movimiento que, en distintas oleadas, va incorporando cada vez más masa crítica

No se trata de un efecto dominó a partir de la plaza Tahrir, ni de un contagio emocional, ni de un efecto mimético, sino de la respuesta parecida a una misma o similar situación de una creciente precarización de sus vidas, causada por las medidas “anti crisis” avanzadas por el gobierno al dictado de las políticas económicas de la Unión Europea, BM., FMI.

No es pues de extrañar la aparición de estas movilizaciones, sino al revés, lo extraño es la tardanza de su aparición en una situación de un 22% de paro y con casi la mitad (47%) de la población juvenil sin trabajo. Distintos elementos podrían explicarla:[1] anotamos simplemente la importancia del colchón familiar, la amplitud de la economía sumergida, y en el caso catalán, la transferencia hacia el nacionalismo del radicalismo político y del malestar individual. La propaganda informativa que nos señalaba machaconamente el milagroso crecimiento de la economía española ha quedado al descubierto.

Las medidas puestas en pie por el gobierno, con el propósito nominal de salir de la “crisis” y con el objetivo real de dar larga vida al capital, son fundamentalmente:

• Jubilación a los 67 años (lo que hará aumentar el número de parados al impedir en esta franja de tiempo el empleo juvenil); modificación de las tablas de cálculo para determinar la prestación de la jubilación; congelación del incremento de las pensiones de acuerdo con el IPC.

• Flexibilización extrema en la contratación y en el despido.

• Inminente aprobación de una regulación de los salarios ligados a la productividad y al ritmo económico de la empresa.

• Inminente aprobación de una fórmula que dejará sin efecto la negociación colectiva, lo que dejará a la intemperie a los trabajadores de los pequeños talleres, que por otra parte son los que más abundan en España.

• Recortes en las prestaciones de servicios (educación, sanidad...).

• Recorte de un 5% de los salarios de los funcionarios.

• Reducción de la ayuda a los parados de larga duración.

Conjunto de medidas que sumadas al despilfarro y corrupción de los más poderosos y al trasvase de dinero a la banca y a las grandes empresas multinacionales, representan un escarnio ante las condiciones precarias y de no horizonte de la mayoría, y en especial de los jóvenes.

Medidas implantadas o a implantar en toda la geografía europea y que pone fin al Estado del bienestar que, aunque incipiente, también habíamos gozado en España. Medidas que ponen en entredicho a una fase capitalista –la sociedad de consumo erigida en los años 50 del pasado siglo–, en la que no consumir era casi un delito. Medidas que inauguran otra fase que está por ver, es decir, por recorrer, y es en este recorrido que la gente quiere jugar para orientarlo a su favor y no a favor de los de siempre, los que tienen el poder económico, político, cultural y mediático.

Las plazas de todas las ciudades españolas se han llenado pues de esta gente variopinta pero afectada por una misma imposición, por una misma dictadura económica. También las respuestas ante esta situación son variopintas, desde los convencidos que dentro de este sistema capitalista en vigor no son posibles cambios substanciales, que es ilusorio salir del capitalismo permaneciendo en él, hasta los que discuten desde dentro los aspectos más corruptos del sistema actual, avanzando propuestas en la misma lógica del sistema que discuten. Desde los partidarios del boicot electoral (“que se vayan todos”), hasta los que quieren poner su voto en este engranaje democrático. “Democracia real ya”, la plataforma que convocó la manifestación del 15 de mayo y desbordada después por las asambleas, hasta el punto de manifestar su separación, es una de las consignas quizás centrales, que en su misma expresión alude a la actual confiscación de una democracia que haga realidad, que? una democracia directa? una democracia parlamentaria con menos corrupción?

Las circunstancias electorales, al coincidir las ocupaciones de las plazas con la semana previa a las elecciones autonómicas y municipales, han dado al movimiento de protesta un arranque mediático excesivo, mirando, los media, como espectáculo de última novedad un movimiento que viene de lejos –recordemos en Barcelona: la ocupación del Banco Banesto, la V de vivienda, las continuas manifestaciones solidarias por los desalojos de casas y centros ocupados... Quizás su continuidad por las plazas de los distintos barrios y pueblos, que ya ha empezado, le dé más aliento y más contenido, al facilitar, en número más reducido, la asamblea, el intercambio de pareceres, la discusión de las propuestas.

Lo que se expresa en estas múltiples plazas es el hartazgo y el malestar de una gran mayoría de gente contra este sistema de vida. ¿Cómo explicitar todos los debates que en ellas se desarrollan, todos los deseos que en ellas se concentran, todo la comunicación que este vivir posibilita? La gente ocupa la plaza, algo que las instituciones con sus leyes y decretos prohibe y reglamenta según los intereses de esta sociedad mercantil como lugar de circulación y no para detenerse. Al ocupar este espacio urbano al margen de las leyes del Estado surge un nuevo uso, un nuevo convivir: la vida que le da la multitud que la ocupa buscando algo que espera encontrar. Esta búsqueda que constituye el trayecto es lo que da vida a la plaza.

No es fácil hacer una lectura del significado de estos movimientos en los que nos sabemos incluidos. No querríamos participar de una lectura “izquierdista” que desvalora estos movimientos por poca radicalidad, por quedarse a medio camino, por no ir a dónde tendrían que ir según el sentido de la historia que, ellos sí conocen; ni de una lectura ingenua que solo ve aciertos en el hecho del movimiento mismo y lo más numeroso posible. Cierto que el mero hecho de salir, de ocupar la calle, de hablarse e intercambiar propuestas y deseos es algo a aplaudir en una dirección emancipadora. Pero ni el número por si mismo, ni la amplia difusión que le dan los media (las plazas en portada de casi toda la prensa europea) aclaran el contenido de la acción y la orientación a seguir. La unidad de acción no es algo previo, sino el resultado de una actividad en la que te encuentras con el otro, luchando por unos mismos objetivos. La difusión que los media pueden dar de las luchas es ambivalente, con su poder pueden marcar el inicio y el fin del movimiento. Pero lo más importante no es juzgar sino comprender y actuar. En la plaza está ahora la palabra.

                                                                        Etcétera,  mayo 2011

 

 

 

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[1] En los dos últimos números de Etcétera nos hemos referido a todo esto al abordar la llamada crisis.