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Correspondencia

 

Es con felicidad que leí la reseña del libro de Lewis Mumford El mito de la máquina. El segundo libro de los dos volúmenes, El pentágono del poder, es más importante todavía. Me impactó cómo Mumford, más de 40 años atrás, señalaba con tanta claridad las crisis ambientales, humanas, sociales y psicológicas a las que nos llevaba la civilización industrial. Casi profético. Es por ver la lógica de la tecnología hasta donde iba.

Para mí, la visión de Mumford es más amplia que la de Marx –o más útil para nuestros tiempos– claro, Mumford había vivido 100 años más de capitalismo, podía ver como se desarrollaban las cosas: la crítica de Marx de la mecánica, lo específico del capital, me parece excelente, pero Marx queda atrapado todavía en el mito judeo-cristiano-europeo del “progreso” y la “ciencia”, mito muy dañino y que es la raíz del capitalismo, como de toda la civilización tecnológica.

En este segundo libro, Mumford cita dos veces a Kropotkin, creo que a él le gustaban sus ideas.

Llegué a leer a Mumford por recomendación del escritor ecologista (primitivista) Derrik Jensen, quien lo cita mucho en su obra de 2 tomos Endgame: the problem of civilitation (Seven Stories Press, 2006). Uno de los temas de Endgame (Endgame = Fín del partido) es que la civilización no es ni puede ser nunca sostenible, especialmente la civilización industrial.

Nuestro modo de vida –la civilización industrial– está basada y requiere una violencia persistente y extendida, sin la cual llegaría al colapso.

La civilización está basada en una jerarquía claramente definida y generalmente aceptada, aunque muchas veces no expresada. Violencia cometida por los más altos en la jerarquía hacia los que se hallan más abajo y que es casi invisible y completamente racionalizada cuando se hace visible.

La civilización no se puede salvar. Esta cultura no a va cambiar voluntariamente hacia una forma de vida sensata y sostenible. Solo cabe esperar el derrumbe de la civilización, lo más dañino será el derrumbe y lo peor serán las condiciones para los seres humanos y no humanos que sobrevivan.

Estos son algunos de los planteamientos de Jensen. En estas ideas encontré un desafío fuerte a mis ideas, habiendo luchado en la tradición marxista - anarquista. ¡Este hombre me decía que el problema no era solo el capitalismo, sino la civilización entera! ¡Mierda, qué problema! Dejé a un lado el libro por un año. Había mucho que repensar.

Es verdad que hemos esperado “la revolución” por más de un siglo… “la revolución” que crearía un nuevo mundo, el nuevo mundo que está creciendo dentro del viejo –“el sujeto que se resiste a devenir objeto”– Hay exterior a la técnica, como dicen en Etcétera. Eso sí. Hemos visto mucha resistencia, revueltas, todas necesarias, desde el tiempo de los Ludditas… pero las revoluciones no llegan a otro mundo, seguimos con una sociedad industrial que va acelerando en la destrucción de la Tierra. Con Jensen vi que a lo mejor no habría revolución, sino colapso, como en la caída del Imperio Romano, como todas las civilizaciones de los 5000 años de historia. Es como si yo hubiera esperado que los ciudadanos de Roma, embrutecidos por circos violentos y pan (¿TV y cupones de alimentos?) se hubiesen levantado en contra el Imperio. No, eso no sería revolución, sino colapso.

Y la oposición marxista se quedó dentro del plan industrial o productivista, presa del mito de la máquina, del “progreso”. Del punto de vista judeo-cristiano-científico, que pone al “hombre” como imagen de dios, encima de todos para dominar y explotar “recursos” (otras vidas). La nueva religión es la ciencia tecnológica, que no cambia nada de la actitud frente a la naturaleza fuera del ser humano. O como lo dice Mumford: “Desde que Francis Bacon y Galileo definieron los métodos y objetivos de la ciencia, nuestras grandes transformaciones físicas han sido hechas por un sistema que, a propósito, elimina toda personalidad humana, ignora el proceso histórico y hace del control de la naturaleza física, y últimamente control sobre el hombre(sic) mismo, el propósito clave de la existencia.

Como dicen ustedes, hay exterior a la técnica, a la megamáquina. Y el texto de Claudio Albertani, desde México, nos habla de este exterior. El exterior indígena, que se encuentra en muchas partes de la Tierra, y donde la megamáquina lucha ferozmente por aniquilar ese desafío para imponer su control total. Claudio nos informa sobre “la guerra contra las comunidades indígenas, que no se limita a Chiapas y Oaxaca, sobre el manifiesto del pueblo nahua reivindicando el derecho de los pueblos indios a defender la vida, la libertad, la cultura y la tierra.” Y “la multiplicación de movimientos en defensa del agua, la tierra, el aire, la biodiversidad, los alimentos y la salud”.

Esas luchas son las que me dan esperanza. Son luchas para el bien de todas/os. Si bien luchan para recuperar y defender sus tierras, defienden toda la Tierra. En eso merecen toda la solidaridad. Luchan para salvar algo de los conocimientos, de la cultura que nos ayuda a salir de la dominación de la tecnología, de mostrarnos cómo vivir como seres humanos que somos, en armonía con nuestros parientes (los otros seres). Culturas indígenas, tradicionales, deben sobrevivir al colapso del imperio tecnológico, (y favorecer para tumbar a este imperio con su resistencia) para ayudar a reconstruir un mundo no jerárquico en armonía con el ambiente natural. Aportan fuentes de valores que la civilización ha perdido, valores y sabiduría de cómo vivir.

Referente a lo que ustedes dicen en la revista acerca de “una nostalgia por un pasado pre-técnico lleno de valores humanos ya perdidos… Sabemos de este engaño y de esta ilusión”. En primer lugar, yo prefiero decir “no técnicos”, en tanto que “pre-técnicos” implica que van a devenir –o deberían devenir– en técnicos un día. Idea del progreso. Si los seres humanos se quedaron un millón de años no técnicos, quizás es porque la vida así era buena, todo funcionaba. ¡Y no por falta de ingenuidad! Pero déjenme contestar con unas palabras de Kirkpatrick Sale, al final de su libro sobre las luchas ludditas en 1811-1812 en Inglaterra (Rebels Against The Future: The Luddites and their war on the Industrial Revolution. Lessons for the Computer Age - Addison Wesley 1996):

“Digan lo que digan sobre las sociedades tribales, el registro histórico demuestra (y en algunos lugares todavía existe hoy en día) comunidades de gran cohesión y confraternidad, de armonía y regularidad, careciendo de crimen, adicciones, pobreza, suicidio, que satisfacen sus necesidades con 4 horas de caza, recolecta y cultivo diarias, dedicando el resto del tiempo al canto, la danza, rituales, el sexo, comer, cuentos y juegos. No tenían el poder de 500 sirvientes al tocar un interruptor, pero tampoco tenían bombas atómicas, campos de concentración, residuos tóxicos, embotellamientos, minas a cielo abierto, crimen organizado, anuncios, desempleo o genocidio. Proponer que tales sociedades son ejemplares, instructivas si no imitables, no es hacer una búsqueda por lo “primitivo” romantizada. Se trata mejor de reconocer que el modo de existir tribal, precisamente por estar basado en la naturaleza, concuerda con las necesidades reales y fundamentales de la criatura humana. Se trata de sugerir que ciertas cosas valiosas se quedaron atrás mientras nos precipitamos hacia el progreso industrial y que ahora toca preguntarnos qué hemos ganado de todo esto y reflexionar sobre lo que hemos perdido. Finalmente se trata de afirmar que algún tipo de sociedad ecológica, con raíces en esta tradición antigua, animista y autóctona, debe ser avanzada como meta realizable para la supervivencia humana y la armonía en la Tierra”.

Es lo único que me da esperanza de que los seres humanos podamos vivir en un “mundo mejor”, en armonía con el resto de la naturaleza y con nosotros mismos; de que el ser humano no es un cáncer en la Tierra; de que mejor desaparecemos porque todo lo dañamos; de que el ser humano no es “por naturaleza” avaro y egoísta, como nos lo repiten los capitalistas –cuyo sistema está basado en la avaricia y el egoísmo, de que no somos pecadores y malos, como nos repiten los curas para justificar este mundo de pecado y pena; lo único que me da esa esperanza es saber que el ser humano ha vivido en tales sociedades naturales, como todo animal en armonía con su medio ambiente por miles de años, si no uno o dos millones de años. El problema no es el ser humano, como lo pretende el capitalista y el cura, sino la civilización construida por ellos. No es por nostalgia sino para rechazar el discurso capitalista y progresista que podemos mirar hacia las sociedades no técnicas, para aprender quiénes somos, cómo podemos ser, vivir. No tenemos que inventar utopías anarquistas, si ya lo hemos vivido, y se viven estos valores todavía en ciertas partes, como se ve en el reporte de Claudio.

Digo eso no como rechazo a toda técnica, a cualquier herramienta. Vivo en una casa con luz eléctrica. Sí lo digo en cuanto que son valores, una actitud, un punto de vista. La reserva indígena de Pine Ridge, en Dakota del Sur es el condado más pobre de EEUU. No obstante el pueblo Lakota que vive en esta reserva se ha negado en todos estos años a aceptar un solo dólar de los 300 millones que les otorgó la corte federal en “compensación” por haberles arrebatado su tierra sagrada, las Colinas Negras. El dinero está ahí, en un banco, a su nombre, pero dicen que su tierra sagrada no se vende. Y eso coexiste con el alcoholismo (el pueblo blanco White Clay, unos kilómetros fuera de la reserva, con 22 habitantes, existe sólo para que los blancos puedan vender alcohol a los indios, ya que ello está prohibido en la reserva), con la violencia, la desesperación, etc. que ha traído la civilización blanca.

Todavía el mundo lineal, racional no predomina en las reservas y sus “Tradiciones”, los indios “tradicionales”, muchas veces los ancianos, pues las últimas grandes guerras de exterminio de los indígenas de las praderas terminaron 115-120 años atrás. La separación de los hijos de sus familias, enviándolos a internados, castigándolos por hablar su idioma, ocurrió en los años 30, 40, 50, 60. Todavía en los 70, cuando el American Indian Movement (AIM) llegó con sus jóvenes a las reservas, como en Pipe Ridge, para defenderlas fusil en mano, frente a la ola de asesinatos impunes de “tradicionales”, esos viejos que se acordaban de una vida libre, de valores diferentes, ellos habían aprendido de sus padres, de sus abuelos. Era la última generación que no había pasado por el internado, en donde la consigna de los instructores era: “maten al indio para salvar al hombre”. La memoria de todo eso, de Crazy Horse y Sitting Bull, está muy presente todavía en una cultura donde, pasado, presente y futuro andan juntos.

Un libro fascinante es la autobiografía de Rusell Means, uno de los líderes del AIM Where White Man Fear to Tread, 1995m (donde el hombre blanco tenía prisa). Este libro cuenta la historia personal de un indio nacido en 1939. Una historia política del movimiento, una historia cultural, filosófica de un pueblo que no es “americano”, mejor dicho, estadounidense. Un pueblo todavía diferente, a pesar de los esfuerzos del gobierno durante un siglo por “integrarlos”.

Un cuento más moderno, más bien un tipo de diálogo entre blanco e indio en EEUU. Neither Wolf no Dog, de Kent Nerburn, no tiene absolutamente nada de romántico. Se trata de un encuentro, a veces cómico, a veces serio, totalmente profundo e impactante, entre el autor –un hombre blanco– y un anciano Lakota, no se trata de un Chamán, ni de un hombre santo, simplemente es un anciano que quiere enseñar o dialogar, explicarse, castigar, molestar un poco antes de que su vida se extinga.

Yo vivo en EEUU, he sido activista durante muchos años y desconocía de la izquierda (como la mayoría, diría yo), cuántas luchas ha habido para recuperar tierras indígenas. Hoy todavía continúan en EEUU. Al terminar los juicios de Nuremberg, en 1946 los USA temieron que los mismos principios se les podría aplicar a ellos por el maltrato a los afroamericanos e indios. Entonces el Congreso formó la comisión Indian Claims Commission para resolver rápidamente las reclamaciones de tierras por parte de los indios. El problema fue que el robo había sido tan descomunal que, año tras año, el Congreso no podía terminar con las reclamaciones. Al fin presentaron su último informe en 1978 (la comisión debería haber durado un año), en este informe el Congreso mismo declaró que legalmente entre un medio y un tercio del territorio de los 48 estados continentales de EEUU ¡pertenece a los indígenas! Claro, no pretendieron devolver la tierra robada, sino pagar indemnizaciones. Activistas indígenas han pedido apoyo a los movimientos de izquierda, anti-guerra, anti-imperialistas, etc., durante los años 70 y 80 para apoyar sus luchas por reclamar sus tierras. La izquierda siempre tuvo la actitud de que este tema no era muy importante, que había siempre algo “más importante”. ¿Dónde estaba yo en aquel tiempo? Como todos, no era ni mejor, únicamente estaba sordo. ¿Qué mejor manera de luchar contra el Imperio que quitarle el territorio? Para todos los movimientos anti-guerra, los mejores aliados habrían sido y son las naciones indias dentro del territorio USA.

Estas reflexiones acudieron a mi mente cuando leí la revista, su crítica bien desarrollada a la tecnología, la carta desde México. De ahí mis comentarios.

 

Bert Picard, Estados Unidos, mayo 2011

 

 

 

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